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Bryan se ajustó la capa para resistir el extraño viento que soplaba aquella noche. Apenas había probado bocado. En cambio, sus hombres disfrutaron de una doble ración de gachas de trigo y carne seca de cerdo, obtenidas del botín de Ilión. Los necesitaba fuertes. Esta aventura podía ser dura, pero si lograban el éxito, podrían presumir de dos victorias consecutivas en poco tiempo, lo cual elevaría el ánimo del ejército.
- Por lo menos eso es lo que espero. - Susurró para sí mismo, reprimiendo las ganas de suspirar: - Nunca estoy del todo seguro. Además, aunque tenga información sigue siendo bastante difícil controlar las cosas sin mis Espectros Oscuros. ¡Necesito solucionar eso cuanto antes! - Miró disimuladamente a su Guardia de Lictores: - Pero aún no puedo irme. No en un momento tan delicado. -
Aunque no lo admitieran, seguramente Marcio, Druso y Silano pensaban que arriesgarse en la Ciudad de Valderán era un grave error, especialmente porque Bryan había insistido en llevarse a la VI Legión en lugar de la V, mucho más leal. Quizá tuviesen razón. Sólo el Propretor Flaminio, un hombre de rostro desagradable, y sus propios hombres parecían contentos, ya que esperaban obtener gloria fácil y algo de botín. Después de todo, no había forma de estar seguro de a quién pertenecería qué entre lo robado por los bandidos, de modo que los soldados planeaban repartírselo.
Naturalmente antes de que la VI Legión partiera, se había dividido el botín en tres partes: una se enviaría a Itálica para engrosar las arcas del estado, otra para Bryan y la restante se repartiría entre todos los legionarios según su rango al terminar de limpiar la región de bandidos. Pero en la VI Legión eran bastante codiciosos y por eso estaban a la espera de poder obtener algo más, incluso de aquellos bandidos, pese a saber que pronto tendrían mucho dinero en sus bolsillos.
La ciudad fundada por Valderio Augusto Constantino no cesaba de deteriorarse desde el momento en que el Imperio Itálico dejó de interesarse por conquistar Etolia. Bryan sabía esto y no esperaba una urbe floreciente, pero lo que encontró superó sus peores estimaciones: Varios conjuntos amontonados de casas derruidas, muchas de las cuales estaban construidas con ladrillos de barro, aunque originalmente todas eran de piedra. El alcantarillado no debía estar funcionando correctamente, porque los malos olores se sentían desde muy lejos. Y el muro fortificado ahora no era más que una ruina derruida con algunas secciones de madera que se habían podrido con el tiempo.
No era extraño que varios grupos de bandidos pudiesen entrar y salir a voluntad. Esos muros estaban en tan deplorable estado que bien podrían no existir. Tres cuartos de la población habían abandonado la urbe para refugiarse en las montañas. El resto se negaba a dejar su templo y las tumbas de sus antepasados, pero sobrevivían por pura terquedad. Considerándolo todo, no sorprendía que los emisarios del Propretor derramaran lágrimas al escuchar que Bryan acudiría en su ayuda.
Aunque el estado general de la ciudad era lamentable, algunos pocos edificios se mantenían en buenas condiciones. Tal era el caso del templo principal. Además, aunque las murallas que rodeaban la urbe apenas se sostenían, la ciudadela construida en el interior para refugiar a la población en caso de ataque se encontraba en buenas condiciones. Esta se alzaba en el extremo septentrional, mirando en dirección a la cordillera de Etolia. La mampostería de sus paredes, aunque anticuada, era de gran calidad, y el foso estaba bien excavado. Sin embargo, ahí radicaba la dificultad de aquella jornada.
Bryan se sentó en un tronco abatido por un rayo. Desde allí, gracias a la altura de la colina y a la luz de la luna creciente, podía observar con detalle las murallas de la ciudadela que debían reconquistar esa misma noche, mientras pensaba en cómo se habían desarrollado los acontecimientos desde su llegada.
Al principio, parecía una misión sencilla. Flaminio lo recibió abriendo las puertas con sus tres mil legionarios urbanos ya preparados e inmediatamente comenzaron a recorrer barrio por barrio, matando a cada bandido que encontraban en su camino. Bryan realizó algunos ataques espectaculares con su necromancia en los lugares más complicados, principalmente para levantar la moral de sus hombres, pero dejó la mayor parte del trabajo para ellos. Después de todo, la VI Legión había sido la banda más temida de la región durante mucho tiempo, así que en cierto modo esto podía verse como una guerra entre pandilleros. Solo que sus legionarios, entrenados por Marcio, acababan de recuperar su valor como guerreros.
Era cuestión de tiempo para que acabaran con el trabajo, cuando Flaminio le reveló que la situación era peor de lo esperado: los bandidos habían capturado la ciudadela. Este sector de la ciudad servía como último bastión y podía ser defendido contra miles de soldados con solo unos pocos hombres. En ese momento, quedó claro el verdadero motivo por el cual el Propretor los había llamado: quería usarlos como sacrificio para tomar aquellos muros, que solo caerían con el sacrificio de muchos legionarios. Al menos, así era en su mente.
- Intentaremos un ataque nocturno. - Ordenó Bryan sonriendo, mientras todos lo miraban sorprendidos. Pelear de noche era peligroso, pues los soldados no podían ver y podían acabar luchando entre ellos por error. Además, incluso sin tener en cuenta la oscuridad, los asedios siempre eran complicados porque los defensores de la fortaleza tenían una ventaja demasiado grande, en la que cientos de soldados podían resistir el ataque de decenas de miles. Era tan cierto que, generalmente, morían siete veces más personas tratando de tomar una muralla bien defendida que en una batalla campal.
