Calle Fray Mocho


Pseudónimo de José Seferino Álvarez (1858-1903). Escritor y periodista argentino famoso por sus retratos costumbristas y de época, frecuentemente escritos en clave humorística.

Nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos Argentina el 26 de agosto de 1858. Hizo un primer viaje a la ciudad de Buenos Aires en 1876 y luego se afincó en tal ciudad hacia 1879 cuando tenía 21 años. Era conocido por sus amigos como "Mocho”, y más tarde se agregó al seudónimo el título de “Fray” (un fraile, en la Iglesia Católica).

Escribió en numerosos periódicos: El Nacional, La Pampa, La Patria Argentina, La Razón; en revistas: Fray Gerundio (de corta vida), El Ateneo, La Colmena Artística, Caras y Caretas.

Escribió ensayos acerca de la vida en Buenos Aires de la última parte del siglo XIX: Esmeraldas, Cuentos Mundanos, La vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y sus maneras de robar, Memorias de un Vigilante.

En 1898, publica el libro En el Mar Austral o La Australia Argentina muy interesante novela documental en la cual relata, merced a numerosos datos obtenidos por marineros y exploradores argentinos, la vida y los paisajes de la región fueguina a fines del siglo XIX.
Calle Fray Mocho


Gualeguaychú, 26 de Agosto 2015

Fray Mocho: Homenaje en su día

Escrito por el Dr. Gustavo Rivas


Hoy, se conmemora el 157° aniversario del nacimiento de este copoblano que ganó con holgura un lugar prominente en las letras argentinas. Nació en 1858 en la casa de la calle que se denomina con su apodo, la que –dicho sea de paso- se debate hoy entre un pasado honroso y un destino incierto.

Se llamaba José S. Alvarez y entre los muchos líos que armó quien se revelara luego como un genial transgresor, debemos recordar el del significado de la “S”. Después de ensayársele, Sixto, Serafín y similares, puso final a la discusión otro copoblano, el Dr Pedro Luis Barcia, quien no argumentó mucho; simplemente y aprovechando su condición de gualeguaychuense se fue a consultar los libros de la parroquia local, hasta dar con la fe de bautismo en que figura José Zeferino. Pero ¡oh sorpresa! la “Z” no cuadraba con la inicial que estampaba en su firma, hasta que se supo que en su niñez al querer cambiarla por la “C” que en puridad hubiera correspondido, sus compañeros de clase le modificaban el José C. por Jodasé Alvarez. Y entonces la cambió por la “S” que no sería muy correcta, pero aventaba la broma. Por suerte tuvo tiempo suficiente para desquitarse, porque las bromas que él mismo hacía, figuran en libros de prestigio similar a los suyos. Pero no nos adelantemos.

Después de cursar la escuela primaria, prosigue sus estudios en el Histórico Colegio de Uruguay donde recibe el apodo “Mochopor su pelo crespo y achatado según algunos, o por su cara picada de viruela según otros, o por ambos motivos. Se agrega el “Fray” cuando empieza a escribir.

Allí se hizo de amigos que tuvo por el resto de su vida como el talense Martiniano Leguizamón y habiendo recibido ambos la misma formación, produjeron obras dentro del genero criollista, de similar raigambre. El ingenio de aquellos estudiantes se puso de manifiesto cuando el gobierno de Avellaneda cortó en 1877 las becas con que se sostenían: Fundaron La Fraternidad, entidad ahora centenaria para procurarse ayuda de reemplazo y entre las muchas ocurrencias que pusieron en práctica, crearon una compañía de teatro ambulante que actuaba en todos estos pueblos. De ese grupo surgieron autores como el nombrado Martiniano Leguizamón y otros cultores del género que alcanzaron celebridad nacional como los hermanos Pedro y Martín Coronado. Los compañeros de Fray Mocho tenían que cuidarse de su ya incisiva pluma, porque hacía circular un pasquín – El Diablo- el seno del colegio, donde nadie se salvaba de sus pullas. Y como alguna vez los reproches pasaron de las palabras, le agregó a su condición de editor responsable, el aditamento “con el lomo”. (Salvando las distancias, quien esto escribe ensayó hace unas décadas un experimento similar, pero por suerte nunca tuvo que poner el lomo). Aquella verdadera juvenilia entrerriana (también fue muy migo de Miguel Cané) es rememorada luego por Leguizamón en Alma Nativa en la que no faltan relatos del chispeante Mocho, como el ya célebre “¿Sabés silvar?”.

