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El despacho de Cándido se había convertido en un caos organizado.
Una comitiva interminable de funcionarios entraba y salía cargada de legajos, tablillas y rollos sellados. El rumor ya corría por los pasillos de Las Mil Cavernas: un prisionero había confesado la existencia de un ejército fantasma que nadie había visto.
Naturalmente, nadie se lo tomaba muy en serio. La mayoría estaba convencida de que se trataba de una exageración del torturado, seguramente un desvarío por la sobrecarga de dolor. Y es que semejantes afirmaciones simplemente no parecían tener sentido. Pero nadie se atrevió a cuestionar al Gran Maestre Cándido, cuando mandó revisar hasta el último registro de los últimos cuatro años. Incluso si pensaban que estaba siendo excesivamente precavido.
De manera que los archivos, las bibliotecas y ahora hasta el propio despacho de Cándido se llenaban de escribanos pálidos que trabajaban contrarreloj. Incluso el dueño de aquella estancia ya tenía la cara enrojecida por horas de lectura.
Chester, por su parte, se había limitado a servir té, mover pergaminos… y tratar de ignorar las miradas venenosas que Amyes le lanzaba desde el otro lado de la mesa.
El Censor del Emperador también estaba allí, tras una pequeña montaña de libros sobre magia prohibida o desconocida, analizando runas y restos del sello que había hecho explotar a Mauros, aunque Chester no entendía por qué lo hacía en despacho ajeno en lugar de en el suyo. Sólo sabía que, de vez en cuando, el Gran Señor lo miraba como si quisiera partirlo en dos y no se decidiera a hacerlo, pero podía sentir claramente ese deseo asesino suyo en su espalda. De momento fingía no darse cuenta, pero cada vez le resultaba más difícil.
Afortunadamente, la puerta se abrió sin hacer ruido, pero su movimiento atrajo la atención de todos.
El Ejecutor Imperial Darío Notus, apodado “Muerte Silenciosa” entró. Tenía el cabello corto gris acerado, un rostro que podría haber sido atractivo de no ser por la cicatriz que le cruzaba la boca. Llevaba puesta una Armadura de Ejecutor gris oscura sin un solo reflejo, perfecta tanto para combate como para infiltraciones. Y, tal como le ordenaron, llevaba todo un arsenal de dagas, dardos e incluso una ballesta en la espalda; pero su arma principal era una espada larga que colgaba a su costado como una sombra.
—Gran Maestre —saludó con voz apenas audible.
Cándido no levantó la vista.
—Tenemos un problema que no existe en ningún papel. Diez mil hombres moviéndose como fantasmas.
—Escuché los rumores… —comentó Darío con una expresión de suspicacia, pero no expresó ninguna opinión al respecto.
—El responsable de esto es una persona extranjera desconocida infiltrada en la facción que apoya al Príncipe Lucio. —añadió Cándido, finalmente levantando la mirada con una expresión helada—Creo que no tengo que explicarte las implicaciones de esto.
Por su parte, la expresión de Darío también se había ensombrecido bastante. No era un hombre particularmente virtuoso, pero amaba bastante el Imperio itálico y la idea de que un desconocido estuviese ejerciendo una influencia cerca del príncipe heredero le repugnaba de forma instintiva
—Este individuo probablemente está escondido entre las propiedades del Conde Mondego. —continuó el Gran Maestre—Sabemos que tiene grandes habilidades mágicas, quizá al nivel de la élite de un Gran Mago. Pero averiguamos esto porque consiguió silenciar a un testigo durante un interrogatorio.
—Así que es posible que esa persona ya sepa que estamos detrás de su pista. —comentó Darío.
—Exacto. —respondió Cándido, mirando de reojo a Amyes, quien le devolvió la mirada con un gesto de irritación mientras volvía a revisar los tratados de magia prohibida. —Todo ocurrió muy rápido, pero es posible que la maldición también haya enviado algún tipo de señal a la persona que la puso cuando se activó. En ese caso, tenemos que movernos ahora mismo para no dejarlo escapar.
—Por eso nos has llamado. —dedujo Darío.
— Tú y los otros dos Ejecutores tomarán el mando de una Legión de Élite. Averiguarán en dónde está ese maldito. Lo capturarán o me traerán su cabeza. No me importa cómo.
Darío asintió una sola vez.
Amyes soltó una risa seca desde su esquina.
—¿Y esto no es meterse en la lucha sucesoria?
—No —respondió Cándido sin mirarlo—. Antes de saber que existía ese «personaje misterioso» podía ser política. Ahora es seguridad del Imperio. El Manto Oscuro no tolera que lo tomen por idiotas.
Darío se inclinó.
—Partiré esta noche.
—Una cosa más —añadió Cándido—. Lo ideal es hacer esto sin involucrar a Lucio. Pero si el príncipe se interpone… hazlo a un lado. Sin huellas.
El Ejecutor sonrió apenas. Fue algo breve, frío.
—Nunca quedan huellas.
Luego desapareció tan silenciosamente como había llegado.
—Eso fue un poco sorprendente —dijo Amyes sin levantar la vista del pergamino que leía, pero con un tono de voz inusualmente cargado de interés. Su voz era plana, pero la inflexión sutil en la palabra "sorprendente" era notoria—. Tú sabes que si el príncipe muere en este tipo de operación, es imposible que Juliano no sepa que tú estuviste detrás de esto.
—Lo sé —respondió Cándido con una voz que, aunque tranquila en la superficie, delataba una profunda melancolía en su mirada.
—¿Y aun así lo harás? ¿El emperador no es uno de tus mejores amigos?
—Lo es, hasta el final —asintió Cándido, volviéndose a sentar. La silla de madera crujió bajo su peso—. Y precisamente porque es mi amigo estoy dispuesto a hacer lo que es necesario en lugar suyo. De todas formas, mis manos hace mucho que están manchadas. ¿Qué importa si se manchan un poco más por la gloria de Itálica?
Chester escuchaba todo esto sintiendo que el corazón le latía a mil por hora, un tambor sordo que juraría que Cándido podía escuchar. No podía creer que acababa de ser testigo de una discusión sobre una operación militar a gran escala que incluía el posible asesinato de un miembro de la familia imperial.
«Soy nada más que el aire», pensó desesperadamente. «No soy nada más que un insecto en el que no vale la pena fijarse. Por favor, grandes señores, ni siquiera se fijen en que existo. Yo no sé nada. No entiendo nada y no he escuchado nada...»
—Chester —dijo Cándido de repente, en un tono bastante cordial pero que rompió cualquier fantasía de pasar inadvertido con la violencia de un rayo.
—Sí, mi señor.
Cándido se inclinó hacia él, su voz se hizo grave y suave.
—Confío en que entiendas que cuanto más te tardes en olvidar todo lo que acabas de escuchar, menos valdrá tu vida.
—Acabo de volverme ciego y sordo por los últimos diez minutos, mi señor, y no tengo ni la menor idea de lo que acaba de decirse —respondió Chester automáticamente, con una frialdad forzada.
—Buen chico —respondió Cándido, sonriendo con una mueca que no llegaba a sus ojos.
En ese momento, Amyes comenzó a recoger sus cosas.
—Ya que las cosas están así, yo también pienso improvisar un poco y saltarme las reglas.
— ¿De qué hablas? –preguntó Cándido confundido.
— Quiero saber cómo colocaron ese sello sin que yo lo detectara. —explicó Amyes como si fuese algo obvio. —Y no lo descubriré leyendo estos papeles, así que voy a preguntárselo personalmente.
–¿Piensas unirte a la operación militar? —preguntó Cándido, lleno de incredulidad— ¡Tú detestas actuar en persona! ¡Y esta no es tu jurisdicción! Atrapar espías es mi responsabilidad.
–Y has hecho un gran trabajo hasta ahora… perdón si mi tono de voz suena sarcástico. –respondió Amyes con tono burlón– en cualquier caso, las órdenes que estás dando a ese ejecutor ya rozan el límite de lo que tus facultades permiten. ¿Qué más da si también yo me uno a esta cacería?
Cándido suspiró resignado.
—Haz lo que quieras. Solo no mates a mis hombres por capricho.
—Dependerá de que no lo estropeen.
—¡Maldita sea, Amyes!
—Es una broma.
—¡Más te vale!
