Ben Hur
Lewis Wallace
Lewis Wallace
Octava parte
— Esther, di que me traigan una copa de agua.
— ¿No quieres vino, padre?
— Que traigan agua y vino.
Estaban en Jerusalén, en el cenador del antiguo palacio de los Hur. Desde la barandilla que daba al patio, Esther llamó a un criado, en el momento en que otro le presentaba un rollo sellado.
— Para el señor — dijo al entregarlo.
Esto sucedía el 21 de marzo, tres años después de la anunciación de Cristo en Betabara.
Durante aquel tiempo Ben-Hur, que no podía sufrir el estado ruinoso de la casa de sus padres, había comprado el palacio a Poncio Pilatos por mediación de Malluch, quien procedió a repararlo y le devolvió y aun superó su antiguo esplendor. No quiso, sin embargo, figurar todavía como su propietario ni recobrar en público su verdadero nombre. De vez en cuando acudía a su ciudad natal y pasaba unos días en la casa paterna, pero siempre de incógnito y como huésped. No descuidaba sus asuntos de Galilea, ni olvidaba al Rey; pero sólo el descanso era el móvil que le llevaba a su casa. En ella estaban Baltasar e Iras. Ésta le fascinaba con su hermosura; el padre le causaba admiración con su vigor intelectual, realmente prodigioso en cuerpo tan débil y agotado.
Simónides y Esther habían llegado pocos días antes de Antioquía. El viaje fue en extremo penoso para el anciano, que se instaló en un palanquín entre dos camellos que no siempre marchaban al mismo paso. Pero una vez en la ciudad natal no se cansaba de contemplarla; pasaba el día en la azotea y en la terraza, en una silla semejante a la que tenía en Antioquía, y paseaba su ávida mirada por los contornos. A la sombra del cenador presenciaba la salida del sol, seguía su curso hasta el ocaso y recordaba a su esposa, más amada cada día. Sin embargo, no desatendía sus negocios. Al frente de su casa en Antioquía había dejado a Sanbalat, de quien recibía a diario una larga carta; él, también diariamente, enviaba a Sanbalat un mensajero con instrucciones tan precisas y minuciosas que excluían toda iniciativa por parte del empleado y toda eventualidad, salvo las que el Todopoderoso no permite prever a los mortales.
Cuando Esther volvió al cenador el sol, que bañaba la terraza, la envolvió en un nimbo de luz que resaltaba su belleza.
Miró el rollo, se detuvo, lo observó con más atención que la primera vez y se ruborizó: el sello era de Ben-Hur. Entonces apresuró el paso.
Simónides examinó el envoltorio un momento y también reconoció el sello. Lo rompió y entregó el papiro a su hija.
— Toma, lee — dijo.
Miró escrutador a la joven y vio que una expresión de tristeza cubría su rostro.
— Sabes de quién es, ¿verdad, Esther?
— Sí…, es… es… de… nuestro señor.
Aunque había tartamudeado, no vaciló al mirar a su padre, que aseguró con calma:
— Tú le amas, Esther.
— Sí — respondió la joven.
— ¿Has pensado bien en ello?
— He procurado no pensar en él, padre. Es decir, en pesar sólo como en un amo a quien debo mucho. Pero ha sido en vano.
— ¡Eres digna hija de tu madre! — murmuró pensativo el anciano, que calló un momento y luego añadió— : Dios me perdone; pero si yo me hubiera apoderado de su fortuna, como estaba en mi mano hacer, tu amor no habría sido despreciado. El dinero lo puede todo.
— Eso hubiera sido peor para mí, padre, porque entonces no habría podido estar orgullosa de ti ni aspirar a él. ¿Quieres que lo lea?
— Espera un poco. Por tu bien, hija mía, he de decirte una cosa. Él no te ama.
— Ya lo sé — contestó resignada.
— La egipcia le ha hechizado con sus astucias y su belleza — prosiguió él— . Pero, como todas las de su raza, carece de corazón. Una hija que desprecia a su padre no puede ser buena esposa.
— ¿Desprecia a su padre?
Él afirmó. Luego añadió:
— Baltasar es un sabio gentil; a pesar de ello, Dios le ha favorecido, pero ella se burla de él. Ayer, hablando de su padre, confesó: «La locura es perdonable en los jóvenes; sólo la sabiduría excusa a los ancianos». Frase digna de un romano por su crueldad. Como no estoy lejos de la debilidad intelectual que achaca a su padre, me apliqué sus palabras; pero yo sé, no en balde tu madre era hija de Judá, que jamás pensarás eso de mí…
— Soy hija de mi madre, como dices — murmuró Esther besándole y con los ojos llenos de lágrimas.
— Sí, eres una buena hija.
Después de una pausa el anciano, poniendo la mano en el hombro de la joven, continuó:
— Cuando se haya casado con la egipcia se arrepentirá y se fijará en ti. Se lamentará cuando se dé cuenta de que ha sido víctima de la ambición de esa mujer, que tiene los ojos puestos en Roma. Para ella es el hijo de Arrio el duunviro, no de Hur, príncipe de Jerusalén.
Ella no pudo disimular el efecto que le produjeron estas palabras.
— ¡Sálvale, padre, antes de que sea tarde! — suplicó.
El anciano negó con la cabeza.
— Se puede salvar al hombre que se ahoga; no al que se enamora.
— Pero tú tienes mucha influencia sobre él. Está solo en el Mundo. Hazle ver el peligro que corre; explícale cómo es esa mujer.
— Con eso le salvaríamos de ella, pero no conseguiríamos que se fijase en ti — dijo Simónides frunciendo el entrecejo— . Como mis padres, soy un esclavo y no puedo decirle: «Señor, mi hija es más hermosa que la egipcia y te ama con sinceridad». He vivido tantos años libre que estas palabras me quemarían la lengua.
— No me comprendiste, padre. Únicamente pensaba en su felicidad, no en la mía.
Ya que le amo, quiero ser digna de su respeto: sólo así puedo excusar ante mí mi propia locura. Deja que te lea ahora la carta.
— Bien, hazlo.
Ella leyó:
Nisám, 8.
Desde el camino de Galilea a Jerusalén.
El Nazareno también está en camino. Sin que lo sepa le acompaño con una de mis legiones. Le segunda nos sigue. Podremos justificar el que tantos vayamos juntos con la celebración de Pascua. Al ponernos en marcha nos dije: «Iremos a Jerusalén, y todas las cosas que han dicho de Mí los profetas tendrán cumplimiento».
Poco tenemos que esperar ya.
Apresúrate.
La paz sea contigo, Simónides.
