Comercio y Comerciantes del Siglo Pasado en Gualeguaychú

Por Elsa Beatriz Bachini

Conferencia pronunciada en el mes de mayo de 1964
en el Centro de Defensa Comercial e Industrial
de Gualeguaychú

Gualeguaychú cumple una año más. Son ciento ochenta y un años de vida laboriosa, desde aquel don Agustín de León que forjara en su humilde yunque de herrero la naciente futura grandeza de este pueblo, edificado sobre la voluntad civilizadora de aquel hombre genial que fue don Tomás de Rocamora.

Carmelo Gavazzo
Ellos empezaron; a ellos Gualeguaychú los recuerda con toda gratitud; pero luego llegaron las otras generaciones a continuar la obra que comenzaba. Criollos, humildes y humildes gringos, que sólo tuvieron la riqueza de su juventud y de su inteligencia; bolsillos vacíos y manos dispuestas al trabajo. En esta Gualeguaychú en comienzo de desarrollo, ellos fueron el progreso. Algunos han triunfado y sus nombres han perdurado hasta el presente; a muchos en cambio, la lucha les fue adversa y sus nombres ya nadie los recuerda. Pero todos ellos son los que hicieron este pueblo, los que lucharon por civilizarlo y engrandecerlo.

Pequeños comerciantes y artesanos, pequeños y grandes industriales a quienes la fortuna no favoreció, ¿es posible que Gualeguaychú los olvide? Yo quiero con este pequeño recuerdo agradecer a todos ellos lo que hicieron por nuestra generación. No pueden quedar definitivamente en el olvido; alguien debe buscar en los viejos recuerdos de Gualeguaychú y darnos sus nombres aunque más no sea. Yo empiezo hoy a recordarlos; que otros continúen, y de esta forma no dirán mañana las generaciones posteriores que los de esta época fuimos ingratos con nuestros antepasados.

Ubiquémonos en Gualeguaychú más o menos en la década de 1880 a 1890; nuestro pueblo cumplía ya 100 años. Esos pocos ranchos que se construyeron en los solares que repartió don Tomás de Rocamora, se habían
 transformado, al decir de Fray Mocho, en “un puñadito de casas que parecen que brotara del bañado que las circunda”.

Por esa época, Gualeguaychú contaba con cerca de diez mil habitantes. La inmigración extranjera que aquí se había radicado era muy importante, y el comercio era un reflejo de ello.

He tratado de ubicar esos comercios en el lugar en que se encontraban, lo más exactamente posible. He debido recurrir al testimonio de gente por las cuales han pasado casi noventa primaveras, y muchos de ellos me han referido lo que oyeron, a su vez, de sus mayores. He buscado en las colecciones de los viejos diarios de Gualeguaychú, donde, por suerte, en aquella época los periódicos eran mucho más numerosos que hoy, pero las numeraciones de las calles son endiabladas y cambian continuamente, por lo cual el testimonio oral es valiosísimo pero, a la vez, inseguro.

Es posible que haya muchos errores en lo que voy a contarles; es posible que la Barbería del Comandante no estuviera, exactamente, en la esquina de 25 de Mayo, frente al Hotel Comercio (hoy 25 de Mayo y 3 de Febrero), sino un poco más hacia la mitad de cuadra, y que la “Zapatería del Pito” no estuviera situada donde hoy está la Librería Sosa (hoy 25 de Mayo y Chalup), sino en la esquina de enfrente. Pero lo que sí es exacto, es que el Barbero Ferrari y Zapatero Cayetano Merlín tuvieron sus comercios, si no justamente en ese lugar, muy cerca de él.

Lo importante, en definitiva, es conocer los hombres de empresa y los comercios instalados por aquellos años en nuestra ciudad.

No hay nada escrito, pero como lo recordé al principio, el “más popular y el más genuino de nuestros escritores nacionales”, nuestro Fray Mocho, nos ha dejado como buen hijo, una joya literaria doblemente valiosa para nosotros; me refiero a su relato “En mi Pueblo”.

En una página nos da una idea de lo que era el Gualeguaychú de ese entonces e inclusive, con su gracia profunda, hace el comentario de algunos comercios de aquella época y del espíritu de sus habitantes.

Parecen serios y graves –dice Fray Mocho-, pero la risa les hace cosquillas y el espíritu bromista que les anima lo encontrará usted traducido en las insignias del comercio que son verdaderas joyas del contrasentido, y en las veletas que coronan las casas, pues hay tantas que constituyen otra peculiaridad, llegando hacer creer que es allí preocupación del público saber todos los días de que lado sopla el viento”.

Y sigue Fray Mocho diciendo: Este es el país de los simbolistas y de los contrastes estupendos y cada una de esas figuras de lata que sirven de enseña en un poema humorístico de sabor original. Sobre una sombrerería hay una gran chancha pintada de azul y debajo, con letras amarillas, dice: “A la cotorra calavera, se planchan sombreros de felpa, y se achican”.

Enfrente de esta enseña se ve otra formada por un vasco fumando en pipa y calzado con alpargatas que señala la Peluquería Del Gran Napoleón. Y así continúa enumerando, entre otras, la figura de un indio en actitud de disparar su flecha, a cuyos pies se lee: “En esta Botica se despacha también de noche”; botica que no puede ser otra que la Del Indio, del señor Rébori.

En una cajonería fúnebre hay un avestruz de lata con expresión risueña. La tienda “La Joven Italia” está coronada con la figura de un ciervo de latón, y hay una tortuga roja sobre una empresa de mensajería llamada “La Rápida”; un gallo sobre un almacén de instrumentos musicales, y una estrella sobre una zapatería.

La enseña del “Hotel del Vapor”, donde se hospedó Fray Mocho, es un cazador disparando su escopeta y mirado por un perrito rengo y por un puñado de angelitos que salen de entre una bota…

Y finalmente, para rematar este poema comercial humorístico, nos cuenta del letrero de un gran almacén que dice: “El Pobre Diablo”. “Se venden clavos, tachuelas y otros comestibles”.

Este que nos describe el Mocho tan picarescamente, es el Gualeguaychú que recordamos hoy, aquel en el cual el cementerio era tan lindo que parecía un paseo público.
La Botica del Progreso
 
Se acabaron las veletas y las figuras de latón donde estaban representados desde el diablo hasta los ángeles. Se acabaron los nombres altisonantes y áureos: “La Bola de Oro”; “El Corazón de Oro”; “La Perla de Oro”; “El Ancla Dorada”; “El Gran Napoleón”, “El Cañón”, y se acabaron los avisos en los humildes periódicos locales donde Mondragón, el barbero, anunciaba las liquidaciones de sanguijuelas garantidas y  “La Botica del Progreso “ofrecía en venta cohetes, bombas, y fuegos artificiales a la San Petesburgo". 




