Usos y Costumbres de nuestro Pueblo en los primeros tiempos de su formación

Por Elsa Beatríz Bachini
Conferencia pronunciada el 20 de octubre de 1970.


En este cumpleaños de Gualeguaychú vamos a recordar, a tratar de revivir lo más exactamente posible, las costumbres, es decir, las inclinaciones y usos de nuestro pueblo en los primeros tiempos de su formación.

Es lógico que lo que voy a contar a ustedes, visto después de tanto tiempo y con una mentalidad evolucionada, dé a estos sucesos o modos de vida un tono anecdótico y que, lo normal y común en su tiempo hoy nos resulten hechos curiosos, notables y por qué no decirlo, ridículos.

Pero no por eso debemos despreciar su conocimiento, y es muy posible, que nos sirva para medir y valorar muchos usos sociales que aún son resabios o herencias de prácticas antañosas, y dado que todos estamos empeñados, sobre todo los jóvenes, en el desarrollismo de nuestra época, hagamos comparaciones en la búsqueda de los pro y los contra de una y otra, para de ello extraer enseñanzas que pueden resultar muy positivas.

Los primeros pobladores de aquel pueblito que fundara hace 187 años, don Tomás de Rocamora, vivían en forma más que sencilla en los ranchos levantados en los solares que aquél les repartiera.

Y no sólo el pueblo, las mismas autoridades, los funcionarios de los primeros cabildos, en nada se diferenciaban. Tan pobres eran uno como los otros. Y uso la expresión "pobres", aunque muchos de ellos poseían extensiones de campo y haciendas, pues estos bienes de poco y nada les valían ya que el comercio y la industrialización eran prácticamente nulos.

Vidas sencillas y modestas en extremo, cada familia debía bastarse a sí misma por falta de artesanos, hacerse desde el calzado hasta construirse su propia vivienda, desde el pan hasta las velas.

Aislados del mundo, sin noticias ni diversiones, es muy difícil para la gente de nuestra época imaginarse el transcurrir de aquellas vidas, donde el menor acontecimiento tenía magnitud gigantesca, donde las mujeres salían solamente para ir a la iglesia y lavar la ropa en el río.

Y si al menos hubieran sabido leer, pero no olvidemos que prácticamente la mayoría eran analfabetos.

Recién el 21 de octubre de 1793 se designa al primer maestro, don Vicente de Alemán con un sueldo de cuatro reales mensuales por niño, obligándose a todos los padres a enviar a la escuela los de cinco años para arriba.

Pero así y todo parece que, juntamente con el pueblito de Gualeguaychú, había nacido también el gusano del disconformismo y del espíritu levantisco. En el auto de buen gobierno dictado por don Agustín de León, primer Regidor del Cabildo, se decreta lo siguiente: "Que ninguna persona de cualquiera calidad que sea no haga libelos infamatorios, versos o pasquines ni formar corrillos contra la Justicia, bajo pena de que serán remitidos al Virrey". Esto lleva fecha 6 de febrero de 1791.

Es lógico, en aquella época en que nada ocurría en el pueblo la actuación de las autoridades ocupaba el primer plano en las preocupaciones lugareñas, sobre todo en el pequeño núcleo de familias que se habían establecido en la Villa. Además, la actuación de los primeros cabildantes, realizada en medio de la mayor estrechez económica debido a que en esa época no se cobraba ningún impuesto —y más aún coartada al máximo por las autoridades de Buenos Aires, que desconocían muchas veces las resoluciones de Nuestro Cabildo, dando lugar a interminables polémicas, sobre todo, cuando pretendían designar para desempeñar cargos públicos, a personas que eran repudiadas por los pobladores y por algunos miembros del Cabildo.

Así que, no es raro que las gentes manifestaran su disconformidad, no sólo de palabra, sino también por escrito. Aunque dada la carencia de imprentas, debían tomarse el trabajo de escribir a mano. Es una lástima que nada de esto se conserve y que sólo nos hayamos enterado de la existencia de esos versos y libelos, a través de lo resuelto en su contra, por don Agustín de León. No sólo la Justicia y las autoridades estaban expuestas a las críticas, los curas que tenían a su cargo la pequeña iglesia tampoco escapaban a ello. A través de las actas del libro del Cabildo, y posteriormente de los libros que se conservan en nuestra Catedral, surge que los mismos estaban sujetos a un control estricto de los pobladores, que no les perdonaban la menor desviación, ni debilidad.

Estas aisladas manifestaciones, levantistas, era el único lujo que podían permitirse los primeros pobladores; en lo demás, la vida se deslizaba plácidamente y, salvo algún sonado pleito con los terratenientes que circundaban el ejido del pueblo, que no permitían que ningún auténtico poblador hiciera producir algunas pocas hectáreas, de las muchas leguas que poseían, sin siquiera conocerías, citaban exclusivamente dedicados al trabajo. No hay que olvidar que, para comer pan, había que empezar por sembrar el trigo, lo que cada familia cultivaba en los fondos de sus casas y proceder a molerlo para extraer la harina. Este trabajo se hacía ni principio en las propias casas, luego se establecieron las primeras tahonas y cada familia llevaba el trigo por ella cosechado para su molienda entre aquellas enormes piedras que giraban por la tracción de las mulas.

Las gentes muy acomodadas tenían esclavos negros.

Ahora bien, adquirir un esclavo, resultaba altamente costoso, más aún prohibitivo para presupuestos medianos. El precio de un buen negro, joven y sane era de Cien pesos alrededor del año 1800. Para esa época..., el ganado vacuno se vendía más o menos a cuatro reales cada uno, los caballos a Un peso y la legua de campo a razón de cuarenta pesos. (Landa).

