22) El Padre Martínez pide misericordia y perdón

Durante el pastoreo de Martínez, entre septiembre y octubre de 1863 se desarrolló una epidemia de viruela y al año siguiente volvió a presentarse este terrible flagelo, haciendo infinidad de víctimas y causando la muerte a un número considerable.

Según el censo de esta ciudad, en el año de 1863 alcanzaron las defunciones a 245; y en el año 1865, a 240; mientras que en 1864 llegó a 519. Las cifras son bien explicativas.

Muchas fueron las personas que en esta ocasión dieron pruebas de caridad; pero quien descolló por su abnegación y caridad fue el cura párroco, a quien sin descanso se le vio correr a donde era llamado, donde veía una víctima que perecía y siempre se le encontró dispuesto no sólo con los socorros espirituales, sino también con dinero y hasta con sus servicios personales.

Todos los que han sido testigos de estos actos humanitarios, así lo relatan. El que de tal modo se conducía, estaba preparado también para mayores pruebas, como realmente sucedió.

Una calamidad vino a turbar la tranquilidad de Gualeguaychú, una de esas calamidades que llevando de espanto y pavor a sus habitantes, sembró la muerte y la desolación en todos los ámbitos de esta ciudad. El cólera morbus, esa epidemia terrible y que entonces se presentara implacable en la Buenos Aires, hizo su aparición en Gualeguaychú en los primeros días de enero de 1868.

Para describir el espanto y consternación que se había apoderado de todos, eran muchas las familias que huían al campo abandonando sus casas y comodidades. Hasta hubo médicos y autoridades que no tuvieron el valor suficiente para afrontar el peligro. Y no era para menos, pues esta población no había sufrido nunca una calamidad semejante.

Mientras tanto el cólera diezmaba la población, sobre todo en los humildes; sin embargo el sentimiento de caridad no dormía en el corazón de los buenos, los que con una actividad siempre laudable corrieron al llamado del jefe político Don Gregorio Haedo, y formaron una Comisión Central de “Salud y Socorros”. El Cura Martínez fue de los primeros en concurrir a los trabajos tan caritativos como fecundos en buenos resultados, de esa comisión que tenía sus sesiones todas las noches en la casa parroquial y que estaba compuesta de los siguientes señores: Presidente Bernardo Ramón Góyri; Vicepresidente. Vicente M. Fontes; vocales, el Cura Vicente Martínez, Juan Haedo, Juan Macdougall, Luis Falabella; Secretario Mariano R. Jurado.

El Cura Martínez, celoso como buen pastor, olvidándose de sí mismo hizo frente a tan ardua y penosa tarea, jugando un rol importantísimo en su conducta llena de abnegación, prodigando sin descanso sus auxilios espirituales y corporales al moribundo, a la viuda, al huérfano, a todos los desgraciados en fin, que sufrían bajo el peso de la pasada epidemia. Sus trabajos no tuvieron tregua, al final de la peste, contó con la ayuda del padre italiano Inocencio Rossetti, que compartió el ministerio, en momentos tan peligrosos.

Para conocer y valorar la conducta del Cura Martínez, al terminar esta epidemia la Comisión de Salud y Socorros, acordó siete medallas de plata como testimonio a los meritos de aquellas personas que se hicieron acreedoras por su caridad y fueron repartidas entre los siguientes Señores: Doctores, Francisco Bergara, Enrique Wells, Paz, Munibemberg, Homeopático Jorge González, Señores Comisarios de Policía Zuvillaga y Garcia y entre las personas acreedoras a este premio se contaba también nuestro caritativo párroco, como lo prueba el acta siguiente de la referida comisión:

 

 La Comisión había deseado indicar en esa reunión, como una de las personas mas dignas de recibir una medalla, al Sr. Cura D. Vicente  “Martínez por el celo infatigable que ha desplegado durante la epidemia, llevando los deberes de su ministerio mas allá de sus límites y proporcionando por todas partes y sin descanso sus auxilios espirituales y temporales á todos los que sufrían por causa de la epidemia; pero acepta las reiteradas excusaciones del Sr. Cura, en atención principalmente a que es un miembro de ella, por las interpretaciones de parcialidad á que este premio podría dar lugar …

                                                    Gualeguaychú 27 de Febrero de 1868.

