La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Purgatorio - Cantos del 16 al 20
Marco Lombardo
El
La obscuridad del Infierno, y la de la noche privada de todo planeta bajo un mezquino cielo, entenebrecido por las nubes hasta lo sumo, no echarían sobre mi vista un velo tan denso como aquel humo que allí nos envolvió; siendo tal la sensación de su punzante aspereza, que no podían los ojos permanecer abiertos; por lo cual, mi sabio y fiel Acompañante se acercó a mí, ofreciéndome su hombro. Como va el ciego detrás de su lazarillo para no extraviarse, ni tropezar en algo que le ofenda o acaso le origine la muerte, así caminaba yo a través de aquel aire fosco y acre, atento a la voz de mi Guía, que únicamente iba diciendo: "Cuida de no separarte de mí." Oía yo voces, cada una de las cuales parecía rogar a fin de obtener paz y misericordia del Cordero de Dios, que quita los pecados. El principio de su oración era solamente "Agnus Dei;" todos pronunciaban estas palabras a un mismo tiempo y con tan igual tono, que parecía existir entre ellos una perfecta concordia.
—Maestro—dije—; ¿son espíritus esos que oigo?
—Lo has acertado—contestó—; van desatando el nudo de la ira.
—¿Quién eres tú, que hiendes nuestro humo, y hablas de nosotros como si contaras aún el tiempo por calendas?
De esta suerte habló una voz; por lo cual el Maestro me dijo:
Responde, y pregúntale si por aquí se va arriba.
Entonces dije yo:
—¡Oh criatura, que te purificas para volver a presentarte hermosa ante Aquél que te hizo! Oirás cosas maravillosas si quieres seguirme.
—Te seguiré cuanto me está permitido—me contestó—; y si el humo impide que nos veamos, el oído nos aproximará a falta de la vista.
Empecé, pues, de esta manera:
—Me dirijo hacia arriba con la forma que la muerte desvanece, y he llegado hasta aquí a través de las penas del Infierno. Y si Dios me ha acogido en su gracia de tal modo, que quiere que yo vea su corte por un medio tan distinto de lo usual, no me ocultes quién fuiste antes de morir, sino dímelo: dime también si voy bien por aquí hacia la subida, y tus palabras nos servirán de guía.
—Fui lombardo, y me llamé Marco: conocí el mundo; y amé aquella virtud hacia la cual nadie dirige hoy su mira. Para llegar a lo alto, sigue en derechura por dónde vas.
Así respondió, añadiendo después:
—Te suplico que ruegues por mí cuando estés arriba.
A lo que le contesté:
—Por mi fe te prometo que haré lo que me pides; pero me veo envuelto en una duda, que no me es dado aclarar. Primeramente era sencilla, más ahora se ha duplicado con tus palabras, que unidas a las que he oído en otra parte, me certifican un mismo hecho. El mundo está, pues, exhausto de toda virtud, como me indicas, y sembrado y cubierto de maldad; pero te ruego que me digas la causa, de modo que yo pueda verla y mostrarla a los demás; pues unos la hacen depender del cielo, y otros de aquí abajo.
