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Al amanecer del día siguiente, Bryan dormía profundamente envuelto en una manta raída que apenas mitigaba el frío, cuando la puerta del almacén se abrió de golpe. Un grito estruendoso resonó en el reducido espacio.
—¡AAAH!
Bryan se obligó a despertar a pesar del cansancio que sentía, y torció el cuerpo para ver a un muchacho gordo con el mandil sucio de los sirvientes recaderos. Tenía el cabello corto y el ojo izquierdo hinchado y amoratado, como si le hubiesen dado un buen puñetazo.
El joven lo miraba con puro horror.
—¡Tú!... ¡Tú!... —balbuceó, incapaz de completar la frase.
—Ah, eres tú, Jack —dijo Bryan con voz ronca—. ¿Qué haces en mi habitación?
El gordito Jack tenía la misma edad que Bryan y era una de las pocas personas en la Escuela Necromántica que había tratado amablemente al difunto esclavo. Tal vez se debía a su buen corazón o posiblemente debido a una sensación de miseria compartida.
Jack provenía de una familia humilde; su padre lo había enviado a la academia dos años atrás para ganar unas pocas monedas de plata al mes como sirviente. Pero, aunque su posición era de las más bajas, Jack no era propiedad de la institución; era una persona libre, a diferencia de Bryan. Podían golpearlo o gritarle, pero nunca lo atormentarían hasta la muerte como si fuese un animal a no ser que cometiera un crimen terrible.
El Bryan original siempre había envidiado en secreto a Jack, porque este podía comer comida de verdad tres veces al día y no estaba sujeto a un maltrato inhumano constante. Aunque lo que más le dolía era que Jack tuviese la posibilidad de construirse un futuro en el mundo exterior, con una familia que lo amaba. Algo que un esclavo como él jamás tendría, porque sus tíos ya habían dejado claro que no deseaban saber nada de él y ninguna mujer querría tener algún tipo de relación con una criatura sin derechos.
Por su parte, Jack veía en Bryan a un amigo porque era la primera persona que se encontraba en una situación peor que la de él y a la que podía ayudar e incluso proteger. Además, debido a su carácter timorato, el gordito solía ser bastante intimidado por otras personas; pero junto al esclavo se sentía seguro.
—¡Oh, dioses!... Casi me muero del susto. ¡Bryan, no estás muerto! —exclamó Jack, llevándose la mano al pecho—. ¡Eso es maravilloso!
—Maravilloso y una mierda. —masculló Bryan—. Me estoy muriendo de hambre, Jack. ¿No tendrás algo de comer? Dámelo, por favor. Te juro que te lo devolveré más adelante.
Jack se había quedado estupefacto, contemplando a Bryan como si fuese la primera vez que lo veía. Sus ojos pequeños, parecidos a granos de frijol, lo observaban con curiosidad.
Bryan frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Te has enamorado de mí o algo así?
La confusión en la mirada de Jack se intensificó.
—Tú nunca me pedías comida; solo comías cuando yo te ofrecía algo. Y jamás me hablabas así. Creo que nunca te oí decir tantas palabras seguidas. ¡Bryan, has cambiado!
Bryan se sorprendió. Sólo entonces recordó que el esclavo original casi nunca hablaba con nadie porque su vocabulario era bastante limitado y, cuando estaba con Jack, se limitaba a escuchar en silencio. Ni Lisa ni sus compañeras habían notado la diferencia, pero este muchacho, poco avispado en apariencia, se dio cuenta de inmediato.
«Ayer subestimé a Lisa; y hoy lo primero que hago es abrir la boca sin medir las consecuencias... ¡Debo ser más cauteloso!», pensó.
Entonces, adoptó la expresión más bobalicona que pudo y respondió:
—Bueno, el Gul de Lisa me succionó la vida hasta casi matarme. Esa experiencia ha cambiado un poco mi forma de ver las cosas, pero sigo siendo el mismo de siempre.
Jack exhaló un suspiro de alivio.
—Ya veo. ¡Empezaba a pensar que te habías vuelto idiota!
—...
—Toma —dijo Jack, sacando un trozo de pan negro que había ocultado bajo el mandil—. Cómelo. Me alegra que sigas con vida. Como todos pensaban que habías muerto, me asignaron tus tareas y he tenido que venir al alba. Estaba tan apurado que choqué con Bach... y ya ves el resultado.
Bryan mordió el pan con avidez mientras observaba el moretón. Una ira fría y contenida brotó en su interior.
«¿Mmm? ¿Esto es un sentimiento residual de este cuerpo? ¿Estoy enojado porque golpearon a este gordo o por escuchar el nombre de ese tal Bach? Creo que es lo primero. Parece que este esclavo realmente lo consideraba un buen amigo.» pensó Bryan, observando a Jack de reojo mientras masticaba.
De pronto, la puerta del almacén se abrió de nuevo con violencia. Un hombre rudo de mediana edad, con el rostro curtido y una vara de sauce colgando del cinto, irrumpió en el lugar. Era uno de los capataces de los sirvientes, un hombre libre al servicio de la academia que descargaba su propia amargura sobre los de abajo.
—¿Qué demonios pasa aquí? —bramó, fulminando a Jack con la mirada—. ¡Tu grito se ha oído en todo el pasillo, inútil! Y tú... —sus ojos se posaron en Bryan, abriéndose con sorpresa—. ¡El esclavo! Pensábamos que el Gul de la señorita Lisa te había llevado al otro mundo. ¡Maldita sea mi suerte!
El capataz se acercó, olisqueando el aire como un perro de caza.
—No hay tiempo para charlas. Jack, lleva a este esclavo ahora mismo a los baños femeninos. Tenían que estar impecables antes del alba para las aprendizas, y por tu retraso van con demora. Si no termináis antes de que lleguen las primeras damas, os haré azotar a los dos hasta que no podáis sentaros en una semana. ¡Moveos!