Había muchas cosas que podían salir mal.
Curiosamente, Bryan podría haberles ahorrado mucho trabajo invocando un ejército de zombis y dirigiéndolos en la oscuridad para amortiguar los daños. Pero el Procónsul decidió dejar que sus hombres se ocupasen de todo. Días atrás, este tipo de noticias habrían provocado dudas y protestas, pero esta vez todos obedecieron sin rechistar, pues tenían una confianza casi absoluta en su joven líder. Y el primero de ellos era Sexto Rufo, siempre listo para moler a palos a cualquiera que hablara mal del Procónsul Bryan. Incluso Jaime Luccar y César Germánico trabajaban en silencio organizando las operaciones. Lo cierto era que ninguno confiaba en que aquel ataque resultara bien, pero no dijeron nada a sus hombres. Su esperanza era que el encuentro con la cruda realidad, acompañada de dolor, sangre y muerte, les hiciera entender que estaban bajo las órdenes de un loco. La rebelión sería mucho más fácil tras un infructuoso y estúpido ataque nocturno.
Mientras tanto, Bryan se entretenía con su vieja y confiable ballesta. Para cualquiera que lo viera, parecería que solo estaba disparando dardos en la oscuridad de la noche, pero sus sentidos sobrenaturales le permitían ver a pesar de la penumbra y constantemente acertaba en las cabezas desprotegidas de los bandidos cuando alguno se asomaba entre las almenas. No mostraba la más mínima preocupación, algo que sorprendía incluso a su guardia de Lictores.
Entonces, cuando llegó el momento, todos vieron el brillo de una antorcha a lo lejos, siendo agitada rápidamente.
- ¿Es la señal? - Preguntó uno de los lictores.
- Es la señal. - Confirmó Bryan: - Los preparativos están listos.
Desde la colina, todos pudieron ver la masa de soldados avanzar hacia la ciudadela como una serpiente oscura que ascendía lenta pero decidida hacia los pies de la muralla. Al frente de aquel grupo estaba Jaime Luccar, observando cómo sus hombres alcanzaban la muralla con cuerdas y escaleras preparadas para la ocasión, todos emocionados como niños en una excursión.
“Ya verán cuando nos caigan las primeras rocas.” Pensaba torvamente mientras aferraba su escudo, listo para levantarlo a la primera señal de problemas. Luccar estaba considerando no dar la orden de cubrirse de inmediato, esperando que los bandidos provocaran algunas bajas y así tener más argumentos para justificar una rebelión. El propio Procónsul había facilitado las cosas al ordenar usar una antorcha encendida como señal, cuando cualquiera sabría que eso alertaría a todos los vigilantes de la ciudadela.
Sin embargo, los legionarios alcanzaron el pie de la muralla sin dificultad. Luego, cuando Luccar y Germánico estaban convencidos de que comenzarían los problemas, se sorprendieron al ver que nadie les arrojaba aceite hirviendo, flechas, lanzas ni piedras desde lo alto. En lugar de eso, los hombres alcanzaron la cima casi sin oposición, salvo unos pocos bandidos que también parecían confundidos por lo que estaba sucediendo.
Para entender lo ocurrido, había que remontarse a aquella mañana, cuando Bryan consiguió escabullirse por unos minutos e invocó al Zombi Élite de Tierra para que usara sus habilidades únicas y le ayudara a buscar secretamente algo que sabía que encontraría: una ruta de escape.
Lo que los centuriones traidores habían olvidado era que no estaban luchando contra soldados profesionales preparados para defender su país, sino contra simples bandidos. Y aunque una rata acorralada puede ser peligrosa, eso solo es cierto si no tiene un modo de evitar el combate. El mismo día en que se apoderaron de la ciudadela, los bandidos pensaron en preparar una vía de escape si ocurriera algo imprevisto, como la llegada de una legión.
Sin la ayuda de sus Espectros Oscuros, Bryan tuvo que depender por completo de las habilidades del Zombi Élite de Tierra para esta búsqueda. Sin embargo, pronto comprobó que estas no funcionaban tan bien en un terreno no natural, donde incluso desplazarse resultaba complicado. La criatura buscó sin éxito durante la mayor parte del día, pero finalmente descubrió un sitio donde los bandidos habían aflojado algunas rocas en el suelo para comenzar a excavar un agujero que los llevaría hasta el laberinto de alcantarillas, por el cual podrían abandonar la ciudad sin ser vistos. Naturalmente, algo así sería imposible sin las herramientas apropiadas y más aún teniendo en cuenta los poderosos encantamientos que solían proteger las fortalezas para prevenir que cualquier mago de tierra abriera una brecha en los muros. Pero la Ciudad de Valderán llevaba tantos años en decadencia que ninguna de las defensas mágicas estaba vigente.
A pesar de todo, como la construcción original era bastante buena, los bandidos no habían podido hacer gran cosa: solo un agujero por el que cabría una sola persona. Esto no era suficiente para escapar a tiempo, y seguramente preferirían arriesgarse a resistir el ataque. Fue por eso que Bryan instruyó al Zombi Élite de Tierra para que les diera una mano a los bandidos, provocando algunos "temblores afortunados" que ensancharon el agujero en el muro debilitado, hasta que fue lo bastante grande para que todos ellos pudieran escapar durante la noche.
Naturalmente, cuando algo es demasiado bueno para ser cierto, muy raramente lo es. Los bandidos entendían muy bien este principio y no creyeron que aquellas sacudidas fueran una coincidencia. Al principio, no querían arriesgarse a usar esta vía de escape e incluso trataron de cerrarla porque sospechaban que era una trampa. Sin embargo, cuando cayó la tarde y contaron el número de legionarios que se preparaban para asaltar las murallas, varios de ellos juzgaron que morirían de todas formas cuando los hombres de la VI se abrieran paso, así que decidieron que valía la pena arriesgarse.
