Ben Hur
Lewis Wallace
Lewis Wallace
Primera parte
El Jebel-ez-Zublch es una montaña de longitud superior a los ochenta kilómetros, estrecha y alargada, que parece en el mapa la silueta de un gusano que se desliza hacia el Norte. Desde su cima sólo se ve el desierto de Arabia. En la lengua de los árabes la montaña es conocida como «Padre de Muchos Torrentes». Los cauces de estos torrentes cortan la carretera romana y se hacen cada vez más hondos a medida que avanzan en dirección al río Jordán, adonde llevan sus aguas en las épocas lluviosas. El rio Jordán transporta el caudal de los torrentes hacia el mar Muerto.
Por el lecho de uno de estos torrentes avanzaba un viajero. Era hombre venerable, de barba entrecana que le cubría el pecho. Tenía el bronceado rostro oculto casi por completo por un turbante rojo. De vez en cuando el viajero alzaba hacia el cielo sus grandes ojos oscuros. Su figura quedaba semioculta entre los pliegues de una especie de tienda instalada sobre la espalda de un camello blanco. El camello era un animal magnífico, de fuerte musculatura, andar majestuoso y pelaje brillante que denotaba la procedencia antigua de su raza. Llevaba la cabeza sujeta por un cabezal escarlata y de su cuello pendían tintineantes cadenas de las que colgaban campanillas de plata. No llevaba riendas ni ronzal.
Eran las primeras horas del día. El sol aparecía algo velado por la neblina de la mañana. El viajero salió de la última quebrada de un torrente y comprobó que se hallaba más allá de los límites de El Belka, el antiguo Ammón. Allí nacía un camino o carretera. El camello avanzaba sumiso, con pasos rítmicos y ligero balanceo. Las aves del desierto, perdices y golondrinas, levantaban el vuelo y huían en bandadas a su paso. Con menos frecuencia una zorra o alguna hiena saltaba de entre los matorrales y huía hasta colocarse a una distancia prudente, desde donde contemplaba al viajero.
Durante horas interminables el camello avanzó sumiso hacia el Oriente a trote monótono e igual. Ni por un instante cambió de postura el viajero, ni se entretuvo a mirar a un lado o al otro. Ensimismado en sus pensamientos parecía caminar impulsado por una fuerza irresistible. Transcurrieron lentas las horas de la mañana. El sol brillaba en lo alto y había secado el rocío y diluido la ligera niebla de la mañana. Aquel viajero no era un fugitivo, porque jamás volvía la mirada hacia atrás para comprobar si alguien le perseguía. Tampoco viajaba por placer; no se entretenía en contemplar el paisaje que le rodeaba. Ni el temor ni la curiosidad le acuciaban y la soledad del desierto no parecía oprimirle. Su marcha seguía ininterrumpida. Hacía rato que el sol brillaba en lo alto del cielo, indicando que había pasado ya el mediodía, cuando el camello lanzó un gruñido que indicaba su cansancio. El viajero se sobresaltó. Observó el sol pasos rítmicos y ligero balanceo. Las aves del desierto, perdices y golondrinas, levantaban el vuelo y huían en bandadas a su paso. Con menos frecuencia una zorra o alguna hiena saltaba de entre los matorrales y huía hasta colocarse a una distancia prudente, desde donde contemplaba al viajero.
Durante horas interminables el camello avanzó sumiso hacia el Oriente a trote monótono e igual. Ni por un instante cambió de postura el viajero, ni se entretuvo a mirar a un lado o al otro. Ensimismado en sus pensamientos parecía caminar impulsado por una fuerza irresistible. Transcurrieron lentas las horas de la mañana. El sol brillaba en lo alto y había secado el rocío y diluido la ligera niebla de la mañana. Aquel viajero no era un fugitivo, porque jamás volvía la mirada hacia atrás para comprobar si alguien le perseguía. Tampoco viajaba por placer; no se entretenía en contemplar el paisaje que le rodeaba. Ni el temor ni la curiosidad le acuciaban y la soledad del desierto no parecía oprimirle. Su marcha seguía ininterrumpida. Hacía rato que el sol brillaba en lo alto del cielo, indicando que había pasado ya el mediodía, cuando el camello lanzó un gruñido que indicaba su cansancio. El viajero se sobresaltó. Observó el sol y examinó el lugar. Pareció sentirse satisfecho del resultado de su comprobación, ya que lanzó un suspiro de alivio. Luego cruzó los brazos sobre el pecho, inclinó la cabeza y oró en silencio. Después se dispuso a descabalgar. Lanzó un grito gutural y el camello, al oír la orden, se arrodilló protestando. El viajero posó el pie en el delgado cuello del animal y saltó a la arena.
Observado con más atención, el viajero: mostraba ser hombre admirablemente bien proporcionado, fuerte aunque no muy alto. Apartó los pliegues del turbante y dejó al descubierto su rostro, de expresión fuerte. Su frente baja y ancha, los ojos levantados hacia arriba y el cabello abundante, áspero y de brillo casi metálico le daban un aspecto que recordaba a los faraones o a los últimos Ptolomeos: hacía pensar en Mizraim, el padre de la raza egipcia. El viajero, sin duda, era egipcio.
Llamaba la atención que no llevaba armas para defenderse contra las innumerables fieras del desierto o contra sus crueles moradores. O era singularmente audaz al aventurarse tan indefenso por aquellos parajes, o gozaba de una protección superior extraordinaria. Tenía los miembros doloridos por el largo viaje; se frotó las manos y comenzó a pasearse en torno al camello, cuyos ojos estaban semicerrados, con la satisfacción del descanso y por el alimento que le había dado su dueño. Mientras éste paseaba y desentumecía sus miembros, observaba el desolado paisaje, y a ratos su rostro se nublaba como si hubiera sufrido un desengaño.
Pese a esta sensación, parecía confiar en la llegada de alguien. Entretanto, extrajo una esponja y una calabaza de agua y se dispuso a lavar los ojos y los ollares del camello. Luego plantó un mástil y dispuso las estaquillas para levantar allí una tienda.
Dirigiéndose a continuación al animal le dijo:
— Lejos de casa nos encontramos, oh tú, que te deslizas como los más ligeros vientos. Lejos de casa estamos, sí, pero Dios está con nosotros. Tengamos paciencia.