Así que solamente la gente rica podía darse el lujo de adquirir esclavos y los más de ellos, realizaban los trabajos de campo.

García Zúñiga, el famoso propietario de "Los Campos Floridos", llegó a tener doscientos negros, que utilizaba en los trabajos de sus vastísimas propiedades.

La esclavitud, en el Río de la Plata, no tuvo las características que en otras colonias americanas, donde se los sometía a los más bárbaros castigos y a un trato atroz e inhumano, protegidos sus dueños por leyes despiadadas que les concedían sobre el esclavo los derechos más sanguinarios y absolutos. Azara, en el relato de su viaje, destaca esta circunstancia...

Pero, también había muchos de ellos que estaban cruelmente tratados por sus amos, no sólo por el excesivo trabajo que les obligaban a realizar, sino porque los sometían a los más dolorosos y degradantes castigos a la menor falta cometida.

En muchos hogares se trataba a los esclavos en forma casi familiar y a pesar de que la totalidad andaban muy mal vestidos y descalzos, se solía ver negras jóvenes, calzadas y ataviadas decentemente en compañía de sus amas.

De todas maneras, en general se tenía por el esclavo, por el negro, un desprecio total, considerándolo no como un ser humano sino como una cosa de la cual su propietario podía disponer a su antojo.

Como ejemplo de ello recordaré un famoso caso ocurrido en Gualeguaychú que nos da una visión exacta del desprecio que se tenía por la vida de los esclavos.

Aquí es muy común oír el dicho "llevar la carta del negro" sin que se sepa el origen del dicho, que es el siguiente:

Días antes al Primero de Mayo de 1851, decidido el Pronunciamiento contra Rosas, Urquiza tomó sus medidas políticas contra todos aquellos a quienes sabía adictos al restaurador, entre los que se encontraba Mateo García Zúñiga, fuerte terrateniente, propietario de las sesenta leguas comprendidas entre la Cuchilla divisoria, el Río Gualeguaychú, y los Arroyos Gená y Gualeyán, es decir el actual Distrito Pehuajó Norte. Enemigo poderoso, señor de numerosas peonadas y de más de doscientos esclavos, Urquiza ordenó su eliminación y dispuso lo pertinente.

Enterado el Coronel Dumón, miembro del estado mayor de Urquiza, y de uno de cuyos hijos era padrino Don Mateo, le despachó una carta, instándolo a que se pusiera a salvo, de la cual era portador un negro con orden de ir "reventando caballos". La carta tenía una post data que decía que una vez leída la destruyera e hiciera degollar al negro.

Así lo hizo, por supuesto, Don Mateo, para asegurar el secreto que podía serle fatal al servicial compadre; y el pobre negro habrá muerto pensando tal vez que aquella carta contenía algún mensaje diabólico ante el cual su Dios, sin duda justiciero, había pronunciado la inapelable sentencia.

De ahí que, conocido el episodio, nació el dicho "llevar la carta del negro", siempre que se sospecha que la misión que se encomienda puede redundar en perjuicio del comisionado.

De todas maneras, valga el episodio, histórico por cierto, para dar una idea cabal, del valor que se daba ja la vida de estos pobres seres. Por lo demás, no se puede pensar otra cosa, si se tiene en cuenta que Urquiza mandaba matar, sin más ni más, al poderoso señor García Zúñiga, dueño de sesenta leguas de tierra.

Tuve, hace muchos años, oportunidad de tomar copia de una carta que guardaba la señora Camila C. de Vieyra, dirigida por el general Palavecino a don José Benites, fechada en 20 de julio de 1844.

En la misma, Palavecino le daba cuenta de que la gente que andaba por Ceibas, en persecución del "Negro Doroteo", habíale dado caza. También le hace saber que días antes le habían cortado la cabeza a otro negro, por equivocación...

La Revolución de Mayo inicia el primer atisbo de reformas sociales que, con la iniciativa y firma de Belgrano, comienza declarando la libertad e igualdad de los aborígenes con el blanco y los habilita para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos.

Poco tiempo después, la asamblea del año XIII, declara la libertad de vientres -es decir, que todo hijo de esclava era libre- y aunque conservaba el régimen esclavista para sus padres, disponía también la libertad de todo esclavo de país extranjero que pisara el ¡suelo argentino.

Pero, desgraciadamente, estas reformas tan fundamentales, por múltiples razones, entre otras los gobiernos dictatoriales y las continuas guerras que asolaban al país, no fueron llevadas a la práctica sino casi medio siglo después ya en plena organización nacional.

Así, en los testamentos de aquella época, aún hasta promediar el siglo, los esclavos eran inventariados y legados.

En el Archivo del Registro de la Propiedad de Gualeguaychú existe un sinnúmero de documentos interesantísimos relativos al comercio de esclavos, por ejemplo este fechado en 15 de abril de 1834 que dice:

"Yo don Antonio Domínguez vecinos de la Villa de Gualeguaychú, y albacea de la testamentaria de Juan José Suñi y con conocimiento de los herederos, otorgo que doy en venta y vendo para siempre jamás, a don Guillermo Eloy Segovia vecino de la Villa de Nogoyá, un negro llamado José León Suñi, de edad de 28 años más o menos sin enfermedad conocida, no hipotecado ni sujeto a obligación de deuda, ni cometido delito por donde merezca pena y como tal lo vendo por precio de 233 pesos metálicos".

