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Como por primera vez en mucho tiempo tenía algo de tiempo libre, Bryan se dedicó a inspeccionar las defensas de la fortaleza. Aunque los detalles dejaban mucho que desear, los aspectos fundamentales, como los muros debilitados, habían sido correctamente reparados. Para lo demás, sería necesario traer maestros albañiles y otros artesanos.
Después, se reunió con los alquimistas para una larga charla, durante la cual compartió deliberadamente algunos de los conocimientos que había adquirido en el Cementerio de la Muerte. Naturalmente, se guardó para sí mismo la información más importante, pero lo que reveló seguían siendo secretos de la magia de gran valor. Algunos de estos eran saberes perdidos, en particular sobre la relación entre el cuerpo humano y el alma.
Por supuesto, Bryan casi nunca daba puntada sin hilo, y había una razón detrás de su repentino impulso de compartir conocimientos. Su intención inicial era que esto actuara como cebo para que los alquimistas quisieran seguir a su servicio. Al mismo tiempo, deseaba que sus futuras investigaciones se enfocaran en lo que él consideraba su siguiente gran objetivo: usar la alquimia para mejorar el estado físico de sus tropas.
El resultado fue impresionante. Los alquimistas, que hasta entonces pasaban cada día sumidos en la depresión, se despertaron de golpe, encendidos por un repentino fervor. El miedo que los dominaba se desvaneció, reemplazado por un insaciable hambre de conocimiento. Con los ojos brillando de curiosidad, comenzaron a bombardear al Procónsul con preguntas, cada vez más desinhibidas e impertinentes. Estaban tan absorbidos por su deseo de saber más, que perdieron toda compostura.
Bryan, notando que la situación se descontrolaba, decidió alzar la voz para recordarles su lugar. El tono severo del Procónsul los devolvió rápidamente a la realidad, y tras una breve pausa, retomaron la conversación con mayor calma. Entonces, cuando tocaron el tema sobre la fabricación de pociones, Bryan aprovechó la oportunidad y compartió algunos de los conocimientos que Cyrano Constantino le había transmitido, explorando la posibilidad de utilizar pociones para potenciar a sus soldados.
- Mis legionarios no son aristócratas que hayan tenido el mejor entrenamiento, nutrición y crianza desde su niñez, así que no espero que sean tan buenos como los Caballeros. Pero necesito que su Aura de Batalla se incremente, y por eso quiero saber si es posible usar alquimia para compensar sus desventajas. -
- Es difícil de decir. - Dijo Hermes, frunciendo el ceño y escogiendo cuidadosamente sus palabras: - Históricamente, los intentos de forzar el desarrollo de usuarios de Aura de Batalla con potenciadores mágicos no solo han fracasado, sino que han tenido efectos adversos. Algunos sabios en reinos lejanos afirman tener elixires capaces de lograr convertir a un hombre ordinario en un usuario de aura, pero yo nunca he visto algo así. Me parece pura charlatanería. -
Sus asistentes asintieron mostrándose de acuerdo.
Bryan cerró los ojos un momento, reflexionando sobre lo dicho por el Alquimista Jefe. Tenía razón. Años atrás, Odón Ascher había intentado forzar su avance al nivel de Caballero Supremo utilizando sustancias mágicas. En un principio, parecía haberlo logrado, pues superó los poderes de un Gran Caballero, pero con el tiempo su cuerpo se debilitó de forma progresiva e inevitablemente llegaría el día en que perdería todo su poder. Probablemente ahora ya se encontrase reducido al rango de Caballero de la Tierra.
- ¿Y qué si combinamos el uso de potenciadores de forma gradual durante un entrenamiento intenso? - Propuso Bryan tras meditar un poco: - El objetivo ya no sería aumentar el poder en sí mismo, sino la capacidad del cuerpo para superar sus propios límites en función del esfuerzo realizado. -
Esta vez fue Hermes Trismegisto quien cerró los ojos y reflexionó en silencio durante largo rato. Luego se volvió hacia sus compañeros, para discutir con ellos entre susurros. Bryan no los interrumpió hasta que terminaron.
- Antes habría dicho que no. - Respondió finalmente Hermes: - Pero con el conocimiento que ha compartido sobre la relación cuerpo/alma, quizás sea posible, siempre que dosifiquemos cuidadosamente los potenciadores. Además, los sujetos deberán estar bajo una tensión constante para que sus cuerpos usen todos los nutrientes y se vean obligados a maximizar su desarrollo. - Su voz se tornó seria: - Sin embargo, el límite sería el rango de Maestro de Espadas. Intentar forzarlo más allá pondría en grave riesgo la vida del sujeto o su capacidad de usar el Aura de Batalla. -
- De acuerdo. - Asintió Bryan: - Trabajaremos sobre la base de que el límite será el grado de Maestro de Espadas. Dime qué materiales necesitas y los conseguiré, junto con el alambique y todo el equipo para tu laboratorio. -
- Esta ha sido una tarde fascinante, Procónsul. - Dijo Hermes, sonriendo: - Ahora me arrepiento de haber sido tan sesgado respecto a los necromantes. ¡Ojalá hubiera sabido antes cuánto conocen sobre la estructura del cuerpo y los procesos químicos internos! -
- Para entender la muerte, primero hay que entender la vida. - Respondió Bryan misteriosamente, antes de marcharse.
******
La noche estaba por caer, y Bryan decidió reunirse con Marcio para supervisar los inventarios de provisiones. Habían estado verificando los números durante un par de horas, cuando de repente un legionario entró apresurado y le entregó un mensaje.
Bryan lo leyó rápidamente y, sin mostrar emoción, preguntó:
- Legionario, ¿a qué distancia están las legiones V y VI? -
- ¡Me adelanté para informarle, mi general! - Dijo el soldado casi sin aliento por lo rápido que había corrido, pero con una gran sonrisa: - ¡Llegarán en una o dos horas! -
- Muy bien, retírate a descansar. - Ordenó Bryan. Luego, tras la salida del soldado, se volvió hacia Marcio: - ¡Sígueme! -
Marcio asintió y lo acompañó al centro de mando, una gran tienda de campaña erigida en el corazón de la fortaleza. Una vez dentro, Bryan tomó asiento y esperó. No pasó mucho tiempo antes de que las trompetas resonaran, seguidas por el sonido de miles de soldados marchando animados, aliviados de haber llegado a un lugar seguro, donde les aguardaban comida y descanso. Entonces, tal como habían acordado, Silano fue el primero en entrar para dar su informe.
- Habla. - Ordenó Bryan.
- Todos los bandidos han sido exterminados, mi general. - Respondió Silano.
