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Unos días después, Emily Asturias se encontraba en el centro de una de las galas más fastuosas del palacio de la familia Ziran. Había sido invitada bajo pretextos diplomáticos. El palacio se erguía como un monumento a la opulencia de los Ziran, con altos muros y arcadas majestuosas decoradas en piedra calada, formando patrones intrincados que parecían labrados por la mismísima arena y el viento del mar. Cúpulas doradas reflejaban la luz de las lámparas que colgaban de cada sala, mientras mosaicos de vivos colores adornaban las paredes, sus tonos reflejándose en el mármol pulido del suelo. En cada esquina, cortinas de seda vaporosa en tonos profundos caían en cascadas, oscilando suavemente al compás del murmullo de los invitados.
Alrededor de quinientas personas llenaban las estancias del palacio como una multitud vibrante de colores y texturas. Los invitados vestían atuendos lujosos, túnicas largas y vaporosas, ceñidas a la cintura por elaborados cinturones de metal y cuero, decoradas con pequeñas gemas que brillaban por el más leve movimiento. Sus brazaletes y collares finamente trabajados en oro, cobre y piedras preciosas parecían eco de las propias decoraciones del palacio, como si los invitados fueran una extensión de la misma arquitectura. Las mujeres llevaban tocados elegantes que caían sobre sus hombros, mientras los hombres lucían mantos amplios, algunos adornados con motivos bordados que simbolizaban sus familias y sus rangos. Señores y damas compartían miradas calculadoras y cada gesto o palabras intercambiadas enmascaraban alianzas o rivalidades.
Los esclavos, impecablemente uniformados usando telas de tonos sencillos, se movían entre los invitados con silenciosa destreza. Sus túnicas eran livianas, ajustadas para permitirles agilidad, y sus rostros permanecían bajos, evitando el contacto visual directo. Todos estaban muy ocupados llevando grandes bandejas de bronce rebosantes de exquisiteces: frutas exóticas cortadas con precisión, rollos de carne sazonados con especias raras y adornados con hojas de parra, y pequeñas porciones de queso madurado que desprendían aromas tentadores. Jarras de vino oscuro circulaban por cada sala, mientras los esclavos se aseguraban de que cada copa se mantuviera siempre llena.
El sonido de las risas y el tintineo de las copas se entrelazaban con la suave música de cuerdas, que provenía desde distintos rincones del palacio. Músicos ocultos tras celosías de madera finamente tallada llenaban todo espacio con sonidos cautivadores, logrando que el ambiente en todas las salas y galerías se impregnara de un sentimiento festivo. En varios puntos, los invitados se movían entre las diferentes estancias, cada una decorada con un lujo singular: desde jardines interiores donde la brisa refrescaba el aire, hasta salones de altos arcos y pasillos con columnas que reflejaban la luz de las antorchas.
Emily avanzaba por el palacio envuelta en un manto delicado y vaporoso que apenas dejaba entrever su figura, mientras un velo ligero cubría parcialmente su rostro, acentuando el misterio de su presencia. Sin embargo, esto no impidió que muchos invitados se le acercaran, atraídos tanto por su reputación como por la elegancia que destilaba cada uno de sus gestos. La hermosa Archimaga respondía a cada saludo, cada cumplido o comentario con palabras tan precisas como diplomáticas, dejando satisfechos a quienes la abordaban, ya fueran damas de mirada inquisitiva o nobles con intenciones ambiguas. Incluso aquellos que pretendían ganar su simpatía con astucia sutil o buscaban confrontarla con insolencias veladas se marchaban igualmente complacidos, sorprendidos por su habilidad para responder sin revelar más de lo necesario.
Lo que más lamentaba Emily, era el hecho de que Asdrúbal Ziran no estaba en la fiesta. Esto resultaba decepcionante, aunque tampoco le sorprendía. Después de todo, este genio estratega era la carta de triunfo de la familia Ziran, y no se arriesgaría a tener un encuentro casual con una espía como ella, que podría obtener alguna información sobre su personalidad o sus pensamientos con tan sólo una conversación. Aún así, si bien oficialmente estaba ausente, Emily estaba segura de que Asdrúbal se encontraba ahí, observándolo todo desde las sombras.
No obstante, Emily no había venido a espiar al futuro caudillo de los Ziran, sino que tenía otros planes en mente. Sabía que la subasta de obras de arte se llevaría a cabo en aquel mismo palacio, y mientras se desplazaba con elegancia por sus salones, examinaba los alrededores con miradas fugaces y cuidadosas: Observó las altas ventanas de arcos finamente labrados, los umbrales adornados con filigranas en oro y las puertas enmarcadas por columnas esculpidas en intrincadas formas geométricas. Después pasó la vista por los jardines interiores y las terrazas abiertas, cubiertas de plantas trepadoras y perfumadas con jazmines que brindaban frescura y belleza. Pero confirmó con frustración que cada uno de estos posibles puntos de acceso estaba bajo constante vigilancia.
“Las posibilidades de éxito son escasas.” Le había dicho Cecilia: “Nos hará falta una gran dosis de ingenio.”
“Y algo más.” Pensó Emily.
Cada ventana y cada puerta había sido cuidadosamente diseñada para que los guardias pudieran monitorear todos los movimientos en las inmediaciones, e incluso las celosías de los balcones ocultaban a observadores expertos. Algunos espacios estaban custodiados por estatuas de piedra que parecían tener funciones mágicas, probablemente capaces de emitir alarmas o detectar presencias no deseadas. Además, estaba el problema de la enorme visibilidad: Incluso si conseguían entrar al palacio sin que los viesen, una vez en el edificio casi no había un lugar donde no hubiese al menos cuatro pares de ojos atentos. Emily, luego de un meticuloso análisis, concluyó con frustración que cualquier intento de ingresar al palacio sin ser detectados y robar el tesoro resultaría prácticamente imposible.
Era obvio que Asdrúbal había tomado todas las medidas necesarias para bloquear al Manto Oscuro y evitar cualquier incursión furtiva. No le darían la más mínima oportunidad de robar el tesoro. En cambio, el plan de los Ziran era que Emily rebelase cuál era el tesoro que ocultaba el mapa durante la puja de la subasta.
“Tengo que hallar un modo.”
Mientras mantenía su fachada y continuaba investigando, la mente de Emily trabajaba a toda velocidad. Por un momento, sus pensamientos vagaron hacia la memoria de su amado Bryan, quien siempre la sorprendía con habilidades fuera de lo común. Sin duda, él encontraría una forma de entrar en aquel lugar aparentemente inexpugnable y, encima, lo haría con una facilidad insultante. Estaba a punto de sonreír al imaginar la descarada media sonrisa que él pondría justo después de robar el tesoro, cuando recordó su misión y se reprendió a sí misma por la distracción. Aun así, pensar en Bryan alivió un poco su solitario corazón y, al mismo tiempo, cambió su enfoque. ¿Por qué no ser como él e intentar algo fuera de lo convencional? ¿Qué haría Bryan en su lugar?