Y este curioso expediente tramitado en nuestros tribunales, sobre el remate de una negra, cuyo título de propiedad se encuentra hoy en poder del señor Gervasio Doello Jurado, descendiente directo de quien resultó comprador de la misma en la subasta efectuada en el año 1835.

Se inicia con edicto, o aviso al público, que dice textualmente:

"En los días 18, 19 y 20 del presente, se pondrá en venta pública a las puertas de este Juzgado, una negra llamada Joaquina perteneciente a los menores de la testamentaria del finado don Rafael Zorrilla. Los que quieran hacer posturas ocurran a dicho Juzgado en los días que será rematada al mejor postor". Febrero de 1835.

Y continúa el expediente del remate:

"Por orden del Alcalde Mayor, el Sr. Juan González de Cossio, he averiguado el estado físico de la morena llamada María Joaquina y el resultado de mis pesquisas ha sido el siguiente:

1º) Su estado exige curación formal.

2º) Dudoso es que se consiga, aún después de ésta, una curación completa.

3º) En el presente no se puede exigir de ella más que un trabajo liviano y no asiduo.

Dado a pedimento del Sr. Alcalde Mayor, para los fines que convengan en Gualeguaychú, a febrero 5 de 1835, José Perin".

Y el trámite continúa así:

"Los abajo firmados, siendo nombrados por el señor Alcalde para tasar a una negra llamada Joaquina de la testamentaria de R. Zorrilla y habiendo sido informados del género de servicios para que es apta y teniendo a la vista el informe del facultativo Dr. José Perin, la hemos tasado en la cantidad de 200 pesos moneda metálica, por creer que es ese su verdadero valor y firmamos el presente en Gualeguaychú a 9 de febrero de 1835. Facundo Nadal — José Antonio Haedo".

Bien, llega la fecha del remate y los dos primeros días no concurre ningún interesado; al tercero se realiza con los siguientes postores: Don Victorio Doello, ofreció las dos terceras partes del precio o sea $ 133; Don José Benítez $ 135; Don Leoncio Martínez $ 136; y finalmente, Don Victorio Doello eleva su primera oferta a $ 138, por lo cual resulta comprador, adquiriéndola para su padre, Don Andrés Doello.

Y el título de propiedad de la pobre y bichoca negra Joaquina, que la ataba a la esclavitud por siempre y jamás y a la edad de 36 años, está extendido en un papel sellado con el escudo de la Provincia de Entre Ríos que entre su marco de laureles dice: "Federación, Libertad y Fuerza" y lleva en destacados caracteres negros en su parte superior, la siguiente inscripción:

"Para el bienio séptimo del Gobierno Constitucional de Entre Ríos -para los años 24 y 25 de la libertad- 1834, 1835". Indudablemente, que los años de libertad nada tenían que ver con los negros…

Recién, con la promulgación de la Constitución Nacional, el año 1853, queda abolida en forma total la esclavitud en nuestro país.

En el archivo de los tribunales hay un documento expedido con fecha 31 de Julio de 1854, por el entonces Juez de Paz de nuestra ciudad y departamento que dice así: "Certifico que el ciudadano, General don Manuel Antonio Palavecino ha presentado en el juzgado dos títulos de propiedad de dos esclavas llamadas Marcelina y Josefa que le costaron, la primera 240 pesos y la segunda 200 pesos, como consta en los referidos títulos. Y en conformidad con lo que dispone el art. 15 de la Constitución Nacional, las ha dado libre desde el 1° de Enero del presente año. Firmado: Domingo de Alagón - Juez de Paz - José María Méndez Rodríguez - Escribano del Juzgado de Paz".

En los libros parroquiales de nuestra ciudad, están asentados los bautismos de esclavos; algunos dueños que poseían muchos negros, procedían a cristianarlos a todos en un mismo día, llamando la atención porque figuran solamente con el nombre, o todos con el apellido de su propietario.

Igualmente, están asentados innumerables matrimonios celebrados entre esclavos.

A pesar del trato inhumano que por regla general se daba al esclavo, sus dueños trataban por todos los medios que cumplieran con los sacramentos, tal vez en un intento de borrar ante Dios, la falta que cometían al tener a esos pobres hermanos, en tales condiciones.

Quizá en este aspecto estoy prejuzgando, posiblemente no existía ninguna otra intención que dar a los negros el alimento espiritual que los elevaría del nivel de simples bestias, pues, el español era un fanático creyente y en la sociedad colonial la iglesia tuvo una total gravitación y poder casi absoluto que manifestaba por medio de los sacerdotes.

Pero —como dice el Profesor Filiberto Reula en su Historia de Entre Ríos— el conquistador al mismo tiempo que muy creyente, es muy pecador y el aborigen y el negro convertidos, poco cambian su modo de ser con la nueva fe; sigue siendo un bárbaro idólatra que ha sustituido y mezclado sus deidades y ritos, con la deidad y ritos del español. Además, el clero no resalta por su ejemplaridad. De ahí que a pesar de todos esos factores favorables, la vida en la colonia no se caracteriza ni mucho menos, por la práctica de las virtudes cristianas".

Pero eso sí cumple al pie de la letra con todas las ceremonias del culto y concurre a todas las fiestas y solemnidades de la iglesia, particularmente las de Pascua de Resurrección, Corpus, del Patrono y, especialmente las de Semana Santa, donde para concurrir al templo se mandaban confeccionar -hombres y mujeres- vestidos y trajes de riguroso luto.

Además las oraciones preceden todos los actos más o menos importantes de la vida cotidiana, como ser las comidas, los viajes, el reposo.