El Censor del Emperador se volvió hacia la puerta y parecía que estaba a punto de salir, pero de repente pareció recordar algo y se detuvo frente a Chester. Al ver que lo observaban directamente, el muchacho soltó un quejido nervioso e inconscientemente retrocedió un paso.
—Tú —dijo Amyes con voz de hielo—. Has tenido demasiada suerte hoy, obteniendo esa confesión.
–Gracias mi señor…
–No te estoy felicitando, imbécil. Solo observo que tuviste suerte, quizá demasiada —interrumpió Amyes, entornando los ojos—. ¿Cómo conseguiste que ese hombre hablase?
—No lo sé, mi señor —respondió Chester, sincero—. Aposté a que su vergüenza sería una palanca más fuerte que su miedo. Y apenas dijo dos cosas antes de… bueno… explotar. No creo que fuese suerte.
Amyes lo analizó durante unos segundos sin hablar, como un verdugo que decide si vale la pena afilar el hacha o si el condenado ya está muerto por sí solo. Finalmente, pareció convencerse de que el ladrón decía la verdad, porque simplemente se dio la vuelta. Solo que antes murmuró con voz baja y helada:
—Te vigilaré. Muy de cerca.
Chester sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no apartó la mirada.
Amyes se alejó un paso, otro… pero de pronto se detuvo, sacó el frasco de cristal que contenía al escorpión y lo arrojó con desprecio hacia él.
—Toma. Ya que te crees valiente, quédate con este recuerdo. Espero que la tapa no se suelte por accidente y te mate, porque entonces me alegrarías el resto del día.
El frasco describió un arco por el aire. Chester lo atrapó por puro reflejo, con un golpe seco en las manos. El escorpión se lanzó contra el vidrio como si quisiera atravesarlo.
Amyes se marchó sin mirar atrás.
La puerta apenas había cerrado cuando Cándido soltó una carcajada sincera.
—Por todos los dioses, ¡cómo disfruto ver a Amyes con el orgullo herido!
Caminó hasta Chester y le dio una palmada en el hombro que casi lo tumbó.
—Escucha, muchacho. Te dije una vez que jamás podrías hacerte pasar por noble. ¿Lo recuerdas?
Chester asintió, aún tenso.
—Lo recuerdo, mi señor.
—Pues he cambiado de opinión. Te voy a dar papeles, tierras… y un nombre que pese.
—¡¿En serio?! —Chester se volvió tan rápido que casi dejó caer el frasco; el escorpión en su interior se puso furioso y volvió a arremeter contra el cristal.
Cándido prosiguió:
—Has hecho méritos: primero, demostraste valor cuando te interrogué. Luego, coraje durante el interrogatorio. Y lo más importante… —se inclinó apenas, remarcando el momento— te plantaste delante de Amyes y le arrancaste una confesión a una de sus víctimas. ¡Para eso se necesita mucho más que simple valor! ¿Cómo es que nunca supe que tenías tanto talento, Chester? ¿Lo ocultaste a propósito?
—¿Mi señor…?
—No, no es nada. Puede que le esté dando demasiadas vueltas. ¡Bien hecho, mocoso!
Chester sintió que algo le explotaba en el pecho. Satisfacción. Alivio. Orgullo. Por unos segundos, se permitió creer que todo había valido la pena. Que no había sido un tonto por arriesgar el pellejo tantas veces.
«Quizá… quizá no lo hice tan mal.»
Pero esa euforia se quebró un instante cuando notó un pensamiento que lo inquietó: tanto Amyes como Cándido notaron algo raro en cómo conseguí la confesión…
Estuvo a punto de seguir esa idea, pero una idea más urgente borró esa sombra de su mente antes de que pudiera nombrarla.
—Mi señor… usted dijo que sería casi imposible que no me descubrieran si pretendía ser noble —recordó Chester—, sin importar lo bien que me disfrazara.
Cándido se quedó en silencio por un momento antes de asentir:
—Sí. Me temo que, aunque eres listo y tienes pasión, si quieres entrar al mundo de los aristócratas necesitas algo que ahora mismo está completamente fuera de tu alcance.
—¿Qué cosa?
—Porte.
—¿Qué es eso…?
—Te lo explicaré. El Porte es la presencia, el aplomo, la gracia y la confianza innata que se exhibe sin esfuerzo. Es el sello silencioso de la cuna —explicó Cándido, con una media sonrisa—. Solo cuando lo aprendas, podrás convencer a otros de que eres un hidalgo de su misma clase y te dejarán entrar a su círculo. Sin eso, siempre se sabrá de dónde vienes.
—Pero mi señor Bryan… —empezó Chester, dubitativo—. ¡No quiero faltarle el respeto a mi amo! Es solo que, nunca lo he visto ser particularmente…
—Primero que nada, debes saber que tu amo puede ser sorprendentemente cortés cuando le conviene —replicó Cándido sonriendo astutamente—. Pero su situación es muy diferente a la tuya: él es un noble que se está haciendo a sí mismo y sus méritos son las hazañas que está consiguiendo. ¿Y por qué lo hace?
—Porque quiere ascender...
—Exacto, Bryan es un liberto y todo el imperio lo sabe. No importa cómo se comporte, por ahora su pasado es una mancha de la que no puede librarse. Por eso no pierde su tiempo pretendiendo ser otra cosa —explicó Cándido—. Tú, en cambio… necesitas que todos crean que naciste aristócrata. Y para eso, tienes mucho trabajo pendiente, porque ahora mismo basta ver cómo te paras para que uno se dé cuenta de en qué tipo de lugar has nacido.
Chester se removió, entre ofendido e intrigado.
—¿Y qué debo aprender?
—Todo. A caminar, a hablar, a comer, a pensar, a vestirte, a moverte… —enumeró Cándido con impaciencia divertida—. Tienes que replicar perfectamente hasta el más mínimo detalle, porque es precisamente en eso en lo que más se fijan los aristócratas. Pero al final serás un perfecto joven señor.
La idea golpeó a Chester como un trueno.
«¿Yo… un señor? ¿En serio?»
Era el sueño que todo plebeyo pobre había tenido alguna vez, especialmente los que se criaron en las calles: Unos amorosos padres desconocidos lo encontraban, y así de pronto descubría que en realidad era el hijo perdido de una familia noble y el destino había cometido un error con él.
Ahora ese sueño se materializaba frente a sus ojos.
«Una vida nueva… realmente nueva.»
—Será difícil —admitió el joven, tratando de obligarse a ser realista.
—Lo será —concedió Cándido.
Pero Chester ya no podía quitarse la sonrisa de la cara. Por primera vez en mucho tiempo… veía un futuro.
Hasta que Cándido añadió, como quien menciona el clima:
—De momento tengo que escoger a tus instructores de etiqueta. Pero mientras tanto… debes concentrarte en aprender todas las artes de combate que puedas. Te sugiero empezar por la espada larga, porque es probable que te reten a duelos.
Chester parpadeó.
—¿Perdón?
—Que por ahora centres tu energía en aprender a pelear. Mañana tendrás una lista de instructores de esgrima.
—¿Por qué necesito aprender a pelear?
Cándido lo miró como si le hubiera preguntado si el sol sale por la mañana.
—Porque la última vez que revisé, los aristócratas de Itálica eran una élite guerrera. ¡Por supuesto que tienes que saber pelear, imbécil!
Chester sintió que las piernas le flaqueaban.
—Pero… yo no sé pelear.
—Exacto. Y todos los aristócratas sí saben. ¿Ya entendiste el problema? —insistió Cándido ceñudo, sorprendido de que le costara tanto comprender algo tan elemental—. Los duelos entre jóvenes nobles son muy comunes.
—¿No puedo rechazar? —preguntó Chester, aferrándose a un hilo de esperanza.
El Gran Maestre lo miró un segundo… y respiró hondo antes de contestar, como si necesitara calmarse primero.
—Legalmente puedes, pero en la práctica es impensable.
—¡¿Por qué?!
—¡Honor, Chester! ¡¿No conoces esa palabra?! ¡Por todos los dioses! ¡¿De verdad tengo que explicar cosas tan básicas?! —exclamó Cándido, irritado—. Solo un plebeyo cobarde escaparía de un duelo. Un aristócrata real jamás lo haría. Si rechazas defender tu honor, le estarías gritando al mundo que en realidad eres una pobre rata de alcantarilla disfrazada.