BEN-HUR
Esther devolvió a su padre la carta con un sollozo reprimido. La carta no contenía la más mínima alusión a ella. No siquiera había incluido en la última línea un cortés «y con los tuyos». Por primera vez en su vida sintió la mordedura de los celos.
— Ocho, ocho — murmuró Simónides— , y estamos a…
— Nueve.
— Entonces deben de estar en Betania.
— Quizá lo veamos esta noche — exclamó la joven con alegría, olvidando su anterior desengaño.
— Es posible. Mañana es la fiesta de los panes ázimos y querrá asistir a ella.
Quizás veamos también al Nazareno; quizás a ambos.
Apareció el esclavo con el agua y el vino. Esther sirvió a su padre. En aquel momento Iras entró en el cenador. Jamás había estado tan hermosa. Parecía muy alegre; se desenvolvía segura de su belleza, pero sin afectación. Esther se acercó a su padre con el corazón oprimido.
Iras les saludó con gran cordialidad y dijo:
— Me recuerdas, Simónides, a los sacerdotes persas, que suben a la azotea del templo para rezar al sol poniente. No sé nada más de su culto, pero se lo puedes preguntar a mi padre, que es de la casta de los Magos.
El mercader hizo una cortés reverencia y replicó:
— Hermosa egipcia, creo que tu padre no se ofendería si yo dijera que lo que sabe de Persia es una fracción ínfima de su sabiduría.
Iras sonrió con ironía.
— Hablando como tú, a lo filósofo, una parte ínfima implica otra más grande. ¿No será atrevimiento preguntar cuál es la parte más grande de esa cualidad que le atribuyes?
Simónides clavó en ella sus graves ojos.
— La verdadera sabiduría tiene como meta a Dios. La más grande reside en el conocimiento de Dios, y Baltasar es el hombre, entre todos los que conozco, que lo posee en mayor grado.
Tras estas palabras bebió un trago de la copa. La egipcia, irritada por la contestación, se volvió a Esther.
— Un hombre millonario, con mercancías en el mar, no puede entender lo que gusta a las mujeres. Dejémosle solo. Vamos a la azotea a hablar.
Se encaminaron a ella y se acodaron en el mismo lugar donde años atrás Ben-Hur arrancó sin querer el ladrillo que dio principio a sus desgracias.
— ¿Has estado alguna vez en Roma? — preguntó Iras jugueteando con un brazalete que se había quitado.
— No — contestó Esther con timidez.
— ¿Y no has deseado ir?
— No.
— ¡Qué miserable ha sido tu existencia!
Después de esta exclamación la egipcia lanzó un suspiro. Luego añadió:
»¡Pobrecita! Los pajarillos de Memfis que no han abandonado su nido saben tanto como tú.
Ante el rubor y la consternación de Esther, agregó en tono encantador y confidencial:
»No te molestes. Tan sólo quería bromear. En compensación, te diré lo que no diría a nadie, ni a la propia Simbel si me quisiera sonsacar ofreciéndome un ramillete de lotos húmedos aún por las aguas del Nilo.
Sus ojos centellearon, y para disimular su fulgor lanzó una carcajada.
»Viene el Rey — exclamó.
Esther la miró sorprendida.
»El Nazareno — aclaró Iras— . Aquel de quien tanto han hablado nuestros padres y a quien sirve Ben-Hur. — Y agregó, bajando aún más la voz— : El Nazareno llegará mañana, y Ben-Hur esta noche.
Esther intentó disimular su turbación; bajó los párpados, se sonrojó y no pudo ver la sonrisa triunfal de la egipcia.
— Mira; aquí está su promesa — dijo Iras sacando un papiro, y agregó— : Regocíjate conmigo, amiga mía; esta noche le tendremos aquí. Ben-Hur posee un palacio junto al Tíber y ha prometido regalármelo; naturalmente, ser su dueña significa ser la…
Calló al oír un rumor de pasos apresurados en la calle; se asomó un instante a la barandilla y exclamó:
— ¡Bendita seas, Isis! Es él, el mismo Ben-Hur. Aparece mientras estábamos hablando de él. ¡Si esto no es de buen agüero, los dioses no existen!
La hebrea la miró con el rostro encendido y con una expresión, por primera vez en su vida, no muy lejos de la cólera. No bastaba que se hubiera prohibido pensar, excepto en fugitivos sueños, en el hombre a quien amaba; había de oír de labios de la afortunada rival proyectos y esperanzas de aquella felicidad que le estaba vedada. Ben-Hur ni siquiera aludía a ella, la esclava, en la misiva dirigida a su padre; en cambio, enviaba a la egipcia una carta entera, cuyo contenido adivinaba. Por eso exclamó:
— ¿Tanto le amas, o es Roma lo que amas?
La egipcia avanzó un paso; inclinó su altanera cabeza muy cerca de la de Esther y dijo:
— ¿Qué te importa? ¿Es por ventura algo tuyo, hija de Simónides?
Esther, temblorosa empezó a decir:
— Es…
Un pensamiento que relampagueó en su cerebro le impidió continuar. Palideció, se agitó y, cuando se recobró, terminó la frase:
— Es amigo de mi padre.
Por nada del Mundo hubiera confesado su condición de esclava en aquel momento.
Iras sonrió de modo más irónico que antes.
— ¿Nada más que eso? — Volvióse y, mirándola por encima del hombro, añadió— : Voy a recibirle. La paz sea contigo.
Esther contempló cómo desaparecía por las escaleras y, ocultando el rostro entre las manos, lloró con amargura su vergüenza y su dolor, mientras resonaban en sus oídos las palabras de su padre: «Si yo me hubiera apoderado de su fortuna, como estaba en mi mano hacerlo, tu amor no habría sido despreciado».
Una hora más tarde, mientras Baltasar, Simónides y Esther se hallaban en el salón principal, entraron juntos Iras y Ben-Hur.
El joven hebreo saludó a Baltasar y se volvió para hacer lo mismo ante Simónides, pero al ver a Esther se detuvo absorto.
Veía en ella una mujer distinta, hermosa y dulce. Y mientras la miraba, una voz misteriosa le amonestó por haber olvidado ciertas promesas y deberes. Se turbó por un momento. Luego, recobrando la serenidad, se acercó a la hebrea y la saludó:
— Sea contigo la paz, Esther. — Y luego a Simónides— : Y contigo, Simónides. Dios te bendiga, aunque sólo sea por haber sido tan buen padre para esta joven.
