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El eco húmedo de la cámara subterránea golpeaba los oídos de Chester con cada gemido de Mauros. Sintió un dolor sordo en el tímpano y, durante un instante, deseó cubrirse los oídos con ambas manos. Pero tuvo el presentimiento de que sus superiores interpretarían ese gesto como un signo de debilidad. No estaba seguro de ello, pero la intuición lo atenazaba con fuerza.
En frente suyo, los dos Grandes Maestres continuaban con su labor sin mostrar la más mínima compasión. El Gran Señor Amyes mantenía la mano extendida a la altura del pecho, moviendo sus dedos con una lentitud casi ceremoniosa, como si controlase a una marioneta invisible. Cada leve flexión provocaba un espasmo diferente en el cuerpo de Mauros. Según había explicado momentos antes, esta vez concentraba el tormento en las articulaciones: rótulas, codos, muñecas… aunque, en realidad, nunca dejaba de atormentar únicamente los nervios. Ni un solo músculo estaba desgarrado; ni un hueso, roto. Todo era dolor, y nada más que dolor.
—Tiene que ser una mentira —dijo Cándido de pronto, perdiendo la paciencia.
—No está mintiendo —respondió Amyes con absoluta seguridad.
—Pero es que no tiene ningún sentido —insistió el Gran Maestre con un tono que oscilaba entre la ira y la incredulidad—. Acaba de afirmar que Lucio logró movilizar al menos diez mil soldados a través de la capital, después hacia el Norte y, más tarde, al Oeste por motivos desconocidos. Incluso si se desplazaron en pequeños grupos, ¡hablamos del equivalente a una legión completa moviéndose en perfecta sincronización! ¡Explícame cómo es posible que tantos hombres crucen la capital sin que ninguno de nuestros espías lo note! ¡Es simplemente imposible! ¡Tiene que estar mintiendo!
—No está mintiendo —repitió Amyes, irritado—. ¿Acaso crees que alguien puede engañarme? Y tú también lo sabes, Cándido. Si estuviese mintiendo, no estarías tan enfadado.
Cándido apretó los dientes.
—Es que no puedo creerlo… simplemente no puedo entender cómo… ¡Tú! —exclamó de pronto, dirigiéndose a Mauros—. ¿Estás seguro de que ingresaron en la propia capital?
Mauros, que había perdido parcialmente el conocimiento, no reaccionó de inmediato. Amyes, con la misma serenidad macabra de siempre, hizo un leve gesto con sus dedos. Una nueva oleada de dolor recorrió el cuerpo del prisionero, obligándolo a recuperar la conciencia.
—¡Sí, mi señor! —gritó Mauros con la voz quebrada—. ¡Yo mismo tuve que ocuparme de darles pertrechos, alimentos y dinero a varios grupos durante un tiempo!
—¡Dime cómo lo hicieron y cuándo! —rugió Cándido.
—Yo… yo no lo sé… ¡AAAHH! ¡Espere, espere! —La mera anticipación del tormento lo hizo hablar con desesperación—. ¡No estoy mintiendo! ¡Venían en grupos y en distintos momentos del año! Nunca supe con exactitud hacia dónde se dirigirían ni cuál era su misión. ¡Solo tenía una idea general!
—¿Cómo entraron en la capital?
—¡Solo el Príncipe Lucio lo sabía! ¡El Conde Mondego me daba órdenes y yo solo tenía que conseguirles lo que pidieran!
—Dijiste que les dabas “pertrechos”. Eso significa que también les diste armas, ¿verdad?
—¡Yo…! ¡Eso…!
—¿Cómo accedieron a los arsenales sin que nadie lo reportara? ¡Responde!
—¡El Príncipe Lucio lo arregló todo! —soltó por fin, con voz estrangulada—. Yo solo me encargaba de transferir cargamentos de un lugar a otro. ¡Lo juro por mi vida!
Un silencio espeso se apoderó de la cámara. Cándido miró al prisionero como si contemplase a un animal rabioso. Sus pupilas se habían contraído de furia contenida, y la tensión en su mandíbula recordaba el sonido de una roca partiéndose. Mauros se retorció cuanto pudo dentro de sus ataduras y comenzó a sollozar como un niño. Chester, por su parte, sintió una punzada de terror. «Si el Maestre Cándido pierde el control… jamás volverán a encontrar el cuerpo», pensó, estremecido.
Amyes rompió el silencio.
—Hasta ahora ha dicho la verdad, Cándido —intervino con frialdad. Esta vez había un brillo distinto en sus ojos, un destello paciente y calculado, como si por fin hubiese alcanzado el punto que buscaba—. Pero hay algo que no encaja. No has dejado de repetir “el Príncipe Lucio”, “el Príncipe Lucio”, una y otra vez… como si quisieras convencerte a ti mismo. ¿Por qué será?
El rostro de Mauros se volvió ceniciento. Chester lo notó de inmediato. Cándido también lo vio y guardó silencio. Sabía cuándo era prudente dejar actuar al Censor del Emperador.
Amyes inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Hay algo que quieras compartir? —preguntó, con una suavidad que resultaba aún más peligrosa.
—No entiendo de qué habla, mi señor… —murmuró Mauros temblando.
—Oh, claro que lo entiendes —replicó Amyes—. ¿O acaso intentas convencerme de que ese mocoso tiene la capacidad de orquestar esto por sí solo?
Las palabras cayeron como un martillo.
Mauros tragó saliva y sus piernas temblaron sin control.
Cándido entrecerró los ojos, expectante.
Y Chester volvió a mirar a Amyes, recordando con nitidez las palabras que este pronunció cuando llegó: «Mientras exploraba las filas de la aristocracia en busca de parásitos desleales, encontré algo que no esperaba: una sombra de origen desconocido… demasiado cerca del mismísimo Príncipe Lucio.»
Cándido asintió lentamente, con expresión glacial.
—Es verdad —dijo sin apartar los ojos de Mauros—. Incluso si alguien lograra infiltrar a tantos hombres, el príncipe jamás podría planear una operación semejante por sí solo.
El prisionero respiró de forma convulsa. Era consciente de que la pregunta inevitable caería sobre él como una losa.
Amyes dio un paso al frente. La penumbra envolvió su figura, dejando apenas visible el brillo metálico de sus ojos.
—Dime, Mauros… —murmuró con voz aterciopelada—, ¿a quién intentas proteger?
—N-no lo sé…
—Oh, claro que lo sabes. —Amyes inclinó la cabeza, estudiando cada temblor, cada microgesto—. Tu mente se aferra al nombre, aunque tu lengua intenta negarlo. ¿Aún no comprendes que no tiene sentido tratar de engañarme?
Mauros apretó los labios y negó con la cabeza. Era casi un susurro.
Amyes extendió los dedos nuevamente. Un leve movimiento fue suficiente para que el prisionero se arqueara con un grito ronco. Los espasmos recorrieron su espalda, sus hombros y sus piernas como latigazos invisibles, aunque la piel permanecía intacta.
—Habla —ordenó Cándido, perdiendo la paciencia.
—¡No puedo! —sollozó Mauros, casi sin aire.
Amyes volvió a cerrar la mano, despacio, como quien quiebra una rama frágil.
El cuerpo de Mauros se contrajo de inmediato, pero esta vez no gritó. Inspiró hondo, tembloroso, como si intentara reunir fuerzas desde un lugar remoto dentro de sí. El sudor le corría por la frente, resbalando por su mandíbula tensa.
—No… —dijo al fin con un hilo de voz quebrada, pero firme—. No diré nada.
Amyes detuvo la tortura. No por compasión, sino por interés.
El silencio hizo que la cámara pareciera más estrecha.
—¿Qué has dicho? —preguntó, con una calma que resultaba mucho más peligrosa que la ira.
Mauros cerró los ojos con fuerza.
—Le tengo más miedo a él… —susurró—. Mucho más del que usted podría hacerme sentir.
Las palabras fueron una bofetada para todos. Chester contuvo el aliento. Mauros era un secretario de Mondego. Ciertamente alguna vez fue militar, pero aquel tiempo duró muy poco y hacía mucho que quedó atrás. Ahora prácticamente era un civil y, sin embargo, pese a haber soportado más castigo que muchos hombres valientes… de pronto había recuperado la voluntad de resistir. Incluso Cándido frunció el ceño con sorpresa genuina.