“Bryan siempre prefiere atacar en el momento en que el enemigo está más vulnerable, como cuando mató a Clark Ascher justo cuando estaba exhausto y había bajado la guardia. No es cobarde, simplemente sabe no subestimarlos. También es osado y está dispuesto a arriesgarse para crear una oportunidad, como cuando pactó con aquella Alquimista del Culto de Caelos. Pero nunca confió realmente en la tal Belinda; se aseguró de crear una debilidad sin que ella lo supiese.” Meditó Emily, mientras respondía con una sonrisa a algún invitado y fingía que la divertía la broma de otro: “Aquí debo hacer algo similar. Debo aprovechar las debilidades de mi enemigo y encontrar una manera de generar una oportunidad.”
Sabía que, en ese momento, contaba con pocas ventajas, pero pretendía aprovecharlas todas. La más importante era el tiempo: habían pasado más de veinte años desde que los tirios capturaron el barco mercante con el mapa, y en ese lapso el botín había pasado por tantas manos que las piezas se habían mezclado unas con otras, integrándose en una colección de más de mil tesoros. Cualquiera de ellos podía ser el escondrijo donde el capitán ocultó la copia.
Ahora bien, si este problema estuviese ocurriendo en Itálica, no habría grandes inconvenientes, porque examinarían cada tesoro, desensamblándolos o incluso rompiéndolos para encontrar el mapa. Pero aquí era donde las diferencias culturales entre ambos pueblos se volvían más notables: Los tirios amaban coleccionar, amaban el arte y amaban todo lo valioso… Y despreciaban cualquier cosa que amenazase las tres anteriores. Seguramente rechinarían los dientes ante la posibilidad de destruir una escultura invaluable buscando algún escondrijo solo para descubrir, al final, que no había nada. Quizás podrían arriesgarse con uno o dos tesoros, pero les sería impensable hacerlo con cientos, menos aún con miles. Su amor por estos tesoros era tal que la falsificación de obras de arte estaba penada con la muerte, sin importar las circunstancias. Además, los propios nobles se enorgullecían de poder distinguir el auténtico valor de una pieza con una sola mirada.
Entonces, una idea repentina iluminó la mente de Emily.
“¡Ya sé cómo hacerlo!”
Era arriesgado. Una locura. Pero precisamente por eso podría funcionar. Por eso, y porque los tirios no sabían exactamente en cuál obra de arte se ocultaba el mapa. En cambio, ellos sí lo sabían.
Al poco tiempo, con toda la rapidez que permitía la diplomacia, Emily Asturias se retiró del banquete.
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- Parece que se ha rendido. -
El que hablaba era uno de los ancianos del clan Ziran, quien observaba los acontecimientos desde uno de los muchos pasadizos secretos de la mansión. En ese momento, apenas podía ocultar que se sentía irritado por toda la situación. Y es que, aunque respetaba la decisión del patriarca de convertir a Asdrúbal Ziran en líder de facto del clan, le incomodaba la idea de obedecer a alguien tan joven.
Además, su mayor orgullo era haber sido designado guardián del palacio del tesoro, que albergaba la más valiosa colección de arte de la familia Ziran. El anciano se encargaba de proteger cada pieza con un esmero que rozaba la obsesión. Por eso, cuando Asdrúbal le anunció que planeaba usar mil piezas de la colección en una subasta, como parte de una trampa contra una mujer de Itálica, la ira le revolvió el estómago. Desde entonces, llevaba semanas tomando medicina para controlar la acidez.
También era por esto que, a pesar de su elevado cargo dentro de la familia, decidió unirse a los guardias ocultos en los pasadizos para vigilar personalmente a Emily Asturias, la Archimaga Oscura, quien supuestamente podría intentar robar alguna pieza de la colección.
Secretamente, el anciano deseaba que Emily lo intentara de una vez. No porque quisiera poner en riesgo la colección de su familia, sino porque confiaba en que el palacio del tesoro de los Ziran era absolutamente inexpugnable. Si ella intentaba algo, la interceptarían sin problemas. Además, una vez que el asunto terminara y encontraran ese dichoso mapa, Asdrúbal se marcharía a las colonias que la Alianza Mercante controlaba en una península cerca del Bosque Oscuro para encargarse de asuntos militares, dejándolo en paz.
- No, tío Magón. - Dijo Asdrúbal, de pie a su lado, sin apartar la mirada de la figura de Emily que se alejaba: - Estoy seguro de que intentará robar una pieza de la colección subastada. -
- Nuestro palacio es impenetrable y la bóveda aún más. - Respondió Magón Ziran, reprimiendo el impulso de poner los ojos en blanco.
- Entonces lo intentará el mismo día de la subasta, cuando expongamos los tesoros para ser examinados antes de la puja. -
- ¡Ese día tendremos el triple de guardias apostados! - Objetó con vehemencia el anciano, haciendo grandes esfuerzos para contener su mal humor: - ¡Es imposible robar algo de este palacio! ¡¿Cómo podrían hacerlo?! -
- No estoy seguro. - Admitió Asdrúbal, pensativo, ignorando el arrebato de ira del anciano como si fuera ruido de fondo. Toda su atención estaba en la espalda de la mujer que se dirigía a su palanquín: - Pero quiero que nuestros espías la vigilen día y noche, así como a todas las personas con las que se encuentre o converse, incluso si solo son vendedores. -
Se volvió hacia la media docena de hombres de su grupo de inteligencia, quienes asintieron con un gesto marcial.
- ¡No dejen nada al azar! Mi instinto me dice que Emily Asturias está planeando algo… ¡y debemos estar preparados para que no nos tomen por sorpresa! -
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- ¡Esto los tomará completamente por sorpresa! - Dijo Emily al concluir su explicación sobre el plan.
- No lo sé, hermana. - Respondió Cecilia, escéptica, mientras ambas viajaban en el palanquín: - ¿Estás segura de que quieres hacerlo el mismo día de la subasta? ¡Habrá muchos más guardias! -
- ¡Mejor para nosotras! - Replicó Emily con determinación.
- Suena como una locura. - Murmuró Cecilia, con un tono dudoso.
- Justamente por eso creo que funcionará. - Insistió Emily, esbozando una sonrisa: - Solo debemos asegurarnos de que sea alguien rápido, porque tendrá solo dos minutos. Todo dependerá de la velocidad. -
Cecilia reflexionó en silencio, hasta que finalmente dejó escapar una traviesa carcajada, llena de esa leve nota de malicia que la caracterizaba.
