Henrietta Elizabeth Marshall
Transcurrieron los días hasta que llegó el de año nuevo. Todo estaba preparado para el movimiento. Los suizos sabían perfectamente que, para alcanzar el éxito, era preciso apoderarse de todos los castillos que ocupaban los austriacos, de manera que sus primeros esfuerzos fueron encaminados a conseguir este resultado.
En Unterwalden existía un castillo llamado de Rossberg. Las murallas eran altas y muy gruesas y las puertas en extremo recias. Tomarla por la fuerza parecía cosa imposible.
Entre los criados del castillo había una linda muchacha llamada Anneli . Tenía ojos muy risueños y cabello dorado, cuyas trenzas le llegaban hasta más abajo de la cintura. A pesar de las tristes circunstancias por que atravesaba Suiza, estaba siempre de humor inmejorable.
Todo el mundo la quería, pero su preferido era un pastor llamado Joggeli, con quien estaba prometida.
Este era uno de los que habían asistido a la reunión de Rütli en donde, como los demás, juró libertar a Suiza de la tiranía de los austriacos Muchas veces iba al castillo a visitar a Anneli, y como sabía que la muchacha amaba mucho a su patria, le confió que se trataba de conquistar la libertad de Suiza. Anneli, al saberlo, exclamó llena de entusiasmo:
— ¡Oh, si yo fuera hombre también querría combatir! ¡No sabes, Joggeli, cuánto los odio!
Una noche mientras los dos estaban conversando, el joven la dijo:
— Si quieres puedes ayudarnos mucho, querida Anneli.
— ¿Cómo?— preguntó ella mientras en sus ojos se advertía el entusiasmo más vivo. Joggeli se inclinó, murmurando a su oído algunas palabras que pusieron aún más contenta a la muchacha.
— ¡Oh, Joggeli!— dijo— ¿Crees que podré ayudaros?
— Sí, sí mucho— repuso el joven— tanto, que nada podremos hacer sin ti. ¿Serás valiente?
— Sí— repuso la joven— no tendré miedo. Me enorgullece seros útil.
Desde entonces los ojos de Anneli parecieron más alegres que nunca. Todo el día lo pasaba cantando, gozosa al pensar que iba a contribuir en gran parte a la liberación de su patria.
Una tarde, cuando Joggeli llegó al castillo, sacó del interior de su chaqueta un gran rollo de cuerda que llevaba escondido. Anneli lo tomó, guardándolo muy cuidadosamente.
Desde entonces, cada día Joggeli fué llevando consigo más rollos de cuerda, que Anneli unía entre sí por medio de fuerte nudo y luego los ocultaba con el mayor cuidado.
La víspera de año nuevo, Anneli estaba sola en su habitación, apoyada en la ventana, observando la muralla del castillo y escuchando atentamente. No tenía ninguna luz encendida. Todo en la reducida habitación estaba quieto y tranquilo. En el castillo fueron cesando uno tras otro los ruidos y a poco todos sus habitantes dormían, excepción hecha de Anneli y de los dos centinelas que guardaban la entrada. Dieron las doce. Después de la última campanada, Anneli buscó el rollo de cuerda y abrió la ventana. Luego ató fuertemente un cabo de la cuerda al barrote que dividía la ventana en dos. Entonces se puso a escuchar y esperó. Por fin oyó, hacia el pie del muro, débil ruido y en voz baja llamó:
— ¡Joggeli!
— ¡Anneli!— contestaron.— Todo va bien.
En seguida la joven soltó la cuerda a lo largo de la muralla.
Anneli era valiente, pero se puso pálida y temblorosa mientras aguardaba la llegada de su prometido.— ¿Y si se rompía la cuerda? ¿Y si la barra de hierro cedía?— se preguntaba asustada.
Sin embargo, antes de dos minutos, Joggeli apareció en la ventana, y agarrándose al barrote de hierro, penetró en la habitación.
— ¡Bravo, hermosa mía!— exclamó besando la mano de la joven. Y volviéndose hacia la ventana hizo una seña a los de abajo. No habría transcurrido otro minuto, cuando apareció un hombre y luego otro y así sucesivamente, hasta que veinte hombres se hallaron en la habitación.
— ¿Estáis prontos, muchachos?— Preguntó Joggeli en voz baja.
— Sí— contestaron los demás del mismo modo.