¿Se habrá acabado también, con ellos, el espíritu asombrosamente jovial de aquel Gualeguaychú?







Según el plano levantado por la Municipalidad en el año 1858 la ciudad se extendía, desde la Ribera y Puerto de Gualeguaychú por el Este, hasta la calle de “Las Artes”, hoy Neyra, por el Oeste, es decir, 17 cuadras que comprendían las siguientes calles: 

Plano de 1885


Del Puerto, hoy Alem;
De la Victoria,
De Mayo,
República Oriental,
De la Independencia, que pasaba por el lado Este de la plaza del mismo nombre, hoy Plaza San Martín,
Federación Entrerriana, por centro de la plaza;
San José por el lado Oeste,
Del Rosario,
De Julio,
De Tucumán, hoy Roca;
Cristóbal Colon, hoy Santiago Díaz;
De Salta, hoy Seguí;
De Concordia, hoy Fray Mocho;
De la Libertad, hoy Magnasco, que pasaba por el lado Este de la Plaza Nueva o Plaza Libertad –hoy Plaza Urquiza-;
Congreso Provincial, hoy Hipólito Irigoyen;
De la Agricultura, hoy Ángel Elías;
Y de Las Artes, hoy Neyra. La calle Rocamora no había sido abierta.

En esa época la parte más importante del pueblo se encontraba sobre la zona del Puerto, y desde la Ribera hasta calle Rosario –que pasa por la parte posterior de la iglesia- Gualeguaychú tenía un ancho de 15 cuadras cuyas calles, yendo de Norte a Sur, llevaban los siguientes nombres:

Corrientes (hoy San Juan),
Ituzaingó, 
De los Andes (hoy Colombo),
De Vences (hoy Rivadavia),
Del Arroyo Grande (hoy L.N. Palma),
Urquiza,
24 de Enero (hoy 25 de Mayo),
De la India Muerta (hoy San Martín),
De Laguna Limpia (hoy Bolívar),
Palavecino (hoy Andrade),
Del Uruguay (hoy Méndez),
Del Paraná (hoy Doello Jurado),
De Calá (hoy 3 de Caballería),
Del Tonelero (hoy A. Del Valle), y
De las Instituciones (hoy Concordia).


Es de hacer notar que las calles transversales, que corren de Sur a Norte, tenían una sola nomenclatura en toda su extensión, y recién en el plano de 1880 aparecen desdoblando sus nombres al ser cortadas por la calle Urquiza.

En este plano la ciudad aparece muy extendida para el lado Oeste. Abierta ya la calle Rocamora y la actual 1º Junta, que entonces llevaba el nombre de Mendoza, comienza el pueblo a extenderse hacia el Oeste. Cotejando los planos de la ciudad, levantados en 1858 y 1880 se advierte, de inmediato, el gran desarrollo que ha adquirido en un lapso de más o menos veinte años.

Y este notable progreso se debió, indiscutiblemente, al gran empuje de los inmigrantes que se establecieron por aquella época.

Ya no fue solo el trabajo de los campos efectuado en su mayor parte por los descendientes de los primeros pobladores; ahora es lo moderno, las nuevas técnicas y la máquina, es la industria que Europa nos envía con sus hijos que vienen a radicarse en estas tierras vírgenes y despobladas. La fuente de trabajo que ellas crean atraen a pobladores de otros lugares, y Gualeguaychú aumenta así su número de habitantes. 



¿Quiénes fueron aquellos hombres que dejaron su Italia, su Francia, su España, su Inglaterra, que dejaron su patria y su hogar para reconstruirlo nuevamente en este Gualeguaychú desconocido, y con su esfuerzo edificarlo y engrandecerlo?

Algunos, los menos, vinieron ricos, como don Esteban Piaggio que vendió sus lavaderos de lana de San Pedro, en la Provincia de Buenos Aires, y volcó su dinero en nuestra ciudad, allá por el año 1850, y don Leonardo Caviglia, dueño de una importante flota mercante que hacía el recorrido Buenos Aires – Génova y que se estableció en Gualeguaychú, también por el año 50.

Pero la gran mayoría de la inmigración estaba compuesta por hombre jóvenes, extremadamente pobres.

Ya en el año 1839 había un comercio en nuestra ciudad de don Máximo Chichizola. Este comercio, que en principio fue tienda y después librería, papelería e imprenta se conservó como una reliquia hasta no hace mucho tiempo, en el mismo lugar donde se abriera primitivamente, en el ángulo Noroeste formado por las calles Urquiza y Santiago Díaz.

En 1860 inician sus actividades los señores Domingo, Andrés y Esteban Carabelli.

También en 1860, y como clarinetista de una orquesta italiana, llega “de paso” don Domingo Garbino, y se radica definitivamente en nuestra ciudad.

En octubre de 1864 abre sus puertas el almacén de don Eusebio Goldaracena.

En el mismo año llega el vasco Don Luis Balerdi que instalará la primera fábrica de cerveza de Entre Ríos.

En “La Regeneración”, periódico que aparecía en nuestra ciudad y del cual era su principal redactor y director el fogoso Olegario Andrade, se lee el siguiente aviso: “Botica Italiana”. El profesor de Farmacia que suscribe, habiéndose establecido en esta ciudad, calle 24 de Enero, tiene el honor de ofrecer al público sus servicios profesionales. Félix Fontana. Gualeguaychú, Octubre 5 de 1868”.

Desde entonces, tres generaciones de farmacéuticos, abuelos, hijo y nieto, estuvieron al frente de la “Botica Italiana” en el mismo lugar que se abriera en 1868.

 A principios de 1874 llega Don Horacio Rébori e instala su “Botica del Indio”, también en calle 24 de Enero, en mitad de cuadra casi enfrente a lo de Fontana (entre las calles España y Alberdi), y desde entonces, tres generaciones de farmacéuticos, abuelo, hijo y nieto han permanecido al frente de la “Botica”, que desde 1888 se encuentra en el mismo lugar, y que es uno de los poquísimos comercios del viejo Gualeguaychú que aún se conservan.

En 1874 llega a nuestra ciudad don Daniel Boggiano, que al poco tiempo se establece con un modesto taller de herrería. Y tres generaciones de Boggianos, abuelo, hijo y nieto, han dirigido el taller que continúa funcionando en el mismo lugar desde hace noventa años.

Don José y Don David Puccio en 1872 inician la fabricación de jabón y velas, en su fábrica que instalaron en calles Calá y Comercio, hoy 3 de Caballería y Mitre.

