• Excursión 694. 23 Agosto de 2017. Miércoles.
El Toscal. Los Roques.
Municipio: Los Realejos
De 14.34 a 16.45h. De 162 a 0 a 162m.
Distancia: 4,2km. Duración: 2h 11m.
Atravieso el barrio del Toscal para visitar los alrededores por donde hay plataneras en funcionamiento, plataneras abandonadas que se pueden transitar por senderos que llevan hasta la costa donde exploro una plataforma peligrosa sobre el mar, más senderos hasta la costa y vistas sobre los famosos roques
Logro dejar el coche delante de un bar en la calle Longuera. En la terraza del bar siento un ambiente relajado. Caminando sigo calle adelante hasta encontrar una lateral a la izquierda que baja por una escalera (peatonal Gara). El Toscal es un pueblo moderno y agradable, aunque me resulta poco interesante, todo es demasiado nuevo y funcional. Han invertido mucho dinero en renovar o construir y no quedan apenas vestigios de casas antiguas. Sigo por la calle La Hoya que ya está limitada por plantaciones de plátanos. El Toscal aparece en el mapa como una verdadera isla, muy claramente delimitada. Sigo bajando y me meto por una calle estrecha (Atlante) con casas más humildes, pero en buen estado hasta que sin salida al final me meto por una transversal, llego a la calle La Barca y sigo bajando por ella por unas escaleras hasta unas plantaciones de plátanos abandonadas. Es un inmenso espacio aterrazado pelado donde sólo crecen yerbas, ahora secas. Hay un gran depósito de agua vacío en la parte de arriba. En la parte de debajo de la calle La Barca está la entrada a una galería, debía ser la que surtía de agua a la platanera. Como es usual la galería está bien señalizada y bien cerrada, también.
Entro en la plantación, paso unas casetas en ruinas y llego hasta un espacio en el borde de un talud donde han puesto un sillón y al lado y encima de una silla hay hasta un cenicero, es un mirador, ya que debajo del talud están los famosos roques con la playa de cayados y el edificio alto azul del hotel Maritim a la derecha. Deben venir aquí por las noches a ver Los Roques y las luces del hotel Maritim y de las urbanizaciones (Romántica II). Exploro el borde del talud, pero tras bajar unos quince metros vuelvo a subir, no veo sendero y es demasiado peligroso. Deambulo por la plantación abandonada y poco a poco voy encontrando la manera de bajar. Un barranquillo pasa por el centro de la plantación. Bajo por la izquierda del barranquillo. Al otro lado y en una esquina hay una caseta con muchas plantas alrededor, pero no parece habitada. Me asombra lo grande que es este terreno. Paso un canal de agua cubierto (95m), lleva agua y alrededor crecen algunas plantas. Encuentro una bajada por una lengua de terreno que sobresale, paso una caseta en ruinas. Todo está seco, como quemado, no hay demasiada basura para ser un sitio tan tirado. Se nota que es un lugar de paso, la yerba está muy pisada. Llego a unas terrazas, por sus laterales va la bajada, con escalones en algunos tramos. Cada vez me acerco más a los roques y la franja de vegetación xerófila de la costa, tabaibas, incienso, cornicales, tuneras.
Alcanzo el sendero que va hacia Los Roques (viene de la Romántica II). Al lado hay una caseta que alguna vez tuvo que estar habitada. Cruzo el sendero y sigo hacia abajo por un camino entre terrazas, me acerco a una especie de chamizo de cañas, pero no encuentro la manera de bajar por el cauce del barranquillo. Tengo que volver al sendero y a la derecha enseguida encuentro la bajada por el barranquillo. Entre el olor fuerte de los tarajales y las palmeras robustas voy encantado bajando. Hay dos casetas en un llanito arenoso en el cauce ¿vivirá alguien en ellas? Sigo bajando y la última parte hasta llegar al mar es por una escurridera de piedras. Estoy justo enfrente del roque pequeño (15.25h). En el borde del mar hay un melange de rocas negras que han caído de las laderas, que se están desmoronando continuamente. Los cangrejos negros huyen nerviosos cuando me acerco, siempre me choca cómo se mueven, de lado, como jugadores de fútbol esquivando a un contrario, o como niños jugando a la prenda. El mar no está muy alborotado, pero la disposición caótica de las rocas, amontonadas y unas sobre otras crea cuevas donde la mínima ola hace un bufadero y el agua sale despedida hacia arriba haciendo ruido y asustándome. Me gusta el olor y el peligro de la pared arenosa donde veo las rocas grandes colgando por fuera de la pared. Aquí hay una verdadera cascada de piedras. Hasta el mismo borde del agua lleva un sendero que en el suelo polvoriento y de arena se ve muy bien.