Ahora bien, la constitución de la familia en la época colonial, no es para esgrimirla como ejemplo, como muchas veces se pretende. El padre, dueño y señor, tenía un hogar oficial en el pueblo, y otro clandestino con la mulata o la mestiza, en la chacra o en algún puesto de su estancia. Todos los de la casa, desde la esposa, los hijos y la servidumbre debían tratarlo con reverencia y humildad.

La madre, ocupa un lugar muy inferior, prácticamente sin voz ni voto, dedicada exclusivamente a las tareas del hogar y la crianza de los hijos, que en aquella época no eran pocos. No opina, ni menos decide en los asuntos del hogar, apenas si en circunstancias extraordinarias se anima a suplicar a su esposo. "Este -dice Reula- es frío, severo y hasta cruel con los suyos, por eso no es de extrañar el frecuente resentimiento de la esposa y la animadversión de los hijos para con aquél".

"Este concubinato múltiple muy difundido y que no causa mayor extrañeza ni provoca censuras, viene de muy atrás, y el ejemplo lo dan precisamente los hombres de las clases dirigentes. El gran estanciero de Entre Ríos, y patriarca de Santa Fe, Candiotti, tiene una única hija de su matrimonio, pero su progenie natural es tan numerosa, que la mayor parte de sus estancias están administradas por uno o más de sus hijos a los que trata con la mayor consideración.

Y el más prominente de los entrerrianos, Urquiza, tiene una numerosísima prole natural, que sin ningún disimulo mantiene con el debido bienestar. Y Reula agrega: "Y es notorio que sus colaboradores, lo imitan con mucha fidelidad".

En el Archivo de los tribunales local, llama la atención en los documentos de aquella época, que la mayoría de los miembros de las familias más arraigadas y poderosas, manifiestan ser hijos naturales de fulano de tal.

A pesar de que las costumbres eran pacatas, y la vida familiar tenía una apariencia morigerada y sustancialmente cristiana, como hemos visto, no todos los sacramentos se cumplían al pie de la letra…

Y era la mujer la que llevaba la peor parte. Era la esposa, que, aunque perteneciera a las clases adineradas, debía soportar en silencio estas constantes humillaciones de su marido. De un marido que en la mayoría de los casos, ella ni había elegido y que debió aceptar, tantas veces en contra de su voluntad porque le era impuesto por la voluntad del padre.

Desgraciadas muchachas, con escasa cultura, en el mejor de los casos sabiendo apenas leer y escribir, pues la mujer, entonces, no tenía acceso a ninguna manifestación cultural, eran casadas a los trece o catorce años, con hombres que las doblaban o triplicaban en edad sólo porque a su padre le parecía un buen candidato. Y la tutela y autoridad del marido continuaban la del padre, y así para toda la vida. Y los prejuicios y opresiones del pasado, y la influencia y autoridad de la iglesia postergaron, hasta promediar el siglo pasado, su progresiva liberación.

Recién cuando la iglesia comienza a perder el poder absoluto que disfrutó durante la colonia, se produce un aflojamiento de las vetustas y arraigadas norteñas de disciplina, social.

Este período se inicia en la revolución de Mayo con la división del Clero en patriotas y realistas, con la separación de la iglesia Argentina de la Española, que todos sabemos fue de las más omnipotentes y conservadoras; continúa con las reformas de Rivadavia y el tratado con Inglaterra que concede a sus súbditos el derecho de profesar su culto y erigir sus propias iglesias y cementerios.

Dice el Dr. José María Rosa en su Historia Argentina que la reforma religiosa de Rivadavia tuvo dos objetos: "Incautarse de los bienes de las congregaciones religiosas para eliminar o disminuir la influencia de los sacerdotes regulares y hacer efectivo el control del estado sobre la Iglesia".

Y agrega el Dr. Rosa: "No estaría de más aclarar que los frailes (esto es, el clero regular) se habían distinguido por sus ideas patrióticas desde el primer momento de la revolución. Lo que no ocurrió con los cuyas (los seculares), salvo honrosas excepciones".

Debido a estas reformas la iglesia se divide. La mayor parte del clero eclesiástico y el padre Agüero, cura de la Catedral, estaban con la reforma, y contra ella todos los frailes.

Y por los diarios y periódicos se inicia entre ellos una furibunda e interminable polémica. (Algo así no como un tercero pero sí como un segundo mundo).

De todas maneras, entre las reformas de Rivadavia está la de que nadie profesaría en un convento con menos de 25 años de edad, reforma muy positiva para aquella época, en que de las familias eran destinados desde niños los hijos que iban a ser sacerdotes o monjas, y que eran prácticamente encerrados en los conventos sin haber consultado su voluntad ni vocación. 

En Entre Ríos esta etapa se inicia con Ramírez y continúa durante el gobierno de Mansilla, que suprime en 1823 el diezmo eclesiástico, es decir, el tributo o impuesto que debían pagar los fieles a su iglesia y la secularización de las órdenes monásticas dispuesta en el año 1825, durante el gobierno de Solá.

Todo esto, sumado a las ideas liberales y modernas que aportó a Entre Ríos, esa inmigración en su mayoría selecta y progresista que atrajo Urquiza a nuestra provincia, produjeron un cambio paulatino en las costumbres, la forma de vida y los usos sociales de muestro pueblo.

