Jeannot Sueyro o la autenticidad de la palabra poética por Pedro Luis Barcia

Pedro Luis Barcia

He tenido el gustazo y la honra de conocer, cuando yo era muy muchacho, al padre Luis Jeannot Sueyro, y tratarlo asiduamente por años, acompañarlo en sus viajes, compartir con él mates y churrascos, chinches y alegrías, en las islas, en el campo, en pueblitos de Entre Ríos.

El Padre Jeannot gusta firmar con sus dos apellidos para hacer si­tio justo en ellos a la doble herencia paterna y materna, que se aúna cá­lidamente en él -callida iunctura, diría Horacio- y de lo que está sana­mente orgulloso.

Desde los doce o trece años acompañábamos, un par de gurises, al Padre en sus viajes misionales. Salíamos temprano en la traqueteante cafetera Ford -fiel y tolerante de todos los caminos y sendas provinciales-, a la que él le llamaba “La Patrona”. Por ella le preguntaban los paisa­nos en nuestras visitas: “¿Cómo anda la Patrona, Cura?” y el respondía, con cachaza intencionada: “Bien, medio se me achaca a veces, pero son los años. No me deja nunca”. Recuerdo el apampamiento de unos colo­nos alemanes, protestantes, cuando escucharon por vez primera un diá­logo de esta laya, sin estar en el sobrentendido del juego. (1)

De ida o de vuelta rezábamos el Rosario a bordo. Recuerdo una ocasión en que se cruzó imprevistamente un caballo, a paso cachaciento, por el camino que atravesábamos, el Cura frenó con brusquedad, inte­rrumpió el rezo y con mayor brusquedad lanzó un soberbio terno rotundo y criollísimo. A lo que Toti, uno de los dos copilotos, le apuntó: “Es una yegua, Cura, no un caballo”.Jeannot se recompuso de inmediato y sa­cándose insólitamente la gorra -que era como su segundo cuero cabe­lludo-, dijo: “Perdón, señora”. Puso primera y arrancamos al tranco lento, retomando el camino infinito.

Con él hemos estado en las Islas del Delta, en Paranacito, en las colonias agrícolas, en bañados, pesquerías, en ranchos perdidos en mitad del monte bajo e hirsuto, donde se congregaban los feligreses para asistir a la misa. Llegaba Jeannot y su arribo había sido transmitido con celeri­dad, a pie y de a caballo, por radio de aficionados a veces. Y el Cura te­nía una capacidad de imantación notable. Congregaba a todos en torno del altar improvisado y rústico en que misaba. Su persona y lo que él re­presentaba de Él tenían poder convocante de campana o de fogata.

Era un espectáculo hermoso ver caer a la mozada, los viejos, los chiquilines, las muchachas, todos con parejo afecto y espontáneo cariño por ese hombre que era su Cristóbal, les llevaba a Cristo hasta los lugares más perdidos en el bañado o el monte, en el riacho o la lomada. ¡Qué suerte hemos tenido quienes pudimos testificar estos hechos! No es fre­cuente, cuando uno es muchacho, poder presenciar un testimonio de co­herencia entre vida, obra y poesía en una persona. Su prédica y su acción eran dos mitades de una obra perfecta. Lo que en otros van por cuerdas separadas, en Jeannot son trenza, trenza criolla de varios tientos, tejida con mano de talabartero virtuoso.

El Cura era calentón y de pocas pulgas para la pavada o la gi­lada. Así como tenía una enorme y sostenida tolerancia para el que pa­decía. Recuerdo una frase que nos espetó una tarde, después de visitar a un enfermo terminal, agonizante: “El enfermo, gurises, el sufriente, es tierra sagrada”.

