30) Gualeguaychú tiene su templo

El 19 de marzo de 1890, en la fiesta patronal de San José, el Padre Palma inauguraba el templo parroquial. Desde el día anterior caía una fuerte lluvia, la que no impidió que una multitud fuera testigo de ese día histórico.

Fueron padrinos el Gobernador de Entre Ríos, Dr. Basavilbaso y su señora., quien fuera representada por Aurora M. de Méndez.

Los familiares del difunto Padre Vicente Martínez habían solicitado al obispo la colocación de una lápida en el lugar donde ya se guardaban los restos de quien fuera el iniciador de la obra del templo.

Fueron emotivas y elocuentes las palabras del Padre Palma al inaugurar el templo. Considerando la importancia del hecho y del hombre, me animo a transcribirlo completamente, ya que algunos pueden conocer sólo fragmentos del mismo: 

Dean Alvarez; Señores:

¡Pasamos por uno de los momentos más solemne de un pueblo! El corazón menos entusiasta siente palpitaciones extrañas, algo como el cumplimiento de un sueño que se realiza, de un anhelo que se llena.

En la atmósfera hay ráfagas de gloria que llegan al alma y la engrandecen, el aire esta lleno de notas y armonías desconocidas, el ambiente lleva aromas y la luz tiene un resplandor más vivo como en el día de las victorias. La imaginación despierta recuerdos que rozan nuestras sienes y las humedecen porque llevan empapadas sus lágrimas, ilusiones que forman un cielo de colores, esperanzas que encienden al contacto del más sublime de los amores, religión y patria, que forman el poema más sublime de los pueblos…todo, todo se agolpa al corazón y lo estremece de alegría!.

¡Este concierto de todo lo bello, es el primer homenaje del pueblo de Gualeguaychú al Dios de sus creencias al consagrarle su obra magna, el primero de sus templos!!

Nadie, Señores, que conozca nuestra historia, puede extrañar esta expansión del alma.

El templo, la obra de 27 años, está llena de recuerdos para los hijos de este pueblo. Fue el sueño dorado de sus viejos y el más íntimo de sus anhelos. Le prestaron su ayuda y lucharon por verlo realizado pero sin conseguirlo nunca; bajaron al sepulcro sin haber visto el templo de sus cariños.

¡Estas masas de piedra guardarán el nombre de nuestros abuelos; era la obra de sus esfuerzos!

Y hoy vosotros, al continuarla, no habéis hecho más que  ser dignos de vuestros mayores, cumpliendo un deseo que fue suyo; en cambio de haber recibido un nombre que os legaron sin mancha!!

Ved, señores, ligadas dos generaciones por un mismo pensamiento, por un mismo esfuerzo; por este monumento que levanta el pueblo, que embellece el arte y consagra a la divinidad el sacerdote!

No me equivoco, señores, al deciros que este templo será para vosotros un nido de recuerdos. Hasta el polvo de su pavimento es doblemente sagrado. Aquí reposan vuestros primeros muertos! Este pedazo de tierra fue su tumba: ese polvo está amasado con el polvo de sus huesos!!

Si alguna vez os inclináis para besarlo, besadlo con respeto y regadlo con vuestras lágrima!!

¡Tierra dos veces bendita, tumba de los primeros hijos de este pueblo, dulcísimo refugio de los que luchan en la vida, cien veces bendita seas!

¡Alma de los yacéis aquí, al abrigo de estas naves, que os guardan como las dos alas de un águila, para que nadie turbe vuestro sueño; descansad en paz bajo el silencio de estas bóvedas!!!!

¡Cura Martínez, miembro distinguido de nuestro clero, sacerdote ejemplar, cuyas virtudes he admirado siempre, tú que tuviste el honor de poner la primera piedra de este templo, duerme tranquilo al amparo del pueblo que no olvidará tu nombre!!

Señores: ante espectáculo tan grandioso, me he preguntado a mi mismo ¿qué es un templo? ¿qué rol desempeña en la vida de los pueblos?

Ved allí, señores, reflejado todo el pensamiento de mi discurso. Prestadle ahora vosotros vuestra atención benévola.

Soberano Señor:

                          No debe ser mi voz la que formule la primera oración que llegue desde este recinto a vuestro trono. Esta fiesta es del pueblo, suya debe ser la primera adoración, suya la primera plegaria!

El pueblo se ha puesto de rodillas para pronunciarla. Llénalo de bendiciones!

Señores: cuando sobre los hogares de un pueblo cae la sombra de un templo, si ese pueblo no traiciona sus deberes sagrados, podéis decir sin temor de equivocaros: “allí hay un pueblo libre, allí está garantido el derecho, dignificado el amor, amparada la desgracia. Allí la honradez está hecha a prueba de sacrificios, la dignidad sobre el halago de la corrupción y la mentira; allí está la fraternidad, allí está la civilización, allí está el progreso”.

