Clotilde Méndez Casariego de Grané (“Chita”)

 Por Olga Lonardi

Puedo decir que nos presentó un libro. 

En el año 1989, yo vivía en Buenos Aires y concurría a un taller literario. La coordinadora seleccionó los cuentos que iban a ser publicados junto a los premiados en el concurso organizado por la editorial Agón.

Cuando nos entregaron el libro, me encontré con la grata sorpresa de que la ganadora del Primer Premio era una entrerriana de Gualeguaychú: Chita Grané.

Me encomendaron la tarea de acercarle los ejemplares.

Así fue. Unidas por el amor a la literatura, al trabajo con la palabra, aquel libro fue puente simbólico de encuentro y puedo decir con orgullo que Chita fue mi primer contacto con la movida cultural de Gualeguaychú. Ella me transmitió su pasión, sus sueños, su desvelo por el quehacer cultural. 

A partir de allí, algo se reveló ante mí como una posibilidad de volver algún día e integrarme a esos grupos.

Para todos ella era Chita, Clotilde Cornelia Méndez Casariego, hija de Gervasio Méndez Casariego y Clotilde Podestá. Su segundo nombre lo hereda de la abuela paterna, Cornelia Villar, casada con el Dr. Juan Francisco Seguí, diputado por Santa Fe y secretario de la Convención Constituyente de 1853. 

Francisco y Cornelia Villar  tuvieron  siete hijos:  la mayor, Malvina,  se  casó con Luis Clavarino; la segunda, Cornelia, se casó con Protasio Méndez Casariego, padres de Chita.
Se recibió de maestra normal y ejerció su vocación en Gilbert.

Formó su familia con Hugo Grané, tuvo dos hijas, Marta y Ana María, seis nietos y once bisnietos.

Fue presidenta de la Liga de Madres de Familia, secretaria de la Comisión Directiva del Instituto Magnasco y de la Biblioteca Sarmiento. Integró la Comisión Directiva de  la Alianza Francesa, donde organizó numerosos ciclos culturales. 

En ella se revela el espíritu solidario y comprometido con las tareas comunitarias, a través de su trabajo en los barrios. Junto con la gente del lugar coordinó talleres de costura y oficios. Siempre inspirada en el respeto hacia las personas con menos recursos, a quienes acompañaba y ayudaba en  la lucha por una vida más digna.

Durante más de treinta años, una vez por semana se reunía con un grupo de  amigas  y  abordaban  lecturas  de  orden  espiritual  y  religioso.  Esas  reflexiones y esa mística aparecen en sus sonetos de vigilias y noches de insomnio. En ellos interroga a Cristo: “Tú que puedes llegar hasta la hondura / tortuosa, inextricable de mi alma/”. Vuelca en ellos su súplica, su agonía, y se siente como Él: “clavada, pies y palmas”.

Integró un grupo de artistas, escultores, pintores, escritores y actores con quienes llevó adelante diversas actividades culturales, originales y novedosas para la ciudad.

Su figura está ligada para siempre a Gente de Letras y a la revista literaria Letras, donde su aporte fue clave. Su apariencia frágil y menuda contrastaba con su energía arrolladora. Ella nos convocaba a la tarea. Movilizaba al grupo de tal manera que siempre lográbamos los proyectos que proponía. 

Escribió guiones y obras de teatro que luego se representaron.

El universo que habitaba en Chita, esa realidad que la atravesaba, está plasmado en sus narraciones. Publicó los libros de cuentos Cuentos que quien sabe y Secretos en reunión, compartido con su hija Marta Grané.

Publicó también los libros de poemas Omega y Palabras rotas. Su poesía nos sitúa frente a lo vulnerable del hombre en un cosmos insondable, frente a las “moradas del miedo”, frente al “espejo que revela únicamente la destructora invención de su pobreza”.

Construidos con sutileza e inteligencia, asombran por su equilibrio, por el artificio que emplea en la economía verbal, en la síntesis.

Su voz  interroga con el otro sin dar una respuesta cerrada: “Siempre hay otro  / esperando  /  las máximas entregas  /  siempre otro  / hasta arribar al núcleo  imán  / tentación  / abismo  / puerta  / boca  / raíz  /  luz de todo Nacimiento”.

Atesoro  esas  tardes  junto  a  Chita,  cuando  nos  reuníamos  a  leer  poesía, a corregir  la revista Letras. Después, desde su balcón, nos dedicábamos a mirar la plaza San Martín, la mixtura de ocres, sepias y verdes, las palomas de  la Catedral, el  ir y venir de  los caminantes por  la calle Urquiza. Aquel paisaje, para nosotras, encarnaba la poesía viva, una pequeña obra de arte como regalo genuino para  los ojos. Entonces algo de quietud  interior, de agradecimiento, de extraña felicidad, nos unía de una manera especial en aquellos instantes. 

Valoraré siempre su generosidad de acompañarme en mis procesos de escritura, de oír mis poemas, de darme sus apreciaciones, su devolución. 

La voz de Chita ya nos pertenece, nos habita a través de sus narraciones, de sus poemas y de todo lo que aportó a la cultura de Gualeguaychú. Nos dejó también el  legado de su profundo amor por construir a través de  la expresión y del arte.


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