Felipa Echazarreta de Irazusta

Por Guillermo Régoli

Nació en Gualeguaychú, en 1845, del matrimonio de Julián Echazarreta-Lamas y de María de los Santos Echazarreta. Su familia estuvo presente en la zona desde mediados del siglo XVIII y formó parte del grupo de personas que fueron traídas para poblarla.

En 1860, se casó con Cándido Irazusta, hombre ligado a la vida política, empresarial y social de la ciudad, a quien le cupo el honor de ser electo primer Presidente Municipal, en  1873. Como esposa, estuvo cerca de  todas estas realidades, lo cual, sumado a una clara sensibilidad religiosa y social, la llevó a tener un gran protagonismo en la ciudad. 

Junto a un grupo de mujeres acostumbradas a realizar tareas de caridad, allá  por  el  año  1875,  durante  el  período  de  la  intendencia  de  Clemente Basavilbaso y Asisclo Méndez, conformó  la Sociedad de Beneficencia que tomó a cargo la administración del Hospital de la Caridad. En esta primera comisión, de la que es fundadora, ocupó el cargo de tesorera. A través de la Sociedad, no solo trabajó por los enfermos, sino también por la educación de las niñas de bajos recursos. 

En ella se conjugaban cualidades que la hicieron acreedora de una especial gratitud de todas las clases sociales: formaba parte de la alta sociedad, pero generosa de espíritu como era, estaba, también, cerca de los más humildes. 

En  los estatutos de  la sociedad que fundó dejaba bien en claro que para ocupar cargos solo se tendría en cuenta la capacidad y la conducta y no la posición social o la fortuna. 

En ese entonces, Gualeguaychú había sufrido  la epidemia del cólera y  las consecuencias del enfrentamiento, generado luego del asesinato de Justo J. de Urquiza, entre seguidores de este último y de López Jordán. 

El año 1884 fue doloroso. El doctor Irazusta, editor de un periódico de filosa pluma opuesta a la política del gobernador Basavilbaso, lo criticaba claramente; los partidarios del gobierno atentaron contra su vida, justo a media cuadra de la casa donde vivía, frente a la plaza San Martín –en la esquina de la actual Escuela Rawson–. La familia emigró entonces a Montevideo.

Para la esposa, este tiempo será de nuevas amistades y de descanso un tanto obligado. Mientras su marido ejerce la medicina y se mantiene en comunicación con sus yernos por el manejo del campo, ella hace vida de hogar, donde muy de vez en cuando sufre algún susto como el que relata su nieto, 

Julio Irazusta, en sus memorias:

Se cuenta que una noche, después de la cena, estando mi abuelo ausente en el club, mi abuela paseaba en la azotea, (…) cuando hallóse frente a frente con un ladrón o lo que fuera, entrado por los fondos de la casa. 

Sin un minuto de vacilación ni temor, Misia Felipa, como la llamaban los demás, o Mamá Perete, como la llamábamos nosotros, increpó al intruso, a la vez que decía con fuerte voz: ¡Irazusta!, como si su marido, a quien sabía ausente, estuviese en su morada. Retrocediendo ante la presencia de ánimo de mi abuela, el sospechoso visitante nocturno se alejó del lugar. Cuando los niños y la servidumbre acudieron a la azotea, el hombre había desaparecido.

En 1892, Felipa sufrió un duró golpe: con solo 45 años quedó viuda. Regresó entonces a Gualeguaychú con toda su familia, y volvió a trabajar para  los necesitados. 

Como premio a su constante dedicación, en 1899 fue elegida madrina del nuevo pabellón del hospital, destinado para el asilo de enfermos. En 1903, la nombraron presidenta de  la  Sociedad de Beneficencia.  En  esta nueva etapa, resultó objeto de algunas críticas injustas: un médico admitió en el hospital a un enfermo mental, aunque el reglamento no lo permitía, y ella, como presidenta, hizo respetar esta medida, respaldada por la comisión. 

Había que continuar ocupándose de la salud y prepararse para atender la posible epidemia de difteria que amenazaba  la ciudad; prever el traslado de  los enfermos que necesitaban de una atención especial en Buenos Aires;  cuidar de que  se  registrara debidamente  el  ingreso de  enfermos  en el hospital; velar para que se cubriera la necesidad de medicamentos que tenían los más humildes por medio de la farmacia del hospital y mejorar la sanidad de las salas. Fue durante su gestión que se dotó de agua corriente al hospital. 

Su vida religiosa y su entrega a los humildes a lo largo de 32 años de trabajo darán frutos: en el mismo año en que culminaba su gestión como presidenta de la Sociedad, la sucederá su hija Dolores Irazusta de De Deken. 

Durante  el  año  1914, mientras  su hija Dolores  compraba  casa  en  la  calle céntrica –la mansión De Deken-, Felipa reformaba el solar donde vivirá sus últimos años, frente a la plaza principal, actual Instituto Superior de Perfeccionamiento Docente. 

Después de 74 años de vida comprometida con los demás, falleció el 4 de febrero de 1919. Todas las clases sociales sintieron su partida. 

La vida de Felipa es reflejo de una época en la que la fe hecha compromiso llevó a muchas mujeres a no retacear esfuerzos para trabajar en pos de una sociedad mejor, con sensibilidad frente al sufrimiento y capacidad de renuncia por el bien de los demás. 


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