Entonces, a un signo de Joggeli, la joven abrió la puerta, y seguida por los veinte hombres, bajó larga escalera y los condujo sin rodeos al interior de la gran puerta del castillo, donde debían vigilar dos soldados austriacos, que a la sazón dormían profundamente.
Los suizos se arrojaron sobre ellos y los ataron perfectamente antes de que pudieran dar un grito.
Dejando a dos hombres para que guardaran la puerta, los demás se encaminaron, guiados por Anneli, a la habitación en que dormía el capitán, quien fue tratado de la misma suerte que sus dos soldados, y, en muy poco tiempo, sin haber derramado una sola gota de sangre, fueron dueños del castillo.
Abrieron los calabozos que había en las torres, libertaron a los presos y, para no dejar mucho tiempo vacías las mazmorras, encerraron en ellas a los soldados austriacos. Los suizos guardaron el castillo de manera que, nadie, ni mujeres ni niños, pudieron escapar a llevar noticias de lo ocurrido. Pero los vencedores, sobre la torre más alta encendieron una hoguera, para comunicar a Schwytz y a Uri que el castillo de Rossberg había sido tomado.
Landenberg habitaba un castillo llamado Sarnen. En la mañana de año nuevo salió de él lujosamente vestido y acompañado de su séquito de soldados y servidores en dirección a la iglesia. Cuando atravesaba la puerta, halló buen número de campesinos que pretendían entrar. Algunos llevaban ovejas, otros haces de trigo, orzas llenas de manteca, queso y huevos.
— ¿Quiénes son éstos ?— preguntó Landenberg deteniéndose a mirarlos.
— Son campesinos que vienen a traer los regalos de año nuevo a Vuestra Señoría—contestó un soldado.
Landenberg escudriñó con la mirada a los campesinos para ver si alguno de ellos iba armado, porque estaba prohibido entrar con armas en la morada del Gobernador; pero viendo que sólo algunos llevaban garrotes, dijo:
— Acompañadlos a que dejen sus presentes en el castillo.— Y siguió su camino hacia la iglesia.
Gracias a esta orden se les permitió la entrada; más ,tan pronto hubieron atravesado las puertas, cada uno de ellos sacó de su traje un cuchillo, que llevaban oculto, y lo fijaron en un extremo del garrote. Arnaldo de Melchthal, que los capitaneaba, se llevó un cuerno a los labios y dio un vigoroso toque. Al oírlo, treinta hombres que estaban ocultos cerca de las murallas del castillo se precipitaron a él uniéndose a sus camaradas. Todos juntos cayeron sobre los soldados austriacos con quienes entablaron lucha feroz. Al fin los suizos consiguieron la victoria. Todos los austríacos fueron hechos prisioneros y en breve el castillo ardió por todos lados.
Landenberg estaba arrodillado en la iglesia, llena de mujeres que pedían a Dios la victoria de sus padres, hermanos y maridos. De pronto, se oyó desde allí el lejano sonido de un cuerno. Landenberg se sobresaltó un poco, sin saber por qué. El sacerdote lo había oído también y se detuvo un momento. Luego continuó la lectura del Evangelio; pero en su voz hubiera podido advertirse extraña expresión de contento, pues sabía muy bien el significado de aquel sonido.
Pocos momentos después, la puerta de la iglesia se abrió empujada bruscamente, dando paso a un soldado austriaco, pálido, sin aliento y manchado de sangre.
— ¡Huid, señor, huid!— gritó.— Los suizos han tomado el castillo y ahora está ardiendo.
— ¿Qué simplezas dices?— repuso Landenberg.— Los suizos no son rebeldes. ¿Estás borracho tan temprano?
— Es la pura verdad señor— insistió el soldado.— Es muy cierto, lo juro. Escuchad, desde aquí podréis oír sus gritos.
Mientras el hombre hablaba, y gracias al silencio que guardaban todos los fieles, a través de la puerta se podían oír, en efecto, los gritos del pueblo y el ruido de las murallas al desplomarse minadas por el incendio.
Landenberg, comprendiendo que eran ciertas las noticias, se puso pálido y se volvió como si quisiera huir.
— No es posible ir al castillo, señor,— dijo el soldado que llevara las tristes nuevas. Todos los pasos están guardados. Lo mejor es ir a la montaña. Si queréis os acompañaré; conozco un sendero algo escabroso por el cual podremos salvarnos.
— Guía, pues; ya te sigo.— dijo Landenberg. Ya la cabeza de sus soldados y criados, emprendió la fuga.