- ¿Eumenes mantuvo el control? -
- En todo momento, no fue necesaria mi intervención. -
- ¿Cómo se desempeñó? -
- Está claro que ha perdido práctica en el mando directo de tropas, pero su inteligencia es innegable. Creo que su estrategia para tomar la base de los bandidos al oeste fue perfecta. Además... - Silano vaciló un instante.
- Continúa, no te guardes nada. - Lo instó Bryan
- Mi impresión es que es eficiente hasta el punto de ser despiadado. - Respondió Silano.
- Bueno, aunque alcanzó el rango de Tribuno Militar, su papel principal era el de asesor estratégico. Es normal que no sea tan diestro en el mando directo. - Murmuró Bryan, más para sí mismo, antes de mirar a Silano: - ¿Qué opinas? ¿Es alguien en quien confiarías para cuidar tu espalda? -
- ¿Puedo hablar con franqueza? -
- No solo puedes, te lo exijo. - Ordenó Bryan.
- Lo que he visto me lleva a concluir que Eumenes de Cardia no es ningún cobarde y podría ser un gran recurso militar. Pero tiene una especie de enfermedad que podría acabar consumiéndolo - Respondió Silano.
- ¿Y cuál sería esa enfermedad? - Preguntó Bryan, intrigado.
Silano reflexionó un momento antes de responder:
- Su deseo de venganza y la necesidad de probarse a sí mismo son tan fuertes que puede dejar de ver a los hombres como personas, y empezar a tratarlos como números o piezas en un tablero. Eso puede ser útil para un estratega... pero no para un comandante. Personalmente, puedo luchar a su lado, pero si alguna vez se convierte en mi superior, siempre estaría en guardia. -
- Así que piensas que no debo darle demasiado poder. - Concluyó Bryan.
- En este momento, es alguien que no valora su propia vida y solo se mueve por el deseo de cumplir su objetivo. - Explicó Silano: - Alguien así no puede tener la última palabra sobre el destino de miles de soldados. -
- ¿Y si soy yo quien tiene la autoridad absoluta sobre él? -
- En ese caso, creo que no habría problema. - Respondió Silano sin dudar: - Ahora mismo, Eumenes es como un perro rabioso, pero tú eres más parecido a un lobo con el cual no podrá andarse con juegos. Bajo tu mando, él jamás cometerá una locura. -
Bryan sonrió ante las palabras de Silano y guardó silencio hasta que Druso y Eumenes de Cardia entraron en la tienda de mando, seguidos por Sexto Rufo y Cayo Valerio.
- Tus órdenes han sido cumplidas. - Dijo Eumenes, saludando con marcialidad.
- Lo has hecho bien. - Respondió Bryan, y entonces los invitó a todos a reunirse: - Desde este momento, Eumenes es oficialmente el cuarto Tribuno de las Legiones V y VI. Ahora necesito que los cuatro se pongan a trabajar de inmediato en la organización del botín de guerra. Marcio y yo ya hemos hecho la selección. -
Los ojos de los oficiales se iluminaron.
- ¡Así es! - Confirmó Bryan con una sonrisa complacida: - ¡Ha llegado el momento de comunicar nuestra victoria a Itálica! -
De inmediato, todos se pusieron a trabajar. Marcio y Eumenes comenzaron a planificar cuidadosamente la ruta que seguirían los carros cargados con el botín de guerra, seleccionando los caminos más seguros y rápidos hacia Odisea, así como las mejores rutas marinas. Mientras tanto, Silano, Druso y los centuriones se encargarían de embalar meticulosamente el botín de guerra que obtuvieron de los etolios.
Mientras tanto, Bryan permaneció en su tienda, terminando una serie de cartas que ya había empezado a escribir el mismo día en que regresaron a la fortaleza tras su exitosa emboscada: un extenso informe para el Manto Oscuro; dos misivas para la Familia Asturias; un poder notarial para el Gremio Mercante de Bootz, junto con un mensaje privado para Phoebe; una petición oficial, ligeramente amenazante, para el Pretor de Odisea; una solicitud para la madama del burdel de esa ciudad, y finalmente, una Proclamación Oficial dirigida al Emperador y al Senado de Itálica.
Cuando terminó, Bryan hizo una señal. Entonces un agente del Manto Oscuro emergió de las sombras en donde se había ocultado, y recibió los mensajes.
- Que lleguen directamente al Gran Maestre Cándido. - Ordenó.
- Entendido, mi señor Bryan. - Susurró el espía antes de desaparecer rápidamente.
Bryan se recostó en su asiento y, con un suspiro, murmuró:
- Ya terminé mi turno e hice lo mejor que pude con lo que tenía. Ahora es tiempo de ver qué cartas tienen los demás jugadores. -
******
Al día siguiente, todos los legionarios trabajaron intensamente en el embalaje del tesoro que sería enviado a Itálica. No era una tarea sencilla, pues debían asegurarse de que los objetos más valiosos quedaran cuidadosamente ocultos, evitando que cualquier ojo avizor en el camino detectara la preciada carga y tentara a ladrones. Además, se debía seleccionar cuidadosamente a quienes escoltarían este cargamento durante el largo y peligroso trayecto hasta la capital imperial. Naturalmente, la responsabilidad recayó en los siete mil voluntarios que Silano había reunido, no solo porque los miembros de las Legiones Malditas aún no eran completamente confiables, sino también porque estos hombres estaban oficialmente desterrados, lo que les impedía regresar. En cambio, los voluntarios no tenían tal impedimento legal.
Los legionarios de las V y VI comprendían la lógica detrás de esta decisión, pero el entendimiento racional no bastaba para calmar el anhelo de sus corazones. Saber que aún debían posponer su regreso a Itálica, donde los esperaban sus familias y amigos, era una carga difícil de sobrellevar. Sin embargo, se recordaron a sí mismos que, si antes de volver no se limpiaban de la deshonra, esos mismos seres queridos que tanto anhelaban ver probablemente los repudiarían de todos modos, por culpa de su cobardía en el pasado.
En cuanto al representante que debía hablar ante el Senado en nombre de Bryan, lo ideal habría sido enviar a Marcio, el más veterano y conocedor de todos los procedimientos. Sin embargo, el Gran Duque Tiberio Claudio lo tenía en su lista de personas a eliminar, lo que hacía imposible su selección. Finalmente, se optó por Silano debido a su alto rango y su familiaridad con todos los miembros de la escolta, a los que él mismo había reclutado desde un principio.
Por supuesto, Bryan habría preferido ir él mismo y aprovechar la ocasión para reunirse con Fanny, Phoebe y Emily, si es que esta última había vuelto de su misión. Pero un Procónsul no podía abandonar su provincia asignada sin permiso del Senado.