Esther oyó la bendición con los ojos bajos. Simónides respondió:
— Repito la Bendición de Baltasar, hijo de Hur. Sé bienvenido a la mansión de tus padres. Siéntate y habíame de tus viajes y, sobre todo, del maravilloso Nazareno. ¿Cómo es? ¿Qué hace? Tú eres el único que puede saberlo Te ruego que tomes asiento entre nosotros dos, para que no perdamos ni una sola de tus palabras.
Esther le acercó un escaño con solicitud y él le dio gracias.
Cuando se hubieron sentado, y después de cambiar algunas palabras, Ben-Hur exclamó:
— Y ahora os hablaré del Nazareno.
Los dos ancianos se dispusieron a escuchar.
— He ido muchos días tras Él, estudiándole y procurando descubrir algo que me indicara quién es y cuáles son sus designios. Le he observado en circunstancias más que suficientes para formar criterio sobre un hombre; y al mismo tiempo que me convencía de que es un hombre como yo, me daba cuenta de que es un hombre superior a todos los demás.
— ¿En qué aspecto es superior? — inquirió el mercader.
— Ahora lo sabréis.
La entrada de alguien en el salón le cortó la palabra. Se levantó con los brazos abiertos y exclamó con alegría:
— ¡Amrah, querida Amrah!
La viejecita, con el rostro iluminado por el gozo, sin reparar en los que la rodeaban, se arrodilló a los pies de su señor, abrazó sus rodillas y besó sus manos sumisamente. Ben-Hur le devolvió con cariño el abrazo y preguntó:
— Amrah, ¿todavía no sabes nada de ellas…?
La anciana estalló en sollozos más elocuentes que las palabras.
— ¡Hágase la voluntad de Dios! — exclamó Judá tras un silencio.
En los ojos del joven brillaron unas lágrimas que procuró ocultar. Cuando logró dominarse del todo se sentó y dijo:
— Amrah, siéntate a mi lado. ¿No quieres? Entonces siéntate a mis pies y escucha lo que tengo que contar a estos amigos de un Hombre maravilloso que ha aparecido en la Tierra.
La anciana hizo lo que su dueño le ordenaba y quedó extasiada mirándole, demostrando que su único placer en el Mundo era contemplarle. Ben-Hur, inclinándose ante los ancianos, comenzó de nuevo:
— No quisiera contestar a vuestra pregunta de quién es el Nazareno sin antes contaros algunas de las muchas cosas que le he visto hacer. Y más aún siendo que mañana llegará a esta ciudad para visitar el Templo, al cual llaman «la casa de su Padre», donde se nos dará a conocer. Mañana, pues, sabremos los israelitas quién de vosotros dos, Baltasar o Simónides, tiene razón.
Baltasar se frotó las temblorosas manos y preguntó:
— ¿Dónde podré verle?
— El tumulto en las calles será extraordinario. Así, pues, donde mejor estarás será en el terrado de las galerías, sobre el pórtico de Salomón.
— ¿Nos acompañarás?
— No; pueden necesitarme mis amigos en la comitiva.
— ¿Comitiva? ¿Viaja con cortejo? — preguntó Simónides.
Ben-Hur leyó en el pensamiento del mercader y se apresuró a contestar:
— Viaja con doce hombres, pescadores y labradores; uno de ellos es publicano; todos de la más humilde condición, y hacen sus viajes a pie, sin preocuparse del viento, del frío, de la lluvia ni del sol, Al verlos detenerse en medio del camino al llegar la noche, comer un poco de pan y echarse a dormir en el suelo, más me acordaba de los pastores que vuelven del mercado con sus rebaños que de los nobles y los reyes. Sólo cuando el Nazareno se quita el lienzo de la cabeza para mirar a alguien o sacudirse el polvo he podido apreciar que es el Maestro.
Tras una pausa prosiguió:
»Vosotros sois hombres de experiencia; sabéis tan bien como yo que somos a veces esclavos de nuestras pasiones; que es poco menos que una ley de nuestra naturaleza consagrar la vida a la persecución de ciertos ideales. Recordando, pues, esta ley, ¿qué diríais de un hombre que puede convertir en oro las piedras que pisa y prefiere vivir en la indigencia?
— Los griegos le llamarían filósofo — observó Iras.
— No, hija — rectificó Baltasar— . Los filósofos jamás poseyeron una facultad tan extraordinaria.
— ¿Y cómo estás tan seguro de que la posee ese hombre?
Ben-Hur respondió prestamente:
— Le he visto transformar el agua en vino.
— ¡Es asombroso! — murmuró Simónides— . Pero lo más raro es que, si tiene tanto poder, quiera vivir en la pobreza.
— No tiene nada suyo y no codicia los bienes de los demás. Se compadece de los ricos en vez de ansiar sus bienes. Pero hablemos de otra cosa. ¿Qué pensaríais de un hombre capaz de multiplicar siete panes y dos peces, que tenía para él y sus compañeros, en una cantidad suficiente para alimentar a cinco mil personas y dejar todavía los cestos llenos? Yo he visto hacer esto al Nazareno.
— ¿Lo viste? — dijo Simónides.
— Sí; y hasta comí pan y pescado. Pero he visto más todavía. ¿Qué opinaríais de un hombre que sanase a los enfermos con sólo dejarles rozar su túnica o hablarles a distancia? Yo he sido testigo de ello muchas veces. Dos ciegos llamaron al Nazareno cuando abandonábamos Jérico. Tocó Él sus ojos y vieron. Le presentaron un paralítico en unas angarillas, y Él dijo sencillamente: «Vete a tu casa». Y el tullido fue andando con la camilla a cuestas. ¿Qué decís a eso?
El mercader no atinaba con una respuesta.
«¿Supondréis, como yo he oído decir, que el Nazareno es un taumaturgo, un charlatán? Pues permitidme que os cuente cosas aún más extraordinarias que yo he presenciado. Todos sabéis que hay una maldición de la que uno no puede librarse más que por la muerte: la lepra.
Al oír estas palabras Amrah apoyó las manos en el suelo como para incorporarse; pero se contuvo a tiempo y escuchó con ávido interés.
»Pues bien — prosiguió Ben-Hur con vehemencia— , he aquí lo que yo he presenciado. Cuando estábamos en Galilea, un leproso se acercó al Nazareno y le dijo: “Señor, si Tú quieres, puedes curarme”. Oyó Él el ruego, le tocó con la mano y respondió: “Quiero. ¡Sé curado!”. Inmediatamente, el leproso se vio libre de su mal y quedó sano como los miles de personas que presenciamos el hecho.
Amrah se puso en pie con agitación febril. No quería perder ni una sola de las palabras que pronunciaba su señor; pero el nerviosismo le impedía fijar su atención en ellas.
