En Homenaje a la Colectividad Francesa de Gualeguaychú

En Homenaje a la Colectividad Francesa de Gualeguaychú en el vigésimo segundo aniversario de la liberación de París
Por Elsa Beatriz Bachini
Conferencia pronunciada con el patrocinio de la Alianza Francesa el 25 de agosto de 1966


Alrededor del año 1850 empieza a llegar a Gualeguaychú un crecido número de inmigrantes franceses; antes de esa fecha sólo aparece por aquí algún francés aislado, pero, realmente, lo que podríamos llamar la colonia, el núcleo, se establece al promediar el siglo.

Según el censo del año 1853, estaban radicados en nuestra ciudad 258 franceses; 194 varones y 64 mujeres, sobre una población de 3.500 habitantes que tenía Gualeguaychú en esa época.

Pero no sólo hay que tener en cuenta el número de franceses que se radicaron, sino, y muy primordialmente, la calidad de los mismos.

Hombres de cultura, algunos de gran cultura, trajeron la novedad de sus ideas revolucionarias y modernas, tanto en lo político como en lo social o industrial, y es así que en el Gualeguaychú de esa época aparecen periódicos, escuelas, industrias, al frente de los cuales estaban los franceses recién llegados.

Ellos formaban parte, en su mayoría, de una élite intelectual que salió de su país huyendo de las luchas políticas o de gobiernos adversos, en los cuales peligraba hasta su vida.

Al Rey Felipe de Orleans le sucedió en 1848 un gobierno revolucionario -al que hoy se llamaría de izquierda-, el cual, después de sucesivos golpes de estado fue inclinándose cada vez más a la derecha, para terminar, el 1º de diciembre de 1851, con un plebiscito dirigido, que exaltó al gobierno de Francia a Napoleón III, viéndose obligados sus opositores, entre ello Víctor Hugo, a emigrar.

Una parte llegó a Gualeguaychú, más en tren de salvar su cabeza que de hacer la América.

Muchos se establecieron en las chacras y labraron la tierra; los más fueron industriales, profesionales, artesanos y, por sobre todo, maestros.

Y así en los viejos periódicos nos encontramos con el Molino de Crucet, la Jabonería y velería de Adela A. de Rivier, la Botica del Indio de Pedro Peytaví, la mueblería y tapicería de Soulié, la fotografía de Jardim y Berger, los cafés de Dutté, de Lalanne, de Bon y de Descoins, el hotel París de Roustand y por supuesto, si habían llegado francesas, ¿cómo iba a faltar la casa de modas? y así en el Eco del Litoral de marzo de 1856 este aviso: "Madama Gotier, Modista Francesa, calle Urquiza, casa gótica, acaba de recibir de París gorras, plumas, flores, cintas para adornos de baile. También se encarga de hacer manteletas, polcas, capas, etc., y deja como nuevas las gorras de paja".

El sombrerero Esteban Clement restaura galeras en calle San José entre Urquiza y 24 de Enero; el sastre Devese compone y limpia ropa de hombre en San José esquina Ituzaingo, y el hojalatero Lefevre en 1858 publica el periódico "La Esperanza de Entre Ríos", cuyo ' editor responsable es el Sr. Luis Grimaux.

En el local donde funciona este periódico se instala una venta de libros, que en 1858 publica el siguiente aviso:

"Modo de instruirse con provecho. Librería económica de La Esperanza de Entre Ríos, suscripción a las siguientes obras de los mejores autores: Primera serie: Alejandro Dumas y Fouquier. Todas las obras serán divididas, las francesas en entregas de 32 páginas cuadernillos con dos hermosos grabados, a 3 reales la entrega. Todo suscriptor a una serie, al recibir la última entrega tiene acción a escoger como prima o regalo un par de lámparas de bronce, o un par de candelabros o un reloj de bolsillo", J. Lefevre.

He nombrado a Lefevre, al hojalatero y periodista Lefevre, al indomable Lefevre -diría yo- y, ante una personalidad como la suya, los descendientes de aquellos primeros franceses, debemos hacer un alto.

Transcribo a Juan Carlos Borques en la pág. 58 de sus "Ensayos históricos sobre el periodismo en Gualeguaychú", quien refiriéndose a José Lefevre dice:

"Mr. Lefevre era natural de Francia y vino a este país, como tantos otros, en busca de áuras de libertad, que en su patria no soplaban en aquel tiempo para los revolucionarios''.

"En Montevideo fundó y redactó "Le Patriote Francaise", que, según referencias recogidas, fue el primer periódico que se publicó en lengua extranjera en la República del Uruguay. Durante la defensa del sitio de aquella ciudad, o Guerra Grande, Mr. Lefevre fue uno de los organizadores de la Legión Francesa, como segundo jefe con el grado de Sargento Mayor.