Jack palideció y tiró de Bryan del brazo.
—Vamos, Bryan... No hay forma de discutir con él.
Bryan se puso en pie, todavía masticando el último bocado de pan, y siguió a su amigo por los pasillos húmedos y mal iluminados que usaban los sirvientes para desplazarse, hasta que llegaron a los edificios principales que compartían con la Facultad de Magia Oscura. El aire olía a piedra mohosa y a incienso quemado. En su camino, se detuvieron en un depósito del que salieron cargando cubos, cepillos de cerdas duras, sacos de arena abrasiva y jarras de vinagre mágico diluido.
—Por lo menos nos han tocado los baños de las mujeres, porque los de los hombres son los peores… —murmuró Jack desanimado.
—¿Puedo preguntar por qué tenemos que hacer esto? —inquirió Bryan, intentando ocultar su sorpresa tras un tono neutral.
Originalmente el esclavo Bryan simplemente obedecía cuando le daban órdenes sin tratar de interpretarlas o entender por qué tenía que cumplirlas. Pero ahora necesitaba toda la información posible y quería comprender la jerarquía: ¿por qué él, que había sido comprado específicamente por los necromantes, terminaba limpiando los baños de toda una facultad? En este mundo de castas, entender las reglas era el primer paso para aprender a romperlas.
—Porque los necromantes son técnicamente parte de la Facultad de Magia Oscura y sus alumnas usan las instalaciones. —explicó Jack mirándolo extrañado—¿Por qué lo preguntas de repente?
—Es que siempre tuve curiosidad. —respondió Bryan de inmediato.
—Ah… Bueno, ya sabes que a los aristócratas les encanta estar limpios todo el tiempo, especialmente a las mujeres. ¡Así que es un trabajo muy importante!
—¿Y qué es lo que tenemos que hacer?
—El agua caliente y el vapor constante generan sarro, algas verdosas y depósitos minerales en el mármol —explicó Jack mientras aceleraba el paso—. Hay que frotar todo con fuerza para que no resbalen. Normalmente los esclavos lo hacemos de madrugada, cuando los baños están cerrados... pero hoy, por tu sorpresiva resurrección, ya estamos con retraso.
Llegaron a las grandes puertas de bronce labrado que daban acceso a los baños termales femeninos de la Academia Babilonia. Bryan empujó una de ellas y contuvo el aliento.
«Creo que la palabra baño no corresponde aquí…»
El lugar parecía una maravilla arquitectónica digna de un palacio imperial. Columnas estriadas de mármol blanco veteado sostenían una bóveda elevada, perforada por claraboyas que filtraban una luz dorada y tamizada. Suelos y paredes estaban cubiertos de intrincados mosaicos que representaban ninfas acuáticas, tritones y escenas mitológicas de ríos divinos. Tampoco faltaban esculturas finamente talladas con forma de bestias marinas, de cuyas bocas brotaban chorros de agua que alimentaban fuentes artificiales, dotando al conjunto de sonido y movimiento constantes.
El vapor, perfumado con esencias de jazmín y mirra, flotaba en el aire como una niebla matinal y envolvía una serie de piscinas escalonadas destinadas al libre uso de las estudiantes. Las más pequeñas y privadas estaban llenas de agua hirviente que burbujeaba desde fuentes subterráneas, calentadas mágicamente para recrear la experiencia de las termas. Otras, de mayor tamaño y con agua tibia, combinaban aromas y minerales selectos para nutrir la piel. Por último, había algunas piscinas alargadas de agua fría, pensadas para aquellas estudiantes a quienes les apetecía ejercitarse en el nado.
Además de las piscinas, el recinto contaba con diversas instalaciones dedicadas al cuidado personal: salas para recibir masajes, tratamientos de hidratación, corte de uñas, peinado y distintos tipos de acicalamiento femenino.
En resumen, los supuestos “baños” eran más bien un santuario de lujo y refinamiento, un ejemplo supremo de las mejores termas que el Imperio Itálico era capaz de construir.
Pero no había tiempo para admirar el entorno. Jack rápidamente le llamó la atención y entonces ambos tuvieron que arrodillarse junto a la piscina principal para comenzar a frotar con furia las superficies resbaladizas. No pasó mucho antes de que los músculos y articulaciones desnutridas de Bryan se pusieran a protestar de dolor, pero sabía que no podía detenerse o el castigo que sufriría sería terrible.
«Maldita sea», pensó Bryan con fastidio, frotando con más fuerza mientras el vinagre siseaba contra el sarro. Quería acabar rápido, pero su cuerpo débil no respondía. Por mucho que se esforzara, apenas había avanzado un poco más de la mitad del trabajo cuando escuchó el sonido de la campana que anunciaba la apertura de los baños.
Las puertas se abrieron y un grupo de aprendizas aristócratas de la Facultad de Magia Oscura entró charlando animadamente, envueltas en toallas blancas que apenas ocultaban sus figuras. Las seguían varias sirvientas cargadas con aceites, jabones y peines de marfil.
Una a una, las jóvenes se quitaron las toallas con total despreocupación, dejando caer la tela al suelo húmedo mientras caminaban hacia las piscinas. El vapor las envolvía igual que un velo sedoso, adhiriéndose a sus pieles como un vestido efímero de gotas brillantes que luego se deslizaban lentamente por sus cuerpos.
Bryan, arrodillado aún junto a la piscina con el cepillo en la mano, sintió que el mundo se detenía. De pronto estaba rodeado de desnudez por todas partes: una multitud de pechos que rebotaban levemente cuando sus dueñas caminaban; cinturas delicadas que florecían en caderas sinuosas con retaguardias provocativas, que se bamboleaban hipnóticamente cada vez que aquel bosque de muslos firmes se rozaba con un susurro apenas perceptible.