Amyes permaneció inmóvil. Su rostro, habitualmente inexpresivo, adoptó una sombra de fascinación oscura. Una curiosidad fría, científica, desprovista de humanidad.
—¿Más miedo… a él? —repitió Amyes, dejándose saborear la frase—. Interesante.
Mauros aún temblaba, pero no se retractó. La frase flotó en la penumbra de la cámara, vibrando como un presagio.
Amyes dio otro paso, aproximándose lo suficiente como para que Mauros sintiera su aliento.
—Mauros —susurró con una dulzura que helaba la sangre—, estás profundamente equivocado.
El prisionero abrió los ojos, paralizado.
—Deberías tenerme miedo a mí. —La sonrisa de Amyes no mostraba dientes, pero sí una forma insinuada, precisa, cruel—. Porque, a diferencia de él, yo no necesito matarte para destruirte.
Mauros tragó saliva, atónito, y aun así negó con la cabeza.
—No… —repitió con voz quebrada—. No diré nada… jamás.
La mirada de Amyes se volvió tan fría que Chester sintió un escalofrío recorriéndole la columna.
No era ira.
No era frustración.
Era curiosidad.
Una curiosidad despiadada, casi infantil, como quien encuentra un instrumento nuevo que desea desmontar para entender cómo funciona.
Pero ni siquiera aquella visión fue suficiente para que Mauros revelara palabra alguna sobre el misterioso individuo.
«¿Qué clase de hombre puede inspirar un miedo mayor que el de Amyes?» pensó Chester, incapaz de apartar la vista.
Amyes levantó la mano una vez más…
El carruaje avanzaba con el ritmo firme de los caballos de tiro a lo largo de la Vía Augusta, mientras la luz anaranjada del atardecer comenzaba a teñir de fuego los muros de mármol de la capital. Tiberio Claudio observaba el paisaje a través de la ventanilla. No veía el bullicio de los mercaderes ni los templos que se erigían solemnes en la distancia; su mente se hallaba inmersa en un océano de números, tradiciones y equilibrios de poder.
Hacía apenas unas horas había ordenado que el Pretor fuese entregado como alimento vivo a sus canes. El hombre ya debía estar gritando; quizá ya hubiera dejado de hacerlo. Nada de eso importaba. Cuando subió al carruaje y este tomó la calzada que conducía a la capital, la ira se había enfriado en su interior. Para cuando atravesó los muros de la ciudad, su expresión era relajada, tranquila, sin rastro de violencia. Era la máscara del hombre razonable y civilizado que necesitaba encarnar ahora que se aproximaba la sesión extraordinaria del Senado.
El carruaje giró hacia el distrito senatorial. Las columnas y arcos monumentales comenzaron a sucederse, proyectando sombras largas sobre la calzada. En aquel silencio cargado de dignidad, Tiberio permitió que los viejos recuerdos afloraran.
El Senado representaba el cuerpo moral del Imperio, una asamblea de notables que otorgaba legitimidad a cada acción del Emperador, el espejo político de la voluntad de la aristocracia. Durante siglos su función había sido más simbólica que real: aconsejar, supervisar, ordenar, proponer. Nunca gobernar.
Pero todo cambió el día en que Juliano Augusto Máximo comenzó a enfermar sin mostrar mejoría.
El Imperio necesitaba un puño firme; en su lugar tenía a un anciano debilitado, incapaz de sostener la espada. Aún podía firmar decretos o presentarse en alguna ceremonia, pero cada día era más evidente que estaba perdiendo facultades.
Lo habitual en esos casos habría sido nombrar de inmediato a un sucesor. Pero sus dos hijos eran inviables, y cualquiera con formación política lo entendía. El problema era que la mayoría no lo hacía: soldados, oficiales menores, comerciantes… incluso algunos patricios poco instruidos. Si el día de mañana el emperador decidía excluirlos de la línea sucesoria para nombrar a un duque como heredero, cualquiera de ellos podía iniciar una guerra civil o convertirse en el pretexto perfecto para que otro general lo hiciera. Con un príncipe mentalmente perturbado y otro siendo básicamente una bestia sangrienta, todos sabían lo que ocurriría si la paz del imperio dependía de cualquiera de ellos.
De manera que lo más razonable, por el bien del Imperio, hubiese sido… deshacerse de ambos. Pero, por una ironía trágica, aquel hombre que siempre había priorizado ser gobernante antes que padre descubrió de pronto un amor paternal tardío. El propio emperador prefirió mantener el statu quo: ni nombró sucesor, ni los desheredó, ni designó a un duque como Copríncipe para que tomara el poder y eliminara la amenaza.
En aquella ausencia de poder, el Senado —siempre paciente, siempre ambicioso— había llenado el vacío con sus propias manos.
Tiberio entrecerró los ojos, recordando la antigua composición del venerable cuerpo político al inicio del reinado de Juliano Augusto Máximo.
En aquel entonces, la Facción Imperial poseía 110 escaños del total de 300 que componían el Senado, siendo la más poderosa de todas. En realidad, la familia Augusta no tenía representación, pues no tenía sentido que los emperadores fuesen también senadores. Pero por emparentar primero con los Máximos y luego con los Cornelios —clanes pertenecientes a los Quintos— se volvieron el sostén natural de la dinastía reinante, los defensores del orden tradicional. Más adelante, el matrimonio de Juliano con la hermana de Tiberio aportó a los Claudios a esa alianza, consolidando un dominio casi absoluto.
Fue la época en que el emperador llegó a tener el mayor grado de control sobre el imperio.
En segundo lugar estaba la Facción Neutral, poseedora de 100 escaños. Estaba compuesta por los indecisos, los prudentes, los calculadores. A ojos de Tiberio, no eran más que una masa que inclinaba la balanza según los vientos, muchos de ellos con apenas linaje suficiente como para pertenecer al Senado. Pero entre ellos había algunos gigantes como el clan Astur, que se aseguró el control casi total de aquel bloque variopinto gracias a matrimonios estratégicos con las familias Emilia y Crispina.
Finalmente, estaba la Facción Aristócrata con sus 90 escaños. Eran los guardianes del linaje, defensores de la idea de que el poder venía de los Padres Fundadores y no un derecho exclusivo de la dinastía imperial. Desde su punto de vista, Paulo Augusto el Conquistador solo había tenido la fortuna de conocer al divino Ascanio antes que el resto, lo que le valió el título de cogobernante y, finalmente, primer rey de Itálica. Pero los demás antepasados que fundaron la ciudad o los nobles de Albanica —el tesoro de la Aurora— no eran inferiores en prestigio, linaje o hazañas legendarias.
Así que tenían derecho a que su voz fuese escuchada por encima de los conscriptos, aquellos reyezuelos de los pueblos que se sometieron voluntariamente, los que llegaron después de la fundación. Y ciertamente, su opinión tenía más peso que la de aristócratas cuya nobleza apenas contaba con algunos siglos. Esto último no era una creencia personal de Tiberio Claudio, sino una realidad reflejada en la propia configuración del Senado.
Cada senador era, por regla general, el líder o representante elegido de una familia aristocrática. Sin embargo, los clanes ancestrales constituían una excepción. Sus antepasados habían formado parte del asentamiento original fundado junto a Ascanio o pertenecían a la antigua Albanica, cuna del propio héroe mítico. Su sangre se consideraba distinta, y su papel en la historia justificaba una prerrogativa que nadie discutía.
Por pertenecer a esta élite fundadora, sus descendientes conservaban varios escaños hereditarios y múltiples ramas familiares con un peso político muy superior al del resto.
Eran la Alta Aristocracia.
Pero entre ellos, ninguna casa tenía más influencia que los clanes descendientes de los Quintos: los cinco campeones que, junto a Paulo Augusto, lucharon bajo la mirada del mismísimo Ascanio. Eran una élite por encima de la élite, y la cantidad de votos que controlaban así lo demostraba.