Antes de contestar exhaló un profundo suspiro, que terminó en un ¡ay! doloroso, y después dijo:
—Hermano, el mundo es ciego, y se conoce que tú vienes de él. Vosotros los vivos hacéis estribar toda causa en el cielo, como si él imprimiera por necesidad su movimiento a todas las cosas. Si así fuese, quedaría destruido en vosotros el libre albedrío, y no sería justo que se retribuyera el bien con goces y alegrías, y el mal con llanto y luto. El cielo inicia vuestros movimientos: no quiero decir todos; pero, aunque así lo dijese, os ha dado luz para distinguir el bien y el mal. Os ha dado también el libre albedrío, que aun cuando se fatigue luchando en los primeros combates con el cielo, después lo vence todo, si persevera en el buen propósito. A mayor fuerza y a naturaleza mejor estáis sometidos, sin dejar de ser libres; y ella crea vuestro espíritu, que no está bajo el dominio del cielo. Así pues, si el mundo se aparta del verdadero camino, vuestra es la culpa; que en vosotros debe buscarse, y ahora te lo probaré con toda veracidad. Sale el alma de manos de su Creador, que la acaricia antes de que exista, semejante al niño que entre el llanto y la risa balbucea; y es entonces una simplecilla, que nada sabe, y solamente movida por el instinto de la felicidad, se inclina gustosa hacia lo que la contenta y regocija. Desde luego siente placer en los bienes más mezquinos; pero en esto se engaña, y corre tras ellos, si no tiene guía o freno que tuerza su inclinación. Por eso es necesario establecer leyes que sirvan de freno, y tener un rey que sepa discernir al menos la torre de la verdadera ciudad. Las leyes existen; pero ¿quién se cuida de su cumplimiento? Nadie; porque el pastor que precede a las almas puede rumiar, pero no tiene la pezuña hendida; por lo cual, viendo todo el rebaño a su pastor cebarse únicamente en aquellos bienes de que él es tan codicioso, se apacienta de lo mismo y no pide más. Bien puedes ver, por esto, que en el mal gobierno estriba la causa de que el mundo sea culpable, y no en que vuestra naturaleza esté corrompida. Roma, que hizo bueno al mundo, solía tener dos soles, que hacían ver uno y otro camino, el del mundo y el de Dios. Uno de los dos soles ha obscurecido al otro, y la espada se ha unido al báculo pastoral: así juntos, por fuerza deben ir las cosas de mala manera; porque estando unidos, no se temen mutuamente. Si no me prestas crédito, pon mientes en la espiga; pues toda hierba se conoce por su semilla.
En el país que bañan el Po y el Adigio solía encontrase valor y cortesía, antes de que Federico tuviese contiendas. Hoy, todo aquel que dejara de acercarse a aquellas provincias por vergüenza de hablar con hombres probos, puede pasar por ellas, seguro de que no hallará ninguno. Bien es verdad que aun existen allí tres ancianos, en quienes la edad antigua reprende a la moderna, y les parece que Dios tarda en llamarlos a mejor vida: son éstos Conrado de Palazzo, el buen Gerardo, y Guido de Castel, a quien mejor le llaman al estilo francés el lombardo sencillo. En el día la Iglesia de Roma, para confundir en sí dos gobiernos, cae en el lodo ensuciándose a sí misma y a su carga.
—¡Oh Marco mío!—dije yo—; razonas bien: y ahora comprendo por qué fueron excluídos de heredar los hijos de Leví. Pero ¿qué Gerardo es ése a quien tienes por un sabio, ese resto de una raza extinguida, que es un reproche para este siglo salvaje?
—O tus palabras me engañan, o me tientan—respondióme—; porque, a pesar de hablarme en toscano, parece que no sepas nada del buen Gerardo. Yo no le conozco ningún sobrenombre, a no ser que lo tome de su hija Gaya. Dios sea con vosotros, que no puedo seguiros más. Mira el albor que ya clarea, brillando a través del humo: me es preciso partir antes de que aparezca el Ángel que está allí.
Así dijo, y no quiso escuchar más.
La escalera
El
Lector, si alguna vez te ha sorprendido la niebla en los Alpes, de modo que no vieses a través de ella sino como el topo a través de la membrana que cubre sus ojos, recuerda cuán débilmente penetra el globo solar por entre los húmedos y densos vapores, cuando éstos empiezan a enrarecerse, y tu imaginación podrá fácilmente figurarse cómo volví yo a ver el Sol, que estaba ya próximo a su ocaso. Así pues, caminando al igual de mi fiel Maestro, salimos fuera de la nube de humo a los rayos luminosos, que ya se habían extinguido en la falda de la montaña.
¡Oh fantasía, que de tal modo nos arrebatas a veces fuera de nosotros mismos, que nada siente el hombre aunque suenen mil trompetas en torno suyo! ¿Quién te anima cuando no recibes impresión alguna de los sentidos? sin duda te anima una luz que se forma en el cielo, y que desciende por sí misma, o por la voluntad divina que nos la envía. En mi imaginación aparecieron las huellas de la impiedad de aquélla, que se transformó en el pájaro que más se deleita cantando. Entonces mi espíritu se reconcentró tanto en sí mismo, que no llegaba hasta él ninguna cosa exterior. Después descendió a mi exaltada fantasía la imagen desdeñosa y fiera de un crucificado, a quien veía morir de aquel modo. Junto a él estaban el grande Asuero, Esther su esposa, y el justo Mardoqueo, que fue tan recto en sus obras y en sus palabras. Cuando se desvaneció por sí misma aquella visión, como una burbuja a la que falta el agua de que estaba formada, surgió a mi imaginación una doncella que, llorando desconsolada, decía: "¡Oh Reina!, ¿por qué tu cólera te redujo a la nada? Te has dado muerte por no perder a Lavinia: sin embargo, me has perdido; y yo soy la que lloro, madre, tu pérdida antes que la de otro."
