Enriqueta Burlando Murature

Por Enrique Ángel Piaggio

Descendiente de tradicionales familias de nuestra ciudad, criada y educada en los principios cristianos, por profunda vocación se inclinó hacia la enseñanza en las aulas. 

Fue siempre una maestra estudiosa y capaz.

Era tal su vocación, que una vez retirada –por haberse jubilado– dedicó su vida a su hogar y a  la didáctica señera de  la Biblioteca Sarmiento, donde fue “la autorizada consejera al par y por siempre una maestra amiga”.

Por  sus  principios  cristianos,  las  obras  piadosas  contaron  siempre  con  su aporte y esfuerzo. 

Fue bibliotecaria y eficaz colaboradora de la Biblioteca Popular Sarmiento, donde por muchos años volcó su vocación de servicio.

Falleció en forma imprevista, víctima de un derrame cerebral, el 21 de enero de 1965.

Tuve oportunidad de conocerla cuando como alumno cursaba cuarto grado en la Escuela Guillermo Rawson de nuestra ciudad.

Su asignatura era Aritmética, dado que en aquel establecimiento cada materia era dictada por una maestra distinta, no como en las otras escuelas en las que en cada grado había una sola para enseñar todas las asignaturas.

Enriqueta, además de un dominio absoluto de la materia a su cargo, tenía el apoyo de un carácter enérgico pero a la vez afectuoso, lo que infundía respeto. Sus palabras dirigidas a la clase imponían atención desde el primer momento.

A medida que uno la iba conociendo caía en la cuenta de que su manera de enseñar era algo que trascendía aquellas circunstancias y de que transmitía respeto, no solo a su persona, sino también a su labor docente.

Era maestra de vocación,  tenía necesidad de  impartir  conocimientos y  lo hacía con suma eficacia. Pero además era paciente: cuando alguien no entendía algo, siempre estaba dispuesta, en el aula y aun en su casa, si era necesario, para aclararle lo que le costaba entender. Lo que no admitía era la distracción, y menos aún cualquier clase de indisciplina.

Terminada la lección, se ponía a disposición para cualquier consulta sobre el tema. Puede afirmarse que dominaba la materia a su cargo y que la enseñaba con responsabilidad, podría decirse, con amor. 

Físicamente era una mujer menuda, pero proporcionada, de rasgos faciales que armonizaban con su temperamento. Su tez era sonrosada; su voz, un tanto ronca sin dejar de ser femenina.

Años más tarde, transcurridos mis estudios primarios y secundarios, volví a relacionarme con ella. Esta vez en el campo cultural. Ella desempeñaba su labor en la Biblioteca Sarmiento. Allí, como en la escuela, sus dotes tanto intelectuales como temperamentales estaban plenamente vigentes. Había asumido la función con la misma responsabilidad y dedicación.

Esta es la imagen que conservo de esta mujer por muchos motivos admirable. 



Fuentes
Diario El Argentino, Gualeguaychú, 21 de enero de 1965.
Vivencias del autor de la semblanza.

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