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Se encontraba desnudo, tendido en medio de una cama inmensa, mullida y cálida. Las sábanas de seda rojiza se deslizaban sobre su piel como agua. Cuatro columnas de marfil oscuro sostenían doseles bordados con hilos dorados y pequeños rubíes incrustados, formando patrones florales que parecían brillar con vida propia. Toda la estructura tenía un aire antiguo y exótico, como inspirada en algún palacio olvidado en el desierto.
Más allá de los doseles apenas se distinguían los contornos del recinto. Pero el ambiente estaba bañado por una luz tenue, rojiza, como si el espacio fuera de las cortinas estuviera iluminado por el resplandor de decenas de candelabros. El aire olía a especias dulces y a incienso suave. Las paredes, aunque difusas, parecían curvas, con relieves apenas visibles. A lo lejos, se adivinaban columnas decoradas con mosaicos dorados y cojines de terciopelo amontonados en los rincones.
“¿Qué pasó...? ¿Dónde estoy?” Pensó Bryan, incorporándose con lentitud.
Su voz interior sonaba lejana, amortiguada, como si no estuviera del todo despierto. Observó el fulgor anaranjado que se colaba por entre los cortinajes.
“Las velas son tan caras. ¿Por qué tendrían tantas encendidas a esta hora...? Esto es un desperdicio.”
Su primer impulso fue buscar a los sirvientes para reprenderlos, pero entonces lo comprendió: ese no era su cuarto. Ni su cama. Ni su mansión en la capital.
Todo era demasiado opulento, incluso para él. Además, había algo inquietante en la decoración. No un detalle concreto, sino una acumulación de elementos sutiles que sugerían dos cosas. La primera: aquella habitación pertenecía a una mujer. La segunda: no parecía destinada al descanso... sino a algo muy distinto.
“¿Qué es este lugar?” Se preguntó, tratando de ordenar sus pensamientos. Pero era como si su mente patinara sobre hielo.
Definitivamente, algo estaba muy mal.
Entonces lo sintió. Un movimiento más allá de los cortinajes. Un cambio leve en la presión del aire. Un roce apenas perceptible, como garras deslizándose sobre la seda. Era como si una criatura lo acechara, oculta entre los velos. Una presencia salvaje, bestial… pero también inconfundiblemente femenina.
“Espera… ¿cómo es que sé eso último?”
Bryan vaciló, pero decidió que no era momento para dudas. Intentó invocar al Desgarrador Sombrío, su arma mágica, pero esta no respondió. Ni siquiera podía sentirla, como si el vínculo entre ambos se hubiese quebrado.
“¡¿Qué?!”
Probó con un hechizo simple, pero tampoco funcionó. ¡Era como si la magia no existiera en ese lugar! Su pulso se disparó, impulsado por una creciente sensación de peligro. Sin pensarlo, se preparó para lanzarse fuera de la cama y huir.
Entonces, las cortinas comenzaron a abrirse. No de golpe, sino con una lentitud calculada, como si unas manos invisibles las apartaran para montar una escena teatral. Bryan contuvo el aliento. No vio nada al principio, solo una oscuridad espesa y antinatural. Detrás de esas cortinas deberían estar las luces de las velas. Pero esa negrura lo devoraba todo.
Sintió que aquella criatura que se acercaba lo estaba disfrutando. Jugaba con su ansiedad. Retrasaba su aparición a propósito, como una fiera que saborea el miedo de su presa antes de atacar.
Finalmente, los vio.
Dos ojos amarillos brillaban desde las sombras, como brasas encendidas. Al principio estaban abiertos de par en par, redondos y atentos, como los de un depredador que acecha en completo silencio. Pero cuando se cruzaron con los suyos, las pupilas se estrecharon de inmediato, afilándose como cuchillas.
La figura comenzó a avanzar, deslizándose con una lentitud hipnótica.
Primero surgió la silueta de los cuernos, curvados hacia atrás como los de un impala. Luego, de las sombras emergieron dos senos desnudos, grandes y pesados, que se mecían con cada paso, desafiando la gravedad con una cadencia fascinante. Poco después los siguió aquel vientre bronceado, plano y firme, donde los músculos del abdomen estaban perfectamente definidos, marcando un contorno femenino, pero también salvaje.
Finalmente, la figura entera se reveló.
Su piel era de un tono oscuro y cálido, con reflejos de cobre fundido. Una cola dracónica, cubierta de escamas, se agitaba detrás de ella con vida propia. Su cabellera ardía en tonos anaranjados, oscilando como llamas encendidas. Caminaba completamente desnuda, sin una pizca de pudor, como si el concepto mismo le resultara ajeno.
Bryan no podía apartar la vista. Su instinto le gritaba que escapara, pero sus ojos estaban encadenados a esa imagen.
La Ifrit se detuvo al borde de la cama y lo observó en silencio. En su mirada había deseo, pero no era el afecto tibio y reconocible de las parejas humanas. Se trataba de algo más antiguo y primordial. Bryan no sabía si estaba frente a una bestia hambrienta que quería darse un festín con su carne o a una hembra en celo, ansiosa por reproducirse.