»Otro día se presentaron a Él diez leprosos — agregó Ben-Hur— y se arrodillaron diciendo: “Maestro, Maestro, ten piedad de nosotros”.
— ¿Y sanaron?
— Sí; apenas habían recorrido unos pasos, la enfermedad había desaparecido sin dejar más huellas que las espantosas vestiduras que llevaban puestas aquellos hombres.
— Jamás se habían oído semejantes cosas en Israel — murmuró Simónides en tono respetuoso.
Amrah abandonó la estancia sin que nadie se percatara de ello.
Ben-Hur prosiguió:
— Simónides: lo que enloquece a los demás hombres, riquezas, honores, reinos, a Él no le atrae… ¿Qué opináis de esto?
El mercader meditaba con la barba hundida en el pecho; de pronto levantó la cabeza y contestó resueltamente:
— El Señor existe y todavía resuenan las palabras de los profetas: «No ha llegado todavía el tiempo de la siega». Esperad a mañana; tendremos la respuesta.
— Sea — dijo Baltasar sonriendo.
Y Ben-Hur asintió:
— Sea. — Y agregó— : Pero todavía no he terminado. Yo he presenciado todos esos prodigios; pero ha realizado otros superiores, algo que nadie ha hecho desde la creación del Mundo, por ser imposible para los hombres. Hasta ahora no ha habido ningún ser capaz de arrebatar a la muerte sus presas; vosotros no sabéis de nadie que haya devuelto la vida a un cuerpo que la haya perdido. ¿Quién puede hacer tal cosa?
— Dios — contestó Baltasar en un tono de convicción.
Ben-Hur inclinó la cabeza con reverencia.
— Sabio egipcio, no quise pronunciar esa palabra hasta que brotase de tus labios.
Yo comparto tu afirmación, porque nada es imposible para el Omnipotente.
Simónides, Baltasar, decidme: ¿qué hubierais pensado al verle inutilizar la labor de la muerte con sólo unas palabras, sin ceremonias, como quien despierta a un dormido?
— Sólo Dios es tan grande — dijo Baltasar a Simónides.
— Y notad que sólo os refiero lo que he visto al mismo tiempo que otros muchos. Y por el camino presencié un hecho más milagroso todavía. En Betania murió y fue sepultado un hombre llamado Lázaro; y cuando ya llevaba cuatro días en la tumba, que estaba tapada con una gran piedra, el Nazareno llegó allí. «Quitad la piedra», ordenó. «Señor, mira que hiede», le advirtió una mujer llorosa. Cuando quitaron la piedra vimos el cadáver amortajado. Muchos éramos los presentes, y todos oímos las palabras que el Nazareno pronunció en voz alta; «¡Lázaro, sal afuera!». Y no es posible describir nuestra admiración cuando vimos al amortajado venir hacia nosotros. Y ahora que no tengo nada más que añadir, sólo os pregunto, respondiendo a la pregunta de hace un momento de Simónides: ¿No es un ser superior, no es algo más que un hombre ese Nazareno?
La pregunta hizo enmudecer a todos los presentes durante irnos segundos; pero a continuación se produjo una controversia que duró hasta medianoche. Simónides no lograba interpretar de otra manera las palabras de los profetas, y Ben-Hur adquiría el convencimiento de que Baltasar tenía razón al asegurar que el Nazareno era el Redentor que tanto deseaba, y de que también estaba en lo cierto Simónides al creer que era el Rey tan ansiado por los israelitas.
— Mañana se aclarará todo. Sea con vosotros la paz.
Y se despidió para volver a Betania.
Amrah fue la primera persona que aquel día salió de Jerusalén. Partió al amanecer. Iba en busca de sus señoras más temprano que de costumbre. Los guardianes, acostumbrados a verla todos los días, la dejaron pasar sin interrogarla.
Cruzó la vertiente oriental del monte Olívete, deteniéndose de vez en cuando a descansar, y llegó al Jardín del Rey, ciudad de los leprosos. Divisó a su señora a la puerta de la tumba. Tirzah aún dormía. La enfermedad de la madre había alcanzado un punto tan avanzado, que la infeliz no se quitaba el velo en presencia de su hija, para no afligirla.
La pobre mujer estaba sumida en sus reflexiones. Pensaba en Amrah, que aparecería con los manjares y el agua, portadora de noticias, en cuanto el sol traspusiera la cima del monte Olívete.
Aquélla era su única satisfacción. Las noticias que por mediación de Amrah recibía de su hijo la consolaban. Al menos, Judá estaba bien y era rico. Cuando sabía que él se hallaba en el palacio que tan dulces recuerdos tenía para ella, permanecía inmóvil todo el día con los ojos fijos en la ciudad.
Mientras pensaba en todo esto y deseaba la muerte, prohibida por su ley, una mujer apareció jadeante en la cima de la colina. La viuda se tapó la cabeza con el velo y gritó con voz bronca y extraña:
— ¡Inmunda! ¡Inmunda! ¡No te acerques a mí!
Mas antes de que pudiera advertirlo, Amrah estaba a sus pies. A pesar de las protestas de su ama, el amor de la esclava, tanto tiempo reprimido, se había desbordado, y besaba y tornaba a besar el vestido de la leprosa. La viuda, en vista de que no lograba zafarse de ella, intentó calmarla.
— Pero ¿qué haces, Amrah? ¿Quieres demostrarme tu amor desobedeciéndome? Infeliz… ¡Has perdido a tu amo y te has perdido a ti misma! ¡Jamás podrás regresar a su lado!
Amrah seguía besándola y sollozando.
»La ley también te alcanza a ti. Ya no podrás volver a Jerusalén. ¿Qué será de nosotras sin comida y sin noticias de Judá? ¡Desgraciada, desgraciada! ¡Nos has perdido!
— Ten piedad de mí — gimió Amrah, que seguía echada en el suelo.
— Tú debiste tenerla de nosotras. ¿Qué haremos? Ya no nos queda ninguna esperanza. ¡Ingrata! ¿Creías que era poca la cólera celestial que pesaba sobre nosotras?
Los gritos despertaron a Tirzah, que apareció en el umbral de la tumba. Eran extraordinarios los progresos que en ella había hecho la enfermedad. Preguntó qué ocurría y la esclava intentó correr hacia ella, pero la madre gritó con severidad:
— ¡Detente! No quiero que la toques. Aléjate de aquí antes de que alguien te vea… En fin, haz lo que quieras: me olvidaba de que ya estás condenada a compartir nuestra suerte…
La viejecita, pugnando con la emoción que la enloquecía, logró balbucir:
— ¡Oh señora! No soy infiel, y menos ingrata… Es que te traigo buenas noticias.