 

Su caridad en aquellos días le colocó ante la opinión de esta ciudad, y la humanidad misma en el mejor concepto que puede merecer el hombre. Pero este sacerdote lleno de fe, viendo la mano de Dios llamó a todos a dirigir las plegarias al cielo y a la Santísima Madre de Misericordias Así, el 5 de febrero tenia lugar una procesión, conduciendo en andas a la patrona de este pueblo, la imagen de la Virgen del Rosario, esa imagen pequeña; pero venerada y querida de todos. La procesión fue solemne y conmovedora, recorriendo los contornos de la plaza principal. Cuando la procesión volvió al templo, el Cura Martínez improvisó un sermón de circunstancia que debe clasificarse por el mérito y sus frutos como la piedra más brillante de su corona.

            Aquel pueblo postrado ante el altar, escuchó con lágrimas las súplicas del pastor. Allí supo inspirar a todos a la verdadera resignación y dolor de las culpas; pidió “misericordia y perdón”; y allí en fin inspiró al poeta Gervasio Méndez una hermosa poesía, que atestigua aquella conmovedora manifestación de fe.

 Misericordia y perdón

Al digno sacerdote D. Vicente Martínez

-

Vibra, Señor, en mi oído

El místico y dolorido

Acento de la oración

Con que a Dios le suplicabas

Y de rodillas clamabas

¡Misericordia y perdón!

                 -

Vive, Señor, en mi mente

Esa súplica ferviente

Con que herido el corazón

Del pueblo, por quien de hinojos

Pediste, húmedos los ojos

Misericordia y perdón!

      -

De ese pueblo que la muerte

Iracunda, lo convierte

En tenebroso panteón;

De ese pueblo arrepentido

Que pide al Dios que ha ofendido

Misericordia y perdón!

       -

Del pueblo que desfallece,

Mientras en su labio crece

La sal de la religión;

Del pueblo que se derrumba

Diciendo, al pisar la tumba:

¡Misericordia y perdón!

      -

Del pueblo, Señor, que has visto

Ante la imagen de Cristo

De rodillas, con pasión

Y en santo recogimiento,

Implorar con triste acento,

¡Misericordia y perdón!

     -

Del pueblo, Señor, que espera

Y en Dios y en la verdadera

Plegaria de contrición,

Que de tus labios brotando,

Sube al cielo murmurando:

¡Misericordia y perdón!

     -

Del pueblo, Señor, que ansia,

En esta noche sombría,

La ley de la religión,

Que le muestre en lontananza

Como un faro de esperanza,

¡Misericordia y perdón!

     -

Del pueblo por quien de hinojos,

Con lágrimas en los ojos

Y la fe en el corazón,

Te imploro nos des consuelo

Pidiéndole siempre al cielo

¡Misericordia y perdón!

-

                                                 Gualeguaychú, febrero de 1868.

                                                                        Gervasio Méndez.

 

            En el archivo de la parroquia, existe una página brillante para el Presbítero Martínez que le dedica el Obispo Gelabert, prelado sumamente sobrio y enemigo de prodigar elogios:

         El  Ilmo. Señor Obispo Diocesano Paranaense Dr. D. José Maria Gelabert y Crespo, continuando la Santa Visita de esta parroquia de San José, Ciudad de Gualeguaychú, visité este libro de Fábrica y en lo referente á la actual administración de esta parroquia, no solo aprueba S. S. Ilma. las cuentas presentadas hasta el día diez del mes corriente, sino que estima con marcada y especial gratitud la ejemplar abnegación del Sr. Cura D. Vicente Martínez, demostrada en las cesiones en las páginas 41- 61- y 65 de este Libro ha hecho a favor de la Fábrica de esta Iglesia parroquial. A este respecto ha dictado el Ilmo. Sr. Obispo otras disposiciones que se registran en el Libro que se ha abierto para el auto general de la Santa Visita. Así lo mandó S. S. Ilma. que se hiciera constar aquí por el Secretario que suscribe; lo que certifico.

                                                                                Gualeguaychú, noviembre 17 de 1866.

                                                                                                    Felix Torres

                                                                                                       Secretario.”

           

Las cesiones a que se refiere el documento y que registran en el Libro de Fábrica (contabilidad de la parroquia) son las siguientes: en la página 44, el Sr. Martínez dona 1362 $, en las páginas 64 y 65 vuelve a donar 883 $. Estas donaciones ocurrieron en el año 1863.