Esa tarde, las carretas partieron finalmente, llevando consigo el auténtico botín de guerra, fuertemente custodiadas por Silano y sus voluntarios. Los legionarios, que observaban la partida de los vehículos con una mezcla de tristeza y resignación, trataban de apartar de sus mentes los pensamientos de desánimo. Se decían a sí mismos que, algún día, también ellos regresarían a Itálica victoriosos y cubiertos de gloria, lo que les daba fuerza para afrontar la espera y los sacrificios que aún les quedaban por hacer.
- ¡Todos, atención! - Resonó una voz que se amplificó por toda la fortaleza, atrayendo la mirada de cada legionario.
Los hombres se volvieron y contemplaron con asombro a su general, Bryan el Necromante, quien se erguía sobre un escenario de madera improvisado. Detrás de él, varias cajas estaban cubiertas con pesadas telas. Al instante, los legionarios formaron en filas ordenadas frente a su líder, expectantes.
- ¡Escúchenme bien, legionarios! - Exclamó Bryan con una expresión grave: - ¡Exijo que todos den lo mejor de sí mismos! ¡Y por eso les doy lo mejor! - Con un gesto dramático, Bryan retiró una de las telas, revelando varios costales llenos de provisiones. Arrojó uno de los costales hacia la primera fila de hombres. Al abrirse, se vieron hogazas de pan, trozos de queso y carne curada.
- ¡Aquí está la comida! - Anunció Bryan.
Luego, con un movimiento decidido, Bryan descubrió otra tela y arrojó un pequeño barril lleno de cerveza, entre las decenas que estaban amontonados en una gran pila.
- ¡Aquí está la bebida! - Proclamó, mientras el barril rodaba hacia los hombres.
No se detuvo ahí. Volvió a girarse, descubriendo un contenedor lleno de instrumentos musicales. Entonces arrojó un pequeño laúd hacia un legionario conocido por su talento con el instrumento.
- ¡Aquí está la música! - Dijo con una sonrisa.
Finalmente, Bryan hizo una señal hacia un costado. Los ojos de los legionarios se abrieron de par en par al ver a Licisca, la nueva líder del burdel de Odisea, seguida por un grupo de meretrices. Aunque no eran las más jóvenes ni las más bellas, eran las más resistentes y veteranas en su oficio, capaces de atender a varios hombres en sucesión sin perder energías. Para aquellos soldados que llevaban tanto tiempo sin tocar a una mujer, todas aquellas figuras se les ofrecían como un coro de musas.
- ¡Y aquí está el entretenimiento! - Anunció Bryan con un gesto de satisfacción.
El Procónsul extendió una mano, y un sirviente corrió hacia él con una jarra de cerveza. Bryan la vació de un solo trago, y luego levantó la voz para dar la instrucción final:
- ¡Ahora diviértanse! ¡Es una orden! -
- ¡Obedecemos, mi general! - Respondieron los legionarios al unísono, sus corazones rebosaban de alegría. De inmediato, comenzaron a celebrar con entusiasmo.
Los instrumentos musicales comenzaron a sonar, llenando el aire con melodías animadas. Mientras tanto, varios legionarios se apresuraron a repartir la comida y la cerveza en vasos de cerámica. Era la primera vez en mucho tiempo que podían festejar de esa manera, y todos sintieron que su general les estaba transmitiendo un claro mensaje: habían cumplido la misión y se merecían esta recompensa. Aunque no podían regresar a Itálica debido a su destierro, el saber que el poderoso líder al que ahora todos respetaban reconocía sus esfuerzos les ofrecía un gran consuelo.
Además, Bryan había dispuesto que se entregara a cada legionario una buena cantidad de oro del botín obtenido de los etolios. No obstante, incluso al hacer esto tuvo que tener mucho cuidado. De acuerdo con los pergaminos del Arte de la Guerra de los Asturias, la recompensa dada a los soldados nunca debía ser tan grande como para que estos pensaran en abandonar el ejército y establecerse en otro lugar. Al mismo tiempo, no debía ser demasiado escasa para evitar que se sintieran menospreciados. El objetivo era proporcionarles a sus hombres una cantidad justa de dinero para que pudieran disfrutar y gastarlo en placeres mundanos, como apuestas, bebidas y prostitutas; pero sólo durante un breve tiempo antes de perderlo rápidamente, obligándolos a regresar al servicio y luchar por más victorias y recompensas similares en el futuro.
Precisamente por eso Bryan había organizado la presencia de las meretrices. Sabía bien que sus hombres estaban deprimidos y, en su opinión, no había mejor remedio para la melancolía que la compañía de mujeres dispuestas. Aunque, a diferencia de la comida y bebida, las putas cobrarían a cada legionario por abrir las piernas. De ese modo, a través de esta celebración, el general esperaba no solo levantar el ánimo de sus tropas, sino también vaciar sus bolsillos rápidamente, para evitar que se les ocurriera la idea de desertar.
- Dije que podían divertirse. - Comentó Bryan, lanzando una mirada de soslayo a Cayo Valerio y Sexto Rufo: - Pero asegúrense de que los hombres se comporten. Quienes se emborrachen hasta el desmayo o inicien peleas serán azotados. Y déjenles claro que, si alguien lastima a alguna de las mujeres, estará en la garrucha hasta que los cuervos se alimenten de su cadáver. -
Los centuriones asintieron y se dirigieron a realizar sus rondas de vigilancia.
- No se preocupe, mi señor. - Dijo la madama Licisca con una sonrisa: - Tal como ordenó, he traído a todas las mujeres que están cerca de retirarse, y todas tienen experiencia manejando a los hombres. Como puede ver, primero bailan y cantan con ellos, animándolos a beber mucho. De ese modo, no durarán mucho tiempo cuando estén dentro de sus vientres, pero estarán lo suficientemente contentos y agotados como para querer iniciar algún escándalo. -
En efecto, Bryan observó cómo las mujeres dirigían su coqueteo hacia los hombres, incitándolos a participar en competencias de bebida, canto y baile antes de aceptar cualquier propuesta de ir a las tiendas para copular con ellas. Esta dinámica animaba aún más el ambiente y permitía que las mujeres controlasen el ritmo.
- Estoy muy agradecida por lo que ha hecho, mi señor. - Comentó Licisca, aprovechando el momento en que estaban a solas con el Procónsul.
- No ha sido nada. - Respondió Bryan.
- Ha significado todo para esas mujeres. - Argumentó Licisca, sonriendo.
La vida de una prostituta estaba llena de desesperación, con el constante riesgo de morir por enfermedades venéreas, clientes violentos o simplemente por algún loco que al que se le daba por matar putas. La mayoría no vivían mucho tiempo, y a medida que envejecían, su situación se volvía aún más difícil.