Los Claudios, por ejemplo, poseían dieciocho escaños únicamente para su familia, dieciocho votos que Tiberio dirigía con precisión quirúrgica. Por otra parte, los Cornelios, los Máximos y los Astures tenían números similares. Solo la Casa Constancia —actualmente casi extinta— se encontraba ausente en el Senado y no poseía derecho a voto.
«Treinta y seis por ciento para los Imperiales, treinta y tres para los neutrales, treinta para los aristócratas… un equilibrio frágil, pero justo. Eso era lo máximo a lo que podía aspirar a lograr con toda mi capacidad e intrigas al principio de este enfrentamiento.», recordó Tiberio con frialdad. «Eso fue hasta que la enfermedad de Juliano rompió ese equilibrio. No, no fue la enfermedad. Fue su estúpida indecisión y su falta de voluntad para arrancar esas dos malas yerbas cuando tenía que hacerlo, lo que provocó esta crisis. De otro modo, ni con diez veces más poder e influencia hubiese podido erosionar esa fortaleza política. ¡Qué irónico que su deseo por proteger a sus hijos será la causa de la caída en desgracia de la familia Augusta!»
En un principio, la familia Claudia había intentado obtener poder cooperando con la familia imperial hasta dominarla desde dentro. Pero las cosas no salieron bien y Juliano fue prevenido en su contra por la persona en quien Tiberio más había confiado en ese entonces. Por eso el emperador dispuso que ninguno de sus hijos adoptase el apellido de la familia Claudia, a pesar de estar casado con su hermana: Era una manera sutil, pero inequívoca, de advertir al Gran Duque que nunca le permitiría adquirir más influencia.
Sin embargo, en lugar de apaciguar sus ambiciones, las acciones del emperador provocaron exactamente lo contrario. Tiberio comenzó a planificar.
En esos días, la Facción Aristocrática no estaba liderada por la Casa Claudia, pero el prestigio militar que Tiberio ganó durante la gran guerra contra el Imperio Kasi, su actuación en los turbulentos años posteriores y sus extraordinarias habilidades de liderazgo terminaron por convertirlo en la figura dominante, con excepción de unos pocos opositores que fue neutralizando uno a uno. Al final, solo quedó un puñado de fanáticos que seguían apoyando ciegamente a Lucio como heredero.
Con ese respaldo, empezó a socavar los cimientos del poder de Juliano. A juicio de Tiberio, si el emperador no deseaba compartir su autoridad con la familia Claudia, entonces no merecía conservarla. Requirió mucho tiempo y paciencia, porque el Manto Oscuro siempre estaba atento, e incluso enfermo, Juliano no era un ingenuo fácil de engañar.
Tiberio sonrió al recordarlo, aunque sus ojos traicionaron un brillo asesino. ¡Cómo se había vengado de todos ellos! Los traidores terminaron muertos, y ahora uno de los hijos que Juliano tanto deseaba proteger era su marioneta más útil, feliz de ayudar a destruir a su propio padre.
Faltaba tan poco.
Los frutos de años de presión, negociaciones, humillaciones calculadas y silenciosas victorias políticas se podían resumir en una nueva composición del Senado:
Facción Imperial: 90 escaños.
Facción Neutral: 110 escaños.
Facción Opositora/Aristócrata: 100 escaños
Cien votos seguros. Cien voluntades sometidas a su autoridad directa. Y aunque todavía no poseía una mayoría absoluta, tampoco la necesitaba. Porque, con cada día que pasaba, el prestigio del Emperador menguaba, haciendo que los votos de su facción fueran menos seguros.
En cuanto a los neutrales, a ellos ni siquiera necesitaba controlarlos. Bastaba con asustar a los más cobardes, esos indecisos que temblaban al pensar en quedarse sin protección política. Esa era la debilidad del bloque neutral: pese a ser el más numeroso, era también el más inestable. La mayoría obedecía a Aurelio Asturias… pero solo se necesitaban cuatro o cinco vacilando para inclinar la balanza. Así era como el Gran Duque había conseguido salirse con la suya en tantas votaciones.
«Y de esos» pensó con serenidad «siempre hay abundancia.»
El carruaje se detuvo frente a la residencia urbana de los Claudios. La mansión, construida al estilo sobrio y monumental de los viejos palacios itálicos, mostraba líneas rectas, columnas robustas y cornisas ornamentadas con delicadeza justa. No tenía jardines extensos, pero su fachada poseía la dignidad y la presencia que correspondía a una Casa Ducal situada en el corazón de la capital. Colosales columnas flanqueaban la entrada, y dos estatuas de antiguos duques se erguían como guardianes silenciosos del linaje.
Tiberio Claudio descendió del carruaje y lo primero que vio fueron dos filas de sirvientes bien vestidos con uniformes de gala que lo estaban esperando, perfectamente alineados en señal de respeto.
Frente a esta comitiva, se encontraba su único hijo y heredero.
Décimo Tiberino Claudio vestía una túnica de tonos oscuros, con bordes dorados discretos y un manto sujeto al hombro por un broche de hierro trabajado: elegante, sí, pero moderado. Cuando lo recibió, se encontraba de rodillas, pero al levantar la vista reveló unas cejas rectas, mandíbula firme y la nariz aguileña característica de la familia. Era un hombre de unos treinta y ocho años, fuerte, formal y sincero.
—Te saludo, Padre. — dijo aquel hombre con formalidad militar.
—Décimo. —asintió Tiberio, haciéndole un gesto para que se levantase y luego sujetándolo por los hombros—. Te veo bien.
—Me alegra que tú lo estés, Padre.
Para muchos podría parecer un saludo seco, pero en esa familia aquello equivalía a un abrazo. Y aquellos que conocían muy bien al Gran Duque notarían de inmediato que aquella media sonrisa que apenas se formaba en la comisura de sus labios no era normal. Probablemente, era lo más cercano a una muestra de afecto genuino que este hombre era capaz de hacer.
Contrario a lo que muchos creían, el Gran Duque amaba profundamente a su hijo. Décimo Tiberino era la única persona en el mundo en quien Tiberio Claudio confiaba plenamente. No era brillante, es cierto; tampoco un gran estratega o un buen mentiroso, así que no podía hacerlo participar en la mayoría de sus planes. Pero era leal, disciplinado y, aunque no era el peleador más hábil, jamás mostró miedo en combate.
Un padre no podía pedir más.
A su lado aguardaba Amelia Valentina, su prometida. Llevaba un vestido sobrio y elegante, con un broche familiar en el pecho. Su postura era impecable: cabeza ligeramente inclinada, manos juntas, mirada serena pero despierta.
—Mi señor Duque —dijo ella con voz suave y actitud sumisa—. Todo está preparado para la reunión.
Tiberio no respondió de inmediato. Se limitó a observar a su futura nuera con la fría precisión de un hombre acostumbrado a medir el valor de las personas según su utilidad. Solo cuando terminó de evaluarla, asintió con una aprobación casi imperceptible.
Amelia Valentina poseía la mezcla exacta de atributos que todos los aristócratas de Itálica valoraban en una candidata a esposa: Era hermosa, refinada, educada en las artes domésticas y sociales; sabía mantener una sonrisa serena, hablar solo cuando convenía, callar cuando era prudente. Y, sobre todo, entendía la importancia de ser obediente a su marido.
Pero además escondía un don muy especial: Amelia tenía una mente política agudísima, con la capacidad de leer las rivalidades en una sala y de intuir una conspiración antes de que la semilla se plantase. No era la típica astucia femenina o la intriga rencorosa y emocional que el Gran Duque había visto en tantas damas de la corte, sino una lógica fría y desapasionada que le permitía analizar las facciones del Senado y sus movimientos sin involucrarse. Era un don que solo uno de cada diez hombres de Estado poseía. Una habilidad que su propio hijo no tenía. Y que Amelia, por instinto o prudencia, ocultaba a casi todos… salvo a Tiberio, que era demasiado experimentado para no advertirlo.
Otro gran punto a su favor era que venía de un linaje antiguo, cuyos orígenes se remontaban a la mítica Albanica. Eso quería decir que pertenecía a lo mejor de la Alta Aristocracia y era perfecta como cónyuge de uno de los Quintos. Una pareja ideal en todos los sentidos.
Quizá demasiado ideal.