Entonces ella se lamió los labios. El gesto fue descarado, pero de algún modo sensual. Su lengua, larga y húmeda, recorrió la curva de su boca como si estuviera saboreando un manjar que estaba a punto de probar.
Bryan tragó saliva sin darse cuenta.
En ese momento, la Ifrit saltó sobre la cama. Su cuerpo se flexionó con gracia y cayó de rodillas sobre el colchón, agazapada justo al borde, como una pantera al acecho. Sus uñas afiladas se clavaron en la seda sin rasgarla. La cola serpenteaba en el aire con elegancia detrás de ella, manteniéndola en perfecto equilibrio, lista para permitirle abalanzarse sobre su presa.
“Muy bien… Creo que no.” Se dijo Bryan, negando con la cabeza.
El hechizo de Fascinación se rompió. Finalmente reaccionó y se lanzó hacia el extremo opuesto de la cama, con toda la velocidad que su cuerpo sobrehumano le permitía.
Pero no fue suficiente.
La Ifrit se movió al mismo tiempo. No corrió. Simplemente apareció frente a él, como si la realidad no hubiese alcanzado a seguirla. En un parpadeo, una de sus largas piernas se alzó con fluidez sobrenatural. La planta de su pie se apoyó contra el pecho de Bryan, y con un movimiento tan suave como imposible de resistir, lo obligó a caer de espaldas sobre el colchón.
Cuando recuperó del todo la conciencia, Bryan se percató de que la Ifrit lo había inmovilizado por completo. Ahora se hallaba sentada sobre su abdomen, con las piernas abiertas y apoyadas a cada lado de su torso. Su espalda permanecía erguida con un aire de dominio absoluto, mientras sus caderas reposaban justo sobre él, montándolo con descaro, como si aquel fuese su trono por derecho. Sus rodillas lo sujetaban con firmeza mientras la cola danzaba detrás en movimientos lentos, calculados. El calor que irradiaba su piel era abrumador, como si su cuerpo entero ardiera por dentro.
Ella se acomodó con calma, alzando ligeramente las caderas para ajustarse mejor sobre él, sin apuro ni vergüenza, como quien se acomoda para un largo viaje. Su sonrisa se ensanchó. No era burlona, tampoco amable: era la sonrisa de alguien que sabía que obtendría lo que quería. Luego se inclinó hacia adelante, dejando que sus pechos se aplastaran contra el de Bryan. Su rostro estaba a escasos centímetros, y en sus ojos brillaba una chispa abrasadora de desafío, en la que podía entenderse con claridad una instrucción.
“¡Compláceme!”
Un escalofrío ardiente le recorrió la columna. Bryan suspiró, dejando que toda precaución se evaporara.
“Después de todo, siempre odié a los protagonistas de esas historias que se hacen de rogar con una mujer” Pensó, sonriendo con ironía: “Y con una tan despampanante como esta… Da igual si no es humana. Tendría que estar loco para rechazarla. Ya luego averiguaré cómo llegué aquí o qué demonios quiere. Y si tengo que morir hoy, pues lo haré con una sonrisa.”
En cuanto tomó su decisión, extendió las manos para aferrar las nalgas de la demonio, mientras al mismo tiempo abría la boca para besarla.
Pero justo entonces, una explosión de dolor le atravesó la mejilla izquierda.
Bryan soltó un gruñido, parpadeó confundido… y la imagen de la Ifrit se desvaneció. En su lugar, la rugosa superficie de una mesa de piedra ocupaba todo su campo de visión. Se había golpeado con el borde.
- ¡¿Qué…?! - Exclamó, levantándose de golpe. Pero en cuando miró a su alrededor soltó una maldición: - ¡No de nuevo, joder! -
Se había quedado dormido mientras leía, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada de forma ridícula. El ardor en su rostro era real. El fuego demoníaco y los pechos seductores, no. Se frotó la cara con frustración y se incorporó con un gruñido, aún aturdido, con el sabor amargo del desencanto apretado entre los dientes.
- ¡Esta es la quinta vez! ¡¿Pero qué mierda me has hecho, maldita demonio?! -
Desde su regreso al Cementerio de la Muerte, Bryan había dedicado la mayor parte del tiempo a recuperarse de sus heridas, mientras absorbía el Aura de Batalla de Zamek, que había quedado atrapada en su cuerpo durante el combate. Al mismo tiempo, se aseguró de que la Cueva de los Espectros siguiera funcionando como debía, confirmando que sus nuevos Generales Espectrales se estaban desarrollando correctamente.
Una vez estabilizado, se sumergió en la Biblioteca para reunir información sobre la Necromancia, en especial sobre su relación con la Quintaesencia. Pero toda la aventura para recuperar al Zombi Élite de Fuego terminó tardando mucho más tiempo del que había anticipado, por lo que no le quedó más remedio que interrumpir la investigación apenas iniciada y regresar de inmediato a Etolia, utilizando la Matriz de Transporte Mágico Portátil.
Allí, sin embargo, recibió excelentes noticias a través de sus informantes en el Manto Oscuro.