— ¿De Judá? — preguntó la viuda con avidez y casi descubriendo su rostro.
— Vive un Hombre maravilloso que puede curaros — prosiguió Amrah— . Con una palabra logra hacer desaparecer enfermedades y resucitar muertos. He venido para acompañaros a verle.
— ¡Pobre Amrah! — exclamó Tirzah con acento compasivo.
Amrah notó el matiz de duda que ocultaban aquellas palabras y gritó:
— ¡No, no; es tan cierto como que existe Dios de Israel! No miento. No perdamos tiempo; seguidme. Esta mañana pasará por el camino que conduce a la ciudad. Dentro de un momento saldrá el sol. Desayunaos y marchemos.
La madre, que había escuchado con curiosidad, preguntó:
— ¿Quién es?
— Un nazareno.
— ¿Quién te habló de él?
— Judá.
— ¿Judá…? ¿Está en casa?
— Llegó ayer por la noche.
La viuda calló para no descubrir su emoción.
— ¿Y Judá te ha enviado a nosotras con la noticia? — inquirió.
— No; supone que habéis muerto.
— Una vez, un profeta curó a un leproso; pero había recibido poder de Dios — murmuró la madre a Tirzah con semblante pensativo, y agregó— : Amrah, ¿cómo está enterado mi hijo de que ese hombre posee semejante poder?
— Judá le ha seguido. Le ha visto sanar a un leproso; luego a diez; después a todos los que acudían.
La mano de la viuda temblaba. Deseaba creer el relato. Desde el momento en que su hijo lo afirmaba, el hecho no podía ser una patraña; pero deseaba saber por qué aquel Hombre tenía la facultad de realizar milagros. La viuda reflexionó largamente.
De pronto, en su mente penetró un rayo de luz y exclamó:
— ¡Debe de ser el Mesías!
Y lo dijo con toda naturalidad, como quien confía en las promesas hechas por Dios a su pueblo.
— Un día, todo Israel se enteró de la noticia de su nacimiento. Me acuerdo muy bien de ello. Hoy ya debe de ser un hombre… Será Él. — Y agregó dirigiéndose a Amrah— : Sí, sí, iremos contigo. Trae el agua que está en el ánfora de la tumba y come con nosotras. Luego nos marcharemos.
El almuerzo fue breve, porque la excitación les había quitado el apetito. Al ponerse en marcha les asaltó una duda. Había tres caminos de Betania a Jerusalén; y aunque no distaban mucho uno de otro, estaban lo bastante separados como para impedirlas ver al Nazareno si se equivocaban de derrotero.
Un breve diálogo con Amrah fue suficiente para que la viuda comprendiera que la esclava no conocía nada del país allende el Cedrón, y menos aún las intenciones del Hombre que iban a ver, si podían. Se hizo cargo de ambas: Amrah y su hija, por distintas razones, la consideraban como su guía, y ella aceptó el cargo.
— Iremos primero a Betfage — les dijo— . Y allí, si el Señor nos favorece, sabremos lo que hemos de hacer.
Descendieron por la colina hasta Tophet y el Jardín del Rey y se detuvieron en el sendero que, a través de los siglos, habían trazado con sus pasos los caminantes.
— ¡Temo que no nos permitan ir por el camino! — dijo la madre— . Es preferible que vayamos por el campo, entre las rocas y los árboles. Hoy es día de fiesta, y en aquel lado veo indicios de muchedumbre que espera. Si cruzamos por aquí el monte de la Ofensa podremos apartarnos del camino de aquella gente.
Tirzah, que había llegado allí con gran dificultad, perdió los ánimos al oírlo.
— El monte es muy escarpado, madre, y yo no puedo subir.
— Ten en cuenta que vamos en busca de la salud y de la vida. Mira, hija mía, cómo brilla el sol. Y allí vienen algunas mujeres que nos apedrearán si nos detenemos aquí. Vamos, haz un esfuerzo.
Así la madre, aunque padecía torturas no inferiores a las de su hija, procuraba animarla. Amrah acudió en su ayuda; y si hasta entonces no había tocado el cuerpo de las leprosas, en aquel momento, a despecho de todas las consecuencias y contra la voluntad y las órdenes de su ama, la fiel servidora pasó el brazo de Tirzah por sus hombros y le dijo:
— Soy fuerte a pesar de mi edad. Apóyate en mí. El camino no es largo. Con mi ayuda podrás subir.
La colina que querían remontar estaba llena de zanjas y de ruinas. Cuando llegaron a la cumbre descansaron un momento, y la madre sintió que la vida volvía a ella al contemplar el bellísimo paisaje.
Entre los olivos y mirtos que llenaban la colina vieron aparecen columnitas de humo que indicaban la proximidad de los peregrinos, por lo que ellas debían apresurarse.
Tirzah, a pesar de la buena voluntad de la esclava, gemía de dolor a cada paso; finalmente, cuando estaban entre el monte de la Ofensa y el Olívete, se desplomó.
— Continúa adelante con mi madre. Déjame aquí.
— No, no, Tirzah — replicó la viuda— . La salud sin ti carece de valor para mí.
Además, no podría decir a Judá que te abandoné.
La madre, que se había inclinado sobre su hija, miró en torno con desesperación. No podía pensar en curarse sin Tirzah. Iba a darse por vencida y a ponerse en manos de Dios, cuando vio a un hombre que avanzaba con prisa por el camino oriental.
— ¡Anímate, Tirzah! Viene un hombre que nos dará noticias del Nazareno.
Amrah ayudó a sentarse a la muchacha y la sostuvo mientras llegaba el caminante.
— Madre, ¿no te acuerdas de nuestro estado? Ese hombre huirá de nosotras después de maldecirnos o de apedrearnos.
— Ya veremos.
Era lo único que podía decir, dado el comportamiento de los hebreos para con los leprosos.
Cuando el hombre estuvo cerca de ellas la madre descubrió su rostro y lanzó el grito de aviso:
— ¡Inmundas! ¡Inmundas!
Pero el hombre, con gran asombro de la viuda, no se detuvo.
— ¿Qué deseáis? — preguntó cuando estuvo a unos cuantos pasos de ellas.
— ¡Cuidado! ¿No te has dado cuenta del mal que padecemos?
— Mujer, soy un mensajero del que devuelve la vida y la salud con una sola palabra. No tengo miedo.
— ¿Te refieres al Nazareno?
— Al Mesías — corrigió el apóstol.
— ¿Es verdad que entrará hoy en la ciudad?
— Ahora está en Betfage.
— ¿Y por qué camino irá, maestro? — interrogó la madre.
— Por éste.
