La Paradoja del Conservador

 La Paradoja del Conservador

     Si alguien pudiera cobrar derechos por la patente de invención de nuestro país este sería Juan Bautista Alberdi. Sus Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, concluidas en su exilio de Valparaíso en 1852, relatan pelos y señales de “lo que vendrá” con una precisión y ese realismo descarnado, profundo y agresivo tan propio de las fecundaciones. Entre las consignas operativas de las Bases una de las principales era “gobernar es poblar”. El ilustre tucumano, con una acidez característica, aventó toda posibilidad de confusión. No se estaba refiriendo con esa máxima a promover el incremento poblacional de los criollos mediante la reproducción, sino directamente a una suerte de “importación de personas”. Debería traerse lisa y llanamente “otro equipo” de ciudadanos y poblar con ellos el suelo de la patria. 

     Debía tratarse de trabajadores calificados europeos, que infundieran inmediatamente en el suelo fértil su conocimiento tecnológico, su afán de progreso material, capacidad de manejo de maquinarias industriales, amor a la agricultura, etc. 

     Caseros, la Constitución Nacional y la rendición conciente del ejército confederado en la batalla de Pavón fueron los dolores de parto de esa Argentina cuyo nacimiento Alberdi había diseñado. Todo estaba escrito en la Constitución que, en medio de esos páramos mal habitados por nativos sumidos en el atraso, era a su vez norma jurídica,  plan económico y lineamiento gubernamental. La Constitución era el “manual del usuario” de la nueva Argentina y esperaba aplicación en su primera etapa: “Puesta en 
funcionamiento”. 

     Los encargados de transitar ese segmento se dieron luego en llamar “generación del 80”. Fueron los innovadores que –como ocurre siempre- devendrían unas décadas después en conservadores. Dictaron leyes, construyeron edificios, otorgaron concesiones, y –como decía “el manual”- trajeron a los inmigrantes.

     Mucho se ha deplorado el hecho de que los inmigrantes reales que llegaron al puerto de Buenos Aires distaban de tener los atributos intelectuales y tecnológicos soñados por las Bases. No obstante superaban las perspectivas y posibilidades de la población local. Trajeron –aun inconcientemente- su bagaje cultural, porque –aunque periféricos- eran miembros de grandes civilizaciones. Eran pobres, huían de las guerras, tenían hambre y deseos de progresar; y dieron con una tierra que se les reveló capaz de cualquier proeza. Se entregaron de lleno a las diversas labores. Intercambiaron libretas con información sobre épocas propicias para los cultivos según los climas. 
Trabajaron en la construcción de ferrocarriles y subterráneos. Fueron constructores de altas casas de cemento con aljibes, cuyos planos habían traído del mediterráneo. 

     Pero los inmigrantes traían también otra tecnología pegada en la tela de sus gorras, valijas y sacos, como si se encontrara escrita en su piel. Era la tecnología de lo social. Una vez que medianamente estuvieron instalados en su nueva casa, comenzaron los reclamos sindicales, acicateados por la llegada de militantes profesionales, especialmente anarquistas, de esos que –por tan profesionales- ni siquiera formaban una familia por no descuidar ni un solo segundo la causa obrera. 

     Esto desde luego fue un largo dolor de cabeza para los terratenientes, industriales y beneficiarios de las concesiones de servicios públicos. Los enjundiosos visionarios ochentinos generaron de ese modo su propia paradoja: Trajeron al enemigo. 

     Por eso fue que una vez advertidos de tan severo efecto colateral de aquél medicamento bebido hacía tantos años –en la década de 1850- comenzaron de inmediato con los tratamientos. Uno de ellos fue esa interesada defensa de lo nacional, a la que nos hemos referido. Esto trajo aparejado el “reposicionamiento” del gaucho. 

     Los conservadores del nuevo siglo se preguntaban sordamente –acaso inconcientemente- cómo habían sido tan necios al marginar al Martín Fierro de José Hernández, condenándolo tan solo a venderse en las pulperías junto con la yerba y el tasajo. Cómo habían cambiado a aquél gaucho ignorante, vago y desertor –pero desinteresado- por estos pérfidos extranjeros que les requerían participación en las ganancias de un país que -juntos también- habían construido.      

      Pero a aquella versión libertaria, retobada y áspera del gaucho no podían ya volver. Martín Fierro sería más funcional incluso a los agitadores anarquistas que a ellos mismos. Así es que apareció una especie de gaucho blando,  educado, pacífico, cuyo único objetivo material es vestir de gala los domingos, que le canta a la pampa, al caballo, y que no se mete en política.
Nosotros éramos gente de trabajo (…) ellos eran los aristócratas, los burgueses”. 
Angel Jordan. Obrero Federado.


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