También publicó dos tomos en francés titulados: "Histoire de la Legión Francaise" y "Biographie du Coronel Hiebant", su jefe en la Defensa de Montevideo.

Por el año 1852 llegó Lefevre a Gualeguaychú y abrió un taller de hojalatería que estaba situado en calle Urquiza.

Lefevre comenzó escribiendo en los periódicos locales, y luego -como lo dije- inicia la publicación de "La Esperanza de Entre Ríos", periódico del cual era Director.

Añora bien, como era hombre de ideas liberales y de una valentía a toda prueba, debió soportar los embates de sus opositores en polémicas y artículos periodísticos, cuya lectura, hasta hoy, deleita y asombra.

Su periódico, "La Esperanza de Entre Ríos", fue el primer órgano de oposición que se estableció en esta ciudad. La imprenta, muy buena, fue enviada por los políticos de Buenos Aires a sus correligionarios establecidos en Gualeguaychú y abrió sus puertas en la intersección de las calles 25 de Mayo y Humberto I, el día 8 de agosto de 1858, y, desde el principio, fue un opositor de hacha y tiza.

Su aparición fue mal recibida por los colegas de fuera y dentro del departamento, tanto, que "La Chispa", periódico de Concepción del Uruguay, lo saluda con el siguiente artículo: "Hemos leído los primeros números de “La Esperanza de Entre Ríos”. Hemos estudiado su lenguaje hipócrita y con pesar hemos visto que no justifica su título... “La Chispa” lo saluda pero se abstendrá de hacer votos por su prosperidad, porque esto sería la ruina de la verdadera Esperanza de Entre Ríos, que, no es la del periódico que lleva ese título".

Sus colegas locales, que por ese entonces eran dos: "La Época" y "El Duende", tampoco le tiran con flores, y como ambos pertenecen al partido dominante, sostenían -entre otras cosas- que parte de la "Esperanza" venía escrita de Buenos Aires por el mismo Sarmiento.

En fin, que la paz de Gualeguaychú se vio estremecida por las luchas periodísticas y el desconcierto social fue tremendo. "La Época" y "El Duende" desbordaron en improperios contra el periódico de Lefevre y éste mantenía debates recios y acalorados, tanto, que muchas de las polémicas terminaron en la Policía y se llegó hasta el extremo de insultarse de palco a palco, en nuestro teatro 1º de Mayo.

Los que estaban en el gobierno no podían permitir que el pueblo escuchara esta nueva campana, siendo que todos estaban acostumbrados a oír una sola...

Pero las épocas eran difíciles para el periodismo opositor, y, aunque sus redactores eran hombres valientes, no por eso dejaban de ser prudentes..., en aquellas épocas en que había que andar con mucho cuidado….

Y llegó un momento en que la pluma de Lefevre -juntamente con la de sus colaboradores don Bernardo Goyri y el coronel don Manuel de Olazábal- tuvo que enmudecer, después de haber aparecido 43 números de su fogoso periódico.

Un año después, en enero de 1859, aparece por la misma imprenta y contando con los mismos colaboradores de "La Esperanza", un nuevo periódico que llevó el nombre de "El Eco de Entre Ríos", cuyo director era don Honoré Roustand, un uruguayo hijo de franceses, a quien Gualeguaychú debe importantes iniciativas de bien público. Aquí tenemos nuevamente las plumas que escribieron "La Esperanza", por lo cual, como solía decirse en aquella época, todos se dieron cuenta de que se trataba del mismo perro con distinto collar...

Las contiendas políticas y periodísticas de nuestra ciudad se vieron complementadas y agravadas con las luchas que comenzaron entre los distintos centros sociales que habían formado y que respondían, también, a ideologías políticas. La sociedad estaba dividida en dos grupos: los "Crudos", que eran los entrerrianos, y los "Cocidos", partidarios de los porteños. Los Crudos se agrupaban en la "Sociedad Entrerriana" y los Cocidos en el "Liceo Recreativo".

Don Honoré Roustand, su director, así como los demás colaboradores del "Eco de Entre Ros", pertenecían al Liceo Recreativo de los Cocidos y nuevamente aparecieron las interminables polémicas.

A Lefevre le enrostraban duramente su oficio de hojalatero, pretendiendo disminuirle. Este no se quedaba corto en las respuestas y, en una famosa polémica con un procurador local, escribió: "Que el latero que se honra con su oficio que honorablemente ejerce, está pronto a decir en qué escuela aprendió, toda vez que el procurador quiera decirle en cuál de ellas aprendió el derecho que ejerce tan torcidamente" y "Que no es extraño ver en este país a un latero, un talabartero, un zapatero tratar de las cuestiones políticas, cuando se ve limpia platos hacer de abogado". "El Eco de Entre Ríos", setiembre de 1860.