Dio al animal unos puñados de habas secas y agregó:
— Vendrán. Quien me ha conducido les guía ahora a ellos. Lo tendré todo dispuesto.
Extrajo una cesta que contenía todo lo necesario para celebrar un refrigerio y lo dispuso sobre una alfombra, en el interior de la tienda.
Ya preparadas las agradables provisiones salió al exterior y vio en el horizonte un puntito negro. Aquel punto creció paulatinamente hasta revelar la silueta de un hombre sobre un dromedario. Cuando estuvo cerca del viajero solitario se detuvo, oró, saltó de lomos del animal y se dirigió hacia el egipcio. Se miraron un instante y luego se abrazaron; cada uno posó el brazo derecho sobre el hombro del otro y el izquierdo sobre la cintura y rozaron con el mentón sus pechos, primero a la izquierda y luego a la derecha.
— ¡Que la paz sea contigo, oh servidor del Dios verdadero! — exclamó el recién llegado.
— Y contigo, oh hermano en la fe verdadera — replicó con fervor el egipcio.
El otro era alto, enjuto, de ojos hundidos, cabellos y barba blancos y tez bronceada. Tampoco llevaba armas. Vestía a la usanza indostánica, y salvo el calzado, todo su atavío era blanco.
— ¡Sólo Dios es grande! — exclamaron después de abrazarse.
— ¡Benditos sean quienes le sirven! — replicó el egipcio, sorprendido al oír de otro aquella exclamación— . Pero esperemos, porque ya viene el otro.
Miraron hacia el Norte, por donde avanzaba hacia ellos un tercer y también solitario viajero, que dijo al llegar:
— ¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!
El hindú y el egipcio le saludaron a su vez. El tercer viajero era de constitución débil y tez pálida. Tendría unos cincuenta años de edad y su expresión era grave. Por su aspecto parecía provenir de la estirpe de Atenea.
Tras haber saludado a los dos viajeros, el egipcio manifestó:
— El Espíritu me ha conducido aquí el primero y deberé serviros. La tienda está preparada y en ella tengo dispuesto el pan.
Pasaron descalzos al interior y, después de lavarse, el egipcio añadió:
— Ahora alimentémonos para dar a nuestro cuerpo las fuerzas necesarias para que podamos cumplir nuestros deberes de hoy. Mientras comemos, podemos presentarnos a fin de saber quiénes somos y de dónde venimos.
Inclinando la cabeza, los tres cruzaron las manos sobre el pecho y rezaron a coro:
— ¡Oh, Dios, Padre nuestro! Lo que aquí hay, Tuyo es. Acepta nuestra acción de gracias y bendícenos para que podamos seguir cumpliendo Tu voluntad.
Al pronunciar la última palabra se miraron asombrados: cada uno de ellos había orado en su propia lengua nativa y sin embargo se habían comprendido. Les embargó una emoción divina.
Aquel encuentro singular ocurría en el año 747 de Roma. Era el mes de diciembre. Los viajeros estaban hambrientos y comieron con vivo apetito.
— Para mí — dijo el egipcio— , viajero en un país extraño, nada hay más agradable que escuchar mi nombre en labios de un amigo. Ante nosotros se presentan largos días de camaradería. Contemos por turno la historia de nuestras vidas. Oigamos primero la tuya, hermano — dijo indicando al último llegado.
El griego repuso:
— No sé por dónde empezar. Yo mismo no alcanzo a comprenderme. Pero estoy cierto de que cumplo la voluntad del Señor y de que su servicio proporciona la mayor felicidad. Cuando pienso en la misión para la que he sido enviado, me embarga una alegría difícil de explicar y comprendo que se trata de la voluntad de Dios.
Hizo una pausa, mientras los demás, comprendiéndole, inclinaban en silencio la cabeza.
— Muy lejos, hacia el Oeste, se extiende un país cuya cultura resplandecerá eternamente… El país a que me refiero es Grecia. Yo soy Gaspar, hijo de Cleantes, el Ateniense. Mis conciudadanos aman el estudio y yo he heredado de ellos esta noble pasión. De entre las muchas filosofías que enseñan, yo he elegido la que afirma la existencia de un solo Dios y el alma humana. Pero busco algo más, que no encuentro, y por eso he huido de allí.
Una grave sonrisa de aprobación iluminó el rostro del hindú mientras el griego contaba cómo había conocido a un judío. Éste le había hablado de su Dios y el griego había comprendido que aquél era el camino que le conduciría a la Revelación por que tanto soñara.
— Mi fe no había sido inútil. ¡Dios respondía a mis ruegos! — siguió diciendo el griego— . El judío me aseguró que Él aparecería en persona muy pronto. Luego, en sueños, oí una voz que me decía: «¡Oh, Gaspar! ¡Tu fe ha vencido! ¡Bendito seas!
Con otros dos que vendrán de más lejos, verás a Aquel que os ha sido prometido y seréis sus testigos. Levántate de madrugada y ve a encontrarles. Pon la fe en el Espíritu y Él te guiará». Entonces me vestí, tomé un navío y llegué hasta Antioquía. Allí compré el camello que me ha traído hasta aquí. Hermanos, ahora que ya conocéis mi historia, permitidme que oiga la vuestra.
El egipcio y el hindú se miraron. Este último, después de inclinarse, empezó a hablar así:
— Podéis llamarme Melchor. Mi lengua, si no es la más antigua, es al menos una de las primeras: es el sánscrito de la India. Mis antepasados fueron los primeros en adentrarse por los caminos del saber. Los Cuatro Vedas son los libros más antiguos del Mundo y enseñan las verdades de la religión. Antes que los sabios griegos, los hindúes proclamaban la existencia de un solo Dios y del alma. Nací brahmán; pero, insatisfecho con la religión de mis padres, busqué durante largos años y llegué a la luz del día. Comprendí el principio de vida, la religión y el lazo que existe entre el alma y el Dios-Amor. La dicha del amor se centra en las obras, en los sacrificios por el prójimo. Pero Brahma había llenado el Mundo de maldad. Fui considerado hereje por mis compatriotas y tuve que ocultarme en la isla de Ganga Lagor. Luego, sediento de verdad, huí a remotos lugares de la India, hasta que un día, tendido en el suelo, oí una voz de infinita dulzura que me decía: «¡El amor ha triunfado! ¡Bendito seas, hijo de la India! La Redención se acerca. Con otros dos, procedentes de alejados extremos del Mundo, verás al Redentor y serás testigo de su Advenimiento. Levántate y ve a su encuentro; y deposita tu confianza en el Espíritu que te guiará». Entonces adquirí un camello y, viajando siempre solo y sin temor, he llegado hasta aquí. ¡Qué gloria para nosotros, oh hermanos! ¡Vamos a ver al Redentor, a conocerle, a adorarle!