Mas al llegar al sendero, lo hallaron lleno de nieve y tan intransitable, que a pesar del peligro de retroceder, tuvieron que hacerlo.
El despótico tirano del día anterior, huía por la montaña como fiera perseguida por el cazador. Muertos de hambre y de frio, él y sus acompañantes se veían obligados a ocultarse durante el día y a caminar por la noche. Sin embargo, lo cierto era que muy poco debían temer. Los suizos sabían perfectamente los lugares que recorrían y sin esfuerzo alguno los hubieron podido prender y condenar a muerte; pero no lo hicieron, porque anhelaban la libertad, no la venganza.
Por fin Landenberg cayó prisionero y fue conducido ante Enrique y Arnaldo de Melchthal. Este odiaba Landenberg por la crueldad con que había tratado a su anciano padre.
— Dejaste ciego a mi padre— dijo— y ahora vas a pagarlo.
Landenberg, que era tan cobarde como malo, temblando de miedo se arrodilló ante Arnaldo y le pidió perdón muy humildemente. Enrique tenía buen corazón; se apiadó del tirano caído y lo dejó en libertad; pero antes le hizo jurar que saldría de Suiza y que no regresaría jamás. Landenberg juró sin oponer la menor resistencia. Entonces él y sus servidores, guardados por soldados suizos, fueron conducidos a la frontera y allí se les dejó en libertad. Contentos con haber salvado la vida, abandonaron deprisa aquel lugar, encaminándose hacia Austria, donde se presentaron ante su señor, el Emperador Alberto.
En el día de año nuevo fueron tomados y arrasados todos los castillos que estaban en poder de los austriacos. Hasta el castillo de Uri que estaba ya terminado completamente, fue destruido. Y en cuanto tomaban un castillo, en la torre más alta encendían una hoguera como señal, para transmitir a lo lejos la victoria obtenida.
El primer esfuerzo en favor de la libertad había tenido completo éxito. Pero, en su alegría, los suizos fueron compasivos. Ninguno de los capitanes austriacos y tan sólo algunos soldados perdieron la vida. Únicamente los hicieron prisioneros y se los expulsó del país.
Una semana después de la toma de los castillos, los Confederados se reunieron de nuevo en Rütli pero entonces no tuvieron necesidad de hacerlo de noche y con sigilo, porque como ya no había en el país ningún austriaco, no tenían nada que temer. Sin embargo, comprendieron que, a pesar de haber hecho grandes cosas, la lucha no estaba terminada. Había certidumbre de que el Emperador, cuando supiera lo ocurrido, se irritaría mucho e iría a Suiza a combatirlos. Así, pues, se juramentaron de nuevo solemnemente, prometiendo que durante los diez años venideros se auxiliarían mutuamente y combatirían cada uno por todos.
El Emperador había querido tratar tan mal a los suizos a fin de que se rebelaran, y tener así pretexto para conquistarlos. Mas cuando a él llegaron las nuevas de lo sucedido, y se enteró de que no habían matado a ningún austriaco, contentándose tan sólo con expulsarlos de Suiza, se irritó de modo indecible: con tanto mayor motivo, cuanto que, ocupadísimo en guerras contra Austria, no tenía soldados para la conquista de Suiza.
De esta manera los suizos fueron dejados en paz, y tuvieron tiempo para prepararse a la lucha que se aproximaba.
El Emperador era odiado por muchos pueblos además del suizo. Era tan malo y cruel que realmente merecía esta animadversión de sus vasallos.
Entre los que más le odiaban estaba el Duque Juan, sobrino suyo. El padre de éste había muerto cuando el Duque era niño aún, y su tío Alberto fue encargado de ejercer la tutoría, administrándole sus bienes. Cuando el Duque Juan llegó a la edad de veinte años pretendió gobernar por sí mismo sus tierras y su fortuna. El Emperador era muy avaro, y no quiso devolverle la herencia que cada día le reclamaba el Duque.
— Todavía no tenéis bastantes años— le contestaba el Emperador.
Pero esta respuesta irritaba al joven, mucho más al ver que sus primos, los hijos del Emperador, con ser más jóvenes que él, gobernaban ya sus dominios y eran tratados como grandes príncipes.
Por fin el Emperador terminó la guerra en Austria y se preparó a combatir a los suizos. Mientras reunía su ejército, acudieron a su castillo algunos amigos suyos para aconsejarle los mejores medios de conquistar Suiza. Entre ellos fue también el Duque Juan.