Me preguntaréis ¿por qué? Porque Dios está en contacto con el pueblo. El templo es la morada de Dios. Dios está en él, no con la majestad del que crea mundos con el aliento de su palabra sacando vida de la nada del caos, no con la grandeza del que dicta leyes desde el Sinaí atronando el espacio con su voz y aterrando a la muchedumbre con sus rayos; no con la severidad de un juez vengador castigando pueblos y sepultándolos en las olas de fuego de sus iras; no con el esplendor gloriosos de su transfiguración en el Tabor, ni con la sublimidad del mártir sucumbiendo en el Calvario, en medio de una naturaleza ebria de dolor y quebrantada de espanto.

No, señores, Dios baja a sus templos llevando a la caridad por guía y a la humildad por compañera.

Es el Dios bueno que llega al pueblo con sus manos rebosando de beneficios. El Dios humilde de los pobres! Aquel que el labrador en medio de los campos, apoyado en su instrumento de labranza, invoca cuando el sol declina y enseña a sus tiernos hijos a pronunciar su nombre. Aquel que llama el desvalido y busca al moribundo y los reyes le dan sus coronas y los ejércitos lo llevan al frente de sus batallones y la victoria le ofrece sus trofeos y la derrota implora sus auxilios y los pueblos se arman con él para arrojar a tierra sus tiranos.

Los pueblos van a buscar al templo al Dios bueno de los pobres, a quien conoce la cabaña, oye la infancia y que no tiene más enemigos que el orgullo de una ciencia necia y la corrupción de un corazón enfermo.

Los pueblos tienen la conciencia hecha de que no podrán pasar nunca sin Dio porque saben que para vivir un pueblo necesita verdad y necesita justicia; y fuera de Dios no hallarán nunca ni justicia ni verdad!

Por eso, ellos nunca han perdido la idea de su Dios. La conservan vivo en su corazón y no han permitido nunca que ni el sol ni la historia sorprendan con su luz una nación atea!

Por más que se haya hecho, Dios ha quedado siendo el fundamento de la sociedad humana. Ningún legislador ha osado proscribirlo; ningún siglo le ha negado ninguna lengua ha borrado su nombre y a despecho de los que blasfeman, impera sobre las almas!

Ese es el Dios, señores, que baja a los templos para salvar a los pueblos!

Por eso, en ellos se presiente el aliento de la divinidad y el alma se siente anonadada, bajo la majestad solemne que la asombra!

Esa idea de la divinidad en los recintos sagrados era la que hacía penetrar a los viejos germanos al bosque de los misterios cargados de cadenas, en signo de humillación; y la hermosa Grecia, asistía a sus ceremonias religiosas con un silencia profundo: parecía una estatua egregia bajo la bóveda grandiosa de sus artísticos templo!

La antigüedad sabía que Dios estaba en ellos e iba a aplacar con sus lágrimas la indignación que había despertado con sus crímenes. A su puerta ha visto la historia a sus grandes hombres en traje humilde, con la frente pegada al polvo y las mejillas surcadas por las lágrimas. Allí fue Teodosio a las puertas de la basílica de Milán; Ludovico I a las del templo de Aquisgrán; Enrique II a las de la iglesia de Cantorbery!

Hasta la barbarie misma, señores, sintió la presencia de Dios en sus santuarios.

Cuando Alarico se lanzó a sangre y fuego con sus hordas salvajes sobre la Roma de los Césares, lo arrolló todo a su paso. Esa ola formada por odios y sed de pillaje rodó de la montaña desvastadora y siniestra como si llevara una tempestad en las entrañas. Nada ponía vallas a su paso: ni la fuerza ni la súplica! Fortalezas, palacios, mansiones espléndidas se desplomaron a sus empuje. Ni la mujer, ni el niño, ni el anciano merecieron compasión: el grito de alegría de los caníbales del norte, ahogaba el gemido de sus víctimas.

La hecatombe fue horrible! Un célebre orador ha dicho: solo la crueldad puso fin al exterminio; la avaricia al pillaje; la impudez a la violación y al adulterio. Roma entonces no encontró más que un asilo: sus templos!

Parecía, señores, que la divinidad hubiera hablado al alma de los bárbaros!

Sólo así se explica que esa turba sin freno, sin moral, sin sentimientos y sin ley se detuviera en su desborde, sino fuera que Dios la sujetara, como sujeta las olas del mar cuando espoleadas por los vientos se precipitan bramadoras para saltar la playa y las hunde con su poder y las deshace en la ribera haciéndolas morir en sus sudarios de espuma!