El caso es que, a raíz de una polémica sostenida en las columnas del periódico por el Dr. Irazusta y Lefevre, en la que se juzgaba el estreno del drama de Martínez Trigueros titulado "Venganza de una india o la Justicia de Dios" -representado en nuestro teatro- Lefevre dejó de colaborar definitivamente en este periódico.

Debo agregar que esta contienda entre el Dr. Irazusta -que tampoco era manso- y el francés, tuvo tal repercusión que hasta los diarios de Buenos Aires se ocuparon del asunto.

Indudablemente, el que no ha leído los periódicos que se publicaban en Gualeguaychú por aquel entonces, no puede alcanzar en toda su magnitud el desarrollo del pensamiento liberal en esta ciudad que fue de las más cultas y progresistas de su tiempo.

Básteme decir -a manera de ejemplo- que yo, a más de cien años de publicados aquellos artículos, no me atrevo a reproducirlos por temor a que muchos crean que estoy utilizando esta tribuna para hacer propaganda revolucionaria...

Pero les aseguro que allí no se escapaba nadie: ni el gobierno, ni la iglesia, ni los masones, ni el juez, ni los clubs recreativos, ni los profesionales, ni los alcaldes, ni la policía, ni los actores de teatro.

La importancia de la Colonia Francesa en Gualeguaychú, nos la da el hecho de que en esos periódicos aparecen escritos redactados en francés, como este que tomo de "El Eco del Litoral" del 6 de abril de 1856:

"Les Francais qui resident en cette ville son invités a donner les signatures pour la demande qu' il vá sa fairc aupres de Mr. le Ministre Francais resident á Bs. Aires, pour la nominatión d' un Vice-Consul ou tout autre Agent que Mr. le Ministre jugera convenable. On recoit les signatures chez Mad. Dute, Mr. Martin Salaberry ct chez Mr. Jean Lachaou (a la cancha)".

Otro de los motivos por el cual se debe reconocimiento al francés Lefevre es porque él fundó en nuestro pueblo la primera Sociedad de Socorros Mutuos que existió en la Argentina. Así se llamó: "Sociedad de Socorros Mutuos", y empezó a funcionar el día 1º de julio de 1855.

Sus asociados debían ser industriales o artesanos.

Su organización era idéntica a las actuales: mediante una cuota mensual de $ 1, los socios tenían derecho a asistencia médica y farmacéutica, además de un seguro para caso de fallecimiento. Además de Lefevre formaron parte de la primera comisión directiva: Fernando de Lavergne, Juan Goyeneche, Augusto Poitevin, Bautista Retoy, Alejandro Gibelli, Nicolás Gressonini, José Barceló, don Juan Cinto era depositario de los fondos y don Santiago Sauberan encargado de la recaudación.

Formaban también parte de la misma: Santiago Naudet, Amadeo Gras, Luis Rauschert, Paulino Duprat y Francisco Roustand.

Desde el año 1856 José Lefevre se desempeñaba como Agente Consular de Francia en nuestra ciudad, cargo que ejerció hasta el año 1876, en que falleció.

Lefevre es una honra para la inmigración francesa. Amó a Gualeguaychú y luchó por su progreso y civilización. Trajo ideas nuevas, liberales, generosas, y su pobre delantal de artesano -como él mismo lo dijera en una de sus famosas polémicas- jamás le sirvió para encubrir acciones que no fueran de bien para la colectividad.

El aporte francés a la cultura de nuestro pueblo en el pasado siglo, es una de sus características más destacadas.

Su llegada inicia la época en que se abren colegios particulares a cuyo frente se encuentran maestros que traen un bagaje extraordinario de conocimientos y que agregan novísimas asignaturas a las de nuestras humildes escuelitas en las que se enseñaba lectura, escritura, cuentas y religión.

Sobre todo en las escuelas de niñas, la instrucción era muy rudimentaria: urbanidad, religión, lectura, escritura, cuentas y labores. Con aprender eso, ya las mujeres tenían bastante...

Hay que tener en cuenta que las muchachas del siglo pasado eran preparadas solamente para desempeñar una única función en la sociedad: ser buenas madres y eficientes amas de casa.

Eran muy pocas las que se dedicaban a la actividad comercial y, por lo general, se trataba de viudas que continuaban los negocios de sus maridos.

Las únicas profesionales eran las parteras y casi todas provenían de países extranjeros; me refiero a las diplomadas.

No se conocían, y tampoco se hubiera admitido, mujeres desempeñando empleos juntamente con los hombres en comercios u oficinas. Eso hubiera significado una revolución en las costumbres y tanto, que recién en el año 1873 aparecen en la República dos señoras desempeñando empleos públicos.