Después de tocar el agua subo por el camino y no vuelvo por donde vine, sino que sigo por el saliente enfrente del roque. Tengo que rodear por un pequeño sendero un gran cardonal que casi me empuja hacia el mar con sus brazos con espinas en las esquinas. Es un saliente que es parte de una gran lengua de terreno bajo y volcánico que forma una gran terraza de altura variable sobre el mar pero que nunca desciende hasta el nivel del mar. Aquí veo a un pescador en el borde del agua. Lo saludo. Con su cubo, sus cañas y sus bolsas de plástico. El día está gris, por eso puedo estar por aquí, si no el calor me echaría. Voy por el borde rocoso con mucho cuidado, todo es puntiagudo y peligroso en estas rocas negras. Por encima de esta gran terraza volcánica hay muchos senderos que suben entre las plantas de hojitas carnosas por terreno resbaladizo. Sigo hasta rodear una esquina de la terraza, bajo un poco y veo a otro pescador que está muy afanado con dos cañas de aquí para allá. Paso a su lado, apenas me saluda. Sigo hasta que termina la gran terraza. Debajo el mar bate en un entrante y hay una inmensa roca negra del tamaño y la forma de una guagua pequeña, está de pie en el borde del agua, sólo una esquina dentro del agua. Cuando la ola la golpea se vuelve de negro azabache y mate. Tengo una sensación de cataclismo enorme. Claramente veo de donde se ha desprendido en la pared esta roca. Me atrae asomarme al borde, pero no me acerco, es mi jueguecito con el peligro, me dan ganas de ponerme en el borde y sentir el vértigo, pero inseguro de donde está el borde me quedo a una distancia prudente. Le doy vueltas hasta conseguir más vistas de la roca. La costa es un acantilado de rocas basálticas. Se ven restos de canales en la pared.
Regreso y le doy la vuelta a la esquina y subo por un senderillo hasta el sendero de piedra marcado. Avanzo hacia la derecha y paso por debajo de grandes rocas. Llego hasta un sitio tapado por una puerta de madera, por aquí se puede avanzar por un sendero al lado de un canal, pero ya es terreno muy peligroso. Paso bajo un arco de piedra bajo y sigo ladera arriba. Más plantas por aquí, guaydiles, palmeras, acebuches, inciensos, cornicales, tarajales, cañas, tabaibas, vinagreras, magarzas. Me gusta el ambiente y el olor. Subo con bastante pendiente por el sendero empedrado y llego a la urbanización La Romántica II. En la calle Ágaves me fijo en que la mayoría de los chalets tienen nombre en la pared. El nombre está escrito en cursiva y minúsculas. Es como si de la punta de un inmenso bolígrafo Bic saliese una tira de hierro negro escribiendo las letras en el aire. Los nombres son de toda clase: Ammerland, Simon, Galla, Lydia, Ana y Joaquín, Schöneck. Subo por otra calle de esta urbanización y también tienen los nombres en la pared. Las parcelas son grandes y en cada una hay un chalet. Se ve que está bien cuidado, con un ejército de jardineros y bastante seguridad, también.
Salgo de la urbanización y llego de al borde del Toscal. No entro en el barrio, sino que lo rodeo por la calle que va entre las casas y la plantación de plátanos. Tan grande como la abandonada, pero en plena forma con sus filas regulares de grandes plataneras y las piñas de plátanos cubiertas por grandes bolsas de plástico transparente. ¿Por qué una plantación fracasó y otra sigue, por qué una se transformó en una urbanización (La Romántica II) y otra no? Llego a la única calle del Toscal (Jazmín) que todavía tiene algunas casas antiguas. Una sí me recuerda a las casas bajas marineras. En la esquina hay un bar con bastante movimiento del que sale un olor fuerte a escabeche, pescado en adobo y pollo frito. Avanzo hasta un enorme hotel, todas las habitaciones con vistas estupendas hacia el mar y la ladera de Tigaiga. Por aquí hay dos campos de fútbol y se ven deportistas y padres de deportistas esperándolos. Me acerco hasta el final de la calle y veo a lo lejos el barrio de San Vicente y el túnel. Vuelvo callejeando hasta la calle donde dejé el coche. Intento comprar mermelada de naranja amarga de la Vieja Fábrica, pero sólo tienen de melocotón y de fresa.
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