Llegó el turno al egipcio y comenzó su relato así:
— Os saludo, hermanos míos. Habéis sufrido mucho y me alegra vuestro triunfo. Ambos os dignáis escucharme, os diré quién soy y cómo fui llamado a esta empresa. He comprendido, gracias al Espíritu, vuestras palabras. Yo soy Baltasar, el Egipcio.
Hablaba lentamente y con tanta dignidad que los otros se inclinaron involuntariamente al oírle.
— Con mi raza empezó la historia. Fuimos los primeros en perpetuar conocimientos y conservarlos merced a los recuerdos. En vez de poesía ofrecemos certeza. Nuestros antepasados llegaron del lejano Este, y tenían con ellos la historia del Mundo antes del Diluvio, que los hijos de Noé contaron a los Arios. Predicaban un Dios, Creador y Principio de todas las cosas, y la existencia de un alma inmortal. El primer acto de adoración fue una canción, una plegaria natural y espontánea del alma llena de gozo y esperanza, enamorada de su Hacedor.
Aquí el griego alzó las manos y exclamó:
— ¡La luz ilumina mi corazón!
— ¡También en mí! — agregó el hindú con fervor.
El egipcio, mirándoles con afecto, prosiguió:
— La religión no es otra cosa que la ley que une al hombre con su Creador. Sólo consta de dos elementos: Dios, el Alma y su mutuo reconocimiento, de lo que emana la Adoración, el Amor y la Recompensa. Esta Ley fue perfeccionada desde el principio por su Autor. Así era la religión de la primera familia. Muchas naciones han amado las dulces aguas del Nilo y de todas ellas hemos sido maestros, excepto de los hebreos. La mezcla de pueblos corrompió la fe del nuestro. El Valle de las Palmeras se convirtió en el Valle de los Dioses. Luego se invento a Isis y Osiris, y así se multiplicaron los dioses que encarnaban las cualidades humanas. Pero no desprecies demasiado a los egipcios: confiamos todos los secretos de la religión excepto uno, que ahora diré. Antiguamente tuvimos un faraón que luchó por expulsar el viejo espíritu de sus súbditos. Los hebreos convivían entonces con nosotros, hasta que Moisés pidió al faraón que los judíos esclavos fuesen libertados, a lo que se negó el monarca. Pero entonces el agua de ríos y pozos se convirtió en sangre; las ranas se multiplicaron a extremos fabulosos; la peste azotó Egipto; todo el ganado, exceptuando el de los hebreos, murió de repente; una plaga de langostas devoró los campos; y otras muchas calamidades se asolaron en mi patria. Entonces el faraón accedió a otorgarles la libertad y a que salieran del país. Pero he aquí que al verles partir ordenó a su ejército que les persiguiera. ¿Qué ocurrió entonces? Ante la muchedumbre hebrea el mar Bermejo se dividió en dos mitades y pudieron cruzarlo; pero cuando los soldados egipcios se abalanzaron sobre los fugitivos las aguas se cerraron y perecieron todos en ellas.
Los ojos del griego brillaban de entusiasmo.
— Conocía la historia por el judío, Baltasar.
— Sí, mas observa que yo hablo por la interpretación de las inscripciones y no por boca de Moisés. Los sacerdotes de aquel tiempo escribieron como supieron estos hechos y su relato ha sobrevivido hasta hoy.
El hindú se estremeció de gozo, y el griego dijo en alta voz:
— El desierto parece como si alabara a Dios…
El egipcio bebió un sorbo de agua de fuesen libertados, a lo que se negó el monarca. Pero entonces el agua de ríos y pozos se convirtió en sangre; las ranas se multiplicaron a extremos fabulosos; la peste azotó Egipto; todo el ganado, exceptuando el de los hebreos, murió de repente; una plaga de langostas devoró los campos; y otras muchas calamidades se asolaron en mi patria. Entonces el faraón accedió a otorgarles la libertad y a que salieran del país. Pero he aquí que al verles partir ordenó a su ejército que les persiguiera. ¿Qué ocurrió entonces? Ante la muchedumbre hebrea el mar Bermejo se dividió en dos mitades y pudieron cruzarlo; pero cuando los soldados egipcios se abalanzaron sobre los fugitivos las aguas se cerraron y perecieron todos en ellas.
Los ojos del griego brillaban de entusiasmo.
— Conocía la historia por el judío, Baltasar.
— Sí, mas observa que yo hablo por la interpretación de las inscripciones y no por boca de Moisés. Los sacerdotes de aquel tiempo escribieron como supieron estos hechos y su relato ha sobrevivido hasta hoy.
El hindú se estremeció de gozo, y el griego dijo en alta voz:
— El desierto parece como si alabara a Dios…
El egipcio bebió un sorbo de agua de un pequeño manantial cercano a ellos y prosiguió:
— Yo nací en Alejandría. Príncipe y sacerdote, recibí la educación de mi clase. Pero pronto surgió en mí el descontento. Hasta que al fin, tras una búsqueda dolorosa de la verdad, se hizo en mí la luz y la prediqué con gran asistencia de estudiosos y gentes diversas. Mis oyentes, tras la primera sorpresa, se burlaron de mí una y otra vez, hasta que al fin tuve que ceder ante ellos.
Al llegar aquí el hindú exclamó con un suspiro:
— El enemigo del hombre es el hombre, hermano.