—¿Y si… invento una excusa? Como… estar enfermo. ¡¿No podría evitar el problema hasta que se cansen de buscarme?!
—Me doy cuenta de que te estoy hablando de cosas completamente nuevas —dijo Cándido con una mueca irónica, mientras luchaba por reconciliar en su mente al valiente joven que se atrevió a adelantarse en frente de Amyes y este que estaba tratando con todas sus fuerzas de encontrar una manera para evitar una pelea directa—, pero créeme: nada atrae más duelos que rechazar uno. Tendrás que luchar más pronto que tarde, Chester.
—¡Pero me van a matar!
—Creo que estás pensando en un duelo a muerte. Esos ocurren por agravios terribles y generalmente entre la Media y Alta Aristocracia —explicó Cándido—. Nadie va a retarte a uno… a menos que seas un idiota imprudente. En tu caso, lo más probable es que te toque librar duelos a primera sangre.
Chester abrió la boca… y no encontró palabras.
«Toda mi vida he huido de las peleas… ¿y ahora quieren que corra hacia ellas?»
—No estoy pidiéndote que te unas al ejército —continuó Cándido, más suave—. Pero si quieres ascender en cualquier jerarquía del Imperio, necesitas saber combatir.
—Ya… ya veo —murmuró Chester, desanimado.
—¿Cuál es el problema? A tu edad aún podrías desarrollar Aura de Batalla —insistió Cándido—. ¿O no te gusta la espada?
Chester dejó escapar un suspiro derrotado.
—No tengo talento. Seré, como mucho, un espadachín mediocre.
El Gran Maestre apenas contuvo una risa.
—Bueno, las tumbas están llenas de espadachines mediocres —admitió divertido.
—Exacto, mi señor.
—Quizá empezar con la espada no sea lo ideal… —reflexionó el Gran Maestre—. Mejor comienza por los fundamentos.
—¿Fundamentos?
—Aprender a recibir golpes. Pugilismo puro.
Chester lo miró como si hubiera hablado en una lengua muerta.
—¡Que aprendas a pelear con los puños, idiota! —rió Cándido—. Te dará base para cualquier arma… y te dará el aspecto de un joven noble acostumbrado a resolver disputas. Es perfecto.
Se inclinó hacia un cajón y extrajo dos guanteletes de cuero reforzado con placas de bronce. Los gladiadores los llamaban Cestus. Eran pesados, brutales, con puntas cortas en los nudillos.
Cándido los dejó caer sobre la mesa con un golpe metálico.
—Usa estos. No necesitas estilo. Ni gracia. Solo golpear primero, más fuerte… y más sucio. Cuando te pregunten por qué peleas como un matón de taberna, les dirás que tu nombre es Cestus. Porque eso serás: un puño envuelto en cuero… y tal vez algo de veneno para darte una ventaja secreta.
—¿Veneno?
—Como ese que tienes en la mano —respondió Cándido señalando el frasco.
—¿Qué…? —Chester bajó la vista.
Miró su mano. Había relajado los dedos sin darse cuenta y estuvo a punto de dejar caer el frasco: El escorpión golpeó el cristal con tal fuerza que Chester soltó un grito ahogado y, en su sobresalto, casi lo deja caer por segunda vez.
Cándido sonrió nuevamente.
—Ese bicho es un Pandinus inferus. “Escorpión Emperador Infernal”. Muy apropiado.
—Tenga, quédese usted con esto —suplicó Chester, tratando de entregarle el frasco como si ardiera.
—No. Llévalo. Hablo en serio sobre el veneno. Nunca sabes cuándo podrías necesitar usarlo. Considéralo un regalo… o una herramienta.
—Pero—
—He dicho que te lo quedes.
Chester palideció, pero obedeció, guardando el frasco en una bolsa. El escorpión raspó el vidrio, indignado. Después, el propio Cándido tomó los Cestus y se los colocó con firmeza. Pesaban como un par de ladrillos vivos.
—Creí… que los nobles eran más refinados —dijo Chester, mirando los guanteletes.
—Si, el pugilato está en un terreno gris. A todo el mundo le gusta. Y encaja con la identidad que asumirás. —replicó Cándido.
Chester asintió.
—Supongo que no hay alternativa.
—¿Y bien? —preguntó Cándido con solemnidad— ¿Aceptas el nombre de Cestus?
Fue extraño. El nombre… le cayó encima como un título, como un destino.
Cestus.
Un nombre nuevo para una vida nueva.
Chester inspiró profundamente.
—Acepto. No pienso hacer esto a medias.
—Bien. Buscaré un instructor que te enseñe a romper narices hasta que nadie se atreva a retarte. Bryan estará complacido. Pero falta algo.
—¿Qué?
—Tu blasón.
Chester parpadeó.
—¿Mi… blasón?
–Un sello familiar que te identifique. Tiene que ser único y de preferencia que no se parezca a ninguno que actualmente se esté utilizando.
–¿No sería mejor que usted eligiera uno por mí?
—Sería más fácil, pero no mejor —puntualizó el Gran Maestre—. Es tu vida la que empieza hoy, no la mía.
Chester bajó la mirada. Y por un momento vio su vida entera: el niño ladronzuelo que dormía en graneros; el muchacho que espiaba esposos engañados por unas monedas; el servidor improvisado del Manto Oscuro. Una cadena de sombras, de favores, de callejones mugrosos.
Y luego… lo que había hecho. Lo que se había atrevido a hacer. Plantarse ante Amyes. Mirarlo a los ojos. No morir.
«Quiero una vida nueva. Una que no se parezca en nada a lo anterior.»
Sacó el frasco de la bolsa. El escorpión agitó la cola, letal. Chester sonrió, leve, pícaro.
—¿Y por qué no esto? —dijo.
—¿Eso? —Cándido ladeó la cabeza—. No recuerdo ninguna Casa con un escorpión. Pero ¿por qué?
—Porque el Gran Señor Amyes me ha… honrado con su regalo. Quiero conmemorar este día usando este símbolo para mi nueva vida.
Hubo un segundo de silencio. Y luego Cándido soltó una carcajada tan fuerte que hizo temblar los papeles sobre el escritorio.
—Raro símbolo para un noble… perfecto. ¡Cestus Pandino! Eso definitivamente te hará destacar…
Y así, sin ningún testigo salvo un escorpión en un frasco y un par de guantes brutales, nació un nuevo noble en Itálica.
Tiberio Claudio observaba el hemiciclo del Senado con una mirada vacía y estupefacta, intentando comprender con exactitud qué era lo que acababa de ocurrir.
A su alrededor aún quedaban las huellas del caos: cortinas desgarradas, asientos volcados, manchas oscuras sobre el mármol pulido y rastros inequívocos de la violencia brutal que se había desatado minutos antes en el corazón mismo del poder imperial. Sin embargo, nada de aquello alteraba la realidad esencial: lo sucedido no podía deshacerse sin provocar un conflicto directo con la Familia Imperial.
«¿Cómo es posible…?»
Aquella tarde, el Senado se había reunido para iniciar el habitual proceso de nombramiento de funcionarios. Como dictaba la costumbre, los cargos menores debían tratarse primero, dejando para el final los puestos verdaderamente codiciados —los procónsules—, pues su asignación siempre implicaba negociaciones complejas, favores cruzados y delicados equilibrios de poder.
Pero esa sesión había comenzado rompiendo los protocolos desde el primer instante.
El príncipe Lucio Augusto Máximo había ingresado sin anuncio previo y se había sentado entre los senadores que le eran afines. No era ilegal que un príncipe asistiera a una sesión del Senado, pero sí profundamente inusual. Salvo el emperador, ningún miembro de la Familia Imperial solía presentarse sin invitación formal.
La facción aristocrática, siempre obsesionada con las formas, había estado a punto de protestar. Varios de sus miembros lanzaron miradas solapadas al Gran Duque, aguardando una señal para comenzar a exigir explicaciones. Pero Tiberio Claudio no dijo nada, aprobando tácitamente la presencia del joven heredero.
Así fue como el silencio se impuso.
Mientras tanto, se habían iniciado los complejos rituales legales y religiosos necesarios para que el Senado comenzase a trabajar. Afortunadamente, ni el emperador Juliano ni el Pontífice Máximo estaban presentes; de lo contrario, la ceremonia se habría prolongado hasta el agotamiento.