Señores: habéis visto ya lo que es un templo: la morada de Dios!

¿Qué rol juega en la vida de los pueblos? ¡Escuchad!

El sentimiento religioso es inherente al corazón humano. Un hombre podrá desligarse de él, pero no de un pueblo. Un pueblo ateo tendría miedo de sí mismo: sentiría a sus plantas la atracción irresistible del abismo. Independizado de Dios, se burlaría del hombre y de sus leyes, se formaría la anarquía y nacería el caos.

Esto, señores, no es un sueño mío.

Allí tenéis a la Europa amedrentada en presencia de las turbas ateas agitada por el interés y disciplinadas por el socialismo. Allí están sublevadas diariamente imponiendo condiciones, amenazando a sus señores por medio de una prensa incendiaria y clandestina; preparando minas de dinamita para explosiones criminales; señalando con el puñal sus víctimas y mañana si estas turbas no reaccionan, darán al mundo el espectáculo desconsolador de hallar en medio de las ciudades civilizadas, agrupaciones salvajes, mil veces más salvajes que las tribus del desierto.

La Europa, señores, trata de solucionar este problema. ¿Sabéis en qué piensa? ¿Creéis que quiere encadenar a estos bárbaros del siglo XIX y amordazarlos al pie de su trono para quebrantar sus iras?

¡No! La Europa sabe que la cadena del esclavo tarde o temprano se funde el hierro de las venganzas. Que no es la fuerza la que civiliza los pueblos, sino la moral las que los regenera. Que el freno de las leyes es impotente cuando el freno de la conciencia está roto. La Europa sabe mejor que el poeta: “Que el hombre ante su Dios dobla la frente !Más solo el hierro ardiente la hambrienta rabia de las fieras doma”!

Por eso, señores, la Europa tiene formado este propósito: purificar las costumbres del pueblo por medio de la doctrina de Jesús. Difundir la educación moral en la masa del pueblo, persiguiendo aquel ideal sublime que ha sido la obra exclusivamente del catolicismo: “formar un pueblo de hermanos”

Ahora bien, señores, para llegar a este resultado ¿qué debe hacer”, conservar vivo el sentimiento religioso: buscar amparo al abrigo de los templos.

Los templos, señores, son escuelas que civilizan.

Son las primeras avanzadas que ha llevado la civilización a las tiendas de los bárbaros. En ellos ha nacido la primera luz; la primera palabra salvadora; el sentimiento de lo bueno; el acatamiento a la justicia; la honradez en todos los actos; el amor a la patria; la adoración a Dios. El salvaje ha recibido al pie del altar el agua de la regeneración; ha doblado la  rodilla ante la cruz del misionero; ha formulado su primera súplica; y, al ponerse de pie se ha sentido otro hombre: con el beso de Dios ha recibido el sello de la civilización en la frente.

Los templos, señores, son escuelas de moralidad.

La familia encuentra su organización más completa en un lazo de indisolubilidad inquebrantable y el amor su consagración más sublime en la grandeza del Sacramento.

El hogar formado así, tiene encantos inenarrables bajo la paz más dulce. El hombre gana con su trabajo honrado el pan de cada día; la mujer enjuga su frente sudorosa que besan llenos de candor sus hijos; y todos saben que la austeridad de la virtud debe estar sobre los halagos de la corrupción, porque las manchas que caen sobre la familia nadie la lava: porque la opinión pública marca su desprecio a fuego para que nadie lo borre.

Al templo van a aprender los preceptos de la moral todas las clases sociales, todos los estados, todas las condiciones, el hombre, la mujer, el anciano, el niño, el monarca, el soldado, el sacerdote: todos encuentran en ellos una cátedra sagrada y una voz que suena siempre derramando la verdad y el consejo sobre el pueblo ávido de la palabra divina que le enseña a conocer a Dios y los alienta para subir a la cumbre de sus grandioso destinos.

Por eso, no desesperan nunca las almas creyentes cuando están agobiadas por las tribulaciones de la vida. Van a llamar a las puertas de un templo, caen de rodillas, rezan y con su oración se levantan hasta el cielo: allí los espera el ángel del consuelo.

Ved, señores, el rol que juegan los templos en la vida de las naciones. Vosotros podéis medir perfectamente su importancia como obra de arte, como escuela de moralidad y de civilización, como morada de Dios, que es el origen de todas las grandezas y la fuente de todos los progresos!