Sin la habilidad para atraer clientes, muchas se veían obligadas a mendigar en las calles. Otras se convertían en sirvientas o esclavas en casas privadas, con una calidad de vida muy baja y expuestas a constantes abusos físicos y emocionales. En casos extremos, podían acabar atrapadas en trabajos terriblemente duros, como en minas o en la construcción, lo que significaba una muerte segura, lenta y dolorosa.
A veces alguna conseguía enamorar a algún hombre lo suficiente como para estuviese dispuesto a casarse con ellas. Pero tales eventos eran tan raros que podían contarse con los dedos de una mano, pues pocos querrían ser asociados públicamente con una prostituta y menos aún tenerla como esposa.
La única esperanza más o menos realista para estas mujeres era ahorrar suficiente dinero para mudarse a un lugar en donde nadie las conociese y abrir una pequeña tienda o negocio similar. Sin embargo, esto era extremadamente difícil de lograr. Uno de los problemas era que todas eran parias sociales, así que no podían guardar su dinero en bancos y, a menudo, eran víctimas de robos. Además, reunir la suma necesaria solía ser casi imposible.
Pero esta vez ocurrió un milagro.: Bryan había sido nombrado Procónsul en Valderán y no solo las salvó de la explotación de la madama original, sino que también aseguró la protección del burdel de Odisea. Esto ganó la confianza de estas mujeres. Por eso, cuando recibieron una oferta que parecía demasiado buena para ser verdad, algo que normalmente habrían rechazado, decidieron aceptarla.
La propuesta era entretener a los hombres de las legiones V y VI durante una noche de celebración. Dado el gran número de soldados presentes, Bryan decidió extender esta oferta a las meretrices más veteranas, aquellas que ya comenzaban a sentir los estragos de la edad. Les ofreció a todas una suma de dinero considerable solamente por hacer el viaje hasta la fortaleza, suficiente para que esta noche fuera su última en el oficio. Además, con el objetivo de que pudiesen incrementar sus ganancias, Bryan permitió que las mujeres fijaran sus propias tarifas a los hombres que desearan pasar la noche con ellas, siempre y cuando los precios fueran razonables.
Finalmente, luego de negociar/amenazar al Pretor de Odisea, les aseguró a todas un transporte gratuito al interior del imperio. Esto les permitiría trasladarse a cualquier lugar que eligieran para comenzar una nueva vida. También, si preferían la alternativa, podrían optar por asociarse entre ellas para adquirir un puesto en el mercado de Odisea. Aunque no se tratara de una vida de lujo, al menos tendrían una oportunidad de establecerse con algo de seguridad y esperanza para el futuro.
- Ninguna de nosotras olvidará nunca la gran oportunidad que nos ha brindado, Procónsul Bryan. - Afirmó Licisca, mirándolo fijamente.
- Me alegra que lo vean así. - Respondió Bryan, manteniendo una expresión neutral. En su interior, sin embargo, no compartía ese sentimiento. En realidad, sentía que no estaba haciendo lo suficiente por estas desgraciadas mujeres, más allá de darles un trato mutuamente beneficioso. Quería ayudarlas más, pero no podía hacerlo sin arriesgarse a sufrir graves consecuencias. Podía imaginarse a Tiberio Claudio y a toda la facción de sus enemigos políticos frotándose las manos, listos para lanzar discursos en su contra si alguien llegaba a enterarse de que estaba siendo "demasiado amable" con las meretrices. Curiosamente, a diferencia de su mundo de origen, en este nadie lo criticaría sin importar cuánto utilizara sus servicios, siempre y cuando no empleara los fondos del estado para pagarlos. Sin embargo, entablar cualquier tipo de amistad con ellas significaría la ruina de su carrera política.
Bryan suspiró resignado. Aunque se había vuelto más poderoso, tenía que aceptar que siempre habría cosas que escapaban a su control. Observó a sus hombres, que disfrutaban de la compañía de las mujeres, la música y los bailes, aunque sin perder el porte de soldados. Ya no se parecían en nada a la lacra de bandidos que eran cuando los conoció. Esa transformación le animó ligeramente. Estaba haciendo todo lo posible; el resto lo dejaría en manos del destino.
- Por cierto, gracias por aceptar ocuparte de ella. - Añadió Bryan, señalando en dirección a aquella misma prostituta que habían encontrado en la guarida de los bandidos de Flynn. Al principio, la idea era ejecutarla como al resto, pero Bryan decidió que sería excesivo, especialmente al no haber pruebas de que ella hubiese participado activamente en los saqueos. Así que organizó para que trabajara esa noche, recibiera su paga y luego fuera ayudada por el resto de las putas para reestablecerse.
- No lo mencione, es un precio muy pequeño por la generosidad que nos ha demostrado, Procónsul. - Respondió Licisca, sonriendo de manera provocativa mientras se acercaba a Bryan. Estaba exhibiendo su maravilloso escote, claramente insinuándole que deseaba pasar el resto de la noche con él, sin cobrarle nada por ello: - De hecho, aún me siento en deuda con usted. Si lo desea, me encantaría ayudarlo a relajarse, si está de acuerdo. -
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Bryan disfrutó de la intimidad de una mujer, y la propuesta de Licisca resultaba tentadora, sobre todo con toda la tensión acumulada. Además, para ser una meretriz, ella era realmente atractiva. El problema era que si comenzaba a acostarse con ella, quizá no sería capaz de detenerse, y la pobre Licisca no bastaría para saciar su apetito sexual. Finalmente, Bryan negó con la cabeza.
- Dentro de unos días visitaré Odisea, y en ese momento aceptaré tu oferta en tu establecimiento. - Prometió Bryan sonriendo: - Por ahora, debo vigilar que mis hombres se comporten y además estoy esperando noticias desde la capital. -
- Como usted ordene, mi señor. - Respondió Licisca, haciendo una reverencia, aunque con una ligera decepción en su mirada.
- De vez en cuando me gustaría que envíes mujeres para satisfacer a mis hombres. - Continuó Bryan, mientras le entregaba un pergamino: - Este es un permiso oficial para que tu burdel establezca un campamento temporal junto a nuestra fortaleza cada vez que no estemos en campaña. Naturalmente, solo podrán estar con aquellos legionarios que estén de permiso, así que no deberán traer más de una docena de meretrices. Además, podrán fijar el precio de sus servicios, aunque espero que sea razonable. -
- Entendido, mi señor. - Asintió Licisca, antes de preguntar: - ¿Cómo organizaremos el transporte? -
- Ahora que he exterminado a los bandidos, mi próximo objetivo es reparar y asegurar el camino entre esta fortaleza y Odisea, de modo que podrán viajar con una escolta reducida. Espera a que se reanuden las actividades comerciales antes de organizar a tus chicas. -
- Se hará como usted dice. -
Bryan asintió y se alejó para supervisar el campamento. Cayo Valerio le había asegurado que tendría la lealtad de los legionarios una vez que pudiera proveerles comida decente, ropa limpia, un lugar donde descansar y, de vez en cuando, vino y mujeres. Gracias a sus esfuerzos, muy pronto podría proporcionarles todo aquello, dentro de lo razonable.