Por fin el cónsul en funciones junto a Esteban, Crispino Cornelio —líder de la facción imperial—, se preparó para ejecutar el último acto antes de abrir formalmente la sesión. Se situó en el centro del hemiciclo y alzó la vista hacia la cúpula, donde un oculus dejaba ver el cielo abierto. Al mismo tiempo, un sacerdote comenzó a medir el tiempo con un reloj de arena ritual.
En Itálica, la figura del cónsul equivalía, en muchos aspectos, a un primer magistrado del Estado. Ostentaba una autoridad simbólica inmensa que sólo era superada por la del regente y por eso recibía el mando de cuatro legiones. El cargo surgió precisamente para que el Imperio tuviese a alguien con la potestad para comandar al ejército si el emperador no podía hacerlo. Pero cómo darle tanto poder a alguien, también podía tentarlos a rebelarse contra la familia reinante, siempre se elegían a dos al mismo tiempo para impedir que uno solo concentrara suficiente poder como para desafiar al trono.
Con el Emperador Juliano incapacitado por su enfermedad, el Cónsul Esteban tenía la misión de dirigir al ejército más poderoso de Itálica para repeler la invasión de los Orcos del sur. Es por eso que al cónsul Crispino le correspondía quedarse para mantener el orden, dirigir las reuniones del Senado y también realizar los complejos rituales religiosos que la sociedad de itálica esperaba que sus gobernantes realizaran para congraciarse con sus dioses.
Crispino cumplía ahora uno de los más antiguos: vigilar que ningún ave rapaz cruzara el cielo hacia el Este justo antes de iniciar la sesión. Itálica se había fundado cuando el divino Ascanio viajó hacia el oeste y vio un águila devorando a una serpiente. Así que divisar un ave volando en dirección contraria se consideraba una señal clara de que los dioses no querían que la sesión se iniciase.
Y solamente el Cónsul Crispino podía interpretar la señal.
«Disfrútalo mientras puedas», pensó Tiberio Claudio, observándolo con aparente indiferencia. «Esta es la última vez que tú o los tuyos obtienen una magistratura importante. Me ocuparé de ello.»
Los últimos granos de arena cayeron y el sacerdote asintió.
—Los auspicios son favorables —proclamó Crispino—. Yo, el Cónsul Crispino Cornelio, con el permiso del Emperador Juliano y bajo la protección de nuestros dioses tutelares, declaro iniciado el proceso de selección de funcionarios para los próximos dos años. ¿Alguien se opone?
Nadie lo hizo.
Así fue como la sesión quedó oficialmente abierta.
Lo normal habría sido iniciar con los ediles y avanzar gradualmente hacia los cargos mayores. Pero aquella tarde no estaba destinada a seguir el curso ordinario de las cosas.
Ahora correspondía decidir qué funcionarios se propondrían en primer lugar. Por lo general, los ediles de la ciudad capital eran los primeros en ser evaluados, para determinar si se los reemplazaría o se los reelegiría aquel año. Después vendrían las discusiones sobre las magistraturas de las ciudades más importantes en la periferia. Y solo entonces, una vez que los senadores más jóvenes hubiesen gastado sus fuerzas en debates menores, comenzarían las verdaderas pugnas por el control de los puestos políticos de mayor peso.
Por lo menos así era como se suponía que fluyese una sesión normal.
Pero aquella tarde estaba destinada a ser completamente diferente.
Hostilio Servilio, uno de los fanáticos senadores partidarios de Lucio, se levantó de pronto y caminó al frente de la asamblea. Aprovechó esa pequeña ventana de tiempo que se abría justo en el instante en que el Cónsul solicitaba que trajeran las listas de candidatos. Estos registros eran una enorme cantidad de rollos con los nombres de patricios y aristócratas que habían cumplido con el servicio militar y poseían las condiciones necesarias para ser funcionarios. Por ello, transportarlos todos a la vez solía tardar un tiempo considerable.
Entonces, de forma completamente descarada, ese senador se plantó ante toda la asamblea y proclamó con voz rotunda:
—¡YO PROPONGO A SU ALTEZA EL PRÍNCIPE LUCIO AUGUSTO MÁXIMO, COMO PROCÓNSUL DEL IMPERIO POR LOS PRÓXIMOS DOS AÑOS!
La declaración tomó a todo el Senado por sorpresa, incluso al Gran Duque.
El contenido de la propuesta, por sí mismo, no le era extraño pues ya sabía exactamente que esto iba a ocurrir; lo que sí le sorprendió fue el modo tan intempestivo en que se desarrolló. Ya era completamente fuera de lo ordinario que el Príncipe estuviera presente sin invitación, pero que encima propusieran su candidatura a discusión mientras él se encontraba allí, era completamente inapropiado y contrario al protocolo más básico.
La identidad del senador también era un problema.
El Senado poseía un orden y una forma de hacer las cosas que se remontaban a los tiempos de sus orígenes. Si bien no era algo escrito en piedra, todo el mundo sabía que los primeros en hablar para proponer o discutir cualquier asunto eran los senadores llamados Consulares, es decir, aquellos que ya habían ostentado el prestigioso cargo de Cónsul más de una vez en su vida y eran veteranos entre los veteranos de la política imperial.
Luego de ellos estaban los que habían sido Cónsules una sola vez. Después venían los miembros de la Alta Aristocracia, con los descendientes de los Quintos en primer lugar. Seguían entonces los de la Aristocracia Media, quienes casi nunca intervenían, pues su papel allí era principalmente simbólico, y solo estaban para votar según sus superiores mandaran. En cuanto a los de la baja, tenían suerte si alguna vez les permitían entrar al edificio del Senado por algún evento determinado, como un juicio o una ceremonia.
Hostilio Servilio pertenecía a una casa de Condes en decadencia que actualmente había descendido al rango de Vizcondes; así que era, en efecto, de la Aristocracia Media. Además, era un joven de treinta y cinco años cuyo máximo cargo había sido el de Tribuno Militar y solamente estaba en el Senado porque su padre había muerto, siendo el único heredero de su familia. Aun así, se había atrevido a adelantarse a todos los Condes, Marqueses, Duques e incluso al Gran Duque presente para gritar aquella ridícula propuesta. Ciertamente, no había violado ninguna ley... ¡Pero era una absoluta falta de respeto!
La reacción del Senado a la propuesta de Hostilio no se hizo esperar.
El Cónsul Crispino Cornelio parecía que quería matarlo en ese instante, y hasta Aurelio Asturias, conocido por ser tolerante con los jóvenes, tenía una expresión de furia que rara vez se le veía. El Senado entero deseaba recordarle a ese mocoso insolente cuál era su lugar. Y si no fuera porque era un sacrilegio derramar sangre dentro del Sagrado Recinto de la Ciudad, probablemente los miembros de la propia facción de Tiberio Claudio habrían sido los primeros en arrojarse sobre Hostilio.
Pero en ese preciso momento, el Príncipe Lucio se levantó y, con esa sonrisa arrogante que lo caracterizaba, su voz resonó, cortando el aire de indignación:
—¿Quién de vosotros se atreverá a poner una mano encima a un amigo personal del primer príncipe? ¡Que hable ahora o calle para siempre!
Esto puso a todos en una situación incómoda. El Cónsul formaba parte de la facción del padre de Lucio, y no se vería bien que atacara a su hijo directamente, pero también era evidente que este desdén era un desafío directo a la autoridad Imperial y al orden establecido del Senado. Como no podía quedar así, Crispino Cornelio se levantó de su asiento, dispuesto a reprender fuertemente al Príncipe.
Sin embargo, en ese momento Tiberio Claudio se levantó también y, para sorpresa de todo el mundo, recomendó que lo dejaran pasar.
En ese instante, todos se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.
Las otras grandes facciones del Senado, con Crispino Cornelio y Aurelio Asturias a la cabeza, eran demasiado hábiles en política como para no entender exactamente lo que se proponía Tiberio Claudio. Incluso los Censores, que observaban en silencio lo que ocurría desde sus altos escaños especiales, no pudieron evitar intercambiar una mirada y observaron al Príncipe con desdén, mientras se mentalizaban para la demanda por incapacidad moral que seguramente vendría luego de que Lucio perdiera la siguiente elección.