Con él hemos conocido costumbres insólitas de las islas y los campos. Como aquella tarde en que estábamos tomando una “Bolita” en el alero de un rancho en una isla, y pasó, lenta e interminable, junto a nuestros pies una hermosa y gorda víbora. Nos quedamos helados. El Cura dijo, con experiencia suficiente: “Es la encargada de comerse las ratas”. Todavía hoy recreo la parálisis que nos produjo aquella visitante adoptada por los isleros. O cuando nos sentamos en una ronda de colonos rusos que tomaban una especie de mate enorme. Me lo alcanzaron como atención, el primero, y comencé una inextinguible sorbida de aquella in­fusión. Pasaban los minutos y yo seguía acanutando la boca y sudando como infeliz hasta que, ¡por fin!, concluí con el sonido final del vacío, el casi litro de aquella calabacita. Fue la carcajada general, porque el uso era hacer una chupada y pasar el matazo al de al lado. O la otra costum­bre, que indica lo que es la aculturación sabia: unos colonos europeos habían adoptado el mate, pero como tenían diferencias entre el dulce o el amargo lo cebaban así, pero le alcanzaban a usted un platito con terron­citos de azúcar, que si usted era gustoso, los ponía en su boca y el agua se endulzaba al pasar por ellos.

El Cura operaba como un Salomón en alpargatas. En diferen­cias y pleitos solía terciar, cuando le pedían consejo y lo hacía con saga­cidad de criollo sabio. Así como zanjaba situaciones con improvisación de soluciones. Habíamos llegado el Día de los Difuntos al cementerio de Ibycuí. La costumbre hace que, antes de salir el sol, los deudos rodeen cada tumba en el suelo con un cerco de velas y las protejan con ponchos, porque su creencia popular les dice que por cada vela que se les apague el alma tiene un año más de pena en el Purgatorio. Allí están los gau­chos, atezados, cerriles, muchos prófugos o perdidos, sosteniendo sus ponchos y tomando ginebra para aguantar el esfuerzo, que dura hasta que se consuman las velas. Entre la bebida y el sol, que ya para inicios de noviembre es rajante, las mamúas en que caen son de órdago. El Cura comienza la misa, sobre el mediodía. Llega el sermón y se larga a predi­car. A la segunda frase, un borracho de primera línea bate palmas, y lo felicita: “¡Bien cura, bien!”. El cura agradece y pretende continuar: “Le trajeron a Jesús...” Nuevo aplauso e interrupción. Veo, entonces, que el Cura, se hace a un lado y habla con otro paisano. Éste se va, y el Cura si­gue su sermón sin interrupciones. ¿Qué pasó? Le había indicado que sostuviera en las manos dos sombreros, y como los mamados son atentos, tomó uno en cada una y no pudo aplaudir más.

Donde había necesidad, dolor, pobreza, enfermedad, muerte, el Cura iba. No le mezquinaba a ningún trance difícil. Recuerdo, por dar un caso, cuando nos tocó hacer una visita a la campaña después de una seca tremenda que había arruinado a todos los paisanos y colonos. La desola­ción era enorme. Las caras eran una máscara de desesperación. El Cura, llegada la homilía, comenzó de esta manera memorable: “Dijo uno que no era criollo, pero que estaba sufriendo más que ustedes: ¨Frente a ciertas circunstancias de la vida no cabe sino una elección: o el gatillo de un revólver o el pie de un crucifijo...¨ ”. Y siguió un conmovedor sermón, que yo pude repetir en casa entero cuando regresé, de tan impre­sivo que había sido. Y lo notable: logró el cambio de actitud de aquella pobre gente, extraviada y abatida en medio de su derrumbe de lo poquito que tenían. Y remontaron de nuevo la esperanza.

Lo que usted le regalaba al Cura, él lo regalaba a algún necesi­tado. Es de un desprendimiento franciscano. Éste es, precisamente, uno de los santos destacados en la hornacina de su galería personal de selec­tos. A él le destinó un hermoso poema, “Hermano Francisco”, com­puesto con motivo a la visita que hiciera a la Porciúncula y en la oportu­nidad de transitar los caminos montuosos que pisó el Poverello. Con Francisco conjuga la preferencia por la sencillez, la vocación de servicio a los hombres y la unión fraternal con la naturaleza: hermana agua, her­mano viento, “Hermano perro”, cómo titula uno de sus textos, o la identi­ficación con lo vegetal, como en “Palmera”. Todas criaturas de Dios.

