Esther Duarte Perissé

Por Julio Majul

Esta atípica mujer, que vivió aproximadamente en los primeros 70 años del siglo XX, tuvo muchas actitudes que chocaban con normas que regían el mundo femenino de entonces.

Esther Duarte Perissé pasó  casi  toda  su vida en  la  casa de  calle Gervasio Méndez, entre Churruarín y Alberdi, que aún existe y  todavía  luce en  su puerta de entrada la plaquita con el texto “Ave María Purísima” que, dice la leyenda del barrio, puso ella misma con sus manos, como expresión de su fe religiosa.

Mujer aguerrida como pocas en esa época, enfrentó al peronismo gobernante desde una pública militancia en el  radicalismo del Movimiento de Intransigencia y Renovación, que conducían, entre otros, Frondizi, Balbín y Alende.

Su militancia política la llevó a ocupar una banca de concejal, en 1958, en la administración del ingeniero Ignacio Hipólito Bértora, uno de los más progresistas jefes comunales que tuvo nuestra ciudad. En ese gobierno, Esther desempeñó  la  presidencia  del  Concejo  Deliberante  durante cuatro años (1958/1962), período durante el cual encauzó  los debates de entonces con su autoridad de veterana directora de escuela. Producido el golpe militar de 1962, volvió a la escena en 1963, como candidata a Intendente Suplente de la UCRI, elección que perdieron por cien votos. Luego de producida la división de  la UCR  Intransigente entre  los  seguidores de Alende y  los de 
Frondizi, Esther Duarte se aleja de  la política para siempre, decepcionada por las peleas internas.

Fue una mujer  singular.  Tenía tres hermanos  y un padre que  le dejó  en herencia un campo, el que ella administraba y  trabajaba personalmente. 

Actividad empresarial que entonces parecía impensable para una mujer.

Encontró su mayor goce en la tarea docente: fue largos años maestra, de la Escuela Rocamora –en especial–, donde finalmente fue directora hasta su jubilación.

Ya mayor,  Esther  recordaba  con nostalgia  esos  años de  tareas docentes, que le permitieron realizarse como la persona que quería ser y ampliaron sus horizontes mentales y culturales.

Cuando muy pocas mujeres manejaban automóviles, ella conducía el suyo, muy oronda por las calles de la ciudad. Fue muy viajera, conoció Europa y América del Sur. Muchas veces viajó en compañía de Matilde Bértora. 

Tuvo un don especial para hacer amistades valiosas, gracias a  su generosidad y a su desparpajo. Así se hizo amiga de personalidades tan distintas como Quinquela Martín, a quien ella admiraba profundamente y a quien conoció cuando tocó el timbre de su casa en La Boca y le regaló verduras de nuestra zona. Lo mismo pasó con Osvaldo Pacheco, con quien entabló una larga amistad desde que el gran actor visitara nuestra ciudad: Esther lo invitó a su casa y le regaló (dicen) ¡un choclo!, despertando tal simpatía en Pacheco, que fueron amigos hasta el fallecimiento de Esther.

Pero nuestra biografada no solamente regalaba productos de su huerta, a los hijos de sus amigas que lucían condiciones intelectuales precoces los obsequiaba con libros. 
Probablemente, fue  la primera mujer presidenta del Concejo Deliberante de Gualeguaychú, y causaba sensación cuando reemplazaba a Ignacio Bértora al frente del municipio, en los viajes que hacía el titular para gestionar ayuda en Buenos Aires y en Paraná. “¿Vio que hay una mujer gobernándonos?” era un rumor que recorría la ciudad en esos días.

Nunca se casó, pero adoptó a un niño, a quien –si bien no pudo darle su apellido– trató y educó como a un verdadero hijo.

Hay muchas anécdotas de este singular personaje gualeguaychuense: sobre su desprecio por la ropa y los afeites y su amor por los libros y la vida campestre. Este es un breve muestrario de esa vida tan bien vivida.



Fuente
Bacigalupo de Seva, Titola y Ferrari de Bértora, Gugú. Recuerdos propios y testimonios.
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