En otro mundo no hace frío

En otro mundo no hace frío

     Es temprano y está fresco. Frío tal vez. Tanto como para que los cristales del rocío puedan jugar algunas horas con la luz del sol, antes de ser aniquilados por el calor de la mañana. Es el día perfecto para sentir que no cabe en el pecho el orgullo de la nacionalidad. En la frontera con ese mar de aire gélido y seco del otoño, una tibia humedad le dará a las pupilas la temperatura exacta para mirar en el día de hoy los que vendrán. Todos parecen días felices. Es una fiesta. 

     Las distintas brigadas se han reunido en la emblemática esquina de 25 de mayo y Tomás de Rocamora, donde comienza el centro de Gualeguaychú, y esperan órdenes. La brigada de esa ciudad, de infantería –porque así se denominaban abiertamente en el constante remedo militar que la Liga acostumbraba-, se formó a las 9 y 50, sobre 25 de mayo a 20 metros de Rocamora con vista al Este, es decir al río. Hacía un rato largo que estaba alineada la brigada de Villaguay sobre Rocamora mirando al Norte. Detrás suyo la brigada de Perdices (ambas de caballería). Sobre Primera Junta con vista al Sur se encolumnaban las caballerías de Almada-Palavecino, Urdinarrain y 
Gilbert (que, como decíamos más arriba, habían hecho noche en el Potrero de Harispe, evocando el Campamento de Calá del ejercito de Urquiza). Más atrás formaron las brigadas de Talitas, Pehuajó Norte, Aldea San Antonio y Larroque. Las de Concepción del Uruguay y Perdices ingresaron por el Norte. “La Prensa” ponderó el orden del desfile. 

     Zumbaban por allí conversaciones, risas moderadas por encima de las graves, que también se escuchaban algo más bajas. Cada tanto clarines y trompetas afinando. Algún tambor. La brisa traficaba perfumes de distintas gamas: La alianza policlasista se aprestaba a desfilar. El aire olía a aristocracia de provincia, transversal, dada con el servicio, los empleados leales y con los locos del pueblo, compartiendo la vivencia cotidiana sin desigualdades ostentosas. 

     Para las diez y cinco la fiesta era completa. Manuel Carlés y Josué Quesada descendieron del aeroplano que el piloto, mayor Kingsley, aterrizó al Oeste de la ciudad (detrás de donde actualmente se encuentra el Hospital Centenario). Minutos después una fanfarria traída por Salduna desde Villaguay arrancó con la Marcha de San Lorenzo, y a las diez y cuarto comenzó el gran desfile por la calle 25 de mayo. “La calle estaba llena de público”, comentará Carlos Molina, enviado de “La Prensa”.

     La banda del Regimiento 10 inició el desfile con una marcha marcial. Tras la banda: Sixto Vela, Manuel Carles y Luis María Campos Urquiza, secundados por una decena de autoridades do la Liga. Con sendas banderas argentinas de cincuenta metros cada una –lo que en ese lugar equivalía prácticamente a una cuadra- desfilaron las brigadas de Villaguay y Gualeguaychú. De ésta última participaron los alumnos del Colegio Nacional con su rector José Bolfo, el sacerdote Cárdenas y los boy-scouts de la Escuela de Artes y Oficios del Pbro. José María Colombo.

     Una particularidad que quedó en la memoria de muchos ancianos la dieron “el gaucho negro y el gaucho blanco”. Iban al frente de la brigada de Almada-Palavecino y eran Antonio Del Viso Villar (vestido de negro y montado en un oscuro) y Eduardo Seguí Duportal (vestido de blanco sobre su tordillo). Tras ellos cruzaron los “Lanceros de Gilbert”, al frente iban Juan Francisco Morrogh Bernard, Martín Erro, Esteban Podestá y Sobral. 

     La columna retomó por Urquiza hasta Rocamora y por ella hasta el Hipódromo que era el lugar de concentración. Al pasar frente a las instalaciones del Regimiento 10, el jefe (Juan Etchechury) fue “distinguido” con un apretón de manos de Carlés. Cuando la cabecera de la manifestación llegó al Hipódromo, estaba compuesta por unos mil quinientos jinetes (según las fuentes más optimistas: “La Prensa”, “La Nación” y “El Censor”). Allí se cantó el Himno Nacional y no se pijotearon vítores a la Patria. En el centro del predio se levantaba una tribuna. Hablaron Carlés, Sixto Vela, Alberto Montiel, Andrés Rivera y Eufemio Muñoz.

     Se destacaron los discursos de Manuel Carlés (al que hemos aludido más arriba) y el de Eufemio Muñoz que con un tono vibrante y cautivador atacó al sindicalismo obrero y expuso el sonsonete liguista sobre las diferencias entre la realidad económica argentina y la europea. “…Yo abro los ojos y miro, (dice el Dr. Muñoz) y no descubro monstruo mayor entre los de que hablan, que este de la anarquía, cuya sacrílega insolencia se exalta al rojo de sus pendones …” (Esta es una alusión importante, porque la bandera roja que portaban los obreros será motivo o pretexto del desenlace de los acontecimientos acaecidos esa misma tarde). 

     Visto desde hoy, no queda claro qué entendía Muñoz por anarquía, ni tampoco que les preocupase demasiado el límite de la definición a él y a su público. Tendía, desde luego a englobar bajo este mote tanto al anarquismo como al socialismo, al sindicalismo... hasta a los propios radicales, caídos en la calificación “por indecisos”. En fin, parece que entendíase por “anarquía” a todas las ideas no conservadoras. 

     El Dr. Eufemio Muñoz, de innegables dotes de orador y poeta, remató su arenga contra la anarquía, de tono harto agresivo y desafiante, con una exhortación que agitó los corazones más que cualquier fanfarria: “… si en su impaciencia fanática y sacrílega, osara ella arrastrarnos al desorden, el desorden será enfrentado con bizarría de varones, y no faltará entrerriano que enunciando sin jactancia una resolución suprema, como Fausto Aguilar rente a sus huestes de gauchos desmelenados de el ejemplo y pegue el grito: Sacarse los ponchos que en el otro mundo no hace frío¨.


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