Después de recorrer el campamento por un tiempo, Bryan observó cómo sus hombres disfrutaban de la celebración sin perder el orden. Satisfecho con lo que veía, decidió retirarse, dejándolos continuar con la fiesta, la cual se prolongaría hasta bien entrada la noche.
******
Una vez solucionados los detalles de la celebración, Bryan consideró que era momento de atender otro asunto pendiente. Se dirigió a la tienda de suministros y eligió cuidadosamente una bandeja con alimentos: pan recién horneado, queso curado, algunas frutas frescas y un generoso trozo de jamón. Sabía que una comida bien presentada podía ser un gesto efectivo para aliviar la tensión, por lo que dispuso todo sobre una elegante bandeja de plata. Además, seleccionó una jarra de bronce llena de un vino de excelente calidad, uno que había guardado para ocasiones especiales.
El motivo de tanto esmero era un intento de dialogar nuevamente con Elena Teia. Bryan esperaba que, tras unos días de incomodidad, un enfoque más civilizado, acompañado de una buena cena, pudiera propiciar una conversación más productiva. Aunque no albergaba ilusiones de ganarse su confianza de inmediato, quería que Elena comprendiera que, a pesar del conflicto entre sus pueblos, su bienestar no sería ignorado. Había una promesa implícita de un trato más amable durante su cautiverio si las interacciones entre ambos permanecían cordiales.
Al tocar la puerta antes de entrar, Bryan recibió una advertencia mental del Pequeño Esqueleto y, de inmediato, se movió para esquivar grácilmente el objeto que le lanzaron. Esta vez se trataba del libro que él mismo había dejado para que Elena no se aburriese. Lo sorprendente fue que logró esquivar el tiro sin que los alimentos se cayeran y tampoco derramó ni una gota de vino.
“Nota mental: no dejarle cosas que pueda arrojar.” Pensó, antes de volverse hacia Elena.
La hermosa Archimaga de Fuego estaba de pie junto a la ventana, con el ceño fruncido por no haber conseguido acertarle. Sin embargo, al menos esta vez no parecía fuera de sí. De manera que Bryan decidió intentar apaciguar los ánimos esbozando su mejor sonrisa y extendió la bandeja con comida.
- ¿Te gustaría comer algo, Arconte Teia? -
- Eso depende. - Espetó Elena con brusquedad: - ¿Estás listo para explicarme cómo fue que mis ropas se cambiaron? -
“Carajo, esta mujer no va a soltar ese hueso, ¿verdad?”
Afortunadamente, esta vez tenía una respuesta preparada.
- Creo que lo hiciste tú misma. -
- ¿Qué? -
- Recuerdo haber sacado algunas prendas de tu Anillo Espacial y dejarlas junto a tu cama. Eres una poderosa Archimaga con un elevado nivel de Fuerza Mental. Probablemente despertaste brevemente de tu estado de inconsciencia y, con gran lucidez, decidiste cambiarte, aunque ahora mismo no lo recuerdes. Algo verdaderamente impresionante, si me permites decirlo, teniendo en cuenta que no tenías todas tus facultades. -
La descarada mentira de Bryan fue acompañada de una expresión cuidadosamente calculada para reflejar la más pura sinceridad. Lamentablemente para él, su oponente también era un genio.
- Que interesante. - Se burló Elena: - ¿Puedes explicarme cómo recuperé brevemente la conciencia, me cambié de ropa y luego volví a acostarme sin recordar nada? -
- ¿Quién sabe? Estamos hablando de ti, Arconte Elena. - Respondió Bryan, sin dejar entrever la más mínima grieta en su fachada: - Creo que conoces mejor que nadie hasta dónde llegan tus capacidades. -
“Vamos, maldita sea. ¡Trágate la excusa! Aunque no me creas, es una forma de que tu dignidad permanezca intacta. ¡Todos salimos ganando si lo aceptas!”
- Procónsul... Bryan, ¿verdad? - Dijo Elena, sonriendo dulcemente, pero con un aura ominosa que la hacía parecer peligrosamente amenazante: - Llevas mucha razón al decir que soy una genio incomparable, tanto en la magia como en la política. también es cierto que me conozco mejor que nadie. - Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión despiadada: - Por eso puedo asegurarte que soy el tipo de persona que recuerda claramente todo lo que hace, ¡incluso con un atisbo de conciencia! -
En ese momento, Bryan realmente quería huir de la habitación. Pero sabía que su hombría estaría en entredicho si volvía a escapar de la situación, así que se rindió ante el hecho de que no podría engañar a esta mujer y se quitó la fachada.
- De acuerdo, lo admito. Fui yo quien te cambió la ropa. -
- ¡Eres un maldito pervertido! -
- En mi defensa, llevabas mucho tiempo inconsciente. Si te dejaba con esa armadura puesta, ahora estarías sufriendo bastante dolor. -
- ¡Bastardo miserable! -
- ¡No pude evitarlo! Acabamos de instalar el campamento, apenas tengo recursos y no dispongo de sirvientas para atenderte. ¡Por eso te ofrecí traer algunas! -
- ¡Quiero que mueras! -
- Muy bien, hagamos esto. - Propuso Bryan, dejando la bandeja de comida y la jarra sobre la mesa: - Te dejaré golpearme una sola vez si con eso quedamos a mano. -
Elena no esperó una segunda invitación. Con sorprendente rapidez, cruzó la habitación y le propinó una sonora bofetada en la mejilla. Luego aprovechó el impulso y giró hábilmente para lanzarle una patada al estómago. Por último, se preparó para darle un rodillazo en los testículos, pero Bryan bloqueó el ataque justo a tiempo.
- ¡No te pases! -
- ¡Dijiste que no bloquearías! - Reclamó Elena, furiosa.