— Dediqué largas meditaciones a descubrir la causa de mi fracaso. Ascendí Nilo arriba y me detuve en una población humilde y pobre. Reuní a sus habitantes y les prediqué la verdad con gran éxito; luego ellos mismos se cuidaron de esparcir la buena nueva. Desde entonces me dediqué a viajar, practicando el bien y enseñando la verdad. Pero, pensaba yo, ¿qué ocurriría con esta idea de un Dios único, bondadoso y justo que premiara a los buenos y castigara a los malos? Organicé a mis seguidores. Lo hice y fracasé. Las mentes están envenenadas por los ritos y hábitos viejos. Para redimir la raza humana es menester que Él se manifieste de nuevo. Él en Persona. Pensar que toda mi obra se perdería me causaba profunda tristeza. Marché al interior del África, y estuve entregado a la oración un año entero al lado de una palmera que me suministraba los dátiles necesarios para sobrevivir. Hasta que un día, en la soledad, descendió a mí una estrella de brillo deslumbrador. Caí de bruces, atemorizado, y entonces oí una voz que no parecía humana decirme: «¡Tus buenas obras han vencido! ¡Hijo de Mizraim, bendito seas! La Redención está al llegar. Con otros dos, procedentes de los más remotos lugares del planeta, verás al Salvador y serás su testigo. Levántate por la mañana y ve a su encuentro. Cuando lleguéis a la ciudad santa de Jerusalén preguntad a la gente: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle. Deposita toda tu confianza en el Espíritu que te guiará». Y la luz exterior se convirtió en una luz interior que ha guiado mis pasos en todo momento. Ella me condujo hasta Menfis. Compré un camello y he venido por Suez y Kulieh, sin tomar el menor descanso, a través de las tierras de Moab y Ammón. ¡Hermanos, Dios está con nosotros!
Se detuvo unos instantes y continuó con renovado entusiasmo:
»Existe un designio oculto en la forma en que cada uno de los tres hemos contado nuestra vida y la de nuestra vida y la de nuestros pueblos respectivos. Aquel al que vamos a buscar es el Redentor, no de un pueblo, los judíos, sino de todos los pueblos de la Tierra.
»¿Sabéis de algo más divinamente ordenado? — prosiguió Baltasar— . Cuando hayamos encontrado al Señor, no sólo nosotros nos arrodillaremos ante Él, sino todas las generaciones. Luego nosotros tres, y con nosotros el Mundo entero, habremos aprendido una lección: que al Cielo puede vencérsele, no por medio de la espada ni la humana ciencia, sino por la fe, el amor y las buenas acciones.
En silencio, y a causa del gozo, los tres derramaron ardientes lágrimas. Era la alegría inexpresable de quienes han llegado al Río de la Vida.
Luego salieron de la tienda. El sol declinaba rápidamente. Los camellos dormían.
Poco después levantaron la tienda y montado cada uno en su camello partieron en fila hacia el Oeste, sumidos en el seno de la fría noche, sin hablar una sola palabra. De súbito brilló en el aire ante ellos, sobre la cima de una colina mediana, una luz resplandeciente. Sus almas se estremecieron y exclamaron:
— ¡La Estrella! ¡La Estrella! ¡Dios está con nosotros!
En la parte occidental de la muralla de Jerusalén se abren las Puertas de Encina o Portal de Belén. Los tres viajeros descritos en los capítulos anteriores llegaron ante estas puertas el año 747 de Roma, o el cuarto antes de la Era Cristiana.
En un ángulo del callejón que se abre al patio hay varias mujeres sentadas. Van vestidas con una túnica de lienzo que les llega hasta los pies, sujeta a la cintura, y con un velo que les cubre la cabeza y hombros. Venden mercancías que conservan en tinajas. Junto a ellas juegan grupos de chiquillos medio desnudos. Sus cuerpos morenos, ojos oscuros y el pelo crespo revelan al instante su origen hebreo. De vez en cuando, alguna de las mujeres ofrece a gritos a los transeúntes sus mercancías: miel o vino. Sus gritos se pierden en el bullicio de la muchedumbre.
Observemos ahora la puerta y las dos corrientes humanas, una que entra y otra que sale, pues acaban de aparecer dos hombres de aspecto interesante.
— ¡Dioses! ¡Menudo frío hace hoy! — exclama uno de ellos, hombre musculoso, cubierto con brillante armadura— . ¿Recuerdas, Cayo, la bóveda de los comicios, en Roma, que según los flaminios constituía la entrada del mundo inferior? ¡Por Plutón!
Desearía encontrarme allí ahora.
Ambos desaparecieron entre la multitud. Eran soldados romanos. Entran y salen gentes de toda clase: nazarenos, samaritanos, gladiadores, buhoneros.
Un griego de hermoso aspecto se aproxima a un vendedor de frutas con estas palabras:
— ¿Qué tienes esta mañana, oh hijo de Chipre? Estoy hambriento.
— Frutas del Podio, legítimas, tal como las comen los cantores de Antioquía para conservar la voz — replica el vendedor con voz gangosa.
— Me importan poco los cantores de Antioquía — dice el griego— . Tú eres un adorador de Afrodita, lo mismo que yo. ¿Ves esta corona de mirto? Es un gran regalo de Salomé.
— ¡La hermana del rey! — exclama el chipriota con una inclinación.
— Tiene un gusto real y un juicio divino. Claro, es más griega que el rey. Pero dame mi desayuno y toma el dinero. Dame uvas y…
— ¿Quieres dátiles?
— No, que no soy un árabe.
— Entonces ¿higos?
— Me convertiría en hebreo. No: sólo uvas. Nunca se ha mezclado nada tan bien como la sangre de un griego y la de uva.
Un poderoso caballero seguido de varios criados armados se pasea y escucha mientras su gente discute con los vendedores. Al ver al chipriota se le acerca y le compra unos higos.
De esta forma, hasta el mediodía o más tarde aún, la corriente de compradores y vendedores fluye como un río caudaloso. Jerusalén, cantada por profetas y poetas, la Jerusalén de Salomón en la que corre en abundancia la plata, se había transformado en la imitadora de Roma, centro de costumbres profanas y eje del poder pagano. En tiempos lejanos un rey judío se colocó las vestiduras sacerdotales y entró en el Santo de los Santos del primer templo y salió de él cubierto de lepra. En cambio Pompeyo había entrado en el templo de Herodes, hasta el Santo de los Santos, y salido sin recibir el menor perjuicio, después de descubrir que no había allí más que una sala vacía, sin nada que revelara la presencia de Dios.
Era la hora tercera del día y mucha gente se había alejado del Portal de Belén, aunque seguían transitando por él numerosos grupos de personas. Entre ellos llamaba la atención un hombre, una mujer y un asno.
La mujer iba ataviada con una túnica de lana burda y llevaba cubierta la cabeza y el cuello con un velo. De vez en cuando, atraída su curiosidad por el ruido, voces o ajetreo que reinaba a su alrededor levantaba el velo y observaba; mas este instante era tan fugaz que resultaba imposible distinguir los rasgos de su rostro.