La flota donde viajaban los Cuestores Militares oficiales nombrados por el Senado (mejor dicho, los espías enviados por la Facción de Tiberio Claudio para vigilarlo) sufrió un percance en altamar. Al parecer sus quinquerremes se vieron atrapados en una tormenta repentina que los arrojó contra las rocas, y al final no les quedó más remedio que regresar para ser reparados. Eso significaba que, mientras se organizaban nuevos barcos, se reponían provisiones, se tramitaban permisos y comenzaba un nuevo viaje por mar, Bryan había ganado por lo menos un par de meses más antes de tener que enfrentarse a esas molestas visitas.
Lo único lamentable era que en esa misma flota viajaba también el dinero del Estado, destinado al pago de sueldos, provisiones y equipamiento de sus tropas. Se trataba de una suma considerable, que bien merecía ser llorada. Pero, aunque Bryan era codicioso, también sabía que el dinero solo valía cuando se usaba en el momento correcto. De nada servía poseer una fortuna si esta se quedaba acumulando polvo. En cambio, con la situación política del Imperio deteriorándose cada día, lo que más necesitaba era tiempo.
Así que Bryan habría estado dispuesto a pagar el doble de esa suma si eso le aseguraba unos días más de ventaja, no digamos un par de meses.
Otra excelente, aunque moralmente incómoda noticia, fue que Elena Teia efectivamente había regresado a su ciudad. Pero su llegada, lejos de ser motivo de celebración, resultó ser justo el temblor político que Bryan esperaba. La situación estalló cuando la arconte descubrió que ya se había formado una nueva coalición de familias, lista para nombrar a su reemplazo.
El resultado fue un baño de sangre que sacudió a toda la población. El caos se extendió más allá de los muros de Helénica, afectando incluso el ya de por sí frágil equilibrio de la alianza de ciudades que conformaban la Liga Etolia. Micénica e Ilión, que hasta hacía unos días se preparaban para iniciar operaciones militares en pequeña escala contra Valderán, interrumpieron de pronto todos sus planes y se replegaron dentro de sus fronteras, como si hubiesen decidido que lo más sabio era observar y esperar.
Toda esta información era de primera mano. Bryan la había recibido en parte a través de los espías del Manto Oscuro, pero principalmente provenía de una fuente tan única como controvertida: el esclavo Moros.
Ese sirviente personal de Elena Teia, a quien Bryan compadecía y despreciaba por igual, había cumplido su palabra. Sorprendentemente, logró regresar con vida a Helénica incluso antes que su ama y luego se puso en contacto con los agentes de Bryan, convirtiéndose en un valioso informante.
Gracias a él, Bryan descubrió que uno de los mayores inconvenientes que afrontaba ahora la Liga Etolia era que todos hablaban de Elena Teia… y del hecho de que había sido desvirgada por un general enemigo. En cuanto el rumor se esparció, Ilo Tros canceló su alianza con Helénica con una velocidad francamente obscena. Así, el delicado equilibrio de poder entre las tres ciudades más influyentes de la Liga se tambaleó.
Personalmente Bryan no sabía qué le repugnaba más: haberse aprovechado de la destrucción del honor de una mujer como Elena, o haberse servido de un traidor como Moros. Sin embargo, la realidad era que necesitaba utilizar todos los recursos a su alcance. Y gracias a ello, ya no tenía que preocuparse por un inminente ataque de los etolios… al menos no hasta que su inestable liga encontrara un nuevo punto de equilibrio.
Gracias a ese inesperado margen, Bryan decidió invertirlo todo en desarrollar sus poderes necrománticos al máximo en el menor tiempo posible. Sentía que estaba cerca de romper el límite que lo separaba del Reino Carnal de la Magia Demoníaca. Cuando lo hiciera, su Esencia Mágica ganaría un poder mayor… pero también aumentaría el riesgo de ser dominado por ella. Por eso, debía reforzar su Fuerza Mental para resistir esa influencia.
Y estaba convencido de que la clave para lograrlo se encontraba en dominar por completo el hechizo de Dominio Necromántico.
Una vez tomada la decisión, Bryan preparó rápidamente una coartada. Oficialmente, si algún civil preguntaba por su paradero, la versión que todos darían era que el general se encontraba realizando rondas constantes por las fronteras de sus dominios, asegurándose de que no quedaran reductos ni campamentos de bandidos.
Pero esa excusa no funcionaría con los legionarios. Para engañarlos a ellos, Bryan organizó una nueva serie de cacerías de monstruos en Etolia para entrenar en persona a los aspirantes a Triarios, donde supuestamente él participaría para entrenarlos directamente. Para entonces estos hombres ya habían sido lo suficientemente adoctrinados… entrenados mentalmente para seguir órdenes sin cuestionar y no revelarían información sobre su Procónsul o su paradero.
En cuanto a las responsabilidades durante su ausencia, Marcio quedaría a cargo del ejército como comandante interino, en virtud de su veteranía. Eumenes, por su parte, tendría la tarea de supervisar las reparaciones de la fortaleza y garantizar que el Gremio Mercante de Bootz no encontrara dificultades para establecer una ruta segura hacia la ciudad de Valderán.
