• Excursión 365. 3 Diciembre 2015. Jueves. (Anaga 17ª)
Taborno. Barranco Palos Hincados. Playa de Tamadite. Los Auchones (El Chorro). Taganana.
Municipio: Santa Cruz de Tenerife
ENP: Parque Rural de Anaga
De 15 a 18.15h. De 600 a 0 a 300 a 220m.
Distancia: 8,3km. Duración: 3h 15m
Travesía entre Taborno y Taganana por el barranco de Palos Hincados, un barranco sin ocupación y un sendero algo perdedor en su parte final antes del barranco de Afur. Paso por la hermosa y abierta playa de Tamadite con vistas a varios roques y camino largo por la ladera de Taganana pasando por un viejo caserío (El Chorro) hasta Taganana
Mi objetivo hoy es bajar desde Taborno hasta la playa de Tamadite por el barranco de los Palos Hincados.
Día maravilloso con nubes altas y temperatura agradable. Esta vez vengo mejor preparado que el último día, ya con el altímetro controlado. Y comido y limpiado. Llego en 26 minutos desde Guajara a Taborno. Son las tres de la tarde. Encuentro fácilmente aparcamiento. Voy en camiseta. Echo a caminar hacia el roque de Taborno. Me vuelve a costar encontrar el principio del camino, está después de una degollada donde confluye otro sendero por la izquierda. Inmediatamente después de la degollada hay que echarse a la derecha por un sendero con un cartel en madera donde pone “danger”. Después de tres intentos lo encuentro. Tras bajar un poco hay que echarse a la izquierda pero el sitio no se ve fácil, la tendencia es a pasarse de largo y seguir loma abajo. Lo logro ver cuando me cruzo con tres excursionistas (alemanes) que parecen venir de la playa. Son dos hombres y una mujer, vienen asfixiados y exhaustos. Les pregunto (en inglés) y me dicen que no es fácil, que creen que es más fácil subiendo que bajando y que se supone que hay puntos rojos, pero muchos no se ven y que detrás de la montaña el camino es muy empinado y de broma me dicen que ya una vez en la playa sólo tengo que coger la guagua (ja, ja).
Por un momento dudo en bajar, porque si ya el principio me cuesta trabajo cómo será bajando. Pero con mi habitual inconsciencia me digo que si hay un problema siempre puede volver por dónde he ido, y que lo tengo que intentar por lo menos. El camino de descenso (por la izquierda de la arista de la loma) zigzaguea un poco y después va más bien llaneando rodeando la cuenca superior del barranco de los Palos Hincados (Palos Jincados) entre viejas terrazas y grandes brezos. Una vez llego al cauce el sendero tuerce a la derecha y empieza a bajar decididamente cerca del cauce. El sendero es muy claro con muchos tramos de escaleras hechas de piedra o esculpidas en la piedra. A esta hora el sol ya no cae sobre el barranco y por eso pienso que este es un buen momento para recorrerlo, sobre todo si puedo ir en camiseta y el tiempo es cálido. Voy precavido, muy despacio, muy atento porque el terreno es irregular. Pero también me doy cuenta de la singularidad de este barranco angosto y estrecho y me da tiempo a disfrutarlo, simplemente pasar por aquí. Apenas se oye algún pajarillo de vez en cuando, de resto, silencio, ni siquiera corre el viento. Y voy viendo el altímetro y viendo que voy descendiendo bien, 450, 400, 350m. Por momentos el sendero va por el fondo del barranco y hay una zona con muchos charcos, aunque no corre el agua. En los 250-300m hay una zona muy escarpada y se divisa una buena caída en el barranco con un charco de agua abajo. Después el sendero se desvía hacía otro barranco (barranquillo del Agua) y aquí el terreno se hace más difícil porque es muy resbaladizo, con mucha pendiente, apenas hay escalones y está rodeado de plantas, aunque precisamente eso lo hace claro y evidente y de hecho se me hace fácil transitarlo. De momento no se está cumpliendo lo que me han dicho los senderistas alemanes. Sí veo varios puntos rojos por donde hay que destrepar o bajar.
En la parte de debajo de ese barranquillo en una bifurcación ya cerca del fondo del barranco tomo a la derecha (parece que lo correcto o más sencillo, al menos, hubiese sido elegir a la izquierda) y esto me lleva hacia unas huertas y a un barranco donde pierdo el camino, después lo vuelvo a encontrar, pero no baja, sino que llanea e impaciente me lanzo campo a través hacia abajo porque diviso el camino en el fondo del barranco (de Afur), puede ser que simplemente el camino subiese un poco más antes de bajar, pero no tengo ya paciencia para perseguirlo. Son sólo unos siete u ocho metros de desnivel hasta el camino de abajo, pero lo hago sobre plantas y algún rasguño consigo y además unas rocas en las que me agarraba se desprenden, pero finalmente lo consigo y llego al camino. Aunque todavía tengo que caminar (hacia la izquierda) unos quince minutos por el fondo del barranco siguiendo el agua que fluye. Estoy súper contento, he conseguido bajar desde Taborno por el difícil barranco y no se han cumplido las palabras de los tres excursionistas alemanes.
Llego a la playa y disfruto un rato del sonido de las olas, de la soledad de la playa y del olor a mar fresco. Pero no tengo tiempo que perder y sobre la marcha me pongo a buscar la subida hacia el sendero que va hacia Taganana. Tengo que recorrer un rato el curso del agua, pero por el otro lado. Con respecto a la última vez que estuve en la playa (en septiembre) hay muchos más restos de vegetación en el cauce del barranco, más agua y está todo más mojado. Encuentro la subida y salvo rápido los cien metros de desnivel hasta el sendero. Una vez arriba en el sendero lo voy siguiendo y en cada uno de los incontables barrancos se va repitiendo lo siguiente: cada barranco forma una uve, en el extremo interior de la uve no hay ninguna vista y el tiempo es un poco fresco, cuando salgo al extremo exterior la vista sobre Almaciga y los Roques es magnífica y el tiempo se hace cálido. Esto se repetirá vez tras vez y en cada ocasión la magnífica vista hacia los roques y el mar irá cambiando un poco. El recorrido hasta Taganana son unos tres o cuatro kilómetros.
