• Excursión 1354. 7 Diciembre de 2021. Martes.
Playa del Muerto.
Municipio: Santa Cruz
De 14.36 a 18.07. De 25 a 90 a 3 a 130 a 0 a 100 a 0 a 160m.
Distancia: 10,1km. Duración: 3h 31m
Recorrido variado por zonas industriales, urbanas, viejas pistas, senderos serpenteantes, asentamientos precarios, un barranco impactante (del Muerto), un hermoso tabaibal, y los bordes de una zona urbana
Salgo de la estación de guaguas de Santa Cruz en un día gris que amenaza lluvia. Subo por la calle paralela a la avenida 3 de Mayo atravesando la zona comercial densa, aunque a esta hora no hay demasiados compradores por la calle. Tras pasar el centro comercial Meridiano ya voy rodeando las enormes instalaciones de la refinería (me llama la actitud proactiva del securitas a la puerta de la refinería, ya está muy alerta solo con verme pasar por delante) por una acera en buen estado con mucho tráfico que accede a Santa Cruz. Son riadas de coches que bajan y se paran en el semáforo. Es otra manera de verme a mí mismo bajar despreocupado en el coche para yo también entrar a Santa Cruz. Empieza a llover y tengo que abrir el paraguas. Por el barrio de Buenos Aires ya me puedo alejar del tráfico. Este pequeño barrio cortado por la autopista de edificios bajos es una zona comercial y de naves industriales con coches aparcados casi en las aceras. Tras el barrio siguen grandes avenidas de talleres industriales, muchos cerrados. A la izquierda y por el olor desagradable se nota la presencia de la refinería. Los camiones cargados de contenedores hacen mucho ruido al pasar por el asfalto baqueteado y agujereado. Tengo que cambiar de acera para evitar uno grande aparcado subido sobre la acera. La lluvia fina terminó enseguida y puedo volver a la simple preocupación de atravesar este lugar inhóspito. Unas cuatro calles antes de terminar este polígono industrial me desvío por la izquierda por una carretera sin arcén ni acera y pegado a unos grandes bloques de cemento desciendo a otra carretera por la que sigo hasta atravesar una autopista por un túnel y llegar a una rotonda en donde por fin puedo dejar atrás toda zona industrial que aísla la ciudad.
Inmediatamente estoy en un sendero, en el campo entre pencas y tabaibas con vistas hacia la ciudad y el palmetum. Ha sido una travesía por un infierno urbano e industrial. Pero ya he llegado a lo bueno. El día sigue gris, apagado. Bajo por el camino pedregoso hacia la costa, hacia un pequeño enclave de casas autoconstruidas con materiales improvisados que está en la desembocadura de un pequeño barranco –La Resbalada (el track de la excursión no lo recoge, pero sí baje hasta el mar). En el enclave hay actividad. Atravieso el pequeño cauce por un puentito de madera mientras un perrillo me acosa, un vecino lo llama. Remonto por un camino sujetado en tramos con troncos en perpendicular formando escalones hasta una pista ancha y unos 250 metros después tomo a la derecha en una bifurcación. Tengo a la vista los muros de contención de la autopista y descubro un viejo nido de metralleta (un bunker) pegado al muro. La pista, con tramos de asfalto muy destrozado va subiendo rodeando pequeños barranquillos. Un árbol de ramas que parecen hojas cilíndricas es el único superviviente a los mil cambios que se han debido producir en la zona por el abandono de las instalaciones militares de Hoya Fría y la construcción de la autopista. Todo está tan removido y destrozado que hasta me llega a parecer exótico. Y en eso llego a la urbanización de adosados de Los Moriscos (Hesperides). Un cartero con moto amarilla me alegra el momento, yo siempre estoy esperando un paquete y ver una moto amarilla me da esperanza. Me da cierta nostalgia ver casetes y cintas de video con etiquetas escritas a mano tiradas al lado de unos contenedores. De nuevo llueve otro poco y tengo que abrir el paraguas hasta pasada la urbanización de casas buenas, algunas con piscinas y vistas espléndidas hacia la costa.
Al dejar las últimas casas la carretera sube hasta casi llegar al nivel de la autopista y es por donde yo me desvío a la izquierda por una pista ancha que desciende. Es una gran extensión con mucho rabo de gato que también parece haber sido parcialmente planificada para urbanizar pero que el tiempo ha olvidado. La pista va bajando en grandes zigzags por la ladera. Más abajo reconozco los muros de viejas terrazas y encuentro un camino pedregoso que sigue bajando más allá de la zona removida. (A mi derecha hay una gran zona sin ocupación urbana antes de la gran urbanización de Azaña llena a rebosar de edificios de muchas plantas. Me resulta misterioso el crecimiento de la ciudad por zonas, dejando grandes espacios sin ocupar).