Una esposa así podía ser peligrosa. Las mujeres demasiado inteligentes o capaces también solían ser ambiciosas. Y un matrimonio aristocrático siempre era un contrato político entre clanes, nunca un lazo sentimental. Por eso, una esposa más capaz que su marido era un riesgo de traición casi garantizada a mediano o largo plazo.
Aun así, Tiberio Claudio escogió a Amelia Valentina para su hijo. La razón era simple: estaba seguro de que ella nunca lo traicionaría.
Naturalmente, no se trataba de confianza. Tampoco se trataba del terror que el propio Gran Duque le inspirase aquella joven, porque tal lazo no sería bueno para una pareja que compartiese intimidad, y Tiberio Claudio sabía que el miedo no duraría mucho luego de su propia muerte. No, el motivo por el que estaba seguro de la lealtad de Amelia eran las circunstancias de su familia.
Los Valentinos eran actualmente la última rama superviviente de su clan con hijos, pero habían estado al margen del poder durante generaciones. Ciertamente su apellido conservaba su nobleza, pero ya no tenían fuerza real asociada a su nombre.
Otro gran problema era la ausencia de varones, porque en esta generación la familia no había producido herederos capaces de continuar el nombre. Por ese motivo su hija era la única moneda de cambio que tenían para preservar el linaje a través de sus nietos. El emperador Valente Augusto Claudio era un antepasado común, así que parte del acuerdo matrimonial consistía en que, una vez asegurados los herederos para la familia Claudia, al menos uno de los descendientes varones sería adoptado en la familia Valentina. Del éxito de este matrimonio con Décimo Tiberino Claudio, dependía que el nombre de los Valentinos no se extinguiera.
Para empeorar las cosas, la familia de Amelia había vendido o perdido grandes extensiones de sus tierras a lo largo de los años debido a la mala administración, el juego o deudas con prestamistas voraces. El actual patriarca estaba sumergido en deudas colosales. Tiberio Claudio los había salvado al aceptar el compromiso casi sin dote y prestando su nombre para que los acreedores no se atreviesen a cobrar.
«Una mujer aristócrata traiciona por orgullo, celos, rencor o ambición. Pero Amelia es demasiado pragmática para dejarse arrastrar por las tres primeras. Y en cuanto a la última… simplemente no tiene cómo conseguir algo fuera de la familia Claudia.», concluyó Tiberio. En semejantes condiciones, ninguna mujer por inteligente que fuese podría salir adelante. Y lo más importante era que Amelia Valentina era lo bastante lista como para entender que su posición, la seguridad de sus padres y la supervivencia del apellido de su clan dependían absolutamente de su obediencia y utilidad dentro de la casa de su futuro esposo. Por eso el Gran Duque la había escogido como prometida de su hijo: «Ella es lo bastante inteligente como para entender que no tiene ningún lugar al que ir ni nadie quien la proteja».
—Bien. Entremos —ordenó.
La puerta se cerró silenciosamente tras ellos.
Avanzaron por un corredor de mármol pulido. Amelia caminaba un paso detrás de Décimo, silenciosa pero atenta a cada gesto. Tiberio avanzaba con paso solemne, su mente calculando posibilidades. Décimo, por su parte, caminaba con naturalidad, sin comprender del todo la complejidad política del momento, pero listo para obedecer.
Llegaron a una sala amplia, de columnas sobrias y muros adornados con relieves que representaban escenas fundacionales de Itálica: los Quintos jurando ante Ascanio, el arribo de los nobles de Albanica, los primeros duques jurando lealtad al rey Paulo.
Marco Claudio Severiano, de unos cuarenta años, fue el primero en adelantarse. Era un primo lejano y un político consumado, experto en mover voluntades entre los salones aristocráticos. Tiberio apreciaba su capacidad para manipular percepciones sin mancharse las manos. Su familia vivía del prestigio colectivo de los Claudios, y si el clan principal ascendía, ellos ascenderían también.
Publio Albano Regulus, con sus cabellos plateados y rostro impasible, permanecía con las manos tras la espalda. Desde muy jóvenes fueron camaradas de armas, así que su vínculo se había forjado en el campo de batalla. Hoy en día era su hombre para los asuntos económicos legales: contabilidad, deuda pública, flujo de impuestos y rutas comerciales. Nadie entendía mejor que Regulus cómo usar el dinero de forma eficiente, pero despreciaba el soborno, la corrupción o trabajar con burgueses. Por eso Tiberio Claudio tenía que tener cuidado para que jamás estuviese en la misma habitación que el Barón Cameron, porque la sola mención de su nombre bastaba para hacerlo entrar en un frenesí iracundo.
Quinto Sabucio Léntulo, filósofo político y estudioso obsesivo del funcionamiento del Estado, inclinó apenas la cabeza. Era quien mejor comprendía la psicología de los indecisos y ayudaba a Tiberio a redactar discursos o intervenciones calculadas. Creía firmemente que el Gran Duque era el único líder capaz de reformar el Imperio y restaurar la autoridad aristocrática, así que lo seguiría lealmente mientras no viese a otra persona con mejor habilidad para dirigir el imperio.
Lucio Cassio Afer, siempre pulcro y siempre nervioso, pero competente. Era quien regulaba los contactos con los funcionarios menores, los escribas, los notarios. Sabía dónde estaban las debilidades administrativas de cada senador. Compartía un secreto oscuro con Tiberio desde la juventud, un crimen que ninguno podía revelar.
Gayo Fulvio Verriano, el más viejo del grupo, observaba a Tiberio con admiración franca. Era uno de los analistas civiles más brillantes del Senado y también un excelente orador.
Por último, Sexto Helvidio Rufino, viejo amigo del Gran Duque y también su cómplice de muchas conspiraciones contra el emperador, permanecía en silencio con los brazos cruzados. Odiaba a la familia Augusta tanto como Tiberio, pero por razones personales que nunca discutían en público.
Cuando Tiberio tomó asiento en el centro de aquella sala, todos ocuparon sus lugares. El silencio era pesado, solemne, casi ritual.
—Demos inicio —ordenó.
Fue Regulus quien habló primero:
—Mi señor, se ha confirmado que la sesión extraordinaria se dedicará hoy a la asignación de los nuevos procónsules. Tras ello habrá un breve receso, y luego se votará la asignación de las provincias donde servirán.
Tiberio asintió.
—¿Y el clima político?
Léntulo intervino:
—Se ha verificado que los senadores que usted presionó en la facción neutral se mantendrán en la línea acordada. No habrá sorpresas. Temen el aislamiento político.
Tiberio sonrió apenas.
—El miedo es un recurso subestimado. Especialmente en tiempos inestables.
Afer añadió, ajustándose la toga:
—Los Imperiales conservan 90 votos. Los neutrales 110. Nosotros 100. Con esos cien…
—…solo necesito diez más —completó Tiberio.
Fue entonces cuando Amelia habló, con la voz baja de quien comenta un detalle trivial:
—Algunos senadores de la Facción Neutral han tenido recientes disputas matrimoniales, mi señor Duque. La esposa de Marco Silano Metelo ha criticado a la familia Astur por favorecer a los Crispinos en ciertos compromisos… y esto se ha comentado mucho en los círculos sociales. Marco Silano odia los rumores.
Todos se volvieron hacia ella.
Amelia bajó modestamente la cabeza, como si lamentara haberse atrevido a hablar.
Tiberio la evaluó un instante.
—Bien dicho —respondió él.
Décimo Tiberino miró a su prometida un momento y sonrió brevemente. Pero antes de que pudiese decir algo más, llegó un sirviente cuya presencia indicaba que el momento había llegado:
—Padre, los senadores ya están tomando sus posiciones. Lo escoltaremos cuando dé la orden.
Tiberio se puso de pie.
Su sombra se proyectó larga sobre el mosaico del suelo.
—El Senado cree que esta tarde discutirá asuntos de Estado —dijo con voz grave—. En realidad, discutirá lo que yo decida que discuta. Cada día que pasa nos acercamos a nuestros objetivos. Pero tenemos que hilar con paciencia para deshacernos de las últimas piezas en el tablero, para que la guerra esté ganada incluso antes de que estalle.