En 1877 llegan “Los Tres Pobres”, como ellos mismos se bautizaron; me refiero a Don Salvador, Don Luis y Don Pablo Rossi

Los tres pobres

En 1879 instala su herrería don Francisco Frávega.

Estos hombres que aquí he nombrado, no los he elegido al azar.

Ellos fueron la gente de empresa que hicieron que Gualeguaychú diera el gran salto hacia el progreso y se convirtiera en el más importante puerto de cabotaje de la República.

Las galletitas del molino de Caviglia se enviaban a todo el país. En la herrería de don Daniel Boggiano se fabricaron los primeros molinos de Entre Ríos, y don Francisco Frávega, que había instalado una empresa para perforar pozos, era llamado desde Corrientes y Santa Fe para realizar sus trabajos especializados.

Las carnes y las lenguas envasadas en nuestros saladeros, eran enviadas a Brasil y a Cuba, y existieron dos Bancos particulares, el de Don Apolinario Benítez y el de Oxandaburu y Garbino, que hasta imprimió papel moneda que circulaba normalmente.

La usina de gas fue hecha con capitales de Gualeguaychú, para lo cual también se creo un Banco –El Banco Territorial-, y la empresa de tranvías se instaló también con capitales locales.

Goldaracena y Garbino tenían sus barcos propios para el transporte de productos y la cerveza de Don Luis Balerdi, en sus porrones de barro, se consumían en todo Entre Ríos, habiendo sido premiada en 1882 por su excelente calidad.

Las velas de Puccio, cuyo recuerdo perdura hasta nuestros días, a través de un dicho popular –revelador de aquel temperamento jocoso que tanto admirara Fray Mocho- alumbraban los hogares de media provincia, ya que era un de las poquísimas fábricas que existían en aquella época, y en las exposiciones de Buenos Aires premiaban con medallas los muebles que se fabricaban en la carpintería a vapor de don Esteban Piaggio.

Para su Botica del Indio, don Horacio Rébori trajo el primer microscopio, y en el laboratorio de la misma se fabricaban espejos, ceras, pólvoras, licores, perfumes, jabones, se hacían análisis de tierras, se asesoraba para el perfeccionamiento de las industrias que se establecían, se pateaba al frío, y se doraban toda clase de objetos, amén de muchas otras cosas que no enumero por su extensión, pero que dan una idea de lo que se hacía en nuestra ciudad en aquella época.

El dentista Sureau instaló una fábrica de licores y una de vidrio que fabricaba botellas, vasos, copas, etc., que funcionaba en calle San Martín y Lavalle, y posteriormente inició con don Ricardo Ledesma la plantación de árboles en grandes extensiones en la zona del delta de nuestro departamento.

Y toda esta monumental obra aquellos hombres la realizaron en medio de innumerables dificultades.

La mayoría de los inmigrantes que por esa época se instalaron en Gualeguaychú, vinieron buscando la tranquilidad que ofrecía Entre Ríos, más o menos ordenada y respaldada por Urquiza; pero en Abril de 1870, al ser asesinado éste en su palacio de San José, empieza el caos y la barbarie de la montonera, con la revolución de López Jordán que se levanta en armas contra la autoridad del Presidente Sarmiento.

Gualeguaychú y sus habitantes se ven asolados por las guerrillas, por los saqueos, por los robos. Muchos de sus pobladores fueron alistados en las montoneras sin preguntarle si eran criollos o gringos, y los comerciantes, en diversas oportunidades, se vieron obligados a cerrar sus negocios, saqueados repetidas veces, para pagar con su vida las exigencias inconsultas de los salteadores.

El pueblo quedó empobrecido y al borde del desastre. Las estancias despobladas de ganado debido a las matanzas y a los robos; en aquellos campos aún sin alambrar, las haciendas eran bienes de difunto que desaparecían al paso de las montoneras.

Para un pueblo que estaba en los albores de su economía, la prueba debe haber sido muy dura; muchos tuvieron que empezar de nuevo; pero si como lo dije al principio, en la década del 80 al 90 el desarrollo de Gualeguaychú denotó un progreso notable, debemos llegar a la conclusión de que aquellos hombres, después de sufrir los más fuertes golpes, se levantaban con renovadas fuerzas.

El desarrollo que adquiere la ciudad es un reflejo de la pujanza con que comienzan a desenvolverse las actividades del campo.

Desmembrado el latifundio de “Los Campos Floridos”, propiedad de don Esteban García de Zúñiga, que se extendía en una superficie de casi setenta leguas cuadradas, desde el Gualeyan hacia el Norte, comienzan, con las sucesivas subdivisiones de este enorme feudo, a establecerse en el mismo gran cantidad de inmigrantes, sobre todo ingleses, que terminan con la explotación absolutamente primitiva que en el mismo se realizaba.

Entonces los campos empiezan a producir, aparecen los primeros alambrados, la economía pastoril cambia en forma total y los campos vuelven a repoblarse de haciendas.

En 1872, hacía poco llegados de Irlanda, don Cirilo y su hermano Beltrán Morrogh Bernard –el inglés gaucho, como se lo llamara admirativamente en nuestra ciudad- levantan los primeros alambrados en el campo que arrendaban en el Rincón del Gato de nuestro departamento.

Don Reinaldo Villar, para su estancia San José, sita entre el Gualeyan y el Gualeyancito, contrata directamente en Italia los colonos que vendrán a trabajar esas tierras, a los cuales les paga el pasaje y les adelanta dinero.

En 1880, don Juan Badano importa toros directamente de Inglaterra, para su estancia Santa Catalina, sita también en el Rincón del Gato.

Se establecen en las cercanías del campo “Las Piedras” los alemanes Fudickar, los franceses Dubois, y los belgas Böet – Bueta, como les llamaban acriollando su apellido-, que instalaron en ese lugar una fábrica para preparar achicoria, de la cual efectuaron importantes plantaciones.

Los ingleses que se habían radicado en Gualeguaychú, la mayoría dedicados a las tareas rurales, como los Coll, los Pear, los Morrogh Bernard, Magdougall, Campbell, Apleyard, Harta, O´Neill, Galbroith, Dunn, etc., se dedicaban a la cría de ovejas en gran escala y los rebaños se multiplicaban asombrosamente.

Y entonces se instalaron los saladeros, el de Spamgenberg, el de Nebel, Garbino, Rossi, Reibroch – el que envasaba lenguas – que utilizan esa materia prima, aparecen las primeras curtiembres, la de don Larregain y la de don Amador Leissa y la exportación de lanas y cueros es un pingüe negocio.