Un hombre se acercó a ellos, preguntando:
— ¿No eres tú José de Nazaret?
— Así me llaman. — Luego agregó al reconocer a su interlocutor— : ¡Que la paz sea contigo! Tú eres mi amigo, el rabino Samuel.
— Lo mismo te deseo. — El aludido hizo una pausa, mirando a la mujer, y agregó— : La paz sea contigo, y con tu casa, y con todos los tuyos.
Se saludaron, llevándose cada uno una mano al pecho, con una ligera inclinación.
— Lleváis tan poco polvo encima que deduzco que habréis pasar pasado la noche en esta ciudad de nuestros padres.
— No — contestó José— . Al no poder pasar de Betania, pasamos la noche en la posada que hay allí y continuamos el viaje al amanecer.
— El viaje que os espera es largo, pues supongo que no os quedaréis aquí…
— No; vamos a Belén.
El rabino se tornó suspicaz al oírle.
— Ya comprendo. Naciste en Belén y ahora vas allí a empadronarte con tu hija, según ordena el César. Los hijos de Jacob se encuentran como antaño las tribus en suelo egipcio; sólo que ahora carecemos de un Moisés o un Josué. ¡Cómo han caído los poderosos!
José, sin inmutarse, replicó:
— Esa mujer no es mi hija.
Pero el rabino, lanzado al tema político, prosiguió:
— ¿Qué ocurre en Galilea?
— Yo no soy más que un carpintero, y Nazaret es una aldea. Vivo en un lugar apartado y no me queda tiempo para participar en luchas de partidos.
— Pero… eres judío — replicó severo el rabino— . Y de la estirpe de David. No creo que te guste pagar impuestos, excepto el de Jehová.
El rabino prosiguió:
»No me duele la cuantía del impuesto, pues un denario es muy poca cosa, sino la humillación que representa el pagarlo: equivale a tolerar sin protesta la tiranía. Dime, ¿es cierto que Judas asegura ser el Mesías?
— Así lo afirman sus seguidores.
En aquel instante la mujer apartó el velo que cubría su rostro. La mirada del rabino se posó en ella, sorprendiéndose de su rara belleza. Mas ella dejó caer de nuevo el velo.
— Tu hija es muy hermosa — dijo el rabino olvidándose de la política.
— No es mi hija — repitió José— . Es la hija de Joaquín y Ana de Belén, ambos bien conocidos.
— Oh, sí — dijo el rabino con deferencia— . Les conozco y sé que descienden de David por línea directa.
— Los dos han fallecido, pero han dejado una casa para dos hijas, y la ley exige que María, para asegurar la propiedad, se case con su más cercano pariente. Yo, que era antes su tío, soy ahora su esposo.
— Y como ambos nacisteis en Belén, los romanos os obligan a ir allí para empadronarla. — Y muy indignado añadió— : ¡El dios de Israel vive aún! ¡La venganza es suya!
Dicho esto les volvió la espalda y se alejó ante el asombro de José.
Una hora más tarde el grupo cruzó la puerta y tomó el camino de Belén. Por el camino él cuenta a la mujer historias de David. Y ella no siempre le presta atención, pues el relato es tedioso, propio de un hombre rústico.
La mujer no tiene más de quince años. Su figura y gestos corresponden a los de una adolescente, ya casi una joven. Sus facciones son pálidas y perfectas, con un halo de inocencia y ternura.
Así bordearon la gran llanura hasta alcanzar el lago de Elías y a través del valle divisaron Belén, su antigua ciudad natal. Al acercarse a la población les sorprendió una muchedumbre presurosa y José sintió miedo en su corazón. ¿Cómo encontraría una posada con tantos viajeros y mercaderes? Se detuvo frente al portal de una casa situada en la zona exterior de la aldea, en un lugar dude se cruzaban varios caminos.
Las posadas orientales, llamadas «khans», son casas sin cobertizo y frecuentemente sin puertas. Su emplazamiento se escogía teniendo en cuenta la sombra, la posibilidad de defensa o el agua. Los edificados en las carreteras de Jerusalén o Alejandría eran edificios suntuosos, verdaderas posadas para el viajero, aunque por lo general también estos edificios servían de mercado. En los «khans» no había huéspedes, dueño, criados y cocineros. Los viajeros se acomodaban sin dar cuenta de ellos a nadie y debían procurarse la comida.
El «khan» de Belén era uno de estos típicos lugares que acabamos de describir. Casi rozando la puerta de entrada había un camino.
María contemplaba con un interés disminuido por la fatiga la muchedumbre que acudía a Belén para empadronarse. Un hombre se acercó a ellos y José le preguntó:
— ¿Puedo preguntarte cuál es la causa de esta aglomeración de gente?
— Los romanos han ordenado que cada hebreo se empadrone en el lugar de su nacimiento — replicó el extraño.
— También yo he venido por esto. Yo y mi esposa.
El extranjero miró a María y guardó silencio. La mujer contemplaba la desnuda cumbre del Gedor.
— Rabí, ¿no querría tu esposa reunirse con la mía? Está allí, con los chicos, y te digo que el «khan» está lleno; es inútil acercarse.
— Saludaré a tu familia e iré luego a probar suerte con el portero. Volveré en seguida.
Y se adentró por entre la multitud hasta el «khan».
— La paz de Jehová sea contigo — dijo José saludando al portero— . Soy betlemita. ¿No habría habitación para…?
— No la hay.
— Seguramente habrás oído hablar de mí soy José de Nazaret. Ésta es la casa de mis padres. Soy de la estirpe de David.
Ser hijo de Judá era bastante, pero pertenecer a la estirpe de David constituía para un hebreo el máximo galardón. Por eso José dijo estas palabras, que siempre surtían un efecto mágico.
— Rabí, hace más de dos mil años que se abrió esta puerta para alojar a los extraños. Si tal se hace con un desconocido, ¿qué no hacer contigo? Yo te saludo y te invito a entrar para que veas por ti mismo que no hay ni un solo espacio vacío.
José guardó silencio y luego dijo:
— El extranjero que haya vivido contigo será como si hubiese nacido en tu casa y le amarás como a ti mismo. ¿No dice así la Ley, rabí?