Nadie osó replicar.
El Gran Duque dio un paso hacia la salida.
—Es hora.
Y todos lo siguieron.
El Gran Señor levantó la mano una vez más. Los espasmos en el cuerpo de Mauros habían sido tan violentos que las correas de cuero de la silla chirriaban, y por un momento Chester realmente pensó que las fijaciones se desprenderían de la piedra.
—¿Has pensado en ser comunicativo? —preguntó Amyes, con la voz plana.
Mauros aún temblaba, pero a pesar de que cada músculo bajo su piel parecía sufrir espasmos de dolor, todavía encontró fuerzas para negar con la cabeza. Lamentablemente, esta determinación no hacía más que motivar la crueldad en el corazón de su interrogador.
—Mauros —dijo Amyes, con una voz que había perdido todo rastro de cordialidad, volviéndose dura y fría como el acero—, creo que la imaginación te ha traicionado. Crees que conoces el dolor. Crees que has alcanzado el límite de lo que puedo infligirte.
—Creo que es mejor parar por ahora, Amyes —intervino Cándido de repente. Había algo en la rigidez de Mauros que lo alarmaba—. Si continúas forzando el Protocolo de Censura con tanta intensidad, acabarás haciéndole daño irreversible incluso si no le causas daño físico.
Amyes no despegó la vista del prisionero.
—Solo para tenerlo claro, Gran Maestre Cándido —replicó con un susurro gélido, sin rastro de empatía—, te preocupas por el envase, no por el contenido.
Cándido apretó el puño.
—Necesitamos la información. No otra mente destrozada.
El Censor del Emperador soltó una carcajada seca, de una nota tan alta y precisa que perforó el tímpano de Chester. Luego, bajó la mano y, de un bolsillo interior de su toga, extrajo un pequeño frasco de cristal bien sellado con cera negra. Dentro, acurrucado sobre una tierra rojiza, había un escorpión de cola gruesa y patas largas, de un color naranja sucio y venenoso.
—¿Temes que se rompa, Cándido? —Amyes levantó el frasco y el escorpión se movió con agitación—. Entonces tienes suerte. Esto es el veneno de la Pandinus Inferus. Neurotóxico. Una sola gota provoca un dolor mucho más intenso que cualquier cosa que yo pueda hacer. Y, mejor aún, paraliza los nervios motores a tal extremo que relaja la función cardíaca.
Se volvió hacia Mauros, agitando el frasco a centímetros del prisionero.
—Una vez que te lo inyecte, Mauros —continuó Amyes, su voz dulce y aterradora—, no morirás. El dolor será insoportable, pero tu cuerpo no se rendirá porque tu sistema nervioso será más lento. Y una vez que estés en ese estado, daré rienda suelta a la capacidad total de mi conjuro. ¿Quieres que te confiese algo? Hasta ahora, solo he usado el treinta por ciento de mi conjuro. Ahora quiero ver si tu ego será lo bastante resistente como para resistir sin quebrarse hasta que desate el cien por ciento. ¡Tengo tanta curiosidad, Mauros!
Amyes se detuvo un momento, saboreando el terror en los ojos del prisionero.
Sus palabras provocaron que Mauros abriese los ojos aterrorizado e incluso Cándido parecía encontrar desagradable lo que estaba a punto de ocurrir. Pero al final, el Gran Maestre se mantuvo en silencio: la información era demasiado vital como para que el destino del prisionero se interpusiese.
En ese momento, Chester dio un paso adelante.
¿Por qué lo hizo? Bueno, principalmente porque sabía que, si quería obtener méritos a los ojos de Cándido, su mejor oportunidad era ahora, mientras el Gran Maestre dudaba. Pero otra razón importante, por ridícula que pareciera, fue que Chester se dio cuenta de que Amyes ya no estaba realmente concentrado en la información per se, sino en la satisfacción de su propia curiosidad y en el experimento que haría con el hechizo. Además, al ver al patético Mauros, un simple secuaz secundario, a punto de ser destruido por la maldad de otros, sintió que ese pobre desgraciado era demasiado lamentable. Y es que los principales culpables de todo esto eran el Conde Mondego, el sanguinario del Príncipe Lucio o el Misterioso Hombre que lo patrocinaba. Sin embargo, era Mauros al que iban a torturar hasta hacerle perder la razón. El tipo podía ser patético, pero no merecía eso. Al menos, Chester ya no quería seguir viendo aquella tortura.
De manera que, en contra de todo lo que su sentido común ordenaba y poseído por un arrojo inesperado, al que luego tacharía de locura temporal; ignoró a los dos maestros, se arrodilló junto a Mauros y se inclinó, tan cerca que su aliento rozó la oreja del prisionero. No había miedo en sus ojos, sino una audacia forjada por la desesperación.
—Señor Mauros… —susurró Chester, muy bajo, pero cargado de sarcasmo—. Ya todos sabemos que, cuando se trata de cualquier cosa relacionada con resistir, usted es completamente inútil.
Hizo una breve pausa antes de continuar. No le gustaba lo que estaba a punto de hacer, pero era mejor herir y destruir el orgullo de aquel hombre que verlo perder la cordura:
—El Gran Señor Amyes se lo sonsacó hace rato, ¿se acuerda? Que nunca ha podido. Apuesto a que paga el doble en los burdeles para que las chicas finjan gemir y luego se rían de usted cuando sale por la puerta.
El prisionero, que al principio estaba confundido por el cambio de táctica, entendió de pronto que Chester hablaba de su impotencia sexual. Un rayo de furia, más caliente que el miedo, cruzó su mirada.
Por otra parte, Amyes y Cándido habían estado a punto de continuar con la tortura cuando el joven los interrumpió. Hacía mucho tiempo que nadie tenía semejante audacia frente a cualquiera de ellos y eso los dejó temporalmente confundidos, pero se recuperaron rápido.
—Detente, insolente —siseó Amyes, claramente a punto de matar al joven ladrón.
—Espera —dijo Cándido, deteniendo a su colega con un gesto. Acababa de ver la furia desmedida en los ojos de Mauros y decidió darle a Chester una oportunidad de seguir, pensando en que siempre podía castigarlo después si no lograba nada.
—Parece que el dolor o la muerte no le da miedo, señor Mauros. —continuó hablando Chester, sin dejar de sonreír de manera socarrona: — Pero quiero que se imagine el siguiente escenario: En todas las casas de placer de Itálica, desde el Lupanar de las Siete Columnas hasta la última choza del Subura. Repito, en TODAS ellas. Las chicas comienzan a susurrar entre risas que Mauros, el secretario del Conde Mondego… el que se creía importante… no levanta ni una moneda de cobre.
Mauros intentó girar la cabeza, negarlo, pero las correas lo mantenían fijo en la silla. Un gemido húmedo escapó de su garganta; la humillación había superado temporalmente su terror físico.
—Incluso hay algunas que alucinan ser poetisas. Por unas pocas monedas cantaran canciones acerca de cómo nunca pudiste ser un hombre con ellas. Luego agregarán detalles: Que les pagabas el triple para que fingieran que sí. Que el Conde Mondego se reía de ti a tus espaldas y te llamaba “el eunuco de los pergaminos”. Que ni al final de tu vida conseguiste ponerte duro.
Mauros, paralizado, recordó brevemente el trauma infantil de su padre intentando curar su condición y el secreto que se había esforzado en ocultar toda su vida.
—Cállate… —susurró—. Deja de hablar, maldito plebeyo…
—Los secretos de esta ciudad fluyen por sus alcobas —continuó Chester, repitiendo la misma frase que Emily le enseñó a Bryan—. Se sorprendería la cantidad de cosas que los hombres hablan en la cama. Y yo conozco a todas las putas, a todos los porteros, a todos los chicos que barren los pasillos. Una sola palabra mía y dentro de tres días hasta los mendigos del Foro se reirán de usted cuando orinen contra la pared. Su nombre será la broma que se susurra antes de follar. Para siempre.
Mauros sollozó. Un sollozo roto, infantil, de alguien humillado hasta lo más profundo.
Chester se inclinó un poco más. Y entonces, solo por un segundo —tan rápido que podría haber sido un reflejo de la lámpara—, sus ojos destellaron con un brillo frío, metálico, como el brillo de un par de luciérnagas abriéndose paso en la oscuridad.