—¡Lo siento…! —chilló Bryan, con el corazón en la garganta.
Inconscientemente intentó suplicar perdón y escapar al mismo tiempo, pero resbaló en el mármol húmedo y cayó de espaldas como un títere sin cuerdas. Entonces se cubrió el rostro con las manos, se encogió y esperó el inevitable coro de gritos, golpes o llamadas a los guardias.
Solo que nada de eso ocurrió.
«¿Qué…?», pensó, abriendo un ojo con disimulo.
Para su sorpresa, descubrió que la mayoría había continuado su camino hacia las piscinas de agua caliente y ahora estaban retozando allí o se encontraban recibiendo masajes de sus criadas. Pero ninguna reparó en Bryan ni miraba en su dirección, como si no les importase en lo más mínimo su presencia.
—¿Eh?
Todavía asustado, Bryan se incorporó lentamente. Realmente no parecía que fuera a ocurrirle nada malo solo por mirar.
—¡Bryan, apúrate y acaba con esa sección! —susurró Jack desde el otro extremo.
Bryan miró hacia su amigo y vio que, aunque Jack parecía avergonzado, las mujeres tampoco se inmutaban por su presencia.
«¡Pues entonces aprovechemos!», se dijo Bryan emocionado, mientras recogía sus herramientas de limpieza, pero no dejó de aprovechar la oportunidad de lanzar varias miradas disimuladas a su alrededor.
En su vida anterior, la desnudez femenina era un tesoro celosamente guardado, al que solo había conseguido acceder gracias a la existencia de Internet… ¡Y muchas veces tenía que preguntarse si lo que veía era real o algo retocado por una inteligencia artificial!
Aquí, en cambio, aquellas diosas de carne se exhibían con la naturalidad de quien respira. Sus cuerpos, cuidados con ungüentos caros y el ejercicio de una vida sana, relucían bajo la luz tamizada: pieles blancas como la leche; cabellos largos que caían en cascadas húmedas sobre espaldas delicadas; risas cristalinas que escapaban de labios entreabiertos mientras disfrutaban del agua caliente.
Y ni uno solo de aquellos cuerpos había pasado por un cirujano plástico.
Una de ellas, de cabello negro como la medianoche y ojos verdes intensos, se acercó a la zona donde trabajaban. Momentos antes esta joven había enviado a su sirvienta por un aceite especial, y ahora la buscaba con la mirada mientras conversaba con sus compañeras. Para Bryan, que por primera vez contemplaba con sus propios ojos a una mujer desnuda sin el filtro de una pantalla, esa figura parecía la perfección femenina.
Sin darse cuenta tragó saliva. Nunca había visto tanta belleza y comenzaba a sentirse abrumado.
«¿Es posible…?», comenzó a pensar, incapaz de apartar la vista. «¿Quizá las mujeres en este mundo son unas libertinas desvergonzadas? ¿O tal vez aquí la vergüenza por la desnudez simplemente no existe?».
Mientras tanto, la joven pasó a su lado sin siquiera dedicarle una mirada. Entonces el vapor se apartó un instante y Bryan vio que ella tenía un curioso tatuaje ligeramente resplandeciente, justo sobre el monte de Venus. Al caer en cuenta, volvió a mirar a su alrededor y notó que todas las demás aprendizas poseían el mismo patrón sobre la entrepierna, como si fuera una marca de identidad o una costumbre compartida.
«¿Qué será eso?», se preguntó con una curiosidad que se sobreponía al deseo.
Por su parte, las aprendizas charlaban entre sí con voces melodiosas que resonaban en la estancia, completamente indiferentes a la presencia de Bryan:
—¿Has visto al nuevo aprendiz de la Facultad de Artes Militares? Ese tal Rolando... por los dioses, qué hombros tiene.
—Pues yo prefiero a Lawrence, el hijo del ministro Alan. Cuando sonríe, siento que podría derretirme como la cera.
Risas cómplices, suspiros fingidamente tímidos y miradas cargadas de picardía llenaban el ambiente. Allí, entre el vapor y la intimidad exclusiva de los baños, las jóvenes charlaban sin reservas, soltando nombres de aprendices apuestos con esa mezcla de rubor y malicia que solo brota entre amigas cuando se sienten completamente a solas.
En ese momento, la joven de cabello negro —la que buscaba a su sirvienta— se detuvo justo frente a Bryan, que seguía fregando el suelo. Hasta entonces lo había ignorado por completo, como si fuese parte del mobiliario. Pero de pronto, se dirigió a él con un tono imperioso.
—Tú, esclavo. Alcánzame el frasco de aceite de rosas que está en aquella repisa.
Bryan alzó la vista y sintió que el aire se le escapaba. Desde su posición arrodillada, tenía tan cerca a aquella mujer que podía observar su intimidad con una nitidez abrumadora: Un generoso par de pechos redondos, coronados por pezones rosados y delicados; un vientre suave como seda que descendía con gracia hacia un par de nalgas anchas y fértiles; la sombra oscura y húmeda de su sexo, donde la marca luminosa brillaba exactamente a la altura de sus ojos, como una invitación prohibida.
El calor de su cuerpo lo envolvió en oleadas. Su aroma —jazmín cálido entretejido con el almizcle salado de su feminidad— lo golpeó, provocándole una erección furiosa que tensó sus harapos de esclavo.
Por un instante, Bryan se perdió. Imaginó abrir esos muslos, hundirse en esa humedad ardiente hasta ahogarse en su placer.
Entonces ocurrió algo que destruyó brutalmente todas sus ilusiones.
Una bofetada rápida y brutal le giró la cara con violencia, provocándole un latigazo de dolor. El impacto no solo le nubló la vista, sino que le dejó un corte superficial en la mejilla del cual brotó al instante un hilo caliente de sangre. El sabor metálico y salado inundó su boca mientras el sonido del golpe resonaba en las termas como un trueno inesperado.