Druso y Silano eran los Tribunos en quienes Bryan más confiaba. Por ello, serían los únicos que conocerían parte de la verdad. Naturalmente, no pensaba revelarles nada sobre el Cementerio de la Muerte, pero les dio a entender que debía partir en una misión secreta. Como ambos sabían que él pertenecía al Manto Oscuro, simplemente asumieron que se trataba de un encargo de la organización.
A ellos les correspondía turnarse en la dirección del entrenamiento de los aspirantes a Triarios y mantener intacta la narrativa oficial: que Bryan se encontraba en el campo de caza, cumpliendo con su deber como general.
Una vez que resolvió el asunto de su coartada, Bryan regresó al Cementerio de la Muerte, completamente decidido a aprovechar cada segundo para investigar los secretos que le permitieran perfeccionar su Dominio Necromántico. Pasó días enteros revisando antiguos manuscritos, ayudado por los documentos que Fanny había preparado para facilitar su interpretación. Sin embargo, no conseguía avanzar a la velocidad que deseaba.
Con el paso del tiempo, sintió que el precioso margen que había ganado comenzaba a desvanecerse entre sus dedos. Entonces se obligó a trabajar con mayor intensidad, renunciando por completo a comer o dormir. Para alguien común, aquello habría sido destructivo, pero gracias a su cuerpo sobrehumano, en teoría, no representaba una gran dificultad.
O al menos, eso creía.
Por alguna razón, de vez en cuando caía rendido y se quedaba dormido sin darse cuenta. Y cuando lo hacía… soñaba con ella. El patrón se repetía con una exactitud perturbadora: Bryan despertaba en el sueño sin recordar dónde estaba ni qué había estado haciendo. La Ifrit aparecía para tentarlo, él cedía a su deseo, y justo cuando estaban a punto de consumar el acto... despertaba de golpe.
La primera vez lo atribuyó al trauma reciente. Pero tras una segunda experiencia idéntica, comenzó a sospechar que algo extraño sucedía. Como precaución, dibujó una matriz mágica sencilla para erigir una barrera defensiva a su alrededor.
Sin embargo, no tuvo éxito y esa misma noche volvió a soñar con la mujer demonio.
Aun así, Bryan no se sorprendió demasiado. Según la teoría mágica, el tiempo y el espacio eran factores cruciales al ejecutar conjuros. La Ifrit no podía encontrarse cerca. Y si las formidables defensas del Cementerio de la Muerte, capaces incluso de ocultar la fortaleza en una dimensión alterna, no podían protegerlo, eso significaba que la mujer demonio no estaba empleando medios mágicos convencionales para afectarlo.
Quizá se trataba de algo vinculado a su alma. Después de todo, la Ifrit había sido originalmente un espíritu de fuego antes de adquirir forma material. Tenía sentido que poseyera habilidades ajenas a las leyes de la hechicería mortal. Afortunadamente, los sueños no eran constantes, y más allá de excitarlo por lo vívidos que resultaban, no le causaban daño real.
Sin embargo, resultaba bastante incómodo tener que preocuparse por sueños húmedos como si hubiera regresado a los años de adolescencia. Más irritante aún era notar que, debido a esas visiones, el rechazo inicial que sentía hacia la Ifrit, motivado por la aterradora diferencia de poder entre ambos, se estaba desvaneciendo poco a poco.
Cada vez que soñaba con ella, tardaba menos en rendirse a su seducción. Y eso lo inquietaba profundamente porque, si volvía a encontrarse con la demonio en la realidad, temía bajar la guardia, cometer un descuido… y terminar sufriendo una muerte horrible.
- Mayor razón para continuar investigando. - Se dijo Bryan en voz alta, mientras recogía sus libros.
Precisamente, los textos que había estado estudiando trataban sobre el Inframundo del que provenían las Criaturas Oscuras, pero también incluían mucha información sobre el alma. Según estos, todos los seres vivos poseían un alma que servía de nexo con el espíritu. El espíritu representaba el verdadero yo, la esencia del ser. Cuando alguien moría, nadie sabía con certeza adónde iba ese espíritu. Ni siquiera los necromantes más eruditos habían conseguido hallar una pista fiable. La única respuesta posible era que su destino dependía del dios creador, aquel que dio origen a todo lo existente, incluidas las demás deidades.
Lo que sí quedaba claro en los antiguos escritos del Cementerio de la Muerte era que, una vez que el espíritu se separaba del cuerpo físico, el alma comenzaba a descomponerse, y sus fragmentos terminaban acumulándose en el Inframundo. De esa sustancia rota nacían las Criaturas Oscuras. Estos seres no muertos tomaban forma a partir de una amalgama de múltiples almas, aunque siempre predominaba una clase sobre las demás, y esa clase definía gran parte de sus habilidades.
Si predominaba un alma vegetativa, su impulso básico era la autoconservación, un eco del instinto de supervivencia de los vegetales. Si dominaba una sensitiva, se sumaban a la autoconservación elementos como la memoria o la imaginación, propios de los animales. Pero si la esencia dominante era una alma intelectiva, perteneciente a un ser consciente como el ser humano, entonces se formaban las Criaturas Oscuras más poderosas de todas. A diferencia de las demás, que actuaban de manera puramente instintiva, estas eran capaces de aprender, planear y mejorar sus habilidades con el tiempo.