Aurelio Asturias lideraba la facción neutral y, normalmente, buscaba que hubiese un equilibrio en la política. Pero no era ciego a la naturaleza de Lucio y sabía que si este llegaba al poder, el Imperio probablemente entraría en una de las mayores crisis de su historia. Por eso, había estado buscando formas de deshacerse del Primer Príncipe, y ahora, de repente, el mismo Lucio se había colocado en bandeja de plata. Obviamente, sabía que Tiberio Claudio también era un grave peligro para el Imperio, pero estaba más que dispuesto a trabajar con él temporalmente si con eso podía librarse de uno de los dos locos que amenazaban el futuro de la nación.
En cuanto a Crispino Cornelio, era amigo personal del Emperador, pero entendía perfectamente la situación política y sabía que lo mejor para el Imperio era que Lucio nunca llegara al poder. A pesar de esto, era tan leal que jamás podría realizar un movimiento concreto para deshacerse del Primer Príncipe. Así que lo que acababa de ocurrir era perfecto para él: lo único que tenía que hacer era no hacer absolutamente nada, y el Príncipe Lucio perdería su condición de heredero al Trono cuando Tiberio Claudio lo llevase a juicio ante los Censores.
Por si acaso a alguien le quedaran dudas, los hombres de confianza de Tiberio Claudio ya se habían levantado y se estaban dirigiendo hacia los miembros de las diferentes facciones que, en realidad, estaban bajo el control del Gran Duque. Todos ellos tenían claro lo que podía sucederles si se atrevían a ponerse de pie en la siguiente votación. Aunque esto parecía una precaución un tanto innecesaria, dado que no debería haber ningún senador lo bastante desquiciado —a excepción de los veinticinco locos que apoyaban a Lucio— como para pensar en darle un puesto de poder con inmunidad política luego de que las noticias sobre las últimas masacres que había estado cometiendo hubiesen llegado a la capital.
La sociedad itálica valoraba la ferocidad en el combate, pero esta tenía que venir acompañada de disciplina, especialmente si procedía de la propia familia imperial.
Entre los informes más perturbadores circulaban rumores de que, justo al final de la batalla, cuando era el momento de rematar a los agonizantes para librarlos de su miseria, el Príncipe ordenaba degollarlos de un modo específico y bastante extraño, casi ritual. Esto ocurrió cuando el Príncipe tenía la autoridad de un Tribuno Militar, por lo que solo una pequeña sección del ejército lo vería y era difícil confirmarlo. El caso es que, aunque la sociedad itálica no era una que tuviese piedad con sus enemigos, los sacrificios humanos eran algo que les repugnaba, y cualquier cosa que se pareciese a uno era inmediatamente rechazado.
Luego, ocurrió un evento terrible cuando Lucio fue nombrado Propretor, pero con el mando de una legión punitiva. En ese momento lo enviaron a castigar a una aldea aliada del Imperio que se había mostrado tibia al enviar ayuda en un momento de necesidad. Como una forma de darle experiencia, se permitió que el Príncipe tuviera libertad para decidir la sentencia, entendiéndose que esta sería una multa bastante elevada y quizás quitarles algún privilegio o reducir su territorio. Después de todo, aunque fue poca, sí llegaron a enviar tropas. Legalmente hablando, no dejaron de cumplir su parte del trato, así que la pena no tenía que ser excesivamente severa.
Por eso a todo el mundo le sorprendió que el Príncipe Lucio no solamente ejecutara públicamente al Patriarca y su familia, sino que además diera permiso a sus tropas para que saquearan los ricos templos de la aldea, llevándose los tesoros y violando a sus sacerdotisas. Los rumores decían que él mismo participó en la profanación de un altar importante, usando los objetos sagrados para burlarse de los dioses locales.
El más escandaloso de los eventos fue lo que Lucio ordenó hacer con un grupo de tropas capturadas durante cierta campaña. A los itálicos les gustaba humillar a los vencidos hasta cierto punto; de ahí que tuviesen desfiles triunfales donde llevaban encadenados a los prisioneros esclavizados o, incluso, combates en el Anfiteatro Imperial donde luchaban los prisioneros de guerra. Todo esto solo se hacía para sentirse superiores, poderosos, parte de un Imperio invencible favorecido por los dioses de la guerra.
Pero lo que hizo Lucio fue organizar una especie de juegos «improvisados», donde prisioneros enemigos (guerreros capturados) eran torturados lentamente delante de sus legionarios: quemados vivos, desollados, obligados a pelear contra bestias hambrientas... mientras estaban inmovilizados. Y el mismo Príncipe participaba riendo y bebiendo.
Eso fue la gota que colmó el vaso para muchos, pues en la mente de los itálicos la crueldad excesiva en los juegos era mal vista cuando se salía del ritual, ya que se interpretaba como pérdida de control, indigno de un comandante que debe ser ejemplo de virtud y disciplina.
—¡Que así sea! —asintió entonces el Cónsul, sentándose en su silla mientras indicaba a sus asistentes que apartasen los rollos de pergaminos y preparasen todo para iniciar una votación oficial, incluidas las Tablas de Mitril que se usaban para registrar los anales de cada sesión.
«Y así comienza la caída de la dinastía Augusta», pensó Tiberio Claudio sentado en su escaño.
—El senador Hostilio Servilio ha propuesto como candidato al cargo de Procónsul por los próximos dos años a su Alteza el Príncipe Lucio Augusto Máximo…
Crispino seguía pronunciando la fórmula tradicional antes de la votación, pero el Gran Duque ya no lo estaba escuchando y se encontraba haciendo planes para lo que vendría después.
«Una vez que el juicio inicie, es importante que controlemos la narrativa pública para evitar cualquier levantamiento. Afortunadamente, este belicoso sobrino mío no es tan popular como cree entre la plebe, pero de todas formas no hace daño ser precavido».
—…Con el permiso del Emperador Juliano y la protección de nuestros dioses tutelares, declaro iniciada la votación.
«También hay que estar listos, porque seguramente Juliano intentará convencer al Manto Oscuro de que ayude a escapar a su hijo. Por supuesto, para evitar complicaciones, al principio no pediremos la pena de muerte y nos limitaremos a desheredarlo. Pero el Emperador no nació ayer, y es posible que imagine lo que ocurrirá con Lucio en el instante en que ya no tenga el control del Estado».
—¡Que se pongan de pie los que están a favor! —gritó el Cónsul para dar inicio al proceso.
«¡Es inútil que grites, nadie va a levantarse!», se burló Tiberio en su interior, mientras observaba sus manos: «Me pregunto si yo mismo debería hacer la acusación o conseguir que alguien más lo haga. Por un lado, esto es bastante importante y no quiero que nadie lo arruine. Pero, por el otro, es tan fácil de ganar que realmente cualquiera con un poco de educación podría sustentarlo ante los Censores».
Un murmullo de asombro se extendió por la sala.
«Si se lo encargo a Gayo Fluvio, sería usar un león para matar a un conejo, pero si dejo que Sexto Helvidio haga la acusación… terminará pidiendo que crucifiquen al Príncipe antes de terminar de recitar todos sus crímenes», decidió Tiberio, suspirando, mientras recordaba las veces que su amigo había jurado que destruiría completamente a la estirpe de Juliano. «Lo mejor será encargárselo a Marco Claudio, al menos para la acusación inicial…»
—¡Tiberio!
Quien le acababa de hablar era precisamente Sexto Helvidio Rufino, una de las pocas personas que se atrevían a llamar al Gran Duque por su nombre, debido a la larga amistad que compartían. Claro que normalmente esto solo ocurría cuando estaban a solas, a no ser que algo muy importante estuviera sucediendo y necesitara llamar su atención. Pero, como su viejo amigo odiaba tanto a la familia imperial, Tiberio Claudio pensó que el motivo de su interrupción era su intención de insistir en ser nombrado el acusador del Príncipe Lucio, y por eso se volvió para mirarlo con fastidio…
De pronto, notó que todo el mundo a su alrededor estaba mirando en otra dirección.
Rápidamente buscó con la mirada y lo que vio lo dejó sin aliento.
¡Ciento cincuenta y seis senadores se habían puesto de pie!
—¡¿Pero qué…? —no pudo evitar exclamar el Gran Duque.
Y no era el único que estaba sorprendido.