Para Bryan, desnutrido y frágil como estaba, incluso una cachetada como aquella resultaba devastadora. El mundo comenzó a girar frente a sus ojos. Sentía que estaba a punto de desplomarse como una marioneta a la que le han cortado las cuerdas.
—¡¿Qué esperas para obedecer, Inmunda sabandija?! —siseó la joven. Ahora lo miraba por primera vez, pero con un desprecio que helaba la sangre—. ¡¿Acaso te has quedado sordo o es que tu cerebro de alimaña no entiende órdenes simples?! ¡Muévete antes de que ordene que te despellejen vivo!
El fuego que recorría las venas de Bryan se convirtió en hielo en un parpadeo. La humillación y el dolor marchitaron su lujuria más rápido que un chorro de agua helada.
—¡Perdón, mi señora! ¡Perdón! ¡El esclavo es nuevo en esta tarea, no volverá a suceder!
Jack había llegado corriendo a su lado justo a tiempo. Se arrojó al suelo de rodillas, con la cabeza baja, mientras sujetaba a Bryan por los hombros con fuerza desesperada para obligarlo a imitar el gesto de sumisión.
Por fortuna, la sirvienta de la aprendiz llegó en ese momento, jadeante y con el frasco de aceite en la mano. La joven aristócrata lo arrebató sin dedicarles una sola palabra más, como si Bryan y Jack hubieran dejado de existir en el instante en que sus necesidades fueron cubiertas. Se giró hacia sus compañeras con una sonrisa radiante y la voz llena de alegría:
—Como les decía, Lawrence tiene unos ojos que podrían convencer a una sacerdotisa de romper sus votos… —comentó mientras se sumergía con elegancia en el agua caliente—. ¡El otro día lo observé entrenar en secreto!
—¿Le dijiste algo? —preguntó una de sus amigas con malicia.
—¡No sean tontas! ¡Nunca hablaría en privado con un hombre! —respondió la joven, ruborizándose hasta las orejas—. ¡Lo observaba desde el balcón de la biblioteca! Resulta que los chicos de la Facultad de Artes Militares estaban haciendo un ejercicio cerca de allí, y entonces…
Mientras recogían sus herramientas a toda prisa para marcharse a una sección vacía de las termas para continuar limpiando, Bryan no podía creer lo que presenciaba. En ese momento, la joven mostraba una timidez y una inocencia tan adorables que resultaba imposible creer que, apenas unos segundos atrás, esa misma persona lo había abofeteado y le había hablado con un veneno capaz de helar el alma.
¡Era como el día y la noche!
Las demás mujeres respondieron con risitas coquetas, rubores fingidos y sutiles mordiscos de labio. Hablaban de hombres —de hombres de verdad, aprendices con poder y herederos de grandes linajes— con esa mezcla de timidez y deseo que solo se permite quien se sabe deseada y respetada.
Bryan, con la mejilla ardiendo y el sabor de su propia sangre en la boca, comprendió al fin la cruel verdad: no era que en este mundo las mujeres fueran libertinas o carecieran de pudor. Era que, para ellas, él no era un hombre. Ni siquiera era un ser humano completo.
Era un esclavo miserable. Su existencia tenía el mismo valor que una herramienta parlante, un mueble sucio o, peor aún, algo menos valioso que el cepillo que sostenía en la mano.
Esta era la realidad en la que había vivido y muerto el Bryan original. Quizá lo más espantoso era que la única alumna que se había dignado a reconocer su existencia —incluso a mirarlo a los ojos— era, irónicamente, la maga que lo había asesinado. Lisa, al menos, recordaba su rostro; para las demás, él era simplemente parte de la escenografía, una sombra entre los muros de la academia.
Cuando finalmente entendió lo que ocurría, el corazón de Bryan se llenó de ira. Aunque en teoría ya lo sabía, experimentarlo directamente le provocó una humillación que le quemó más que cualquier bofetada.
Su expresión debió reflejar lo que sentía, porque en ese momento Jack se acercó y susurró con voz apenas audible:
—Estás pensando, Bryan. Lo mejor es que no lo hagas. Aquí no sirve de nada. Trabaja duro y no tendrás que pensar.
Bryan no respondió. Siguió frotando el mármol con una furia contenida, pero en su interior algo se había roto para siempre... y una vez más volvió a jurarse a sí mismo que haría lo que fuese necesario para ser libre.
Por fin, cuando el sol ya se elevaba sobre los tejados de la Academia Babilonia, el capataz les permitió abandonar las termas. Salieron tambaleándose, con las manos arrugadas por el agua y el vinagre, los hombros doloridos y las rodillas magulladas de tanto arrodillarse sobre la piedra dura. El aire fresco del pasillo les golpeó como un bálsamo, pero no logró borrar el olor a jazmín y a desprecio que parecía haberse adherido a su piel.
Los dos amigos caminaron en silencio hacia el patio de servicio cargando los cubos vacíos. Bryan no lograba apartar de su mente la imagen de aquellas marcas misteriosas que brillaban sobre los vientres de las aprendizas. Todas las llevaban, sin excepción.
Al fin, cuando llegaron a un rincón apartado donde nadie podía oírlos, Bryan habló en voz baja:
—Jack… esas marcas que las aprendices tienen en el vientre. Ese tatuaje que brilla. ¿Qué son?
Jack se detuvo en seco, miró a ambos lados con cautela y se rascó la cabeza, visiblemente incómodo. Su rostro enrojeció, como si hablar del tema le quemara la lengua.