La frase de Pascal: “Pensé encontrarme con un libro y hallé un hombre”, le estaba destinada a esta compilación de poemas del padre Jeannot. Obra de esa señalada coherencia entre personalidad y poesía. Si el poeta está en su poema, Jeannot está en este libro que el lector tiene en sus manos. Un prólogo para esto versos debería intitularse “Jeannot o la autenticidad”.

¡Cuántas veces -merced a nuestra insistencia, porque no era de boca sensible en ésto- le oímos recitar sus Poemas al Gualeyán de sus amores, en un fogón matero, a la luz de un farol, en las taipas de las cha­cras, cuando cazábamos ranas, Jeannot fue dispersando su poesía, aquí y allí, desprendiéndose de sus manuscritos -muchos perdidos para siempre-, con generosidad y gesto de sembrador al voleo. Jamás escribió una línea que no fuera nacida de la necesidad expresiva de manifestar, catártica­mente, su alegría o su dolor, o de la vocación caritativa de acompañar el pesar de sus prójimos. A esta última razón obedecen textos elegíacos como los destinados a Ramiro, a su sobrino Rogelio, a Chicha, colabora­dora en su apostolado entre los pobres de Barrio Franco, de San Fran­cisco, y de tantos ranchos de lata y barro.

La voz lírica de Jeannot es criolla y nace con una fluente orali­dad de entonación. “De la abundancia del corazón habla la boca”, dice la Escritura. Sí, nace del corazón, no de la afectada modulación artifi­ciosa. Su actitud es de la más neta raíz romántica en su espontaneidad. Palabra transparente, decantada, directa. Maneja símbolos simples y tra­dicionales. Sus imágenes Ias toma de lo inmediato, del monte, del campo, de la ribera. Pero siempre tienen sus poemas sabor a vida y a pulso latiente. Si su palabra adquiere registros de “vibrato”, nunca es en­golada. Es naturalmente suasoria y elocuente.

Hay en su poesía amores recurrentes, como en todo lírico uni­tivo. La Patria es uno de los temas a los que retorna, con obsesión de verla grande, libre y soberana, como dicen las letras fundacionales y no ha cumplido la historia. Poemas como “Patriada” (“La patria se hizo a caballo, / como un río puesto en marcha”), en que hermana las historias de la liberación -San Martín y Artigas- y la vida en común de argentinos y uruguayos. “Admonición patriótica”, “Cuando pasan los lanceros”, la patria austral, distante y que nos duele, en poemas como “Sur” y el lo­grado texto “Malvinas argentinas”, o la “Oración por la Patria en Luján”. Y también, la patria chica, montielera, por la que desfilan charrúas y mi­nuanes, Pancho Ramírez y Crespín Velázquez, presentes en “Huellas y cantos”.

