María Leonor Morales Jardel

Por Marta Ledri

Porque a todos los que te enviare habrás de ir / 
y todo lo que yo te ordenare les dirás /  
No tengas miedo, que yo estoy contigo”
(Jer. 1, 7 -8)

La vida de María Leonor Morales fue larga, pero son escasos los datos de su infancia y primera juventud. Nació el 24 de diciembre de 1923, en Las Piedras (Mendoza), en el seno de una familia que se destacaba por su cultura y refinadas costumbres. Probablemente el verticalismo imponente de las montañas haya infuido en su carácter siempre en la búsqueda del Absoluto.

Su niñez estuvo marcada por  la prematura muerte de su madre y fueron una abuela y una tía quienes la iniciaron en la devoción a María Santísima y en el gusto por la lectura. Junto a su lengua materna, María Leonor aprendió con responsabilidad la lengua francesa que era un signo de distinción de la época y que hasta el final de sus días mantendría en uso. Su biblioteca personal contenía numerosas obras en francés, y dentro de las más amadas estaba la vida de Santa Teresa de Lisieux, que había leído desde niña e influido en su deseo de entregarse a la contemplación.

Hasta aquí  las pocas referencias de este tramo de  la vida que resulta tan significativo para la conformación de la personalidad.

Seguramente –y permítaseme la interpretación–, María Leonor “supo para siempre quién era” cuando discernió dentro de ella  la voz de Dios que  la llamaba a consagrarse a la vida religiosa. Escuchó a Dios y se escuchó a sí misma y en eso consiste ser fel a la vocación. Si hoy ella es evocada es porque antes fue convocada y aceptó confada su propia misión.

Ingresó a la Compañía de María en 1947. Allí pronuncia los Votos Temporales y los Solemnes después de realizar en Roma la Tercera Probación. Conjuntamente estudió en la Universidad de Cuyo y se graduó en la Facultad de Filosofía y Letras. La fe, la razón y la vocación de enseñar se conjugaron armónicamente en su persona.

En 1957 se le encomendó la tarea de hacerse cargo del Colegio de Gualeguaychú y fue así que abandonó definitivamente sus altas tierras por estas verdes llanuras. El Instituto Malvina Seguí de Clavarino, más conocido como Villa Malvina, era por aquellos años un centro de enseñanza de pocos alumnos aunque con una oferta educativa completa. La llegada de María Leonor al establecimiento signifcó un gran cambio. Ella, que desde pequeña se había entregado confiada a las manos de María, venía además enriquecida con el Carisma de Juana de Lestonnac, fundadora de  la Compañía. Como testigo de la Santa, adhirió a la educación personalizada. Los principios de Miguel de Montaigne que habían inspirado el proyecto educativo de Juana de Lestonnac en la Europa renacentista fueron puestos en práctica en las aulas de Villa Malvina. María Leonor formó a los docentes en el respeto por la libertad, la creatividad y la individualidad del alumno. 

En una de las últimas charlas que mantuve con ella me dijo que todos aspiramos a erigirnos como modelos, pero que la Compañía de María necesitaba testigos. Su humildad la había inclinado a testificar, pero sin proponérselo se convirtió en un modelo de docencia.

Fue una mujer de silencio, pero también de palabras justas; fue una mujer de oración, pero también de acción.

Su  capacidad de discernimiento  la  impulsó en  1960 a  crear nuevas aulas. 

Refaccionó  la Capilla del Colegio, apreciada en  la ciudad por su exquisita arquitectura. Gestionó la creación de la sección comercial en el nivel secundario. Organizó y asesoró durante años la Unión de Padres de Familia. 

Promovió el Taller Lestonnac para mujeres con vocación solidaria. Incorporó el Jardín de 4 años y destinó para el nivel inicial una parcela hermosísima del colegio que permite la socialización del niño en contacto directo con la naturaleza. Convocada por monseñor Chalup, participó en la creación del Instituto de Profesorado Sedes Sapientiae y fue su primera rectora. Tramitó en compañía de su gran amiga, la hermana María Romero, las cuatro primeras carreras que se dictaron en esa Casa de Altos Estudios: Letras, Ciencias Económicas, Ciencias Naturales e Historia; posteriormente se incorporaría el Profesorado de Inglés.

Fue Superiora de las comunidades de Gualeguaychú, Mendoza, Bahía Blanca y Céspedes. Miembro del Equipo Provincial, presidenta de la Junta de Religiosas de Gualeguaychú, profesora de Filosofía en el Seminario Diocesano y miembro de la Junta de Catequesis.

Atenta a  las necesidades de  los  tiempos,  consideró oportuno en  1988  la incorporación de los alumnos varones a la institución. 

Mandó construir un Oratorio en la Comunidad de Hermanas y se dedicó en su última etapa a formar en el carisma a los docentes que ingresaban a la comunidad educativa.
María Leonor fue hasta el final de sus días una mujer de manos tendidas. 

Una vida no puede agotarse en el espacio de la escritura y más cuando esa vida ha sido tan rica en obras de justicia.

María Leonor se encontraba trabajando en la preparación de la Celebración de los 400 años de la Compañía de María cuando falleció en Gualeguaychú, el 22 de febrero de 2007.

Comments