Así como se interrumpe el sueño, cuando una nueva luz hiere de improviso nuestros ojos cerrados, y aunque interrumpido se agita antes de morir enteramente, así terminaron mis visiones tan pronto como me dio en el rostro una claridad mucho mayor de la que estamos acostumbrados a ver. Me volví a uno y otro lado para examinar el sitio en que me encontraba, cuando oí una voz que decía: "Por aquí se sube." Aquella voz hizo que me olvidase de todo, y despertó en mí tan vivo deseo de mirar quién era el que hablaba, que no habría descansado hasta averiguarlo; pero me faltó allí la facultad de ver, como sucede cuando el Sol nos deslumbra y se vela a nuestros ojos con el esplendor de sus rayos.
—Este—me dijo mi Maestro—es un espíritu divino, que se oculta en su propia luz, y que nos indica la vía para ir arriba, sin que se lo roguemos. Hace con nosotros lo que el hombre consigo mismo; pues el que ve una necesidad, y aguarda que le supliquen, ya se prepara malignamente a rehusar todo socorro. Ahora nuestros pies deben aprestarse a obedecer tan cortés invitación: apresurémonos, pues, a subir antes que obscurezca, porque después no podríamos hacerlo hasta la nueva aurora.
Así dijo mi Guía, y ambos dirigimos nuestros pasos hacia una escalera: en cuanto estuve en la primera grada, sentí junto a mí como un movimiento de alas, que aventaba mi rostro, y oí decir: "Beati pacifici," que carecen de pecaminosa ira. Estaban ya tan elevados sobre nosotros los últimos rayos a quienes sigue la noche, que las estrellas aparecían por muchas partes. "¡Oh valor mío!, ¿por qué así me abandonas?," decía yo entre mí, sintiendo que me flaqueaban las piernas. Nos encontrábamos donde concluía la escalera, y estábamos parados, como la nave que llega a la playa: escuché un momento por si oía algo en el nuevo círculo; y después, dirigiéndome hacia mi Maestro, le dije:
—Dulce Padre mío, ¿qué ofensa se purifica en el círculo en que estamos? Ya que se detienen nuestros pies, no detengas tus palabras.
Me contestó:
—El amor del bien, que no ha cumplido su deber, aquí se reintegra: aquí se castiga al tardo remero. Para que lo entiendas más claramente, dirige tu pensamiento hacia mí, y recogerás algún buen fruto de nuestra detención.
Hijo mío—empezó a decir—, ni el Creador, ni criatura alguna carecieron jamás de amor, bien sea natural o racional, según te consta. El natural no se equivocó nunca: el otro puede errar, por dirigirse a un mal objeto, por exceso o por falta de fervor. Mientras se dirige a los principales bienes, y se modera en su afecto a los secundarios, no puede ser causa de censurable deleite; pero cuando se inclina al mal, o se lanza al bien con mayor o menor solicitud de la que debe, entonces la criatura se vuelve contra su Creador. De aquí puedes deducir que el amor es en vosotros la semilla de toda virtud, y de toda acción que merezca castigo. Ahora bien, como el amor no puede nunca renunciar a la dicha del sujeto en quien reside, todas las cosas están preservadas de su propio odio; y como no se concibe que ningún ser creado pueda existir por sí solo, ni separado del Ser primero, es imposible todo sentimiento que tienda a odiar a éste. Resulta, pues, si mi deducción es lógica, que el mal que se desea es contra el prójimo; y este amor nace de tres modos en vuestro frágil barro.
