Bar de Reyes

El Bar de Reyes en la esquina de Luis N. Palma y Paraguay

Uno viene circulando por Luis. N. Palma, y cuando llega a calle Paraguay, se encuentra un edificio que sorprende, porque parece escapado del pasado. Pero no: en realidad se escapó del futuro, porque cada vez que  éste quiso influenciarlo, dio unos respingos y dijo: “¡no! yo acá me quedo como soy”  Y se quedó nomás. 

Por eso llama tanto la atención de propios y foráneos, cosa que no pasaba cuando nació hace más de un siglo. Porque en aquel entonces, sus paredes de ladrillo asentadas en barro y con techos de tejuela, no desentonaban para nada con el contexto del barrio. 

Eran calles de tierra, muy difíciles de cruzar en días de lluvia, grandes árboles, que además de dar sombra servían para atar los caballos, el alumbrado recién iba llegando y faltaba mucho para el agua y las cloacas. 

Después vino el progreso, por etapas: luz, agua, ripio, pavimento, y en cada una, aquellas cuadras se iban remozando y adaptando a los nuevos tiempos. Algún edificio vecino, agobiado por la recarga de escaleras y andamios seguramente le habrá preguntado alguna vez, en tono de cargada: “Y vos?" Él le repetía su sonsonete: “Yo acá me  quedo”; y se quedó así. Por eso hoy es el distinto, llama la atención, y a diferencia del Coronel de García Márquez, hasta tiene quién le escriba,  cosa que no ha alcanzado ningún otro en el barrio.

¿Y por dentro? Lo mismo, igual que siempre; después de abrir una puerta de madera casi desvencijada, de su misma edad, uno se encuentra con los antiguos pisos,  mostradores, mesas, sillas y disposición de siempre. Y hasta sigue atendido por los Reyes, lo cual ayuda a mantener el nombre que nadie le puso pero todos usan: “El Bar de Reyes”. Con una sola diferencia, los de ahora, son los hermanos Cleobis y Pablo, ya cincuentones, que trabajan ahí desde pibes, cuando fueron llevados por “el Zurdo”, su tío y padre de crianza. 

Y en tren de compararlos con otros legendarios regentes de boliche que antes hemos recordado, advertimos algunas diferencias. No hay en ellos la vocación de tirar el boliche a la marchanta en pos de una broma gigantesca, como Mario Gónzalez, en su “Copetín Al Paso”, ni la mezcla de histrionismo y rabietas que hicieron grande a Calavera Orué, ni el culto a la amistad que anidaba en Tanicho Indart. Tampoco tienen un “filosofo con bandeja”, como lo era el mozo Eduardo Piedrabuena en el “Café Argentino”. Es más: no tienen mozo y los parroquianos se acercan al mostrador para reponer, o pagar. Mostrador que se alarga hasta una sección contínua, con ingreso por calle Luis N. Palma, donde funciona una pequeña despensa para las amas de casa del barrio. Eso sí, contigua pero independiente, no sea que a alguna se le ocurra venir a comprar, para vigilar cómo se porta su marido. Tal disposición permite que una sola persona atienda simultáneamene desde un mismo lugar, el bar y la despensa

Y así, Cleobis y Pablo , de bajo perfil, trabajan intensamente para atender una numerosa clientela. A punto tal, que para poder conversar con ellos, hay que ir muy temprano. Pero también resulta interesante ir en horas pico, para admirar como toda esa gente, que en su mayoría peina canas, compone un clima que parece de fiesta y así se percibe en el recibimiento y saludos cuando alguien llega. Tienen derecho a ese esparcimiento; la mayor parte de ellos ya cumplió con la vida, trabajó, se jubiló, crió sus hijos,  disfruta de sus nietos y ahora de sus copas con amigos, en animosas conversaciones. Otros todavía trabajan: albañiles, carpinteros, ayudantes, empleados y como siempre ha ocurrido, también van algunos mas jóvenes. Juegan al truco, mus, casín, carambola y hasta 2003, matizaba el ambiente acústico, el ruido de las bochas.