No vayan a pensar ustedes que se empezó a vivir como vivimos en la actualidad, en este libre albedrío, que la gente joven ha conquistado para desarrollar su existencia. No, ni el cambio fue tan súbito como el actual, ni tan profundo y radical; pero, todas las circunstancias que acabo de señalar, produjeron, al promediar el siglo pasado, también una especie de "nueva ola", ¿que posiblemente y en forma más atenuada habrá contado con sus beatles y minifaldas…

La familia salió un poco de su aislamiento y las mujeres del encierro; en los diarios de esa época aparecen consejos corno éste que ya son bastante revolucionarios:

"No está mal que una viuda después de cinco años de luto, concurra a una reunión íntima, siempre que se comporte con el debido recato", las tertulias como se llamaba a las reuniones en los hogares, comenzaron a realizarse con asiduidad. Muchos gringos adquirieron en Buenos Aires o en Europa sus pianos que maltocaba la niña de la casa o alguna visita, y a sus sones las parejas bailaban los respetuosos lanceros, el pausado vals, el rigodón y la contradanza. Estas tertulias duraban por lo general hasta la media noche y en ellas era de rigor convidar con mate. En algunas ocasiones muy raras, o cuando se prolongaban por algunas horas más, entonces se servía chocolate. Esto ocurría entre las familias de mayor rango y fortuna tanto como en las de condición humilde; sólo se diferenciaba que en las últimas el instrumento musical no era piano sino guitarra.

De todas maneras, ricas o pobres, las hijas iban rigurosamente acompañadas por sus padres, o si no simplemente por la madre que haciéndose la desentendida, mientras conversaba con alguna comadre, no le perdía ojo al comportamiento de sus niñas…

Con estas tertulias familiares, que resultaban tan entretenidas como económicas, pues con un poco de yerba y azúcar y el fuego mantenido en el brasero, se agasajaba a los concurrentes, empieza la vida social de nuestro pueblo sobre todo para los jóvenes, hombres y mujeres.

Los hombres tuvieron siempre sus entretenimientos; las riñas de gallos; las jugadas de naipes en las pulperías y luego en los primeros cafés y la trastienda de la botica; después la inmigración vasca instaló la primera cancha de pelota a paleta -la cancha vieja, como se la llamaba- que fue construida en calles Montevideo y Bolívar, donde funcionó por muchísimos años. Ahí se reunían los hombres a practicar el juego de pelota, a tomar una copa o simplemente a charlar y pasar el rato. La cancha vieja, puede decirse que fue el primer club de Gualeguaychú y el primero donde se practicó algún deporte.

Tiempo después, se construyó otra -que en oposición de aquélla, se la llamó La Cancha Nueva- y que estaba situada en el terreno que ocupa hoy la tienda Galli.

Salvo los juegos de destreza que se practicaban en el campo, las gentes del pueblo hacían la vida completamente sedentaria, y el ejercicio más violento, debe haber sido alguna partida de billar, en el que se instaló en el Café de París, allá por 1850. 

Los primeros clubes que se fundaron en Gualeguaychú, eran simplemente para realizar tertulias, es decir bailes, y para que los hombres se reunieran por las noches a jugar a las cartas, al ajedrez, al dominó y a debatir los temas candentes de la política local y nacional.

Con el triunfo de Urquiza sobre Rosas, se habían tranquilizado los ánimos, se habían suavizado las situaciones violentas que las tendencias políticas divergentes habían hecho surgir entre los hijos del mismo pueblo y aunque éstas no tardarían en revivir, por lo menos momentáneamente aparecían adormecidas.

Y es éste el momento, en que, no sólo en nuestro pueblo, sino en todo el país, aparecen los primeros clubes que, aunque creados con un propósito de simple sociabilidad, en el fondo no podían dejar de tener el color y la tendencia política de sus fundadores y directivos.

El periódico local "El Eco del Litoral", en su Nº 39, de Abril de 1853, publica el siguiente suelto: "Clubs. Con la libertad los clubs se generalizan, revelando el espíritu de progreso y asociación que se desarrolla en nuestras poblaciones. No ha mucho que se estableció un club Constitucional en Córdoba. En Santa Fe se instituyó el Club del Orden y recientemente se ha formado en la Capital del Paraná un Club Socialista. Los aplaudimos".

Los nombres de los clubes que consigna el artículo precedente, nos dice, bien a las claras, que estos clubes, a pesar de aparecer como sociedades recreativas, tenían también una finalidad política: El de Córdoba se llamaba Club Constitucional, es decir apoyaba el dictado de nuestra constitución; el de Santa Fe: "Club del Orden", y ya su nombre nos está indicando que estaba en contra de los gobiernos anárquicos y despóticos a los que puso fin Caseros; y el de Paraná: Club Socialista, que a pesar de que en aquella época, no tenía los alcances del actual socialismo -todos sabemos que Esteban Etchevcrría ya en esa época había escrito su dogma socialista- no hay duda de que sus miembros se sostendrían dentro de la forma republicana de gobierno, ideas más avanzadas que las del común, que se confundían con las del romanticismo de aquella época.

Para ese entonces, ya en el año 1852 se había fundado en Buenos Aires el Club del Progreso, que fue el primero del país.

El primer club, o sociedad que se fundó en nuestro pueblo, se llamó Casino del Plata y se inició en los primeros días del año 1856.

En el "Eco del Litoral" del 4 de marzo de 1856, aparece la siguiente noticia: "Casino del Plata. La sociedad se reunirá el Viernes 7 del corriente para considerar el proyecto sobre establecimiento de una biblioteca en el Casino, que está despachado por la Comisión, como también para deliberar sobre otros asuntos y sobre la petición de varios individuos que solicitan ser socios del Casino".