Un segundo tema de su dilección es el despertar de la vida en el pago gualeyanero. Hay un conjunto de poemas que constituyen por sí un Cancionero del Gualeyán: “Coplas de Gualeyán”, “Casuarina de la cha­cra” en que comenta una experiencia nostálgica de retorno, avecinada a “La vuelta al hogar” de Andrade: “Vuelvo a tener ocho años/ y estoy su­biendo a tus ramas./ Quiero subir a lo Eterno:/ aquí abajo todo acaba”. Además, el “Romance de la chacra”, “Tardecitas en la chacra”, “Acua­relas de la chacra” -uno de sus mejores romances- “Romance del alga­rrobo”, “Mi escuela de Gualeyán” y “Mi Gualeyán”. Fue, precisa­mente, en el ámbito gualeyanero donde el futuro Cura sintió la Voz que lo men­taba y vocaba hacia Sí. Dos poemas, de especial manera, comen­tan este hecho trascendente en la vida del muchacho: “Vocación” y “Ro­mance del llamado”, que deberíamos transcribir completo: “Señor, que te acom­pañaste/ con hombres rudos de pesca/ y eternizaste caminos/ por campos de Galilea,/ un hijo de tierras criollas,/ porque es tuyo, se te acerca.// Las chacras de Gualeyán/ también sintieron tus huellas./ En una tarde de abril, yo deschalé en tu presencia./ Sentí pasar algo enorme/ por entre las chalas trémulas/ y en una espiga vi abrirse/ mi porvenir: alma, Igle­sia.// El mismo que ayer araba/ hoy te consagra un poema”./ “Estas manos campesinas/ que alzarán la blanca ofrenda/ tienen callos de gua­dañas,/ tienen unción de manceras,/ tienen rasguños de talas,/ tienen viento, tienen selva./ Por eso tienden al Cielo:/ ya están cansadas de tie­rra”.

Jeannot ve en la naturaleza gestos plenos de sentido y alusión. Repásense poemas como “En la cumbre. Coplas de ¨Los talas¨ ”, y se apreciará esta constante suya: “Los aguiluchos serranos/ parecen cruces aladas./ Están bendiciendo el valle,/ santiguando las distancias./ Cuando baje, ennoblecido/ de soledad y montaña,/ ¨con ojos nuevos¨ veré,/ como Lugones, la Patria”. Es un lector e intérprete de los signos que nos ro­dean, sea en “Palmera”, o en “Coplas al Obelisco”: “Porque entre tanta mentira,/ nos señala un rumbo cierto./ Porque es un mástil de Patria,/ embanderado de cielo”.

Aunque su preferencia va por las formas más sueltas, como el ro­mance, ha compuesto buenos sonetos. Los mejores, estimo, “Soneto a la ansiedad” y “A mi madre”. Quisiera, antes de concluir estos señala­mientos, subrayar la presencia de un poema, “Canillita”, que logra una honda capacidad de comprensión y de identificación con el prójimo.

Pienso en la trabajera que les habrá dado a quienes se dispusie­ron a agavillar este manojo de poemas del Cura Gaucho, entre tener que arrancárselo de las manos y entre tener que recoger lo seminariamente disperso. Agradecemos a aquellos que se aplicaron a esta tarea, en bene­ficio de todos, trayendo las ovejas al redil.

El padre Jeannot Sueyro nos ofrece, transmutados en canción, los muchos dones que Dios le concedió por sus merecimientos. El cantó: Lo que viene de Dios, vuelve a la altura hecho canción o nube o prima­vera.

PEDRO LUIS BARCIA

(1): A propósito de “La Patrona”: con motivo de la distinción que, como uno de “Los Mayores Notables Argentinos”, se le otorgara al P. Jeannot, el diario “El Argentino” de Gualeguaychú del 28-9-97, publicó un poema titulado "EL PADRE JEANNOT", escrito por el autor local Raúl Tomás Frey en 1961, y que, como dice el articulista, “tan bien interpreta a quien comprometió su vida por los otros”. Dice así: “Gonzalo de Berceo lo hubiera incorporado/ al vivir reco­leto de frailes ejemplares/ que tenían el cuerpo cenceño y lacerado/ y el espíritu ardiendo de sueños estelares./ Fray Mamerto en su mula se lo hubiera llevado/ a través de montañas y quebradas impares/ y uno al otro se hubieran en el viaje confiado,/ como el padre y el hijo, sus secretos pesares./ Es el lírico, ubicuo, singular sacerdote,/ que en su fiel "cafetera" -cual moderno Quijote-/ métese en andurriales donde nadie llegó./ Y bandadas de chicos trépanse a su sotana/ y la cubren de arpegios de alegría temprana/ cual si fuera un buen árbol este Padre Jeannot”.


"Los versos del Cura Gaucho"
El Cura Gaucho

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