Un final en la ruta
Atardecía el 24 de agosto de 1967. En una carretera de Corrientes, cerca de Curuzú Cuatiá, un Ford Falcon se estrelló violentamente contra la cabecera del puente sobre el arroyo Ocanto,. Al volante iba un hombre de 73 años que, fiel a su estirpe, murió "en su ley": trabajando y en movimiento,. Ese hombre era Juan Francisco Morrogh Bernard, el "silencioso hombre de las obras", quien había cambiado para siempre la fisonomía de Gualeguaychú y el destino de la ganadería argentina.
La herencia del "Inglés Gaucho"
Su historia comenzó mucho antes, el 29 de marzo de 1894, en Gualeguaychú,. Era hijo de Blanca Chichizola y de Beltrán Morrogh Bernard, un inmigrante irlandés que llegó en 1872 y al que apodaban el "inglés gaucho" por su destreza en las lides camperas.
El destino de Juan Francisco parecía marcado por una extraña dualidad entre la vida y la muerte, el deber y la pasión. En 1919, el mismo día en que contrajo matrimonio con Eugenia Grave de Peralta —con quien tendría siete hijos—, su padre falleció repentinamente.
Recién graduado de la primera promoción de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Nacional de La Plata, el joven Juan Francisco debió hacerse cargo de inmediato de los campos familiares.
Cabaña "La Estrella": Un laboratorio a cielo abierto
En el campo, Morrogh Bernard no fue un simple administrador, sino un visionario científico. Transformó la estancia "La Estrella", en la zona de Gilbert, en un emporio de progreso que maravillaba a propios y extraños.
Obsesionado con la calidad, viajó a Estados Unidos, Inglaterra y Nueva Zelanda buscando la genética perfecta.
Fue un pionero absoluto: introdujo la inseminación artificial en Argentina importando semen desde Canadá y logró que, en 1943, naciera en su cabaña el primer ejemplar de la raza "Polled Hereford" del país.
Su disciplina era espartana: se levantaba antes que sus 126 empleados para dirigir una maquinaria que funcionaba con precisión milimétrica.
El político de las pocas palabras
Pero su ambición constructiva no cabía dentro de las alambradas de una estancia. En 1926 ingresó a la política como Senador Provincial y luego, entre 1932 y 1943, brilló como Diputado Nacional por el Partido Demócrata Nacional.
A diferencia de los caudillos de su época, Morrogh Bernard detestaba la retórica vacía. Su lema, repetido por la prensa, era tajante: "Hechos, no palabras". No era hombre de discursos memorables, sino de respuestas concretas. "Hablaba poco, pero hacía y conseguía mucho".
La gran transformación: Una muralla contra el río
Su obra cumbre fue una jugada maestra de estrategia política. En la década de 1930, Gualeguaychú sufría inundaciones y su zona ribereña era un "bajo anegadizo" lleno de matorrales y astilleros viejos.
Morrogh Bernard ideó un plan colosal. Presentó ante el Congreso un proyecto para modernizar el Puerto Comercial, sabiendo que la infraestructura productiva era prioridad nacional. Pero, bajo la etiqueta de "obras complementarias" de defensa y acceso, incluyó la construcción de la Avenida Costanera y la pavimentación de los accesos a la ciudad.
Así, con la draga M-19 refulando toneladas de tierra del río, levantó el nivel del suelo y creó el paseo que hoy define a la ciudad, adornándolo con sus característicos obeliscos. Fue una obra "ciclópea" que, según los vecinos, adelantó a la ciudad un siglo.
Rompiendo el aislamiento
Su obsesión era conectar a su provincia, que vivía aislada por los grandes ríos. Gestionó el sistema de balsas - ferries desde Puerto Constanza a Zárate, uniendo por primera vez a la Mesopotamia con Buenos Aires para el tránsito automotor. Pavimentó la Avenida Del Valle y la calle Urquiza al Oeste, y ensanchó la calle Luis N. Palma, creando la columna vertebral que unía el puerto con la ciudad y las rutas.
Luces y sombras
Su figura, imponente y ejecutiva, no estuvo exenta de la oscuridad de su tiempo. Se lo vinculó a los trágicos sucesos del 1 de mayo de 1921 en la Plaza San Martín, donde hubo enfrentamientos letales entre la Liga Patriótica y grupos obreros anarquistas amparados bajo la bandera roja de la Fora que aspiraba al comunismo anárquico aboliendo el estado y el capitalismo. Sin embargo, la justicia lo sobreseyó tras una exhaustiva investigación que no pudo probar su responsabilidad penal ni que portara armas, quedando el episodio como una mancha confusa agitada por sus detractores políticos.
El legado final
Morrogh Bernard no solo construyó caminos y muelles. Pensó en la cultura y la educación: impulsó la creación de la Escuela Profesional de Mujeres (hoy ENET Nº 2), la Sección Comercial del Colegio Nacional y el edificio del Instituto Magnasco. También protegió la historia, siendo el autor de la ley que declaró Monumento Nacional y estatizó el Palacio San José, salvándolo de la ruina.
Murió como vivió: transitando caminos. Un año después de su muerte, la ciudad que él transformó le rindió el homenaje definitivo, bautizando a su amada Costanera con el nombre de "Avenida Morrogh Bernard" y colocando su busto de bronce frente a los obeliscos que él hizo levantar, mirando eternamente hacia el río que logró domar.
Compilación: Agrimensor Patricio Alvarez Daneri
Fuentes Consultadas: