La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Infierno - Cantos del 11 al 15
Dante y Virgilio en la cima de la Ruina
La tumba del Papa Anastasio
1. A la extremidad de un alto promontorio, formado por grandes piedras rotas y acumuladas en círculo, llegamos hasta un montón de espíritus más cruelmente atormentados. Allí, para preservarnos de las horribles emanaciones y de la fetidez que despedía el profundo abismo, nos pusimos al abrigo de la losa de un gran sepulcro, donde vi una inscripción que decía:
"Encierro al papa Anastasio, a quien Fotino arrastró lejos del camino recto."
— Es preciso que descendamos por aquí lentamente, a fin de acostumbrar de antemano nuestros sentidos a este triste hedor, y después no tendremos necesidad de precavernos de él.
Así habló mi Maestro, y yo le dije:
— Busca algún recurso para que no perdamos el tiempo inútilmente.
A lo que me respondió:
— Ya ves que en ello pienso. Hijo mío — continuó —, en medio de estas rocas hay tres círculos, que se estrechan gradualmente como los que has dejado:
todos están llenos de espíritus malditos; más para que después te baste con sólo verlos, oye cómo y por qué están aquí encerrados. La injuria es el fin de toda maldad que se atrae el odio del cielo, y se llega a este fin, que redunda en perjuicio de otros, bien por medio de la violencia, o bien por medio del fraude. Pero como el fraude es una maldad propia del hombre, por eso es más desagradable a los ojos de Dios, y por esta razón los fraudulentos están debajo, entregados a un dolor más vivo. Todo el primer círculo lo ocupan los violentos, círculo que está además construido y dividido en tres recintos; porque puede cometerse violencia contra tres clases de seres: contra Dios, contra sí mismo y contra el prójimo; y no sólo contra sus personas, sino también contra sus bienes, como lo comprenderás por estas claras razones. Se comete violencia contra el prójimo dándole la muerte o causándole heridas dolorosas; y contra sus bienes, por medio de la ruina, del incendio o de los latrocinios. De aquí resulta que los homicidas, los que causan heridas, los incendiarios y los ladrones están atormentados sucesivamente en el primer recinto. Un hombre puede haber dirigido su mano violenta contra sí mismo o contra sus bienes: justo es, pues, que purgue su culpa en el segundo recinto, sin esperar tampoco mejor suerte aquel que por su propia voluntad se priva de vuestro mundo, juega, disipa sus bienes o llora donde debía haber estado alegre y gozoso. Puede cometer violencia contra la Divinidad el que reniega de ella y blasfema con el corazón, y el que desprecia la Naturaleza y sus bondades. He aquí por qué el recinto más pequeño marca con su fuego a Sodoma y a Cahors, y a todo el que, despreciando a Dios, le injuria sin hablar, desde el fondo de su corazón. El hombre puede emplear el fraude que produce remordimientos en todas las conciencias, ya con el que de él se fía, ya también con el que desconfía de él. Este último modo de usar del fraude parece que sólo quebranta los vínculos de amor, que forma la Naturaleza; por esta causa están encadenados en el segundo recinto los hipócritas, los aduladores, los hechiceros, los falsarios, los ladrones, los simoníacos, los rufianes, los barateros y todos los que se han manchado con semejantes e inmundos vicios. Por el primer fraude no sólo se olvida el amor que establece la Naturaleza, sino también el sentimiento que le sigue, y de donde nace la confianza: he aquí por qué, en el círculo menor, donde está el centro de la Tierra y donde se halla el asiento de Dite, yace eternamente atormentado todo aquel que ha cometido traición.
Le dije entonces:
— Maestro, tus razones son muy claras, y bien me dan a conocer, por medio de tales divisiones, ese abismo y la muchedumbre que le habita; pero dime: los que están arrojados en aquella laguna cenagosa, los que agita el viento sin cesar, los que azota la lluvia, y los que chocan entre sí lanzando tan estridentes gritos, ¿por qué no son castigados en la ciudad del fuego, si se han atraído la cólera de Dios? Y si no se la han atraído, ¿por qué se ven atormentados de tal suerte?
Me contestó:
— ¿Por qué tu ingenio, contra su costumbre, delira tanto ahora?, ¿o es que tienes el pensamiento en otra parte? ¿No te acuerdas de aquellas palabras de la Ética, que has estudiado, en las que se trata de las tres inclinaciones que el Cielo reprueba: la incontinencia, la malicia y la loca bestialidad, y de qué modo la incontinencia ofende menos a Dios y produce menor censura? Si examinas bien esta sentencia, acordándote de los que sufren su castigo fuera de aquí, conocerás por qué están separados de esos felones, y por qué los atormenta la justicia divina, a pesar de demostrarse con ellos menos ofendida.
— ¡Oh Sol, que sanas toda vista conturbada! — exclamé —: tal contento me das cuando desarrollas tus ideas, que sólo por eso me es tan grato dudar como saber. Vuelve atrás un momento, y explícame de qué modo ofende la usura a la bondad divina: desvanece esta duda.
— La filosofía — me contestó — enseña en más de un punto al que la estudia, que la Naturaleza tiene su origen en la Inteligencia divina y en su arte; y si consultas bien tu Física, encontrarás, sin necesidad de hojear muchas páginas, que el arte humano sigue cuanto puede a la Naturaleza, como el discípulo a su maestro; de modo que aquél es casi nieto de Dios. Partiendo, pues, de estos principios, sabrás si recuerdas bien el Génesis, que es conveniente sacar de la vida la mayor utilidad, y multiplicar el género humano. El usurero sigue otra vía; desprecia a la naturaleza y a su secuaz, y coloca su esperanza en otra parte. Ahora sígueme; que me place avanzar. Los peces suben ya por el horizonte; el carro se ve hacia aquel punto donde expira Coro, y lejos de aquí el alto promontorio parece que desciende.
RESUMEN
Los Poetas llegan al borde del séptimo círculo. Asfixiados por el hedor que sube de ese baratro, se detienen detrás de la tumba del Papa Anastasio. Virgilio le explica a Dante la configuración de los círculos infernales. El primero, que es el séptimo, es el círculo de los violentos. Como la violencia puede ser contra los demás, contra uno mismo y contra Dios, el círculo se divide en tres compartimentos, cada uno de los cuales contiene un tipo de violento. El segundo círculo, que es el octavo, es el de los estafadores y está formado por diez círculos concéntricos. El tercero, que es el noveno, está dividido en cuatro compartimentos concéntricos. También le habla de incontinentes y usureros. Luego se trasladan al lugar donde se desciende al precipicio.
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
Quirón y Centauro
La grieta y el Minotauro
1. El sitio por donde empezamos a bajar era un paraje alpestre y, a causa del que allí se hallaba, todas las miradas se apartarían de él con horror. Como aquellas ruinas, cuyo flanco azota el río Adigio, más acá de Trento, producidas por un terremoto o por falta de base, que desde la cima del monte de donde cayeron hasta la llanura, presentan la roca tan hendida, que ningún paso hallaría el que estuviese sobre ellas, así era la bajada de aquel precipicio; y en el borde de la entreabierta sima estaba tendido el monstruo, oprobio de Creta, que fue concebido por una falsa vaca. Cuando nos vio, se mordió a sí mismo, como aquel a quien abrasa la ira. Gritóle entonces mi Sabio:
— ¿Por ventura crees que esté aquí el rey de Atenas, que allá arriba, en el mundo, te dio la muerte? Aléjate, monstruo; que éste no viene amaestrado por tu hermana, sino con el objeto de contemplar vuestras penas.
Como el toro que rompe las ligaduras en el momento de recibir el golpe mortal, que huir no puede, pero salta de un lado a otro, lo mismo hizo el Minotauro; y mi prudente Maestro me gritó:
— Corre hacia el borde; mientras esté furioso, bueno es que desciendas.
Nos encaminamos por aquel derrumbamiento de piedras, que oscilaban por primera vez bajo el peso de mi cuerpo. Iba yo pensativo; por lo cual me dijo:
— Acaso piensas en estas ruinas, defendidas por aquella ira bestial, que he disipado. Quiero, pues, que sepas que la otra vez que bajé al profundo Infierno aún no se habían desprendido estas piedras; pero un poco antes (si no estoy equivocado) de que viniese aquél que arrebató a Dite la gran presa del primer círculo, retembló el impuro valle tan profundamente por todos sus ámbitos, que creí ver al universo sintiendo aquel amor, por el cual otros creyeron que el mundo ha vuelto más de una vez a sumirse en el caos; y entonces fue cuando esa antigua roca se destrozó por tan diversas partes. Pero fija tus miradas en el valle; pues ya estamos cerca del río de sangre, en el cual hierve todo el que por medio de la violencia ha hecho daño a los demás.
¡Oh ciegos deseos! ¡Oh ira desatentada, que nos aguijonea de tal modo en nuestra corta vida, y así nos sumerge en sangre hirviente por toda una eternidad! Vi un ancho foso en forma circular, como la montaña que rodea toda la llanura, según me había dicho mi Guía, y entre el pie de la roca y este foso corrían en fila muchos centauros armados de saetas, del mismo modo que solían ir a cazar por el mundo. Al vernos descender, se detuvieron, y tres de ellos se separaron de la banda, preparando sus arcos y escogiendo antes sus flechas. Uno de ellos gritó desde lejos:
— ¿Qué tormento os está reservado a vosotros los que bajáis por esa cuesta?
Decidlo desde donde estáis, porque si no, disparo mi arco.
Mi Maestro respondió:
— Contestaremos a Quirón, cuando estemos cerca. Tus deseos fueron siempre por desgracia muy impetuosos.
Después me tocó y me dijo:
— Ese es Neso, el que murió por la hermosa Deyanira, y vengó por sí mismo su muerte; el de en medio, que inclina la cabeza sobre el pecho, es el gran Quirón, que educó a Aquiles; el otro es el irascible Foló. Alrededor del foso van a millares, atravesando con sus flechas a toda alma que sale de la sangre más de lo que le permiten sus culpas.
Nos fuimos aproximando a aquellos ágiles monstruos: Quirón cogió una flecha, y con el regatón apartó las barbas hacia detrás de sus quijadas.
Cuando se descubrió la enorme boca, dijo a sus compañeros:
— ¿Habéis observado que el de detrás mueve cuanto toca? Los pies de los muertos no suelen hacer eso.
Y mi buen Maestro, que estaba ya junto a él, y le llegaba al pecho, donde las dos naturalezas se unen, repuso:
— Está en efecto vivo, y yo sólo debo enseñarle el sombrío valle: viene a él por necesidad, y no por distracción. La que me ha encomendado este nuevo oficio, ha cesado por un momento de cantar "aleluya." No es él un ladrón, ni yo un alma criminal. Pero por aquella virtud que dirige mis pasos en un camino tan salvaje, cédeme uno de los tuyos para que nos acompañe, que nos indique un punto vadeable y lleve a éste sobre sus ancas, pues no es espíritu que vaya por el aire.
Quirón se volvió hacia la derecha, y dijo a Neso:
— Ve, guíales; y si tropiezan con algún grupo de los nuestros, haz que les abran paso.
Nos pusimos en marcha, tan fielmente escoltados, hacia lo largo de las orillas de aquella roja espuma, donde lanzaban horribles gritos los ahogados. Los vi sumergidos hasta las cejas, por lo que el gran Centauro dijo:
— Esos son los tiranos, que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran las desapiadadas culpas: aquí está Alejandro, y el feroz Dionisio, que tantos años de dolor hizo sufrir a la Sicilia. Aquella frente que tiene el cabello tan negro es la de Azzolino, y la otra que lo tiene rubio es la de Obezzo de Este, que verdaderamente fue asesinado en el mundo por su hijastro.
Entonces me volví hacia el Poeta, el cual me dijo:
— Sea éste ahora tu primer guía; yo seré el segundo.
Algo más lejos se detuvo el Centauro sobre unos condenados, que parecían sacar fuera de aquel hervidero su cabeza hasta la garganta, y nos mostró una sombra que estaba separada de las demás, diciendo:
Aquél hirió, en recinto sagrado, a un corazón, que aún se ve honrado en las orillas del Támesis.
Después vi otras sombras que sacaban la cabeza fuera del río, y algunas todo el pecho, y reconocí a muchos de ellos. Como la sangre iba disminuyendo poco a poco, hasta no cubrir más que el pie, vadeamos el foso.
— Quiero que creas — me dijo el Centauro — que así como ves disminuir la corriente por esta parte, por la otra es su fondo cada vez mayor, hasta que llega a reunirse en aquel punto donde la tiranía está condenada a gemir. Allí es donde la justicia divina ha arrojado a Atila, que fue su azote en la tierra; a Pirro, a Sexto, y eternamente arranca lágrimas, con el hervor de esa sangre, a Renato de Corneto y a Renato Pazzo, que tanto daño causaron en los caminos.
Dicho esto, se volvió y repasó el vado.
RESUMEN
El Minotauro está de guardia en el séptimo círculo. Una vez vencida su rabia, los Poetas llegan al valle, en cuyo primer compartimento ven un río de sangre hirviente, en el que son castigados los que ejercieron violencia contra la vida o las cosas de los prójimos. Un escuadrón de Centauros camina por el pantano observando a los condenados, defendiéndolos si intentan salir del río de sangre. Algunos de estos centauros tienen la intención de detener a los poetas, pero Virgilio los domina y consigue que uno de ellos los escolte y lleve a Dante en la espalda. En el pasaje el Centauro, que es Nessus, habla de los condenados que sufren dolor en el río de sangre.
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
El suicidio
La selva de los suicidas
1. O había llegado aún Neso a la otra parte, cuando penetramos en un bosque, que no estaba surcado por ningún sendero. El follaje no era verde, sino de un color obscuro; las ramas no eran rectas, sino nudosas y entrelazadas; no había frutas, sino espinas venenosas. No son tan ásperas y espesas las selvas donde moran las fieras, que aborrecen los sitios cultivados entre el Cecina y Corneto. Allí anidan las brutales Arpías, que arrojaron a los Troyanos de las Estrofades con el triste presagio de un mal futuro. Tienen alas anchas, cuellos y rostros humanos, pies con garras, y el vientre cubierto de plumas: subidas en los árboles, lanzan extraños lamentos.
Mi buen Maestro empezó a decirme:
— Antes de avanzar más, debes saber que te encuentras en el segundo recinto, por el cual continuarás hasta que llegues a los terribles arenales. Por tanto, mira con atención; y de este modo verás cosas, que darán testimonio de mis palabras.
Por todas partes oía yo gemidos, sin ver a nadie que los exhalara; por eso me detuve todo atemorizado. Creo que él creyó que yo creía que aquellas voces eran de gente que se ocultaba de nosotros entre la espesura; y así me dijo mi Maestro:
— Si rompes cualquier ramita de una de esas plantas, verás trocarse tus pensamientos.
Entonces extendí la mano hacia delante, cogí una ramita de un gran endrino, y su tronco exclamó:
— ¿Por qué me tronchas?
Inmediatamente se tiñó de sangre, y volvió a exclamar:
— ¿Por qué me desgarras? ¿No tienes ningún sentimiento de piedad? Hombres fuimos, y ahora estamos convertidos en troncos: tu mano debería haber sido más piadosa, aunque fuéramos almas de serpientes.
Cual de verde tizón que, encendido por uno de sus extremos, gotea y chilla por el otro, a causa del aire que le atraviesa, así salían de aquel tronco palabras y sangre juntamente; lo que me hizo dejar caer la rama, y detenerme como hombre acobardado.
— Alma herida — respondió mi Sabio —; si él hubiera podido creer, desde luego, que era verdad lo que ha leído en mis versos, no habría extendido su mano hacia ti: el ser una cosa tan increíble me ha obligado a aconsejarle que hiciese lo que ahora me está pesando. Pero dile quién fuiste, a fin de que, en compensación, renueve tu fama en el mundo, donde le es lícito volver.
El tronco respondió:
— Me halagas tanto con tus dulces palabras, que no puedo callar: no llevéis a mal que me entretenga un poco hablando con vosotros. Yo soy aquél que tuvo las dos llaves del corazón de Federico, manejándolas tan suavemente para cerrar y abrir, que a casi todos aparté de su confianza, habiéndome dedicado con tanta fe a aquel glorioso cargo, que perdí el sueño y la vida. La cortesana que no ha separado nunca del palacio de César sus impúdicos ojos, peste común y vicio de las cortes, inflamó contra mí todos los ánimos, y los inflamados inflamaron a su vez y de tal modo a Augusto, que mis dichosos honores se trocaron en triste duelo. Mi alma, en un arranque de indignación, creyendo librarse del oprobio por medio de la muerte, me hizo injusto contra mí mismo, siendo justo. Os juro, por las tiernas raíces de este leño, que jamás fui desleal a mi señor, tan digno de ser honrado. Y si uno de vosotros vuelve al mundo, restaure en él mi memoria, que yace aún bajo el golpe que le asestó la envidia.
El poeta esperó un momento, y después me dijo:
— Pues que calla, no pierdas el tiempo: habla y pregúntale, si quieres saber más.
Yo le contesté:
— Interrógale tú mismo lo que creas que me interese, pues yo no podría: tanto es lo que me aflige la compasión.
Por lo cual volvió él a empezar de este modo:
— A fin de que este hombre haga generosamente lo que tu súplica reclama, espíritu encarcelado, dígnate aún decirnos cómo se encierra el alma en esos nudosos troncos, y dime además, si puedes, si hay alguna que se desprenda de tales miembros.
Entonces el tronco suspiró, y aquel resoplido se convirtió en esta voz:
— Os contestaré brevemente: cuando el alma feroz sale del cuerpo de donde se ha arrancado ella misma, Minos la envía al séptimo círculo. Cae en la selva, sin que tenga designado sitio fijo, y allí donde la lanza la fortuna, germina cual grano de espelta. Brota primero como un retoño, y luego se convierte en planta silvestre: las Arpías, al devorar sus hojas, le causan dolor, y abren paso por donde ese dolor se exhale. Como las demás almas, iremos a recoger nuestros despojos; pero sin que ninguna de nosotras pueda revestirse con ellos, porque no sería justo volver a tener lo que uno se ha quitado voluntariamente. Los arrastraremos hasta aquí; y en este lúgubre bosque estará cada uno de nuestros cuerpos suspendido en el mismo endrino donde sufre tal tormento su alma.
Prestábamos aún atención a aquel tronco, creyendo que añadiría algo más, cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que siente venir el jabalí y los perros hacia el sitio donde está apostado, que juntamente oye el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y he aquí que aparecen a nuestra izquierda dos infelices, desnudos y lacerados, huyendo tan precipitadamente, que rompían todas las ramas de la selva. El de delante: "¡Acude, acude, muerte!," decía; y el otro, que no corría tanto: "Lano, tus piernas no eran tan ágiles en el combate del Toppo." Y sin duda, faltándole el aliento, hizo un grupo de sí y de un arbusto.
Detrás de ellos estaba la selva llena de perras negras, ávidas y corriendo cual lebreles a quienes quitan su cadena. Empezaron a dar terribles dentelladas a aquél que se ocultó, y después de despedazarle, se llevaron sus miembros palpitantes. Mi Guía me tomó entonces de la mano, y llevóme hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus sangrientas heridas:
— ¡Oh, Jacobo de San Andrés! — decía —. ¿De qué te ha servido tomarme por refugio? ¿Tengo yo la culpa de tu vida criminal?
Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:
— ¿Quién fuiste tú que por tantas ramas rotas exhalas con tu sangre tan quejumbrosas palabras?
A lo que contestó:
— ¡Oh, almas, que habéis venido a contemplar el lamentable estrago que me ha separado así de mis hojas!, recogedlas al pie del triste arbusto. Yo fui de la ciudad que cambió su primer patrón por San Juan Bautista; por cuya razón aquél la contristará siempre con su terrible arte: y a no ser porque en el puente del Arno se conserva todavía alguna imagen suya, fuera en vano todo el trabajo de aquellos ciudadanos que la reedificaron sobre las cenizas que de ella dejó Atila. Yo de mi casa hice mi propia horca.
RESUMEN
Los dos Poetas entran en el segundo compartimiento, donde son castigados los que se violentan a sí mismos y los que despilfarran sus propios bienes. Los primeros se transforman en árboles, cuyas hojas negras desgarran las Arpías; los otros son perseguidos por perros hambrientos que los destrozan. Dante conoce a Pedro des Vignes, de quien escucha las razones por las que se suicidó y las leyes divinas sobre los suicidios. Luego ve a Lano de Senense ya Jacob de Sant'Andréa de Padua. Finalmente, se entera de un suicidio florentino, cuál es la causa de los males de su país.
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
Capaneo
La llanura ardiente
1. Enternecido por el amor patrio, reuní las hojas dispersas, y las devolví a aquel que ya se había callado. Desde allí nos dirigimos al punto en que se divide el segundo recinto del tercero, y donde se ve el terrible poder de la justicia divina.
Para explicar mejor las cosas nuevas que allí vi, diré que llegamos a un arenal, que rechaza toda planta de su superficie.
La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, así como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de una arena tan árida y espesa, como la que oprimieron los pies de Catón en otro tiempo. ¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe temerte todo aquél que lea lo que se presentó a mis ojos!
Vi numerosos grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecían cumplir sentencias diversas. Unas yacían de espaldas sobre el suelo; otras estaban sentadas en confuso montón; otras andaban continuamente. Las que daban la vuelta al círculo eran más numerosas, y en menor número las que yacían para sufrir algún tormento; pero éstas tenían la lengua más suelta para quejarse. Llovían lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve que en los Alpes caen cuando no sopla el viento.
Así como Alejandro vio en las ardientes comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado estaba, así descendía el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente renovadas. Yo empecé a decir:
— Maestro, tú que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime, ¿Quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y yace tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?
Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:
— Tal cual fui en vida, soy después de muerto. Aun cuando Júpiter cansara a su herrero, de quien tomó en su cólera el agudo rayo que me hirió el último día de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a todos los negros obreros del Mongibelo, gritando: "Ayúdame, ayúdame, buen Vulcano," según hizo en el combate de Flegra, y me asaeteara con todas sus fuerzas, no lograría vengarse de mí cumplidamente.
Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo lo había oído expresarse de aquel modo:
— ¡Oh! Capaneo, si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia.
Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:
— Ese fue uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas; despreció a Dios, y aun parece seguir despreciándole, sin que se note que le ruegue; pero, como le he dicho, su mismo despecho es el más digno premio debido a su corazón.
Ahora, sígueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada arena; camina siempre arrimado al bosque.
Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un riachuelo, cuyo rojo color aún me horripila. Cual sale del Bulicame el arroyo, cuyas aguas se reparten las pecadoras, así corría aquel riachuelo por la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados, por lo que pensé que por ellas debía andar.
— Entre todas las cosas que te he enseñado, desde que entramos por la puerta en cuyo umbral puede detenerse cualquiera, tus ojos no han visto otra tan notable como esa corriente, que amortigua todas las llamas.
Tales fueron las palabras de mi Guía; por lo que le supliqué se explicase más claramente, ya que había excitado mi curiosidad.
— En medio del mar existe un país arruinado — me dijo entonces —, que se llama Creta, y tuvo un rey, bajo cuyo imperio el mundo fue virtuoso: en él hay un monte, llamado Ida, que en otro tiempo fue delicioso por sus aguas y su frondosidad, y hoy está desierto, como todas las cosas antiguas. Rea lo escogió por cuna segura de su hijo; y para ocultarlo mejor, cuando lloraba, hacía que se produjesen grandes ruidos. En el interior del monte se mantiene en pie un gran anciano, que está de espaldas hacia Damieta, con la mirada fija en Roma como en un espejo. Su cabeza es formada de oro fino, y de plata pura son los brazos y el pecho; después es de bronce hasta la entrepierna, y de allí para abajo, es todo de hierro escogido, excepto el pie derecho, que es de barro cocido, y se afirma sobre éste más que sobre el otro. Cada parte, menos la formada de oro, está surcada por una hendedura que mana lágrimas, las cuales, reunidas, agujeran aquel monte. Su curso se dirige hacia este valle, de roca en roca, formando el Aqueronte, la Estigia y el Flegetón; después descienden por este estrecho conducto, hasta el punto donde no se puede bajar más, y allí forman el Cocito: ya verás lo que es este lago; por eso no te lo describo ahora.
Yo le contesté:
— Si ese riachuelo se deriva así de nuestro mundo, ¿por qué se deja ver únicamente al margen de este bosque?
Y él a mí:
— Tú sabes que este lugar es redondo, y aunque hayas andado mucho, descendiendo siempre al fondo por la izquierda, no has dado aún la vuelta a todo el círculo; por lo cual, si se te aparece alguna cosa nueva, no debe pintarse la admiración en tu rostro.
Le repliqué:
— Maestro, ¿dónde están el Flegetón y el Leteo? Del uno no dices nada, y del otro sólo me dices que lo origina esa lluvia de lágrimas.
— Me agradan todas tus preguntas — contestó —: pero el hervor de esa agua roja debiera haberte servido de contestación a una de ellas. Verás el Leteo; pero fuera de este abismo, allá donde van las almas a lavarse, cuando, arrepentidas de sus culpas, les son perdonadas.
Después añadió:
— Ya es tiempo de que nos apartemos de este bosque; procura venir detrás de mí: sus márgenes nos ofrecen un camino; pues no son ardientes, y sobre ellas se extinguen todas las brasas.
RESUMEN
El tercer compartimento al que llegan ahora los Poetas es un campo de arena ardiente, asolado por grandes llamas de fuego. Hay quienes son violentos contra Dios, contra la naturaleza y contra el arte. Entre los primeros está Capaneo, que desafía a Dios. A continuación, Dante y Virgilio llegan a un torrente sanguíneo. De este y de los otros ríos del Infierno, Virgílio narra el misterioso origen.
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
Brunetto Latini
Los sodomitas
1. Nos pusimos en marcha siguiendo una de aquellas orillas petrificadas: el vapor del arroyuelo formaba sobre él una niebla, que preservaba del fuego las ondas y los ribazos. Así como los flamencos que habitan entre Gante y Brujas, temiendo al mar que avanza hacia ellos, levantan diques para contenerle; o como los Paduanos lo hacen a lo largo del Brenta para defender sus ciudades y castillos, antes que el Chiarentana sienta el calor, de un modo semejante eran formados aquellos ribazos; pero su constructor, quienquiera que fuese, no los había hecho tan altos ni tan gruesos.
Nos hallábamos ya tan lejos de la selva, que no me habría sido posible descubrirla, por más que volviese atrás la vista, cuando encontramos una legión de almas, que venía a lo largo del ribazo: cada cual de ellas me miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos a la escasa luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las pestañas, como hace un sastre viejo para enfilar la aguja.
Examinado de este modo por aquellas almas, fui conocido por una de ellas, que me cogió el vestido, exclamando:
— ¡Qué maravilla!
Y yo, mientras me tendía los brazos, miré atentamente su abrasado rostro, de tal modo que, a pesar de estar desfigurado, no me fue imposible conocerle a mi vez; e inclinando hacia su faz la mía contesté:
— ¿Vos aquí, "ser" Brunetto?
Y él repuso:
— ¡Oh hijo mío!, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrás contigo, y deja que se adelanten las demás almas.
Yo le dije:
— Os lo ruego cuanto me es posible; y si queréis que nos sentemos, lo haré, si así le place a éste con quien voy.
— ¡Oh hijo mío! — replicó —; cualquiera de nosotros que se detenga un momento, queda después cien años sufriendo esta lluvia, sin poder esquivar el fuego que le abrasa. Así, pues, sigue adelante; yo caminaré a tu lado, y luego me reuniré a mi mesnada, que va llorando sus eternos tormentos.
No me atreví a bajar del ribazo por donde iba para nivelarme con él; pero tenía la cabeza inclinada, en actitud respetuosa. Empezó de este modo:
— ¿Cuál es la suerte o el destino que te trae aquí abajo antes de tu última hora? ¿Y quién es ése que te enseña el camino?
— Allá arriba, en la vida serena — le respondí —, me extravié en un valle antes de haberse llenado mi edad. Pero ayer de mañana le volví la espalda; y cuando retrocedía otra vez hacia él, se me apareció ése, y me volvió al verdadero camino por esta vía.
A lo que me contestó:
— Si sigues tu estrella, no puedes menos de llegar a glorioso puerto, dado que yo en el mundo predijera bien tu destino. Y a no haber muerto tan pronto, viendo que el cielo te era tan favorable, te habría dado alientos para proseguir tu obra. Pero aquel pueblo ingrato y malo, que en otro tiempo descendió de Fiésole, y que aún conserva algo de la aspereza de sus montañas y de sus rocas, será tu enemigo, por lo mismo que prodigarás el bien; lo cual es natural, pues no conviene que madure el dulce higo entre ásperos serbales.
Una antigua fama les da en el mundo el nombre de ciegos; raza avara, envidiosa y soberbia: ¡que sus malas costumbres no te manchen nunca! La fortuna te reserva tanto honor, que los dos partidos anhelarán poseerte; pero la hierba estará lejos del pico. Hagan las bestias fiesolanas forraje de sus mismos cuerpos, y no puedan tocar a la planta, si es que todavía sale alguna de entre su estiércol, en la que reviva la santa semilla de aquellos romanos que quedaron después de construido aquel nido de perversidad.
— Si todos mis deseos se hubiesen realizado — le respondí —, no estaríais vos fuera de la humana naturaleza; porque tengo siempre fija en mi mente, y ahora me contrista verla así, vuestra querida, buena y paternal imagen, cuando me enseñabais en el mundo cómo el hombre se inmortaliza: me creo, pues, en el deber, mientras viva, de patentizar con mis palabras el agradecimiento que os profeso. Conservo grabado en la memoria cuanto me referís acerca de mi destino, para hacerlo explicar con otro texto por una Dama que lo sabrá hacer, si consigo llegar hasta ella. Solamente deseo manifestaros que estoy dispuesto a correr todos los azares de la Fortuna con tal que mi conciencia no me remuerda nada. No es la vez primera que he oído semejante predicción; y así, mueva su rueda la Fortuna como le plazca, y el campesino su azada.
Entonces mi Maestro se volvió hacia la derecha, me miró, y después me dijo:
— Bien escucha quien bien retiene.
No por eso dejé de seguir hablando con "ser" Brunetto; y preguntándole quiénes eran sus más notables y eminentes compañeros, me contestó:
— Bueno es que conozcan los nombres de algunos de ellos: con respecto a los otros, vale más callar; que para tanta conversación el tiempo es corto. Sabe, pues, que todos ellos fueron clérigos y literatos de gran fama, y el mismo pecado los contaminó a todos en el mundo. Con aquella turba desolada va Prisciano, como también Francisco de Accorso; y si desearas conocer a tan inmunda caterva, podrías ver a aquel que por el Siervo de los siervos de Dios fue trasladado del Arno al Bacchiglione, donde dejó sus mal extendidos miembros. Más te diría; pero no puedo avanzar ni hablar más, porque ya veo salir nuevo humo de la arena. Vienen almas con las cuales no debo estar. Te recomiendo mi "Tesoro," en el que aún vive mi memoria, y no pido nada más.
Después se volvió con los otros, del mismo modo que los que, en la campiña de Verona, disputan a la carrera el palio verde, pareciéndose en el correr a los que vencen y no a los vencidos.
RESUMEN
Persiguiendo a los Poetas, se encuentran con un grupo de violentos contra natura. Entre ellos está Brunetto Latini, quien reconoce al discípulo y le pide que se acerque a él para hablar. Hablan de Florencia y de las desgracias que le esperan a Dante. Brunetto le da al poeta algunas noticias sobre las almas que están enojadas con él y huye para unirse a ellas.
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
Los textos e imágenes que se muestran en esta web se acogen al derecho de cita con fines didácticos, que pretenden fomentar el conocimiento de las obras y tienen como único objetivo el análisis, comentario o juicio crítico de las mismas.