La viuda unió las manos y alzó los ojos al cielo.
— ¿Quién crees que es? — preguntó él compasivo.
— El Hijo de Dios — contestó ella con sencillez.
— Espérale aquí entonces; pero sube a esa peña, porque le escolta un gran gentío, y llámale cuando pase. Si tu fe iguala a tu conocimiento de la verdad, te oirá aunque estalle el cielo. Yo me dirijo a Jerusalén para anunciar Su llegada y para que le preparen un recibimiento digno de Él. Sea contigo y los tuyos la paz, mujer.
El desconocido reanudó la marcha.
— ¿Has oído, Tirzah? El Nazareno ha de pasar por este camino. Te ruego, querida, que andes un poco más. Esa roca está sólo a un paso.
Tirzah se puso en pie con gran esfuerzo, ayudada por Amrah; pero, a poco, ésta se detuvo y dijo:
— Esperad; el hombre regresa.
Esperaron.
— Te suplico que me perdones, mujer — dijo el caminante acercándose— . De pronto me he acordado de que el sol estará muy alto antes de que llegue el Nazareno. La ciudad está muy cerca y no necesitaré el agua; acepta la mía, por favor. Y no lo olvides: llámale cuando pase.
Diciendo esto, le entregó una calabaza llena de agua, y se la puso en la mano en vez de dejarla en el suelo.
— ¿Eres hebreo? — preguntó asombrada.
— Sí. Y también soy un discípulo de Cristo, que nos enseña a obrar como lo he hecho. Nos indica cuál es el verdadero significado de la palabra «caridad». Nuevamente os deseo la paz.
Así que hubo desaparecido, se encaminaron a la roca, alta como una persona, que estaba a unos treinta pasos del camino. Subieron y se ampararon a la sombra de un árbol que extendía sus ramas sobre la piedra; luego bebieron el agua de la calabaza. Tirzah se adormeció y la madre y la sierva guardaron silencio para no despertarla.
Poco antes de terminar la hora tercia apareció en el camino una muchedumbre que se dirigía hacia Betfage y Betania. Al empezar la hora cuarta la cima del Olivete fue ocupada por un gran gentío que enarbolaba palmas. Entonces la viuda despertó a su hija.
— ¿Qué es eso? — preguntó la joven.
— Que ya llega — contestó la madre— . Estas gentes vienen de la ciudad a esperarle. Y ese rumor que se oye lo producen sin duda los que le acompañan. Quizás todos se encuentren aquí.
— Entonces es muy posible que no nos oiga.
La viuda temía lo mismo, así que preguntó:
— Amrah, ¿cuál fue el nombre que, según Judá, dieron al Nazareno cuando curó a los diez?
— Dijeron: «Señor, apiádate de nosotros», o «Maestro, ten piedad de nosotros».
— ¿Nada más?
— Eso fue lo que oí.
— Es bastante — murmuró para sí la viuda.
— Judá dijo también que salieron a su paso en el camino.
Entretanto las dos multitudes avanzaban. En la que iba hacia la ciudad, las leprosas distinguieron a un hombre montado en un asno, ante el cual la gente cantaba y bailaba. El hombre llevaba descubierta la cabeza y vestía de blanco. Poco después, ya cerca de ellas, vieron su rostro aceitunado bajo sus cabellos castaños, en los que incidían los rayos solares. No miraba ni a derecha ni a izquierda; su semblante expresaba una dulcísima ternura ante el espectáculo que se desarrollaba ante él. Las leprosas no necesitaron que nadie les indicase quién era el Nazareno.
— Ahí está, Tirzah — exclamó la madre— . Vamos, hija mía.
Se adelantó hasta el borde de la roca y allí se postró de hinojos. La hija y la esclava hicieron lo mismo. La muchedumbre que había salido de la ciudad se detuvo casi ante ellas, como esperando la llegada de la otra multitud. Los millares de personas que la componían gritaban a coro, blandiendo las palmas:
— ¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!
Estas voces arrancaban ecos al valle y a los montes. Por fuerza tenía que quedar ahogada la voz de las leprosas por aquella algazara; sólo por un milagro se lograría que las oyera.
— Adelantémonos un poco más, hija mía; de lo contrario no nos oirá.
Avanzaron irnos pasos tambaleándose y lanzaron el grito de aviso, levantando los brazos. Al ver su faz espantosa la gente enmudeció aterrorizada. Tirzah, amedrentada, cayó de bruces. Se oyeron gritos de rabia y temor:
— ¡Son leprosas, son leprosas!
— ¡Apedreadlas!
— ¡Dios las maldijo! ¡Matadlas!
Estos gritos se confundían con los cantos de alabanza de los que, por estar más lejos, no se habían percatado de lo ocurrido. Pero hubo personas, en las que los dones maravillosos del Nazareno habían despertado una chispa divina, que se volvieron hacia el Hombre. Éste se detuvo ante las tres mujeres. La viuda sintió una profunda emoción al contemplar aquellos grandes y dulces ojos, que brillaban en un rostro bello y triste.
— ¡Maestro, Maestro! ¡Te necesitamos! ¡Tú puedes curamos! ¡Ten piedad de nosotras, ten piedad!
— Mujer, ¿crees que Yo puedo hacerlo? — interrogó.
— Sí; Tú eres el que nos prometieron los profetas: el Mesías.
Los ojos del Hombre refulgieron, y exclamó con calor:
— Mujer, mucha es tu fe. Hágase lo que pides.
Por un momento, como olvidándose de los que le rodeaban, permaneció inmóvil; luego reemprendió su camino.
— ¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Bendito, tres veces bendito sea el Hijo que Él nos ha enviado!
Poco después las dos comitivas, la de Betfage y la de la ciudad, rodearon al Nazareno con ruidosas exclamaciones de júbilo y se alejaron de donde estaban las leprosas. La viuda se cubrió el rostro y estrechó a Tirzah entre sus brazos gritando:
— Hija mía, no cabe duda de que es el Mesías y me ha dicho que nos curaremos. ¡Estamos salvadas…! ¡Salvadas!
Y las dos siguieron postradas de hinojos mientras la multitud desaparecía tras el monte. El milagro empezó cuando ya eran rumor lejano los cánticos y las exclamaciones.
El primer síntoma que notaron las leprosas fue el de que sus corazones latían con más fuerza; la circulación de la sangre se aceleró en sus cuerpos produciendo un inefable bienestar. Las dos sintieron que sus fuerzas resurgían y que un gran fervor y una dulzura infinita, que las hacía dichosas y paralizaba su pensamiento, les llenaba el alma. La consciencia del cambio que se operaba en ellas engendró un sublime gozo en sus almas, cuyas huellas conservarían toda su vida, y no acertaban a pensar en otra cosa que en su agradecimiento.
