Nelly Perla Pivas de Bibel

Por Fabián Magnotta

“El perfume del azahar, que lleva a la

poesía y al ánimo,

y el fuego, no el que quema, sino el que

impulsa.”

Osvaldo Bayer

Un día, su rostro apareció en los medios nacionales. De pronto, su voz empezó a ser reconocida. De repente, su foto y su nombre subieron a Internet.

¿Quién era esa mujer de mirada de agua, con la fuerza de un tractor?

¿Quién era la propietaria de esa voz tan clara, de ese mensaje tan convencido? ¿Quién era esa artesana de la vida?

Nelly Perla Pivas de Bibel, apodada “la Pachamama”, fue un símbolo de la histórica lucha de Gualeguaychú contra las papeleras, como también participó en la defensa de los productores agropecuarios, en el marco del fuerte estado de movilización social que protagonizó Gualeguaychú en la primera década del nuevo siglo.

Fue prácticamente infaltable en las reuniones de la Asamblea Ciudadana Ambiental Gualeguaychú y, con el tiempo, se ganó tanto respeto que era prácticamente la única voz escuchada por sectores opuestos dentro de la organización vecinal.

Se la recuerda envuelta en banderas de Argentina y de Entre Ríos, con su poncho y su sombrero y el paso lento de una persona robusta. También por sus ojos celestes y su sonrisa amplia, y además por su voz y su palabra, con las que abría como la primera oyente las mañanas periodísticas en Radio Máxima, con su ya clásico e inconfundible saludo: “Buenos días, Gualeguaychú. Buenos días en las trincheras de Arroyo Verde”. En sus múltiples mensajes, siempre pronunciaba la palabra “Pachamama”, que casualmente terminaría como el apodo que la identificaría hasta el final. Su presencia infaltable en la lucha también ocuparía un lugar en los libros escritos sobre

el tema. En ella, los medios encontrarían a una mujer convencida, batalladora, pero además muy pintoresca. Fue también sembradora de palabras de aliento que la absurda muerte no se pudo llevar.

Nelly Perla Pivas había nacido el 5 de julio de 1941, hija de María Luisa Mazaeda y de Pablo Pilar Pivas. Murió a los 68 años, en el 2009, cuando ya había marcado huellas en el camino de la lucha social.

Creció en una chacra entre cinco hermanos varones: Miguel Hipólito Pivas era “el pavo”; Víctor, “el gallo”; Alberto, “el zorrino”; Héctor, “el sapo” y Juan José, “la rana”. Típico del campo, o de ciudades cercanas a la vida rural, eso de ponerse sobrenombres de animales. En la casa de los Pivas, los sobrenombres eran puestos por los propios hermanos.

A la Nelly le decían “la gata”, porque arañaba para defenderse… de ellos.

Fue a la Escuela Nº 6 del Gualeyán, luego Escuela 91. También allí, en catequesis, Tula Costa le enseñó los primeros rezos. Hoy la calle que pasa por la chacra lleva el nombre de la catequista.

Iba a la escuela “cortando campo”, relata su sobrina María Angélica Pivas.

Calzaba alpargatas viejas que se mojaban en la escarcha; y en la escuela se colocaba las secas que llevaba en una bolsa. Todos los niños lo hacían. Solo a veces iba en “la Venancio”, una mítica yegua de la chacra.

La chacra no era una chacra: era una postal. En su frente, un gran patio de piso de ladrillo, la bomba de agua y el lavadero. Y un molino. Las dos mujeres de la casa tenían todo “impecablemente barrido”. Había plantas y muchos rosales. Naranjos, un olivo, varias higueras, un nogal, cipreses grandes y el tinglado del ordeñe. Un gran estanque con peces de colores. Adentro, una gran cocina, un living con un gran aparador y muebles de estilo; al lado, la habitación de “Perlita”, seguida a la de los padres.

En la quinta se producían todas las verduras. Y había naranjas, limones, ciruelas, pomelos, duraznos... A media tarde, el olor a los azahares se volvía inolvidable.

En ese paisaje, en esos aromas, creció Nelly.

Recuerda María Angélica que había luz de lámpara o farol criollo, y que el primer farol de gas fue una festa. Con el tiempo, su padre, Miguel Hipólito (hermano de Nelly), compró el primer grupo electrógeno.

Un hermano manejaba la chata y ella, ya joven, bajaba a vender los duraznos en los comercios de la zona.

Precisamente, Miguel Hipólito inventó bombas portátiles sumergibles e inauguró un comercio en ese rubro. Y Nelly lo acompañaba por las rutas cuando salía a vender.

Aprendió todas las actividades del campo. Sin abandonar la chacra ni la familia, compró el almacén que era de la familia Cigliutti Pivas, frente al Instituto Agrotécnico.

Allí atendió el boliche de ramos generales. Despachaba granos, kerosén, harina, comestibles y los productos de la chacra. Caramelos y alpargatas. Era la época de la libreta de almacenero, que se pagaba “cuando la cosecha”. Dejó ese trabajo y pasó a hacer otros cuando se casó con Elbio Bibel, con quien tuvo tres hijos varones. Allí, en su nueva casa, fue “la directora de orquesta”.

Ya criados sus hijos, descubrió en la lucha comunitaria su vocación final.

Reclamaba a los gritos que no se contaminara el río. Pedía con fuerza que respetaran a los productores. Para ella, amar la vida era amar su vida: la naturaleza.

Para cumplir un último pedido, sus cenizas fueron arrojadas sobre Arroyo Verde, el paraje 28 de la ruta internacional que fue el epicentro de la lucha de la Asamblea de Gualeguaychú contra las papeleras. Escribió el Boyero Romani:

La Asamblea Ambiental perdió un emblema / Ya no está, con su bandera, y sus proclamas / su firme convicción, un sentimiento / que nunca claudicó la Pachamama. En Arroyo Verde está presente… / el timbre de su voz quedó grabado. / Su consigna mantenerse firmes ¡siempre! / Solamente ante Dios arrodillados. / Tu alma voló hacia los cielos, / que el cura gaucho salga a recibirla. / Te decimos hasta siempre, Pachamama, / la madre tierra, reciba tus cenizas.

Poli Echeverría, incansable luchadora ambiental de Colón, reveló un secreto: “Comentan que habiendo llegado justo a la parte más alta del puente, justo en la mitad del río, la Pachamama realizó una última mirada de protesta, levantó la bandera, acomodó su poncho y, golpeando con su bastón tres veces, se perdió entre las estrellas”. Nadie la ha desmentido todavía.

Fue sabiduría, amor, constancia, coherencia, fortaleza. Labradora del milagro de su eternidad tan sencilla.

Por ahí nos sorprendemos cuando la extrañamos en silencio, mucho más de lo que habíamos imaginado. Regresa a veces cuando la música de la voz clara y firme se filtra entre los árboles. “Y nadie se percata –dice Spinetta– de que los árboles murmuran.”

Se movía pesadamente cuando las mayorías la conocieron. Ya no sería Perla, ni Nelly, ni siquiera la Pachamama. Ya era “la Pacha”. Caminaba ayudada por un bastón. Sobre sus espaldas llevaba el amor a su familia y a la tierra, la decisión de dedicar sus últimos años a la lucha de todos y el incondicional aroma de los azahares de la chacra paterna del Gualeyán.

Fuente

Pivas, María Angélica. Testimonio.