- ¡Muy bien! - Exclamó, aplaudiendo con entusiasmo: - Haré uso de todos mis contactos para encontrar a la persona adecuada y participaré personalmente. ¡Quizás podrás conseguir un minuto más! -
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Dos días después, una media mañana, Emily Asturias se encontraba sentada en una banca de mármol en el corazón de uno de los parques más bellos de Tiro. La brisa suave acariciaba el césped bien cuidado y los senderos flanqueados por hileras de árboles majestuosos. Los jardines estaban llenos de vida, con familias paseando y niños riendo mientras jugaban.
Emily, cubierta con un velo ligero, observaba con tranquilidad cómo las palomas revoloteaban a su alrededor mientras dejaba caer pequeñas migajas de pan de una bolsa de tela.
Algunos espías, dispersos entre los árboles y ocultos en la espesura, observaban atentamente cada uno de sus movimientos, aunque no se atrevían a acercarse. Sabían que Emily pertenecía al Manto Oscuro y era experta en distinguir una amenaza oculta.
Un anciano de aspecto humilde, llamado Apulio, caminaba despacio con una canastilla en la mano. Su cabello blanco y su rostro surcado de arrugas daban la impresión de que había visto muchas cosas. Sin detenerse, se sentó en una banca detrás de la de Emily y, fingiendo ignorarla, comenzó a arrojar migajas a las aves, murmurando en voz baja mientras observaba el movimiento de los pájaros.
- Buenos días, señorita. - Susurró, con la voz baja y rasposa, como si hablara consigo mismo.
Emily, sin mirarlo, respondió de igual manera: - Buenos días, anciano. ¿Alguna novedad? -
- Ninguna, por el momento. Pero me han pedido saber el día y la hora. -
Emily dejó que el silencio se instalara brevemente mientras observaba a las palomas aletear y posarse a su alrededor.
- Será el mismo día de la subasta. Los planes no han cambiado. -
Apulio soltó una risa casi imperceptible, mostrando apenas una hilera de dientes desgastados.
- Entonces los guardias se volverán locos. - Dijo el anciano sonriendo: - Nadie aquí ha presenciado jamás algo como esto. -
- Por eso confío en que tenemos una oportunidad. Ya recibirás mis instrucciones. -
Emily se levantó y, sin mirar atrás, comenzó a caminar con paso tranquilo, dejándolo entre las sombras del parque, aun arrojando migajas a las palomas.
******
Mientras Emily se encontraba en el parque, Asdrúbal Ziran inspeccionaba su habitación. Apenas sus espías le informaron que ella había salido y que no había solicitado desayuno, dedujo que probablemente comería fuera, lo cual le concedía alrededor de treinta minutos para actuar. Con un grupo de sus hombres más capacitados, todos expertos en registros meticulosos, comenzó a revisar minuciosamente el equipaje de la hermosa Archimaga.
Una de las reglas de la diplomacia entre naciones prohibía a los embajadores portar Anillos Espaciales, aunque la norma rara vez se respetaba del todo. Sin embargo, los espías de Tiro habían vigilado a Emily y a cada persona a bordo de su barco desde el principio; ni ella ni sus asistentes llevaban un Anillo ni habían contactado a nadie que pudiera habérselo entregado. Esto implicaba que el objeto que buscaba Asdrúbal debía encontrarse en algún rincón de aquella habitación.
Todos sabían bien cuál era el objetivo: una copia exacta de un tesoro.
Asdrúbal aún no lograba desentrañar cómo Emily planeaba intercambiar el original por la réplica en un lugar tan vigilado, rodeado de guardias y con barreras mágicas ajustadas discretamente para reaccionar con mayor sensibilidad a cualquier rastro de magia oscura. Pero estaba convencido de que esa debía ser su estrategia. Así que revisaron cada maleta con precisión, sin dejar un solo rincón sin explorar, desde el baño hasta el estudio y la sala, dejando el dormitorio para el final.
El propio Asdrúbal abrió el armario y revisó cada uno de los vestidos cuidadosamente. Luego, se dedicó a los cajones de la cómoda, llenos de ropa interior femenina. Con un breve impulso, tomó una prenda y la observó con detenimiento, respirando su aroma. La esencia de Emily parecía impregnarse en su mente, y un destello de lujuria le cruzó los pensamientos. Pero, rápidamente, canalizó esa intensidad hacia su verdadero propósito: ahora podía identificar el rastro de Emily Asturias con precisión, como un cazador entrenado en detectar su presa. Guardó la prenda en su lugar, recuperando la compostura, y continuó con la inspección de los demás cajones. Sin embargo, tras varios minutos de búsqueda, no halló ningún objeto que pudiera parecer sospechoso.
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El día de la subasta comenzó con un festín temprano, justo al mediodía, en los espléndidos jardines del palacio Ziran. Los aristócratas de la Alianza Mercante de Tiro y nobles de tierras lejanas se reunían en torno a mesas decoradas con frutas exóticas y platos de caza exquisita, mientras la brisa marina llenaba el aire de frescura y la promesa de una jornada llena de intriga. Entre el murmullo de conversaciones y risas, todos compartían un rasgo en común: su inmensa fortuna y, tal vez, su apetito por la exclusividad de los tesoros que aquella subasta prometía.
Magón Ziran esperaba con nerviosismo en la entrada principal, cuidando que todo estuviera en perfecto orden. Había supervisado cada detalle esa mañana, asegurándose de que los guardias estuvieran en su máxima alerta y que las piezas exhibidas lucieran impecables. A su alrededor, los invitados recorrían las distintas salas, deslumbrados por la vasta colección de tesoros reunidos para la subasta: jarrones de cerámica de los rincones más recónditos de la tierra, máscaras rituales de oro y amatista, códices antiguos y manuscritos que contenían los secretos de generaciones, esculturas de mármol y bronce, armas bellamente ornamentadas, y una vasta gama de joyas y gemas en todos los colores imaginables. Cada objeto parecía contar una historia, atrapando la atención de los visitantes que, fascinados, susurraban entre sí mientras evaluaban los artículos antes de la subasta principal, que se extendería al menos tres días.
Emily Asturias avanzaba con un aire de calma calculada, acompañada por sus cuatro doncellas que la seguían con disciplina, sin apartarse de su lado ni un instante. Los murmullos de admiración por su belleza se mezclaban con el asombro de los asistentes, especialmente cuando Emily, de manera casual, comenzaba a comentar detalles artísticos sobre las obras expuestas.
Asdrúbal, oculto en los pasadizos secretos, observaba cada movimiento de Emily con una creciente intranquilidad. Sus espías le transmitían informes constantes, notificándole cada lugar donde ella se detenía. Se mantenía en alerta, analizando con cuidado si su interés en cada objeto era genuino o si se trataba de una distracción.