Cuando fue nombrada la segunda, nuestro periódico "El Orden" del 12 de enero de 1873, publica el siguiente comentario: "Una señora telegrafista. El gobierno Nacional ha nombrado últimamente para ocupar el puesto de telegrafista de 3º clase, en San Nicolás de los Arroyos, a la señora doña Octavia G. de Terrero. Esta señora y la señorita Virginia Barreyro, escribienta del Ministerio de Relaciones Exteriores, son las únicas de su sexo que han ocupado puestos encomendados por el gobierno".

Ahora bien, en Gualeguaychú existían varias escuelas de niñas regenteadas por maestras que, debemos presumir, tenían más buena voluntad que conocimientos, y dedicaban la mayor parte de la enseñanza a preparar el sexo débil para desempeñarse como buenas amas de casa, ya que esa era la fundamental actividad que las mismas desplegaban en una sociedad tan recientemente constituida.

La inmigración extranjera que llegó a nuestro pueblo venía de países donde las costumbres sociales tuvieron un cambio radical, sobre todo en Francia las arcaicas estructuras habían sufrido una verdadera conmoción.

No era raro, entonces, que aquellos franceses que emigraron a nuestro pequeño y atrasado pueblo en la mitad del siglo pasado -muchos de los cuales ejercieran la profesión de maestros- hayan influido en forma muy positiva y preponderante en aquellas rudimentarias escuelas y en la formación espiritual y cultural de los alumnos que a ellas concurrían.

Una prueba inequívoca de ello nos da el siguiente aviso aparecido en un periódico de Gualeguaychú en el año 1866:

"Colegio San Luis Gonzaga - Calle Colón - A la sociedad de Gualeguaychú le consta cuál es mi ardiente anhelo cuando se trata de la juventud y sobre cuánto he hecho en este sentido y siempre he buscado hacer algo en beneficio de la instrucción que es tan indispensable propagar en el corazón de la infancia. El programa de enseñanza de este colegio a mi cargo contenía las siguientes materias: lectura, aritmética, escritura, religión cristiana, urbanidad y el muy amplio de labores que comprende: costuras de toda clase. Embutidos, puntillas al crochet, puntilla de punto de malla, Id. de punto de media, realce en terciopelo, pequín, bordado en relieve, Id. mostacilla, Id. gusanillo de oro, punto mosaico. Embutidos en trencilla, Id. de cinta de hilera. Bordado en pelo. Tejido y bordado con esterilla de paja. Flores artificiales. De papel, flores de seda, flores de cera. Coronas fúnebres.

"Pero hoy he hecho todos los sacrificios para conseguir el concurso del profesor Don Eduardo Vitry, que regenteará las clases de Aritmética, Historia, Geografía, Historia Argentina, Gramática Castellana y francesa, e idioma Francés.

"Tendré a mi cargo parte de la enseñanza en una de las aulas y otra la ayudante Srta. Jacinta Capdevila y la música Da. María Roustand. Firmado: Josefa Tasso".

Como ustedes ven, a aquellas muchachas que se pasaban parte de su vida tejiendo encajes y haciendo gusanillo de oro, se les abría con el profesor Vitry un nuevo horizonte, un nuevo mundo, al conocer la historia, la geografía, el idioma francés y la literatura francesa.

Esas alumnas que comenzaron a leer a Víctor Hugo, a Flaubert, que supieron de la existencia, las luchas, las excentricidades, y por qué no, de los pantalones de aquella Jorge Sand, habrán encontrado pequeño el mundo a que las reducía el estrecho círculo que tontos prejuicios ...

No podemos dudarlo ni negarlo; esa pequeña semilla que sembró en nuestra tierra don Eduardo Vitry, y como él tantos otros maestros franceses -aunque hoy a cien años de distancia parezca exagerado-, produjo en nuestro pueblo, si no un cambio, un aflojamiento en las estructuras arcaicas, en las que hasta entonces se sustentaba nuestra sociedad.

Y así, veinte años después de aquellas dos señoras que el periódico "El Orden" destacaba entre signos de admiración, Gualeguaychú tiene también su primera mujer que desempeña un empleo público. Me refiero a la señora Armida Strassera de Suárez, que es designada jara desempeñar un cargo en el correo local.

Algunos de los que me escuchan pueden pensar quizás que yo celebro y destaco solamente el aporte civizador que recibió nuestro pueblo de la inmigración que bajó en el precario muelle de nuestro gran puerto de aquel entonces; y desprecio lo nuestro, lo autóctono; no, todo lo contrario. La sociedad del pasado siglo en nuestro pueblo se caracterizó por su gran poder de adaptaron a las grandes novedades, de abrirse a la cultura, y le aceptar los adelantos técnicos y científicos que importaron los extranjeros.