Fueron sus asociados: Bernardo Goyrí, Isidoro Domaría, Manuel Gianello, Domingo de Alagón, Pedro Laura, José Ballesteros, Martín Halliburton, Fernando de la Virgne, Leandro Brian, Eleuterio Grané, José Méndez Rodríguez, Félix Ramallo, Desiderio Alvarez, Juan Casacuberta, Leopoldo Espinosa, Eugenio Gómez, Benito Bravo, Julián Echazarreta, Juan Tuduri, Juan J. Paso, Juan Cat, Francisco Bergara, Bautista Cepeda, Jacobo Spangenberg, Reinaldo Villar, Ciríaco Lamas, Cayetano Valls, etcétera.

La sede del Casino Del Plata fue en el Café de la Palma, propiedad de don Juan Raffo. Este café fue uno de los más antiguos y famosos de Gualeguaychú, y tanto, que se tomaba como referencia para indicar distintos comercios o lugares del pueblo; así, por ejemplo, un periódico del año 1860, avisa que "Se ha establecido un puesto de venta de carnes, en la casa conocida por “La Bota Colorada”, frente al café de “La Palma”, donde hay una bandera blanca".

Y este otro: "Se ha volado una lorita que sabe decir “Filomena” de la casa de las Gómez, el que la encuentra que la devuelva al correo, frente al café de Juan Raffo".

El Casino realizó diversas reuniones sociales y bailes con mucho éxito y llenó realmente una necesidad del pueblo, donde las diversiones eran escasas –exceptuado el flamante teatro "1º de Mayo" donde actuaban con bastante asiduidad artistas de todo género que se trasladaban desde Buenos Aires.

En la suerte del club El Casino tuvo influencia un factor poderoso por aquel entonces, que no podemos dejar de tener en cuenta: la masonería.

Como se sabe, los adeptos a ésta eran mitristas y por lo tanto contrarios a Urquiza; siendo mayoría, los masones imponían su criterio en las asambleas, lo cual no fue tolerado por el otro bando que, bajo protesta ante Escribano, se rebeló planteando la disidencia, entre ellos Méndez, Casacuberta, Echazarreta, Cepeda, Guerra, Laura, etc., los cuales fundaron un Club sin aditamentos.

Tanto el antiguo Casino como el flamante Club, estaban destinados a llevar una penosa y precaria existencia, por las razones que veremos más adelante, razones que se veían agravadas por factores de origen político, ya que no otra era la causa de la divergencia.

Irreconciliables por el momento ambos bandos, las instituciones languidecieron y, sobre todo, no contemplaban los propósitos de la gente joven, que las quería como lugar de diversión y aproximación entre uno y otro sexo.

De esta divergencia, fundamentalmente política, nacen dos nuevas sociedades: una, bajo los auspicios de los socios del Casino del Plata, que llevó el nombre de "Liceo Recreativo", y otra, el "Club Entrerriano", bajo las directivas del ex "Club".

Los partidarios de Urquiza, agrupados en "La Sociedad Entrerriana", dan su primer baile de inauguración en el Teatro 1º de Mayo el día 8 de agosto de 1858 -según cuenta el periódico "La Esperanza de Entre Ríos" en su número 2-, "con orquesta, refrescos y el retrato de Urquiza orlado de una corona de flores donada por una señora Francesa, bailándose en forma muy animada hasta las 4 de la mañana, a pesar de la fuerte tormenta que se desencadenó esa noche".

El "Liceo", la sociedad contraria a Urquiza, y en su mayoría formada por masones, no va a la zaga, y también mensualmente da tertulias muy animadas en el Hotel de París, sito en la misma esquina en que hoy desarrolla sus actividades la Confitería Royal, que fue propiedad de don Honoré Roustand y posteriormente del señor Juan Pauletti.

Pero estas nuevas instituciones sociales fueron de vida efímera, y así "La Esperanza de Entre Ríos", nuestro periódico del día 2 de setiembre de 1860, dice: "... Así habíamos visto levantarse y prosperar y florecer simultáneamente, el “Club” de Gualeguaychú, “El Casino del Plata”, la “Sociedad humanitaria de señoras de Gualeguaychú”, “El Liceo Recreativo”, “La Sociedad Entrerriana”, etc., y las hemos visto desaparecer sin dejar rastros...".

Buscando dar satisfacción a sus propósitos, los jóvenes se reunieron en marzo de 1860 en la casa del señor Lapuyol, calle Urquiza frente a la platería de Risso, y resolvieron fundar el Recreo Argentino.

Claro que por aquellos tiempos los jóvenes no podían imponer su criterio; estaban subordinados a los mayores; tenía que producirse algún suceso que influyera sobre éstos para que sus deseos se vieran satisfechos.

Ese acontecimiento se produjo el día 21 de julio de 1860, y fue, nada menos, que el ingreso del general Urquiza a la masonería, en la cual recibió el grado 33, ingreso que tuvo lugar durante la visita que, juntamente con Derqui, hiciera en dicho año a Buenos Aires, invitado por Mitre, quien lo agasajó en forma muy distinguida.

No hay duda que este hecho, expuesto por Castro en su folleto "Urquiza y la Masonería", tiene relación principal con los acontecimientos ocurridos en nuestra ciudad referentes a su vida social.

De ahí que hasta entonces no se pudieran reunir los escasos fondos necesarios para adquirir el mobiliario y que la reunión social inaugural de la institución tuviera lugar recién el día 31 de diciembre de 1860; sólo la unión de los dos bandos, mitristas y urquicistas, pudo hacer posible, en la empobrecida sociedad de entonces, la reunión de los fondos necesarios para la adquisición de los escasos muebles y elementos, requeridos para su desenvolvimiento.

