El Puerto de Gualeguaychú: su pasado, el barrio y su gente.

Puerto de Gualeguaychú

su pasado, el barrio y su gente.

(Charla de Gustavo Rivas en el Instituto Magnasco el 23 de Mayo de 2014 al inaugurar la muestra retrospectiva sobre el puerto)

Desgrabación: Eduardo Díaz (h)

Fotografía año 1925
Antiguo Muelle del Puerto de Gualeguaychú

Ante todo, quiero felicitar a la gente del Instituto Magnasco por la elección para este año de un tema tan hermoso. Supongo que, aunque no lo haya dicho Carmen (Galissier) al esbozar mi “frondoso currículum”, habrán tenido en cuenta otro título, el de Patrón de Yate; que también me habilita para esto. Porque lo que vamos a hacer ahora, es un viaje imaginario; para los más viejos va a ser un viaje de nostalgia, de recuerdo y para los jóvenes, puede ser interesante en cuanto ellos querrán saber sobre el antiguo puerto de Gualeguaychú.

Entonces, lo primero es resaltar que el puerto está muy identificado, y lo estuvo siempre, con el resto de la ciudad. Es más: el puerto durante más de un siglo fue el corazón de la vida comunitaria, o la yugular si quieren otro parangón anatómico, por donde entraba y por donde salían todos los pasajeros, la mercadería, el comercio. Y por eso fue en un tiempo el centro comercial de Gualeguaychú. Pero eso fue el barrio del puerto, el primero que tuvo su calle empedrada: la calle Alem, o “del Puerto”, como se llamaba en aquel momento, allá por 1867. También el primero que tuvo un farol de alumbrado público a querosen; después vino el gas en la década del 1890. Además: tren y tranvía; todo lo tenía el puerto. Entonces los invito a los mayores digamos a que evoquen todo aquello y los jóvenes, a que aprendan a comprender y entender por qué ese sabor especial por todo lo portuario y lo mucho que estos recuerdos tiene que ver con el alma Gualeguaychú. Los poetas se han encargado de demostrar esta comunidad entre pueblo, puerto y río, en una identificación que los hace inescindibles.

Fíjense por ejemplo, en Andrade que vivía a dos cuadras del río por ahí en aquel poema cuando dice “todo está como era entonces la casa, la calle, el río”. A Manuel Portela lo recordamos todos como el poeta del río. Pebete Daneri (Pablo J.) le escribió al río; él era de origen también portuario por línea materna, porque era hijo de Maruca Baganciaga hija de uno de los viejos agencieros de hace más de un siglo: don Juan Baganciaga. Pebete dedicó varios sonetos al río. Pero alguien que lo hizo magníficamente, yo diría el mejor de todos, fue Juan Antonio Machado; no el poeta español, sino el Machado nuestro cuando al inaugurar el rincón de los poetas en la Plaza San Martín el 20 de octubre de 1965 leyó el poema con el que había ganado un importante concurso floral y poético. Se titulaba Romance de Cal y Luna y lo leyó él personalmente. Recuerdo su la última estrofa en el momento que la dijo me quedó grabada para siempre y el resto me lo aprendí este año, un poco obligado por mis amigos de la peña de músicos “Los amigos”. Y con tanta bellaza describe esa unión Juan Antonio Machado, que en el poema, dedicado al Gualeguaychú, nocturno, al Gualeguaychú dormido, lo imagina como un niño. Un niño de cal, de paredes veredas y calles en la noche. Comienza así:

“¡hay luna no alumbres tanto! que va a despertar el niño,

el niño de cal que duerme en el regazo del río”.

Fíjense que definición: en el regazo del río. Ahí establece la comunicación, la comunidad entre uno y otro. Por eso entonces decía, el acierto de la elección de este tema. La investigación me ha resultado particularmente subyugante; conversar con viejos vecinos del puerto y comprobar muchas cosas. Como los lazos que había, no solamente de amistad y de familiaridad sino los lazos de pertenencia a la gran familia portuaria. Y un detalle singular: algún vecino del puerto del extremo norte, digamos, el límite del puerto zona de los obeliscos, 25 de Mayo, me hablaba por ejemplo, de otro que vivía en calle Concordia y Caseros y viceversa. Y nombraba los hijos, los hermanos, los sobrenombres, todos los detalles. Es decir, se conocían todos como si fueran una gran familia. Y por supuesto también estaba el ingrediente del chimento que hace más sabrosa la vida pueblerina, y ya después les voy a contar; no los chimentos en sí, pero algunas connotaciones graciosas de esas relaciones. Los lazos de solidaridad que tenían; ayudarse unos a otros. Ni qué decir con motivo de las grandes desgracias como las crecientes, la amistad, sin diferenciación social: los portuarios eran todos iguales en el trato, en el cariño, y aún con las personas que en otro orden podrían haber sido discriminadas, tampoco, ya lo van a ver. Todos eran del puerto. Ahora los invito entonces aprovechando esta habilitación que tengo como patrón de yate. Como el yate que tengo actualmente es chiquito, y en el “Laurencena” no cabrían todos porque tampoco era muy grande, vamos a hacer en otro buque, este viaje imaginario. Ahora se van a bajar las luces para que ustedes cierren los ojos, entren en este sueño que va a durar una hora en que vamos a viajar nada menos que en el más emblemático y el último vapor de pasajeros de los que surcaron las aguas de Gualeguaychú: El glorioso “Luna”. Entonces en este vapor vamos a hacer un viaje de una hora y acá tenemos anotado para no pasarnos, todos los puntos de referencia que van indicando los temas que tocamos en cada punto. Arrancamos del puerto para recorrer el A° Munilla, el Frigorífico, el Arroyo del Cura, Cancha Larga, El Corte, Paso de la Guardia, etc. vamos a llegar hasta la boya 90 que era es hasta donde llegaba el vapor Luna. Así que bueno, vamos a iniciar este viaje y espero que les guste. Ya les dijeron que apagaran los celulares. Por favor colóquense los salvavidas ¿Todos tienen salvavidas? A ver allá, hay una señora dice que no le entra el salvavidas; por favor alcanzale un king size a la señora, así todos tiene su salvavidas y ya arrancamos.

