El Cuaderno Nº 201 de Gualepedia, publicado en Gualeguaychú el domingo 4 de febrero de 2001, aborda tres temas principales: el reconocimiento de la casa natal de Fray Mocho como Monumento Histórico Nacional, la memoria y nostalgia de los Corsos Infantiles y Carnavales antiguos de Gualeguaychú, y un análisis de la gastronomía criolla y el papel de la mujer en la cocina colonial.
Su enlace es: Cuadernos de Gualeguaychú Nº 201
Los contenidos destacados son:
"La casa de Fray Mocho" por Nati Sarrot:
Este segmento se centra en la casa natal de José Ceferino (Sixto) Alvarez, conocido como Fray Mocho, ubicada en calle Fray Mocho Nº 135 en Gualeguaychú.
En la última sesión del año 2000, el Senado de la Nación aprobó el Proyecto de Ley presentado por el senador por Entre Ríos, Alcides López, declarando la casa parte del patrimonio nacional y Monumento Histórico Nacional.
La casa, construida a mediados del 1800 por D. Desiderio Alvarez y Dorina Escalada, fue ofrecida en venta en 1999 y 2000, generando preocupación en la prensa y el Concejo Deliberante. Fue declarada Patrimonio Municipal en 1991.
El Vicegobernador de Entre Ríos, Edelmiro Pauletti, presentó un proyecto de ley para su declaración de utilidad pública y expropiación, resultando en el Decreto provincial 4725/2000 que la declaró Monumento Histórico de Entre Ríos.
La casita, de arquitectura sencilla y provincial, tiene un techo a dos aguas, cuatro habitaciones al frente, un zaguán, piezas interiores, una galería, un patio con aljibe, y hacia atrás un sitio con letrina, galpón y gallinero, con una huerta variada.
Fray Mocho (José S. Alvarez) fue un prolífico cuentista y novelista, pero más conocido por su labor periodística como fundador y redactor de la revista Caras y Caretas. Su obra, especialmente la "Edición crítica del Martín Fierro", le valió el Premio de Letras del Gobierno Nacional [8, No en este Cuaderno pero en el 200].
La casa fue vendida en 1890 a Julián Jasse por su madre, Doña Dorina, quien se mudó a Buenos Aires. Sus últimos dueños, la familia González, cuidaron el lugar y atendían a los visitantes. Los restos de Fray Mocho reposan desde 1958 en la tumba de la rotonda de Santa Clara en el Cementerio del Norte.
"EL FULGOR DE AQUELLOS CORSOS INFANTILES" y "LOS AÑORADOS CORSOS" por Marco Aurelio y Carlos Lisandro Daneri:
Estos segmentos rememoran los antiguos carnavales de Gualeguaychú, en contraste con el "Carnaval a la brasileña" de 2001. Se destaca el beneficio económico y social del carnaval actual para la ciudad, generando mano de obra y atrayendo turistas.
Se añoran los Corsos Infantiles de los años cuarenta del siglo pasado, descritos como una "Fiesta" emocionante y deslumbrante. La calle 25 de Mayo se llenaba de niños con disfraces coloridos como Polichinela, damitas de Holanda, gauchos, Mickey, y personajes históricos.
Automóviles y carruajes decorados desfilaban con los "pequeños reyes de la Fiesta", mientras las familias en los palcos aplaudían. Un Gran Jurado de damas de sociedad evaluaba los disfraces. El Corso Infantil era "la alegre y brillante FIESTA DEL AÑO para todo el pueblo".
Basándose en la "Crónica Informal" de Carlos Lisandro Daneri, se describe el ambiente de los antiguos Corsos en la calle 25 de Mayo, con "indios" y "gauchos" en luchas simuladas, coches y carros adornados con serpentina y papel picado, e intercambio de flores.
Se menciona el juego discreto con "agua florida" y la ausencia de "pre-carnaval". La calidad del espectáculo era total, con guirnaldas de luces, disfraces, y alegría sin groserías. Se destacaron comparsas como la de Nerón y Unión Argentina.
Poseer un palco era un símbolo de distinción. El Cuaderno lamenta la desaparición de estos palcos, que "dieron marco y figura al Carnaval de un tiempo, de una época y una manera de vivir".
"A FUEGO LENTO... CARNE CON ALGO" por Silvia Razzetto de Broggi (CVADERNOS en EGB):
Esta sección explora la cocina criolla rioplatense con profunda raíz española. La carne era el alimento principal debido a su abundancia y bajo costo.
Se detalla la división de roles por género: los hombres se encargaban de las tareas agrícolas y ganaderas (marcar, faenar), mientras que las mujeres cultivaban huertas, cuidaban aves, compraban y preparaban comidas en la cocina, transmitiendo recetas.
Las cocinas eran ambientes femeninos, usando ollas de hierro y fogones para cocer carnes lentamente con vegetales. Se incorporaron cultivos indígenas (papa, batata, mandioca, maíz, calabazas, porotos, tomates) e hispanos (acelga, zanahoria, cebolla, morrón), con azafrán, pimentón, aceite de oliva y aceitunas para realzar sabores. Berenjenas y remolachas eran consideradas "yuyos de gringos".
Se describen menús populares como el Puchero, la Carbonada, guisos de porotos y lentejas, el locro, y diversas sopas. Los caldos de gallina se usaban para parturientas y enfermos.
La costumbre española de endulzar comidas picantes se reflejaba en el uso de pasas de uva en picadillos para empanadas, albóndigas, zapallitos rellenos y "niños envueltos". Las comidas se servían abundantemente en grandes mesas con jarros de peltre o estaño, y platos de madera o loza. Las reuniones familiares solían comenzar y terminar con una oración.
Se incluye una sección sobre el viaje de las aceitunas y otros productos (aceite de oliva, vinos, almendras, etc.) desde Mendoza a Gualeguaychú, primero por vía terrestre y luego por el comercio marítimo borbónico a fines del siglo XVIII. A mediados del siglo XIX, Francisco Lapalma ya cultivaba y comercializaba aceitunas en su quinta en Gualeguaychú.
El Cuaderno de Gualeguaychú Nº 201 fue investigado y redactado por Nati Sarrot, Marco Aurelio RODRIGUEZ OTERO, Fabián MAGNOTTA, Silvia RAZZETTO de BROGGI, Carlos M. CASTIGLIONE y Aurelio GOMEZ HERNANDEZ. La digitalización la realizó el Museo "Casa de Haedo" y la edición y OCR del texto Patricio Alvarez Daneri.