Todos sabían que Lucio contaba con el apoyo de veinticinco locos. Pero ahora se habían levantado nada menos que ochenta y uno de la Facción Neutral: ¡Y la gran mayoría eran aquellos cobardes que Tiberio Claudio estaba seguro de tener controlados! Lo más sorprendente era que en ese momento no se veían timoratos ni asustados como siempre, sino que sonreían con desafío, como si estuvieran absolutamente convencidos de que su voto no traería represalia alguna. Jamás en su vida Tiberio los había visto tan seguros en una sesión del Senado.
«¡¿Cómo pasó esto?! ¡¿Quién lo hizo?! ¡¿Cómo los convencieron?!»
La mente del Gran Duque trabajaba a toda prisa, calculando cientos de escenarios de conspiraciones y trampas políticas que pudieran explicar aquel desarrollo. Pero antes de que pudiera construir una teoría sólida, su hijo le tocó el brazo de forma discreta para llamar su atención sobre un detalle. Y lo que vio casi hizo que el corazón se le detuviera.
Cincuenta senadores de su propia facción también estaban de pie, apoyando al príncipe Lucio. Eran los mismos hombres que, tan solo unos instantes atrás, le habían demostrado obediencia incondicional. Pero ahora se los veía sonriendo alegremente mientras abandonaban sus asientos para reunirse junto a la facción pequeña y solitaria del primer príncipe imperial.
—¡Imposible! —gritó Tiberio esta vez.
—¡¿Qué significa esto?! —gritó alguien. Se trataba del Patriarca de los Emilianos y, claramente, miraba enfurecido a los senadores de la facción neutral que se estaban levantando para caminar hasta las gradas en donde se encontraba el Primer Príncipe.
Su ira era demasiado genuina para ser fingida. Tiberio Claudio inmediatamente miró el rostro del General Aureliano e inmediatamente leyó en su semblante lívido que este tampoco sabía lo que estaba sucediendo.
Desde las gradas altas, el Príncipe Lucio se puso de pie lentamente, con una sonrisa que destilaba triunfo. Su voz resonó en el hemiciclo, fría y desafiante:
—Cónsul Cornelio —dijo el Príncipe, con una voz que arrastraba el metal de la victoria—, la votación ha terminado. Diga la fórmula. ¿O acaso tiene usted la audacia de ignorar la voluntad del Senado libremente reunido? Recuerde que su lealtad, antes que a un hombre, pertenece a la Ley y al Orden del Imperio.
Crispino lo miró con furia contenida y un ligero temblor de miedo. No comprendía lo que pasaba, pero el número de traidores era innegable.
—¡No es posible! ¡¿Acaso van a nombrar a ese loco?! —exclamó Lucio Cassio, haciendo un gesto como si fuese a levantarse.
—¡Cálmate! —exclamó Tiberio rápidamente, aunque se notaba que él también estaba nervioso—. Recuerden el veto consular. Crispino tiene la autoridad para vetar este nombramiento, pero primero tiene que realizarlo.
—¡¿Pero lo hará?! —preguntó Sexto Helvidio nervioso.
Todos estos hombres eran políticos hábiles y eran capaces hasta cierto punto de ser crueles y despiadados. Pero a todos les daba muchísimo miedo lo que pasaría si alguien como el Príncipe Lucio tuviese el mando de dos legiones.
—¡Por supuesto que lo hará! —respondió Tiberio con convicción—. ¡Puede que esté cegado por su lealtad a esa Dinastía muerta, pero no es ningún loco y jamás permitirá que alguien tan descontrolado tenga semejante nivel de autoridad!
—La candidatura del Primer Príncipe ha superado la mayoría simple —anunció el Cónsul Crispino con un temblor en la voz y una expresión de desagrado que evidenciaba lo mucho que detestaba tener que pronunciar esas palabras—. Desde este momento su alteza real el Príncipe también es Procónsul del Imperio, con autoridad militar sobre dos legiones. ¡LARGA VIDA Y VICTORIA!
Al escuchar el nombramiento, la multitud de senadores que habían formado este inesperado nuevo bloque detrás del Príncipe lanzaron un aplauso atronador que sonaba extrañamente rítmico, casi como si lo hubieran practicado. Esto tenía que ser imposible, pues se trataba de personas que unos minutos antes eran enemigos. ¡Todo era demasiado extraño!
Pero en ese momento, el Cónsul Crispino Cornelio se levantó de su asiento y todos pudieron leer por su lenguaje corporal que estaba a punto de pedir la palabra para ejercer su derecho de veto. Esto provocó que varias personas en las distintas facciones soltaran un gran suspiro de alivio; lo único que esperaban era que los aplausos terminaran, y entonces el Cónsul hablaría.
Pero en ese instante, ya fuese por designio de los dioses o por algún maligno influjo de aquella extraña voluntad que los había estado guiando hacia un destino funesto, volvió a ocurrir algo inesperado que lo trastocaría todo. Un senador de la facción aristocrática perdió el control. Tiberio Claudio no recordaba su nombre —así de poco importante era—, pero aparentemente era pariente de uno de los desertores que acababan de apoyar con su voto la candidatura del Primer Príncipe, y estaba aterrorizado de que la venganza del Gran Duque también alcanzara a su familia. En su desesperación por probar su lealtad, se levantó de su asiento para ir donde su pariente y le propinó un puñetazo en medio de la cara.
La golpiza inesperada tuvo un efecto curioso en el senador atacado, que de pronto parpadeó como si no tuviera idea de dónde estaba o de qué estaba haciendo, igual que si despertara de una especie de trance. Pero lo que vio al recuperar el sentido fue que de pronto estaba siendo atacado por un colega, así que su instinto de guerrero entró en acción y respondió al golpe con otro.
Así fue como, de pronto, aquellos dos senadores rodaban por el suelo en una pelea intensa.
Este evento, en un momento de tanta tensión, fue como arrojar una chispa en un barril lleno de combustible.
Varios senadores de las distintas facciones comenzaron a correr hacia el grupo del Príncipe con la clara intención de matar a golpes a todos los que se habían atrevido a llevarlos a esa terrible situación. Quienes eran golpeados se mostraban confusos por un segundo, como si despertaran de un sueño extraño, pero rápidamente respondían con furia, devolviendo los puños y los insultos. Muy pronto empezaron a volar los objetos que se arrojaban: tinteros, rollos de pergamino, hasta los pesados bancos de madera.
La violencia se extendió por todas partes: un patricio agarraba a otro por la toga y lo zarandeaba contra una columna; un grupo de neutrales rodeaba a un desertor de la facción aristocrática y lo golpeaba sin piedad; en las gradas altas, dos consulares rodaban por las escaleras enzarzados en una pelea que ya nadie recordaba por qué había empezado. Llegó un momento en que nadie estaba seguro de quién luchaba contra quién ni por qué razón exacta peleaban; solo quedaba el instinto, la rabia y el caos absoluto.
Los guardias presentes intentaron intervenir, pero poco podían hacer contra un grupo de élite compuesto por trescientos aristócratas decididos a enfrentarse. Eran hombres entrenados en la guerra, con aura de batalla latiendo bajo la piel, y la mera presencia de lanzas y escudos no bastaba para contener aquella avalancha de orgullo herido.
Naturalmente, el cónsul Crispino trató de poner orden, alzando la voz desde su asiento y exigiendo silencio. Pero su posición se encontraba justo en el fondo del hemiciclo, y tuvo la mala suerte de que un grupo de más de veinte senadores, enzarzados en una pelea furiosa en las gradas superiores, resbalara y cayera en masa sobre él. Crispino era ya anciano y, aunque su aura de batalla aún lo protegía de lo peor, era mucho esperar que pudiera defenderse perfectamente en aquellas circunstancias. El pobre hombre acabó con la frente sangrando y la visión borrosa, confundido, mientras intentaba encontrar un lugar seguro en medio de una lucha que ya se había convertido en una auténtica batalla campal capaz de estremecer los cimientos mismos del edificio del Senado.
—¡Padre, tenemos que salir de aquí! —exclamó Décimo Tiberino, asustado.
La pelea de los senadores estaba subiendo de nivel, y en un espacio cerrado, corrían el riesgo de que las masas de personas terminaran sofocándolos, incluso si no tenían intención de matarlos. Ese tipo de situaciones ya habían ocurrido antes, y por eso era importante no quedar atrapados en espacios cerrados cuando se desataba un conflicto de multitudes fuera de control.
