Viajar desde Gualeguaychú hasta Buenos Aires era, en aquellos años, una verdadera odisea.
No se trataba solo de recorrer kilómetros: era romper el aislamiento de Entre Ríos, desafiar la tierra, el río y el clima.
La travesía combinaba caminos de tierra, luego de ripio, ómnibus sin climatización y cruces fluviales interminables. En condiciones normales podía durar entre nueve y doce horas, aunque el tiempo se multiplicaba si la lluvia, la niebla o el barro se interponían.
El Camino: El sueño de David Della Chiesa
La ruta no existía a principios de siglo. Fue David Della Chiesa, un inmigrante italiano, quien en 1928 formó un consorcio vecinal para construir el camino a través de montes y bañados, moviendo a mano y con maquinaria precaria 55.000 metros cúbicos de tierra,.
El "engaño" estratégico: Para que los vecinos confiaran en el proyecto, Della Chiesa dijo inicialmente que el camino llegaría solo hasta Médanos. Sin embargo, al llegar allí en 1929, reunió a los consorcistas y cambió el cartel del camión de la obra por uno que tenía guardado en secreto: "Consorcio Gualeguaychú-Buenos Aires", diciéndoles: "¡Muchachos, hasta Buenos Aires no paramos!",.
La hazaña: En junio de 1933, Della Chiesa realizó el viaje inaugural en su Fiat, cruzando los ríos en barcazas precarias y subiendo el auto con lingas y guinches por las escalinatas de la Aduana de Zárate, para ganar una apuesta al presidente Agustín P. Justo llegando a la Plaza de Mayo.
Los Colectivos y las Empresas Pioneras
Con el camino abierto, surgieron los primeros transportistas.
El pionero fue Ulises Luciano con su empresa "El Caballito Criollo", cuyos coches plateados salían tres veces por semana.
Luego apareció Pablo Bendrich y más tarde Herman Fandrich, quien compró la línea de Luciano y la renombró primero "El Gran Zeppelin" y luego "Expreso General Urquiza".
Fandrich intentó modernizar la flota con unidades Volvo y Büssing (con frenos de aire y palanca al volante), pero la ruta de tierra era implacable y "hacía trizas" los motores ubicados en la parte baja de estos vehículos modernos.
Terminales de ómnibus
La historia de las terminales de ómnibus en Gualeguaychú se divide en tres etapas bien marcadas: la época de las "terminales propias" de cada empresa pionera, la inauguración de la "Vieja Terminal" en los años 60 y el traslado a la ubicación actual.
La Era de las Terminales Privadas (1930s - 1960)
Antes de que existiera un edificio público centralizado, cada empresa tenía su propio punto de partida, generalmente ubicado en hoteles, garajes o locales comerciales en el centro de la ciudad.
"El Caballito Criollo" (Ulises Luciano): Fue una de las primeras. La venta de pasajes y salida se realizaba en la calle Francia (actual Colombo) Nº 461.
Empresa de Pablo Bendrich: Sus coches partían de la calle 25 de Mayo Nº 562 (entre Mitre y 3 de Febrero).
Herman Fandrich (Zeppelín y Expreso Urquiza):
En sus inicios (1933), cuando viajaba a Uruguay, usaba como base el Hotel Alemán.
Más tarde, sus coches salían desde el Hotel París a las 9 de la mañana.
Finalmente, cuando consolidó la empresa "Expreso General Urquiza", se instaló en un amplio local alquilado a la familia Parma en la Avenida Rocamora 176 (entre Andrade y Bolívar). Esta funcionaba como una verdadera terminal propia: tenía talleres, lavadero y un buffet para los pasajeros.
Expreso Azul: La empresa nació en la ciudad de Colón, Entre Ríos, y fue adquirida por los Hermanos Podestá. Su última terminal estuvo ubicada en el predio donde hoy está el Sanatorio "San Lucas", con entrada y salida por Urquiza y 25 de Mayo Nº 523.
En Buenos Aires: La terminal de llegada para la línea de Fandrich (Expreso Urquiza) estaba en el barrio de Once, en la calle La Rioja 236/238.
