Matea

Por Delia Reynoso de Ramos

En 1983, el diario El Argentino (Suplemento del Bicentenario), en una nota titulada “Personajes inolvidables”, menciona y comenta una “lista de personajes insólitos y pintorescos que transitaron las calles de nuestra ciudad por lo que para nadie pudieron pasar desapercibidos (…) al recordarlos con el mayor de  los  respetos –refiere  la nota periodística–, no nos guía otro propósito que el de registrar su paso por Gualeguaychú”. 

Dentro de esos personajes inolvidables figura una mujer: Matea, que vivió en Gualeguaychú en  la primera mitad del siglo XX, cuya femenina figura ridículamente ataviada –con dos o tres vestidos superpuestos, cuyas faldas llegaban hasta los tobillos, cargada de collares y varias carteras–, no podía pasar inadvertida para quienes vivían en el Gualeguaychú de entonces.

Pero ¿quién era Matea? Resulta difícil, desde el presente, develar la historia de su vida y por qué vestía así, o recordar cuál era su apellido. Era simplemente: “Matea”, a quien El Argentino, en la referida nota, la describe de esta forma:

Matea era una mujer morena esbelta, su estatura estaba entre los 1,75 y 1,80 m.

Siempre llevaba vestimenta negra que le llegaba al tobillo y nunca llevaba menos de tres o cuatro carteras. Los tules y las puntillas no faltaban en su atuendo y sabía arreglarse con elegancia con ropa que le obsequiaban en casas donde se la apreciaba” (51).

Lo cierto es que a su paso nadie, ni los grandes ni los chicos –que la seguían o perseguían, atraídos por su extravagancia– podía sustraerse a la curiosidad de observar  su particular y  llamativa vestimenta;  curiosidad que ella ignoraba  con particular  elegancia.  Paseaba  así por nuestras  calles,  como estrella fugaz, indiferente a las miradas entre burlonas y comprensivas. De esa forma transitó por la ciudad hasta los años 50.

Tan particular era su imagen que, incluso, cuando las niñas de entonces, en sus juegos infantiles, se vestían con prendas y enceres femeninos, sus madres y abuelas cuando las veían exclamaban: “¡Mirá… ha llegado Matea!”.

Matizada por numerosas anécdotas, su presencia ha quedado registrada en las retinas y en la memoria del pueblo, como una nota simpática de aquel tranquilo paisaje ciudadano de mediados del siglo XX. Y por eso es también que ella –simplemente por su particular modo de ser y sin proponérselo– ya forma parte de las páginas de la historia social de Gualeguaychú. 



51   El Argentino, Suplemento Especial del Bicentenario, Personajes inolvidables, octubre de 1983, p. 14. 

Fuente
Vivencias personales.

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