El último día de abril de aquel año, el Emperador y su sobrino, el Duque Juan, cabalgando en hermosos caballos, atravesaban un bosque. El cielo estaba azul, los pájaros cantaban alegremente, la naturaleza risueña y hermosa comunicaba a todos los seres su alegría.
— Dejadme gobernar mi ducado, tío —dijo el Duque Juan.— Ya es tiempo de que la corona ducal sea colocada en mis sienes.
— Sois un niño— repuso el Emperador.— Sois demasiado joven para gobernar.
— No soy más joven que mis primos— repuso Juan amargamente— y ya les habéis dado coronas y reinos.
— ¡Oh! —exclamó el Emperador— ¿también queréis una corona?
Y deteniendo su caballo, se inclinó para desgajar una rama de un árbol contiguo. La torció en forma de corona y riendo la entregó a su sobrino.
— Esta— dijo— es una corona bastante buena para vos.
El Duque Juan, irritado, arrojó la rama al suelo. Estaba lívido de rabia.
— Os habéis burlado miserablemente— dijo; pero desde hoy entre vos y yo sólo habrá odio y guerra sin cuartel. No os reclamaré más mi ducado y clavando las espuelas en su caballo, se alejó.
— Es un asno —dijo riendo el Emperador— ¿en qué podrá perjudicarme?
Aquella misma noche el Duque Juan habló detenidamente con sus amigos. Sólo existía un medio para conquistar su herencia. Como su tío no quería dársela, era preciso matarlo.
Al día siguiente el Emperador iba por el campo con su séquito de soldados y criados. Era el primer día de mayo y en todas partes reinaba general regocijo. El Emperador, en compañía de un amigo, iba delante, a mucha distancia de sus acompañantes. Llegaron a un puente que atravesaba un río, y mientras lo cruzaban divisaron al Duque Juan que venía en dirección contraria. En su mano llevaba una espada desnuda que brillaba a la luz del sol.
— Voy a recompensaros de vuestras burlas— dijo al aproximarse;— ahora os veréis obligado a cederme mis dominios .
Y antes de que el Emperador adivinara lo que iba a hacer, el Duque Juan le atravesó el pecho con su espada. Los dos amigos del Duque Juan también atacaron al soberano; uno le dio un golpe en la cabeza y el otro le hundió su espada en el cuerpo. Alberto cayó al suelo, y el caballero que le acompañaba, temiendo por su vida, emprendió la fuga.
El Duque Juan y sus amigos, asustados por la criminal acción que acababan de cometer, huyeron también dejando al mal herido Emperador tendido en tierra. Allí le halló una pobre mendiga, y teniendo lástima de él, hizo cuanto pudo para auxiliarlo, pero nada pudo salvarle la vida. Así murió aquel Emperador tan poderoso; en un puente, y en los brazos de una pordiosera.
Al huir, el Duque se encaminó a Suiza; pero sus habitantes al enterarse del crimen no quisieron darle hospitalidad. No hemos combatido contra el Emperador,— dijeron— tan sólo hemos expulsado a los austriacos.
De esta suerte las puertas de las ciudades suizas se cerraron para el Duque Juan. Las de Zürich, población importante de Suiza, habían permanecido abiertas durante veinte años, de manera que los goznes se resistían a girar; pero sus habitantes querían demostrar fidelidad al Imperio, y empleando toda su fuerza consiguieron cerrarlas, aun cuando, al hacerlo, los goznes gimieron como si se quejaran.
Pero si los suizos no quisieron albergar al Duque Juan, tampoco quisieron castigarlo ni prenderlo.
— No queremos vengar al Emperador, que no fue bueno para nosotros— dijeron.
— Tampoco hemos de castigar al Duque Juan, que ningún mal nos ha hecho nunca. No tenemos nada que ver con su crimen. Nosotros sólo deseamos paz y libertad.
Durante dos años el Duque Juan anduvo errante por varios lugares disfrazado de monje, hasta que por fin se encaminó a Italia, en donde se dice que murió solo y miserable.
Después del asesinato de Alberto, los Príncipes eligieron otro Emperador, llamado Enrique. No era ningún príncipe de Austria y fue bueno para los suizos. Les dio cartas confirmando su libertad, asegurándoles que Austria no tenía ningún poder sobre ellos, y que tan sólo debían obediencia al Emperador y no a los príncipes de aquella nación.