Hay quien espera elevarse sobre la ruina de su vecino, y sólo por esto desea que se derrumbe desde la altura de su grandeza; hay quien teme perder mando, gracia, honor y fama ante la elevación de otro, y esto le causa tal disgusto, que anhela lo contrario; y en fin, hay quien, por haber recibido alguna injuria, se irrita de tal suerte, que arde en sed de venganza, y únicamente piensa en hacer daño a su contrario. Este triforme amor es el que hemos visto llorar en los círculos inferiores. Ahora quiero que conozcas el otro amor que corre al bien sin orden ni medida. Cada cual concibe confusamente y desea un bien en el que se recrea el alma; y por eso se esfuerzan todos para alcanzarlo. Si vuestro amor es lento en dirigirse o en adquirir aquel bien, este círculo os da el debido castigo, aun después de vuestro arrepentimiento en vida. Existe otro bien que no hace al hombre dichoso: no es la felicidad, no es la buena esencia, el fruto y la raíz de todo bien. El amor que se entrega demasiado a ese bien, se castiga en los tres círculos superiores a éste; pero no te diré el modo cómo está hecha esta división, a fin de que tú lo averigües.
Accidiosi
El
El gran doctor había terminado su razonamiento, y miraba atentamente a mi ojos para ver si me dejaba satisfecho; y yo, que me sentía excitado por una nueva sed, callaba exteriormente, pero decía en mi interior: "Quizá le cansen mis numerosas preguntas." Mas aquel Padre veraz, que adivinó el tímido deseo que no me atrevía a descubrir, hablando, me dio aliento para hablar; por lo que le dije:
—Maestro, mi vista se aviva de tal modo con tu luz, que discierne claramente cuanto tu razón abarca o describe: por eso te ruego, dulce y querido Padre, que me definas el Amor al que atribuyes toda buena y mala acción.
—Dirige hacia mí—me dijo—las penetrantes miradas de tu inteligencia y te será manifiesto el error de los ciegos que se convierten en guías. El alma, que ha sido creada con predisposición al amor, se lanza hacia todo lo agradable, tan pronto como es incitada por el placer a ponerse en acción. Vuestra facultad aprehensiva recibe la imagen o la especie de un objeto exterior, y la desenvuelve dentro de vosotros, de tal modo que induce a vuestro ánimo a dirigirse hacia dicho objeto; y si al hacerlo se abandona a él, ese abandono es amor, y ese amor es la naturaleza que de nuevo se une a vosotros, por efecto del placer. Después, así como el fuego se dirige hacia lo alto, a causa de su forma, que ha sido hecha para subir allá donde más se conserva en su materia primitiva, así también el alma apasionada se entrega al deseo, que es el movimiento espiritual, y no sosiega hasta que goza de la cosa amada. Por lo dicho puedes comprender cuánto se oculta la verdad a los que afirman que todo amor tiene en sí algo de laudable, quizá porque creen que su materia es siempre buena; pero no todos los sellos estampados en cera son buenos, por más que la cera lo sea.
—Tus palabras y mi inteligencia que las ha seguido—le respondí—, me han descubierto lo que es el amor: pero eso mismo me ha llenado de nuevas dudas; porque si el amor nace en nosotros por efecto de las cosas exteriores, sin que el alma proceda de otro modo, ésta no tendrá ningún mérito en seguir un camino recto o tortuoso.
Respondióme:
—Puedo decirte todo cuanto en ello ve nuestra razón: respecto a lo demás, espera llegar hasta Beatriz, porque esto es materia de fe. Toda forma substancial, que es distinta de la materia, y que sin embargo está unida a ella, contiene una virtud que le es particular; la cual, sin las obras, no se siente, ni se demuestra sino por los efectos, como la vida de la planta por su verde follaje. El hombre ignora de dónde proceden el conocimiento de las ideas primarias y el afecto a las cosas que primeramente apetece, los cuales existen en vosotros como en las abejas la inclinación a fabricar miel: en estos primeros deseos no cabe alabanza ni censura. Mas por cuanto a ellos se agregan todos los demás deseos, es innata en vosotros la virtud que aconseja, y que debe custodiar los umbrales del consentimiento. Ella es el principio de donde sacáis la ocasión de contraer méritos, según que acoge o rechaza los buenos o los malos amores. Los que razonando llegaron al fondo de las cosas, han reconocido esa libertad innata, y han dejado al mundo doctrinas morales.
Supongamos, pues, que nazca por fuerza necesaria todo amor que se enciende en vosotros; siempre tenéis la potestad de contenerlo. Esa noble virtud es lo que Beatriz entiende por libre albedrío; y debes procurar tenerlo presente, si acaso te habla de ello.