 El trigo
, que en un principio, por la carencia de alambrados, se sembraba en los aledaños de Gualeguaychú –en las inmediaciones de la Plaza de Frutos, y en la calle Del Valle, casi pasando Rocamora -, comienza a cultivarse en gran escala en los establecimientos de campo. El área sembrada aumenta y por consiguiente aumenta la producción.

Ya no es la tahona primitiva lo que produce la harina haciendo girar las piedras con la fuerza de las mulas, ahora se levantan importantes molinos para su fabricación en gran escala.

La mayor producción de materia prima, carne, cueros, lanas, trigo, leña, se vuelca sobre Gualeguaychú, donde las casas acopiadoras de frutos del país proliferan.

Los comercios que negociaban con los frutos del país, que entonces se denominaban barracas, comprendían no sólo el galpón grande que sirve para almacenar los mismos, sino también la venta de artículos de los más diversos ramos.

Este aviso aparecido en “El Telégrafo”, periódico local de 1876, nos da un ejemplo:

Wesley y Cía. Barraca Nueva. A precios muy módicos ofrecemos los siguientes artículos: Cerveza alemana e inglesa. Vermut Torino y francés. Vino oporto y jerez en barriles. Cigarrillos, galletitas y tabacos habanos”.

Esta barraca que pertenecía a don Enrique Wesley estaba situada donde hoy se encuentra la librería Ferrando, y por mucho tiempo existieron en ese lugar los grandes sótanos construidos para guardar mercadería.

Don Domingo Garbino, aquel clarinetista de la orquesta italiana, había abierto su barraca en la calle del Puerto – hoy Alem- y de la laguna Limpia – hoy Bolívar. Ocupaba dos cuartas manzanas, una sobre el ángulo Noroeste donde estaban los almacenes y tienda y enfrente, en el ángulo Noreste la barraca propiamente dicha.

Esta casa de comercio adquirió tal desarrollo en el volumen de sus negocios que asociado con el señor Oxandaburu, fundaron un banco local, el Banco Oxandaburu y Garbino que llegó a emitir su propio papel moneda que circulaba como moneda corriente en nuestra ciudad.

El banco funcionaba en la esquina de 25 de Mayo y del Rosario –hoy Pellegrini- donde actualmente se encuentra la tienda El Hogar (hoy 25 de Mayo y Pellegriniy hasta no hace mucho tiempo se conservaba parte del edificio con sus puertas reforzadas y abulonadas. 

En la calle Uruguay – hoy Gervasio Méndez – y Pellegrini, frente a la Escuela Normal, tuvo una importante barraca don Leopoldo Escobio Vega; y el señor Enrique Ganvier, frente a la que es hoy Estación del Ferrocarril, tenía instalada la suya, con maquinaria para enfardar lana.

La barraca de don Eusebio Goldaracena era entonces la más importante.

Como lo recordé al principio, don Andrés Chichizola abrió, en el año 1839, su comercio de tienda, que luego se completa con imprenta y librería. Estaba situado en calle Urquiza y Cristóbal Colón – hoy Santiago Diaz -; en un principio y de acuerdo a la numeración, estuvo ubicada quizá no en la misma esquina, sino a mitad de cuadra.

Don Andrés Chichizola hacía las veces de cónsul italiano en nuestra ciudad, y a él venían recomendados los inmigrantes procediendo a conseguirles trabajo y darles ubicación.

Su comercio perduró hasta mediados de este siglo en los ramos de librería e imprenta, atendido por sus descendientes.

En “El Telégrafo” del lunes 5 de agosto de 1879, aparece el siguiente aviso: “Tienda, mercería, librería y almacén de Andrés Chichizola – Calle Urquiza 125-127. Esta casa, la más antigua de todas es la que vende más barato. Azúcar refinada un real la libra, Yerba argentina un real la libra. Alpargatas del país tres reales el par. Ginebra real de Holanda, el frasco grande seis reales. Ventas al contado”.

En la esquina de lo que posteriormente fue la farmacia del Señor Landó, estaba la tienda “La Sin Rival Entrerriana” de don Máximo Nuñez, uno de los mas florecientes comercios de la época.

El mismo don Máximo Nuñez, asociado con el señor Pugnen, abrieron en la esquina de Urquiza y libertad – hoy Magnasco – “La Bandera Blanca”, una tienda que luego adquirieron los señores Medús y Duboscq.

Tengo en mi poder una libreta de este comercio del año 1889, de la cual extraigo datos que ilustran sobre los precios de aquella época: arroz a 24 centavos el kilo; yerba 40 centavos el kilo; harina a 16 centavos el kilo; una pieza de lienzo, dos pesos veinte centavos, un saco negro siete pesos.

Don Francisco Duboscq, uno de los dueños de esta tienda, instaló también una fábrica de bolsas en las inmediaciones de la Estación del Ferrocarril.

En la calle 25 de Mayo y Churruarín estaba “El Ancla Dorada” de don Pedro Cinto. Como a todos los comercios de su tiempo le llamaban tienda usando la acepción española en el sentido de lugar donde se venden artículos de comercio al por menor, comprendiendo, además de artículos de vestir, los de comestibles y bazar.

En el periódico de 1879, tomo el siguiente aviso: “En El Ancla Dorada se venden quesos de las cinco partes del mundo”.

En la tienda “La Bola de Oro”, situada en San Martín y Gualeguay, ofrecían en venta alambre de primera y tejas francesas.

Del periódico “La Fraternidad”, de octubre de 1877, es este aviso: “La tienda y almacén “Del Avestruz” ha sido trasladada a la antigua tienda “Del Indio” conocida por de don Pastor Britos y últimamente de Desiderio Alvarez, en calle 25 de Mayo 210, 212 y 214”.

El gran avestruz de latón, insignia de este comercio, fue comprado posteriormente por el señor Devoto y colocado al frente de su hojalatería, sita haciendo cruz a donde hoy es la compañía de Teléfonos, llamándose desde entonces, “Latería del Avestruz”. 


En la esquina de 25 de Mayo y San José (Chalup), donde hoy se encuentra la farmacia de este nombre, don Jorge Repetto tenía instalada la importante tienda “El Ciervo

Don Juan Nágera, abrió la tienda “El Sol” en calle 25 de Mayo y Alberdi, donde tiene su consultorio el Doctor Roberto Altuna.

Don Nemesio Blanco, que en la actualidad tiene 93 años, me comentaba que cuando él llegó de España trabajó en la tienda de Nágera ganando un sueldo mensual de $ 4.

Haciendo cruz a este comercio, estaba instalada la talabartería de don Juan Hanisquiry.

La tienda “La Castellana” de Prat y Fuentes que en un principio estuvo en Mitre y Andrade se cambió a la esquina haciendo cruz al hotel Comercio.