Hay que tener en cuenta que los jóvenes de la iniciativa eran todos dependientes de comercio y empleados con un sueldo que no pasaba de 25 bolivianos que se abonaban con hasta 15 meses de atraso. Por lo tanto el presupuesto para la adquisición del mobiliario, que alcanzaba a 280 pesos de aquella moneda, no podía cubrirse sin recurrir a las personas de mayor solvencia.

Y cuál sería dicha solvencia que, para reunir esta suma se colocaron títulos garantidos con los muebles a adquirir, entre 17 personas a un promedio de casi 17 pesos por persona, siendo el principal adquirente don Apolinario Benítez, luego propietario de un banco, única persona para la cual no resultó un sacrificio la contribución, ya que a los demás los puso en peligro de entredicho con el zapatero o con el sastre, al decir de "El Noticiero".

Doscientos ochenta pesos equivalían a 11 sueldos de 25 bolivianos de un empleado común, que podríamos comparar a uno actual que percibiera por mes 40.000 pesos; once de dichos sueldos suman medio millón que hoy en día reúne cualquier comisión de estudiantes, mediante una simple rifa con el objeto de hacer un viaje de fin de año.

Hago esta comparación para dar una idea de la estrechez económica en la que se desenvolvía la Gualeguaychú de entonces.

Urquiza da su apoyo al Recreo Argentino contribuyendo con $ 50 mensuales, que era una cantidad muy importante si tenemos en cuenta que los socios abonaban $ 1 por mes.

El entusiasmo de los fundadores de los primeros club o sociedades -a decir verdad el nombre de clubes recién aparece en este siglo- era mucho, pero, no hay que imaginarse que se desenvolvían en medio de la opulencia porque eso nos haría estar muy distante de la verdad.

Se habla de arcos de triunfo de ornamentos artísticos, por debajo de los cuales pasaba Urquiza y su comitiva, cuando eran concurrentes a los mismos, pero esos elogiados ornamentos eran simples ramas de mataojo, u hojas de palmeras que hoy avergonzarían al arreglo del más humilde baile de nuestras campañas... Hay que tener en cuenta que los "lujosos salones" a que se refieren las crónicas de la época, eran simples habitaciones alumbradas con ordinarias velas de sebo, donde se convidaba con simples pasteles o empanadas caseras, y donde, en las rendiciones de cuenta figuran -como en el baile para festejar el 9 de Julio de 1860- 8 cebadoras de mate a diez reales cada una.

Dejemos de lado la fantasía; aquel Gualeguaychú era muy modesto, muy sencillo en sus costumbres. Había familias propietarias de grandes extensiones de campo poblados de hacienda, pero poco redituaban en una economía estrecha y pastoril. La inmigración, era más culta, había conocido niveles de vida muy superiores al nuestro, pero había llegado a nuestra patria sin medios de fortuna, prácticamente a "hacer la América" y todos eran pobres artesanos o pequeños empresarios, cuyas incipientes industrias -como los saladeros, por ejemplo- no les permitían en forma alguna darse una vida dispendiosa.

Y sus sociedades o clubes, eran un reflejo de ello.

Pero la gente joven tenía necesidad de esparcimientos, no era posible continuar de la iglesia a casa y de casa a la iglesia, recluidas las muchachas durante años por los lutos y duelos interminables, tantas veces haciendo la farsa de un dolor no sentido que las obligaba a vivir prácticamente enclaustradas de miedo a la maledicencia pública, perdiendo paulatinamente las alegrías de la juventud que nunca más podrían recuperar.

Cuántos casos auténticos, históricos, de familias de nuestro pueblo, cuyas hijas murieron "tísicas" -como en aquella época se decía- por haber tenido que permanecer encerradas años y años cubiertas de trapos negros, por las sucesivas muertes de miembros de su familia. Ignoradas y hermosas muchachas a quienes nadie recuerda que quemaron sus vidas en holocausto de prejuicios estúpidos, muchas veces purgando la falta, de alguna hermana, prima o tía, que tuvo un desliz..., desliz que fue un borrón que manchó a la familia entera por años y años...

Y fueron precisamente los clubes o sociedades recreativas los que fueron modificando, imperceptiblemente, paulatinamente, esos absurdos y negativos prejuicios que hacían permanecer estancadas en el atraso a las familias de nuestro pueblo.

La vida de relación, el cambio de ideas, el aflojamiento de las arcaicas formas de comportarse, todo se debió en gran parte a aquellas simples tertulias donde hombres y mujeres se acercaban al son de la música y del baile.

Reuniones a las cuales se agregaba de vez en cuando algún gringo, inglés y principalmente francés, que hablaba de otros mundos donde se vivía en forma tan distinta, que a veces costaba creerlo.

Y así, todas las clases sociales, fueron fundando su club de esparcimiento, a veces con finalidades políticas, otras no, pero todos sin saberlo o sin proponérselo transformando la estructura de nuestro pueblo, que ya no retrocedería jamás.

Y así nacen la sociedad "Hijos del Pueblo", que tiene su propia banda de música; "La Unión Entrerriana", que, festejando su tercer aniversario, allá por el 1879, dio una gran fiesta con música, cohetes y todo lo que es de práctica en estos casos. Los salones estaban llenos de selecta concurrencia. Y "una de las señoritas Halliburton envió una hermosa corona", según nos cuenta el periódico de Furques "El Noticiero".

Fiestas no menos agradables da para ese año el "Club Los Artesanos" y posteriormente, "Los Ribereños", el club de los del puerto, compite con sus colegas en la organización de sus reuniones.