La Luna, que salió tarde y casi a media noche, hacía que nos parecieran más escasas las estrellas: semejante a un caldero encendido, corría contra el cielo por aquel camino que inflama el Sol cuando el habitante de Roma le ve caer entre Córcega y Cerdeña; y la Sombra gentil, por quien Piétola goza de más fama que la ciudad de Mantua, se hallaba descargada del peso de mis preguntas: por lo cual yo, que había recibido claras y sólidas razones con respecto a todas ellas, estaba como el hombre que sorprendido por el sueño no piensa en nada. Pero esta somnolencia me fue desvanecida de improviso por mucha gente que avanzaba ya detrás de nosotros; y así como en otro tiempo el Ismeno y el Asopo vieron correr de noche por sus orillas una muchedumbre furiosa de tebanos para tener propicio a Baco, así avanzaban por aquel círculo, según pude ver, los que eran estimulados por una buena voluntad y un justo amor. En breve llegaron hasta nosotros; porque toda aquella gran turba venía corriendo, y los dos de delante gritaban llorando:
"María se dirigió con suma celeridad a la montaña; y César, por subyugar a Ilerda, voló a Marsella, y después pasó a España." "Pronto, pronto, exclamaban otros en pos de ellos; que el tiempo no se pierda por poco amor, a fin de que el anhelo de las buenas obras haga reverdecer la gracia."
—¡Oh almas, en quienes un fervor ardiente compensa ahora quizá la negligencia y la tardanza, que por tibieza empleasteis para el bien! Este, que vive aún (y no os engaño), quiere ir allá arriba en cuanto el Sol brille de nuevo: decidnos, pues, dónde está la subida.
Tales fueron las palabras de mi Guía; y uno de aquellos espíritus dijo:
—Ven tras de nosotros, y la encontrarás. Estamos tan deseosos de avanzar, que no podemos detenernos: perdona, pues, si lo que hacemos por justo castigo te parece una descortesía. Yo fui abad en San Zenón de Verona, durante el imperio del buen Barbarroja, de quien todavía se lamenta Milán.
Hay quien tiene ya un pie en la fosa, que pronto llorará por aquel monasterio, entristeciéndole el poder que allí tuvo; porque en lugar de su verdadero pastor, ha puesto en él a un hijo suyo, malo de cuerpo, peor aún del espíritu, y nacido de mal consorcio.
No sé si dijo más, o si se calló; tan lejos se encontraba ya de nosotros; pero esto es lo que oí, y me pareció bien retenerlo en la memoria. Y aquél que era el socorro de todas mis necesidades dijo:
—Vuélvete hacia aquí; mira dos que vienen mordiendo a la Pereza.
Estos iban diciendo detrás de todos: "La nación por quien se abrió el mar, murió antes de que sus descendientes viesen el Jordán; y aquella gente que no quiso compartir hasta el fin las fatigas del hijo de Anquises, se ofreció por sí misma a una vida sin gloria."
En seguida, cuando aquellas sombras se alejaron tanto de nosotros, que ya no podíamos verlas, me asaltó una nueva idea, de la que nacieron otras varias; y mi imaginación empezó a divagar de tal modo de una a otra, que por alucinación cerré los ojos, y mi pensamiento se trocó pronto en sueño.
Adriano V
El
A la hora en que el calor del día, vencido por la tierra y por Saturno acaso, no puede ya templar el frío de la Luna; cuando los geománticos ven, antes del alba, elevarse en Oriente "su mayor fortuna" por aquel camino que para ella permanece poco tiempo obscuro, se me apareció en sueños una mujer tartamuda, bizca, con los pies torcidos, manca y de amarillento color. Yo la miraba; y así como el Sol reanima los miembros entorpecidos por el frío de la noche, de igual suerte mi mirada hacía expedita su lengua, y erguía su cuerpo en poco tiempo, colorándole el marchito rostro, como requiere el amor. Cuando tuvo la lengua suelta, empezó a cantar de tal modo, que con trabajo hubiera podido separar mi atención de ella. "Yo soy, cantaba, yo soy dulce Sirena, que distraigo a los marineros en medio del mar; tanto es el placer que hago sentir. Con mi canto aparté a Ulises de su camino inseguro; y el que conmigo se aviene, rara vez se va; de tal modo le fascino."