Para cuando los legionarios subieron al muro, apenas quedaba una docena de bandidos, demasiado desconfiados para usar la ruta que les proporcionó Bryan. Con la luz del amanecer, Jaime Luccar y César Germánico presenciaron la entrada triunfal del Procónsul Bryan en la ciudadela "reconquistada" con los dientes apretados. Mientras tanto, los legionarios de la VI Legión lo aclamaban como si fuese un dios.
- Esto ha sido un desastre para nuestros fines. - Comentó César Germánico a Jaime Luccar en voz baja, mientras el general desfilaba triunfante entre los legionarios por las calles de la fortaleza.
Luccar respondió fríamente:
- El trabajo todavía está a la mitad. Los bandidos se han escapado en lugar de ser derrotados, así que ahora tendremos que dividirnos en varios grupos para cazarlos. Fuera de la ciudad, los bandidos estarán en su elemento y podrán emboscarnos. Veremos cuán agradecidos están los hombres cuando empiecen a caer uno tras otro en las escaramuzas. Veremos entonces. Por todos los dioses, veremos. -
Después Luccar se alejó ensimismado y maldiciendo, mientras Germánico ponderaba el alcance de aquella premonición.
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El amanecer fue lento. Una espesa niebla acompañaba los primeros rayos de un sol que parecía esforzarse por mostrarse sobre las colinas. Desde lo alto de la muralla de la ciudadela, cada centinela se concentraba en ser el primero en transmitir cualquier movimiento que percibiera, pensando al principio que los bandidos volverían con un grupo más numeroso para recuperar la ciudad. Sin embargo, pronto se hizo evidente que eso no sucedería y que, en cambio, serían ellos quienes tendrían que emprender una persecución. Por eso el Procónsul había ordenado que se distribuyera un rancho una hora antes del alba y que cada manípulo, tras desayunar gachas de trigo con leche y pan, formara en el exterior de la fortaleza.
- Esta maldita neblina hará que seguir el rastro de esas lacras sea complicado. - Comentó Bryan en voz alta, como si dudara por primera vez.
- Bien, y ahora ¿qué hacemos? - Preguntó el Propretor Flaminio con un tono exigente que casi rayaba en la insolencia.
“Divinos, este hombre es más feo que el hambre.” Pensó Bryan, observando de reojo la cara llena de verrugas de aquel hombre desagradable. Sin embargo, respondió con tono calmado:
- Es necesario perseguirlos para que no escapen, pero con esta neblina tengo... dudas —hizo una pausa antes de continuar: - Me preocupa que nos perdamos mientras los perseguimos o que ellos nos eludan y regresen a la ciudad sin que nos demos cuenta. Por eso quiero dejarla protegida con algunos hombres. ¿Qué piensas de esta idea, Propretor Flaminio? -
El aludido parpadeó por un momento y su expresión se volvió incómoda. Le gustaba tener el control completo de la ciudad, así que temía que el Procónsul buscara una excusa para obligarlo a compartir su autoridad. Pero antes de que pudiera decir algo, Bryan añadió:
- Naturalmente, dejaré a mis hombres órdenes estrictas de obedecerte y formalmente los pondré bajo tu autoridad para evitar problemas legales. -
Esta respuesta tranquilizó a Flaminio, que asintió de inmediato. Luego se marchó hacia el templo principal para organizar un sacrificio a los dioses como señal de agradecimiento. Mientras tanto, Bryan se reunió con Jaime Luccar y César Germánico.
- Yo mismo voy a organizar la persecución, pero me preocupa que algunos grupos consigan eludirme y regresar. Necesito asegurarme de que los bandidos no recuperen esta ciudad bajo ningún motivo, así que quiero dejar aquí a personas con experiencia. ¿Pueden seleccionar a tres mil hombres de su entera confianza y quedarse con Flaminio para mantener esta ciudad segura? -
Para Jaime Luccar y César Germánico, las palabras de Bryan sonaban como música en sus oídos. Las cosas no podrían salir mejor si lo hubieran planeado: mientras el Procónsul se arriesgaba cazando bandidos entre la neblina, ellos estarían seguros en la ciudad y podrían mantener a sus legionarios más leales a su lado. Así que asintieron de inmediato y lo acompañaron de buena gana para realizar la ceremonia religiosa antes de que partiera.
El templo se alzaba en el centro de la ciudad y era la única estructura que conservaba un aspecto majestuoso, debido a que los habitantes lo mantenían en buen estado. Bryan sabía que los hombres de aquella ciudad eran muy religiosos y por eso ofreció los sacrificios ante las puertas, para que todos los ciudadanos pudieran asistir. Al realizar la ceremonia en el exterior del templo, también evitó que los centuriones y cuantos lo acompañaban aquella mañana vieran en detalle las riquezas que los ciudadanos habían ido depositando a lo largo del tiempo en aquel lugar donde se adoraba a Nycteris, la reina de los muertos. Aunque Valderán era pobre, siglos de ofrendas habían reunido una considerable cantidad de oro y plata en su interior, pero aquel tesoro era considerado sagrado por todos los ciudadanos. Por eso lo defendieron a muerte cuando los bandidos intentaron tomarlo.
Aunque este último detalle solo lo conocía el propio Bryan y se aseguró de no compartirlo con nadie. Incluso él no podía dejar de pensar que aquella riqueza podría ser un buen complemento para financiar sus operaciones militares, pero ya había ejecutado demasiadas acciones sin permiso del Senado. Además, aunque todavía no sabía si todos los dioses que se adoraban en este mundo existían, no se arriesgaría a provocar a una diosa conocida como la "reina de los muertos", pues estaba cansado de tener que luchar con maldiciones terribles.