Esta transformación, pues tal fue más que curación, tuvo otro testigo además de Amrah: Ben-Hur, que seguía constantemente al Nazareno, había oído la invocación de la mujer, visto su repugnante rostro y escuchado la contestación. Su interés por el Maestro era más vivo cada día, así como su deseo de desvanecer sus dudas acerca de su misión. Y este deseo era aún más intenso por su convicción de que aquel mismo día, antes de ponerse el sol, el Hombre se daría a conocer a todos. En consecuencia, Ben-Hur se apartó del cortejo y sentóse en una piedra esperando que pasara la multitud.
Desde su asiento había cambiado saludos con varios hombres del séquito. Eran galileos de las legiones por él organizadas e iban armados con espadas cortas que ocultaban bajo sus mantos. Poco después pasó un árabe que conducía dos caballos, que a una seña de Ben-Hur se detuvo.
— Espera aquí — le dijo cuando todos, hasta los más rezagados, hubieron desaparecido— . Deseo llegar pronto a la ciudad y Aldebarán me hará falta.
Y después de haber acariciado al animal se dirigió hacia las mujeres, que sólo le interesaban como sujetos de experiencia, para ver si hallaba la explicación de aquel misterio, que tanto le preocupaba.
Mientras avanzaba se fijó en la más baja de las tres y se restregó los ojos, creyendo ser víctima de una alucinación.
«Tan cierto como hay Dios que es Amrah» — exclamó para sí.
Apretó el paso y, pasando entre la madre y la hermana sin fijarse en ellas, se detuvo sorprendida ante la sierva.
— ¡Amrah! ¿Qué haces aquí?
Ella fue hacia él y cayó de rodillas a sus pies, cegada por el llanto y sin poder proferir una palabra en su lucha entre la alegría y el temor.
— ¡Oh, Señor, Señor! ¡Cuán bueno es nuestro Dios!
De súbito, la expresión de Amrah al mirar a las leprosas hizo que Ben-Hur se volviera hacia ellas cuando se ponían en pie. Su corazón dejó de latir; quedó petrificado, mudo, sobrecogido.
La mujer que había invocado antes al Nazareno, con los descarnados brazos en alto, miraba al cielo con los ojos llenos de lágrimas. Pero ¿era sueño o realidad? En su vida había visto Judá a una mujer tan extraordinariamente parecida a su madre; su madre que, salvó algunos cabellos blancos, se le aparecía tal como era cuando se la arrebató el romano. Y la joven que estaba a su lado sólo podía ser Tirzah; una Tirzah convertida en una mujer hermosa, espléndida, pero, sin embargo, igual al recuerdo que de ella conservaba. Sin poder dar crédito a sus ojos, dijo con voz trémula:
— ¡Amrah, Amrah…! ¿Mi madre, Tirzah? ¡Dime que es verdad, que no me engañan mis ojos!
— ¡Háblales tú, amo mío! — contestó la anciana.
Sin esperar más corrió hacia ellas con los brazos abiertos, gritando:
— ¡Madre! ¡Tirzah!
La madre y Tirzah confundieron sus exclamaciones con las de Judá y también corrieron hacia él; pero la madre, de pronto, se detuvo con expresión de indecible espanto.
— ¡No te acerques, Judá! ¡Inmundas, inmundas…! ¡Detente!
Judá no obedeció ante aquel grito, indicio de la instintiva reacción del amor materno, y las estrechó entre sus brazos, riendo y llorando con ellas.
La madre fue la primera en recobrarse.
— No seamos ingratos al ser felices —dijo—. Empecemos nuestra existencia juntos y agradezcamos la dicha a Aquel a quien se la debemos.
Los cuatro se arrodillaron y la viuda rezó un salmo en voz alta. Tirzah y Ben-Hur repetían las palabras maternas con la misma fe que ella. Una vez hubo terminado la plegaria, Judá se apresuró a preguntar:
— ¿Quién será el Nazareno, el hijo de un carpintero…?
Ella le miró con su antigua ternura y le contestó, como había respondido al Nazareno:
— El Mesías.
— ¿Y a quién debe Su poder?
— Sólo lo sabremos por el uso que hace de él. ¿Ha hecho daño alguna vez a alguien?
— No.
— Entonces puedo afirmar que su poder procede de Dios.
No era tarea fácil borrar de la mente de Ben-Hur los prejuicios que en ella habían arraigado. Él sólo concebía los atractivos materiales: el honor, la gloria, la corona imperial. Medía a Cristo con su misma medida, en vez de medirse a sí mismo por la de Cristo.
La madre fue la primera en aludir a lo que tenían que hacer:
— ¿Adonde iremos ahora, hijo mío?
Ben-Hur observó la piel de su madre, por si quedaban en ella señales de lepra, y vio que no era así. Luego se quitó el manto y lo entregó a su hermana para que cubriese su desnudez, que hasta entonces había pasado inadvertida a causa de la repulsiva enfermedad. Al desprenderse del manto descubrió la corta espada reluciente que llevaba al cinto.
— ¿Estamos en guerra? — preguntó, alarmada, la madre.
— No.
— Pues ¿por qué vas armado?
— Por si fuera necesario defender al Nazareno.
Al decir esto Ben-Hur no confesaba toda la verdad.
— ¿Acaso son enemigos suyos los romanos?
— Por desgracia, madre, no todos sus enemigos son romanos.
— ¿No es hebreo y hombre pacífico?
— Es el hombre más pacífico que ha existido; pero los doctores y los rabinos aseguran que es reo de un gran crimen.
— ¿De cuál?
— El Nazareno dice que un gentil merece tanta gracia ante el Señor como el judío obediente y austero. Predica una nueva ley.
La madre guardó silencio y todos se apiñaron a la sombra del árbol. Judá indicó la conveniencia de que acataran las disposiciones de la ley en tales casos. Luego ordenó al árabe que se adelantase y le esperase con los caballos en la puerta de la ciudad, y después acompañó a las amadas mujeres hacia el monte de la Ofensa. Con paso ligero y alegre no tardaron en llegar a un sepulcro cercano al de Absalón, en el valle del Cedrón. Después de asegurarse de que nadie habitaba en él, las tres mujeres entraron, mientras Ben-Hur se apresuraba a preparar cuanto exigía su nueva situación.
En la parte alta del Cedrón, Ben-Hur había levantado dos tiendas, para que su madre y hermana moraran en ellas hasta que un sacerdote certificase legalmente su curación. Esto le impidió asistir a la gran fiesta del templo. En cambio pudo oír el largo y penoso relato de las dos mujeres, que contribuyó a encender más su ira contra los romanos.