Nada de extraño es encontrar constancias, como esta, de la generosidad del Cura Martínez, porque una de las virtudes que cultivaba con frecuencia era la caridad. Su generoso corazón latía siempre a impulsos de este noble sentimiento. Y si queremos conocer su desprendimiento, mencionemos un ejemplo:

Acostumbraba Don Vicente (así se le llamaba en la población de Gualeguaychú) a pasearse por las tardes en la vereda que queda frente al templo. Podríamos imaginar que ese paseo incluía el rezo del rosario, mientras miraba las paredes a levantarse en la obra. Una de esas tardes y siendo ya al oscurecer, vio a un joven bien vestido y de una figura que revelaba una persona nada vulgar; pero también advirtió en él una cierta preocupación de quien no se atreve a dirigir la palabra a una persona que infunde respeto. El Cura Martínez comprendió al momento y con aquella gracia y afabilidad de un padre le dijo: “mi amigo Ud. sufre y quiere decirme algo, lo advino; puede Ud. explicarme lo que le pasa con toda confianza que talvez encuentre lo que Ud. busca”.

El joven doblemente confundido ante un corazón tan noble y generoso le explicó que era un emigrado del Estado Oriental, y que se encontraba completamente falto de todo recurso y sin tener una sola persona conocida a quien acudir, que sólo deseaba trasladarse a Buenos Aires donde tenía conocidos. Las lágrimas del joven revelaban la sinceridad de sus palabras; y profundamente conmovido el Cura Martínez sacó unos pesos, diciéndole: guarde esto para que se remedie por esta noche y vuelva mañana que buscaré como favorecer a Ud.

Esa misma noche salió de padrino José Martínez Mosqueira y dejó al Cura una onza de oro. Inmediatamente cruzó por la mente de Don Vicente la necesidad del joven emigrado oriental y se la destinó para él. Efectivamente en la mañana del día siguiente, al presentarse el uruguayo le entregó la onza, contándole como la providencia había puesto en sus manos aquella onza de oro, sin duda para remediar su necesidad. Jamás supo noticias de este joven, ni recordaba su nombre. Tal vez aumentarían sus trabajos, o acaso fue un ingrato.

Casos como el referido, se repitieron con frecuencia durante su vida; y en muchas ocasiones sucedió que pidió dinero prestado, por carecer de él, para socorrer necesidades ajenas.

Así fue siempre con todos; generoso, bondadoso con los pobres, los enfermos, los presos, los necesitados, con todo aquel que sufría, de tal modo que podemos llamarle con toda verdad, apóstol apasionado de la caridad.

Practicó también la palabras del Salvador: “Dejen que los niños vengan a mi”. Los niños le amaban y él pasaba horas enteras instruyéndolos en la enseñanza de la doctrina y moral cristiana. También visitaba las escuelas tanto del estado, como las particulares. En los exámenes finales concurría siempre y se alegraba en dedicar premios a los más aprovechados. En el Archivo de la Provincia están algunas notas suyas, recomendando a los alumnos más aventajados y haciendo algunas observaciones sobre los inconvenientes de usar todavía textos atrasados y hasta el sistema mismo de enseñanza, que consideraba muy primitivo.

La comunidad cristiana también valoraba su predicación y sus palabras causaban una agradable sensación, así como su figura alta, robusta y grave imponía respeto. La forma sencilla de sus sermones, acompañada de aquella unción verdaderamente evangélica; el modo tan feliz en presentar las virtudes, tan oportuno en los conceptos cristianos; todo hacia cautivar al oyente. Y cuantas veces palpitando su corazón, a impulsos de la fe y brotando lágrimas de sus ojos.

Martínez poseía una elocuencia más sólida que brillante, revestida siempre de ese amor que tan marcadamente revelan los hombres de Dios. No desperdició ocasión para instruir a los fieles en las verdades de nuestra divina religión.

Debemos recordar también que la prensa le dedicó aplausos a los sermones que pronunció en los púlpitos de Gualeguaychú, Uruguay, Nogoyá, Gualeguay, Paraná, Santa Fe, Rosario, donde dejó en la memoria de los que le escucharon y el recuerdo de su elocuencia.

Debido a esto obtuvo del pueblo de Gualeguaychú un voto de confianza, que no queremos dejar sin recordarlo. Hubo un día en que los partidos políticos tomando proporciones  desconocidas, se preparaban a la lucha electoral. En 1864, Gualeguaychú, como los demás departamentos de la provincia, debía enviar su representante y la juventud llena de entusiasmo dio su voto por el Cura Vicente Martínez, quien sin ser dueño de sí mismo se vio obligado a prestarse a la discusión de tan caros intereses de los pueblos. Aquella elección fue una lucha gloriosa en la cual esta juventud que por primera vez se ponía de pié para reclamar sus legítimos derechos. No triunfó en las elecciones, pero la derrota, fue para el Cura Martínez un triunfo, por la confianza que mereció en aquella ocasión del pueblo de Gualeguaychú.







Pastores según el corazón de Dios
El ministerio sacerdotal en la Parroquia San José de Gualeguaychú (1766 - 1905)
Pbro. Mauricio Landra

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