Gerónima Sofía Alegre (La Yuyera)

Por Nati Sarrot García

“Dice la libreta que cumplí noventa, el 3 de diciembre…”, informaba al periodista Fabián Magnotta en 1994. Pero doña Gerónima Sofía Alegre, viuda de Díaz –la Yuyera–, recién con la participación de su sepelio, cuando murió en Gualeguaychú, en 2001, nos confesa su edad oficial: 108 años.

También nos entera de que de  sus catorce hijos,  la  sobreviven  seis y aún Antonio, uno de sus hermanos; de que sus restos se velaron en  la Capilla del Sagrado Corazón y de que su morada, abrazada por árboles que la sombrean y abrigan, está en República Oriental s/n, un poco antes de llegar al boulevard Montana.

En sus primeros tiempos en Gualeguaychú –porque ella venía de la estancia El Potrero, donde su padre correntino era peón–, doña Geroma había alzado su rancho, dos cuadras al norte. En ese barrio encontraba  la tranquilidad,  luego de  las ocho o nueve horas de caminar  la ciudad con paso ligero y rendidor; el espacio para santificar su festa de domingos, porque ahí nomás tenía la Capillita; y la escuela a dos pasos, para que las hijas, en especial, no corrieran peligro en el  ir y venir para aprender a  leer y sacar cuentas.

Doña Geroma,  la Yuyera,  cuando  le  rindió más  el día,  tuvo  tiempo para regalar su simpatía al que  la visitara, porque  los hijos se hicieron grandes y la edad le fue achicando sus recorridas diarias, las de canasta de mimbre en el brazo derecho y la chismosa de nylon colgando de la mano izquierda; entonces podía  charlar más  largo y hasta  coquetear  con  su otro nombre que pocos conocían: Sofía.

Fue por 1992 que dejó de andar  la ciudad, porque había cambiado tanto que se perdía en sus calles. Después alardeaba con que si hubiese tenido un nieto que la guiara, habría continuado vendiendo salud en las veredas, al decir de Fabián Magnotta en un artículo de Cuadernos de Gualeguaychú.

Con  su  trabajo vendiendo berro de  las  limpias  lagunas, que  comenzó de adolescente, y fue enriqueciendo con las hierbas, raíces y cortezas medicinales que elegía  la sabiduría de su padre, doña Geroma fue prestigiando su oficio y, si se lo requerían, adornaba la entrega del atadito de yuyos con una austera y acertada enumeración de sus propiedades.

La conocí en sus charlas con la niña Mechita, como llamaba a María de las Mercedes Chaparro de Sameghini, a la que había visto desde los cinco años, cuando de la mano de su tía Zoraida Echazarreta Minero visitaban las casas del barrio Franco. Con ella mantenía charlas en voz baja y sonrisas plenas. 

En ella encontraba la mirada celeste y el cutis claro y suave que tanto gustaban a las mujeres como la Yuyera, de tez aindiada y mirada oscura.

La vida de Gerónima Sofía Alegre de Díaz transcurrió sobre tres siglos. Geroma, la Yuyera, es una parte de nuestro folklore que asomará en la tisana o en las hojitas agregadas  al mate,  con  el  aroma  imperdible  del  huaco, la  lusera,  la marcela,  la albahaca,  la menta, el  cedrón, el poleo…,  cuando, apretándolos entre la yema de los dedos, queramos apoderarnos de su esencia.


Fuente:

Magnotta, Fabián, “La yuyera. Vendedora de salud en las veredas”, en diario El Argentino, Suplemento Cuadernos de Gualeguaychú, Nº 35, Gualeguaychú, 6 de marzo de 1994.

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