Ahora estoy en una zona de vegetación original que pueda que no haya variado en cientos de años, es un terreno donde domina la tabaiba dulce, de un aspecto fantástico, son arbustos hermosos bien ramificados, de un verde intenso y llenos de hojas. De hecho, no es que domine, sino que sólo hay tabaiba dulce en una gran extensión de la ladera. Me gusta mucho su aspecto, me gusta mucho que se le dé tan bien esta zona de escorias volcánicas rojizas. La ladera se torna más pendiente y bajo con mucho cuidado por un camino claro hasta unas casetas de madera al lado del mar, otro pequeño asentamiento, este, no parece estar habitado permanentemente. La costa es muy escabrosa e irregular, es temible por sus entrantes y sus aristas. Con la idea de encontrar un paso hacia la playa del Muerto sigo por un camino hacia la derecha tratando de no subir demasiado la ladera, finalmente tengo que subirla, la costa es de puro acantilado. Subo hasta el borde del barranco del Muerto. Puedo estar a unos 60 o 70 metros sobre el nivel del mar y bajo unos 20 metros con mucha dificultad por la arista, pero tengo que desistir, tengo la sensación de que no hay camino, si lo hubiese ya lo usarían para comunicarse los locales y lo hubiese visto durante la exploración. La vista sobre el borde de la salida del barranco es espectacular, hay un gran salto que da a la playa, pero también otro por encima. Ahora subo por la arista hasta la zona de tabaibas hermosas y sigo por el borde del barranco parándome cada poco para admirar las paredes del otro lado, y el fondo llano del cauce, de placas hexagonales basálticas, muy pulido, con algunos grandes charcos, se nota que recientemente ha pasado mucha agua. Sigo subiendo hasta la confluencia de otro barranquillo (Hoya del Villano) que atravieso por el borde de un pequeño salto con un charco en su base y después cruzo el barranco del Muerto por un saliente, el único lugar posible. Tiene este barranco varias curvas y algunas oquedades formando cuevas y todo colonizado por el rabo de gato que prácticamente no deja crecer ninguna otra planta. Sin embargo, en la ladera de enfrente que subo sin camino, apenas veo rabo de gato y sí mucha tabaiba amarga y tabaiba dulce.
Doy con un camino ancho que va paralelo al barranco y ahora voy mirando con mucha curiosidad las paredes del otro lado por donde he subido y viendo en los sitios tan peligrosos por donde me he metido sobre y bajo unos grandes derrumbes. También desde aquí puedo ver el lecho basáltico llano del barranco. Me cuesta un rato dar con el sendero que baja al asentamiento de la playa del Muerto. ¡Cómo me gusta esto! lo agreste, lo salvaje, la vegetación crasa, las rocas, las vistas, el sonido del mar, la costa imposible. En el asentamiento no veo a nadie, algunas casas son muy buenas. La playa es de cayados y las olas son absorbidas por las piedras y apenas llegan. Desde aquí abajo también puedo ver el salto y comprobar que efectivamente no había manera de bajar por el borde del barranco. El día sigue gris, melancólico. Atravieso las casetas y ahora sigo por otro sendero distinto a por donde bajé. Este sube un poco y después atraviesa otro barranco (Barranco Grande) por una zona de rocas escultóricas y más saltos enormes y después sube por el borde de enfrente por un sendero bien señalizado hasta llegar a las casas de Añaza por una escalera de mano metálica. El cambio es radical, ahora estoy en un entorno liso y seguro, pero me vuelvo a salir cuando la calle (Nisamar) hace una curva a la izquierda y sigo recto pegado al muro de unas instalaciones, sin entrar hacia las calles. Ahora estoy buscando el paso del barranco que tengo a la derecha, un barranco somero y no muy ancho (Barranco Grande). Pero tengo que regresar hasta la calle para dar con él. Estaba antes de lo pensado y fácilmente bajo al cauce y subo una laderita, cruzo el cauce de otro pequeño barranco (Hoya Marrero) hasta seguir, hacia la izquierda, por la parte superior de una lomita con mucha vegetación original de tabaibas y rocas agrestes por donde subo tanto por una pista como campo a través y tengo a la vista los edificios. Mi entorno inmediato es salvaje, original, de siempre, pero muy cerca tengo los grandes edificios de Añaza. Cada vez con menos luz logro pasar de nuevo, hacia la izquierda, el barranco y de nuevo estoy por terreno urbano. Me alucina la diferencia entre terreno urbano y campo original, remoto, tan cerca. Ya sólo me falta ahora llegar hasta la parada de la 111 pegada a la autopista. Paso al lado del centro comercial y localizo un bazar chino que no conocía: “Mundo Ahorro” y entro. Como me fascinan estos sitios con su abarrotamiento y su interminable colección de todo tipo de objetos a precios imbatibles. Es de esos bazares que llevan mucho tiempo funcionando y donde encuentro cosas que parece que se han estado escondiendo de otros compradores esperando mi llegada.
A la salida empieza a llover y tengo que abrir el paraguas. Tengo muchísima suerte, en la subida veo una guagua que acaba de llegar a una parada, y en ella me subo y me lleva al intercambiador directamente, fantástico.
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Track orientativo, no obtenido durante la excursión, elaborado después de realizarla
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Santa Cruz a Añaza