Sin embargo, todo eso ya lo sabía Bryan. Lo que realmente necesitaba en ese momento era aprender más sobre el Elemento Vacío, la fuente del poder de la Necromancia, así como el Fuego, el Aire, la Tierra, la Oscuridad y la Luz lo eran para las demás disciplinas mágicas. Estaba convencido de que ese era el primer paso para profundizar su dominio en las artes oscuras y perfeccionar su hechizo de Dominio. Además, esperaba que ese conocimiento le ofreciera respuestas útiles para defenderse de los extraños sueños inducidos por la Ifrit.
El verdadero problema era que, a diferencia de los otros elementos, el llamado Vacío no se manifestaba de forma evidente en la naturaleza.
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- El Vacío es, al mismo tiempo, un lugar y la fuente del poder de la Necromancia. - Le había explicado Fanny en una de sus conversaciones: - ¡Es precisamente por esta doble naturaleza que resulta tan difícil y a la vez fascinante estudiarlo! -
En ese momento, Bryan estaba comparando algunas de sus notas de investigación con ella en su laboratorio. Como siempre que hablaba de un tema que la apasionaba, su hermosa profesora se mostraba emocionada, y una sonrisa deslumbrante adornaba su rostro.
Entonces, a tu juicio, ¿cuál sería el mejor método para estudiarlo? - Le preguntó Bryan, encantado de verla tan animada. Para entonces, su relación se había desarrollado lo suficiente como para que pudiera tutearla cuando estaban solos.
- Ahí está precisamente el reto. La existencia del Elemento Vacío solo puede estudiarse por medio de inferencias. - Respondió la Maestra Fanny mientras dibujaba unos símbolos en un pergamino para mostrárselos: - Pero sabemos que, antes de la Guerra de los Dioses del Caos y el Orden, debió haber un momento en que el Vacío era tan predominante como el resto de los elementos mágicos. -
- ¿Te refieres al momento de la creación, cuando apareció el mundo? -
- ¡Exacto! - Asintió ella: - Yo creo, y por favor no se lo digas a nadie, que el motivo por el cual el Elemento Vacío no se encuentra en estado puro entre los otros es porque seguramente provocaría una reacción. El mundo entero tiende al equilibrio, y por algún motivo el Vacío buscó mantenerse fuera, en el exterior, sin entrar en contacto con el resto de la creación... salvo por ciertos canales a través de los cuales nos llega su poder. Pero sin duda tuvo algo que ver en el proceso de creación. Solo que no logro imaginar qué papel exacto desempeñó. -
- ¿En serio? - Comentó Bryan, sorprendido: - A mí me parece algo obvio: contención. -
- ¿Contención? - Preguntó Fanny, frunciendo el ceño.
- Claro, míralo de este modo. - Explicó Bryan: - Para crear algo, generalmente se necesitan tres cosas: materia prima, tiempo y poder. Pero en el principio, no había tiempo, ya que el tiempo es una medida de cambio y se necesita materia para que exista; tampoco existía la materia, porque aún no había sido formada. Lo único que podía existir era poder concentrado. Y sabemos que ese poder debió liberarse. La Luz, como energía en su forma más pura, seguramente fue el principal impulsor que luego generó al resto de los Elementos Mágicos. Pero... ¿qué pasa si inicias una reacción sin dirección? -
Fanny lo miró un momento sin comprender del todo, pero luego desvió la vista hacia la mesa, donde se encontraban los viales de sus pociones. Uno de ellos había explotado hacía poco, y aún no había limpiado los restos de la sustancia quemada. Entonces sonrió y dijo:
- ¿Se descontrola? -
Bryan asintió.
- Estoy teorizando, claro, pero es posible que el Elemento Vacío haya actuado como una especie de conductor para el poder de la creación, y también como una válvula de seguridad para evitar que la energía se desbordara. De otro modo, todo habría terminado siendo una piscina de energía sin forma, puro potencial sin estructura... -
“Espera... esto me suena conocido…” Pensó Bryan de pronto.
Y entonces cayó en cuenta.
Básicamente, estaba recordando sus clases de física, cuando los profesores explicaron la teoría del Big Bang. En los primeros instantes del universo, la materia y algo llamado antimateria surgieron en cantidades casi idénticas. Al encontrarse, ambas se aniquilaban mutuamente, liberando una inmensa cantidad de energía. Por alguna razón, una pequeña fracción de materia sobrevivió a esa aniquilación, y de ella nació todo lo que conocemos.
Ahora, de forma inconsciente, su conversación con Fanny lo llevó a comparar el Elemento Vacío con la antimateria de su mundo.
- ¿Estás sugiriendo que el Vacío, de algún modo, ha terminado “almacenando” el excedente de poder que los dioses usaron para crear el mundo? - Preguntó Fanny, boquiabierta. Pero luego sus ojos brillaron con intensidad, como siempre que una idea emocionante se apoderaba de su mente: - Si tu deducción es cierta… eso significaría que el Vacío está separado del resto de los Elementos Mágicos precisamente para evitar que ese exceso de energía vuelva a liberarse y destruya la creación. ¡Es una idea sin precedentes! -
- Y seguramente la forma en que el Vacío guardó toda esa energía fue transformándola en negativa. Después de todo, la tercera ley de Newton dice que... - Comenzó a murmurar Bryan, pero entonces se detuvo a mitad de la frase.