En calle San Martín y Maipú estaba instalado el “Gran Baratillo” de don Domingo Chichizola, especialista en la venta de aquellos corsés con ballena de hierro que cortaban el aliento de las bellas que lo usaban.

El almacén y tienda “Los Angelitos” de don José Iglesias, en San Martín y Gualeguay.

En 25 de Mayo y Gualeguay, el comercio de ramos generales de don Manuel Polo, negocio llamado “Del Toro” por la veleta que adornaba su edificio y enfrente la tienda “El Corazón de Oro”, de don Miguel Cánepa.

En el lugar que hoy ocupa la plaza Santa Teresita (Plaza Belgrano), sobre calle 25 de Mayo estaba “El Tigre” comercio de ramos generales y acopio de frutos de don Ramón Barcia. Llevaba ese nombre por la figura de latón que emergía del techo.

En 25 de Mayo y Rocamora, donde hoy es el “Bazar Alemán” tuvo su comercio de tienda y almacén don Francisco Guerra.

Almacen y Ferretería "La Liguria"
En 25 de Mayo y Ayacucho, “La Liguria” el comercio de ramos generales de don Ángel Frávega, fue uno de los principales de aquella época.

En la esquina de enfrente la ferretería y herrería de los señores José Bertora, Juan Bustelo y Daniel Boggiano, que luego fue de Bértora y Bustelo.

A la cuadra, en la esquina de 25 de Mayo y Maipú, ocupando media manzana, la tienda, herrería y almacén de don Luis Marchini, comercio muy importante en aquel tiempo.

Y en la esquina de enfrente la talabartería de don Pedro Etchenique.

En la esquina de San Martín y Maipú estaba la barraca y ferretería de don Francisco Campi, que inició sus actividades en calle 25 de Mayo, frente al hotel Comercio.

A la cuadra siguiente sobre Bolívar y Maipú el comercio de ramos generales “Martín Fierro”, de don Andrés Bellone.

En calle 25 de Mayo, donde está la tienda “París Londres”  instaló la pinturería y marmolería “La Cruz Suiza”, don Ambrosio Pedrazzoli.

La “Colchonería Italiana” de Federico Barelli estaba en la esquina de Suipacha y San Martín.

El almacén “La Unión Italiana” de Federico Vaccaro situado frente al mercado en calle San Martín y Chile.

Don Nicolás Mendaro tenía un importante comercio de ramos generales y almacén naval en Alem y Gervasio Méndez

Nicolas Mendaro

En calle Paraná y Camila Nievas estaba la famosa tienda de don Manuel Angueira, enfrente, la tienda “La Española” de don José Galán, cuyo edificio aún se conserva, ocupado por el comercio del señor Liebre.

Donde hoy es la emisora Grecco estaba el comercio de ramos generales de los señores Anselmo y Chichizola, y donde es lo de Restoy y Fischer, el “Bazar El Liquidador” de don Miguel Cánepa. Seguido de lo de Cánepa y ya en la esquina de Chacabuco, don Marcial Trelles y don Angel Ríos tenían el Registro de venta de casimires.

El incremento de la producción de trigo en esta zona, trae aparejada la instalación de importantes establecimientos molineros.

Uno de los más antiguos y que fue instalado con todos los adelantos de la técnica de su época, fue el molino que levantara don Leonardo Caviglia, allá por el año 1860 y que estaba situado donde más tarde se instalara la fábrica “La Hobena”, del señor Augras.

Ocupaba toda la manzana y el señor Caviglia se trasladó a Londres a adquirir la maquinaria que instaló en el mismo. Funcionó con un motor horizontal que fue el primero que llegó a Gualeguaychú, y que había sido premiado en la exposición internacional de Turín.

Fabricaba harina de trigo, de maíz, fideos y galletitas. Estas se enviaban a toda la República, y eran acondicionadas en el mismo establecimiento donde se instaló un aserradero para preparar los envases.

El 27 de marzo de 1884, se produce un gran incendio en sus instalaciones, lo que obligó a su dueño a clausurarlo. Desde ese momento en nuestra ciudad se le llamó “el molino quemado”.

Molino Central
 Los señores Domingo, Andrés y Esteban Carabelli transformaron su primitiva tahona en un importante molino que instalaron en calle Roca, Luis N. Palma y Urquiza, ocupando media manzana.

Trabajaba con trigos cosechados en el departamento y había temporadas que funcionaba día y noche.

En este molino que data del año 1860, se construyó el primer pozo semisurgente que existiera en nuestra ciudad, con una profundidad de 55 metros.

El establecimiento molinero llevaba el nombre de “Molino Central” y el fideero “La Esperanza”.

Posteriormente los señores Carabelli se asociaron con don Luis Luciano

Existió también otro molino, que posiblemente, de acuerdo a su nombre, no debió tener la importancia de los anteriores, me refiero al “Molino Chico”, que así se llamaba, y que estuvo en el local que hoy ocupa el Comité Radical en calle Seguí entre Rivadavia y Luis N. Palma.

En sus comienzos fue de los señores Francisco Buada, que fue cónsul español en nuestra ciudad y de un señor francés de apellido Crucet y posteriormente adquirido por el señor Domingo Garbino.

Era famoso por la calidad de la harina que fabricaba. Elaboraba también pan y galleta.

Las señoras empezaban ya a dedicarse al comercio en aquella época y según los datos que he recogido parece que tenían predilección por las zapaterías.

Así nos encontramos con la zapatería “El Vesubio” que estaba situada en calle 25 de Mayo donde se levanta hoy el flamante edificio de la casa Cura (hoy 25 de Mayo y Maipú)

Me costó mucho trabajo conocer el apellido de la propietaria, pues todos había oído hablar solamente de doña María la del Vesubio. Pero, revisando papeles encontré un aviso donde figura su nombre completo: María G. D’Elía.

A las dos cuadras de lo de doña María en la intersección de 25 de Mayo y Rocamora (hoy “Zapatería Florida”) estaba doña Pepa, con idéntico negocio y además, fábrica de alpargatas y talabartería; me refiero a doña Josefa Iroz de Aldasoro; tan popular era doña Pepa Aldasoro, que, a un hombre de color que era el que hacía las alpargatas no se lo conocía por su apellido (Silva) sino por el negro de doña Pepa.

En la esquina de 25 de Mayo y Montevideo tenía la zapatería don Luis Viola y en la intersección de Urquiza y España, ángulo sudoeste la “Botería Oriental” de don Juan Lapuyole.

En calle San Martín Nº 22 estaba instalado el negocio de zapatería y botería de don José Bruzzoni.