Cándido y Amyes estaban detrás del joven, así que no lo notaron. Pero Mauros lo vio directamente. Entonces, algo dentro de él, algo que ya estaba al borde del abismo, se quebró del todo.
—¡Está bien, hablaré! —gritó Mauros, ya totalmente vencido.
—¡Excelente! —asintió Chester, aunque por dentro no estaba ni de lejos tan seguro como se sentía: «¡Menos mal que funcionó!»
Amyes y Cándido se acercaron. El Censor miró a Chester con el ceño fruncido, pero de momento no le dijo nada y en lugar de eso se dirigió al prisionero:
—Habla —ordenó con un tono tan frío como el acero—. Todo lo que sepas de esa… persona.
Mauros tragó saliva. Cuando habló, lo hizo en un hilo apenas audible, como si cada palabra le arrancara un pedazo de alma.
—Solo lo vi una vez. Una sola vez.
Hizo una pausa tan larga que Cándido estuvo a punto de golpearlo, pero Amyes levantó una mano: sabía que el miedo trabajaba mejor que cualquier magia.
—Tenía que llevar un mensaje al príncipe Lucio —siguió Mauros, las pupilas dilatadas hasta comerse el iris—. Era de noche, tardísimo. El príncipe se encontraba descansando en la sala pequeña del ala este, la de las cortinas negras. El Conde Mondego me dijo que su Alteza estaría solo, así que fui directamente.
Llegué antes y escuché voces. Dos. Una era la del príncipe Lucio… la otra no sonaba como nadie que conociera. Y eso que yo conozco a casi todo el personal que sirve al Conde. Sea quien fuere, esa persona tenía una voz demasiado baja, demasiado lenta, como si cada sílaba llegara desde el fondo de un pozo.
Yo soy solo un secretario. No soy nadie. Me quedé afuera, en el pasillo, esperando. Había un hueco en la cortina de terciopelo, apenas una rendija. No quería mirar, no quería escuchar… pero lo hice.
Mauros volvió a guardar silencio. Era evidente que estaba dudando y por un instante pareció que se iba a volver a quedar callado, cuando de pronto continuó.
—Y entonces la voz que no era voz dijo mi nombre. “Mauros”. Exactamente así. Como si me hubiera estado esperando toda mi vida.
—¿Te llamó por tu nombre? ¿Acaso lo conocías? —preguntó Cándido.
Mauros negó rápidamente con la cabeza.
—¡Jamás lo había visto o escuchado en mi vida! Pero él sí sabía de mí. ¡Eso fue lo aterrador!
Todos guardaron silencio por un momento. Incluso Chester sintió ganas estar en otro lugar.
—Continúa. —ordenó Amyes.
—Y luego la puerta se abrió sola. Desde dentro. Sin que nadie la tocara. —dijo Mauros con un escalofrío en la voz. —“Entre, Mauros”, me dijo. Y yo no quería moverme. Mis piernas se movieron solas, como si ya no fueran mías.
—¿Lo viste? —preguntó Cándido, mirándolo inquisitivo.
Mauros asintió.
—Cuando crucé el umbral, el príncipe Lucio estaba de pie, pálido como un muerto. Y al fondo de la sala había alguien. Alto. Demasiado alto. Vestía una capa negra que parecía beber la luz de las lámparas. Y sus ojos… eran rojos.
Amyes se acercó un paso más.
—¿Qué te dijo?
Mauros abrió la boca.
—Debes jurar —susurró— que nunca…
Pero antes de que otra palabra escapase de sus labios, ocurrió algo que nadie esperaba.
Amyes fue el primero en sentirlo: un latigazo de energía oscura, tan sutil y antigua que casi se confundía con el propio aire. Sin una palabra, alzó la mano derecha y liberó un pulso cegador de luz pura. La silla con Mauros y todo salió disparada hacia atrás, voló cinco metros y se estrelló contra la pared opuesta con un crujido de huesos y madera.
Justo a tiempo.
Cándido reaccionó medio segundo después: un domo de sombras densas y negras se alzó alrededor de los tres justo cuando la carne de Mauros se hinchó como si algo la inflara desde dentro. Las venas se volvieron negras y gruesas como cuerdas bajo la piel, palpitando con furia. Un sello arcano, invisible hasta ese instante, se encendió bajo la superficie como hierro al rojo.
Con un sonido húmedo y sordo, el cuerpo se arqueó contra las correas ya rotas. La presión subió en un parpadeo. Y la cabeza estalló.
No fue una explosión limpia: fue un estruendo carnoso, como si un odre lleno de sangre hubiera reventado. Una lluvia caliente y fina de sesos, hueso y sangre negra salpicó el domo de Cándido, resbaló por las paredes y empapó el suelo. El cuerpo descabezado se quedó un instante erguido, sostenido por la pura inercia del sello, antes de desplomarse como un saco vacío.
El hedor a carne quemada y hierro inundó la cámara.
—¡Maldita sea! —rugió Cándido, los puños apretados.
Amyes tenía los ojos abiertos de par en par, la luz de su magia aun chisporroteaba entre sus dedos. Por primera vez en mucho tiempo, su voz perdió la calma.
—No lo detecté… ¡No lo detecté desde el principio! ¿Cómo es posible?
— Alguien le puso una maldición que se activó en el instante en que pensó en revelar el nombre. ¡Querían asegurarse de que muriera antes de hablar! —masculló Cándido, cubriéndose la nariz con la manga para no vomitar—. Eso es magia demasiado avanzada. No tengo idea si un Gran Mago podría hacerlo… o algo que ni siquiera debería existir dentro del Imperio. Yo desde luego, no puedo hacer algo como eso.
En ese momento, las puertas de la sala de interrogatorio se abrieron de golpe y una docena de guardias del Manto Oscuro irrumpió con las espadas desenvainadas, escudos alzados y los rostros cubiertos por máscaras de bronce. Formaron un círculo en cuestión de segundos, listos para morir defendiendo a los Grandes Maestres.
Cándido ni siquiera los miró.
—¡Desde ahora Las Mil Cavernas están en Alerta Máxima! —bramó—. ¡Sellen cada nivel, registren cada sombra, cada rincón! ¡Recojan hasta el último pedazo de este desgraciado y llévenlo a los laboratorios de runas ahora mismo! ¡Prepárense para una Investigación interna total y absoluta! ¡Nadie entra ni sale sin mi sello personal!
Luego giró hacia Chester, que seguía en el suelo, pálido y salpicado de sangre.
—Tú conmigo. Ahora.
Y ya mientras cruzaba el umbral, gritó hacia los guardias sin volverse:
—¡Quiero a todos los Ejecutores que estén en la capital! ¡Tráiganlos ahora mismo! ¡Díganles que es una orden directa de los Grandes Maestres y que se presenten armados hasta los dientes!
Los guardias palidecieron y salieron corriendo.
El interior del Senado de Itálica era simplemente imponente. Columnas de mármol blanco y negro se alzaban hasta perderse en la penumbra del artesonado, y entre sus sombras los relieves narraban las grandes gestas que habían forjado el Imperio: Paulo Augusto arrancando el águila de Albanica, Escipión Augusto Cornelio regresando con los grifos de Kerlan, Valente Augusto Claudio cabalgando entre las ruinas de Icursa tras trece años de asedio. El aire olía a cera quemada y pergamino antiguo; la luz descendía en haces dorados que parecían derramar gloria sobre aquellos que tenían el derecho de caminar bajo ellos.
Y hoy, ese hombre era Tiberio Claudio.
Los senadores se apartaban sin darse cuenta. Un grupo de neutrales que cuchicheaban junto a la estatua de Marco Augusto Asturias se abrió como un telón. Un viejo consular de la facción imperial, que hacía apenas unos años lo habría saludado con una inclinación desdeñosa, retrocedió dos pasos y bajó la mirada. Hasta los escribanos y los lictores se encogían al sentir su sombra. Era un movimiento instintivo, animal: la sala entera percibía, sin necesidad de palabras, hacia dónde se inclinaba ahora el poder.