El Bar de Reyes en la esquina de Luis N. Palma y Paraguay

EL EDIFICIO

No hemos podido dar con la época exacta en que se construyó el edificio, ni quién realizó la obra, Sin embargo, podemos establecer que esa construcción ya cumplió un siglo. Para ello, nos basamos en un dato que echa luz sobre esa incógnita: en sus paredes de 34 cm. de espesor, los ladrillos están asentados en barro. Por lo tanto, debemos suponer que es anterior a la llegada del cemento pórtland a Gualeguaychú. Y dado que éste empezó a utilizarse en la década de 1920, es muy posible que este edificio haya sido levantado antes. 

Dicho sea de paso, los primeros envíos de Pórtland -que en aquella década se importaba- llegaban por vía fluvial en barricas de madera. Y una de las primeras construcciones que lo utilizaron, fue la de la Plaza Colón, allá por 1928, antes de construirse la Costanera. Volviendo al asentamiento en barro, el mismo puede observarse a simple vista y hemos tomado fotos de ese detalle. Para esa finalidad, se traían tierras especiales que se conseguían en sitios cercanos determinados y se mezclaba con ladrillo molido (que se fabricaban con el mismo tipo de tierra). Ésta no debía provenir de las costas del río, ni de pantanos, ni ser muy arcillosa. Pese a  que se trata de una técnica constructiva superada, su efectividad no puede discutirse: ¡no tiene ni una fisura en 100 años!

Los revestimientos de techos del edificio eran de tejuelas y así se han conservado hasta hoy, lo que se constata a simple vista y hemos tomado algunas fotos desde el interior. El local original, era mucho más extendido por la calle Paraguay, donde vivía un lindero: el Sr. Juan José Ghiglione, cuya nieta Gregoria, a los 81 años visitó hace unos años la finca para recordar su infancia. Actualmente, por calle Paraguay hay una casa contigua de más reciente construcción, que tomó por el sur, parte del viejo edificio. Y por esa misma razón, en 2003 se tuvo que cortar por la mitad la cancha de bochas – ya era corta- que tanta actividad tuvo en épocas del “Zurdo” Reyes, destacado en ese deporte. Volveremos sobre él.

El legajo del edificio, llega en retrospectiva hasta 1930, por lo que no hemos podido determinar sus constructores originales. Sin embargo, de allí surgen los titulares anteriores a 1965, fecha en que lo adquirieron inicialmente los Reyes. La titularidad más antigua constatada, fue del Sr. Antonio Lucca, luego pasó su viuda, Catalina Molinari de Lucca y después al Sr. José Gregorio Valenzuela. A él  se lo compró en diciembre de 1960, Don Alfredo Riestra, de origen español, a quien llamaban "Pipero", por su hábito de fumar en pipa. Él había tenido antes un negocio similar en el sur del Departamento, hoy Islas del Ibicuy. Dicho sea de paso, era tío del querido Alfredo Riestra, aquella buena persona que muchos recordamos y que aportó generoso a varias instituciones de la ciudad. Don Riestra, en 1965, se lo vendió a Héctor Luis María Franco, que lo tuvo durante algunos meses y en septiembre de ese año, lo adquirieron Wenceslao Reyes y su esposa, Generosa Victoria Cedrés.

Y ahí comienza la era de los Reyes, que se extiende hasta la actualidad. Los hijos de ese matrimonio eran Edilberto Pedro, Elena, Estela, Berta, Susana, Elbio David “el Zurdo”, Orlando y Celso Tomás. Estos últimos tres, desde muy jóvenes trabajaron allí. Luego Orlando se radicó en Landetta (Santa Fé) y Celso también se fue a esa provincia.

En 1980 los padres transfieren la finca a Elbio David –el Zurdo- y a Celso Tomás, que luego cedió su parte al hermano y condómino. Y desde ahí se extiende la larga y significativa etapa del “Zurdo”, que  a lo largo de casi 40 años dejó allí su huella, por lo que le dedicaremos en forma especial el próximo capítulo.

Autor: Dr. Gustavo Rivas

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