En el año 1860, el público de Gualeguaychú colma el salón mecánico -una especie rudimentaria de cine- que se instaló en la casa de don Benito Frutos. La sociedad de Socorros Mutuos para artesanos e industriales que funda en 1858 el francés Lefevre cuenta desde el principio con más de 300 asociados, y si la instalación de alguna nueva máquina causa recelos o temor, hay que tener en cuenta que, para aquella época fue lo mismo que si hoy se instalara en nuestra ciudad un establecimiento fabril movido por energía atómica...

Además, los viejos periódicos -arma civilizadora por excelencia- se encargaban, de inmediato, de quitarle el temor a los habitantes.

Veamos, si no, este comentario aparecido en "La Esperanza de Entre Ríos" del 20 de agosto de 1858:

"Molino a Vapor - Algunos vecinos de este bello establecimiento dirigido por el francés Crucet, nos han preguntado si el humo y el olor de la olla no podrían perjudicar a la salud de los habitantes de la localidad.

Pueden estar tranquilos, pues nosotros en Francia hemos vivido también en fábricas y usinas en las que se hacía un inmenso consumo de carbón de piedra y ninguna enfermedad contagiosa ha ejercido en ella sus estragos. Al contrario, ha quedado demostrado durante la existencia del cólera en París, que esas emanaciones preservan de ese terrible mal.

"El humo del carbón de piedra no perjudica más que a las máquinas retrógradas que mueve aún la fuerza animal".


Los franceses no sólo se incorporaron como maestros en las escuelas que ya funcionaban en nuestra ciudad sino que abrieron nuevos colegios y escuelas, algún de los cuales, por ejemplo, el Colegio Franco-Argentino, tuvo una dilatada existencia.

En 1853 encontramos en "El Eco del Litoral" este aviso: "A la juventud de Gualeguaychú. El señor D. L. de La Vergne, ex profesor de matemáticas y de francés en el Colegio del Plata de Bs. Aires, abrirá cursos y dará lecciones particulares de francés, aritmética teórica y comercial, geometría teórica, aplicación de la geometría a la agrimensura y álgebra. Las personas que deseen ocupar a dicho señor tendrán a bien dejar una esquela en casa del Dr. Naquet, frente al Café del 25 de Mayo".

El "Colegio Franco-Argentino" que funciona en la calle Urquiza 120 con alumnos pupilos, medio pupilos y externos, con enseñanza de francés, inglés, latín y cursos universitarios.

A mí personalmente, me ha producido asombro leer avisos como este, aparecidos en periódicos de hace cien años: "Clases de noche para adultos. En el Colegio del Progreso, se abrirá el 13 del corriente de las 7 a las 9 de la noche, una clase en la cual se enseñará lectura, escritura, ortografía, aritmética, y teneduría de libros en Español o Francés. Curso especial para empleados y obreros, que trabajan durante el día. Entenderse en el Colegio con el Profesor Eduardo Vitry. Año 1867".

En el año 1858 aparece este aviso: "A las madres de familia. El día 15 del corriente se abrirá un colegio francés de señoritas, dirigido por la Srta. Bertha Grimaux, quien se contraerá con el mayor esmero a enseñar los ramos de instrucción siguiente: Religión y moral, lectura, escritura, aritmética, gramática francesa, geografía, historia, dibujo, reglas de urbanidad y toda clase de labores. Por más pormenores sírvanse concurrir a la casa de dicha señorita, calle Salta, frente a la casa del señor Juan Cinto".

Y a continuación este otro: "Lecciones particulares de teneduría de libros e idioma francés, según un método teórico práctico, de los más breves y fáciles, por don Luis Grimaux, calle Salta".

Y si a esto agregamos las escuelas de doña Marcela Vidart, de Micaela Etchenique, de Domingo Plandolit -que incluía en sus clases hasta nociones de agricultura-, de don Olegario Errasquin, de Graciana Garat, "El Colegio Argentino" dirigido por don Cayetano Huguet, y del cual eran profesores Mauleón y Ledesma. Y la escuelita de doña Carmen Bot, que ya aparece funcionando por el año 60.

Un francés, Don Carlos Sourigues, era el Presidente de la Comisión Inspectora de Escuelas, en el año 1860.

Y así la cultura francesa se vuelca sobre aquel pequeño Gualeguaychú, y se destaca hasta en los trabajos más humildes. En "El Eco del Litoral" del 21 de noviembre de 1855, aparecen estos avisos que hasta hoy llamarían la atención:

"Desea conchabarse o tomar oficio en alguna casa de negocios, un joven francés, como de 13 años que sabe hablar ese idioma e italiano. Quien lo necesite concurra al Café de Descoins, calle India Muerta".

"Unos cocheros franceses que hablan varios idiomas, recién llegados a esta ciudad, que tienen todas las herramientas necesarias para emprender su trabajo, se ofrecen a este respetable público para la construcción y reparación de trabajos de toda clase, por un precio módico. Viven en el Café de Descoins, calle India Muerta".