«Hace cinco años habrían tratado de desafiarme», pensó el Gran Duque mientras avanzaba rozando el mármol con su toga ribeteada en púrpura, que emitía un susurro casi arrogante. «Hoy se apartan antes de que llegue.»
A su espalda caminaba su séquito: Décimo Tiberino a la derecha, Severiano y Regulus un paso atrás, Léntulo y Afer flanqueándolo, Verriano cerrando la formación. No eran muchos, pero bastaba ver cómo se movían —compactos, silenciosos, seguros— para entender que ya no eran meros miembros de una facción.
Eran la facción.
En efecto, al poco tiempo los senadores de la Facción Aristócrata que aguardaban en el vestíbulo, interrumpieron sus conversaciones y comenzaron a reunirse alrededor del Gran Duque. Con gran disciplina se integraron a su séquito, tomando posiciones inmediatamente detrás de Léntulo, Verriano y Afer.
A medida que Tiberio avanzaba hacia el hemiciclo, aquella masa de cien votos se cerró alrededor de él con una fluidez silenciosa, proyectando la imagen inequívoca de una autoridad incontestable. No hubo largos saludos protocolares ni discursos ceremoniales: todos sabían exactamente dónde debían colocarse.
Y al frente de aquella formación sólida, que abría un surco de respeto en medio del Senado, Tiberio Claudio caminaba con una calma casi escalofriante. El poder no era ya una ambición para él; era su estado natural.
Pero justo cuando estaba a punto de permitirse un brevísimo instante de autocomplacencia antes de ingresar al hemiciclo… se encontró con alguien a quien no esperaba.
Lucio Augusto Máximo estaba de pie en mitad del corredor, bloqueando el paso con una despreocupación que rayaba en la insolencia. Vestía la toga pretexta de púrpura intensa y hablaba con tres senadores de mirada dura: los últimos belicistas que aún creían que el Imperio se ganaba únicamente con sangre y no con estrategia.
Tiberio detuvo el paso. La sonrisa que ofreció fue lenta, casi afectuosa, pero cargada con la precisión de una sentencia.
—Sobrino —saludó, y su voz resonó bajo las bóvedas como un golpe discreto—. Qué inesperada… coincidencia.
Lucio se volvió. En sus ojos no había miedo. Ni respeto. Solo una alegría salvaje, casi infantil.
—¡Tío Tiberio! ¡Cuánto tiempo sin verte! — respondió, abriendo los brazos, pero se detuvo al ver el grupo y soltó un bufido burlón—. Veo que vienes… al frente de una cuña de personas.
—No son simples personas, sobrino. —aclaró Tiberio sin perder la cortesía, aunque una nota muy sutil de advertencia se deslizó en su tono—. Son miembros de las familias que han sostenido este Imperio desde…
—Sí, sí, apellidos rimbombantes y todo eso —lo interrumpió Lucio con un gesto desdeñoso—. No estoy aquí por una lección de historia.
Los senadores que rodeaban a Tiberio se tensaron. Décimo Tiberino llevó la mano al pomo de una espada corta que escondía bajo el manto. Pero el Gran Duque alzó apenas dos dedos: «Quieto.»
—¿A qué has venido, entonces?
—Venía a darte las gracias. —
—¿Gracias? —repitió el Gran Duque, saboreando la palabra—. Ilumíname, sobrino.
Lucio bajó la voz lo justo para que solo ellos oyeran, pero lo bastante alto para que el desafío llegara claro.
—Por haberte asegurado de que el liberto Bryan no obtenga el rango oficial de Procónsul. Gracias a ti hay una vacante más… y yo voy a ocuparla.
Un silencio de plomo cayó sobre el vestíbulo. Las conversaciones cercanas callaron. Hasta el eco pareció contener el aliento.
Tiberio Claudio sintió que algo frío le rozaba la nuca, pero su rostro permaneció sereno.
—¿Quieres ser Procónsul? —dijo al fin, con una suavidad que helaba—. Querido Lucio, con tus hazañas recientes, deberías estar rezando para que no te juzguen por crímenes de guerra, no soñando con recibir imperium.
Lucio mostró una sonrisa tan amplia que parecía imposible que cupiera en su rostro
—Veinticinco senadores discrepan, tío. Veinticinco que hoy votarán mi nombre. Y cuando tenga el mando de legiones, nadie podrá tocarme. Los procónsules gozan de inmunidad mientras dure su cargo, querido tío.
«Veinticinco», pensó Tiberio, y la cifra le supo a victoria fácil. Veinticinco locos, veinticinco desechos que aún creían que el Imperio se construía solamente quemando aldeas y clavando cabezas en picas.
Cien votos tenía él, seguros como el mármol bajo sus pies. Ochenta y dos neutrales se pondrían de su lado con solo alzar una ceja. Y si los imperiales y los moderados se unían —como siempre hacían ante cualquier locura de Lucio—, serían ciento noventa y tres.
Lo aplastarían en la votación.
De hecho, esta podía ser una oportunidad de oro.
Juzgar a un príncipe imperial, especialmente al mayor y potencial heredero, era una pesadilla política: burocracia interminable, resistencia de la Familia Imperial y consecuencias imprevisibles. Pero si Lucio se presentaba como candidato a Procónsul por voluntad propia… se convertía él mismo en objeto de evaluación moral. Cuando perdiera —y perdería—, los censores tendrían argumentos para examinar su conducta.
«Hoy te entierro, sobrino», pensó Tiberio, y la sonrisa que ofreció al príncipe fue tan cálida como la hoja de un puñal recién sacado del fuego.
—Que los dioses te acompañen, entonces —respondió en voz alta—. Y que la diosa Fortuna… tenga piedad de ti.
Lucio inclinó la cabeza, burlón, y se apartó para dejarlo pasar.
Tiberio reanudó la marcha, la espalda recta, el rostro impasible.
Pero por primera vez en años, algo parecido a la inquietud le rozó el pecho.
Porque Lucio no había temblado por ninguna de sus insinuaciones.
Y eso no tenía sentido.
Hola amigos. Soy Acabcor de Perú, y hoy es martes 16 de diciembre del 2025.
Mis muy estimados lectores: como regalo de Navidad quería presentarles a todos ustedes una publicación de dos capítulos en lugar de uno, y para eso estuve trabajando extra a pesar de todas mis dolencias y enfermedades. ¡Espero sinceramente que les esté gustando la trama tal y como se está desarrollando hasta ahora!
Alguien me mencionó en uno de los comentarios, de forma muy acertada, que hasta este momento Tiberio Claudio solamente había demostrado que podía controlar a la gente mediante la ambición y el miedo. Así que era necesario presentar a más personas dentro de su facción o su familia que tuviesen otro tipo de vínculos con él para que su poder sobre Itálica fuese creíble. Esa persona tenía toda la razón, y este capítulo es mi respuesta.
Además, quise aprovechar para aumentar aún más el efecto psicópata del personaje de Amyes, mostrando cómo realmente no posee lo que llamaríamos empatía, sino mucha curiosidad sádica. Un Cándido que, aunque siente compasión, la tiene embotada por el “realismo político”, hasta el punto en que no le molesta permitir que su colega siga transgrediendo los límites de lo moralmente aceptable. En cambio, Chester es el personaje que todavía maneja un poco de humanidad, aunque sin dejar de ser pragmático al hacerlo, ya que no le molestó utilizar el punto débil psicológico de Mauros para obligarlo a hablar al final.
Y sí, pues las cosas en la capital se perfilan para romper bastantes transgresiones legales, morales y también políticas. Y eso también incluye los cálculos del Gran Duque, ya que vemos que el príncipe Lucio no se está comportando como este había previsto que lo hiciera. Y pueden esperar que esa sesión del Senado no necesariamente salga como las matemáticas del villano más grande de Itálica predicen.
En fin, espero la opinión de ustedes acerca del capítulo en los comentarios.
En cuanto a los asuntos políticos que se me pidió que mencionara, lo que voy a comentar es una continuación de una reflexión que inicié en el capítulo número 22 de El Villano que Desafía su Destino.