Aun no se había cerrado su boca, cuando apareció a mi lado una mujer santa, pronta a confundirla: "¡Oh Virgilio, Virgilio! ¿Quién es ésa?," decía con altivez; y él se acercaba con los ojos fijos solamente en aquella honesta mujer. Cogió a la otra, y desgarrando sus vestiduras, la descubrió por delante y me mostró su vientre. La pestilencia que de él salía me despertó. Volví los ojos y el buen Virgilio me dijo:
Lo menos te he llamado tres veces: levántate y ven; busquemos la abertura por dónde has de entrar.
Me levanté: todos los círculos del sagrado monte estaban ya inundados por la luz del día, y continuamos caminando teniendo el Sol a nuestra espalda.
Mientras le seguía, llevaba yo la frente como aquel a quien abruman los pensamientos, que de sí mismo hace un arco de puente, cuando oí decir:
"Venid, por aquí se pasa." Estas palabras fueron pronunciadas con un tono suave y benigno, como no se oye en esta región mortal. Con las alas abiertas, que parecían de cisne, el que nos había hablado así nos dirigió hacia arriba por entre las dos laderas del áspero peñasco. Movió después sus plumas, y aventó mi frente, afirmando que son bienaventurados "qui lugent," porque sus almas serán ricas de consuelo.
—¿Qué tienes, que sólo miras hacia el suelo?—me preguntó mi Guía, cuando estuvimos poco más arriba del Ángel.
Y yo le contesté:
—Me hace ir de este modo, suspenso y caviloso, una visión reciente, la cual me atrae hacia sí, de suerte que no puedo eximirme de pensar en ella.
—¿Has visto—me dijo—la antigua hechicera, causante única del llanto que más arriba de donde estamos se vierte? ¿Has visto cómo el hombre puede desprenderse de ella? Bástete, pues, eso, y apresura el paso; vuelve tus ojos al reclamo de las magníficas esferas, que hace girar el Rey eterno.
Como el halcón, que, mirando primero a sus pies, acude al grito del cazador y tiende el vuelo, atraído por el deseo de la presa, lo mismo hice yo, recorriendo la hendedura de la roca destinada a dar paso a los que suben, sin detenerme hasta llegar al punto donde se camina en redondo. Cuando hube salido al quinto círculo, vi algunas almas, que lloraban tendidas en el suelo boca abajo; y las oí exclamar con tan fuertes suspiros, que apenas se entendían las palabras: "Adhæsit pavimento anima mea."
—¡Oh elegidos de Dios, cuyos padecimientos son suavizados por la resignación y la esperanza! Dirigidnos hacia las altas gradas.
—Si venís libres de yacer aquí con nosotros, y queréis encontrar más pronto la subida, caminad siempre llevando vuestra derecha hacia fuera del círculo.
Tal fue la súplica del Poeta, y tal la contestación que le dieron algo más adelante de nosotros; pudiendo yo conocer por el sonido de las palabras cuál era el que había hablado: volví entonces los ojos hacia mi Señor, quien con un gesto complaciente consintió en lo que pedía la expresión de mi deseo.
Cuando pude obrar a mi gusto, me acerqué a aquella criatura, que había llamado mi atención con sus palabras, diciéndole:
—Espíritu, en quien el llanto madura la expiación, sin la cual no se puede llegar hasta Dios, suspende un momento por mí tu mayor cuidado. Dime quién fuiste, y por qué tenéis todos la espalda vuelta hacia arriba, y si quieres que pida por ti alguna cosa en el mundo de donde salí vivo.
Me respondió:
—Sabrás por qué ordena el Cielo que tengamos la espalda vuelta hacia él; pero antes "scias quod ego fui successor Petri." Entre Sesti y Chiavari se interna un hermoso río, de cuyo nombre toma origen el título de mi sangre.