—Eh… eso… se llama la Marca de la Concepción Prohibida —murmuró, bajando aún más la voz—. Lo he oído mil veces entre los sirvientes, aunque nadie de los de abajo sabe cómo se hace exactamente. Es cosa de las sacerdotisas; un encantamiento caro que solo pueden pagar las aristócratas… y alguna plebeya con mucho oro, supongo.
Bryan lo miró fijamente.
—¿Y para qué sirve?
El gordito tragó saliva, mirando al suelo.
—Para… para que no quede un hijo si… ya sabes… si pasa algo entre un hombre y una mujer. Impide que nazca un crío no deseado. Pero no es una de esas pociones asquerosas del mercado que te dejan enfermo. Esta es magia limpia, de las buenas.
Se removió, claramente azorado.
—Solo se la quitan el día de la boda, en el templo de la Diosa del Matrimonio. Las sacerdotisas hacen un ritual solemne y… bueno, entonces la novia ya puede tener hijos con su esposo. Por eso las damas la llevan con orgullo: asegura que la sangre noble no se mezcle con la de cualquiera.
Hizo una pausa, soltando una risa nerviosa y amarga.
—Algunos sirvientes, cuando están borrachos en la taberna, presumen de que han… eh… estado con alguna aristócrata. Dicen que gracias a la marca no hay peligro, que uno puede aceptar si una dama te invita a… a su cama. Pero todos sabemos que son puras habladurías. La virginidad de las novias sigue siendo importantísima para los señores nobles; si una mujer abusa de la marca y llega al matrimonio sin ser pura, el escándalo sería terrible.
Jack bajó aún más la voz, como si confesara un secreto vergonzoso.
—En realidad, escuché que la marca se inventó para las mujeres que van a la guerra: magas de combate, espadachinas, caballeras… Por si las capturan los enemigos y… bueno, las fuerzan a… ya sabes. Así no tendrían que llevar en el vientre un hijo del adversario. Solo que, con el tiempo, todas las mujeres de clase alta empezaron a ponérsela, aunque ya no vayan al frente.
—¿Por eso los rumores? —preguntó Bryan con frialdad.
—Algunas mujeres son menos puras que otras, eso lo sabe todo el mundo. —respondió Jack, asintiendo—. Pero lo que dicen en la taberna son solamente habladurías de tontos.
Se encogió de hombros, mirando a Bryan con ojos apesadumbrados.
—Incluso si son infieles, esas mujeres ricas podrían tener amantes mucho más guapos e importantes, si quisieran. Jamás mirarían a un criado como nosotros. Ni siquiera nos consideran hombres de verdad, Bryan. Solo… cosas que limpian.
Bryan asintió lentamente, fingiendo una resignación que no sentía. Su rostro permaneció sereno, pero en su interior la humillación se transformó en una llama fría y constante.
«Algún día», juró para sus adentros, «ninguna mujer en este mundo volverá a tratarme como una cosa irrelevante. ¡Todavía no sé cómo, pero lo conseguiré!».
Esa ambición se cimentó en su corazón con la solidez del concreto más duro.
Apenas habían dejado los cubos en el patio de servicio cuando un nuevo capataz apareció frente a ellos. Era un hombre distinto al anterior, pero con la misma expresión torva y una vara de sauce balanceándose en su mano.
—Por fin han llegado, par de ratas. El esclavo tiene tareas pendientes desde ayer, y tú, Jack, ayúdalo o te azotaré por vagancia. ¡Muévanse!
Ambos fueron arrastrados hacia las Aulas de Encantamiento de la Escuela Necromántica. Allí el aire se volvía gélido, cargado de un hedor dulzón a muerte y los residuos de magia mal ejecutada.
La primera tarea fue la más visceral, en un sentido literal.
Sobre una especie de altar de piedra negra yacían los restos de una docena de bestias sacrificadas: conejos destripados, cuervos de plumaje pegajoso y un perro grande cuyos ojos vidriosos parecían juzgarlos desde el techo. Las entrañas humeaban aún en charcos de sangre coagulada; el fluido se había secado formando costras oscuras que despedían un fuerte olor a hierro y podredumbre.
Bryan y Jack recogieron los restos con las manos desnudas; las vísceras resbaladizas se escurrían entre sus dedos mientras amontonaban huesos astillados y jirones de piel desgarrada. Lo metieron todo en sacos de arpillera que arrastraron hasta un enorme fogón de la Facultad de Magia de Fuego, diseñado para incinerar los residuos de las invocaciones fallidas. El calor de las llamas les abrasó la cara, y un humo denso y grasiento se adhirió a sus ropas y poros como una segunda piel de inmundicia.
«Esto es una porquería absoluta», pensó Bryan, con el estómago revuelto. «En mi vida anterior, lo más sucio que hacía era dejar platos en el fregadero una semana. ¿Y ahora estoy metiendo las manos en tripas de animales muertos? Joder, si pudiera, me tumbaría y mandaría todo a la mierda».
La segunda labor los condujo a los Laboratorios Alquímicos. Un aprendiz negligente había hecho estallar un círculo de transmutación, cubriendo el suelo con una pasta ácida que burbujeaba y despedía vapores irritantes. Mezclados con el fluido, se podían ver varios fragmentos de huesos animados que se retorcían débilmente como gusanos moribundos.
Armados solo con escobas de cerdas duras y trapos viejos, fregaron hasta que la piedra quedó limpia. El ácido les royó la piel de las manos y los antebrazos, provocándoles ampollas rojas. Cada vez que uno de aquellos fragmentos óseos intentaba arrastrarse, debían aplastarlo con el talón. Entonces, el crujido resonaba en el aula vacía como un eco de su propia degradación.
«¡Carajo, esto duele demasiado!», pensó Bryan mientras apretaba los dientes ante el ardor. «¿Y se puede saber qué mierda son esos huesos que se mueven?».