Las primeras joyerías que se instalaron en nuestra ciudad, llevaban el nombre de platerías, porque en ellas se realizaban, especialmente, trabajos en plata para adornar los aperos de los caballos, que en ese tiempo era obligado medio de movilidad.

La más antigua platería que conozco, fue la de Risso, situada en calle Urquiza, más o menos donde es ahora la mercería “La Princesa” (hoy Urquiza y España)

Para dar una idea de la calidad de los trabajos que en ellas se realizaban, tomo de un periódico de Gualeguaychú, de 1863, la siguiente noticia: “En la platería de Risso se expusieron al público un par de espuelas de plata con adornos de oro que podrían competir con otros trabajos hechos en Buenos Aires. Las espuelas fueron encargadas por el General Urquiza

Frente a la platería de Risso se instalaron con su taller de Platería y JoyeríaLa Argentina”, de los hermanos Pablo y Antonio Daneri, que llegaron a nuestra ciudad en compañía de su padre cuando contaban 7 y 12 años de edad.

Al poco tiempo fallece el padre, y los niños entraron a trabajar como aprendices en la Platería de Risso, familia con la que vivieron mucho tiempo, luego instalaron su taller propio en calle Urquiza donde vivía la familia Poitevin y posteriormente se instalaron al lado de la zapatería de don Juan Lapuyole, trasladándose después a la calle 25 de Mayo y España.

En calle San Martín y España estaba la Platería de don Juan Podestá y en calle Urquiza, frente a la casa de la familia Morrogh Bernard, abrió su joyería y relojería don Amedeo Cantini.

Del periódico “La Situación” de 1873 tomo el siguiente aviso: “Onzas de Oro Bolivianas, pero que no sean falsificadas se compran en la relojería Cantini” y este otro: “Gran rifa de cédulas en casa de Cantina el relojero el domingo 14. Se rifan alhajas y relojes a un real la cédula.”

El movimiento de pasajeros que había en Gualeguaychú, estaba reflejado en los importantes establecimientos de hospedaje de aquella época.

Comencemos por el “Hotel del Vapor”, por se uno de los más antiguos e importantes y por haber pasado a la historia gracias a que en él se hospedaron, Fray Mocho y aquel gentleman, gaucho y socialista, de vida tan novelesca, que fue don Roberto Cunningahme Graham.

Estaba situado en el ángulo noreste formado por la intersección de las calles 24 de Enero y Comercio, hoy 25 de Mayo y Mitre.

No he podido averiguar exactamente la fecha de su inauguración, pero, el padre Borquez recuerda que cuando el General Urquiza vino por última vez a Gualeguaychú, en el año 1869, se dirigió a pie desde el puerto hasta su casa, que estaba situada donde está hoy el Banco de Entre Ríos.

Las instituciones de Gualeguaychú y algunos fuertes comerciantes, para rendirle honores, habían hecho construir en todo el trayecto veinte arcos de triunfo con leyendas alusivas.

Uno de esos arcos había sido levantado frente a su comercio, por el dueño del “Hotel del Vapor”, lo que significa, que ya en el año 1869, era uno de los más importantes que existían. 

Es posible que su instalación date de mediados del siglo pasado.

Su propietario fue don Pedro Urtazaún, un vasco navarro que se hizo muy popular, pues allí venían a hospedarse la mayoría de los inmigrantes.

En el Hotel del Vapor se hospedaban, transitoriamente, muchos profesionales, atendiendo allí sus consultorios, lo cual hizo que fuera punto de reunión de la élite intelectual de aquella época.

Tomo por ejemplo estos avisos:

Del periódico “El Telégrafo” de 1879: “Madame Profillet – Partera de 1º clase recibida en la Facultad de Paris. Ha ejercido su profesión en París, Brasil y Buenos Aires. Atiende en el Hotel del Vapor”.

Y este otro, muy curioso, de “La Situación” de 1880: “Severino Trilhe – Cirujano Dentista – Saco muelas sin dolor – En mi consultorio encontrarás: elixir para el dolor de muelas, para la vista, la sordera, los cortes, las heridas y el dolor de cabeza que hasta ahora no tiene competencia. Domicilio Hotel del Vapor”.

Este hotel pasó a ser propiedad de Don Francisco Lesca en el año 1888. Monsieur Lesca, según el periódico “La Fraternidad”, le devolvió el esplendor de sus antiguos tiempos, y tanto, que en ese momento es la única casa de Gualeguaychú que se alumbra con faroles de gas.

Hotel Comercio - Gualeguaychú

De gran importancia para su época fue también otro comercio, que estaba situado a la cuadra del Hotel del Vapor y cuya dilatada existencia alcanzó hasta hace pocos meses que cerró sus puertas. Me refiero al Hotel Comercio, es decir, al Hotel Argentino, que así se llamó en la época que recordamos, siempre, en la esquina de 25 de Mayo y 3 de Febrero.

En un principio fue de don Agustín Galazzi, un italiano famoso por su genio alegre y bromista.

Galazzi instaló primeramente una fonda en la intersección de Del Valle y Alem, hoy Bar Tanicho, y posteriormente se trasladó al que llamó “Hotel Argentino”.

En un periódico de 1878 se lee el siguiente aviso: “Los señores reconocedores y Capitanes tendrán carruajes gratis para trasladarse al saladero directamente desde este local. Ojo pues, señores viajeros, no dejarse engañar con recomendaciones apasionadas”.

El señor Galazzi, vendió posteriormente el hotel al señor Juan José Batmall, llamándose desde entonces “Hotel Sud-Americano”.

Ya en este siglo, los hermanos Dellachiesa, al adquirirlo cambiaron su nombre por el de “Hotel Comercio”.

En 1877 apareció el siguiente aviso: “¡Que ganga! Se expenden hielo y helados en el Hotel Argentino, lo que constituía una novedad para aquella época.

Había también en nuestra ciudad varias fondas, cuyos propietarios eran vascos en su mayoría.

En calle Montevideo y Paraná la de doña Manuela Agesta de Apestegui, haciendo cruz la de doña Maria Oxandaburu: la de don Martín Labayen en calle Humberto 1º en el mismo lugar donde hoy se encuentra la casa de esta familia; en calle Alem y Diamante la fonda Genovesa de don Santiago Gandola.

En las inmediaciones de Rioja y Magnasco la fonda de don José Badaracco que se especializaba en tortas pascualinas.

Según datos que he podido recoger, Gualeguaychú fue el primer pueblo de Entre Ríos donde se instaló una fotografía.

El fotógrafo fue don Serafín Cantón, un suizo que había venido muy joven, instalándose primeramente en la República Oriental de donde llegó a nuestra ciudad abriendo su taller de fotografía primeramente en calle Urquiza, en las inmediaciones de su intersección con la calle Segui.

