34) Balance y Perspectiva

Podemos llamar así a una conclusión que nunca podrá agotar el tema abordado. Pero esperamos que alcance para resumir lo que descubrimos y resaltamos en el contenido de estas páginas. Así, proponemos una mirada clara que nos conceda la perspectiva de saber que vamos por el buen camino.

Precisamente es bueno el camino andado por todos los sacerdotes que actuaron en la Parroquia San José de Gualeguaychú. Tal vez no sea por sus logros, ni por sus aciertos y obras, que hubo y muchos, sino por el sacerdocio en sí mismo, que ayudó para que muchos otros vivan su sacerdocio bautismal. Un camino que por momentos tuvo que abrirse entre espinas y piedras, y que en otras resultó fácil como quien hace camino al andar.

Durante el tiempo de la colonia y cuando éramos virreinato se vivieron momentos misioneros, en donde se unían la pala y la cruz para levantar pueblos y capillas. Así me imagino al Padre San Bernardino o al Padre Amaro que, con un espíritu misionero, venían desde muy lejos para regalar los primeros sacramentos a nuestra gente. Una realidad dura y creadora de límites más allá de los ríos, porque se estaba difiniendo el país de los matreros en donde nunca resultó fácil organizarse.

Algo distinto fue cuando la Revolución iniciada en 1810 llegó a estos territorios. Donde por momentos los ríos nos unen y otras veces nos separan, también se pasaba de un bando al otro. Así dependíamos de Buenos Aires, otras de Montevideo, con el riesgo de ser realistas y ofendiendo la libertad, precisamente de los pueblos libres. Tiempos de caudillos y de República de Entre Ríos, tiempos violentos que también envolvieron a nuestra parroquia y a su párroco.

Estos tiempos no fueron cortos ni parejos, sino que se vivían entre grandes logros y muestras de nobleza. Así muchas de las fiestas cristianas incluían entre las intenciones de los fieles una oración especial por Ramírez, y más adelante otra por Urquiza, muchas como federales, y otros por ser blancos o colorados.

Luces y sombras de una comunidad cristiana que vivía como la misma Iglesia: que vive entre las casas de la gente.

No siempre la grandeza de los sacerdotes se puede evaluar por sus obras, pero si por el agradecimiento de sus fieles. Muchos no hicieron mucho en lo material, pero sembraron Palabra de Dios con sus vidas y palabras. Es evidente la huella que dejaron los padres Martínez y Palma, pero ellos mismos fueron unos agradecidos por lo que sembraron los Gordillo, Rodas, Olascoaga, Cobos, y Yarza, entre otros.

Sacerdotes que seguirán inspirando a los que luego venimos a pastorear el mismo rebaño parroquial y que seguimos cosechando lo que ellos sembraron.

Una vez, un sacerdote afirmaba que:

A la luz de Cristo, el Buen Pastor, debemos mirar con ojos de fe a los pastores que el Señor ha puesto a nuestro servicio: los sacerdotes. Se trata de mirar desde la fe al sacerdote con sus límites y con el poder que le viene del Señor. Ese poder que hace temblar al sacerdote mismo cuando levanta su mano y dice “yo te perdono” o cuando frente al pan y al vino dice “éste es mi cuerpo y ésta es mi sangre”. Mirar con ojos de fe a ese sacerdote a quien el Señor ha ungido con su propio Espíritu para que ore y profetice, para que sufra y sirva, para que construya la comunidad del pueblo sacerdotal. Sentirlo muy cercano a nosotros, sentirlo igual que nosotros, incluso en el pecado ya que también él necesita acercarse a otro sacerdote para decirle “Padre, perdóname, déme la absolución”. Pero mirarlo con ojos de fe porque lleva en sus manos de barro, un tesoro escondido: el poder de dar la vida. Ese sacerdote da la vida por nosotros va gastando su existencia y la va dando cuando reza, cuando predica y cuando sufre; y la va dando cuando sirve, cuando celebra, cuando está enfermo y cuando muere….Mirar con ojos de fe la fragilidad de este hombre, en el que a veces descubrimos más que pecado porque está tomado de entre los hombres. El sacerdote ha sido tomado de entre los hombres, por eso no le exijamos que sea un superhombre. No exijamos que no necesite ofrecer sacrificios por sus propios pecados. No exijamos que no necesite ofrecer sacrificios por sus propios pecados. No exijamos que esté lleno de ciencia y de talentos. Basta que sepa orar, que sepa sufrir, que sepa servir y que esté en disponibilidad para todo. Y si no esto sabe, recemos mucho para que Dios gane su corazón. ¡Cuánta necesidad tenemos de orar por la santidad de nuestros sacerdotes!¡y cuánto debemos ayudarlos en su ministerio con nuestra propia actividad, con nuestra propia cercanía, con nuestro propio cariño! El sacerdote necesita experimentar la amistad de Jesús, y el cariño de su comunidad. Miremos al sacerdote con ojos de fe y querámoslo así, como es[1].

 

Entender así el sacerdocio, es agradecerlo y acompañarlo con una actitud de rebaño. Una dimensión comunitaria que el mismo Cristo entrega a los sacerdotes, conforme al corazón de su Padre.

Me permito rezar una oración que complete este balance y esta perspectiva:

JESÚS: que me llamas a pastorear tu rebaño:

Concédeme un corazón como el tuyo: tierno, sin sentimentalismos, firme pero sin dureza.

Que pueda abrazar a todos, especialmente a los que más lo necesitan.

Que confíe en mis ovejas y en sus cualidades, así como tu confías en las mías.

Que anime a la tímida, espere a la lenta y frene a la impaciente.

Que la alegría se exprese en todo mi pastoreo, aún en tiempos tristes.

Que siga proponiendo, para que tu dispongas.

Que imite a otros pastores en sus cualidades y pueda animarlos en sus debilidades.

Que no me olvide que, por ser pastor no he dejado de ser oveja.

Amén.

En el 4º Domingo de Pascua, llamado Del Buen Pastor

 



[1] Cf. Pironio, E. ¿Quién eres, Señor?, Ágape Libros, Buenos Aires (2008) págs. 97-99.







Pastores según el corazón de Dios
El ministerio sacerdotal en la Parroquia San José de Gualeguaychú (1766 - 1905)
Pbro. Mauricio Landra

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