—¡No seas tonto, tenemos que actuar ahora! —exclamó el Gran Duque mientras se levantaba para comenzar a abrirse paso entre los grupos de senadores que peleaban, obligándolos a hacerse a un lado.
Su hijo no hizo preguntas e inmediatamente hizo todo lo que pudo para ayudarle, dando golpes a cualquier senador que se acercara por la espalda a su padre.
En ese momento, Tiberio Claudio tenía un único objetivo en mente.
La situación se había descontrolado tanto que, seguramente, los Censores estaban a punto de interrumpir la sesión del Senado. Pero si eso sucedía, ¡el nombramiento de Lucio quedaría completamente legalizado!
—¡Crispino! —gritó Tiberio en cuanto consiguió acercarse lo suficiente a pesar de la multitud de personas que luchaban.
Su viejo enemigo estaba medio desmayado junto a tres senadores de la facción imperial que trataban de ayudarlo a recuperar el aliento mientras lo protegían con sus cuerpos. A su alrededor solo se escuchaban los gritos de la pelea, y por eso le tomó mucho tiempo entender lo que le hablaban.
—¡Crispino! —volvió a gritar Tiberio—. ¡Veta ese nombramiento!
—¿Qué? —Por fin el Cónsul consiguió recuperarse un poco del golpe y miró a su alrededor mientras se limpiaba la sangre que goteaba por su frente. Entonces vio al Gran Duque a la distancia, que le gritaba desesperado.
—¡Crispino, levántate! ¡Veta ese nombramiento!
Crispino Cornelio detestaba al Gran Duque Tiberio Claudio y probablemente moriría contento si pudiese ser él quien diera la orden de ejecutarlo. En realidad, probablemente fue el gran odio que sentía hacia él el que le devolvió el sentido, solo por ver su rostro. Sin embargo, no dejaba de respetar su intelecto y ponía mucha atención a todo lo que este decía. Por eso, en cuanto este le habló, abrió mucho los ojos y supo exactamente a qué se refería. Y aunque detestaba tener que seguir cualquier consejo de esa persona, el bien del Imperio siempre estaba primero en la mentalidad de Crispino Cornelio.
De manera que con mucho esfuerzo consiguió levantarse e incluso hizo a un lado a los senadores que intentaban ayudarlo a retirarse para obligarse a sí mismo a caminar hasta el centro del hemiciclo y comenzó a gritar, tratando de hacerse oír por encima de aquel inmenso alboroto:
—¡Demando la palabra! ¡Yo demando la palabra!
—¡Denle la palabra! —gritó Tiberio Claudio señalando a Crispino, mientras trataba de llamar la atención del resto de su facción para que dejaran de pelear y escucharan al Cónsul.
—¡Todos, presten atención al Cónsul! —intervino también el Duque Aurelio Asturias.
El Gran Duque Tiberio Claudio, el Duque Aurelio Asturias y el Duque (actual Cónsul) Crispino Cornelio… ¡Tres descendientes de Los Quintos y líderes de las facciones más importantes del Senado se encontraban demandando orden! En cualquier circunstancia, eso tendría que ser suficiente para detener a todo el Imperio, y mucho menos al hemiciclo del Senado. Pero por algún motivo, la furia de la pelea que se estaba desatando no hizo más que aumentar en lugar de disminuir. Uno de los senadores incluso acabó golpeando a otro con tal fuerza que rodó por las escaleras, rompiéndose el cráneo contra el suelo de mármol. La sangre de su cabeza formó un charco maloliente justo debajo del mapa que representaba los dominios de Itálica.
—¡Veto el nombramiento! —gritó Crispino con todas las fuerzas que pudo para intentar hacerse oír—. ¡El Cónsul veta el nombramiento!
Eso era lo que había pasado unas horas antes.
Ahora el Gran Duque Tiberio Claudio observaba ese mismo charco de sangre que estaba siendo limpiado por un grupo de esclavos afanosos que intentaban desesperadamente devolverle al hemiciclo del Senado algo de dignidad. La mayoría de los senadores se había retirado luego de que la Guardia Urbana llegase a tropel y, afortunadamente, la visión de cientos de legionarios con las armas en ristre fue suficiente para finalmente devolverles la cordura.
Por cierto, en algún momento el Príncipe Lucio se había marchado y nadie tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Ni les interesaba saberlo, porque en ese momento había asuntos más urgentes de los cuales ocuparse.
Un grupo de voces llamó la atención de Tiberio Claudio, y este por fin salió del estupor en que se encontraba. Buscando el origen, descubrió que, un poco más lejos, en un lugar apartado se hallaba uno de los Censores, hablando con el Duque Aurelio Asturias y el senador Emiliano. Estos ancianos eran los guardianes de las tradiciones del Imperio y representaban la cúspide de la dignidad, aunque luego de la gresca, todos habían sufrido algún daño. El que en ese momento conversaba con los senadores era el que mejor se encontraba: solamente tenía la frente abierta por el fragmento de algo duro que le había atinado.
Tiberio Claudio decidió escuchar lo que estaban hablando, así que se acercó en silencio, tratando de no ser visto.
—El nombramiento de Lucio como Procónsul no procede, ¿verdad? —preguntaba Emilio Emiliano con una expresión claramente desesperada.
El viejo Censor era un hombre de casi noventa años y parecía que se iba a desmayar en cualquier momento, mientras un esclavo intentaba aplicarle gotas de poción mágica sobre la herida. Pero consiguió sacudir la cabeza con lucidez antes de asentir, señalando las Tablas de Mitril, donde resplandecían unas letras grabadas mágicamente.
—Claro que se sostiene, entró en los anales.
«Por supuesto», maldijo Tiberio Claudio. Ya sabía cuál sería la respuesta incluso antes de que la formulase, porque conocía cómo funcionaba el procedimiento. Esas tablas estaban sincronizadas con lo que los Censores escuchaban y registraban todos los pronunciamientos oficiales en tiempo real. Aureliano también parecía haber llegado a la misma conclusión, porque no dijo nada, aunque por su expresión parecía que estaba a punto de envejecer varios años.
Emilio Emiliano, en cambio, se negaba a aceptarlo y rápidamente pateó al esclavo para que se hiciera a un lado por un momento, así pudo tomarlo de los hombros para sacudirlo.
—¡¿A pesar de que el Cónsul planteó su veto?! —preguntó desesperado.
—Su voz no se escuchó… —explicó el Censor—. Así que no se admitió formalmente. El veto no es válido. El nombramiento del Príncipe sí lo es.
Finalmente, el líder de la Facción Neutral intervino.
—Quiero ser muy claro contigo —dijo el Duque Aurelio Asturias, mirando al Censor con una mirada muy peligrosa—. Tú sabes bien la clase de persona que es ese Príncipe y lo que podría pasar si le entregamos el control de un ejército. No permitiré que las vidas de treinta mil legionarios y quién sabe cuántos civiles se pongan en peligro por un mero truco de procedimiento. ¡Ese nombramiento no puede proceder!
—¡¿Dijiste truco?! —exclamó el Censor, tan ofendido que a pesar de estar herido quiso levantarse y casi se cae hacia atrás, pero su esclavo se apresuró a sujetarlo—. ¡Este es un asunto religioso! ¡No hay trucos en la religión!
En ese momento, Emilio Emiliano levantó la mirada emocionado y volvió a sacudir al Censor, intentando no lastimarlo, pero sin poder contener los nervios.
—Esta sesión del Senado no ha terminado, ¿verdad? Quiero decir, formalmente no la hemos concluido.
El Censor lo observó confundido por un momento. Aurelio Asturias sonrió, pero no dijo nada para no interrumpir los pensamientos del anciano que necesitaba tiempo para recuperar el aliento.
—Creo… que sí —musitó el anciano finalmente—. Es verdad que los guardias llegaron… pero nadie cerró formalmente la reunión.
—¡Pues entonces, si volvemos a reunirnos el día de mañana, «formalmente» será la misma sesión, ¿no es verdad? —preguntó Emilio, sonriendo emocionado.
—Sí, así es… —asintió el Censor.
—¡Entonces, el Cónsul Cornelio puede usar su veto el día de mañana para impedir el nombramiento del Príncipe Lucio!