Luego de una media hora, Emily ascendió al segundo piso, donde se encontraban muebles de madera preciosa y detalles en oro y plata. Observaba cada pieza con detenimiento, pasando los dedos delicadamente sobre tallas antiguas, susurrando apreciaciones sobre los ensamblajes y técnicas de manufactura que dejaban estupefactos a los demás. Pasaron más de cuarenta minutos antes de que Emily decidiera moverse, pero no sin antes detenerse en una silla ceremonial que parecía capturar especialmente su interés. Asdrúbal, quien la observaba desde las sombras, se tensó, casi convencido de que su preciado mapa podía estar escondido en algún compartimiento secreto de aquel objeto. Pero al final Emily no hizo nada y solo continuó hasta la siguiente sala.
Asdrúbal, frustrado por la falta de indicios, ordenó que sus hombres permanecieran atentos a cualquier detalle en los movimientos de Emily. Por su parte, la Archimaga se dirigió hacia una estantería repleta de códices antiguos y libros encuadernados en pieles finas. Fingiendo buscar un ejemplar específico, sus dedos deslizaban los lomos de los libros con una familiaridad que sugería que estaba disfrutando de la vasta colección. Entre los nobles, su atención a cada detalle continuaba generando murmullos; sin embargo, Asdrúbal observaba más allá del espectáculo. Cada página que Emily hojeaba, cada obra que acariciaba, podía contener un mensaje o pista oculta.
Un vocero anunció entonces que la ceremonia de apertura de la subasta comenzaría pronto y que ese día se iniciarían las pujas por las pinturas. Emily mirando con una sonrisa tranquila, sin mostrar prisa alguna. Dio un último vistazo a la sala antes de dirigirse a la escalera principal… y fue entonces cuando ocurrió.
La Archimaga estaba parada casualmente frente a un grueso libro sobre la interpretación de constelaciones, a medio metro de una guardia. En ese momento, un nutrido grupo de damas del Imperio Kasi irrumpió en la sala, parloteando como una bandada de aves exóticas. Claramente deseaban ver los libros rápidamente antes de la puja, pero, cuando una de ellas pasó junto a Emily, esta se dejó caer hacia atrás como si la hubieran empujado, estrellándose contra otra que llevaba un bolso abultado de cosméticos, cuyo contenido terminó desparramado por el suelo.
- ¡Oh, lo siento muchísimo! Permítame ayudarla. - Se ofreció Emily, avanzando, pero “sin querer” pateó varios de los artículos, que se dispersaron por toda la sala, llamando aún más la atención de los presentes.
Asdrúbal, que había presenciado la escena desde su escondite, se preparó con todos sus sentidos alerta. Estaba seguro de que Emily había hecho su primera jugada, así que accionó un mecanismo y activó las barreras mágicas alrededor del libro frente al cual la Archimaga había provocado el escándalo.
Unos segundos después, las trompetas de alarma sonaron, pero esta vez desde otro punto de la sala. Aparentemente, alguien había tropezado accidentalmente con un esclavo que llevaba una bandeja de jarras de vino, y todas estas cayeron dentro de un brasero. El vino comenzó a evaporarse rápidamente, llenando la habitación de vapor. Al quemarse los azúcares y el alcohol, el aire se impregna de un aroma acre y penetrante.
“Bien jugado, dos distracciones al mismo tiempo.” Pensó Asdrúbal con una sonrisa: "Pero demasiado tarde".
En efecto, vio cómo Emily se volvía hacia el grueso libro, como si quisiera hacer algo, pero, al notar que la barrera mágica estaba activada, chasqueó la lengua con frustración y se retiró sin mirar a nadie, ignorando las quejas de la mujer a la que había empujado. Su disgusto era tal que la diplomacia parecía haber dejado de importarle.
- ¡Traigan ese libro! - Ordenó Asdrúbal a sus hombres de inmediato.
Asdrúbal contempló el tomo, asegurado ahora por sus guardias. Era un volumen masivo, cubierto en cuero oscuro y decorado con grabados dorados, con patrones ondulantes que registraban antiguas inscripciones sumerias y babilónicas, líneas geométricas y figuras de estrellas entrelazadas. En su portada, un título en lengua arcana: El Espejo de las Almas Celestes. Cada página de papiro grueso parecía mutar bajo la luz de las lámparas.
Magón Ziran se acercó con el rostro sombrío, alzando una ceja ante la expresión confiada de su sobrino.
- ¿Estás seguro de que este es el tesoro que buscamos, Asdrúbal? - Preguntó con escepticismo.
Asdrúbal asintió con seguridad y le explicó en voz baja:
- El capitán destruyó el mapa original, pero hizo una copia de los detalles más críticos antes de que nuestra flota lo interceptara. No debía tener tiempo para dibujar un mapa completo, así que, en su desesperación, utilizó el libro para esconder la información en algún tipo de código. Si mi suposición es correcta, deberá plasmar las rutas usando las posiciones de las estrellas como referencia. La astrología, el conocimiento antiguo de las constelaciones… es la clave que nos revelará el mapa. -
Magón frunció el ceño, mirando el libro con suspicacia.
- Si estás en lo cierto, Asdrúbal, desentrañar este código nos tomará semanas, tal vez meses, y aún más para transformar las posiciones estelares en una ruta navegable. Esto podría convertirse en un proyecto bastante largo. - Repuso con un dejo de impaciencia.
Asdrúbal lo miró con intensidad y replicó:
- Unos meses no son nada si obtenemos ventaja sobre el Imperio Itálico. Imagina el poder que podríamos tener si controlamos esas rutas -
Volvió la vista hacia el salón, donde Emily había desaparecido entre la multitud, como una sombra efímera, y su mirada se endureció. La subasta sería su forma de confirmar si sus sospechas eran correctas.
- Tío, sería conveniente que anuncies a los asistentes que la subasta se pospondrá un par de horas - Sugirió Asdrúbal con una sonrisa astuta: - Además, hagamos un ligero ajuste en el orden de los lotes. Coloca este libro entre los primeros objetos de la puja y observa con atención. Si Emily intenta obtenerlo, sabremos que estamos en el camino correcto. -
Magón abrió la boca para replicar que alterar el orden de la subasta sin previo aviso sería visto como una falta de respeto y un escándalo entre los nobles presentes. Sin embargo, Asdrúbal le lanzó una mirada decidida.
- Tío, si confirmamos que Emily quiere este libro, podremos cancelar el resto de la subasta y retener aquí la mayoría de los tesoros. - Dijo Asdrúbal, inclinándose hacia él con voz baja pero firme: - Imagina lo que eso significa: la colección bajo tu cuidado permanecerá casi intacta, y solo habremos dejado ir algunos tomos. -
Magón suspiró, mirándolo con escepticismo.
- Muchos nobles protestarán si, de repente, dejamos de ofrecer los objetos prometidos. - Murmuró, preocupado por el posible desorden que podría generarse.
Pero Asdrúbal sonrió con suficiencia.