Por algún tiempo los suizos gozaron de paz, pero cuando murió el Emperador Enrique, el Duque de Austria, llamado Leopoldo, trató de que los Príncipes lo eligieran Emperador. Mas como Alberto había sido tan odiado por todos, los Príncipes no quisieron elegir a otro austriaco, lo cual dio grande alegría a los suizos, pues temían depender nuevamente de Austria. El nuevo Emperador se llamaba Luis y también fue bondadoso para los suizos, como Enrique lo había sido y les dio nuevas cartas, confirmando que eran un pueblo libre.
El Duque Leopoldo de Austria se irritó mucho al ver que no le habían designado, y ello contribuyó a que aumentara el odio que ya sentía contra los suizos. Como el Duque Alberto, resolvió combatirlos y conquistarlos.
— ¡Miserables campesinos!— exclamó.— ¡Voy a aplastaros bajo mis pies!
Reunió, pues, su ejército y emprendió el camino hacia Schwytz, que se proponía conquistar antes que ningún otro cantón. Estaba tan seguro de la victoria, que, con los bagajes, llevó gran cantidad de cuerdas para atar a los prisioneros.
Pero en cuanto los suizos se enteraron de la proximidad de Leopoldo, se prepararon para el combate, fortificando sus ciudades lo mejor que les fue posible, y vigilando día y noche la llegada del ejército.
El Duque Leopoldo era hombre fiero y terrible, más también de facciones muy hermosas y elevada estatura. Tenía majestuoso aspecto, cuando cubierto con su armadura, iba al frente de sus tropas. En pos de él marchaban los caballeros más famosos de Austria, capitaneando a veinte mil soldados, excelentemente equipados y cubiertos con brillantes armaduras.
Y aquel gran ejército marchaba a la conquista de un pueblo defendido tan sólo por seiscientos campesinos. El resultado no parecía dudoso. Sin embargo, el Duque Leopoldo ignoraba lo que aquel puñado de hombres era capaz de hacer, combatiendo por la libertad de su patria.
Cuando los hombres de Schwytz supieron que el ejército del Duque estaba cerca, mandaron mensajes a Uri y Unterwalden pidiendo ayuda. No la solicitaron en vano, porque el 14 de Noviembre, a la puesta del sol, llegaron cuatrocientos hombres de Uri, mandados por Tell y Walter Fürst.
A media noche se congregaron todos alrededor de las hogueras de los puestos de guardia, y Arnaldo de Melchthal llegó de Underwalten al mando de trescientos hombres más. El ejército entero de los defensores, ascendía entonces a la cifra de mil trescientos hombres.
Los jefes celebraron consejo de guerra.
— Hermanos— dijo Stauffacher— una vez más nos hemos reunido para combatir contra Austria, y con la ayuda de Dios obtendremos nuevamente la victoria. Aun entre los mismos austriacos contamos con amigos. Ayer tiraron esta flecha a nuestro campamento— dijo mostrándola, para que todos pudieran verla.— Atado al extremo posterior hay, como veis, un pedazo de pergamino en el cual están escritas las palabras «Atención a Morgarten». Esto es, sin duda, un aviso.
— ¿Y qué significará ?— preguntaron algunos.
— ¿Estáis seguro de que quien la tiró, no es un traidor, en vez de amigo?
— Conozco el carácter de la letra. Sin duda procede de un amigo.
— ¿Quién es?
— Esta letra es del conde Enrique de Huneberg, que, a pesar de ser austriaco, es nuestro amigo.
— En efecto,— dijeron unos cuantos— podemos confiar en él, porque es justo y bueno.
Entonces se levantó un hombre ya muy anciano, y, en cuanto los demás comprendieron que deseaba hablar, guardaron profundo silencio. Estaba tan débil y la piel de su faz tan arrugada, que a las claras se veía que no se encontraba allí en calidad de combatiente, pues apenas lo sostenían sus piernas; pero, a juzgar por la atención que le prestaban todos, se hubiera advertido que era hombre de buen consejo. Además, amaba a su país, y esto unido a la prudencia de sus años, justificaba el que todos oyeran y siguieran gustosos sus indicaciones.
— Esta carta es el aviso de un amigo— dijo el anciano— y significa que es preciso ocupar las alturas de Morgarten. El Duque Leopoldo conducirá su ejército a través del valle que corre al pie de la montaña de Morgarten. Cuando sus caballeros y soldados se hallen metidos en la especie de callejón que allí se forma entre la montaña y el lago, estarán en absoluto a nuestra merced. Entonces los atacáis desde arriba y no podrán escapar.
Los jefes resolvieron seguir su consejo y en cuanto estuvo dispuesto todo para la próxima batalla, se echaron para dormir hasta la aurora; mas apenas se habían tendido, cuando el rumor de pasos que se acercaban les hizo incorporarse de nuevo.
— ¿Quién vive ?— gritó el centinela.
— Amigos— contestaron. — Queremos hablar con los jefes del ejército.
A través de las sombras de la noche, se podían ver siluetas de unos cuantos hombres.
Pronto fueron rodeados y sus jefes conducidos ante Guillermo Tell y los demás capitanes.
— ¿Quiénes sois y qué queréis ?— preguntóles Tell.
— Somos proscritos — contestaron. — Por nuestra mala conducta nos han desterrado del país; pero estamos arrepentidos de nuestras pasadas acciones y venimos a suplicar que se nos conceda la ocasión de recuperar honrosamente el lugar que hemos perdido entre vosotros. Somos cincuenta y ofrecemos nuestras vidas para combatir contra el enemigo. Permitidnos ser los primeros en atacar a los austriacos, pues tenemos deseos de morir por nuestra patria.
— Alejaos un poco — dijo Tell— hasta que resolvamos sobre vuestra petición. — ¿Qué os parece ?— preguntó a sus amigos en cuanto los proscritos se hubieron retirado.
— No pueden combatir con nosotros— respondieron.— No tenemos confianza en ellos.
Se comunicó tal respuesta a los proscritos y se les mandó que se retiraran.
Los hombres lo hicieron tristes y cariacontecidos al ver que no se les permitía combatir con los confederados. Se marcharon, pues, pero sin alejarse del campamento. A poca distancia de éste, una masa de peñas avanzaba hacia profundo precipicio. Allí acamparon en espera del enemigo, pues aun cuando no se les había permitido combatir con el ejército, estaban decididos a pelear por su patria. No disponían de armas de ninguna clase, pero se valdrían de cualquier medio para realizar su objeto.
Pronto la luz de la aurora empezó a teñir de rojo los nevados picos de las montañas. El ejército de los suizos estaba ya preparado y en orden de combate. Llevaban casi todos sencillas armaduras, y, además de sus ballestas y flechas, su arma principal, la «Estrella de la mañana». Así llamaban a una pesada maza, cuya cabeza erizada por completo de agudas puntas de hierro le daba aspecto de estrella, y, a pesar de tan poético nombre, era en verdad arma temible.
Cuando los suizos estuvieron prestos para la batalla, se arrodillaron todos, como acostumbraban, rogando a Dios, su único Señor, que los ayudara en aquel trance.
— Señor, Dios del cielo y de la tierra, mira la humildad con que te imploramos para conseguir la libertad de nuestra patria. Demuestra que no desamparas a los que en Ti creen, y que humillas a los que sólo confían en sí mismos y fundan su gloria en su propio esfuerzo.
Después de esta oración se levantaron en espera del ataque del enemigo.
No aguardaron mucho rato. Los primeros rayos del sol invernal cayeron sobre los yelmos, corazas, escudos brillantes y desnudas espadas de los austriacos. A lo lejos, hasta donde alcanzaba la vista, el valle estaba repleto de muchedumbre de hombres y caballos, que se movían despacio, con las banderas y estandartes flotando al viento.
Nunca los suizos habían visto tan numeroso ejército. Siguieron avanzando, primero la caballería, y luego la infantería, hasta llenar el angosto valle comprendido entre la montaña y el lago. En la cumbre del monte los suizos atisbaban y esperaban.
Entretanto los cincuenta proscritos no habían permanecido ociosos. Acopiaron y llevaron al borde del precipicio gran cantidad de pedruscos enormes, y, al ver que el ejército enemigo ocupaba el valle, comprendieron que había llegado la hora de obrar. La vertiente de la montaña era resbaladiza, y los jinetes austriacos avanzaban despacio y cuidadosamente; mas los peones, que no tenían iguales motivos para retardar su marcha, empujaban de tal manera a los jinetes, que muy pronto las filas estuvieron rotas y empezó a reinar desorden.
En aquel preciso instante, los proscritos, prorrumpiendo en salvajes gritos, hicieron rodar las piedras por la vertiente de la montaña, que fueron a caer sobre el enemigo. Inútil es decir que tan inesperado como terrible ataque, acabó de desconcertar a los soldados. Algunos empezaron a huir llenos de pánico y los caballos, enloquecidos, a galopar furiosamente entre los infantes, causando ellos más víctimas que las piedras lanzadas por los proscritos; y entretanto los soldados de infantería que se hallaban a alguna distancia y no se habían enterado de lo que sucedía, seguían avanzando y empujando a los que tenían delante.
Cuando el pánico se generalizó, los suizos, descendiendo por la montaña, empezaron con buen orden el ataque, porque a pesar de ser rápida la pendiente, podían bajar despacio y detenerse donde les convenía, gracias a llevar en las suelas de sus zapatos grandes clavos puntiagudos que se agarraban al suelo. Blandiendo sus “Estrellas de la Mañana” cayeron sobre los enemigos ya completamente desmoralizados.
Hubo gran matanza en aquel valle. Los soldados y caballeros, caían uno tras otro a los golpes terribles de las mazas de los suizos. Muchos centenares de ellos fueron aplastados por sus mismos compañeros que trataban de huir. Muchos también, se arrojaron al lago, esperando salvarse; pero los más se ahogaron.
Temerariamente, Tell combatía entre los suyos. Mientras con su maza se iba abriendo paso entre los enemigos, dos caballeros se arrojaron sobre él.
— ¡Muere, traidor !— gritaron mientras sus espadas centelleaban a la luz del sol; pero Tell evitó sus acometidas, y blandiendo su «Estrella de la Mañana» dio con fuerza sobre uno de los dos caballeros, en tanto que con el puñal se defendía del otro.
El primero cayó, y, al hacerlo, el yelmo se levantó de manera que Tell pudo ver su cara. Era la de Dietrich, el hijo de Cessler.
El segundo caballero atacó furiosamente a Tell, pero muy pronto cayó muerto al lado de su hermano, pues también era hijo de Cessler. Los dos habían querido vengar la muerte de su padre.
Asimismo Landenberg, a pesar de su juramento de no volver a pisar nunca la tierra suiza, se hallaba entre el ejército austriaco, pero también perdió la vida.
En menos de hora y media, antes de las nueve de la mañana, los suizos consiguieron victoria completa. Se dice que quince mil hombres murieron en la batalla. Todo el orgullo y la gloria del ejército austriaco se perdieron en aquella ocasión. Durante muchos años después, fueron raros los cuerpos de caballería en Austria, porque la Ror y nata de los caballeros perecieron en la batalla de Morgarten.
El mismo Duque Leopoldo escapó a duras penas de aquella matanza. F ué arrastrado casi a la fuerza por un soldado que conocía los pasos de las montañas; y pálido como la muerte, con su vestido destrozado y con la desesperación en el alma, llegó, aquella tarde a lugar seguro.
Ya no intentó, en adelante, arrebatar la libertad de los suizos. Después de aquella batalla se firmó un tratado de paz, que cada año se renovaba.
Con todo y ser esta victoria, golpe terrible para Austria, la lucha no había terminado. Hasta dos siglos después de la muerte de Guillermo Tell, los suizos no pudieron conseguir la tan ansiada libertad, pero ya no cayeron sobre ellos pruebas tan terribles como las que acabamos de relatar. No soportaron más las tiranías que les hicieron sufrir Gessler y Landenberg.
En señal de gratitud por la victoria de Morgarten, los suizos elevaron una capilla sobre el campo de batalla. En sus paredes hay pintadas las principales escenas del combate, y cada año, el 15 de noviembre, aniversario del glorioso hecho, se celebra allí una ceremonia religiosa.
Ten vivió tranquilamente durante muchos años en su casita de Bürglen, feliz y rodeado de su mujer e hijos. En el año 1354 hubo una gran inundación que arrastró muchas casas y causó enormes perjuicios. Mucha gente pereció ahogada y Guillermo Tell, que a la sazón era ya muy anciano, fue uno de éstos.
Pero aún vive en la memoria del pueblo suizo. Lo aman y honran como salvador de la patria. En el solar donde estuvo su casa de Bürglen existe ahora una iglesia, en una de cuyas paredes están escritas en alemán las siguientes líneas:
“Aquí donde se alza esta santa capilla, vivió el gran Guillermo Tell, salvador de su patria. Fue el padre de nuestra libertad y para conservar el recuerdo de su generosa vida y al mismo tiempo dar gracias a Dios, hemos construido esta capilla. Reflexionad, compatriotas, en lo mucho que Dios y nuestros padres han hecho por nosotros”.
Existe otra capilla en el lugar en que Tell escapó del bote de Gessler. Anualmente, se celebra allí una función religiosa y el pueblo, ataviado con sus mejores galas, acude de todas partes formando alegre procesión, con botes artísticamente adornados, para honrar la memoria de su héroe.
También en Küssnach, en donde murió Gessler hay otra capilla. La que hoy existe es la segunda construída, pues la primera cayó en ruinas.
Tal vez algún día iréis a Suiza y podréis ver estos interesantes lugares.
FIN
FICHA DE TRABAJO
CAPÍTULO 10
Mazmorra: Lugar o celda subterránea y oscura en una fortificación donde se encerraba a los presos.
Recio: Que es fuerte, grueso o robusto.
Víspera: Día inmediatamente anterior a otro determinado, especialmente si este es día de fiesta o en él se celebra o conmemora algo.
CAPÍTULO 11
Certidumbre: Certeza (conocimiento seguro).
Haz: Conjunto de cosas, generalmente largas y estrechas, puestas unas sobre otras y atadas por su centro.
Orza: Recipiente vidriado de barro, alto y sin asas, que suele usarse para guardar alimentos en conserva.
Pálido: Que ha perdido su color de piel natural y es más claro y menos rosado de lo normal, generalmente a causa de alguna enfermedad, del miedo, de un susto o de una sorpresa.
Séquito: Grupo de personas que acompaña a un lugar a otra más importante, especialmente en una ceremonia o en un acto solemne.
Sigilo: Cuidado con que se trata un asunto o se hace una cosa.
CAPÍTULO 12
Animadversión: Sentimiento de oposición, enemistad o antipatía que se tiene hacia una persona.
Avaro: [persona] Que ansía poseer muchas riquezas por el solo placer de atesorarlas sin compartirlas con nadie.
Desgajar: Arrancar o separar una rama del tronco al que está unida.
Espuelas: Objeto metálico en forma de arco con una pieza terminada en una ruedecilla dentada, que se ajusta el jinete a los talones de sus botas para poder picar al caballo.
Gozne: Bisagra, especialmente la de una puerta o ventana.
Lívido: Que está muy pálido o es muy pálido.
Pordiosera: Persona que habitualmente pide limosna para vivir.
Sien: Parte de la cara humana, situada a cada lado de ella, comprendida entre la frente, la oreja y la mejilla.
Sin cuartel: Sin tregua o sin darle un momento de descanso al enemigo o adversario.
Tutoría: Autoridad conferida por ley a un adulto para cuidar de una persona y de sus bienes porque esta no está capacitada para hacerlo por sí misma.
Vasallo: [persona] Que se ponía al servicio de un señor feudal, el cual le daba protección a cambio de unos determinados servicios.
CAPÍTULO 13
Acometer: Empezar a hacer una cosa, en especial cuando exige esfuerzo o trabajo o cuando se trata de algo de cierta importancia o envergadura.
Angosto: Que es poco ancho o tiene menos anchura que otras cosas del mismo tipo.
Ataviado: Arreglar, vestir o adornar a alguien de una manera determinada que se sale de lo común.
Atisbar: Ver confusamente o de forma imprecisa una cosa por la distancia o la falta de luz.
Bagaje: Equipaje militar que lleva un ejército en marcha.
Cariacontecido: Que muestra en la cara aflicción o sobresalto.
Designar: Señalar o nombrar a una persona para desempeñar un cargo o una función.
Facción: Cada una de las líneas o formas que componen y caracterizan la cara de una persona.
Flor y nata: Lo más selecto dentro de un grupo, lo mejor.
Galopar: Manera de andar del caballo y otros animales, la más rápida de todas, en la cual el animal mantiene por un momento las cuatro patas en el aire.
Proscrito: Que ha sido expulsado de su patria o su ambiente, especialmente por causas políticas.
Rumor: Ruido apagado, suave, monótono y continuo.
Solar: Terreno que ocupa un edificio o que está destinado a la edificación.
Teñir: Dar a una cosa, como un sentimiento, una palabra o un pensamiento, un determinado carácter, apariencia o matiz.
Trance: Momento o situación muy difícil o apurada de la vida de una persona.
Vertiente: Pendiente de una montaña o elevación del terreno por cualquiera de sus lados.
Yelmo: Parte de una armadura antigua que cubre y protege la cabeza y el rostro; generalmente se compone de un casco con visera movible.
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