Terminados los ritos, Bryan partió con la mayoría de los manípulos y dejó la Ciudad de Valderán a cargo del Propretor Flaminio junto con los centuriones Jaime Luccar y César Germánico.
******
Entre las sombras de las casas, un hombre vestido con prendas negras caminaba silenciosamente, tratando de pasar desapercibido. Sus sandalias desgastadas eran las típicas de un legionario, pero era imposible saber si pertenecía a la VI o era parte de los hombres del Propretor. Repentinamente, escuchó las pisadas firmes de una patrulla nocturna que custodiaba el templo de la diosa Nycteris. Estas pasaban frecuentemente por allí para disuadir a las mentes codiciosas de intentar un robo sacrílego que levantara los ánimos de los ciudadanos.
Pero la avaricia, el ansia de riqueza conseguida sin apenas esfuerzo y la posibilidad de desertar de un ejército condenado a estar en permanente guerra eran sentimientos demasiado poderosos para apaciguarlos con tan solo unas patrullas nocturnas. El soldado, ocultando su rostro tras la túnica negra que vestía, cruzó en una corta pero intensa carrera aquel espacio abierto donde apenas unas horas antes se habían sacrificado diez bueyes en honor a los dioses de Itálica y a la reina de los muertos. Aún había sangre de los animales muertos esparcida por la arena de la plaza.
Finalmente llegó junto a las gigantescas columnas del templo. En ese momento, escuchó los pasos de otra patrulla que se aproximaba e iba a esconderse entre las columnas, pero decidió abreviar y entrar al templo. Después de todo, el dios del sol, que todo lo ve, estaba durmiendo. Se olvidó, claro, de que los dioses del reino de los muertos jamás descansan.
El interior del templo parecía desnudo, con solo una fuente de luz pálida: el fuego del altar que siempre debía estar encendido. El soldado se acercó despacio. Le parecía extraño que los habitantes de aquella ciudad, después de levantar un templo tan enorme, apenas iluminaran su interior. Avanzó lentamente. Sus pesadas sandalias militares chocaban contra la piedra del suelo y cada paso reverberaba por todo el templo. Se detuvo. No parecía haber nadie, así que se aproximó hasta llegar a la llama que ardía de forma perenne en aquel lugar sagrado. Fue allí donde la vio: una copa dorada, con pequeños rubíes rojos incrustados en el oro. Era preciosa. ¿La utilizarían los sacerdotes para recoger la sangre de los animales sacrificados o para ofrecer vino a los dioses? Aquello no le importaba. La copa sí.
El legionario miró a su alrededor. Aquellas columnas y paredes debían de esconder aún muchos más tesoros, pero este era el que estaba a su alcance. Rodeó el pedestal sobre el que ardía la llama y se acercó a coger la copa. Entonces vio una sombra unos pasos más hacia el fondo del templo. Se asustó, pero enseguida comprendió que su miedo era innecesario. Se trataba solo de una estatua de la diosa, hermosa y fría, pero que de algún modo parecía mirarle. El legionario sonrió mientras estiraba el brazo lentamente, hasta que las yemas de los dedos tocaron el metal dorado de la copa. La tomó en su mano. La estatua permanecía inerte. "Tan muerta como los muertos sobre los que se supone que gobiernas." Pensó el legionario. Aun sonriendo, se dio media vuelta para marcharse con su trofeo cuando una voz grave proveniente de una sombra oscura al otro lado del pedestal le sobrecogió.
- ¡Alto ahí! ¡No puedes entrar aquí! ¡No puedes llevarte esa co...! -
Pero el sacerdote no pudo terminar sus palabras. El legionario ya extraía la espada de su cuerpo sagrado, retorciéndola, y la sangre del inoportuno vigilante del templo se escanció sobre la piedra del pedestal hasta llegar al suelo. El sacerdote murió con los ojos abiertos, pronunciando palabras incomprensibles mientras dirigía su última mirada a la estatua de Nycteris.
El legionario no se quedó para ver qué pasaba, sino que salió corriendo del templo. Estaba nervioso, y su huida, mal planificada, lo hizo salir de entre las columnas del templo sin asegurarse de que no pasaba ninguna patrulla. Como un estúpido, su cuerpo chocó de bruces con la guardia de la ciudad, los legionarios de Flaminio que cruzaban la plaza.
El hombre se detuvo y miró hacia dónde correr, pero ya era tarde. Varias sacerdotisas salían del templo gritando, y las voces de aquellas mujeres despertaron a todos los que residían en torno a la gran plaza frente al templo de Nycteris. En un minuto, decenas, centenares de ciudadanos encolerizados rodeaban a los legionarios urbanos que custodiaban al ladrón y su botín en espera de instrucciones.
Las noticias se esparcieron rápidamente. Flaminio fue el primero en llegar, protegido por treinta legionarios, y se abrió paso entre la multitud. Unos y otros habían encendido antorchas, y las sombras temblorosas de todos los que poblaban la plaza se agitaban como fantasmas nocturnos.
Por supuesto que el ladrón era un legionario de la VI Legión y uno de los hombres de confianza seleccionados por Jaime Luccar. En cuanto comprendió lo ocurrido, Flaminio lo atravesó con su espada antes de que pudiera decir nada en su defensa, con la misma frialdad con la que aquel había matado al sacerdote del templo. Aquella ejecución rápida pareció sosegar los ánimos de los ciudadanos, pero todos estaban expectantes sobre el destino de la copa sagrada del templo. El Propretor la tomó en sus manos y la contempló con admiración y no poca codicia. Era, sin lugar a dudas, el mejor tesoro que jamás hubiera tocado, y era la primera vez que la veía a pesar de los años que tenía como gobernador de la ciudad. ¿Por qué devolverla ahora al templo, lejos de su alcance? En esas meditaciones estaba, cuando se presentó Jaime Luccar, rodeado por casi cincuenta legionarios de la VI.