La tercera tarea los llevó a los depósitos de ese mismo laboratorio. Una decena de cubos rebosaban desechos mágicos: fluidos viscosos de un verde enfermo, vómitos ectoplásmicos de invocaciones fallidas y residuos corrosivos que olían a azufre y bilis. Algunos aún humeaban.
Fue entonces cuando Bryan supo que tendría que llevar todos esos desechos al lugar en donde ocurrió su transmigración. Aparentemente ese tipo de residuos no se podían eliminar con fuego ya que el humo resultante era muy peligroso, así que la Facultad de Magia de Fuego no permitía que usaran su horno incinerador para esto. Sin embargo, ante la perspectiva de regresar a aquella gruta, Bryan comenzó a sentir que el mundo le daba vueltas y recordó todo el dolor desgarrador que experimentó la noche anterior.
Pero antes de pensar en dónde los llevarían, primero tenían que filtrar los residuos sólidos con las manos para meterlos dentro de las bolsas. Naturalmente, esta tarea no era segura. Bryan sintió náuseas cuando un grumo gelatinoso se le pegó a los dedos; pero Jack accidentalmente respiró un químico extraño y comenzó a vomitar sin parar en un rincón. A pesar de esto, el capataz intentó obligarlo a seguir trabajando, hasta que fue evidente que se moriría si continuaba.
—Ve a que te revise un sanador, mocoso —decidió finalmente el capataz. Como no podía azotar a un sirviente con la misma impunidad que a un esclavo, decidió cargar todo el peso de la tarea sobre este último—. ¡Que el esclavo ponga todo en las bolsas! Luego tú las arrojarás, Jack.
Si bien al final tuvo que cargar con la parte más asquerosa de la tarea, Bryan se libró, al menos por esta vez, de enfrentarse tan pronto al lugar donde había comenzado su transmigración; aquel sitio donde la experiencia de la muerte todavía palpitaba como una herida abierta en su ser. En cierto modo, aquel intercambio le convenía.
«Menos mal», pensó con alivio. «No estoy preparado para volver ahí. Todavía siento que el cerebro me palpita al recordarlo».
Sin embargo, la última tarea —la peor de todas— llegó cuando el sol ya caía. En cuanto Jack regresó luego de arrojar las bolsas, aquel maldito capataz los envió a desatascar la cisterna colectora de los dormitorios de los aprendices varones.
La Academia Babilonia contaba con un sistema de cloacas subterráneas que recogía los desechos de los urinarios comunes y las letrinas privadas. Los aprendices nobles orinaban y defecaban en elegantes retretes de mármol o conductos de madera que vertían directamente el contenido a una gran cámara común bajo el edificio a varios metros de profundidad. Aquel apestoso depósito se vaciaba mediante un desagüe protegido por una rejilla, la cual se atascaba con frecuencia por residuos sólidos: excrementos endurecidos, vómitos coagulados de las juergas nocturnas e incluso objetos diversos que acababan formando un tapón escatológico en más de un sentido.
Bryan y Jack tuvieron que bajar por una trampilla estrecha hasta la cámara subterránea, iluminada apenas por una antorcha mortecina. El aire era irrespirable; una mezcla espesa de orina rancia, fermentación y bilis alcohólica. Su única defensa eran unos trozos de tela empapados en vinagre que envolvieron alrededor de sus manos, nariz y boca.
En esa infernal oscuridad trabajaron casi en silencio. Con palas y rastrillos separaron los bloqueos de la rejilla, metiéndolos en un par de grandes cántaros de arcilla reforzados con una estructura de mimbre. Como disolvente, tenían que utilizar la orina líquida y los residuos más blandos que recogían con cubos atados a palos largos.
—Un chorro de orina líquida por cada dos masas sólidas —murmuró Jack con voz apagada, instruyendo a Bryan para equilibrar la carga—. El resto de la orina al final. Y si hay vómito, más orina para cubrir el olor.
Bryan hundió el palo con el balde y luego arrojó el líquido recogido sobre aquella masa fétida que se aferraba a la rejilla. El resultado fue peor de lo que imaginaba: calor, sonidos viscosos, con grumos de porquería que se deshacían a lo largo del palo entre sus dedos, como pasta podrida. El olor le subió hasta el cerebro, un hedor ácido y fermentado que le provocó arcadas violentas. Tuvo que apretar los dientes para no vomitar.
«¡Mátenme!», pensó, con el estómago revuelto y lágrimas en los ojos por el tufo. «Si alguien me asesina ahora me haría un favor. Cualquier cosa antes que seguir haciendo esto».
Una vez despejada la rejilla, cargaron los pesados cántaros —repletos de trozos fétidos destinados a las llamas— sobre sus espaldas, sujetándolos con correas de cuero que se clavaban en sus hombros y emprendieron el camino hacia el horno de incineración. Afortunadamente si les dejarían usarlo para deshacerse de esta carga.
La noche ya había caído cuando Bryan y Jack comenzaron a avanzar trabajosamente por los pasillos subterráneos. El peso era terrible. Los residuos chocaban entre sí con un chapoteo nauseabundo al subir la escalera, liberando efluvios que salpicaban sus nucas.
Aquel hedor les impregnaba la nariz, la boca y el alma. En otro momento se habrían desmayado por el asco, pero para entonces habían experimentado tanta suciedad que se creían insensibles al hedor, como si hubiesen perdido el sentido del olfato, aunque de todos modos querían acabar con esta tarea de inmediato.
Lamentablemente para el dúo, el destino de aquella noche estaba decidido a jugarles una mala pasada. Y es que, al doblar un cruce oscuro, dos figuras que no tendrían por qué estar ahí surgieron repentinamente de las sombras: Bach, el aprendiz de necromancia de tercer año, acompañado por un compañero delgado y risueño. Bach llevaba el uniforme impecable, la capa bordada con runas negras ondeando ligeramente. Su expresión era la habitual mezcla de arrogancia y malhumor por la que era conocido.
