Marcelino Pan y Vino
José María Sánchez-Silva y García-Morales
José María Sánchez-Silva y García-Morales
Capítulo 5
Ocurría que el padre Superior andaba preocupado con Marcelino. Y que fray Malo se quejaba de que ya Marcelino no subía nunca a verle. Y que la cabra estaba desasosegada y que, de repente, «Mochito» se murió y Marcelino lo enterró por orden de los padres, sin verter una sola lágrima, en un rincón de la huerta; y que fray Puerta y fray Bautizo fueron llamados por sus verdaderos nombres de pronto. Y que fray Talán era ayudado, por primera vez en la historia de Marcelino, a los cuidados de la capilla y que el hermano cocinero, el bendito fray Papilla, andaba como aturdido y atontado y mal de la memoria, puesto que a diario le faltaba una ración de las doce y con Marcelino trece que se hacían para cada comida. Y los otros frailes encontraban a Marcelino muy cambiado y todo el conventillo parecía ir al revés desde algún tiempo a esta parte.
Por fin, un día, el padre Superior reunió a la Comunidad, excepto el hermano Gil, que había recibido el encargo de llevar al pueblo a Marcelino con pretexto de adquirir para él unos libros escolares, ya que el invierno andaba tan cercano, y expuso allí todas sus dudas y dio y pidió consejo respecto al evidente cambio de Marcelino.
—Yo le encuentro más serio y como convertido en un hombrecito —dijo fray Bautizo.
—Yo le encuentro más bueno y menos travieso —dijo fray Puerta.
—Yo le encuentro más devoto —dijo fray Talán. El último habló el padre Superior.
—Nuestro Marcelino ya no es como era —dijo.
—Sus cajas y sus botes están siempre vacíos —dijo otro padre.
—El otro día le vi rezando frente a la tapia donde cazaba lagartijas —dijo un hermano que se llamaba el hermano Pío y esto daba mucha risa a Marcelino.
—¿Rezando? —preguntó entonces, muy interesado, el padre Superior.
—Vaya —repuso algo confundido el hermano Pío—, hablaba de Jesús y hacía como si hablase con El —se recogió el largo cordón el hermano Pío y prosiguió—: Quizá hice mal, pero me escondí tras un árbol y le oí decir: «Mira, no quiero que lleves más esa corona y te la voy a romper ahora mismo».
Hubo un gran silencio entre los padres y entonces el Superior, repentinamente, se encaró con fray Papilla, que había estado muy callado:
—Escuche, hermano —le dijo—, ¿no sospecha usted que esa ración que le falta a diario le pueda ser sustraída por Marcelino sin que usted se dé cuenta?
El hermano, sin hablar, asintió. Y el padre continuó diciendo:
—Vamos a vigilarle más aún entre todos. Usted, hermano, vigile su cocina y no se deje engañar por un niño tan pequeño.
Y así trazó el padre varias vigilancias a cuál más estrecha, pues todos ellos andaban como entristecidos y pensando si el niño, por estar tan aislado de los de su edad y condición, no habría contraído alguna rara enfermedad a la cual hubiera que poner pronto remedio con la dolorosa separación.
Probablemente, después del padre Superior, que era un santo, y de fray Malo, ya tan viejecito y siempre muriéndose sin acabar de descansar, el más bueno de todos era fray Papilla y también el tercero en querer a Marcelino. Pero desde aquel día en que el padre reuniera a la Comunidad se propuso vigilarle y no había vez en que el niño entrara en sus dominios sin que el hermano, de una u otra manera, no estuviera presente. Aquello de la ración que faltaba a diario traía a mal traer a fray Papilla; él estaba bien seguro de preparar el pan para trece, la carne o el pescado para trece, la sopa o el hervido para trece, la fruta, si la había y era tiempo, para trece. Siempre trece: doce frailes y Marcelino: —Doce frailes y Marcelino— se repetía el buen fray Papilla.
Y un día su vigilancia dio resultado. Había andado por allí Marcelino en ocasión de que el fraile hubiera contado una vez más las raciones preparadas y hubiesen salido, como era lo justo, en número de trece. Nada más marcharse el niño, las raciones eran doce. Luego había sido Marcelino. Faltaban un pan y un pescado. Fray Papilla buscó a Marcelino por todas partes sin hallarlo. No pudo encontrar ni rastro y, a la hora de comer, el chico se sentó a la mesa con el apetito de costumbre, luego parecía raro que se hubiera comido un gran trozo de pan y un pescado de buen tamaño. Fray Papilla se dispuso a vigilar mejor aún y al día siguiente le ocurrió lo mismo, es decir, le faltó una ración de pan, puesto que el único plato que había era una especie de potaje con garbanzos, arroz y verduras y aún estaba en la olla. También esta vez la falta de la ración coincidió con la salida de Marcelino de la cocina. Por primera vez, fray Papilla se decidió a comunicar al padre Superior su descubrimiento.