- ¿Qué ha ocurrido aquí? - Preguntó con furia, viendo cómo uno de sus hombres se desangraba rodeado por los legionarios de Flaminio. Este último no dudó en responderle con igual vehemencia.
- Ese imbécil estaba robando en el templo. Lo hemos ejecutado. -
- ¡¿Has ejecutado a uno de mis hombres sin tan siquiera consultarme?! - Gritó Jaime Luccar, fuera de sí.
Al escuchar esto, Flaminio se enfureció. Él era el Propretor, la autoridad máxima en la ciudad. ¡Pero un simple centurión se atrevía a hablarle de ese modo!
- ¡Mide tus palabras, imbécil! Yo gobierno en esta ciudad y tus hombres están bajo mi mando. ¡Así lo dictaminó el Procónsul! Y si eres incapaz de controlar a tus hombres, es justo que yo imponga orden entre tus filas. -
Jaime Luccar se hizo hacia atrás. Estaba ponderando la situación cuando César Germánico llegó a la plaza con refuerzos: otros cincuenta hombres, armados y dispuestos para la lucha. Ahora triplicaban en número a los hombres de Flaminio, así que el Primer Centurión dejó de retroceder y miró a César Germánico. Ambos se entendieron instantáneamente: Era un buen momento para hacerse con el dominio completo de la ciudad.
- A partir de ahora, nosotros dos gobernaremos esta ciudad y tú nos obedecerás. - Anunció despectivamente.
- ¿Acaso te has vuelto loco? Yo soy el Propretor y mi rango es superior al de ustedes… - Comenzó a argumentar Flaminio, pero sus palabras fueron silenciadas por el sonido de los golpes de espada, el silbido de las flechas y los gritos de sus hombres sorprendidos. Los legionarios de la VI los atacaron sin previo aviso. Era como si lo hubieran planeado y solo estuvieran esperando una oportunidad.
Aprovechando la superioridad numérica, los legionarios de la VI masacraron a los hombres de Flaminio. Solo diez lograron escabullirse entre los ciudadanos, atónitos y confusos, que contemplaban aquella batalla sin saber a qué atenerse. De los hombres de la VI, solo cayeron cinco. Jaime y César estaban encantados. El factor sorpresa había funcionado perfectamente. Con la partida de Bryan, habían quedado tres mil hombres de la VI junto a los tres mil de Flaminio. Pero ahora, ellos tenían la iniciativa. Todo marchaba bien, y los más prudentes entre los suyos, que todavía dudaban en traicionar al Procónsul, acabarían uniéndose cuando comenzasen los combates.
Jaime Luccar se acercó a Flaminio, quien se encontraba herido en un brazo y se encogía por el dolor mientras los legionarios de la VI lo rodeaban.
- Duele, ¿verdad? - Le preguntó Jaime Luccar entre risas. El resto de los legionarios acompañó a su Primer Centurión con gusto. Abusar de los débiles les recordaba los "buenos" tiempos, antes de que llegara ese duro Procónsul. Entonces tenían más diversión y también mujeres. Muchos de los legionarios volvieron sus miradas hacia las sacerdotisas del templo. Luccar y Germánico no tardaron en comprender las ansias de sus hombres e inmediatamente volvieron a asentir. Después de todo, necesitaban su plena lealtad para acometer aquella rebelión con éxito.
Pese a estar en el suelo, Flaminio no se dignaba a responder. César Germánico se acercó y le dio un puntapié en la cara. Se escuchó un grito de dolor apagado por unas manos que intentaban proteger el rostro de más golpes imprevistos.
- El Centurión Luccar te ha hecho una pregunta. - Le espetó César Germánico: - Y por todos los dioses, vas a responder. ¿Duele? -
Pero Flaminio, terco, permanecía en silencio. César Germánico miró a Jaime Luccar y este asintió. Se lo estaba poniendo muy fácil. Germánico desenvainó entonces su espada y la llevó junto al rostro de Flaminio.
- Sólo te lo preguntaré una vez, Propretor. - Le dijo en voz alta César Germánico, sosteniendo el filo de su espada a menos de un dedo del cuello de Flaminio: - ¿Quién tiene el mando en esta ciudad? -
Al principio parecía que Flaminio elegiría permanecer en silencio. Pero, aunque había escuchado los malos rumores sobre las Legiones Malditas, nunca las había conocido en persona y no sabía de la fría crueldad de sus enemigos. Fue por eso que habló, y lo que dijo trajo consecuencias funestas para su persona.
- ¡Yo, el Propretor Flaminio! -
César Germánico soltó su espada, cuyo golpe metálico resonó en toda la plaza, ya que todos, legionarios de la VI y ciudadanos de Valderán, aguardaban expectantes y en silencio. Germánico rebuscó debajo de su corazón y sacó una daga afilada. No habló más ni volvió a preguntar; simplemente hundió el filo cortante del puñal en la carne de la cabeza de Flaminio, justo donde sobresalía una oreja.
El alarido del Propretor fue descomunal, reflejando su inmenso sufrimiento.
Germánico se apartó un par de pasos de su víctima y exhibió su trofeo con orgullo: una ensangrentada oreja pendía de su mano izquierda, mientras que con la derecha blandía la daga ejecutora con la que la había arrancado.
Flaminio sollozaba y gemía de dolor mientras se arrastraba por el suelo, gateando, apoyándose en las rodillas y en una mano, mientras que con la otra intentaba frenar la hemorragia de la oreja segada. La pequeña herida en el brazo, fruto del combate de hacía unos minutos, ya no parecía molestarle. El Propretor gateó hasta los pies de varios ciudadanos, quienes, sin darse cuenta, retrocedían aterrados.