- ¡Un solo golpe! - Argumentó Bryan, retrocediendo rápidamente: - ¡Ya me diste dos, y además querías rematar con las joyas de la familia! - Entonces se cruzó de brazos: - Muy bien, ya te desquitaste. Ahora mejor olvídalo, porque no tiene ningún sentido que sigas tratando de lastimarme en tu estado actual. Es mejor que hablemos. -
Aunque Elena seguía enfadada, reconoció a regañadientes que Bryan tenía razón, aunque no lo dijo en voz alta. Al golpearlo, había sentido claramente que el cuerpo del Procónsul apenas se inmutaba, a pesar de haber dirigido el primer golpe al costado de su mandíbula, en el punto donde esta se articula con el cráneo. Eso debería haber desmayado a cualquiera, sin importar su sexo o fuerza física. El golpe en el estómago tampoco surtió efecto, cuando cualquier otro estaría sin aire. Pero Bryan no dijo nada y solamente reaccionó cuando su orgullo estuvo en riesgo.
“Es como golpear una maldita roca.” Pensó Elena con frustración, mientras se sentaba de mala gana, mirando a cualquier lugar que no fuera Bryan.
Este soltó un suspiro de alivio, interpretando la falta de violencia física como un progreso, y se encaminó a tomar la bandeja de comida. Pero antes de que llegara, escuchó a Elena decirle con voz iracunda.
- ¿Y bien? ¿Por qué estás aquí? ¿Acaso finalmente quieres abusar de mí? -
- ¿Eh? -
- ¿Piensas violarme aquí mismo? ¿O lo harás delante de tus tropas? - Preguntó Elena, señalando la ventana con desprecio.
“Ah, ahora recuerdo que desde aquí se ve el patio de armas. ¡Mierda, seguro me vio cuando presenté a las meretrices!” Dedujo Bryan, frustrado, pero respondió rápidamente:
- No pienso dejar que nadie te toque. -
- ¿Esperas que crea eso después de lo que he visto? -
- No, eso fue… -
- ¿O quizá intentas decir que no piensas compartir a tu trofeo con nadie? -
- Espera… -
- ¡Vaya, Procónsul Bryan! - Se burló Elena: - ¡Qué buen representante de los itálicos has resultado ser! -
Bryan permaneció en silencio, aunque su paciencia comenzaba a agotarse.
- ¿Te sentirás poderoso mancillando a alguien que no puede defenderse? - Continuó Elena con desdén: - ¿Te hace sentir más hombre? -
Finalmente, Bryan sintió que algo en su interior se quebraba y por primera vez en mucho tiempo, habló sin pensar.
- ¿Quieres callarte y escuchar? ¡No pienso ponerte ni un maldito dedo encima! Para empezar, eso disminuiría tu valor como rehén. -
- ¡¿Qué dijiste?! - Exclamó ella, indignada.
- Traté de hablarte cortésmente. - Se defendió Bryan, negándose a retroceder: - Pero no sabes guardar silencio. Parece que eres muy prudente en público, pero en privado te conviertes en un torbellino de insultos y rencor, ¿verdad? Así que no tiene sentido que endulce mis palabras: ¡La mercancía usada no se vende tan bien, Arconte Teia! Además, quiero que entiendas una cosa, mocosa: nadie aquí está tan desesperado como para querer meterse en la cama contigo. Y mucho menos yo. Créeme, tengo más que suficientes opciones en ese sentido. Así que deja de comportarte como si fueses la gran cosa. Nadie te tocará, salvo en defensa propia. Y ni se te ocurra volver a intentar golpearme, porque te juro por los dioses que te devolveré el doble. -
Elena se levantó de golpe, desafiante, con los ojos encendidos por la ira.
- ¡No soy tu maldita "mercancía"! - Espetó, mientras sus puños temblaban por la rabia: - No eres más que un cobarde que se esconde detrás de palabras frías. ¿Te crees algún tipo de don del cielo para las mujeres? ¡Eres patético! -
- Primero, no es que lo crea. - Replicó Bryan, con una sonrisa arrogante: - Sé que soy extremadamente atractivo para las mujeres. Y sí, muchas se mueren por mí. Segundo, no necesité usar palabras frías para derrotarte, incluso con un maldito fénix de tu lado. Tercero, eres mi prisionera, y deberías estar agradecida de que te trate tan bien. Además, no veo por qué tanto escándalo solo porque viste a un par de meretrices. ¿O es que en tu ciudad los hombres no tienen sexo con las mujeres? -
- Oh, claro que se divierten. - Replicó Elena con un tono mordaz: - Igual que tú, actúan como unos hipócritas. Juzgan a las mujeres que tienen más de una pareja, pero se celebran entre ellos cuando aumentan su número de conquistas. -
- Eso no tiene nada que ver con la hipocresía, es cuestión de justicia. - Respondió Bryan, imperturbable. Y antes de que Elena pudiera replicar, añadió: - Todo depende de la dificultad. Una mujer solo necesita anunciar que está disponible para que varios hombres deseen tener sexo con ella. En cambio, los hombres competimos ferozmente entre nosotros por una oportunidad de conseguir una pareja. Por eso se valora más a una mujer casta y a un hombre con múltiples conquistas. -
Elena apretó los dientes, llena de ira y desprecio, aunque una parte de ella se sorprendió por lo directa que era la respuesta de Bryan. Siendo ella miembro de una familia aristocrática, muy pocas veces había podido hablar de este tipo de cosas con alguien y mucho menos con un hombre. Si les preguntase a la mayoría de hombres en su círculo lo mejor que obtendría serían respuestas vagas. Estos temas debieron haber sido enseñados por su madre... pero ese capítulo de su vida acabó demasiado pronto y trágicamente.
- Dicho de otro modo. - Continuó Bryan, con una sonrisa socarrona: - Las mujeres son como cerraduras y los hombres como llaves. Una llave que puede abrir muchas cerraduras es una llave maestra. En cambio, una cerradura que cualquier llave puede abrir es una pésima cerradura. ¿Entiendes el ejemplo? -
En realidad, la metáfora era buena, pero Elena preferiría arrancarse los ojos antes que admitirlo, especialmente con Bryan riéndose de ella.
- ¡Qué estúpida analogía! - Espetó Elena, levantando la barbilla con desafío: - Lo que tú llamas "justicia" no es más que otra excusa patética para esconder tu propia inseguridad. ¡Comparar a las personas con cerraduras y llaves es tan ridículo que ni siquiera merece una respuesta! -
Bryan soltó una carcajada mientras se dejaba caer en una silla. Después tomó un trozo de carne del plato con una sonrisa burlona.
- Sí, claro, eso es lo que dice alguien que no tiene una buena respuesta. - Replicó mientras masticaba despreocupadamente. Si Elena no quería comer, pues peor para ella. Ya no estaba dispuesto a soportar más sus caprichos.
La Archimaga de Fuego dio un paso adelante, con su cuerpo temblando de rabia. Era la primera vez que alguien le hacía perder tanto los estribos, y por algún motivo que ni ella misma no entendía, sentía la necesidad de dejarle claro que no era alguien a quien se pudiese menospreciar.
