Angelina Lapalma

Por Monserrat Lapalma

Nació en Costa Uruguay, en 1894, en la estancia en la que entonces vivían sus padres. Cuando ella tenía 10 años, junto a su madre –ya viuda– y sus cinco hermanos, se trasladaron para vivir en Gualeguaychú.

Tomó la comunión en la Iglesia San José, en el año 1907, en ceremonia religiosa celebrada por el padre Colombo.

Ingresó a la Escuela Normal, de donde egresó en una de las primeras promociones de maestras. Ya recibida, cargó sobre sus hombros a la familia, tomó un tren y se fue a vivir y a trabajar a Diamante, lo que significó toda una aventura.

En Diamante conoció al amor de su vida, un militar dispuesto a casarse con ella; pero por mantener a su familia, Angelina no aceptó.

De regreso a Gualeguaychú, comenzó a trabajar en la Escuela Rocamora, donde se desempeñó hasta su jubilación (1944). Al mismo tiempo, para ayudarse económicamente, daba clases particulares. Todos sus días estaban dedicados a la enseñanza. Fue maestra de maestras, sembradora del abecedario, solo buscaba la sonrisa de los niños.

Tuvo la hechura de las grandes mujeres de la historia: espíritu forjado en coraje por fuera, pero con una profunda ternura por dentro. Fue feliz con ser dueña de un aula, de un libro y de la sonrisa traviesa que jugaba en el pupitre inventando la aventura del mañana.

Ya jubilada, ante el desconsuelo de su sobrina Monse, por no haber ingresado por sorteo al Jardín de Infantes de la Escuela Normal, crea el primer Jardín de Infantes privado de Gualeguaychú –podría haber disfrutado de un merecido descanso, pero su vocación pudo más–.

Allí concurrieron varias generaciones de niños, era una verdadera escuela de canciones, donde se aprendía a querer a la patria, al Himno, a la Bandera, a los próceres y a celebrar las fechas patrias.

Después, esos niños se educaban para entrar en primer grado superior, hacían libre primero inferior –de acuerdo con el diseño curricular de entonces–. En el mes de febrero, llevaba a los alumnos que preparaba a la Escuela Rocamora, para que conocieran un aula de verdad y el lugar donde iban a rendir.

Además de volcar su vocación en la enseñanza, también integró otras instituciones. Fue una gran trabajadora de la Asociación del Magisterio y de la Federación del Magisterio de Entre Ríos; también se desempeño como funcionaria en la Municipalidad.

Siempre vinculada a la educación y preocupada por ella, integró por muchos años la Comisión Directiva de la Biblioteca Sarmiento, en la que ejerció la presidencia en algunos períodos. Y en esta institución volcó sus dotes de educadora e impulsó la Biblioteca Infantil para despertar en los niños el gusto por la lectura.

La muerte de esta incansable sembradora no pudo borrar las huellas de su paso por la educación entrerriana y, particularmente, por la cultura de Gualeguaychú, su pueblo natal.

Fuente

Libros de Actas. Archivo de la Biblioteca Sarmiento.