- ¡Ayúdenme, malditos, ayúdenme o lo pagarán caro…! - Les espetó Flaminio mientras dos hombres de la VI lo arrastraban, tirando de sus pies en dirección a donde César Germánico le esperaba para seguir torturándole.
Jaime Luccar aprovechó la confusión para dar órdenes.
- ¡Todos a sus casas! - Gritó: - ¡Esto es un asunto que no les importa! ¡Todos a sus casas o, por el trueno, lo lamentarán! -
Muchos ciudadanos obedecieron con rapidez, pero algunos aún dudaban. La copa del tesoro del templo aún resplandecía, ahora en las manos de Jaime Luccar, pero nadie se atrevía a decir nada. Pronto, todos se desvanecieron tras las puertas de sus hogares, que aseguraron con pestillos y muebles cruzados tras los cerrojos. Las únicas que quedaron fueron las sacerdotisas del templo, que, por puro instinto, se reconocieron entre las columnas buscando en sus oraciones el amparo de Nycteris.
Mientras Germánico seguía torturando a Flaminio, Jaime Luccar ordenó que todos los hombres de la VI Legión se reunieran en la plaza.
- Nos conviene estar todos juntos, por si los hombres de este imbécil deciden contraatacar. Aunque, mientras tengamos a su jefe, dudarán en hacerlo. - Dijo, volviéndose hacia Germánico, que ya exhibía, divertido, la otra oreja del Propretor arrancada con el mortal filo de su daga: - Si quieres divertirte, adelante. Pero no lo mates. Lo necesitamos vivo para controlar la furia de sus tropas. -
Germánico asintió y se volvió hacia su víctima. Jaime Luccar ordenó asegurar todas las entradas a la plaza levantando barricadas con sacos, carros, piedras y madera de los tenderetes del mercado del pueblo. En cuanto se sintió seguro y con su segundo al mando entretenido en torturar al Propretor, Jaime Luccar decidió entrar al templo, rodeado por una veintena de sus hombres, para descubrir la magnitud del tesoro que los ciudadanos tanto querían proteger.
Sus hombres salieron corriendo detrás de las aterrorizadas sacerdotisas, que aullaban de pavor mientras eran ultrajadas. Jaime Luccar, satisfecho con lo que había logrado aquella noche, entró en las profundidades del sitio sagrado.
Nycteris lo observaba en un silencio petrificado. El Primer Centurión pasó sobre el cadáver desangrado del sacerdote del templo, junto a la llama perenne del pedestal y la estatua inerte de la diosa. Tal como imaginaba, tras la representación en piedra de la deidad, había una puerta. Costaría derribarla, pero cuando sus hombres hubieran satisfecho sus ansias carnales, solo sería cuestión de tiempo y golpes. Jaime Luccar sonrió para sí mismo, mientras pensaba en que podrían usar la propia estatua de la diosa como ariete.
Entonces el Primer Centurión lanzó una sonora carcajada, que en muchos casos fue lo último que las sacerdotisas escucharon antes de perder el conocimiento. Sin embargo, muchas de ellas, a pesar de su terror y sufrimiento, encontraron fuerzas para rogar a Nycteris, implorando a la diosa que maldijera a aquellos miserables.
En medio de este caos, mientras los legionarios de la VI continuaban con sus atrocidades, nadie se percató de que algo estaba cambiando en el ambiente. La temperatura del recinto comenzó a descender de manera imperceptible, y un aire gélido invadió el templo. Poco después llamas en el altar titilaron y chisporrotearon como si estuvieran luchando por mantenerse vivas.
Los ojos de la estatua de Nycteris, situada en el corazón del templo, comenzaron a brillar con un tenue resplandor plateado. Al principio, el fulgor era casi imperceptible, una leve chispa que pasaba desapercibida en medio del tumulto. Sin embargo, esa luz portaba una sensación de frío mortal, y su presencia llenó el aire con una carga eléctrica.
Escultura de Nycteris
Hola amigos, soy Acabcor de Perú y hoy es miércoles 31 de julio del 2024.
Ha sido tan difícil escribir esto por el intenso dolor que estoy sintiendo. Incluso ahora mismo me estoy apresurando porque es difícil concentrarme. Mañana mismo voy a tener un importante análisis en una clínica para ver si es necesaria una operación o si puedo curarme con un simple tratamiento. Esperemos que sea lo primero. Si no, es posible que no haya capítulos por un tiempo mientras me recupero.
Ya han pasado tantas cosas durante esta semana: Fiestas Patrias, el desfile Militar, lo que parece que finalmente será la caída del régimen del dictador Nicolás Maduro, algo que puede tener éxito si los venezolanos consiguen paralizar el país durante el tiempo suficiente. Por cierto, que no pienso decirles que “busquen la paz” o “la concordia”. Ustedes saben que no soy de izquierda y que odio las hipocresías. También saben que Venezuela es casi un país fallido en donde la gente se escapa porque no tiene comida, medicinas o servicios básicos, donde no hay tal cosa como “Elecciones Limpias” y que están a un paso de ser una colonia de Cuba.
¿Quién es el culpable de esto? Bueno, hay algunos que son más responsables que otros, y tendrán que rendir cuentas. Primero está Chávez, pero él ya está pagando por ello, luego todo el régimen de Maduro.
Pero si los venezolanos realmente quieren ver al verdadero culpable de sus sufrimientos, tienen que hacer como hicimos los peruanos llegado el momento y mirarse en el espejo.