- ¡¿Crees que eres mejor que yo?! - Gritó: - ¡Soy la Arconte de Helénica! ¡Yo he roto más barreras de las que tú podrías imaginar! ¡Todo lo que he logrado es el resultado de mi propio esfuerzo, y lo conseguí en una ciudad que me despreciaba por ser mujer! -
- ¿Acaso crees que las mujeres tienen el monopolio de las dificultades en la vida? - Se burló Bryan, mientras tomaba otro trozo de comida
- ¡¿Qué sabes tú de dificultades?! - Bramó Elena: - ¡No sabes nada de mí! ¡No tienes idea de todo lo que he luchado! De todas las barreras que tuve que romper para estar aquí, mientras tú... - Hizo una pausa, con los puños apretados: - ¡No tienes ni idea de lo que es pelear contra todo y todos solo por existir, solo por haber nacido como mujer! ¡Cada día esperando a que algún bastardo venga a intentar destruir todo lo que he logrado! -
- Maldita sea, ¿en verdad vamos a hacer esto? - Preguntó Bryan, con tono monótono: - Yo quería tener una conversación seria contigo, pero parece que tú solamente quieres quejarte de lo difícil que es ser una mujer y llegar a gobernar una ciudad. ¡Pues bien, sea! Nada más déjame prepararme. - Se levantó y se sirvió una copa de vino: - Muy bien, adelante. Cuéntame a mí, que fui vendido como esclavo por mi propia familia, lo dura que fue tu vida. Háblame de tu difícil infancia, mientras que a mí el capataz del mercado me azotaba hasta hacerme sangrar. Explícame todas las dificultades que tuviste que superar siendo mujer para alcanzar tu puesto, mientras yo luchaba cada día viviendo al límite para que mis amos magos dejaran de verme como un objeto que podían desechar a su antojo. Por favor enséñame lo inferior que soy yo, que tan sólo he conseguido pasar de ser esclavo al Archimago más joven de mi nación y un aristócrata por derecho propio. - Se llevó una mano al oído con un gesto dramático mientras decía sarcásticamente: - Eso sí, habla fuerte. ¡Es difícil escucharte por encima de los murmullos de la mitad del Senado de Itálica conspirando constantemente para provocar mi ruina! -
Furia, frustración, miedo, inseguridad y una tormenta de emociones inundaban a Elena Teia. Durante los últimos años, había sido tratada como una diosa por la mayoría de los hombres. Incluso aquellos que la despreciaban en secreto no podían evitar sentirse deslumbrados por su belleza y mantenían las distancias. Las mujeres, por su parte, la veían con recelo, inclinando la cabeza con envidia ante sus dones. Patros era el único que se había atrevido a hablarle con sinceridad, pero incluso él había marcado una línea de respeto que jamás cruzaba. En cambio, Bryan no parecía impresionado por ella. Sus talentos mágicos superaban claramente a los de Elena, y lo más perturbador era que no buscaba ganarse su favor, ni temía confrontarla.
- Para empezar, creo que estás muy equivocada en algo. - Continuó Bryan, aprovechando el silencio de Elena. - Es normal que, para estar en la cima del poder, tengas que sufrir, sacrificarte y enfrentarte a innumerables problemas. La supremacía no es un derecho, sino un privilegio reservado para los más fuertes, los más astutos, aquellos dispuestos a hacer lo que sea necesario para ganar. ¿Dices que enfrentaste muchas dificultades por ser mujer? ¡¿Y qué?! Si hubieras nacido hombre, también habrías tenido que superar obstáculos: ya fuera por tu clase social, tu fortuna, tu lugar en la familia, la situación política, lo que fuera. Todos luchamos por sobrevivir, la única diferencia es que los hombres estamos acostumbrados a esa lucha, es algo obligatorio. Para las mujeres, en cambio, luchar es opcional. Viven en la seguridad de sus hogares mientras sus esposos salen a enfrentar bestias salvajes, tormentas, guerras y pestes. Y lo único que se espera de ellas a cambio es respeto y obediencia. ¿Y por qué no habrían de tenerlo? -
- ¡¿Acaso crees que las mujeres no enfrentan dificultades?! - Exclamó Elena, volviendo a enojarse: - Nos envían a matrimonios que no queremos, a ser el trofeo de hombres que no conocemos. Nos arrojan al mundo con la expectativa de que sobrevivamos mientras nos vigilan con cada paso que damos. ¡No tenemos seguridad en ningún lado! -
Para su sorpresa, Bryan levantó la mano para interrumpirla.
- Por supuesto que las enfrentan. Mi punto es que las cosas malas les pasan a todos: los hombres están obligados a participar en las guerras, las mujeres enfrentan la posibilidad de ser violadas; los hombres realizan los trabajos más peligrosos, las mujeres lidian con el parto. Etcétera. Etcétera. Pero, ¿quiénes son los que sobresalen al final? ¡Los más aptos! - Bebió un sorbo de vino. - El mundo no se divide en hombres y mujeres; se divide en aquellos que están dispuestos a luchar por mantener la cabeza en alto, y los que se someten por comodidad. - Hizo una breve pausa. - Creo que tú y yo estamos en el primer grupo; de otro modo, no habrías llegado hasta donde estás. Sólo tienes un problema, en mi opinión. -
- ¿Qué yo tengo un problema? - Replicó Elena, con su voz temblando de rabia apenas contenida: - ¡La única razón por la que no te he aplastado es porque ahora mismo no puedo usar mi magia! ¡Si pudiera, no estaríamos teniendo esta conversación! -
- ¿Por qué estás tan desesperada por convencerme de lo grandiosa que eres? - Preguntó Bryan, mirándola directamente, usando la Astro Proyección. - ¿No te das cuenta de lo ridícula que te ves actuando de esta manera cuando estás prisionera de una nación enemiga y no puedes usar tu magia? - Hizo una pausa, su tono cambiando a uno más sereno. - ¿Por qué necesitas tanto que los demás te aplaudan? -
- ¡No quiero los aplausos de nadie! - Replicó Elena, señalándose a sí misma. - ¡Mi propia aprobación es suficiente para mí! ¡Me es completamente indiferente la validación de personas mediocres que muchas veces ni siquiera pueden entender lo que digo! -
- Sí, escucho lo que dices, pero no te creo. - Bryan la observó con seriedad. - Lo más sorprendente es que tu comportamiento no coincide con los informes de mis espías. Sabes cómo mantener la calma, o no habrías gobernado Helénica tan efectivamente… ¿o tal vez soy yo el culpable? -
- ¡Cállate! - Replicó furiosa.