- Entonces échame toda la culpa a mí, tío. - Repuso Asdrúbal, soltando una carcajada que resonó en el salón vacío: - Declara que fue un capricho mío o di lo que quieras. Sabes que nunca me ha importado lo que piensen de mí fuera de la familia, y mucho menos si el resultado nos da lo que queremos. -
Magón miró a su sobrino por un instante, sorprendido por aquella mezcla de audacia y astucia. Sin duda, Asdrúbal definitivamente tenía la audacia que se necesitaba para ser el líder del clan Ziran, por más que le molestase admitirlo. Además, su plan le permitiría mantener a salvo la preciada colección de arte a su cargo, así que asintió.
- Está bien. Haré los ajustes necesarios y me aseguraré de que el cambio se anuncie con suficiente formalidad para evitar el caos. Si los nobles se disgustan, dejaremos que sus quejas caigan en tus oídos. -
Mientras Magón se dirigía hacia los administradores de la subasta para cambiar los lotes, Asdrúbal volvió a mirar “El Espejo de las Almas Celestes”, permitiéndose un breve instante para admirar el ingenio detrás de aquella obra astrológica. Si el mapa estaba ahí, sería un paso más cerca de cumplir el gran plan de su padre.
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Aquella misma noche, la subasta dio inicio bajo la tenue iluminación de las lámparas de aceite, llenando el salón con un resplandor dorado que se reflejaba en las opulentas vestimentas de los asistentes. Emily hizo una entrada majestuosa, escoltada por sirvientes que cargaban grandes cofres repletos de monedas de oro, una demostración de recursos que no pasó desapercibida para nadie. La puja comenzó, y sin demora, Emily le ofreció treinta mil monedas de oro por El Espejo de las Almas Celestes. Al oír la cifra, un murmullo de asombro recorrió la sala; pocos esperaban una oferta semejante por un libro de astrología, por muy antiguo que fuera. Sin embargo, en cada ronda de pujas, un contrincante igualaba su oferta, elevando la tensión entre los asistentes.
El rival de Emily era, en realidad, un miembro de la familia Ziran, infiltrado en la subasta para evaluar sus intenciones y garantizar que el libro no saliera de Tiro. La disputa se prolongó hasta que el competidor, con un gesto calculado, lanzó una oferta final que dejó a la multitud sin palabras.
El “El Espejo de las Almas Celestes” quedó oficialmente en manos de los Ziran, y la expresión contenida de satisfacción en el rostro de Asdrúbal dejaba claro que todas sus sospechas estaban confirmadas.
Aquella misma noche, en medio del alboroto de la subasta, Asdrúbal partió de la ciudad en secreto. El libro, cuidadosamente oculto en un compartimento de sus quinquerremes, iba con él. Las naves zarparon bajo la protección de la oscuridad, buscando aguas seguras lejos de la mirada de posibles espías. Mientras las velas se hinchaban con la brisa nocturna, Asdrúbal meditaba en silencio sobre el inevitable conflicto. A pesar de la calma del mar, su espíritu hervía con la certeza de que cada paso lo acercaba a su objetivo final: la destrucción del Imperio Itálico y la restauración del honor de la familia Ziran.
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A la mañana siguiente, Magón Ziran desayunaba tranquilamente en su habitación, disfrutando de su café bien cargado, y felicitándose a sí mismo por el éxito de la misión encomendada a Asdrúbal.
Al final, la subasta se canceló parcialmente y consiguieron conservar la mayor parte de las piezas; pero las que se vendieron ayudaron a engrosar las arcas de su familia con una considerable suma de oro. Así que, aunque Magón lloraba su pérdida, tampoco había resultado ser un mal negocio.
El escándalo por el accidente del brasero fue solucionado de inmediato y la mayoría de los asistentes ni siquiera llegó a percatarse de que algo inusual había ocurrido. Ahora, todas las piezas estaban en su lugar, como si nada hubiera sucedido. Magón muy satisfecho, recordando cómo el joven Asdrúbal había insistido en que debían cuidarse de posibles intentos de robo por parte de Emily y el Manto Oscuro. "Ni ayer, ni hoy, ni nunca", se dijo con orgullo.
En ese instante, un sirviente entró en sus aposentos.
- Disculpe, mi señor. - Anunció, inclinando la cabeza: - Un hombre solicita verlo y me pidió que le entregara esto. -
El sirviente le entregó una carta con el sello oficial de la familia Ziran. Durante un segundo, Magón se sintió molesto, temiendo que fueran más instrucciones tediosas dejadas por Asdrúbal. Sin embargo, resultó ser una carta de un querido primo suyo, famoso en las colonias occidentales de la Alianza Mercante de Tiro por su buen gusto artístico. De hecho, varias piezas de la bóveda habían sido enviadas por él.
Al leer la carta, Magón sonrió complacido. Aparentemente, su primo había descubierto a un joven excepcionalmente talentoso para la tasación de pinturas, "El genio más joven que haya visto evaluando una obra", decía el mensaje. Además, quería que Magón le mostrase su colección, con la esperanza de que el muchacho aceptara trabajar exclusivamente para la familia Ziran. “Eso sí, tendrás que tolerar alguna que otra ocurrencia suya, porque, como la mayoría de los genios, es un poco directo y propenso a la terquedad.”
“Bueno, no nos hacemos más jóvenes.” Pensó finalmente Magón con una sonrisa melancólica: “No es mala idea buscar talentos que nos sucedan. Si este chico es tan brillante, bien vale la pena soportar sus rarezas.”
- Háganlo pasar. - Ordenó, levantándose para vestirse.
El joven se presentó como Ignoto Travesía, y en cuanto lo conoció, Magón quedó asombrado por su juventud. No debía tener más de quince o dieciséis años. Pero justo cuando pensaba que se trataba de una broma, el joven comenzó a alabar la residencia de Magón, y cada palabra suya revelaba un exquisito conocimiento del arte presente en su palacio. Como todo tirio, Magón amaba discutir sobre arte, sobre todo cuando le pertenecía a su familia, y antes de darse cuenta estaba en una amena conversación con aquel joven que parecía tener una enciclopedia en la cabeza.
Cuando llegaron a la sala de pinturas, Magón vio con satisfacción cómo la mirada del joven Ignoto brillaba de asombro y respeto ante la impresionante colección de cuadros. Ambos caminaron despacio, pasando por las maderas pintadas de los tiempos primitivos, hasta llegar a la galería central con los lienzos. Ignoto estudiaba cada tela minuciosamente, y ambos conversaron como expertos, evaluando el estilo, la perspectiva y los colores de los diversos artistas.
- ¡Esto es una fiesta para los ojos! - Exclamó Ignoto, impresionado: - Por favor, permítame detenerme un instante. -
Magón Ziran lo esperó, feliz ante el asombro del joven genio.
- Jamás he visto nada tan magnífico. - Afirmó Ignoto Travesía, cruzando lentamente la estancia y estudiando cada pieza.
