Lilia Rodríguez Otero

Por Naty Sarrot García

En 1937 egresa de la Escuela Municipal de Enfermería de Gualeguaychú la primera promoción.

Con el fin de propender a la capacitación de la juventud, el Gobierno Municipal había activado cursos y carreras cortas que –cuidados en su jerarquía docente, marcha administrativa y disciplina del alumnado– lograrían la habilitación técnica y científica de jóvenes, gran parte de ellos egresados del Colegio Nacional o de la Escuela Normal, en una ciudad aún aislada de los centros con carreras de niveles superiores. 

Abierta a comienzos de 1930, funcionaba esta Escuela de Enfermería con importante  inscripción. Recibía  clases  teóricas dictadas por profesionales médicos, en la Asistencia Pública, esquina de Rivadavia y Belgrano, hoy sede del ISPED; las prácticas se realizaban en el Hospital Centenario.

Con  su  título  en mano,  Lilia  Rodríguez Otero,  recién  egresada,  pasó  a trabajar en el área de Maternidad del Centenario, bajo  la dirección del doctor Carlos Altuna, de quien aprendió mucho y al que  llamó  siempre “Maestro”.

Por esos años estudió francés con  la religiosa Fonvier de  la Compañía de María. Llegó a dominar este idioma, que practicó toda su vida, a la par que el castellano.

Venciendo dificultades o, mejor dicho,  triunfando  sobre ellas, en aquella época y en un ámbito tan distinto al de la ciudad nativa, Lilia puso tesón y fe afianzada en su diploma. Así se le abrieron las puertas de importantes sanatorios en Buenos Aires.

Comenzó en el Arenales y tuvo la suerte de trabajar a la orden de una brillante generación de médicos, como los doctores José Arce, Julio Diez y los hermanos Finocchietto, entre otros. 

Su paso por otros nosocomios constituyó un medio hábil para superar sobre la marcha deficiencias de prácticas, elementos y circunstancias que el trabajo iba presentando. Su afán era llegar al Hospital de Clínicas, que constituía una reserva de profesionales extraordinarios. 

Nos dice Lilia Rodríguez Otero en un reportaje (Crónica Cultural, 25 de marzo de 1980): 

Pensando en todo  lo que representó para mí  la modesta escuela de mi pueblo, junté a varias personas que pensaban como yo y, aunque sabíamos que era una tarea muy difícil, aunamos esfuerzos y en 1947 presentamos un sencillo proyecto a la Secretaría de Salud Pública de la Nación y logramos que se formara el primer curso de instructoras de enfermeras en el que se anotaron cincuenta mujeres provenientes de hospitales de la Capital y del interior las que quedaron como instructoras de enfermeras en el país. Otras nos dedicamos a formar escuelas.

Insatisfecha aún, gestionó y obtuvo una beca de la Fundación Rockefeller y, con el aval de la Embajada de Francia, fue destinada a trabajar en el Hospital Americano de París por espacio de un año (1952-1953). Allí compartió la vida y la labor de la enfermería francesa.

Volvió a París en 1957, cuando ganó un concurso propiciado por el Centro Institucional de la Infancia para realizar un curso sobre Maternidad e Infancia. De él participaron diecinueve países. En 1967 regresó a Francia, invitada por el gobierno de ese país (56). Entonces expresó:

Eran momentos en que  la atención hospitalaria en ese país y otros  lugares del mundo operaba un cambio notable;  se  incorporaban nuevos conceptos como la socialización de la medicina, la extensión del servicio hospitalario a domicilio, la nueva visión de la geriatría de no solo prolongar la vida, sino de hacerla plena física, mental y socialmente. 

Para conocer mejor estos cambios viajó a Inglaterra, a Israel y a Alemania, de donde regresó a Argentina con las maletas llenas para fundamentar su actividad futura. 

En la etapa de su madurez se obsesionó con la idea de llevar la enfermería a la universidad y, en el Primer Congreso de Enfermería realizado en Argentina, en 1959, presentó un trabajo hecho con dos compañeras. En él expusieron opiniones comunes a favor de fundar una Escuela. Ese mismo año, gracias al apoyo del decano de  la Facultad de Medicina, doctor Florencio Escardó, se abrieron las puertas y la Escuela brindó óptimos resultados en los cursos básicos y en la formación de postgrados. 

Cuando era rector de la Universidad del Salvador, el doctor Rodríguez Castex acompañó su propósito de crear la Escuela de Enfermería de dicha casa de estudios. Nos decía Lilia Rodríguez Otero: “Tuve la suerte y el honor de ser elegida para trabajar con él para realizarlo”.

La fundación tuvo lugar en 1968. Se concretó esa nueva etapa con la entrega de tocas a las primeras egresadas.

Cumplida esta misión, le llegó a Lilia la jubilación, pero no el retiro. Cuando el doctor Gómez Villafañe se hizo cargo del Hospital Militar, la invitó para integrar el Servicio de Voluntarias; aceptó  la propuesta y trabajó durante diez años ininterrumpidos en esa tarea.

Lilia Rodríguez Otero, hija de Arnaldo Saturnino Rodríguez Lapalma y de Laura Evangelina Otero Gómez, había nacido en Gualeguaychú, el 28 de marzo de 1915, en un día jubiloso para la pequeña ciudad que recibía la visita de José B. Palacios, Almafuerte. Se casó con Juan C. Latessa. Falleció en Buenos Aires, el 23 de agosto de 2002. Sus restos descansan en el panteón familiar del Cementerio del Norte de su ciudad natal. 



56   De  su primer  viaje a París  (1952-1953) queda una  serie de  cartas escritas a  sus familiares de Gualeguaychú, en las que relata sus experiencias, con ricos detalles de sus recorridas por París. Estas fueron publicadas por El Argentino. Colaboró con artículos de su especialidad en la revista oficial del Ministerio de Asistencia Social y Salud Pública de la Nación, Educador Sanitario.

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