- Lo tomaré como un sí. - Bryan sonrió. Luego, al notar que los ruidos de la fiesta se iban apagando, miró por la ventana y vio los primeros rayos de sol asomarse en el horizonte.
- ¡Vaya! Hemos conversado toda la noche. - Comentó, asombrado, mientras se levantaba de su asiento con una sonrisa. - Espero que disfrutes la comida que queda. En breve, te enviarán sirvientas para atenderte. -
Entonces se dirigió a la puerta, pero se detuvo un momento antes de abrirla.
- He peleado contigo, Elena Teia. Sé muy bien que eres especial y extremadamente talentosa. No necesitas probarme nada. Pero realmente necesitas hacer algo con tus inseguridades. -
- ¿De qué estás hablando? - Preguntó Elena, confundida y ofendida. - ¡¿Cuándo he demostrado inseguridad?! -
- ¿Sabes? Un león no anda por la selva tratando de convencer a los demás de que es un león. Simplemente lo es. - Explicó Bryan sonriendo y salió de la habitación.
Elena permaneció en silencio. Todavía sentía la rabia burbujeando en su pecho, pero algo más la incomodaba profundamente. No era solo su frustración por estar atrapada sin sus poderes, ni la humillación de verse reducida a prisionera de alguien que ni siquiera intentaba ganar su favor. Había algo más.
Recordó lo que él había dicho. "Un león no trata de convencer a nadie de que es un león". Esa frase la golpeaba con más fuerza de lo que le gustaría admitir. Se odió a sí misma por verlo, pero Bryan no era como los demás hombres que había conocido. No se deslumbraba con su belleza ni intentaba manipularla con palabras aduladoras. No trataba de dominarla con amenazas vacías ni la veía como una simple mujer. Y más allá de su frialdad y arrogancia, había algo que ella empezaba a reconocer, aunque se resistía a aceptarlo: él había sufrido tanto como ella.
Elena apretó los puños, luchando contra la creciente oleada de empatía que sentía por él. No podía permitir que esa parte de sí misma se ablandara, no frente a un enemigo. Pero en el fondo, sabía que Bryan no era solo un adversario. Como ella, había sido traicionado por quienes más debía haber confiado: su propia familia, que lo vendió como esclavo. Él podía entender lo que significaba tener que vivir en un infierno por culpa de aquellos que se supone que debían amarte y protegerte, como su propia madre cuando intentó envenenarla.
Se removió inquieta en su asiento, sintiendo un nudo formarse en su estómago. “Maldito sea, ¿cómo me atrevo siquiera a pensar en esto?” Se reprendió a sí misma. Pero la verdad era ineludible, por mucho que intentara ignorarla. Después de hablar con Bryan, sentía que estaba hablando con alguien muy similar, y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
“No, no somos iguales.” Se dijo, tratando de convencerse: “Él es cruel, frío, y no tiene escrúpulos en escapar o utilizar trucos sucios para ganar. Yo luché por llegar a la cima directamente a través de mi pura habilidad” Pero, al mismo tiempo, no podía evitar sentir un extraño respeto por Bryan. Él había sido despojado de todo, pero había logrado ascender desde lo más bajo hasta un puesto de gran poder en el Imperio Itálico.
Elena se mordió el labio, mientras sentía que sus pensamientos estaban girando caóticamente en su mente. ¿Era eso lo que más le dolía? ¿Que, después de todo lo que había ocurrido, encontrara en Bryan a alguien que no solo la desafiaba, sino que también la entendía en su dolor más profundo y podía verla tal como era? La idea de que pudieran ser iguales la irritaba profundamente, pero también le producía una especie de alivio que no podía explicar.
“Ese hombre es un monstruo… pero quizás, al final, no estamos tan lejos uno del otro. ¡Y eso es lo que más me irrita!”
Elena Teia estaba enojada y algo más...
Hola, amigos. Soy Acabcor de Perú, hoy es 11 de septiembre del 2024.
¡Queridos lectores! Esta vez me he superado a mí mismo, y lo he hecho por ustedes. No puedo creer que haya escrito un capítulo tan extenso, lleno de detalles, imágenes vívidas y un ritmo que me tiene muy orgulloso. Sé que no estamos ante una batalla épica, pero él logró muchas cosas: generar expectativa en torno a los experimentos alquímicos, aumentar la tensión sobre si Eumenes será un aliado útil para Bryan, emocionar con el botón de guerra que por fin se reparte, mostrar. el sufrimiento de los legionarios desterrados, la alegría de la celebración, y, por supuesto, el primer intercambio entre Bryan y Elena Teia, que marca el inicio de su relación.
Además, ¡también publicó tres capítulos más de mi proyecto lateral, El villano que desafía su destino! ¡Un aplauso se merece!
Este capítulo está lleno de referencias, siendo la más evidente la película “Invasión”, por la forma en que Bryan organiza la celebración para los legionarios. Y el debate con Elena Teia se inspira en la famosa entrevista entre Cathy Newman y Jordan Peterson, donde ella trató de imponerse con argumentos poco sólidos, solo para que él los desbaratara uno por uno. Hay más referencias escondidas, pero prefiero que ustedes las descubran.
Ahora, una noticia triste: mi querida madre ha sido diagnosticada con fibromialgia, una enfermedad incurable que le provoca dolor físico constante. Si bien existen tratamientos, estos tienen sus limitaciones. Como hijo, me duele mucho esta situación. No es fácil para un hombre admitir cuando algo duele, pero creo que todos podemos empatizar cuando se trata de nuestras madres. Y la mía es maravillosa, por lo que podrán imaginar lo frustrado que estoy. Sumado a mis propios problemas de salud, esta situación me desafía profundamente. Pero aquí estoy, decidido a enfrentarla porque soy su hijo, y cumpliré mi deber, aunque me cueste todo.
Por eso, una vez más, me dirijo a ustedes para pedir su apoyo compartiendo GDK con todos los que puedan estar interesados. Cualquier difusión de esta novela puede ayudar a atraer más lectores y potenciales donantes. Les agradeceré eternamente si pueden ayudarme a hacer llegar esta historia a más personas.
Solo un favor más: les pido que, por favor, no mencionen lo de mi madre en los comentarios. Sé que sus intenciones son las mejores, y les agradezco de antemano, pero en este momento estoy medio irracional con este tema, así que cualquier palabra de ánimo tendría el efecto contrario en mí.
Y bueno, eso es todo por ahora. Estoy con la agenda algo apretada, pero dejen sus impresiones sobre el capítulo. También, si desean apoyarme, pueden hacerlo a través de Patreon, mi cuenta BCP o la aplicación YAPE. No olviden avisarme si encuentran errores ortográficos o de contexto. ¡Ah! Y no se perderán mi segundo proyecto en activo.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!