La Terminal de Omnibus de la ciudad (1961 - 2001) edificada sobre la parte trasera del Mercado, dando a la calle Bolívar (el mercado ocupaba la manzana de San Martín, Chalup y Bolívar). Fue el primer edificio público diseñado específicamente como estación de ómnibus se construyó adosado al Antiguo Mercado Municipal.
La Gestión y Construcción fue impulsada por el intendente Ingeniero Ignacio H. Bértora (1958-1962). Se inauguró en 1961, convirtiéndose en la primera terminal moderna de la provincia. Sus paredes estaban decoradas con azulejos que el intendente había conseguido de la Fundación Eva Perón, los cuales aún perduran en parte de la estructura actual (hoy Centro Comercial). Posteriormente, siendo intendente Emilio Martínez Garbino, se la bautizó con el nombre de "Ignacio Bértora".
Debido al crecimiento de la ciudad y el aumento del tráfico, la terminal céntrica quedó obsoleta. En enero de 2001, la terminal se trasladó a su ubicación actual, en la intersección de los bulevares Artigas y Jurado.
El Cruce del Río Paraná
El mayor obstáculo era el río, y su cruce evolucionó en tres etapas:
Los años 30 y las lanchas: Los primeros colectivos, como "El Caballito Criollo" de Ulises Luciano, llegaban hasta Puerto Constanza. Allí los pasajeros descendían y cruzaban en lanchas -como las de Galofré- hacia Zárate o San Fernando, donde retomaban otro transporte rumbo a la Capital,.
La “Balsa Larga” (desde 1946): Herman Fandrich dio un paso decisivo: logró que el ómnibus cruzara con los pasajeros arriba. El colectivo subía a la balsa en Puerto Constanza y navegaba tres horas y media por el Paraná Guazú y el canal Irigoyen hasta Zárate.
La Isla Talavera (fines de los 50): Se habilitó un camino de tierra que desdoblaba el cruce fluvial en tramos:
Primero se llegaba a Puerto Constanza por la antigua Ruta 12 y Holt Ibicuy. Desde allí se bordeaba el Paraná Guazú hasta Brazo Largo. Luego, una balsa cruzaba hacia la Isla Talavera en apenas 1,5 km de agua. La isla se recorría en 25 km de tierra hasta alcanzar el "Paraná Las Palmas", frente a Zárate.
Finalmente, otra balsa cruzaba el río en un tramo menor de 1 km, y desde allí se retomaba la antigua ruta 9 hacia Buenos Aires, en un envidiable y esperado pavimento.
Anécdotas de un Viaje Inolvidable
Las dificultades del trayecto generaban un fuerte sentido de camaradería y situaciones que hoy parecen irreales:
Empujar en el barro: Cuando llovía, los colectivos se empantanaban. Era común que los hombres tuvieran que bajar y embarrarse hasta las rodillas para empujar. En tramos críticos, los pasajeros bajaban para que el vehículo cruzara liviano el fango y ellos lo seguían a pie,.
Rostros "fantasmagóricos": En verano, el calor obligaba a abrir las ventanillas, permitiendo la entrada de nubes de polvo de la ruta de tierra. Al llegar a destino, los pasajeros tenían los rostros blancos y aspecto de fantasmas por la tierra acumulada.
Las "comilonas": Como el viaje era eterno, la gente llevaba provisiones: gallinas rellenas, vino, pan y frutas. Se armaban grandes banquetes compartidos a bordo, donde todos terminaban siendo amigos,.
La espera en la niebla: En invierno, si había niebla, las balsas no navegaban de noche. Los pasajeros debían dormir sentados en el ómnibus detenido hasta que aclarara la mañana siguiente,.
El comercio de la espera: Las largas colas en Puerto Constanza por la capacidad limitada de las balsas hicieron surgir vendedores ambulantes, puestos de comida y hasta un "hotel" para atender a los viajeros varados.
Recopilación: Patricio Alvarez Daneri con fuentes de Gualepedia.