Continuando con las reflexiones acerca de las relaciones diplomáticas entre los países latinoamericanos y el motivo por el cual podría haber esta especie de agenda en internet para fomentar una rivalidad irracional entre el Perú y México, y ya habiendo expuesto los motivos por los cuales creo que esta rivalidad no tiene ningún sentido, tengo una teoría basada en una experiencia personal.
Hace muy poco, Bolivia ha elegido a un nuevo presidente, Rodrigo Paz, el cual ha dado un discurso histórico al asumir el mando. Para mí fue muy importante escucharlo, no solamente porque sus palabras fueron importantes desde el punto de vista geopolítico, sino porque despertaron en mí un sentimiento de solidaridad hacia el pueblo boliviano que había olvidado.
Mientras lo escuchaba, recordé de pronto que hubo un tiempo en que nuestros dos países fuimos como hermanos. Pero luego el comunismo tomó a Bolivia y la relación entre nuestros dos pueblos comenzó a cambiar. Lo que voy a narrar a continuación es principalmente mi percepción personal de los hechos —quiero que tengan esto presente—, pero desde mi perspectiva, y con el pasar de los años, me pareció que de repente los bolivianos nos comenzaron a tratar con desprecio. Incluso escuché voces en redes sociales, voces muy fuertes, donde culpaban al Perú de no apoyarlos más en su causa contra Chile para recuperar su salida al mar. Luego incluso escuché voces que nos acusaban de ser “cómplices” de Chile.
Escuchar esto último en diferentes medios de comunicación fue particularmente doloroso porque, durante la Guerra del Pacífico, el pueblo del Perú luchó valerosamente y dio la sangre de muchos héroes por defender a Bolivia; incluso perdimos nuestro territorio. Con el pasar de los años, a muchos peruanos nos pareció que Bolivia continuaba alejándose y que más bien intentaba causar división dentro de las comunidades peruanas, constantemente criticándonos en lugar de buscar algún tipo de diálogo. Se formó una muy mala sangre entre nosotros y muchos peruanos llegamos al punto en que ya no veíamos a los bolivianos como hermanos, sino con desprecio e indiferencia. Pensamientos como “ellos se lo buscaron” o “total, los bolivianos son un problema más que otra cosa” eran lo usual en las conversaciones cuando se hablaba de ellos.
Lo triste de esto es que el rechazo hacia ellos comenzó porque sentimos que nos despreciaban, y la respuesta psicológica a ese desprecio… fue despreciarlos. Exactamente lo mismo que los acusábamos de hacer.
Entonces escuché al presidente de Bolivia dando su discurso… y confieso que lloré de emoción. Recordé ese sentimiento de hermandad que tenía de niño con el pueblo boliviano y, por primera vez en mucho tiempo, me puse a buscar formas de ayudar. Quería sinceramente que salieran adelante, incluso si eso no le da beneficios al Perú. ¿Y por qué todo lo que hacemos tenemos que hacerlo en función de los beneficios?
Una de las normas principales de la política es que “los países no tienen alianzas, tienen intereses”. Eso es uno de los pilares fundamentales de la realidad política, y cualquiera que conozca algo de diplomacia lo entiende. Estados Unidos, por ejemplo, abandonó a sus históricos aliados europeos con una facilidad absurda en el instante en que sus intereses dejaron de estar alineados con los suyos. Y esto de por sí no está mal, porque toda nación tiene el deber de velar primero por el bienestar de sus ciudadanos, así que es bastante ingenuo creer que un país va a comprometer su propia seguridad por el bienestar de otro. Es el sentido común de la política.
Pero, a pesar de que yo entiendo esto, uno de los momentos históricos que más me llenó de orgullo en la historia de mi país fue cuando el presidente Belaunde ignoró por completo estos principios y escuchó la voluntad del pueblo peruano de enviar ayuda militar a Argentina durante su conflicto con Inglaterra en la Guerra de las Malvinas.
No había ningún beneficio político en ayudar a Argentina. Al contrario, el Perú tenía todo para perder, porque no solamente nos pudo haber metido en una guerra espantosa y hacernos perder toda nuestra credibilidad internacional, sino que, de hecho, el Reino Unido nos castigó por eso durante años con una serie de sanciones no oficiales, que hasta hace muy poco han dejado de imponernos.
Pero igual los ayudamos con orgullo, porque nuestros hermanos latinoamericanos necesitaban ayuda. Porque la patria de San Martín necesitaba ayuda.
“¡Por la libertad general de los pueblos y la justicia de su causa, que Dios defiende!”
Ese sentimiento de hermandad único entre los latinoamericanos es un tesoro precioso que vale la pena proteger, incluso si por eso tenemos que ir en contra de la realidad política. Nosotros no somos los Estados Unidos de Norteamérica, que nunca se sintieron realmente americanos y viven encerrados en sí mismos —o mejor dicho, en su conveniencia—. Tampoco somos los europeos, que han abandonado sus raíces para convertirse en la colonia de alguna cosa que ya no existe y no dejan de intrigar los unos contra los otros. Y menos aún somos lo que sea que sean los países de Asia. Somos pueblos hermanos que tenemos la fortuna de poder ser solidarios los unos con los otros y alegrarnos los unos por los otros.
Yo recuerdo haber celebrado cuando Brasil ganó el Mundial con la misma emoción con la que celebré cuando Argentina lo logró. Y lo celebro porque esos países son países hermanos. Y cuando Chespirito vino al Perú, aplaudí que mi Congreso le concediera una condecoración especial, pues es una persona de México que ha representado la alegría y la infancia de millones de personas de habla hispana durante generaciones, y que seguirá haciéndolo durante quién sabe cuánto tiempo.
Ese sentimiento de hermandad se había estado enfriando últimamente, pero todo volvió a mí gracias a Rodrigo Paz. Recordé tantas cosas que había olvidado con ese discurso del presidente de Bolivia, y eso fue lo que me llevó a escribir este texto y también a advertir a otros contra el enemigo de América Latina: el comunismo.
Eso es lo que hace el comunismo: la doctrina de buscar culpables. Genera odio y mala intención entre pueblos que deberían ser hermanos y amigos. ¿Por qué? Porque necesitan de la confrontación para existir. Marx dijo: “La guerra es la partera de la historia”. En su mente retorcida, estos políticos locos realmente creen que la forma de salir adelante es haciendo que odies a otros y quieras destruirlos.
Entiendo que México es un país soberano y libre, así que nadie tiene derecho a decirles cómo tienen que vivir sus vidas o qué presidentes deben elegir. Y no tengo la menor intención de faltarles el respeto o cuestionar los motivos por los cuales toman sus decisiones. Pero en este caso particular, cuando vemos las relaciones que México está construyendo con sus vecinos y esta extraña animosidad completamente innecesaria que hay contra otros países como el Perú, creo ver la mano del socialismo, creo ver la mano del comunismo, creo ver el resultado de una constante elección de políticos que siguen la misma línea ideológica.
Y lo digo porque lo mismo pasó en el Perú: “ríos de sangre” prometía el primer ministro de Pedro Castillo, el hombre que dio el golpe de Estado, grabado por la mujer a la que le acaban de dar asilo; mientras que la primera dama, la segunda mujer a la que México le dio asilo, se llevaba 190 millones para sus primos y preparaba su posible escape.
Esto no es nuevo. Es lo que hace el comunismo. Genera conflictos entre nosotros porque sabe que eso es lo que les permite mantenerse en el poder.
¿Pero vamos a dejarlos? No, porque su fórmula es fracasada. Miren cuánto sufren Cuba y Venezuela, y cuánto ha sufrido Bolivia. Además… “la guerra es la partera de la historia”… esas son estupideces. Tú no sales a trabajar todos los días porque odias a tus hijos o a tu familia, sino porque los amas. El amor es lo que impulsa la historia. La historia no es más que la sumatoria de cientos de eventos impulsados principalmente por el amor hacia otros. Es solo que no nos damos cuenta.
Espero sinceramente que el pueblo hermano de México salga adelante y que muy pronto podamos volver a tener relaciones diplomáticas. Estos son mis pensamientos al respecto, pero solo soy un ser humano limitado y, si he ofendido a alguien, quiero pedirles perdón de antemano. Pero realmente pensé que debía escribirlo.
¡Nos vemos en el siguiente capítulo!