Ojo, no los estoy criticando. Los entiendo perfectamente. ¡Tuvieron miedo! ¿Por qué no lo tendrían? Todas las armas estaban en el otro lado, podrían perder su forma de vida, podrían caer en un futuro caótico que no entendían, quizá realmente los chavistas eran la mayoría, quizá los medios no mentían, quizá estaban solos. Todo eso da miedo.
Nosotros los peruanos también tuvimos miedo con Sánchez Cerro, con Velazco, con el general Odría, con Augusto Leguía, con Fujimori, con Martín Vizcarra, por citar solo a unos pocos. Así que sabemos cómo asustan los dictadores. El miedo les ganó a los venezolanos, como nos gana a todos en algún momento. Y por eso Maduro junto con toda su escuadra han podido gobernar el país de ustedes a su antojo, tiranizándolos sin piedad y robándoles su futuro mientras les dejaban migajas. Como hacen todos los socialistas.
Porque el pueblo venezolano lo permitió todo este tiempo.
Sin embargo, ahora parece que finalmente se han dado cuenta de que hay algo más importante que preservar la vida. Y cuando llegas a ese momento en que encuentras aquello por lo que vale la pena morir, es que finalmente puedes vivir con libertad. Y creo que los venezolanos han despertado y se han dado cuenta de lo poderosos que realmente son, que Venezuela les pertenece por derecho a todos ellos, no solo a un grupito de sátrapas comunistas. Y que la libertad no es un derecho que alguien te da, sino un privilegio que tienes que tomar con tus propias manos.
Sí, ha sido duro y lo más duro aún está por venir. Pero si los venezolanos superan esto, podrán darle la bienvenida al futuro más esperanzador y convertirse en lo que merecen ser: Una de las naciones más grandes del mundo, bajo el amparo de Dios y con un pueblo valeroso. ¡Luchen venezolanos y tomen la libertad que siempre fue suya! ¡Que Dios bendiga a Venezuela!
Bueno, lo voy a dejar aquí porque el dolor ya es demasiado. El resto es un comentario larguísimo que escribí hace días por el gran escándalo en la ceremonia de inauguración de las olimpiadas París 2024. Ya lo tenía listo y no creo que haya un mejor momento para colocarlo, así que también lo pondré.
Creo que fue la gran nación española la primera en convertir esta ceremonia en un auténtico espectáculo de cultura y despliegue de talentos deportivos. Siempre recordaré cómo encendieron el pebetero de la llama olímpica con la ayuda de un arquero profesional que disparó una flecha en llamas hacia lo alto del estadio. Desde entonces, cada país anfitrión de las Olimpiadas se ha esforzado por crear una ceremonia de inauguración que sea una representación de su propia cultura y una bienvenida acogedora para todas las naciones.
Mi ceremonia favorita fue la de Atenas 2004. Aunque mi amor por la cultura grecolatina podría influir en esta preferencia, realmente fue espectacular el despliegue que lograron con la tecnología de esa época. Lamentablemente, el maldito virus del COVID-19 nos arruinó la ceremonia de Tokio 2020, convirtiendo esos años en un período muy triste en muchos sentidos.
Es por esto que todo el mundo esperaba algo realmente increíble de París. No solo por su fama de ser la “Ciudad Luz”, patrona del Arte y la Cultura mundial, sino también porque era una oportunidad para reafirmarnos en este mundo luego de haber sobrevivido a la horrible pandemia. Tenía que ser un evento histórico, y vaya que lo fue, pero en el mal sentido.
Para ser totalmente justos, hubo algunas cosas que me gustaron y quiero mencionarlas: Me encantó el inicio con la bandera francesa hecha con explosiones de humo y el juego de luces con la Torre Eiffel. Los Minions me dieron risa, y me gustó que trajeran a varios atletas de renombre mundial para encender la antorcha olímpica. La idea del pebetero en un globo aerostático también me pareció interesante. Pero, sin duda, lo mejor de todo fue Céline Dion. Dado que su enfermedad le impide cantar, escucharla por última vez fue increíblemente conmovedor.
Creo que me gustó el caballo en el agua, aunque pudo ser mucho mejor. Sé que en Francia vive una descendiente de la familia de Juana de Arco, que es maestra de equitación. ¿Se imaginan lo espectacular que hubiera sido si ella llevase la bandera olímpica? Una oportunidad desperdiciada.
Sí, hubo cosas buenas, pero todo lo demás fue tan asqueroso, vomitivo y desagradable, que nada de lo anterior puede rescatarlo. Y encima, ¡no tenían nada que ver con el deporte! Para empezar, el acto representando la Revolución Francesa. Bueno, es una parte importante de la historia de Francia… ¡pero es una parte vergonzosa de su historia! No es algo de lo que deberían sentirse orgullosos ni presumir al mundo entero, especialmente cuando entre sus invitados hay pueblos que tienen reyes. ¿Cuáles son los méritos de la Revolución Francesa? El primer genocidio de la historia moderna (pueblos de frontera que fueron exterminados por los propios franceses porque no querían renunciar al cristianismo), el primer caso de millones de muertos en un pueblo por su propio gobierno en las guillotinas, la masacre indiscriminada de personas inocentes, la primera dictadura totalitaria (y no hablo de Napoleón, sino de Robespierre).
En las olimpiadas uno debe mostrar su historia, pero no las partes que avergüenzan a toda la nación. ¿Se imaginan si las olimpíadas fueran en Lima y organizásemos una obra mostrando la pseudo esclavitud a la que nuestros ancestros sometieron a los pueblos de la selva durante la era del caucho o a los chinos explotados en las minas de Guano? Si, es parte importante de nuestra historia y gracias a eso tenemos Chifas en nuestra gastronomía… ¡Pero no es algo de lo que presumir ante el mundo entero!