Señores: Gualeguaychú tiene también su templo. ¿Qué hará con el? ¿Dejará solas sus naves, desiertos sus altares, olvidadas sus imágenes? ¿No habrá en el rumor de preces, nubes de aromas formadas del perfume de la flor y el incienso de la ofrenda? ¿Será el gran panteón de las ideas cristianas sepultado en el silencio abandonado en el olvido?

Gualeguaychú tiene templo ¿qué hará con él? ¿No vendrá nunca a abrir su corazón a Dios para recibir en él el fuego de su espíritu? Cuando sienta el alma enferma ¿no vendrá aquí a derramar sus lágrimas y a buscar consuelo? Cuando esté llena de esperanzas ¿no vendrá aquí para que Dios la toque con su mano y la bendiga?

Gualeguaychú tiene templo ¿qué hará con él? ¿no depositará en sus altares una hoja de laurel de sus triunfos, un girón glorioso de sus trofeos? ¿no traerá a él una nota de sus cantos, la primicia de sus progresos, la ofrenda de sus industrias, el haz de trigo de sus riquezas?

Gualeguaychú tiene templo ¿Qué hará con él? Ah, señores, el pueblo llenará sus naves, lo hará el recinto de sus confidencias íntimas con Dios, vendrá a llorar sus penas, a combatir sus tristezas, a buscar valor para sus tribulaciones, a llorar sobre sus muertos!!

Aquí vendrá a purificar su conciencia, a alimentarse con el pan de los ángeles, a bautizar sus hijos, a escuchar el juramento de los esposos.

Aquí vendrá el pueblo en los días de la patria a depositar en los brazos de la cruz la bandera de sus cariños, para que reclinada en ellos, reciba la bendición de Dios que la ha hecho siempre invencible, para que escuche en ellos el himno entusiasta de sus cien victorias unida al salmo sublime de la música sagrada!

Gualeguaychú debe contar, entre su días felices, el día de la inauguración de su ¡gran templo!

Señores: se había admitido ya como un axioma que Gualeguaychú había perdido por completo sus ideas religiosas.

Error señores. ¡Gualeguaychú es creyente! Este templo es obra suya, ella lo ha ornamentado con solicitud cariñosa; las voces que aquí oís en las armonías del canto, son las voces de sus hijas, esas flores de sus jardines: ¡todo lleva un signo de una mano cristiana!

Cuando yo vaya a otros pueblos y me vuelvan a decir como me han dicho otras veces “en Gualeguaychú no hay religión” yo les diré: ¡error! Allí se adora a Dios, allí la familia está basada en la moral, allí hay entusiasmo por todo lo bueno. Cuando yo emprendía la construcción de la iglesia, yo sentí siempre una mano que me apoyaba con decidido entusiasmo: era la mano del pueblo. Cuando hubo escasez de recursos, yo recibí un óbolo generoso: era la limosna del pueblo. En mis momentos difíciles, en mis horas de desaliento, he escuchado a mi oído una voz cariñosa infundiéndome valor: ¡era la voz del pueblo!

No, señores, Gualeguaychú no ha olvidado sus tradiciones religiosas.

Por esto, señores, yo tengo una deuda de gratitud para con este pueblo que ha depositado en mí su confianza, que me ha honrado con su cariño, que me cuenta entre sus hijos y para quien consagro, si nada valen mis esfuerzos, mi corazón y mi inteligencia, como pudiera consagrarlos al pueblo de mi cuna.

Yo quiero hacer público mi agradecimiento a los poderes de la nación y al gobierno  de la provincia que han prestado a la obra importantísimos servicios.

Y, más que todo, señores, a la comisión del templo, que ha trabajado sin descanso en ella. Si en esta clase de obras fuera lícito aspirar a un pedazo de gloria, yo la dividiría con ellos! Compañeros de labor, me han acompañado siempre con su ayuda.

Señores: ¡Que Dios acepte bondadoso este templo que acaba de consagrarle el pueblo!

Yo hago votos porque encontraréis aquí lo que vuestro corazón ansía: la paz del alma, el consuelo del espíritu. Porque el ángel de la felicidad more desde hoy en sus aras y al llamar vosotros a sus puertas os reciba siempre con sus brazos abiertos!

Para mi formularé un voto íntimo, la única de mis aspiraciones, el poder dormir el último de mis sueños bajo esta la cúpula sagrada. Aquí, al lado del pueblo, al amparo de vuestras plegarias, aquí donde podréis traer a vuestros hijos y señalarles mi tumba, para que recen en ella, aquí, junto al Dios bueno a quien pido para vosotros la más sublime de sus bendiciones.







Pastores según el corazón de Dios
El ministerio sacerdotal en la Parroquia San José de Gualeguaychú (1766 - 1905)
Pbro. Mauricio Landra

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