Un mes y poco más pude experimentar cuán pesado es el gran manto al que lo preserva del lodo; pues cualquier otra carga parece una pluma. Mi conversión ¡ay de mí! fue tardía; pero cuando fui elegido Pastor romano, conocí lo engañosa que es la vida. Vi que ni aun allí reposaba el corazón, no siendo posible subir a más altura en aquella vida mortal: así es que me inflamó el amor de la eterna. Hasta entonces fui una alma miserable, alejada de Dios, y completamente avara, por lo cual sufro el castigo que ves. Lo que hace la avaricia, se manifiesta aquí con la pena que sufren las almas echadas boca abajo; pena más amarga que ninguna otra. Así como nuestros ojos, fijos en las cosas terrenales, no miraron nunca hacia arriba, del mismo modo la justicia los sumerge aquí en el suelo. Así como la avaricia extinguió en nosotros el amor hacia todo verdadero bien, por lo cual fueron vanas nuestras obras, así también la justicia nos tiene aquí oprimidos, atados de pies y manos, e inmóviles y extendidos mientras plazca al justo Señor.
Yo me había arrodillado, y quise hablar; pero cuando empezaba, el espíritu advirtió, con sólo escuchar, este acto de reverencia, y me dijo:
—¿Por qué te inclinas al suelo de ese modo?
Le contesté:
—Mi recta conciencia me obliga a respetar vuestra dignidad.
—Endereza tus piernas, y levántate, hermano—repuso—; no te engañes: como tú y los demás, soy servidor de la misma potestad. Si has podido comprender aquellas palabras evangélicas que dicen "neque nubent," bien puedes ver por qué hablo así. Vete ya: no quiero que te detengas por más tiempo; que tu permanencia aquí da treguas a mi llanto, con el que acelero lo que tú has dicho antes. Tengo allá abajo una sobrina, que se llama Alagia, naturalmente buena, a no ser que nuestra casa la haya pervertido con su ejemplo. Ella sola me queda ya en el mundo.
Terremoto
El
Mal resiste un deseo contra otro mejor: por esto, para complacer a aquel espíritu, retiré del agua, contra mi gusto, la esponja de la curiosidad no saturada. Púseme en marcha, y mi Guía se encaminó por los únicos parajes que había expeditos a lo largo de la escarpa del monte, andando como quien va por una muralla pegado a los merlones; porque aquellas almas que vierten gota a gota por sus ojos el mal que se apodera del mundo entero, se acercan demasiado de la otra parte hacia fuera. ¡Maldita seas, antigua loba, que con tu hambre profunda e insaciable haces más presas que todas las demás fieras! ¡Oh Cielo, en cuyas revoluciones ven algunos la causa de los cambios que sufren las cosas y las condiciones humanas!, ¿cuándo vendrá el que haga huir a esa loba?
Íbamos caminando con pasos lentos y contados, y yo ponía toda mi atención en las sombras, escuchándolas piadosamente llorar y lamentarse; cuando por ventura oí exclamar con dolorida voz, semejante a la de una mujer próxima a su alumbramiento: "¡Dulce María!" Y en seguida: "Fuiste tan pobre como se puede ver por aquel establo donde depusiste tu santo fruto." A continuación oí: "¡Oh buen Fabricio!, preferiste ser pobre y virtuoso, antes que poseer grandes riquezas cayendo en el vicio." Estas palabras me eran tan agradables, que me adelanté para conocer el espíritu de quien al parecer procedían. Este seguía hablando de los donativos que hizo Nicolás a las doncellas para conducir su juventud por la senda del honor.
—¡Oh alma, que recuerdas tan benéficas acciones! Dime quién fuiste—le pregunté—, y por qué eres la única que reitera esas dignas alabanzas. Tus palabras no quedarán sin recompensa, si vuelvo al mundo para concluir el corto camino de aquella vida que vuela a su término.
—Te lo diré—me contestó—, no porque espere consuelo alguno que proceda de allá, sino porque brilla en ti tanta gracia antes de haber muerto. Yo fui raíz de la mala planta que arroja hoy sobre toda la tierra cristiana tan nociva sombra que apenas se coge en ella ningún fruto bueno. Pero si Douay, Gante, Lilla, y Brujas pudieran, pronto tomarían venganza; y yo se la pido a Aquél que lo juzga todo. En el mundo me llamé Hugo Capeto: de mí descienden los Felipes y los Luises, que en estos últimos tiempos rigen la Francia. Hijo fui de un carnicero de París. Cuando faltaron los antiguos reyes, salvo uno que se revistió de paños grises, empuñé las riendas del gobierno del reino, y en mi nueva posición adquirí tal poder y tantos amigos, que la corona vacante fue colocada en la cabeza de mi hijo, en quien comienza la estirpe consagrada de los nuevos reyes. Mientras la gran adquisición de los Estados provenzales no quitó la vergüenza a mi familia, ésta valió poco, mas en cambio no hizo daño; pero allí dio principio a sus rapiñas, empleando la fuerza y la mentira: luego, para enmendarse, usurpó el Ponthieu, la Normandía y la Gascuña. Carlos fue a Italia, y para enmendarse, hizo una víctima de Conradino, y después envió al Cielo a Tomás, también para enmendarse. Veo un tiempo, no muy lejano, en que saldrá de Francia otro Carlos, para darse a conocer mejor a sí mismo y a los suyos. Sale de ella sin armas, y sólo con la lanza con que luchó Judas; y la maneja de modo que abre con ella y vacía el vientre de Florencia.