De repente, se detuvo como si algo hubiera llamado su atención, volvió sobre sus pasos y examinó nuevamente un cuadro titulado El Puerto. Era una obra de un gran pintor del Imperio Kasi, reconocido en todo el mundo, que había fallecido treinta años atrás: .
- Una imitación muy bonita. - Comentó finalmente, e hizo un ademán de proseguir.
Magón se movió con rapidez y lo agarró del brazo.
- ¡¿Cómo?! ¿Qué ha dicho usted? -
- Dije que se trata de una buena imitación. - Replicó Ignoto con tranquilidad.
- Se encuentra en un error. - Sentenció Magón, con voz de indignación.
- No lo creo. - Insistió el joven.
- Desde luego que sí. ¡Le aseguro que es auténtico! ¡Tengo las constancias de su origen! -
Ignoto Travesía se acercó a la tela y la examinó con atención.
- Entonces esos documentos también han sido falsificados. Este cuadro lo pintó Eugenio Lucas, un discípulo de Palaiologos. Usted debe saber, por supuesto, que Lucas se volvió infame por pintar centenares de cuadros falsos, vendiéndolos luego como si fueran de su maestro. -
- Ya lo creo, pero éste no es uno de ésos. - Insistió Magón, cada vez más enfurecido.
Ignoto Travesía se encogió de hombres.
- Admito su criterio. - Concedió, intentando seguir el recorrido.
- ¡Un momento! - Lo detuvo Magón Ziran nuevamente, esta vez con una nota histérica en la voz: - Yo adquirí personalmente esta obra y analicé minuciosamente todos los pigmentos... -
- No lo dudo. Lucas pertenecía al mismo período que Palaiologos y empleaba los mismos materiales. - Ignoto se agachó para observar la firma, al pie de la tela: - Puede comprobarlo de una manera muy sencilla, si lo desea. Lleve el cuadro con un restaurador, y haga comprobar la firma. - Se volvió para mirar al anciano con una sonrisa: - Lucas era tan egocéntrico que firmaba sus cuadros, pero el bolsillo le obligaba a falsificar el nombre de Palaiologos por encima del suyo. -
Entonces miró el brillo del sol en las ventanas.
- Se me ha hecho tarde y tengo otro compromiso. Muchísimas gracias por compartir sus tesoros conmigo. -
- De nada. - Respondió Magón Ziran, despidiéndolo con un gesto nada disimulado de fastidio.
“¡Este mocoso es un tonto!”
- Me quedaré en la posada del Cuerno de Oro, si puedo serle de utilidad. Y gracias una vez más, señor Ziran. - Se despidió el joven.
Magón lo miró marcharse apretando los puños. ¡Cómo se atrevía ese mocoso imbécil a poner en duda la autenticidad de un valioso cuadro del maestro Palaiologos!
Se volvió para contemplar el cuadro una vez más. Era hermoso, una obra maestra. Se inclinó para mirar la firma y la encontró perfectamente normal. No obstante... ¿sería posible? Todo el mundo sabía que Eugenio Lucas había hecho su carrera plagiando a su maestro. Pero Magón Ziran había pagado treinta y cinco mil monedas de plata por El Puerto. Si le habían estafado, sería una marca negra para él, tan terrible que ni siquiera se atrevía a pensarlo.
Sin embargo, Ignoto Travesía había dicho una cosa sensata: había una manera sencilla de confirmar su autenticidad. Primero verificaría que la firma era auténtica; luego llamaría a ese joven insolente y le sugeriría, de forma elegante, que cuidara su lengua de ahora en adelante para que nunca más le faltara el respeto a quienes sabían más.
Una vez tomada la decisión, llamó al equipo especializado de alquimistas que mantenía para restaurar y proteger los tesoros de su familia y les ordenó preparar su laboratorio para analizar El Puerto.
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La verificación de una pintura sobre lienzo era una tarea delicada; si se realizaba sin cuidado, se podía dañar la tela. Los restauradores de la familia Ziran eran alquimistas expertos desde el momento en que eran contratados, pero aún así transcurría mucho tiempo antes de que fueran aceptados como parte del equipo de Magón. Comenzaban como aprendices de maestros restauradores y trabajaron durante años para convertirse en asesores. Solo entonces se les permitiría ocuparse de las grandes obras, siempre bajo la supervisión del propio Magón.
En ese momento, el jefe de restauradores colocó El Puerto sobre un caballete especial, mientras su estricto amo lo observaba atentamente.
- Quiero comprobar la firma. - Dijo Magón.
El alquimista disimuló su sorpresa y respondió:
- Sí, mi señor. -
Acto seguido, mojó un pequeño trozo de algodón en una sustancia especial que desvanecería la pintura al óleo y lo dejó en la mesa contigua al cuadro. Luego, en otro algodón, vertió un destilado que serviría como agente neutralizador de la primera sustancia.
- Ya estoy listo, mi señor. - Anunció.
- Adelante, entonces, pero con mucho cuidado. -
El alquimista tomó el primer algodón y con él rozó la firma del maestro Palaiologos. Al instante, utilizó el segundo para neutralizar la zona y evitar que la primera sustancia no penetrara demasiado. Ambos estudiaron la tela: la letra se había desteñido un poco.
- Lo siento, pero no estoy muy seguro. - Dijo el alquimista: - Tendré que usar un disolvente más fuerte. -
- Hágalo. - Ordenó Magón con un tono gélido.
El alquimista abrió otra botella. Con cuidado, echó esta sustancia en un algodón limpio y la pasó de nuevo sobre la letra, aplicando en el acto el neutralizador. Un olor penetrante impregnó la habitación. Magón Ziran tenía la vista fija en el cuadro, sin poder creer lo que veían sus ojos. La “P” de la firma iba desapareciendo, al mismo tiempo que una “L” comenzaba a asomarse con nitidez.
Tragando saliva, el alquimista se volvió hacia su superior, con un rostro demudado.
- ¿Prosigo? - Preguntó tímidamente.
- Sí, adelante. - Respondió Magón, pero su voz parecía venir desde muy lejos.
Letra por letra se fue borrando la firma de Palaiologos bajo el disolvente, dejando al descubierto la de Lucas. Para Magón, cada letra era un puñetazo en el estómago. Había sido estafado. El patriarca de los Ziran se enteraría, al igual que las cuatro familias, y luego la Alianza Mercante en su totalidad. Sería su ruina.
Magón Ziran volvió a sus aposentos sin decir nada más, sintiéndose más muerto que vivo. Luego, con gran dificultad, ordenó a un sirviente que llamara al joven Ignoto Travesía.
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Ambos estaban sentados en el despacho privado de Magón.
- Joven, tenía usted razón: es una obra de Lucas. Cuando esto se sepa, seré el hazmerreír de todo el mundo. - Exclamó el anciano, agarrando con fuerza sus propios cabellos, como si quisiera arrancarlos.