Según parece la novedad del arte fotográfico producía muy pingües ganancias, ya que al poco tiempo adquirió la propiedad situada haciendo cruz adonde hoy se encuentra el Sindicato del Frigorífico, calle San Martín y Pellegrini, donde ejerció su profesión por muchos años.

Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos en forma muy rudimentaria se comenzaba a tomar fotografía, y las hermosas muchachas debían estar delante de la máquina durante largo rato, completamente inmóviles, en rigurosa pose.

El estado del tiempo debe haber tenido importancia para el resultado del trabajo, pues en un periódico de 1879 apareció el siguiente aviso: “S. Cantonio – Fotógrafo- Urquiza 141 - Se retrata todos los días nublados o serenos - Precio $ 1.- la docena".

En el año 1866 en pleno monte, que después fue la esquina de 25 de Mayo y Avellaneda, se inician las actividades comerciales de don Juan Denegri. Era al principio una casa forma de rancho, pero, en el año 1864 se conserva la fecha en el hierro forjado del zaguán- constituye la que hoy se conserva con muy pocas modificaciones.

El lugar desolado, donde instaló su comercio le trajo al señor Denegri aparejado grandes dificultades y tanto, que cuando la revolución de López Jordán, cansado de los asaltos y robos que no lograba detener la reja que se levantaba sobre el mostrador, tapió puertas y ventanas con ladrillos y se vino al pueblo con su familia, hasta que todo volvió a la normalidad.

Este comercio de ramos generales que fue muy importante, continuó siendo de la familia Denegri hasta el año 1958.

El Cementerio, en aquel entonces se encontraba donde hoy es el Hospital, es decir a dos cuadras del almacén y cuando la gente de la campaña traía a sepultar un cadáver generalmente transportado en carro, cuando no envuelto en un cuero tirado por un caballo, después de enterrar al difunto se trasladaban hasta el almacén de Denegri donde agradecían a quienes los habían acompañado, pagándoles una copa de caña o otra bebida, que en esas circunstancias se llamaba "tomar la chiquita”; no sé si por el tamaño de la copa; y luego de un rato de reunión, se retiraban agradeciendo las atenciones recibidas en esos momentos de dolor.

Indudablemente, hay costumbres que es una lástima que hayan desaparecido...

El gran enemigo que tenían los pobladores de aquel entonces eran las epidemias que diezmaban la población sin que la ciencia médica, pudiera con sus rudimentarios medios luchar exitosamente contra las mismas.

En Mayo de 1868 se produce en nuestra ciudad el primer caso de cólera, enfermedad que se extendió rápidamente, y tanto, que los muertos eran apilados en carros y trasladados al cementerio donde se sepultaba en fosas comunes.

Dice el informe del médico municipal Dr. Abelardo Rueda que desde el 11 de febrero de 1885 hasta octubre del mismo año se han producido en nuestra ciudad 890 casos de viruela, de los cuales han fallecido ya 103, y que la población se halla reacia a la vacuna.

No es raro, entonces, que las empresas de pompa fúnebres y las cajonerías resultaran un excelente negocio, instalándose demasiadas, tal vez de acuerdo al número de habitantes.

La competencia se hacía sentir, y los diarios de aquel tiempo están nutridos de avisos publicados por las mismas.

Además la mercadería la ubicaban en las aceras, para que pudiera ser apreciada directamente por lo posibles clientes.

Era de ver, así, la fila de cajones de distinto precio, de acuerdo a la categoría del futuro ocupante alineados al lado de las puertas, en algunos de los cuales solían sestear los perros vagabundos, y los fúnebres estacionados en la acera, adornados con coronas de cuentas que en grandes cartones lucían el precio, hasta que la ordenanza municipal prohibió este despliegue de propaganda funeraria.

En "El Noticiero", el periódico del inolvidable don Inocencio Furques aparece el día 6 de noviembre de 1879, en la primera página y uno a continuación de otro estos tres avisos, que extracto porque son muy extensos: "Ultima rebaja —Del teatro de la pobreza- en la cajonería de don Mariano de la Cruz, calle Rivadavia esquina de la Plaza Independencia se encuentran cajones fúnebres que se venden mucho más baratos que en otras casas del ramo".

 Y este otro: "Ultimo suceso del Teatro de la Guerra - cajonería nueva situada a los fondos de la iglesia Urquiza esquina Rosario - Últimamente he recibido un elegante y magnífico coche fúnebre - los precios son iguales a las otras cajonerías, pero esta es la mejor y 1a de más lujo que existe en Gualeguaychú - Nicolás Bausero".

Y en tercer lugar este: “En vista de la liga que contra mí se ha hecho por quién no sabe respetar ni su posición, resuelvo liquidar las existencias poniendo precios y no dando promesas falsas como hacen otros: Cajones de 1ª clase $ 25; de 2ª $ 15; de 3ª $ 6, para, pobres de solemnidad doce reales. Coche fúnebre de 1ª $ 8, de 3ª $ 5 - Mueblería y cajonería "La Corona" de Alejandro Gibelli, calle Urquiza N" 75".

Existían, además, en esa época la cajonería de Nicasio García, sita en Bolívar y Chacabuco; la de don Rudecindo Rodríguez, que adquirió posteriormente don Alejandro Zanolli en calle Rivadavia y Seguí y la de doña María Perigan viuda de Marreins.

He dejado para finalizar el recuerdo de dos comercios: La Casa Goldaracena que en este mes cumple cien años y el almacén "Al Pobre Diablo", por ser más popular que ha existido en Gualeguaychú.

Casa Goldaracena
 El pequeño almacén que don Eusebio Goldaracena instaló en nuestra ciudad, en el año 1864, se había transformado, al poco tiempo, en un importantísimo comercio de ramos generales, que explotaba en gran escala la compra y venta de frutos del país.

En el "Telégrafo" del martes 5 de agosto de 1876 se lee la siguiente noticia: "Marítimas - Entradas. El vapor Oriental "Antonito": a Eusebio Goldaracena 15 pipas de vino - 4 pipas de vino - 22 pipas de vino - 15 cajones de vermut - 15 cajones de ajenjo - 25 cajones de azul - 10 cajones de aceite - 5 bultos de pasas – 1 cajón de pimentón - 50 bolsas de fariña - 30 bolsas de arroz - 30 damajuanas de anís - 20 damajuanas de vinagre - 15 damajuanas de aguardiente - 30 cajones de querosene".

Y debo hacer notar que, recorriendo los periódicos aquella época, esta entrada de mercaderías se producía varias veces por semana, lo que da una idea del volumen de sus negocios.