El hermano mayor de Martiniano, Onésimo Leguizamón, le consiguió una beca para la Escuela Normal de Paraná, pero poco duró en esa carrera el incorregible transgresor que se enfrentó con su Director José María Torres y abandonó sus estudios, no sin antes dejar otro rico anecdotario en Paraná donde, entre otras aventuras, incursionó como profesor de magia negra.

Ayudado siempre por Onésimo, que ya era Ministro de Educación de la Nación, se trasladó a Buenos Aires donde se empleó como redactor en distintos medios y como la necesidad tiene cara de hereje, también trabajó en la Sección Pesquisas de la Policía Federal. Cualquiera en su lugar se hubiera sentido deprimido y falto de inspiración. ¿Qué podía hacer un literato en ciernes metido en una comisaría? Pues ni lerdo ni perezoso, aprovechando su función, extrajo de su contacto diario con el submundo de la delincuencia, una riquísima galería de personajes: vagos, rateros, escruchantes, estafadores etc., que fue volcando a través de su otro oficio, en crónicas periodísticas que luego recopiladas, dieron lugar a la mas célebre obra del género: Memorias de un Vigilante.

Y así peregrinó por El Nacional desde 1879, para pasar como cronista policial a La Pampa, de Exequiel Paz, La Razón de Onésimo Leguizamón, Patria Argentina, de los hermanos Gutiérrez, Ricardo y Juan María, recalando finalmente en La Nación.

Fue testigo de un momento muy especial en Buenos Aires. La gran aldea empezaba a transformarse con rapidez, cuando la riqueza creciente se volcaba en nuevos edificios y oleadas de inmigrantes completaban el cambio en la fisonomía urbana.

Mientras algunos rechazaban a esos nuevos moradores trasplantados desde lejanas tierras, Fray Mocho se mezclaba con ellos en el puerto, en los bares, en conventillos y pudo captar el filón de sus rasgos más característicos, para caricaturizarlos con ingenio y maestría. Pero al igual que pincel en mano lo hacía en el siglo siguiente Florencio Molina Campos con sus gauchos (que se iban), Fray Mocho trató a sus personajes (que llegaban) con un inocultable fondo de cariño. Luego se integraron a la sociedad que los recibía borrando las diferencias. Pero quedaron las páginas magistrales de aquel testigo singular.

En su vasta obra utilizó además del que lo hizo célebre, otros seudónimos, como Fabio Carrizo, (el supuesto vigilante) Nemesio Machuca, Gavroche (un personaje de Los Miserables) y entre sus personajes recordamos a Saturnino Camándulas, el Dr. Zorrito y Canuto Bochín.

Y así van apareciendo sus obras: Esmeralda, cuentos picarescos; Viaje al País de los Matreros, donde describe con singular realismo los paisajes y la vida de los pajonales del sur de nuestro departamento, al que visita con motivo de una misión de la Marina. Con no menos realismo, su obra En el Mar Austral contiene descripciones detallistas de los más característicos paisajes fueguinos, como el canal de Beagle, sus islas, playas y bahías. Pero lo sorprendente es que a diferencia del libro anterior, jamás conoció esos parajes, ya que nunca pasó de Bahía Blanca.

En 1898 funda con Eustaquio Pellizer y Manuel Mayol la revista Caras y Caretas que luego dirige hasta el final de su vida. Fue por medio siglo el mas prestigioso semanario argentino, cuya colección es una reliquia que conserva entre otros, el Instituto Magnasco.

Entre las muchas páginas que dedicó a su pueblo natal, no pueden dejar de recordarse la que refiere al episodio de Gonzalo Pérez de Lavigna que da origen a la capilla fundacional y a la descripción que hace del Gualeguaychú de entonces en Notas de Viaje en la que resalta el proverbial humor de sus pobladores.

Muere en Agosto de 1903 a los 45 años y años después se publican como obras póstumasCuentos, donde se vuelca lo mejor su repertorio costumbrista y en 1920 Salero Criollo, que contiene las mejores anécdotas de sus épocas juveniles.

En 1953 sus restos fueron traídos a nuestra ciudad por una iniciativa popular.

En 1979 nuestro copoblano Pedro Luis Barcia publicó una excelente recopilación de cuentos olvidados con un enjundioso prólogo, bajo el título Fray Mocho Desconocido.

Hoy su nombre es recordado como uno de los más conspicuos escritores de la célebreGeneración del 80. Por eso ha servido también para nominar uno de los más importantes premios literarios de la actualidad.

Conservamos su memoria: Conservemos su casa.


Fuente:  Cartografía de Proyecto Mapear. Dr. Gustavo Rivas.


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