- Lucas ha engañado a muchos expertos. - Lo consoló el joven Ignoto: - En realidad, yo mismo solo me di cuenta porque sus pinturas se han vuelto un pasatiempo para mí. -
- ¡Pagué treinta y cinco mil monedas de plata por ese cuadro! - Gritó Magón, desconsolado.
- ¿No puede recuperar el dinero? -
Magón Ziran negó con la cabeza, sin esperanza.
- Se lo compré a un funcionario militar que fue un héroe de la guerra contra Itálica y que ahora está muerto. Si me pusiese a discutir con sus descendientes, sería una pésima publicidad para mi familia, y todas las obras que poseemos resultarían sospechosas. -
- En realidad, no hay motivo para que nadie se entere. ¿Por qué no le explica lo ocurrido a sus superiores y se desprende discretamente del cuadro de Lucas? Podría enviarlo a una de las colonias para que lo subastasen allí. -
Magón volvió a negar con la cabeza.
- No. Mientras ocurra en un territorio controlado por la Alianza Mercante, se enterarán todos mis conocidos. -
En ese momento, el rostro de Ignoto pareció iluminarse.
- Quizá este sea tu día de suerte, mi señor. Tengo un conocido en el Imperio Kasi que colecciona las pinturas de Lucas. Es una persona muy discreta, y no tenemos por qué decirle el origen del cuadro. ¿Quieres que se lo venda? -
- Me desprendería del cuadro con mucho gusto. No quiero volver a verlo. ¡Una pintura falsa entre mis bellos tesoros! Hasta lo regalaría. - Exclamó Magón con furia.
- No será necesario. Mi amigo probablemente estaría dispuesto a pagarle… digamos, unas cincuenta monedas de plata. ¿Quieres que haga los arreglos? -
- Sería muy amable de su parte, señor Ignoto. -
Inmediatamente, hubo una reunión de emergencia entre los ancianos de la familia Ziran. Naturalmente, el patriarca estaba furioso, pero en ese momento toda su atención estaba concentrada en la política militar. Quería evitar cualquier mala publicidad que las otras familias pudieran usar para menoscabar su autoridad o la de su hijo Asdrúbal. Así que, sin pensarlo demasiado, decidió que era prudente desprenderse de esa pintura lo más calladamente posible. Nadie le dirigió una palabra a Magón, que permaneció rumiando su desdicha en silencio.
Esa misma tarde se concretó el acuerdo. Ignoto Travesía llegó al palacio del tesoro con un cofre lleno de cincuenta monedas de plata y recibió el cuadro de Eugenio Lucas, envuelto en un tosco trozo de tela.
- La familia Ziran se disgustaría mucho si este incidente trascendiera al público. - Dijo Magón, con delicadeza: - Pero ya les he asegurado que su cliente es un hombre discreto. -
- Puede usted contar con ello. - Le prometió el joven: - Yo mismo llevaré este objeto y me aseguraré de que nunca sepa en dónde lo obtuve - Le hizo un gesto de complicidad: - El dinero me pertenece a mí, pero quédese tranquilo, porque estoy seguro de que la recuperaré. -
- ¡Es usted un gran hombre! - Dijo Magón agradecido con este joven, que estaba ayudándolo tan generosamente a proteger el honor de su clan familiar: - Espero volver a recibirlo nuevamente, en mejores circunstancias. ¡Definitivamente tendré una generosa oferta de trabajo por parte de la familia Ziran para usted! -
Ignoto Travesía hizo una reverencia y desapareció rápidamente en dirección a la posada del Cuerno de Oro. Una vez allí, el joven pagó seis días por adelantado y pidió que no lo molestaran por ningún motivo, porque necesitaba descansar. Esa fue la última vez que alguien vio a este joven. Poco después, llegada la noche, una ventana se abrió y una figura oscura salió corriendo ágilmente por los techos hasta llegar a una vieja terraza. Se trataba de una de esas propiedades que habían sido heredadas por una familia numerosa, con muchos hermanos y primos que la reclamaban como suya, por lo que parecía no pertenecer a nadie. La propiedad estaba bastante deteriorada, llena de muros destrozados cuyos ladrillos estaban esparcidos por doquier. En uno de esos montículos había un ladrillo especial con un círculo grabado, que era la señal que el Manto Oscuro había dejado a propósito para que otros lo distinguieran. La figura tomó el ladrillo y lo arrojó contra el suelo para romperlo, revelando que en su interior había un Anillo Espacial.
- ¡Excelente! - Exclamó la Dama Cecilia: - Pensar que siguen aquí, incluso luego de cinco años. Mi predecesor hizo un excelente trabajo. -
Acto seguido, guardó El Puerto en el Anillo Espacial y activó su camuflaje mágico, adoptando la forma de una joven corriente, ideal para pasar inadvertida. Luego se dirigió al palacio de la familia Melcaris y, al llegar a una posada cercana, se reunió con el anciano Apulio y Emily Asturias en una habitación de la primera planta.
- ¡No veían el momento de deshacerse de él! - rio Cecilia mirando a Emily: - ¿Todo bien de tu lado? -
- Desde que Asdrúbal se fue, la vigilancia de los espías se ha relajado bastante. Me bastó un poco de Magia Oscura para evitar miradas curiosas. - Respondió Emily correspondiendo la sonrisa, aunque luego levantó una ceja: - ¿Ignoto Travesía? -
- Sabes que adoro los juegos de palabras. -
- Sí, pero este fue un poco obvio. Alguien podría darse cuenta de que significa "Desconocida Travesura". -
- Quizá, pero ahora están demasiado ocupados agradeciéndome como para sospechar de mí. - Respondió Cecilia, ufanándose: - Y yo también les estoy bastante agradecida. -
Entonces activó el Anillo Espacial y sacó El Puerto.
- Maestro, por favor. - Pidió Cecilia, señalando a Apulio.
El anciano tomó el cuadro y lo colocó en un caballete.
- Ahora - dijo: - Presenciarán un milagro: ¡Un cuadro de Andronicus Palaiologos vuelve a la vida! -
Apulio era uno de los mejores estafadores de Tiro, y había sido muchas cosas, entre ellas pintor y alquimista. Abrió un frasco de un líquido que emanaba un aroma intenso y mojó un algodón en él, que luego pasó suavemente sobre la firma de Lucas. Poco a poco, el nombre se borró, dejando ver debajo la firma de Palaiologos.
Cecilia estaba extasiada.
- ¡Brillante! -
- Fue idea de la dama Emily. - Reconoció el anciano con una sonrisa: - Ella preguntó si había alguna forma de cubrir la firma original con otra falsa, y luego volver a taparla con el verdadero nombre. -
- Solo usted podría haberlo hecho, maestro. - Afirmó Emily con una sonrisa.