— Si ésta es la ley, ¿cómo puedo decirle a uno de los que están aposentados:
Sigue tu camino, que otro va a ocupar tu puesto? Mira cuántos esperan un sitio. Ellos también han venido por la misma razón que tú por el decreto del César. Ayer llegó la caravana que va de Damasco a la Arabia y el bajo Egipto.
— Pero el sitio es muy espacioso — insistió José.
— Sí, pero repleto de paquetes y mercancías.
Al llegar aquí el rostro de José perdió su seriedad y dijo con calor:
— Por lo que a mí se refiere, no me importa; pero viene conmigo mi esposa, y con estas noches tan frías… No puede quedarse a la intemperie. ¡Es tan joven! Si se queda en la colina el frío la matará… Oye, tal vez conociste a sus padres, Joaquín y Ana, de Belén ambos, y de la estirpe de David.
— Les conocí y eran buena gente. Ea, si no puedo darte alojamiento tampoco puedo cerrarte la puerta. Haré por ti lo que pueda. ¿Cuántos sois?
— Mi esposa y un amigo con su familia, de Beth-Dagón; en total, seis.
— Bien. No dormiréis afuera esta noche. Date prisa y tráeles pronto, que el sol desciende aprisa y pronto será de noche.
— Te doy ahora la bendición del viajero sin hogar; más tarde te daré la del huésped agradecido.
Muy regocijado se fue José al encuentro de María y del dagonita, y los llevó a todos ante la puerta donde hablara con el guardián.
— Ésta es mi esposa, y éstos son nuestros amigos.
Llevaba María el velo levantado.
— Ojos azules y cabello de oro — murmuró el portero— . Así era el joven rey David cuando fue a cantar ante Saúl. La paz sea contigo, oh hija de David.
Y mirando a los otros les dijo:
— La paz sea con vosotros. Rabí, sígueme — concluyó mirando a José.
Por un corredor pavimentado fueron conducidos al patio del «khan». Oscuros y repletos de gente estaban los sótanos. Volvieron a pasar por otro corredor semejante al de la entrada y salieron al vallado adjunto a la casa, donde se albergaban los caballos, camellos y asnos, apiñados en grupos. Bajaron poco a poco al declive que forma el patio, hasta llegar a un camino que se dirigía hasta una especie de establo al oeste del «khan».
— Vamos a dormir en la cueva — exclamó José lacónicamente.
El guía aflojó el paso hasta que María lo alcanzó.
— La cueva a que nos dirigimos — aclaró el hombre— fue refugio de tu antepasado David. Desde los campos solía conducir los rebaños hasta esta cueva. Los pesebres se conservan intactos.
El polvo y la paja alfombraban el suelo, otorgándole un tono amarillo. Del techo colgaban gruesas telarañas, como largos jirones de tela sucia. Por lo demás la estancia parecía cómoda y limpia como uno cualquiera de los sótanos del «khan».
— Entrad — dijo el guía— . Los montones de paja son para viajeros como vosotros. Utilizad cuanto queráis de lo que encontréis por el suelo.
Luego, mirando a María, le dijo:
— ¿Podrás descansar aquí?
— El lugar está santificado — replicó la mujer.
— En este caso os dejo. La paz sea con vosotros.
Cuando el portero salió, los viajeros se dedicaron a ordenar y hacer habitable la cueva.
A determinada hora de la noche se hizo el silencio en el «khan». Los israelitas, levantándose y dirigiendo sus miradas a Jerusalén, muy solemnes en su actitud, cruzaron las manos sobre el pecho y corazón. Era la sagrada hora nona, en cuyo momento se ofrecen los sacrificios en el templo del Moria, y es también el instante en que se supone que Dios se halla en él. Cuando la oración cesó volvióse a reanudar el griterío en vistas a la cena y a la preparación del lecho. Poco más tarde se apagaron las luces y el silencio se hizo general.
A medianoche uno de los que dormían en la azotea del «khan» exclamó:
— ¡Despertad, hermanos! ¿Qué es esa luz que se ve en el cielo?
Medio adormilados, los moradores del «khan» se incorporaron y miraron al cielo maravillados. Las voces corrieron y pronto todos hicieron igual cosa.
Se veía un rayo de luz que parecía brotar de las estrellas y descendía, oblicuamente, hasta la Tierra. En la parte más alta no era más que un punto, mientras que en el suelo ocupaba una extensión de muchos estadios. El resplandor era vivísimo y de color rosado. El «khan» recibía parte de la luz, de forma que quienes estaban en el tejado se veían entre sí, estupefactos.
El rayo brilló durante varios minutos, hasta que la sorpresa se trocó en pánico, y los que estaban menos asustados sólo hablaban en murmullos.
— ¿Habéis visto jamás nada parecido? — preguntaba uno.
— A lo mejor es una estrella que ha caído, ardiendo, a la Tierra.
— No: los pastores habrán visto un león y han encendido hogueras…
— Sí, eso debe de ser. Precisamente los rebaños están pastando por allí.
— Imposible — dijo otro— . Aunque se juntara toda la madera de los valles de Judá sería imposible crear esta luz tan potente y tan alta que llega hasta el firmamento.
Tras estas palabras se produjo un silencio absoluto.
— ¡Hermanos! — exclamó un hebreo venerable— . Lo que vemos es la escalera que nuestro padre Jacob viera en sueños. ¡Bendito sea el Dios de nuestros progenitores!
A una milla y media o acaso dos al sudeste de Belén se extiende una llanura separada de la ciudad por una prolongación de la montaña.
El día que ocurrieron los hechos narrados anteriormente, cierto número de pastores llegó hasta esta llanura. Hablaban de sus rebaños. Aunque rústicos, tenían su sabiduría. Cuando el chazzan exhibía el Torah nadie lo besaba con mayor ternura, y cuando el sheilach leía el texto sagrado nadie escuchaba al intérprete con una fe más ciega. Y como amaban tanto a Dios, y observaban tan rectamente sus leyes, así su sabiduría sobrepasaba a la de los monarcas más poderosos de la Tierra.
Mientras charlaban de sus rebaños, fueron durmiéndose poco a poco, sobre el campo. La noche era clara y fría, y la calma era algo más que un simple silencio. Un pastor velaba por los demás, paseándose entre ellos. Llegada la medianoche se acercó al fuego un momento para acostarse después. De pronto se detuvo; a su alrededor rompía la luz, una luz suave y blanca como la luna, que aumentaba en intensidad. Un frío mayor que el del aire helado — el frío del terror— le invadió. En el cielo habían desaparecido los estrellas. La luz caía de lo alto como saliendo de una ventana. De repente, aterrorizado, exclamó:
— ¡Despertad! ¡Despertad!