Sus refinadas costumbres se traducían hasta en los pequeños detalles: Veamos este aviso aparecido en "El Porvenir" del 18 de febrero de 1866:

"Gran remate de noche. Por EDMUNDO VITRY. En su casa, calle General Urquiza, frente al Molino a Vapor. El lunes 19 del corriente a las 7 en punto de la noche y días siguientes se rematará a la más alta postura y sin retirar lotes un surtido general de mercaderías. El rematador espera satisfacer a todos sus favorecedores escogiendo esta hora, tanto para evitar el calor de estos días bochornosos, como para ahorrar el tiempo más precioso para el comerciante. El salón será muy bien alumbrado y tendrá todas las comodidades posibles para que puedan asistir los interesados y también sus esposas".

Y no debemos olvidar que el primer farol público a querosene fue regalado por los franceses Lefevre y Poitevín, cuando se inauguró el muelle de piedra en nuestro puerto, el año 1863. Hay que tener en cuenta que recién en el año 1867, se alumbra a querosene la calle Urquiza.

Y que el arquitecto Ferdinand Lebleu, presentó al general Urquiza el proyecto del primer muelle de este puerto en el año 1858.

Y que otro francés, Don Juan Iroumet fue el primer rcónomo del Hospital de Caridad en 1866.

Y que Don Casimiro Labastie fue el Presidente de la Comisión para la construcción del nuevo cementerio en 1866.

Que don Luis Rauschert fue el encargado de los Registros matrimoniales y de nacimiento que funcionaron en la Municipalidad desde junio de 1874.

Que el Ing. francés Pedro Eberlé dirigió las obras del nuevo cementerio que se inauguró en 1877.

Que Don Benjamín Lambert, fue el que instaló los primeros teléfonos en Gualeguaychú.

Que la fotografía más famosa de esta ciudad perteneció a Don Luis Dorgebal a quien muchos de Uds. habrán conocido y frente a cuya máquina habrán posado, rodeados de palomas y azucenas...

Muchos franceses establecieron industrias desconocidas en nuestro pueblo, que significaron un notable progreso. Así Don Pedro Larregain y Don Pedro Leissa instalan importantes curtiembres; Don Francisco Duboscq -que ocupó el cargo de Cónsul Francés- una fábrica de bolsas de arpilleras; Sureau y Ving la fábrica de artículos de vidrio; los Boet y los Dubois -en lo que hoy es parte del campo Las Piedras, en Pehuajó Norte- inician el cultivo de la achicoria y su industrialización. El Dr. Chaumery planta viñas, con cepas traídas de Francia y comienza la elaboración de vino; Crucet, instala el primer molino harinero a vapor; Don Enrique Gambier trajo las primeras máquinas para enfardar lana en su barraca del barrio de la estación.

Y el pan criollo, amasado en las casas para el consumo familiar, se ve suplantado por el sabroso pan francés que fabrican la panadería de Pedro Margalot, los hermanos Batmalle, Don Domingo Partarrieu, Petit Philipe y Juan Pedro Laplacette, conocido por Yampier.

Ahora bien, debo dejar aclarado que aquellos panaderos de hace cien años, también adolecían de la mala suerte de que el pan que elaboraban les salía muchas veces con menos peso que el debido... y así eran los eternos pleitos con la Municipalidad y sus inspectores. En fin, que la historia se repite…

Los franceses tampoco despreciaron el trabajo de la tierra, y es así que en el pasado siglo los encontramos instalados en campos o en las chacras de los aledaños. Entre ellos recordaremos a Enrique Delcausse, a José Cabanet, Abel Gallop, Francisco Viollaz, Emilio Garrigue, los Chaix, los Massart, Petuad, Leuzze, Moussou, Zabalet, Cesare, Darrichón, Harispe, Larroulet, Rivollier, Bernigaud, Dourget, Ernalz.

A pesar de estar tan lejos de su querida patria no por eso rompieron los lazos que a ella los unía, y todos los acontecimientos que en ella ocurrían, tenían inmediata repercusión entre los franceses radicados aquí.

Así por ejemplo, en setiembre de 1875, se inicia en nuestra ciudad una colecta para enviar ayuda a los inundados del Mediodía de Francia; y en los periódicos aparece la lista de los contribuyentes que ocupa varias columnas y de la cual extraigo algunos nombres: Juan Mengelle; Pedro Isouribehere, a quien le decían Cherebejel; Bautista Daguerre; Carlos Salet; J. Follet; Enrique Bourilhon; Pedro Perigan; José Pons; Manuel Durruty; Pedro Chouquet; Mr. Laurent; Ch. Copin; Luis Laforgue; Juan Harispe; Pedro Dartayel; Bautista Casaubon; Francisco Garrat; Pedro Indart; Andrés Letazón; Antonio Labarrien; Enrique Pedezert; Gabriel Chapital; P. Gastelou; Bernardo Lapitz; Francisco Cutillier; Nicanor Arguimbao; Juan Vidart; Cecilio Piquet; Gabriel Danoose; Marta R. de Durquet; Jorge Lound, etc., etc.

