La más sagrada de las Instituciones

     La “Liga Patriótica Argentina” fue creada en Buenos Aires el 6 de febrero de 1919. Lo hizo una junta promotora que redactó sus estatutos, presidida por el Almirante Domecq García. Firman al pie del acto fundacional más de medio centenar de personas entre los que estaban Saturnino J. Unzué, Alfredo Urquiza, Miguel A. Martínez de Hoz y quien sería después su presidente y principal motor: Manuel Carlés. 


      En setiembre de 1920 se publicó el libro “Definición de la Liga Patriótica, guía del Buen Sentido Social”. Esta será la primera publicación de la serie “Biblioteca de la Liga Patriótica Argentina” y más tarde, en 1922, se editó la misma en inglés,  francés, y portugués.

     En la parte superior de la portada hay un escudo (es el de la propia Liga) y una leyenda que dice: “La Liga Patriótica Argentina saluda al Gran Pueblo Argentino, uno e indivisible con su bandera azul y blanca y su Himno Nacional”. Esta frase sería después una costumbre en las sucesivas publicaciones de la Liga. Al pie de la portada hay una cita bíblica. El libro tiene una finalidad eminentemente pedagógica. En un mundo sin radio, hay que apelar a los medios escritos para difundir las ideas. La propaganda impresa es prioritaria para la Liga.

     Ante todo se apresura a proclamar que “…ningún pueblo como el argentino goza de una organización constitucional más humanitaria y práctica…” y que “La Constitución Nacional, que reconoce a los extranjeros los mismos derechos que ella sanciona para los ciudadanos obra un raro fenómeno que los hace parte de nuestra sociedad…”

     Estas palabras condensan el armazón ideológico de la Liga. Desde el comienzo se vislumbran algunas antinomias que, como veremos, serán plato principal en el discurso liguista: nacionalismo versus extranjeros; constitución versus desorden; constitucionalismo liberal-burgués versus socialismo e ideas afines.

     Manuel Carlés, presidente de la institución a nivel nacional, nos advierte que cuando los “huéspedes” (en referencia a los extranjeros) pretenden amenazar la constitución del Estado y difamar la “… fisonomía social de nuestro pueblo…, los argentinos han formado a su vez una institución para defender la Pureza Moral Argentina”. Esta sería la institución moral por excelencia, porque se propone el bienestar de todos los habitantes de la República. El opúsculo llega a decir que: “No hay institución más sagrada que la Liga…”

     Como precisamos más adelante, la Liga estaba imbuida de un espíritu beligerante y es por eso que se hace importante para su discurso enunciar una lista de sus enemigos. El libro “Definición de la Liga Patriótica, guía del Buen Sentido Social” involucra en ese “index” en primer lugar a anarquistas y sindicalistas revolucionarios, pasando por toda clase de socialistas, hasta llegar a los “… indiferentes, anormales, envidiosos y haraganes…” sin olvidarse de los “…inmorales sin Patria, los agitadores sin oficio y los energúmenos sin ideas…¨

      La Liga asumía en su discurso una encendida defensa de la Constitución de 1853. Ya entrado el Siglo XX, la forma de ser conservador, de mantener los privilegios de la clase dominante, consistía en defender los principios liberales de la Constitución en su aspecto económico y transgredirlos en sus aspectos políticos. Las contradicciones entre el discurso constitucionalista liberal y las prácticas represivas de la Liga surgirán luego con más claridad cuando en 1930 esta “institución sagrada” encabezara el golpe al gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen. Ahí se perdió todo vestigio de veneración constitucional, y el viejo conservadorismo se sacó la máscara. En realidad 
su desvelo no anidaba en la república como sistema de gobierno, ni en la constitución como norma suprema, ni en la bandera o el escudo, sino en la defensa del “statu quo” patrimonial.

      Pero no necesitamos ir tan lejos para encontrar contradicciones. En el texto del libro que estamos analizando, los altruistas principios alberdinos sobre los derechos de los extranjeros- que la Constitución recoge en su articulo 20, pronto dejan paso a un fervor xenófobo poco disimulado: “La Liga Patriótica Argentina consiste en conservar las virtudes inmanentes de la raza, la franqueza, la hidalguía, la bravura, la hospitalidad, no consintiendo que el extranjero y el nativo extranjerizado corrompan el sentido señorial de la civilización Patria”.

     La propaganda de la Liga trata de infundir el nacionalismo con una literatura entradora, que llegue al aristócrata, a los llamados “obreros buenos” (los que no hacían huelgas)  y a la población rural, muy numerosa por entonces. 

     “Cuando se tiene razón hay que obstinarse en tener razón…” nos dice Carlés hablando de las bondades de lo que llama Civilización Republicana Argentina que opone al Régimen del Tirano Moscovita (giro con el que se refería a Lenín). “Si en ninguna parte del mundo la sociedad es más feliz que en la Republica Argentina, por causa de su régimen republicano, debemos obstinarnos en preservarnos de las malas influencias y de los contagios malsanos  extranjeros”. 

     Los extranjeros, como vemos, son uno de los blancos preferidos para las críticas liguistas. El discurso nacionalista pasa a ser xenófobo y luego se convierte en anti-obrero y anti-sindical. Los trabajadores que organizaron los primeros grandes gremios eran en su mayoría extranjeros. En un país en que los extranjeros forman los gremios, hablar mal de aquellos significa hablar mal de estos. Es importante tener en cuenta que ya en 1914, y a consecuencia de las constantes oleadas de inmigrantes, estos alcanzaban al 50% de la población nacional.

     “Los pueblos lúcidos –prosigue Carlés en “Definición…”-resuelven sus problemas con ideas de hombres que sean intérpretes del espíritu nacional”. Con esto descalifica a los extranjeros y ataca al movimiento obrero por su flanco débil: la falta de conciencia nacional y en algunos casos, de un proyecto nacionalista. En este aspecto hay que computar la gran difusión que el socialismo había alcanzado entre los trabajadores. Esta ausencia de un ideario nacionalista se explica por la aplicación de los principios y recomendaciones de las Internacionales Socialistas reunidas por aquellos años.

     Para los socialistas el problema de los trabajadores de todo el mundo era idéntico y todos los proletarios debían unirse, sin distinción de naciones, en la lucha contra la burguesía poseedora de los medios de producción. La proclama socialista era pues: “Trabajadores del orbe, uníos”.

     Coherente con estos principios la central obrera se llamaba Federación Obrera Regional Argentina en lugar de Nacional. Socialistas y anarquistas reducían (cuando no atacaban) el valor “Nacionalismo” en pro de un valor más importante: la organización de todos los trabajadores para la defensa de sus intereses.


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