Los perros empezaron a ladrar como enloquecidos.
Los rebaños se removieron impacientes, y los pastores se pusieron en pie y echaron mano a sus armas.
— ¿Qué sucede? — preguntaron.
La luz se hizo tan brillante que no pudieron soportarla y se taparon los ojos. Cayeron de rodillas, víctimas del pánico. Al mismo tiempo se oía una voz fuerte y a la vez sobrehumana, dulce y suave:
— No temáis… He aquí que os traigo una buena nueva que será el regocijo de toda la Humanidad.
Se levantaron sobre sus rodillas y vieron, aureolada, la figura de un hombre vestido con una túnica blanquísima. Dos alas resplandecientes adornaban sus espaldas y sobre la frente brillaba una estrella deslumbrante. Sus manos estaban dirigidas a ellos en actitud de bendecirles. Su rostro era sereno y de una belleza divina.
La voz suave como un susurro apaciguó sus corazones. Más calmados, los pastores se dijeron:
— La gloria de Dios está con nosotros, y éste es el que en la antigüedad se acercó al profeta en las orillas del río Ulay.
El ángel prosiguió:
— Porque para vosotros ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor. Y ésta es una señal para vosotros. Encontraréis al Niño, envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
El heraldo no volvió a hablar, pero permanecía allí en silencio. Entonces la luz que emanaba adquirió un tinte rosado, y en lo alto, hasta donde los ojos alcanzaban a ver, surgió un revoloteo de alas blancas, un ir y venir de formas radiantes y las voces de una multitud que cantaba a coro:
GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
A los once días del nacimiento del Niño llegaron a Jerusalén, hacia la media tarde, los tres Magos. La gente les contemplaba con gran curiosidad. Judea era un punto de tránsito internacional: allí radicaba la ruta de tráfico entre el Sur y el Este, y los judíos estaban acostumbrados a ver hombres de todas las razas atravesar las puertas de Jerusalén. Pero los Magos llamaban la atención a todos cuantos se cruzaban con ellos. Llegaron ante la puerta de Damasco, guardada por centinelas romanos. Al llegar junto a ellos el egipcio se dirigió a un centinela y manifestó:
— Que la paz sea contigo. Venimos desde muy lejos para ver al que ha nacido Rey de los judíos. ¿Dónde le encontraremos?
El soldado dio una voz y apareció un oficial que preguntó:
— ¿Qué quieres?
Baltasar repitió su pregunta.
— ¿Herodes? — preguntó el oficial, lleno de confusión.
— La realeza de Herodes procede del César. No me refiero a Herodes.
— No hay otro rey entre los judíos.
— Pues nosotros hemos visto la estrella de Aquel al que venimos a adorar.
— Seguid adelante — replicó extrañado— . Yo no soy judío. Preguntad a los sacerdotes, o mejor al propio Herodes.
Los tres Magos cruzaron la puerta. Baltasar dijo a sus amigos al oído:
— Ya nos hemos dado a conocer bastante por hoy: a medianoche toda la ciudad hablará de nosotros y nuestra misión. Ahora vayamos al «khan».
Antes del crepúsculo algunas mujeres lavaban ropa en la parte superior de la escalera que lleva al interior de la Piscina de Siloam. Cada una estaba arrodillada ante un recipiente de arcilla. Una exclamó:
— ¿No lo sabéis? Dicen que el Cristo ha nacido.
La reacción de perplejidad fue tan grande que algunas volcaron sus recipientes de agua.
— ¡El Cristo! — exclamaron las lavanderas.
— Este mediodía llegaron tres hombres por el río Cedrón. Cada uno montaba un camello blanco, apoyado sobre doseles de seda y ricos ameses. Preguntaban: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? Ahora están en el «khan», y muchos cientos de personas han ido y otras van.
— ¿Y quiénes son estos tres hombres?
— Nadie lo sabe. Se dice si serán persas, o profetas, acaso como Elías o Jeremías.
Una de las mujeres soltó la risa, diciendo:
— ¿Y qué quieren decir con eso del Rey de los judíos?
— Se refieren al Cristo, y aseguran que acaba de nacer.
— Bueno: ¡cuando lo vea, creeré!
— Y yo creeré cuando le vea levantar a los muertos…
Luego el grupo continuó su trabajo mientras seguían comentando el suceso.
Bastante entrada la noche se celebró en el palacio del monte Sion una reunión compuesta por cincuenta personas, por orden expresa de Herodes, con la finalidad de instruir a éste sobre algún hecho o misterio importante. Eran doctores, filósofos, hombres cuya palabra pesaba en el país, y estaban sentados en divanes en uno de los patios interiores del palacio. Eran los venerables miembros del Sanhedrín.
Presidía el venerable Hillel, de ciento seis años, rector del Gran Colegio, con muy pocos cabellos blancos y semejantes a hebras de plata.
Habían sostenido una larga discusión, mas al final se pusieron todos de acuerdo. El venerable Hillel, inmóvil, llamó al paje:
— Anuncia al rey que estamos dispuestos para darle una respuesta.
El muchacho salió. A poco entraron dos oficiales y cada uno se apostó a un lado de la puerta. Tras ellos entró un personaje sorprendente, envuelto en túnica púrpura con bordes escarlata recogida en la cintura por una faja de oro. Las hebillas de sus zapatos centelleaban de piedras preciosas. Era Herodes el Grande y tenía sesenta y siete años. De mente poderosísima y genio parecido al del César, desplegaba un poder tiránico y una crueldad sanguinaria.
Al verle todos se inclinaron en señal de saludo. Herodes se situó frente a Hillel y gritó:
— ¡La respuesta! ¿Cuál es la respuesta?
Los ojos del patriarca se animaron con dulzura y dijo con dignidad:
— ¡Contigo sea, oh rey, la paz de Dios, de Abraham, de Isaac y de Jacob! Nos has preguntado dónde debe nacer Cristo.
— Ésta fue mi pregunta.
— En este caso, oh rey, en nombre de todos debo decirte que la respuesta es unánime: Cristo ha de nacer en Belén de Judea. Así lo escribió el profeta.