En esta ocasión no adquirirá comarcas, sino pecados y oprobio, tanto más gravosos para él, cuanto más leve le parezca semejante daño. Veo al otro que ya salió, y cayó prisionero en un bajel, vender a su hija regateando el precio, como hacen los corsarios con sus esclavas. ¡Oh avaricia! ¿Qué más puedes hacer, cuando te has apoderado de mi estirpe, tanto que no se cuida de su propia carne? Y a fin de que parezca menor el mal futuro y el pasado, veo a la flor de Lis entrar en Alagna, y a Cristo prisionero en la persona de su vicario, véole otra vez entregado al ludibrio, veo renovar la hiel y vinagre, y le veo morir entre otros dos ladrones. Veo tan cruel al nuevo Pilatos, que no le basta eso, y sin dictar sentencia, lleva hasta el templo sus codiciosos deseos. ¡Oh Señor mío! ¿Cuándo tendré la dicha de contemplar la venganza que, oculta en tus arcanos, te hace agradable tu ira? En cuanto a lo que yo decía de la única Esposa del Espíritu Santo, lo cual hizo que te volvieses hacia mí para obtener alguna explicación, te diré que esto forma parte de nuestras oraciones durante el día; mas luego que anochece, recitamos en su lugar ejemplos contrarios.
Entonces recordamos a Pigmalión, a quien su pasión por el oro hizo traidor, ladrón y parricida; y la miseria del avaro Midas, consecuencia de su petición desmesurada, que será siempre motivo de burla. Recuérdese también al insensato Acham, y cómo robó los despojos del enemigo, de suerte que aun aquí parece que le persiga la ira de Josué. Después acusamos a Safira y a su marido; alabamos los pies que pisotearon a Eliodoro, y por todo el monte circula infamado el nombre de Polinéstor, que mató a Polidoro. Por último, gritamos: "¡Oh Craso! Dinos, pues no lo ignoras, qué sabor tiene el oro." A veces hablamos unos en alta voz, otros en voz baja, según la afección que a ello nos estimula con más o menos fuerza. Por lo demás, no era yo sólo quien antes recordaba los buenos ejemplos de que nos ocupamos durante el día; pero no había cerca de aquí otro que levantara la voz.
Nos habíamos separado ya de aquel espíritu, y procurábamos avanzar por el camino cuanto nos era posible, cuando sentí retemblar el monte como si se hundiera; por lo cual me sobrecogió un frío, sólo comparable al que siente aquel que va a morir. No se estremeció en verdad tan fuertemente Delos, antes que Latona anidase en ella para dar a luz los dos ojos del Cielo.
Después resonó por todos los ámbitos de la montaña tal grito, que el Maestro se acercó a mí diciendo:
—No vaciles, mientras yo te guíe.
"Gloria in excelsis Deo," decían todos, según comprendí por las voces que salían de los puntos cercanos, desde donde era posible oírlas. Nos quedamos inmóviles y suspensos, como los pastores que por primera vez oyeron aquel canto, hasta que cesó el temblor, y acabó el himno. Emprendimos nuevamente nuestro santo camino, mirando las sombras que yacían por el suelo vueltas boca abajo y exhalando su acostumbrado llanto. Si la memoria no me es infiel, jamás la ignorancia de una cosa incitó con tanto empeño mi deseo de saber, como entonces, pensando en lo ocurrido: y como, por la premura de nuestra marcha, no me atreví a preguntar, ni por mí mismo podía comprender nada, caminaba tímido y pensativo.
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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