Pero la casa Goldaracena, tiene para nuestro Pueblo y nuestro Departamento una significación muy especial, que no está dada solamente por la envergadura de su desarrollo comercial, sino que lleva aparejada la inteligente visión de su fundador y de sus hijos Joaquín, Eusebio, Juan y Lázaro, que dieron a nuestro campo importancia fundamental que tiene para la economía del país.

La casa Goldaracena fue el Banco de los colonos que recién se iniciaban en sus actividades agrícolas, la mayoría de ellos extranjeros, pobres y analfabetos.

Goldaracena no sólo les facilitó el dinero para desenvolver sus labores, sino que les indicaba qué cultivos eran los más convenientes para el suelo en que se habían establecido. La tarea que no cumplió el Ministerio de Agricultura la hicieron ellos, y por su consejo, Entre Ríos se convirtió en la primera provincia productora de lino del país.

Ellos que conocían la complicada marcha de los negocios internacionales, indicaban al colono aislado en la soledad de su campo, cuando era conveniente vender y o esperar mejores precios, que debían sembrar ese año de acuerdo al grado de saturación de los mercados, evitando, de esta forma que el fruto de su trabajo, resultara ilusorio y se les esfumara ante las frías operaciones bursátiles de los grandes monopolios.

Estuvieron al borde del desastre y apelaron a sus bienes particulares no para salvarse ellos solamente, sino para salvar a la gente de campo que había depositado en ellos su dinero y su confianza.

He oído a mi padre referir que muchas veces, conversó con fuertes colonos que con emocionado cariño recordaban que todo lo que tenían se lo debían a los Goldaracena.

De esta forma aquel muchacho vasco, que llegó pobre hace cien años a esta tierra desconocida y que comenzó trabajando de peón en los saladeros, ha retribuido con holgura lo que Gualeguaychú tan generosamente le brindara.

La casa de comercio más popular de Gualeguaychú, la que más ramos abarcaba, la que en su género movía más capital en aquella época fue, sin lugar a dudas la que según Fray Mocho ostentaba al frente un letrero con la siguiente leyenda: "Se venden clavos, tachuela y otros comestibles"; me refiero al Almacén "Al Pobre Diablo", de don Agustín Piaggio.

La veracidad del letrero es muy dudosa, y es posible que haya sido elucubrado picarescamente por Fray Mocho, aunque, a un comerciante como don Agustín Piaggio, que se le ocurre llamarle a su negocio "Al Pobre Diablo", bien pudo ocurrírsele, también poner letrero tan original.

De todas maneras, la casa "Al Pobre Diablo" el comercio mejor surtido que ha existido hasta el presente en Gualeguaychú.

Abrió sus puertas en el año…. Estaba ubicada en la intersección de lo que es hoy la calle Urquiza y Chacabuco, extendiéndose, casi hasta 25 de Mayo, en una superficie superior a la cuarta manzana. Es decir, el lugar que hoy ocupa el Automóvil Club, con la casa familia del Sr. Piaggio, que es la que pertenece hoy, a la Sra. Estela Campi de Rossi (hoy Bancos Río i Patagonia )

En la esquina de enfrente, donde hoy se encuentra la Proveeduría del Frigorífico, estaba el corralón de maderas para la construcción en general, depósitos de mercaderías, y era donde se guardaban los carros y vehículos del reparto, ocupando, también, una extensión de cuarta manzana.

En la viñeta de una de las notas de venta que tengo en mi poder, del año 1888 se lee lo siguiente: "Al Pobre Diablo” - Urquiza 254-256 - Chacabuco 3-5-7 – Máquinas y útiles de coser - Tienda - Mercería – Zapatería - Cristales - Lozas - Máquinas y útiles para la agricultura - Almacén - Ferretería - Droguería – Artículos navales - Librería".

En “Al Pobre Diablo" se vendía de todo. Desde nuevas variedades de árboles frutales que se traían de los viveros de Buenos Aires, hasta coronas fúnebres de canutillo. 

Tenían su dulcería propia y era famoso el dulce de membrillo que fabricaban. En el mismo comercio existían talleres para la confección de la ropa que vendían y Lola Daneri de Garbino, con sus ochenta y tantos años, me decía melancólicamente hace unos días: "Los juegos que vendían en el Pobre Diablo. Ah, esos como las golondrinas, no volverán...

Recorriendo un diario de Gualeguaychú del año 1879 me encuentro con un aviso que dice: "En El Pobre Diablo se alquilan alfombras para casamientos y fiestas".

Estaban al frente de las distintas secciones: Don José Frávega, Don Cayetano Queirolo, Don Pedro Viagas, Don Félix Badano, Don Luis Rébora y Don Manuel Vasallo.

Tan popular fue este comercio y tan popular nombre, que a la familia de don Agustín Piaggio, para distinguirla de otras familias Piaggio que había en nuestra ciudad, se las llamaba las del Pobre Diablo, y esto continuó hasta mucho tiempo después que el comercio hubiera cerrado.

Don Agustín Piaggio, mediante un convenio celebrado con la Municipalidad construyó los primeros nichos que existieron en el cementerio.

Se trataba de nichos subterráneos para lo cual se hizo una gran excavación a la derecha de la entrada principal. Esta galería de nichos que aún subsiste, se distinguió siempre con el nombre de Nichos del Pobre Diablo, y se daba así la paradoja, digna de un cuento de Fray Mocho, de que las familias llevaran sus muertos, previa misa de cuerpo presente y los dejaran depositados nada menos que en manos del diablo, pobre o rico pero diablo al fin.

Habría mucho para decir de este excepcional comercio que marcó toda una época de Gualeguaychú donde se vendía desde tintura de yodo y parches porosos hasta porcelana de limoges y tejas francesas, pero agregaré, para dar una idea exacta de la importancia y jerarquía del mismo, que sus empleados usaban media galera y el Sr. Ignacio Etcheverry que estaba al frente de una sección, hablaba inglés y francés para atender a la clientela francesa. 

Les he mostrado, apenas, algo de aquel Gualeguaychú, habría otro tanto para decir.

He pasado por alto la familia Rossi porque aquellos pobres y todas las obras que iniciaron y terminaron serían tema ellos solos de una charla especial.

Ustedes dirán si esta generación hace honor a aquella que hemos evocado. Yo, personalmente, pienso que no, pero quizá esté equivocada.

De todas maneras deseo que el recuerdo de sus energías puestas al servicio del progreso de este querido pueblo sean un ejemplo y un estímulo de acción y trabajo para los que hoy disfrutamos lo que con tanto esfuerzo ellos construyeron.


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