- Fue ridículamente sencillo. Me llevó menos de dos minutos. Lo fundamental fueron las pinturas que utilicé. Primero, protegí la firma de Palaiologos con una capa de barniz blanco refinado. Encima pinté el nombre de Lucas con una pintura de secado rápido, y sobre eso pinté el nombre de Palaiologos con una pintura al aceite y un ligero toque de barniz. Al eliminar la firma de arriba, apareció la de Lucas. Si hubieran insistido, habrían descubierto debajo la firma auténtica de Palaiologos. -
“Todo fue cuestión de psicología.” Pensó Emily. Desde el principio se había dado cuenta de que sería imposible robar el cuadro del palacio Ziran, de modo que tenía que tenderles una trampa, obligarlos a querer desprenderse de la obra. Se imaginó la cara que pondría Asdrúbal cuando se enterara de que había perdido meses analizando un libro inútil mientras que ellas se llevaban el verdadero premio, y se rio en voz alta.
Emily le entregó una gruesa bolsa de monedas de oro al anciano.
- Quiero expresarle mi agradecimiento. -
- Si necesita los servicios de un artista falsificador… - Dijo Apulio guiñándole un ojo.
- Sabemos a quién acudir. - Respondió la Dama Cecilia, invitándolo a marcharse.
- Mis señoras. - Saludó el anciano con una reverencia antes de salir.
En cuanto quedaron solas, Cecilia se volvió seria. Rápidamente giró el cuadro y espolvoreó un polvo brillante sobre el reverso, que reveló la tinta secreta con la que el difunto capitán había trazado apresuradamente un mapa náutico años atrás. Su decisión de hacerlo sobre una obra valiosa fue lo único que lo preservó. Tal como supuso Asdrúbal, gran parte de la información estaba codificada en símbolos y números que representaban estrellas, pero lo esencial era legible.
- ¡Debemos sacar el cuadro de aquí ahora! - Decidió la Dama Cecilia de inmediato.
Emily asintió. Apulio ya tenía su dinero, pero eso significaba que su relación ya había terminado y ninguna de las dos era lo bastante ingenua como para pensar que ese viejo falsificador no podría traicionarlas. Lo habían elegido porque tenía una sentencia de muerte pendiente, pero no podían arriesgarse. Además, aunque habían falsificado una carta del primo de Magón, un análisis minucioso podría revelar el truco. Cuanto más tiempo permanecieran en Tiro, mayor sería el peligro.
- ¡Entonces es el momento de escapar! - Dijo Emily con determinación.
El Puerto
Hola amigos. Soy Acabcor de Perú, y hoy es jueves 31 de octubre de 2024, el día de la Canción Criolla en Perú y también de esa fiesta semi satánica llamada Halloween en EE.UU.
Antes que nada, quiero disculparme por la demora. Este último capítulo ha sido un desafío tremendo y me ha tomado más tiempo del esperado. También he tenido unos días difíciles en lo personal: una de mis tías más queridas fue operada de un tumor en la mejilla. Afortunadamente, la operación salió bien, y ella está a salvo, pero esos días me dejaron sin dormir y sufrí un fuerte resfriado. Todo esto me hizo más complicado responder a sus comentarios en Facebook y trabajar en los capítulos del proyecto secundario.
Pero espero que esta espera haya valido la pena. Para este capítulo, me concentré en crear una atmósfera de espionaje intenso, resaltando el trabajo del Manto Oscuro. Hice que casi nadie usará magia a propósito. Mi idea era resaltar que, en este tipo de misiones, la inteligencia es lo más importante. Esto también creó una dinámica de duelo mental entre Asdrúbal y Emily, manteniendo al lector en suspenso sobre quién lograría imponerse hasta el último momento.
Aclaro, además, que la victoria de Emily fue posible porque Apulio usó solo sus habilidades artísticas, sin recurrir a la magia, para falsificar la firma, lo que le permitió burlar las defensas. Y, claro, el caos del humo fue idea de Cecilia, quien arrojó vino al brasero para crear una distracción, permitiendo que el anciano actuara. Esto también fue posible gracias a que casi todos los espías estaban completamente concentrados en vigilar a Emily, y la Dama Cecilia es la mejor maestra del disfraz, tanto así que puede ir y venir casi a placer dentro de la ciudad de Tiro.
Otro aspecto importante de esta historia era que el lector sintiese como Bryan en cierto modo ha inspirado a Emily a pensar en paralelo. Quizá ella pudiese haber llegado a la misma solución eventualmente, pero definitivamente no lo hubiera hecho tan rápido.
El capítulo presenta una serie de eventos presentados desde puntos de vista diferentes, los cual hizo que fuese más difícil escribirlo y por eso también me demoré más. Honestamente, podría haberlo dividido en dos partes, pero consideré que se perdería demasiado de la emoción generada.
En cuanto a mi inspiración, uno de los libros que me vino a la mente fue Si Hubiera un Mañana de Sidney Sheldon, cuya protagonista también es una ladrona con habilidades excepcionales. Y la idea de que el mapa fuese en realidad un código astronómico me vino a la mente cuando vi un antiguo mapa fenicio que literalmente estaba hecho de placas de madera y tiras de cuero. Parecía más un rompecabezas que otra cosa, nada que ver con la idea que uno tendría generalmente de un mapa. Esto se debe a que, en aquellos tiempos antiguos antes de la fotografía aérea y los satélites, los mapas del mundo se construían en base a la imaginación y las referencias. Era parecido a esos juegos de video donde uno comienza con una “niebla de batalla” y no tiene idea de cómo es el entorno hasta que tu personaje lo recorre y lo va revelando conforme avanza. Una mapa registraba “Mil pasos al Este de esta montaña en forma de…” o “Cinco pasos al Sur del río tal…”.
Y si esto era así para los mapas terrestres… ¿se imaginan como eran los mapas náuticos? Uno literalmente tenía que haber vivido en el mar toda su vida para entenderlo, porque las referencias eran bastante específicas. Pero definitivamente las constelaciones eran importantes porque era la única forma de orientarse cuando se navegaba durante la noche.
Pero déjenme saber su opinión en los comentarios: ¿Qué les pareció el capítulo? ¿Les gustaron las imágenes? ¿Cuál fue su parte favorita favorito? ¿Les gustó el desenlace? ¿Podrían por favor patrocinarme? (Es broma/pero no es broma).
Si disfrutan de esta historia, recuerden que pueden apoyarme a través de Patreon, BCP, o YAPE (encontrarán los enlaces en el grupo de Facebook). Y cualquier corrección ortográfica o comentario adicional es siempre bienvenido.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo! Y en serio, recomiendo (solo recomiendo, tampoco voy a decirle a nadie que hacer) encarecidamente no participar en esa fiesta pagana donde sacrificaban niños a los espíritus del bosque, o sea Halloween.