Por un momento se hizo el silencio mientras el anciano pensaba e intentaba recordar el larguísimo y complicado protocolo del Senado. Emilio Emiliano, Aurelio Asturias y el Gran Duque Tiberio Claudio, que escuchaba en secreto, contenían el aliento, esperando el veredicto. Hasta que finalmente el anciano dijo:
—Sí, creo que sí… No es convencional, pero no es ilegal.
—¡Entonces tenemos que asegurarnos de que Crispino se presente el día de mañana! —concluyó Aurelio Asturias muy serio.
—Así es, todo depende de que el Cónsul esté aquí vetando ese nombramiento antes de que llegue el mediodía, porque entonces, formalmente, la sesión se cerrará de cualquier manera cuando el nuevo sol esté en su cenit —les advirtió el Censor.
—Siempre y cuando Tiberio Claudio no intente hacer algo para impedirlo —dijo Emilio Emiliano, poniendo un rostro severo.
—Sí, es muy probable que él esté detrás de todo esto, ya que fue él quien dejó actuar al Príncipe Lucio desde el principio —dijo el Censor.
—Eso no me queda claro… —dijo Aurelio Asturias, suspirando aliviado—. En cualquier caso, lo que tenemos que hacer ahora es asegurarnos de juntar hombres para proteger al Cónsul Crispino y asegurarnos de que nadie le impida llegar aquí el día de mañana a primera hora para realizar ese veto. También tenemos que averiguar qué fue exactamente lo que ocurrió durante la votación, porque fueron demasiados senadores los que nos traicionaron…
El Gran Duque ya había oído todo lo que necesitaba, así que se retiró con tranquilidad. Por un lado, se sentía impresionado de que Emilio Emiliano hubiese tenido una idea tan buena para solucionar el problema del nombramiento del Príncipe Lucio, pero por otro, despreciaba el hecho de que realmente pensaran que él quería que esto ocurriera.
Tiberio encontró a su hijo Décimo en uno de los corredores laterales, aún con la toga manchada de sangre ajena y la expresión tensa.
—Padre —saludó este, inclinando la cabeza.
—Escucha bien —dijo Tiberio con voz baja pero cargada de vehemencia—. Reúne inmediatamente a todos los hombres que nuestra facción domina. Diles que, a partir de este momento, el cónsul Crispino Cornelio no debe ser lastimado bajo ningún motivo. Nada debe impedirle llegar al Senado y vetar el nombramiento del príncipe Lucio. Cualquiera que desobedezca mis órdenes estará en una pica antes del fin de este día.
Décimo palideció, pero asintió sin preguntar.
—Como ordenes, padre.
Pero, a pesar de las órdenes de Tiberio Claudio, del mismo modo en que ocurrió en el Senado, un gran grupo de gente armada bajo su control —hombres que siempre habían sido leales a la familia Claudia— repentinamente atacaron con ferocidad la mansión del Cónsul Crispino. Lo más aterrador fue que dentro de los propios hombres del Cónsul también hubo traidores que se volvieron en su contra en el peor momento. Y aunque al final todos los que atacaron terminaron muertos gracias a la acción inmediata de los guardaespaldas y de los hombres de confianza del propio Cónsul, estos consiguieron herirlo lo suficiente como para que no pudiese asistir a la reunión del día siguiente, con lo cual el nombramiento como Procónsul del Príncipe Lucio quedó completamente imposible de revocar.
Hola amigos, soy Acabcor, desde Perú… donde la hacemos larga para comprar aviones caza 😅. Hoy es 16 de diciembre de 2025.
Bueno, aquí está el siguiente capítulo de esta dupla, que es mi regalo de Navidad para ustedes. Espero que les haya gustado a todos.
Lo cierto es que un cestus es un tipo de guantelete que se utilizaba para el pugilato en la antigüedad, pero el motivo por el cual elegí este nombre para Chester fue principalmente porque los nombres rimaban; no había realmente un motivo profundo detrás de eso. Sin embargo, me pareció entender en los comentarios que la gente esperaba que hubiese algún tipo de lore involucrado, y no quise decepcionarlos, así que me quemé un poco las neuronas para encontrar una justificación creíble… y esta es la que les presento. Espero que les haya gustado, porque personalmente me parece que está muy bien fundamentada.
La parte más difícil de escribir de este capítulo fue lo del Senado, no porque las intrigas políticas sean complicadas —de hecho, es lo que mejor se me da dada mi formación—, sino porque soy muy malo en matemáticas y realmente no estoy seguro de haber hecho bien los porcentajes de las votaciones. Mis disculpas si cometí algún error de cálculo.
En cuanto al funcionamiento del Senado, pues básicamente es una reinterpretación del Senado de la era republicana adaptada a este mundo de fantasía medieval tan particular. Recuerden que la lógica de los cónsules de la antigua Roma era precisamente evitar que apareciera una figura como la de los emperadores, mientras que en este mundo lo presento como algo completamente opuesto: una figura que existe para evitar que alguien desafíe el poder de los emperadores.
La idea de que el cónsul tuviera que tomar auspicios antes de iniciar una sesión es un invento mío, pero no está tan lejos de la realidad. En las antiguas sociedades se realizaba una gran cantidad de rituales y procedimientos antes de iniciar cualquier actividad importante, para asegurarse de que los dioses estuviesen de acuerdo con ella, porque de otro modo se consideraba destinada al fracaso.
No me voy a explayar más en explicaciones para no retrasar la publicación, pero realmente estoy ansioso por leer las impresiones de todos ustedes en los comentarios. Espero que les haya gustado toda esta parte intrigante sobre la política y el funcionamiento de Itálica, así como las intrigas de la familia Claudia y esta extraña fuerza que ha estado operando en la capital en secreto.
Ahora vienen las Navidades y, por supuesto, quiero concentrarme en pasarlas con mi familia, así como tratar de recuperarme un poco, ya que parece que últimamente estoy más tiempo enfermo que sano.
Pero, en cuanto terminen las fiestas, lo primero que pienso hacer es concentrarme en publicar el séptimo capítulo del primer libro del proyecto alternativo El Séptimo Campione. Es una obra que les recomiendo mucho y en la que he estado trabajando bastante.
El Séptimo Campione no es una simple reescritura, sino una reconstrucción épica completa de la obra original. Narra la historia de un joven que logra lo imposible: derrotar a una deidad pagana y arrebatarle su poder, convirtiéndose en algo que jamás debió existir.
Desde ese momento, su destino queda sellado, obligado a enfrentarse a espíritus primordiales desatados, fuerzas míticas que amenazan con destruir el equilibrio del mundo. Aquí, los dioses son entidades antiguas, caóticas o tiránicas, que operan bajo leyes superiores y cuyo descontrol arrasa todo a su paso. La historia combina combates sobrenaturales, intrigas de poder, mitología reinterpretada con rigor histórico y filosófico, y un protagonista que no solo lucha contra dioses, sino contra la tentación de convertirse él mismo en uno.
Todo ello acompañado de hermosas heroínas inspiradas en los grandes arquetipos del anime clásico, leales, femeninas y memorables, dentro de una narrativa enriquecida con más épica, más profundidad, más coherencia y un lore completamente reorganizado para ofrecer una experiencia más intensa, madura y satisfactoria que el material original.
Actualmente ya hay seis capítulos publicados, y cada uno de ellos es bastante largo, así que se los recomiendo mucho.
Naturalmente, después de eso continuaré con El Villano que Desafía su Destino y luego nuevamente con The Great Demon King… por lo menos ese es el plan que tengo en mente, si no ocurre ningún imprevisto. Ustedes saben cómo son estos proyectos artísticos: a veces simplemente viene la inspiración y de pronto saco un capítulo de una cosa o tres capítulos de otra.
En fin, si quieren apoyar este proyecto, por favor no dejen de utilizar mis enlaces en la cuenta de Patreon. También pueden ayudarme depositando en mi cuenta BCP o por Yape. Si alguno de ustedes encuentra algún error ortográfico o de contexto que se me haya escapado, por favor no duden en señalarlo, y yo lo corregiré en el menor tiempo posible. Y, por supuesto, me ayudaría muchísimo si compartieran esta historia en sus redes sociales y con todos sus conocidos para hacerla más conocida y atraer a más posibles patrocinadores.
Quiero desearles a todos una muy feliz Navidad y un próspero Año Nuevo.