Pero no solamente eran solidarios en las desgracias. Aquellos franceses también sabían divertirse y no perdían oportunidad para realizar reuniones, sobre todo conmemorando los fastos de su lejana e inolvidable patria.

En el año 1860 encuentro un comentario periodístico sobre la celebración del 15 de agosto -cumpleaños de Napoleón el Grande- en que los residentes franceses se reunieron en un magnífico "diner" que al efecto habían hecho preparar en el "Hotel de París".

Además del cumpleaños de Napoleón, el 14 de julio y la Batalla de Sebastopol, eran días en que aquellos franceses no dejaban pasar por alto.

Supongamos que la fecha de hoy, la festejaran aquellos franceses del siglo pasado.

¿Pero qué es ese carromato, que con un ruido infernal se acerca por esta calle España, es decir, por calle Solís, como se llamaba en aquel entonces? Qué más va a ser sino el carro de Petit Philipe, el pastelero, francés, cubierto de cintas color blanco, azul y rojo, adornado con hojas de palmeras, y arrastrando tarros y latas colgados expresamente, mientras toda la perrada de la ciudad lo sigue ladrando furiosa. Y más atrás, en otro coche semejante viene Poitevin el fabricante de bombas y cohetes con su vehículo lleno de muchachos encargados de hacer explotar los más diversos petardos. Y entre esa baraúnda infernal todos cantan La Marsellesa, mientras Petit Philipe trata de salvar la enorme torta fabricada expresamente para esta fecha, que amenaza deshacerse con los barquinazos de su carro cubierto con capota de lona.

Los franceses hoy no trabajan. Todos, cantando por las calles se dirigen al lugar de reunión -la cancha vieja- donde beben el vino de su patria, y hablan su ya casi olvidado idioma.

Y cuando Petit Philipe y Poitevin llegan, corren a recibirlos don Serviliano Bon, con su copa de Chateaux Lafite, que el almacenero Don Hipólito Labarte, llevara en los toneles de origen. Y Severino Trilhe el dentista francés, abrazando al banquero Oxandaburu y al pastero Moussou, cantan canciones de su tierra, mientras les hacen coro Bibé, Marsot y Etchevarne, que prefieren el Chateaux Margot que beben en sus vasos inagotables.

En eso, grandes aplausos: Es que llega Cesare, luciendo el uniforme que usó en la batalla de Sedán, con el morrión con penacho de plumas rojas... Y mientras Estrampez y Bourilhon, lo llevan en andas, Felipe Cappanera le alcanza la copa rebosante de aquel suissé inolvidable, que los hace reír y llorar al mismo tiempo...

Y en medio de las bombas, los cohetes, las luces de bengala llegan los franceses de Gualeyán encabezados por Don Juan Rivoilier, Antonio Bernigaud, Larroulet y Jeannot, a quienes Petit Philipe corre a convidar con sus famosas galletitas de chocolate, acompañado por don Juan Bonzón y el lechero Gatchiteguy.

Y así entre los cantos, el baile, los brindis, la algarabía de chicos y grandes, mientras flameaban las banderas de todas las colectividades que concurrían con sus delegaciones, llegaba la noche, y con ella las serenatas.

El pueblo no dormía. Y las canciones francesas despertaban a las muchachas y emocionaban hasta las lágrimas a aquellos que, lejos de su patria, de su Francia -a la cual quizá no volverían a ver-, trataban de revivir en este hospitalario pueblo, los sentimientos patrióticos, imposibles de desarraigar.

Y fue precisamente, el 14 de julio de 1881, cuando en uno de estos festejos, Don Luis Vicat tuvo la iniciativa de formar una sociedad entre los residentes franceses.

De inmediato quedó constituida y se llamó "Sociedad Francesa de Socorros Mutuos Unión Francaise" y su primera comisión directiva estuvo formada por Don Simón Cinto, como presidente; Vice, Luis Vicat; Tesorero, Sebastián Ideartegaray; Secretario, Paul Bordenave; Prosecretario, Hipólito Labarthe; Asesores, Juan Lapuyole, Bernardo Moussou, Bernardo Etchevest, Francisco Sarrat, Francisco Medus, Francisco Lescá, Domingo Vignó y Pedro Etcheverry.

Esta sociedad construyó el edificio de calle Luis N. Palma, entre San José y Rosario y el panteón en el cementerio, donde reposan la mayoría de los franceses que he nombrado.