Jack se tensó de inmediato. Su mano libre tembló, y el moretón alrededor de su ojo izquierdo —aún violáceo e hinchado por el puñetazo de aquella mañana— pareció palpitar bajo la luz de la antorcha.
«Ah, ahora recuerdo... este fue el tipo que lo golpeó», pensó Bryan con el ceño fruncido, aunque en ese momento prefirió guardar silencio.
Bach los miró de arriba abajo, arrugando la nariz con un gesto de asco profundo.
—Por los divinos, qué peste es esa —dijo con desdén—. ¿Qué rayos llevan ahí, sirviente?
Jack bajó la cabeza al instante, encorvándose todo lo posible para evitar el contacto visual.
—Residuos de la cisterna, mi señor —murmuró con voz apenas audible—. Vamos al incinerador.
Bach soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor.
—¿Y por dónde se va a las cocinas desde aquí? Llevamos diez minutos perdidos en estos malditos pasillos. Todos parecen iguales.
Jack, sin levantar la vista, señaló con la antorcha hacia el corredor de la izquierda.
—Por ahí, mi señor. Diez minutos recto y luego a la derecha en la estatua del dragón.
Bryan, que a pesar de la carga mantenía la espalda más recta que su compañero, añadió en voz baja:
—O podrían tomar el atajo por las escaleras de servicio, mi señor. Serían solo cinco minutos.
Bach se detuvo en seco. El aire pareció congelarse a su alrededor.
—¿Que yo use la escalera de servicio?
Sus ojos se entrecerraron al reconocer a Bryan.
—Tú… ¿Quién te dio permiso de hablarme, esclavo miserable? Y tú, gordito —miró a Jack con una sonrisa cruel—, todavía tienes mi marca en la cara, ¿eh? Por chocarte conmigo como un cerdo torpe.
Jack se encogió aún más, temblando visiblemente.
Bach intercambió una mirada con su compañero, que ya empezaba a reírse por lo bajo.
—"Cinco minutos", dice el esclavo listo —imitó Bach con voz afectada—. ¿Y si no queremos tu consejo, sabandija?
Sin esperar respuesta, alzó la mano con un gesto rápido. Entonces un objeto blanco y afilado brotó de sus manos con gran velocidad y salió disparado directamente hacia el cántaro que Bryan llevaba a la espalda. El mimbre crujió. La arcilla se resquebrajó con un chasquido seco.
El cántaro estalló.
Los residuos sólidos —excrementos endurecidos, vómitos coagulados y grumos fétidos— se derramaron como una avalancha caliente y viscosa sobre la nuca de Bryan, resbalando por su cuello, sus hombros y su cabello. El olor, liberado de golpe, fue como una explosión: un hedor denso y fecal que llenó el pasillo como una niebla tóxica, quemando sus fosas nasales.
El compañero de Bach estalló en carcajadas.
—¡Por las sombras, mira cómo le brilla la mierda en la cabeza!
Bach se dobló de risa, sujetándose el estómago.
—Ahora sí que apestan de verdad. ¡Qué divertido! La próxima vez, piensa antes de abrir tu sucia boca, sucio esclavo.
Los dos aprendices se alejaron por el pasillo, sus risas resonando con un eco burlón hasta perderse en la distancia. Bryan se quedó inmóvil, sintiendo cómo la inmundicia se enfriaba contra su piel. La humillación era absoluta: el peso pegajoso, el asco físico y el eco de aquel desprecio.
Jack, pálido como un muerto, lo miró con ojos llenos de terror.
—Bryan… lo siento… yo… ¡No pude hacer nada!
—No es culpa tuya —dijo Bryan entre dientes. Su voz ya no era fría; temblaba con una ira ardiente que parecía querer consumir el aire a su alrededor.
Pero ser cubierto de porquería fue solo el principio de su sufrimiento. Cuando el capataz supo lo ocurrido, descargó toda su frustración sobre Bryan, haciéndole probar por primera vez el dolor lacerante de diez azotes sobre su espalda. Después, herido y humillado, tuvo que limpiar ese pasillo acompañado de un grupo de sirvientes enfurecidos; quienes no dudaron en expresar su fastidio lanzándole patadas e insultos, sin importarles que su espalda fuera un mapa de hematomas.
Finalmente, los amigos pasaron el resto de la noche junto al pozo helado del patio trasero, tratando de quitarse los restos de inmundicia con agua gélida y una ceniza áspera que les raspaba la piel. El frío les calaba hasta los huesos; pero no conseguían librarse del mal olor, que parecía haber impregnado cada pliegue de su carne.
Naturalmente, en esas condiciones, jamás les permitieron entrar en las cocinas. No hubo cena, aunque tampoco habrían podido ingerir nada; porque el asco les había cerrado el estómago.
Mientras yacía en su catre medio roto, incapaz de cerrar los ojos por el tormento, Bryan solo hacía dos cosas: circular su pequeña Esencia Mágica a través de sus heridas para mitigar el dolor y repasar, con un odio meticuloso, cada evento humillante del día. La imagen de Bach riendo, el desprecio gélido de la aristócrata de las termas y el peso de la suciedad en su nuca se repetían en un bucle de furia.
Cuando el alba tiñó finalmente el cielo de gris, su ira se había cristalizado en algo mucho más peligroso que un simple deseo de venganza: se había convertido en un plan.
Al amanecer del día siguiente, el cielo sobre la Academia Babilonia se teñía de un gris plomizo, como si las nubes mismas compartieran el peso de la noche anterior.
Bryan apenas había dormido, pero se obligó a levantarse y salió con paso firme hacia el almacén donde se guardaban las herramientas de limpieza. Jack ya lo estaba esperando allí, preparándose para las tareas del día. En su mano sostenía un trapo viejo y un cubo medio lleno de agua jabonosa.