—Ahora es preciso saber qué hace con esos alimentos —le dijo el padre—. Cuando usted consiga descubrir al niño con la ración, sígale sin que él se dé cuenta.
Así obedeció fray Papilla y así pudo una tarde observar con sorpresa que el chico, una vez el bolsillo bien lleno, se dirigía a las escaleras de la troje y el desván, a pesar de la prohibición que siempre se le había hecho. Siguióle el buen fraile asombrado y quedóse al otro lado de la puerta, viendo por sus rendijas cómo el desván se iluminaba al abrir el chico, como de costumbre, las maderas del ventanillo. Pero no pudo ver más, porque le dio entonces como un mareo y a Poco si pierde el sentido y viene a dar con su gran cuerpo en el suelo. Con lo que fray Papilla, que ya era viejo, bajó a tientas las escaleras y entróse en su cocina. No se sabe cómo penetró en la idea del buen fraile la sospecha de si se trataría de alguna tentación, pero el caso es que al día siguiente estuvo en la capilla mucho más tiempo del acostumbrado en oración, rogando al Señor que se apiadara de él y no permitiera que un buen fraile ya tan viejo fuese tan tonto como para no saber vigilar a un pequeño niñito.
La visita de Marcelino a la cocina no se hizo esperar. Había aquel día potaje también y Marcelino sólo pudo hurtar un buen pedazo de pan. Comenzó el fraile su persecución, pero esta vez estuvo a punto de ser descubierto, pues el niño se dirigió derechamente a la troje y allí fray Papilla le vio inclinado sobre una de las cajas de botellas de vino que los frailes guardaban para las grandes ocasiones. Con lo cual, y como el chico, una vez lleno el vaso, hubiese de volver sobre las escaleras, el fraile se vio obligado a bajar para no ser visto y perdió también la ocasión. Pero dicen que a la tercera va la vencida y así fue en esta historia, pues no más lejos que al día siguiente, y teniendo los padres para su cena, además del pan y un caldo caliente, como una treintena de manzanas asadas, observó fray Papilla la consabida falta del pan y de dos manzanas y púsose acto continuo en seguimiento del ladronzuelo, llegando tras él hasta la puerta del desván y quedándose allí a observar sin poder ser descubierto. De lo que vio fray Papilla al través de las rendijas, y del desmayo que le entró una vez visto, poco podemos saber. Sólo que el buen fraile recordaba entonces, horas más tarde, que una vez el niño le había preguntado de repente días atrás:
—¿Tú hablas también con Dios?
Muy asombrado se había quedado entonces el hermano, pero acertó a contestar que sí y que ello ocurría cuando rezaba, que era la única manera de hablar con Dios que los hombres tenían, en no siendo santos.
Bajó el fraile con muchas señales de agitación y se encerró en seguida en la capilla, pero no dijo aún nada de lo que había visto y estuvo en vela toda la noche y a buen seguro que las disciplinas anduvieron en juego mientras los demás dormían: tanto miedo tenía el cocinero de haber caído en alguna tentación y brujería del Demonio.
Persistió en sus investigaciones, no obstante, con redoblado fervor, y acabó por estar al tanto de lo que en el desván ocurría a diario entre el niño y la imagen de Jesucristo Crucificado que allí tenían los frailes por su gran tamaño, que no permitía instalarla debidamente en la capilla hasta que ésta pudiera ser reformada como el padre Superior y todos deseaban. Y también a la tercera vez, por aquello de no ir viendo visiones, fray Papilla se armó de valor y recurrió a fray Puerta, después de haberse confesado de alucinaciones con uno de los padres, y le dijo lo que a diario veía y oía a través de las maderas de la puerta del desván. Con lo cual fray Puerta, que era tan bueno y tan viejo como él, se ofreció a acompañarlo para quitarle de tales y tan raras visiones.
En efecto, al día siguiente, y precisamente durante una gran tormenta de las que antes obligaban a Marcelino a buscar refugio en los frailes, estaban juntos los dos tras la puerta del desván y, mientras fray Papilla se ponía muy devotamente en oración, el hermano portero atendía a lo que ocurría allí dentro. Tampoco el fraile segundo dio crédito a sus ojos, y cuando al fin bajaron habló a fray Papilla de algún sortilegio contra el que habría que prevenir al padre Superior y recordó a aquel niño que había visto a San Francisco de Asís hablar con Dios sin que San Francisco se diera cuenta y luego acabó siendo fraile y de los mejores. Fray Papilla le rogó al hermano que esperase un día más aún y que subiera con él otra vez antes de informar ambos al padre Superior. Así lo prometió el otro, y la noche llegó, y con ella se calmó la gran tormenta, siendo entonces dos los frailes que pasaron la noche en vela, rezando y pidiendo luz a Dios para entender en tan misterioso asunto.
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