Si es cierto -y yo lo creo- que recordar es volver a vivir, muchos de estos franceses, casi definitivamente olvidados que hoy han estado entre nosotros, estarán en el otro mundo levantando su copa de suissé, brindando por ustedes y por mí, y cantando la Marsellesa. Que el fecundo trabajo de nuestros abuelos, nos sirva de acicate, y que como ellos amemos a la eterna Francia, a la cultura, a la libertad, y a este Gualeguaychú que los recibió con los brazos abiertos. Si así ocurre, y que así sea, para honra de ellos, habremos cumplido una misión en nuestra vida.

Yo les pido perdón a los que olvidé. Otros, completarán mi pequeño aporte, con más capacidad y dedicación, pero no con más cariño y respeto.

Y termino con un recuerdo especial: A la que quizá fue la más humilde de las francesas y al que quizá fue el prototipo de los franceses que vinieron a Gualeguaychú en el pasado siglo: Catalina Choquette, la vendedora de empanadas, y don Alejandro Sureau.

A Catalina Choquette, muy pocos la recuerdan. A Sureau, basta con nombrarlo.

La Choquette -como le decían- tenía una humilde fonda. Y era la que proveía de empanadas en el atrio de la iglesia, cuando se constituían allí, las mesas receptoras de votos, a las autoridades del comicio.

Don Alejandro Sureau, ejerció su profesión de dentista en nuestra ciudad durante 50 años.

Este hombrecillo, tan esmirriado de físico, como grande de espíritu y cultura, se doctoró en la Sorbona en Ciencias Físicas y Matemáticas y posteriormente de dentista.

Ejerció su profesión en Inglaterra, Canadá, Brasil, Uruguay, para asentarse definitivamente en Gualeguaychú, desde el año 1887.

Lo recuerdo el día de la liberación de París, a los 86 años de edad, portando conjuntamente con el francés Augras, la Cruz de Lorena que presidía la manifestación que se efectuó en nuestra ciudad.

Yo pienso que en ese momento toda su Francia "se le habrá venido encima" como se dice vulgarmente, pero tembloroso y emocionado no pudo faltar a esa cita.

Y este francés -Doctor de Sorbona- que pudo compadrear en nuestro pueblo con sus títulos, cultivaba su huerta y sus abejas, legó sus bienes en un testamento ejemplar, y en su tumba de nuestro cementerio que hizo construir bajo su dirección, en un granito gris y opaco, escribió solamente esto: "Dr. Alejandro Sureau - París 1857 - Gualeguaychú 1949 - Ignoramos e ignorabimus". Es decir: Ignoramos e ignoraremos.

¡Qué ejemplo! En esta época en que todos nos damos de sabios, he ahí al verdadero sabio, hablándonos de su ignorancia...

Bien, señores; a mí me pidieron que hablara sobre un acontecimiento que hace 22 años tuvo mundial repercusión, y cuyo recuerdo perdurará en nuestra memoria, mientras estemos vivos los que presenciamos la gran tragedia de la segunda guerra mundial.

Durante años, la libertad, de cuya bandera Francia, había sido portaestandarte desde la gran revolución de 1789, había estado en peligro de hundirse por mucho tiempo, bajo el embate de fuerzas que a muchos parecieron invencibles.

Los pueblos se habían levantado en su defensa, y con sacrificado heroísmo la defendieron donde ella había subsistido y la iban recobrando, para sí y para los demás, donde ella había sido avasallada, en una epopeya que, de cualquier modo, servirá de ejemplo para nietos y biznietos.

El día 25 de agosto de 1944 fue liberada París, la capital de la libertad y ese acontecimiento nos dio la seguridad que las fuerzas nefastas, que habían intentado sumir el mundo en una nueva edad media, estaban definitivamente vencidas.

He querido honrar al magnífico pueblo francés, recordando no los hechos guerreros sino el aporte que hicieron a nuestro pueblo de Gualeguaychú, pacíficos comerciantes, labradores, artesanos, profesionales y maestros franceses, porque opino que llegará un día en que los acontecimientos militares no se exaltarán como los más importantes en la historia de los pueblos.

En ese entonces, los héroes no serán los que presidieron hecatombes que causaron millones de muertos, sino aquellos que emprendieron silenciosos y prolongados trabajos que dieron por resultado la salvación de millones de vidas; Fleming será colocado más alto que Napoleón, la penicilina será más admirada que los maravillosos y certeros cañones Krup.

He nombrado a hombres simples y pacíficos, he re pasado brevemente, muy brevemente, sus vidas ; sus vidas fecundas que contribuyeron en gran medida a que nuestro pueblo sea lo que hoy es; el lugar que muchos dejan para emprender por el mundo largos y fatigosos viajes, y al cual retornan para repetir hasta el cansancio que no hay lugar donde la vida sea tan fácil de vivir y tan amable, y donde la amistad se cultive con tanto agrado; que es mucho decir si bien lo meditamos, como en este incomparable Gualeguaychú.


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