Aunque pudiera explicarle cómo funcionaba la física y qué era la antimateria, en realidad no tenía idea de cómo estudiarla. Sabía que "las cosas eran así", pero no tenía forma de demostrárselo a Fanny, mucho menos de investigarlo sin la tecnología. Además, aunque sonara similar, no existía una razón real para asumir que el Vacío y la antimateria fueran equivalentes. Y, sobre todo, no podía estudiar ninguno de los dos, ni compararlos.
“Necesitaría un… ¿cómo era?... ¡Ah, sí! Un Acelerador de Partículas.” Bryan lo recordó, y luego pensó con ironía: “Ni siquiera recuerdo dónde lo construyeron. Mucho menos cómo funciona o cómo construir uno. No… mejor me quedo en la teoría mágica, que sí entiendo.”
Mientras tanto, Fanny seguía hablando con entusiasmo.
- Si tu idea fuera cierta, lo primero que deberíamos pensar es en cómo contener el Vacío para poder estudiarlo, sin permitir jamás que entre en contacto directo con nada. Tal vez podríamos diseñar una barrera mágica basada en magia espacial, capaz de aislar por completo lo que encierre. Luego, usando orbes encantados o espejos de augurio, podríamos observarlo sin tocarlo y experimentar para ver cómo actúa en el interior de las barreras. Claro que, antes de eso, tendríamos que establecer protocolos estrictos de manejo y construir un lugar seguro... quizá un pueblo temporal en medio del desierto... -
- Espera, espera, espera… ¡Maestra Fanny! - Exclamó Bryan, alarmado, al darse cuenta de que su profesora estaba diciendo cosas que, por algún motivo, le recordaban demasiado a lo que debieron pensar los científicos que desarrollaron la bomba atómica: - ¿No crees que te estás adelantando demasiado? Para empezar, no has resuelto el problema más fundamental. -
- ¿Cuál sería? - Preguntó la hermosa maestra, inclinando la cabeza con genuina curiosidad.
- ¿Cómo piensas obtener Elemento del Vacío en estado puro? Todas nuestras suposiciones parten del hecho de que no puede existir junto a los demás. -
Fanny lo miró un momento, parpadeando como si no lo hubiese entendido. Luego sonrió con ternura, una expresión que combinaba alegría y melancolía al mismo tiempo.
- ¡Ay, Bryan, eres tan brillante que a veces olvido que llevas poco tiempo estudiando necromancia! -
Al notar la confusión en el rostro de su amado, añadió con suavidad:
- Es cierto que el Vacío está separado del mundo… excepto por un lugar. El único punto que sirve como espacio intermedio entre nuestro plano y el Vacío. ¡Precisamente por eso es ahí donde se originan las Criaturas Oscuras! -
- ¡El Inframundo! - Exclamó Bryan al comprender, y se sintió avergonzado, porque, como había dicho Fanny, era evidente. Después de todo, el Elemento Vacío era la fuente del poder de los necromantes, y las Criaturas Oscuras se alimentaban justamente de esa energía. Resultaba lógico que su lugar de origen fuese también el más saturado de ese elemento.
- Existen leyendas, Bryan - Dijo Fanny, ya visiblemente emocionada: - Sobre antiguos necromantes que lograron vislumbrar ese lugar. ¿Te imaginas lo que podríamos descubrir si lográsemos llegar hasta allí? ¿Cuánto conocimiento sobre el origen mismo de la existencia? ¿Cuántos secretos deben aguardarnos en ese lugar? ¡En verdad, la necromancia es fascinante! -
Esa fue la primera vez que Bryan se sintió emocionado al mismo nivel que su maestra.
******
Ahora, el objetivo de Bryan era averiguar más secretos sobre el propio Inframundo.
Lo primero que se le ocurrió fue preguntar directamente, así que invocó a un Caballero del Mal para interrogarlo. Su especie era una de las más inteligentes entre las Criaturas Oscuras, y seguramente conocería muchos secretos. Sin embargo, por más que Bryan utilizó el vínculo mágico entre ambos para obligarlo a responder, todo lo que la criatura repetía una y otra vez era:
- Debes mirar el abismo… pero cuidado cuando este te devuelva la mirada. -
Bryan gastó una considerable cantidad de Fuerza Mental intentando romper su resistencia, exigiéndole que hablara, que revelara algo más… pero el resultado no cambió. La frase se repetía como una letanía vacía, como si fuese lo único que podía pronunciar.
Aun así, había algo perturbador: por sus gestos, la tensión en sus músculos y la sombra de frustración en sus ojos brillantes, era evidente que el Caballero del Mal deseaba decir algo más. Quizá quería obedecer, aunque sólo para liberarse de la compulsión impuesta por su invocador. Pero algo se lo impedía. Un bloqueo profundo y oculto, que no provenía del conjuro de Bryan, sino de un origen mucho más antiguo.