El rostro de Herodes se turbó. Los presentes apenas si se atrevían a respirar. Al fin el rey dio media vuelta y salió de la cámara.
— Hermanos — exclamó Hillel— , ya podemos irnos.
Simeón, el hijo de Hillel, que después sucedería a éste en ciencia, en sabiduría y en el cargo, ayudó a su padre a subir a la litera.
Los tres Magos estaban despiertos en el «khan», a pesar de que la noche era avanzada. Un hombre se acercó a ellos.
— Os traigo un mensaje — les anunció.
— ¿De quién?
— Del rey Herodes. Yo soy su mayordomo, pero aquí fuera está su mensajero.
El espíritu de los tres se estremeció.
— Dile que espere. Ya salimos.
Cuando el mayordomo hubo salido, el griego exclamó azorado:
— ¡La pregunta que hemos hecho por todas partes nos ha hecho famosos!
Se echaron los mantos al hombro y salieron.
— Os saludo y os pido perdón — dijo el mensajero al verles— . El rey desea hablaros en privado y para ello os invita a verle en palacio.
— La voluntad del rey es nuestra voluntad — dijo Baltasar— . Iremos contigo a palacio.
Siguiendo al mensajero llegaron hasta el palacio de Herodes. Pasaron al interior, hasta llegar a una torre de gran altura. De pronto el guía se detuvo y señalando una puerta les dijo:
— Ahí está el rey: entrad.
La habitación perfumada, suntuosa y de un gusto afeminado contenía un sinfín de riquezas en divanes, jarrones y candelabros. Herodes se hallaba sentado en esplendoroso trono. Al llegar al borde de la alfombra los tres Magos se hincaron de rodillas. El rey tocó una campanilla y acudió un criado con tres sillas.
— Tomad asiento y decidme quiénes sois y de dónde venís.
Los tres Magos contaron por tumo sus historias.
— ¿Y qué pregunta le habéis hecho al oficial que estaba en la puerta?
— Le hemos preguntado dónde estaba el que ha nacido Rey de los judíos.
— Comprendo por qué habéis despertado semejante curiosidad: la mía no es menor. Pero ¿es que existe otro rey de los judíos?
— Hay Uno que acaba de nacer — replicó sin inmutarse el egipcio.
La faz del monarca se ensombreció de dolor.
— ¡No fui yo, no fui yo! — exclamó.
Es posible que las imágenes de sus hijos asesinados cruzaran por su mente.
Luego, dominando su emoción, prosiguió con voz más serena:
— ¿Dónde está el nuevo Rey?
— Pues esto es, justamente, lo que queríamos saber.
— Habéis desatado mi curiosidad con este enigma superior a los de Salomón. Estoy en la edad en que la curiosidad se torna algo obsesivo. Relatadme todo lo que sepáis acerca de ese niño y yo me uniré a vuestra búsqueda. Pero antes decidme: ¿cómo es posible que, viviendo tan separados entre sí, cada uno de vosotros haya tenido noticias de Él simultáneamente?
— Te diré la verdad, oh rey.
— Habla — repuso Herodes.
— Hay un Dios omnipotente — exclamó Baltasar solemnemente, levantándose.
Herodes se estremeció.
— Él nos hizo venir aquí, prometiéndonos que veríamos al Redentor. Como señal se nos permitió ver a cada uno una estrella. Su Espíritu estaba con nosotros.
— Os burláis de mí — dijo Herodes, entre enojado y suspicaz— . De otro modo, ¿qué finalidad tendría el advenimiento del nuevo Rey?
— La salvación de los hombres.
— ¿De qué?
— De su maldad.
— ¿Y cómo?
— Mediante tres gracias divinas: La fe, el amor y las buenas acciones.
— ¿Y esa estrella de que habéis hablado al oficial y a mí mismo?
— Es la estrella del recién nacido.
— ¿Y cuándo apareció por vez primera?
— Al ordenársenos a los tres venir aquí.
Herodes se levantó indicando con ello que daba por concluida la audiencia. Luego alentó a los Magos a que siguieran su búsqueda, asegurándoles que no les pondría dificultades. Y, abrigándose en su manto, salió de la habitación.
Poco después salieron a la calle. Al acercarse a la puerta de Joppa vieron en el cielo, a escasa altura, una estrella que brillaba más que ninguna y que se movía lentamente ante los tres.
— ¡Dios está con nosotros! — exclamaron llenos de alegría.
Entonces la estrella se elevó del valle Elías y se detuvo, de repente, sobre una casa en la colina próxima a la ciudad.
Amanecía. El guarda tiritaba de frío en el tejado del «khan», cuando vio de pronto una luz que ascendía por la colina en dirección a la casa. Pensó si sería una antorcha de algún caminante o acaso un meteoro, pero el punto luminoso creció hasta convertirse en una estrella. El pánico hizo presa en el guarda, quien rompió a gritar, y pronto subió al tejado la gente de la posada. Con un resplandor que deslumbraba la estrella fue acercándose, hasta situarse justamente encima de la cueva donde había nacido el Niño.
En el mismo momento llegaron los Magos a la puerta y pidieron permiso para entrar. El sobresalto del guarda aumentó aún más al ver a los Magos y su expresión exaltada.
— ¿No hay aquí un Niño recién nacido?
— Sí, sí — respondieron boquiabiertos algunos.
— ¡Enseñádnoslo! ¡Enseñádnoslo!
El hindú juntó las manos en señal de adoración.
— ¡Dios existe! — exclamó— . ¡Apresurémonos! ¡Apresurémonos!
Los que se hallaban en el tejado descendieron de inmediato y siguieron a los extranjeros. A medida que avanzaban hacia la cueva la estrella ascendía al cielo, de forma que cuando hubieron llegado a ella la estrella se diluyó en el firmamento. Esto corroboró la sospecha en las gentes de que existía alguna relación entre la estrella y el recién nacido.
La habitación estaba iluminada por una linterna que permitía ver a la Madre y al Niño, despierto en su regazo.
— ¿Es tuyo el Niño? — preguntó Baltasar a María.
María, que había guardado en su corazón todas las cosas que al Niño se referían, lo levantó a la luz y respondió:
— Es mi Hijo.
Los tres Magos cayeron de rodillas y le adoraron.
¡Aquél era el Salvador que buscaban desde tan lejos!
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