Del sendero estrecho de tierra se pasa a una pista amplia, después a cemento y ya por el caserío de Los Auchones (El Chorro) es asfalto. En este caserío hay varios carteles informando de su origen, del vino, del agua y su importancia en la economía del lugar. No está habitado, aunque se nota cierta actividad, hay vides y corre el agua en una fuente. La música que voy escuchando mientras camino es del género ambient; y tengo que apretar la conexión entre los auriculares y el aparato para poder oírla en estéreo. Algunas borlas del bolsillo se han metido en el agujero de la conexión. Esto hace un poco irritante la experiencia, pero insisto.
La llegada a Taganana es muy buena, estoy ya muy agotado y son las seis de la tarde y se me estaba haciendo un poco larga la caminata. El sendero me lleva a aparecer por lo alto de la ciudad (280m) y puedo ver perfectamente los distintos barrios que forman Taganana, cada uno anidado en lo alto de una loma, y detrás e imponentes los roques de las Ánimas y de Enmedio. Estoy en el barrio de Portugal. El sol no luce sobre Taganana. Para este momento especial me pongo a escuchar música de los Beatles. Me siento como un viajero que después de muchas vicisitudes llega a la ciudad. Es una entrada magnífica. Pero ahora me tengo que enfrentar con el asunto del transporte, tengo que conseguir un taxi que me lleve hasta Taborno, donde he dejado el coche. Me acerco a un grupo de dos mujeres mayores y un hombre de mediana edad. Una de las mujeres está contando un incidente en un hospital y la escuchan con mucha atención. Yo me acerco sin interrumpirlas, buscando mi momento. Me llama la atención que la mujer se refiere a una enfermera así: “era un chochito joven”. Cuando termina la conversa me dirijo al hombre y me dice que hay un taxista, que se llama Isidoro y que vive allí cerca, después de preguntar y preguntar llego a su casa, allí y en la ventana aparece su padre y después su madre y me dicen que sí que es taxista, pero en Santa Cruz y que vuelve a las doce de la noche. Así que me echó hacia la parte de abajo de Taganana buscando algún taxi o a alguien. No me pongo nervioso ni nada porque tengo la sensación de que la solución va a ser sencilla (en esta época no manejo el asunto de las guaguas nada de nada). Y así es, efectivamente, porque bajando por una calle (¿Portugal?) peatonal encuentro a dos hombres hablando y cuando les explico lo que quiero, uno me dice que cuánto, y le ofrezco 30€ después de que el otro hombre diga que hay 24 km hasta Taborno. Está inmediatamente de acuerdo y vamos un momento a su casa, que está allí mismo (el número 35) a por la llave del coche. Su casa tiene muy buen aspecto, de suelos muy nuevos y oscuros. Me ofrece un vaso de vino, pero declino y le pido agua. Me la bebo con avidez. Subimos y nos montamos en su coche. En el transito hasta Taborno me cuenta cosas, que le han trasplantado recientemente el hígado (podrá tener unos 55 años, de pelo gris, y buen aspecto), y que está esperando una prestación económica de unos 600 euros pero que los trámites burocráticos se alargan, que le encanta vivir allí, que le gusta ir a las huertas, a cavar, arreglar las vides y que también arregla coches y que así se va buscando la vida mientras le llega el dinero, y que se tiene que pagar las medicinas que necesita (44 euros a la semana). Que estuvo viviendo siete años en una rulot allí, y que después se hizo una casa y que lleva otros siete u ocho años viviendo en la casa. Que le encanta el sitio y que por eso vive aquí, que tiene una casa en Santa Cruz pero que no le gusta vivir allí. La conversación va bien porque yo también intervengo y él se muestra interesado por lo que le cuento. Me habla de su suegro, como un ejemplo de lo que era vivir allí antiguamente. Que su suegro se podía levantar a las dos de la mañana para subir caminando hasta el Bailadero y desde allí bajaba caminando también hasta San Andrés y que allí trabajaba con un martillo eléctrico rompiendo piedras y que esto lo podía repetir dos o tres veces a la semana y que a veces se quedaba durmiendo en alguna cueva en el tránsito. Y que en ocasiones y para aprovechar subía una manilla de plátanos desde Taganana o que desde el Bailadero bajaba un saco de azúcar o de harina (60 kilos) a alguna tendera del pueblo y que todavía la gente del pueblo se admira de una vez que bajo a cuestas un barril de vino desde el Bailadero.
Al dejarme en Taborno me dice que vuelva otro día a su casa para tomarme un vaso de vino. Cuando le digo que no tolero el alcohol me pregunta por mi enfermedad y él me dice que claro que él tampoco puede beber y que se puede vivir sin vino. Ya en micho y de vuelta a casa lo disfruto todo: las hermosas y misteriosas luces de Las Carboneras enfrente, el camino por la carretera estrecha, y me paro un rato en el mirador de Jardina para contemplar toda la vega lagunera iluminada (sólo un rato porque hay diez grados). Y ya hasta casa voy recordando todos los eventos del día y sintiéndome maravillosamente y disfrutando de la música en el coche.
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Track orientativo, no obtenido durante la excursión, elaborado después de realizarla
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