Aun así, lo de la Revolución puede tener la excusa de que al menos es un evento histórico. Sin embargo, los francés decidieron mostrarnos un asqueroso evento simbólico de unos jóvenes vestidos de payasos amanerados que se coquetean hasta que finalmente van a tener un trío en un cuarto, o algo así quieren dar a entender. ¿Qué tiene eso que ver con el deporte? ¿Fornicar es ahora una disciplina olímpica? Sí, todos sabemos que los franceses son promiscuos, pero de nuevo, eso no es algo de lo qué presumir. Pudieron haber hecho referencia a Cyrano de Bergerac en todo caso. ¡A Francia le sobran materiales al respecto!
La sección de esculturas dedicadas a mujeres también me pareció absurda. Siempre me ha molestado el título de “la primera mujer que hizo…” porque, en general, eso implica que logró algo que varios hombres ya habían hecho antes. En realidad, apenas tiene mérito. Es como celebrar haber quedado en décimo lugar en una carrera de quince personas. A nadie le importa. Siempre se destacan los primeros, segundos y terceros lugares.
Lo más triste es que la historia de Francia está llena de mujeres increíbles que lograron hazañas extraordinarias. Sin embargo, sabía que no las mencionarían porque la mayoría eran religiosas. Aun así, pensé que podría soportarlo sin hacer comentarios, hasta que me di cuenta de que la mayoría de las mujeres homenajeadas eran defensoras de la legalización del infanticidio. Un paseo de la fama para las asesinas de la posteridad de Francia. ¡Es ridículo hasta el punto del absurdo!
Después vino el rap que nadie entendió, los payasos en el agua… y finalmente… ¿quién en su sano juicio? Es decir… no tengo palabras.
Ya de por sí, todo el mundo sabe que un espectáculo de Drag Queens es exclusivamente para adultos y solo disfruta un segmento muy pequeño de la población. Solo alguien con demencia se le ocurriría exhibir algo así al mundo entero, donde niños de todas las naciones están mirando. Además, agregaron niños menores de edad al espectáculo… ¡Hay que ser bastante perverso! En una foto que circuló, se ve claramente cómo uno de los drag hace un movimiento y la ropa se le corre, dejando expuesto un testículo justo frente a una niña. Luego, había una mujer con tanto sobrepeso en el centro de todo el espectáculo… ¿Acaso tragar hasta morir es ahora un deporte?
Todo ese espectáculo fue un despliegue dantesco, lascivo y vulgar. Lo único que les faltó fue que el pitufo desnudo que cantaba como un gato desafinado se pusiera a defecar en medio de la transmisión. ¿Por qué no? Ya todo era una mierda en ese momento.
Al día siguiente me entero que todo ese show era una parodia al cuadro de la Ultima Cena de Leonardo Da Vinci. Pero por supuesto que lo era. Todo cobró sentido de inmediato y solo comprendí la intención del espectáculo cuando lo comparé con una ceremonia satánica.
¿Qué tan degradada debe estar la nación francesa como para que una mente puede concebir algo como eso? No solo estoy hablando de ser malvado o ser blasfemo. Porque es que incluso cuando en mi juventud yo era un Ateo y un enemigo declarado del catolicismo, jamás podría haber imaginado siquiera hacer algo así.
Los Imanes musulmanes reaccionaron ofendidos por la forma en que se está blasfemando de Cristo. ¡Los musulmanes! También los judíos se pronunciaron en contra y hasta los budistas están enojados. El único que guarda un silencio que no entiendo y que me enoja es el Papa Francisco, pero los obispos católicos y líderes religiosos cristianos de otras denominaciones también se han pronunciado en contra. ¡Francia ha ofendido al 80 % del planeta! ¡Felicidades!
Para este punto bien podrían cambiar su lema de Igualdad, Libertad y Fraternidad por el de Blasfemia, Maldad y Promiscuidad. Les quedaría mejor. Total, se han degenerado hasta el punto que sus mentes no pueden distinguir la diferencia entre DIVERSIDAD y PERVERSIDAD.
Es triste hasta el punto de hacerme llorar. Francia alguna vez fue la nación más cristiana de Europa, la única que tiene un Rey Santo (San Luis), la que durante mil años defendió a los católicos contra los ataques sanguinarios de Vikingos y el mundo Islámico. ¡Cuantas veces la Virgen María se ha aparecido en suelo francés!
Pero ahora esa misma nación se ha visto reducida a un burdel para sofistas, donde todo lo vergonzoso es visto como algo de lo que sentir orgullo. Antes sufría pensando en la caída de Francia ante los musulmanes por culpa de su ridícula política de no tener hijos. Ahora me es indiferente, solo espero que de alguna manera el legado de los buenos francés que vivieron antes de la maldita Revolución, quede conservado para la humanidad del futuro.
Quizá es por eso que escribí este capítulo así, uno en donde el sacrilegio es el protagonista. Lamento mucho el larguísimo comentario quejándome, pero me sentí profunda y personalmente ofendido por esa ceremonia y no quiero ser un cómplice que se queda en silencio. Miren todos a Francia y pregúntense: ¿Eso es lo que quiero que mi país sea? Porque ese es el final en donde terminan todas esas actitudes de irrespeto a la religión, la moral y la tradición que tan populares han sido en Latinoamérica, como si fuesen un signo de progreso, cuando en realidad es una muestra de decadencia.
Bueno, espero que el capítulo les haya gustado a todos, así como las imágenes que me costó mucho generar y luego editar. Por favor recen para que pueda recuperar sin necesidad de un bisturí. Si hay algún error ortográfico por favor señálenlo para corregirlo. Y por favor no dejen de patrocinarme usando los enlaces de mi cuenta Patreon, BCP o YAPE.
¡Espero que nos veamos el próximo miércoles!