“¿Será alguna característica del propio Inframundo?” Se preguntó Bryan.
Por eso decidió buscar respuestas en la Biblioteca del Cementerio de la Muerte antes de continuar con sus experimentos. No quería arriesgarse a actuar sin al menos tener una comprensión básica de lo que enfrentaba. Además, todo indicaba que el Inframundo no era un lugar común y, si realmente era un punto de contacto entre el Vacío y el mundo físico, cualquier error podría acarrear consecuencias irreversibles.
Pero los días pasaron. Las velas se consumían hasta apagarse por sí solas, y los relieves que decoraban los muros de la biblioteca comenzaron a mirarlo como si fuera una sombra más. La ansiedad se enredó en su mente. El tiempo, esa cosa invisible que se le escapaba entre los dedos, comenzó a pesarle, y para colmo debía soportar las ocasionales visitas oníricas de la Ifrit.
Entonces, la paciencia empezó a abandonarlo.
El problema era el de siempre: Esos libros habían sido redactados por sabios oscuros que jamás pensaron en explicar lo básico. Los textos estaban repletos de símbolos olvidados, atajos conceptuales y referencias a prácticas extintas. Los autores daban por sentado que el lector poseía un conocimiento avanzado de Necromancia, pero tras décadas de decadencia, esa maestría había desaparecido. En los últimos años la disciplina cayó en el abandono; muchos saberes se perdieron o simplemente cayeron en el olvido. Quedaban demasiados espacios en blanco, demasiadas frases que demandaban contexto, demasiados nombres sin rostro.
Bryan leía, descifraba y reconstruía conjeturas. Pero por cada pista surgían tres preguntas nuevas. Por cada fragmento útil, encontraba un muro de símbolos muertos. Sentía que intentaba levantar un esqueleto sin tener todos los huesos.
Lo peor de todo era que existía una solución para los problemas de Bryan, si es que podía llamarse así. Podía acudir a Nestoriano, el Liche que le había ofrecido su ayuda gratuita para convencerlo de unirse al maldito Culto de Caelos. Seguramente él podría aclararle muchas dudas sobre Necromancia, el Dominio Necromántico y el Elemento Vacío. Pero si la mitad de las advertencias que el Niño Misterioso le había dado eran ciertas, entonces quizá sería mejor arriesgarse con la mujer demonio. Al menos la Ifrit seguramente lo mataría, pero no haría algo peor. En cambio, tratar con Nestoriano implicaba no solo vincularse con un culto malvado que amenazaba la existencia misma del mundo, sino también atraer la atención de una deidad del vacío como Nécora el Putrefacto. Eso era algo que Bryan no estaba dispuesto a permitir bajo ningún concepto.
Sin embargo, al evocar la figura de Nestoriano, una idea comenzó a tomar forma en su mente...
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- Pensé que después de tanto tiempo lo habría superado… ¡Pero realmente odio tanto este lugar! - Admitió Bryan en voz alta, soltando un suspiro cargado de tensión.
Se encontraba nuevamente en la cámara donde había obtenido el Báculo Necromántico, un lugar que conocía demasiado bien. En el pasado, ese artefacto no era un báculo, sino una reliquia conocida como el Ojo de la Oscuridad, hasta que, luego de aquel incidente, cambió de forma.
Meses atrás, el Liche Nestoriano había recitado un cántico ritual cuando se encontraron en Etolia. Como resultado, un poder antiguo emergió del báculo, envolvió al Liche y transformó su cuerpo putrefacto en el de un joven lleno de vitalidad. Fue un momento espeluznante y revelador, una muestra del potencial oculto en aquella arma. Precisamente por eso Bryan había regresado: buscaba pistas, fragmentos de conocimiento que le permitieran comprender qué otros poderes dormían en su interior.
El problema era que esta cámara también escondía cicatrices. En su última visita, una matriz de transporte disfrazada lo había arrastrado al reino de Nécora el Putrefacto. Aquella vez, no solo su cuerpo estuvo en peligro, sino su cordura y su espíritu entero, que por poco se disolvieron en ese abismo de corrupción. Fue solo gracias a la intervención del Niño Misterioso que logró escapar.
Ahora, pese a que la matriz fue destruida, el trauma persistía, y cada rincón de la cámara parecía todavía susurrarle amenazas veladas.
“Nada va a pasar.” Pensó Bryan, obligándose a calmarse: “Esta vez estoy preparado.”
Mientras avanzaba entre las columnas agrietadas, algo llamó su atención. A la derecha, semioculto entre la piedra desgastada, un relieve emergía bajo una capa de polvo seco. Bryan se acercó y notó lo que parecían ser tres calaveras talladas, aunque corroídas por el tiempo. Debajo de ellas había una inscripción casi ilegible, cuyas letras parecían distorsionarse apenas trataba de enfocarlas.
Instintivamente, Bryan alzó su Báculo Necromántico. El cabezal del artefacto estaba formado por tres calaveras entrelazadas, cada una con una expresión distinta. Sostuvo el báculo cerca del relieve, comparando los detalles con creciente interés. Había similitudes demasiado precisas para ser coincidencia.