—Buenos días, Bryan —lo saludó el gordito alegremente, aunque su voz sonaba algo forzada. En su ojo lastimado todavía se podía ver claramente el rastro amoratado del puñetazo que había sufrido—. Hoy nos toca empezar con la limpieza de las esculturas de la Facultad…
—¡Olvídate de eso! —le espetó Bryan de inmediato mientras lo tomaba de la mano con fuerza—. Tenemos cosas más importantes que hacer esta vez.
Jack parpadeó y lo miró consternado.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué podría ser más importante que nuestros deberes? Si algún capataz nos encuentra vagando...
—Hoy nos vamos a vengar de Bach —respondió Bryan sonriendo malévolamente.
Jack dio un salto por el miedo y luego se apresuró a tratar de detenerlo usando todo su peso corporal, mientras agitaba las manos con desesperación:
—¡Bryan, ¿te has vuelto loco?! ¡¿Acaso no estamos acostumbrados a que nos traten así?! ¡Bach es un Aprendiz de Necromancia! ¡No es la primera vez que se ensaña con nosotros! Deberíamos dar gracias si simplemente finge que no existimos. ¿Qué clase de venganza crees que podemos obtener?
Bryan soltó una carcajada seca y gélida que erizó los vellos de la nuca de su compañero:
—No te preocupes, yo tengo mis medios. Sí, estoy loco. O al menos eso es lo que creen todos los estudiantes de necromancia. ¿Acaso no puedo aprovecharme de esto para salirme con la mía? ¡Ya verás lo que pienso hacer!
Tras decir esto, arrastró consigo al gordito Jack fuera del almacén. ¡La Esencia Mágica dentro de su cuerpo fluía a toda velocidad, como un torrente desatado que anunciaba la tormenta por venir!
¡Hola a todos! Soy Acabcor, desde Perú, y espero sinceramente que todos ustedes hayan tenido una muy feliz Navidad.
He preparado para ustedes este pequeño regalo, pero me demoré un poco en publicarlo porque, bueno… una obra como esta no es precisamente compatible con el espíritu de las nobles fiestas, así que deseaba esperar un tiempo prudencial. Ya saben que me considero un católico muy mediocre, pero ese es mi defecto e intento mejorar, por lo menos, honrando lo mejor posible estas festividades.
Una vez explicado esto, les presento la segunda edición del Capítulo 3, ahora rebautizado como “La condición de esclavo”, porque el título original, “De idiota a loco”, ya no le hacía justicia a todo lo que terminamos metiendo.
En la primera versión de este capítulo yo me había contenido bastante: solo pulía el lenguaje, corregía redundancias y mejoraba diálogos para que sonaran más naturales en castellano. Pero esta vez me solté del todo y dije: “ya fue, vamos a hacer este capítulo como se merece”, y reformulé completamente el contenido central para agregar eventos importantes que dan contexto a la primera realidad a la que Bryan tiene que enfrentarse en ese mundo: ser un esclavo.
La primera versión ignoraba casi por completo las horribles dificultades de la servidumbre forzada. Decidí modificar eso agregando toda una serie de tareas inspiradas en lo que, a mi entender, un esclavo de palacio no muy educado habría tenido que realizar en la antigua Roma, sumado al contexto de que Bryan pertenece a los necromantes.
También quise aprovechar para responder a cierta pregunta que una gran cantidad de lectores no dejó de hacerme en comentarios, mensajes privados y notas nada disimuladas desde la primera escena pasional que mejoré en esta obra: ¿Cómo es posible que Bryan tenga intimidad con tantas mujeres sin preocuparse de embarazarlas?
Bueno, aquí ya está la respuesta canónica. Y en el capítulo 3, nada menos. Espero que les haya gustado la forma en que lo he desarrollado. Lo que empezó como una simple limpieza de baños femeninos se convirtió en una escena completa de termas romanas con todo el fanservice ecchi que merecía, pero con el giro brutal de la humillación que destroza cualquier ilusión.
Añadí la caída cómica de Bryan (porque un otaku reencarnado tenía que reaccionar así al ver a tantas chicas desnudas de golpe), el “¡Lo siento!” y el “aprovechemos” que le da ese toque de personalidad moderna y oportunista que tanto nos gusta. Introduje la Marca de la Concepción Prohibida de forma visual y misteriosa; si han leído el Glosario de Términos, ya saben exactamente cómo funciona.
Luego vino la cadena de tareas humillantes —desde tripas de animales hasta la cisterna atascada— para que el lector sienta en la piel lo que significa ser esclavo en este mundo. Y el encuentro con Bach… uf, ahora es mucho más visceral y personal que en el original, donde realmente Bryan no tenía un motivo para buscar un conflicto con este estudiante.
En resumen, este capítulo pasó de ser una transición ligera a un puñetazo emocional completo: deseo, shock, humillación absoluta y el nacimiento de una ambición fría que ya no se apaga.
Pero déjenme saber su opinión en los comentarios: ¿Qué les pareció esta versión renovada? ¿La escena de los baños los dejó con la misma mezcla de calor y rabia que a Bryan? ¿Cuál fue su momento favorito: la caída cómica, la bofetada o el derrame final con Bach?
Si les gustó, por favor consideren apoyarme en Patreon, BCP o Yape. Cada aporte, por pequeño que sea, me ayuda a seguir dedicándole tiempo a estas reescrituras y a preparar la novela original que tengo en mente. También pueden ayudar señalando errores ortográficos, inconsistencias o simplemente compartiendo el capítulo para que llegue a más lectores.
¡Gracias por acompañarme en esta segunda edición! Nos vemos en el próximo, donde Bryan empieza a pasar de las palabras a los hechos.
¡Espero que todos hayan pasado una muy Feliz Navidad y les deseo un próspero Año Nuevo!