En la última década del siglo se fundan dos nuevas sociedades que perduraron hasta muy entrado éste y que desarrollaron sus actividades sociales con el mayor de los éxitos: me refiero a "La Lira", que tuvo su sede en el local de la Sociedad Francesa, calle Luis N. Palma, casi San José, y a "La Aurora", que se inició en la casa de altos que es hoy propiedad de la familia Avigliani, sita en Alberdi y Bolívar.

Las logias masónicas han perdido su membrete de templo del diablo, como se las acusaba a mediados de siglo; ahora forman parte de ellas gentes de lo más progresista y encumbrado de nuestro pueblo, y reúnen en sus salones a numerosas familias gualeguaychuenses.

Así, "El Noticiero" del 23 de febrero de 1879 nos dice: "Los adornos que se han puesto en el edificio de la Logia “Unión y Filantropía”», llaman la atención. Por las tardes concurrirán allí muchas familias. Por la noche las sociedades y comparsas visitarán sus espaciosos salones, festejando el carnaval".

Esta logia masónica -por otra parte, la última que existió en Gualeguaychú- tenía su sede en la intersección de las actuales calles Urquiza y España, la casa de altos, y era también una especie de club, donde se realizaban numerosas tertulias.

Dice "El Noticiero": "La Sociedad Unión y Filantropía se ha asociado al carnaval mostrando que sabe seguir las evoluciones sociales y que si tiene recursos para fomentar la educación popular no descuida aquello que se relaciona con el cultivo de la igualdad y la fraternidad en estos torneos de alegría y de la cultura. Esto le trae la simpatía general y nosotros la saludamos en su presidente Don José María Núñez".

Esta sociedad regaló dos medallas de oro: una a "La Unión Entrerriana" y la otra a "Los Negros", las dos son de mérito y fueron hechas en la joyería Daneri, esto con motivo del Carnaval.

¡El Carnaval... ! ¡El Carnaval... ! Con las fiestas en honor del pagano Dios Momo, expulsado del Olimpo, tuvo también la juventud de nuestro pueblo, por lo menos algunos días al año, un verdadero y auténtico desahogo y liberación de las ataduras sociales y religiosas a que estaba sometida.

La mayoría de los noviazgos de aquella época se iniciaron bajo el resguardo de la careta y el antifaz, y no en vano nuestras abuelas se rejuvenecían por un instante al recordar con emoción aquellos carnavales.

Entonces los clubs rivalizaban en la alegría de sus bailes, en el adorno de sus salones, en el ornamento de sus fachadas con palmeras y banderines de colores, en la presentación de sus carrozas en los corsos.

Pero no crean ustedes que "aquellos corsos de antes" con que nos apabullaban nuestras abuelas eran un derroche de lujo y de luces…

"El Noticiero" dice, comentando el del año 1879: "El corso va aumentando el número de sus admiradores y muchos de nuestros paisanos abandonan las pulperías y los juegos de taba para venir a ver las comparsas y demás atractivos de la ciudad y casas engalanadas. La aglomeración de gente a caballo ha molestado un poco la libre circulación en las calles del corso, sobre todo por el polvo infernal que levantaba. El año próximo debiera impedirse que por las calles del corso circulase gente a caballo no perteneciendo a alguna comisión o comparsa".

Es esta descripción otra muestra de lo simple y humildes que eran las diversiones de aquella época. Las comisiones de las distintas sociedades paseaban por el corso nada menos que a caballo…

Y calculen ustedes lo que serían las calles de tierra, sin veredas, por supuesto, con el sin número de caballos que los asistentes a los bailes de los clubs dejaban atados en los postes del frente, que todas las casas de entonces tenían para ese objeto.

Y calculen ustedes los edificios de los clubs, sin ninguna comodidad, con el baño situado en la parte más alejada del sitio, eso cuando lo tenían, pues no olviden que la Ordenanza Municipal haciendo obligatoria la construcción de letrinas, data de 1903.

Es así como los concurrentes a las tertulias debían utilizar como baño, una de las habitaciones del Club, donde se ubicaban unos cuantos bacines, o escupideras.

Ahora bien, a medida que la capacidad de esos recipientes se iban colmando, eran vaciados en un gran fuentón. Una vez terminada la tertulia y retirados los concurrentes, los miembros de la comisión sorteaban a cuál de ellos le correspondía trasladar el fuentón y arrojar su contenido en la letrina del fondo... Algunas veces se jugaba una partida de naipes y era el perdedor quien debía realizar esta poco romántica tarea. Uno de los miembros de la comisión era bastante zonzo el pobre, y siempre que se realizaba el sorteo, le hacían trampa y tenía que sacar el recipiente; y tantas veces ocurrió eso que para toda su vida le quedó el mote de "El del fuentón".

Todos los años, como homenaje a nuestro pueblo que quiero entrañablemente, descorro para ustedes una especie de telón, para que puedan conocer lo que ocurría aquí, hace muchos años. 

Yo opino que en nuestro pasado están los ejemplos buenos y malos que, valorados en su exacta dimensión, le darán el empuje en esa marcha ascendente y progresista que todos queremos para Gualeguaychú. Y me regocija que la juventud se interese por conocer este pasado, así le será más fácil comprender que el progreso, no viene caído del cielo, para lograrlo hay que trabajar y luchar, y muchas veces sacrificarse para conseguirlo, y que en esa lucha hay que estar preparados no sólo para danzar en el café "De la Palma", de Raffo, o en el "Café de París", de don Juan Pauletti, sino llevar también "el fuentón", si alguna vez nos tocara en suerte.


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