Pasó los dedos por la piedra, sintiendo las hendiduras de la inscripción. Algunas letras se encendieron débilmente al contacto con el báculo, como si despertaran de un sueño profundo. Bryan entrecerró los ojos, enfocándose.
- Vamos… muéstrame qué escondes. - Murmuró.
Las letras comenzaron a reordenarse lentamente, como si respondieran a una voluntad enterrada en la piedra.
Abre los ojos en la noche sin nombre,
acepta la llamada del eco sin voz,
y cede tu sombra a la senda invertida.
Bryan leyó en voz baja, con una mezcla de desconfianza y fascinación. En cuanto la última palabra se deslizó entre sus labios, una de las calaveras en el cabezal del báculo se encendió con un resplandor violento. Un haz de luz espectral brotó de sus cuencas vacías, bañando la cámara en un fulgor pálido y antinatural.
No tuvo tiempo de reaccionar. La luz estalló y luego se apagó al instante, tragada por un silencio abrupto, tan denso que pareció absorber el sonido mismo del mundo.
Entonces, el cuerpo de Bryan cayó. Se desplomó como una marioneta cortada de raíz, sin un espasmo, sin un gemido. Solo el eco hueco del impacto contra el suelo, y el Báculo Necromántico aún firme entre sus dedos.
La inscripción en la cámara
Hola amigos. Soy Acabcor de Perú, y hoy es jueves 22 de mayo del 2025.
Amigos, escribir este capítulo fue difícil porque… bueno, estoy lidiando con un severo caso de adicción. ¡Así es, lo confieso, Perú! El nombre de la droga es Clair Obscur: Expedition 33, un videojuego de rol de fantasía oscura que, seguramente, ya conocen o han escuchado al respecto, porque ha dado mucho de qué hablar.
No suelo disfrutar los juegos con tramas deprimentes o escenarios apocalípticos. Tampoco me gustan los combates por turnos. Este juego tiene todas esas cosas… y aun así, no he podido soltar el control. Es simplemente fascinante.
Lo compré originalmente solo para fastidiar a Ubisoft. Me pareció divertidísimo que esos locos franceses estuvieran dispuestos a perder millones retrasando el lanzamiento de Assassin's Creed Shadows para no enfrentarse directamente a Kingdom Come II, un juego de un estudio independiente que empezó con apenas 70 personas y que ahora cuenta con unas 200. Todo para que terminaran siendo eclipsados por un título creado por un estudio aún más pequeño: 33 personas, muchos de ellos excreativos desencantados de la propia Ubisoft.
Creo que a estas alturas todos conocen el escándalo de Ubisoft: una empresa gigantesca que dio vida a juegos legendarios como Prince of Persia, Far Cry o Assassin’s Creed, y que se ha ido al diablo en menos de cinco años. ¿Las razones? Entre otras, su apuesta por una ideología “woke” que ha terminado por alienar a sus propios jugadores. Algunas de sus joyitas incluyen: poner a Yasuke como el "samurái negro", afirmar que era un personaje histórico (spoiler: su existencia está en duda, y si existió, definitivamente no fue un samurái), volverlo abiertamente homosexual sin ningún desarrollo de personaje; permitir que destruya violentamente templos emblemáticos de Japón justo en el mismo año en que el país enfrentó su mayor ola de crímenes violentos cometidos por extranjeros; referencias involuntarias a Hiroshima; estrenar el juego en una fecha sensible relacionada con un ataque terrorista en Japón; usar arquitectura china como si fuera japonesa; incluir caracteres chinos en vez de japoneses en el tráiler del juego... y la lista sigue. Todo esto en nombre de una ideología que, irónicamente, pretende "no ofender".
Pero lo peor es que el juego, siendo generosos, es simplemente mediocre. Algunos lo llaman “bueno”, y eso no estaría mal… si no hubiesen gastado casi 250 millones en producirlo. Eso sin contar lo que costaron los retrasos. Quiero decir, uno no gasta esa cantidad para hacer algo que solo sea “aceptable”.
Sabiendo todo esto, cuando me enteré de que un estudio francés de apenas 33 personas había creado una obra maestra con solo 15 millones de euros —más barata para el consumidor, con críticas sobresalientes y encima dándole una paliza en popularidad a Assassin’s Creed Shadows— me dije: “¡Acabcor, tienes que ser parte de esto!”
Y aunque mis finanzas apenas lo permitían, lo compré.
Desde entonces, soy extremadamente feliz. ¡Qué juego! ¡La jugabilidad! ¡Los personajes! ¡La banda sonora! ¡La trama! ¡El arte! Casi había olvidado cuán creativos podían ser los franceses. Expedition 33 ha borrado en gran parte la memoria infame de aquella vomitiva inauguración de las Olimpiadas en París… y eso ya es decir bastante.
No voy a dar spoilers, porque realmente espero que lo jueguen. ¡Acabcor recomienda Expedition 33! Y les adelanto que, sin duda, tomaré elementos de su trama para enriquecer esta novela. Así que pueden estar seguros de que el éxito de Sandfall Interactive los beneficiará a todos, estimados lectores.
Bueno, creo que la trama no necesita mayor explicación, así que esperaré ansiosamente sus comentarios para saber qué les pareció.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!