Adelante contramaestre…..

(Se escuchan las pitadas de un vapor)

Muy bien, zarpamos. Acá en el Magnasco somos tan prevenidos que, por si fallaba el mecanismo este del vapor me había traído un sucedáneo que es este: (Suena la corneta de aerosol).Si alguno que esta corneta es muy chillona, la respuesta es muy sencilla: cada corneta de acuerdo a la voz del capitán (risas). Salimos entonces: vamos pasando ahora por el arroyo Munilla y empezamos primero con un enfoque cronológico de la historia de nuestro puerto que no arranca con el nacimiento como aldea allá por 1783 sino que como puerto empieza a funcionar después. Los primeros antecedentes que tenemos es cuando en 1808 se lo conocía como “puerto de Petisco”. Seguramente por alguna relación con aquel primer alcalde que tuvo el cabildo de Gualeguaychú, García de Petisco. En esa época 1808- 1810 la única instalación que había en el puerto que se llamaba “el embarcadero” porque en realidad era muy precario no había casi nada; seguramente alguna pequeña instalación de madera como era un pequeño depósito hecho por el señor Manuel Ventura de Haedo. Casualmente, de la misma familia que edificara la más antigua de las construcciones que conocemos: la casa de Haedo enfrente a la Plaza San Martín. Bueno, para los más jóvenes, no está demás recordar que el puerto era la única vía de comunicación que teníamos con el resto del mundo porque por el sur, hasta que “un loco” como Don David de la Chiesa un día se le ocurre avanzar por tierra para ese rumbo donde teníamos un bosque, casi una selva impenetrable. Por eso Fray Mocho hablaba de “el país de los matreros”. Es decir, no se podía avanzar por ese lado. Por el norte, directamente no había caminos, salvo algunas rutas muy provisorias de las diligencias y de los pioneros del transporte automotor como el de Herman Fandrich. Pero no había rutas como las que tenemos ahora. Entonces todo el grueso de la mercadería y de los pasajeros a partir de esa época empieza a canalizarse en el puerto de Gualeguaychú. Y por supuesto, aquella pequeña aldea del principio se va desarrollando y así empieza a generarse un comercio que crece y se va diversificando. Digo esto, porque los primeros artículos que entraban y salían, sobre todo los que entraban, eran fundamentalmente grasa, cebos, etc. Entonces todo esto todavía no era ciudad, recién lo fue en 1851. Pero la aldea va creciendo y recibiendo el aporte inmigratorio; esto lo cuenta muy bien la Beba Bachini en una disertación que dio en Central Entrerriano en 1967 y que está en su libro “Conferencias”. Esos inmigrantes empieza a introducir otro tipo de apetencias, de necesidades. Entonces se empieza a diversificar la mercadería que entraba en el puerto de Gualeguaychú: pieles, perfumes, platería, en fin, consumos hasta el momento ese eran un lujo, se convierten en mercadería de ingreso habitual a la ciudad.

Puerto de Gualeguaychú

El antecedente más antiguo de la organización administrativa y del control del puerto, es de 1821. Las funciones que hoy en día están bien diversificadas entre Aduana, Prefectura y Gendarmería. Por aquel entonces se reunían en un solo funcionario, quien cumplía todas las funciones a la vez. Y ahí aparece, por ejemplo, el Cabo de Rentas ¿Por qué? Porque lo que más le importaba a las autoridades era el cobro de los aranceles de la mercadería que ingresaba o que salía. La función primordial era percibir esos derechos y por eso el nombre del funcionario: “Cabo de Rentas”, que parece indicar una doble función: administrativa y de seguridad. El primer encargado que tuvo el puerto de Gualeguaychú era José María Lacunza, quien a la vez fue Alcalde en aquellas épocas de Gualeguaychú. En 1833 aparece la figura del “Guardacosta” que es el origen de lo que después se convierte en Prefectura. Uno de los Cabos de Rentas, allá por 1836, fue Manuel Palavecino, a quien en 1841 se le da el título de Sargento Mayor. Fíjense como a la función administrativa se va complementando con la de seguridad. Es el mismo Palavecino que después llegó a ser uno de los generales de Urquiza. Como también cuando al órgano de control pasó a llamarse “Capitanía del Puerto” ocupó ese cargo Olegario Víctor Andrade que después desempeñó las misma funciones como funcionario de Aduana en Concordia. El pequeño edificio octogonal que conocemos como “Casilla del Resguardo” es el único edificio de ese tiempo que se conserva; es el que conocemos con el viejo nombre la Capitanía o Resguardo y data de 1850 siendo hoy la edificación más antigua del puerto de Gualeguaychú. Ustedes van a ver en esta exposición, algunas ilustraciones de ese pequeño edificio octogonal tal como fue su origen. Era muy bello y su techo tenía formas que le daban un aire de pagoda oriental. Y entonces quien ve las transformaciones que ha tenido en el tiempo, se admira esta singular obra de “arquitectura al revés”. ¿Por qué “arquitectura al revés”? Por “la proeza” de haber convertido aquello tan hermoso en algo tan horrible, como lo es actualmente. Ahora que el puerto se ha convertido en lugar turístico, sería deseable que algún día, con el modelo, planos y fotos, se reconstruya y quede como en su origen, ese hermoso edificio de la capitanía del puerto.