Su mente bullía con locos pensamientos. Deseaba sublevar Galilea, levantar a todo el pueblo judío contra el poder de Roma. Luego recordó al Nazareno y su mensaje de paz y de justicia.
Ansioso de dar principio a su empresa, olvidaba con frecuencia la naturaleza de aquél Hombre y el motivo de su Misión. En el milagro operado en Tirzah y su madre veía una nueva confirmación de su poder inmenso.
Mientras tanto los alrededores del Cedrón y el camino que conducía a la puerta de Damasco se llenaban de tiendas, pequeños aduares y cabañas improvisadas para albergar a la multitud de peregrinos que acudían a Jerusalén a celebrar la Pascua.
De vez en cuando Ben-Hur recibía en su tienda a misteriosos mensajeros, hombres de aspecto belicoso con quienes mantenía largas conversaciones en voz baja. Así se mantenía al corriente de los acontecimientos, y supo que en Jerusalén se tramaba un atentado contra la vida del Nazareno. Sin embargo, estaba convencido de que nadie lo intentaría en un momento en que Él gozaba de máxima popularidad entre el pueblo.
Al atardecer del 25 de marzo, Ben-Hur dispuso su caballo y se aprestó para dirigirse a Jerusalén aquella misma noche.
El campo estaba desierto, ya que los peregrinos habían acudido a la Ciudad Santa a inmolar corderos en los atrios del Templo, pues era la víspera de la Pascua.
Ben-Hur entró en la ciudad por la puerta Norte. Jerusalén, con todas sus luces encendidas, brillaba para gloria y honor de su Señor, el Dios de Israel.
Se apeó a la puerta del «khan» desde el que hacía más de treinta años partieran hacia Belén los tres magos, se dirigió a la casa de sus padres y entró en la gran sala.
Con hábil rodeo, como todos los jóvenes cuando pretenden ocultar los impulsos de su corazón, Ben-Hur preguntó por Baltasar, aunque su verdadero interés era ver a la egipcia.
Cuando terminó de hablar apareció Iras envuelta en una blanca nube de velos. Pronto se dio cuenta del cambio sufrido en la mujer. Con voz fría y las facciones duras, la egipcia habló y sus palabras fueron inesperadas:
— A tiempo llegas, hijo de Hur. Mañana sería tarde para darte las gracias por tu hospitalidad, ya que para entonces espero no permanecer aquí. Dime, príncipe de Jerusalén, ¿qué es del hijo del carpintero de Nazaret, hijo de Dios a la vez, y del que se esperan tantas cosas?
— No soy yo quien debe guardarle — replicó el joven.
— ¿Acaso ha destruido el poderío romano? ¿Dónde está la capital de su Reino?
Las palabras de la egipcia no demostraban que hablara en broma. Más que enojosas, tales preguntas eran insoportables.
— Ten paciencia, ¡oh egipcia!
— Creí que para ahora tú serías gobernador o virrey. Lamentaría que aún no dispusieras de ese reino que yo habría de compartir contigo.
— Estás dando muestras de que Isis puede besar el corazón de una favorita y no por ello hacerla mejor.
— En lugar de llegar tu Rey montado en un brioso corcel, cubierto con regia armadura y seguido de centurias galileas, entra en la ciudad a lomos de un pollino y con los ojos llenos de lágrimas. ¡El Rey! ¡El Redentor de los hombres llorando como un niño! ¡Ja, ja, ja!
Ben-Hur sentía que la cólera se apoderaba de él.
— Quise tener paciencia — continuó la mujer— ; esperé a ver si al fin daba muestras de su poder. Vi cómo entraba por la puerta de Susa y el Patio de las Mujeres. Cuantos presenciaron su entrada esperaban, tan ansiosos como yo misma, la ceremonia de su proclamación. ¡Ja, ja, ja! Ni tan siquiera dijo esta boca es mía. Igual que una mujer, recogió su túnica y siguió adelante. ¡Todavía sigue en pie el viejo Imperio romano!
Con la esperanza de un Rey guerrero perdida, junto con su venganza personal, Ben-Hur dijo con humildad:
— Quisiera conocer el designio que tú alimentas. No obstante, sólo te pido que no hablemos más de este asunto. Cuéntame lo que pretendes; y si es preciso olvidarte, lo haré así y seguiré mi camino solo.
— Puedes hacer lo que gustes. Tienes el permiso para dejarme, ya que nada tengo que explicarte.
— Que la paz te acompañe, pues — dijo él dirigiéndose a la salida.
— Sólo una palabra, joven Hur. ¿Piensas en lo que sé de ti?
— ¿Qué es ello, bella egipcia?
— La historia de un judío que escapó de las galeras; del que dio muerte a un hombre en el palacio de Iderneo y que lo mismo hizo con un centurión en la plaza del Mercado. Ese mismo judío ha preparado tres legiones galileas para combatir al gobernador romano y, por tanto, al Imperio. El jeque Ilderim es uno de sus aliados. ¿Qué sucedería si alguien contara todo esto en los oídos de quien tú sabes? Veo que palideces, joven Hur. Tú has vivido en Roma y sabes bien lo que podría suceder si alguien relatase todo esto y añadiera que se trata del hombre más rico del Oriente. Las representaciones del circo cobrarían esplendor, y los peces del Tíber se sentirían agradecidos.
Sin impresionarse, el joven hebreo respondió:
— Sé muy bien que estoy en tus manos. También sé que podría darte muerte, pero eres mujer. En el desierto no darán conmigo las centurias romanas; y si lo intentasen, bosques de lanzas se elevarían para herir a la aborrecida Roma. Sólo una cosa te suplico: ¿Quién te ha contado todas esas cosas de mí?
— Las he recogido de un sitio y de otro. La lona de la tienda de mi padre no es obstáculo grande para evitar enterarse de las conversaciones que han tenido Ilderim y él. También de ti, hijo de Hur, he obtenido tales conocimientos.
— ¿Sólo es así como has llegado a saber todas estas cosas? ¿Nadie más ha contribuido a ello?
— No.
— Gracias. Que la paz sea contigo — saludó Ben-Hur después de lanzar un suspiro de satisfacción.
— Espera — dijo ella— . Te ruego que no me guardes rencor, ¡oh hijo de Hur!, porque te diga que conozco los motivos por los que Arrio te nombró su heredero. Juro por todos los dioses egipcios que temo, con sólo pensarlo, que puedas caer en manos de Roma. — Hizo una pausa y prosiguió— : No existe la verdadera felicidad en una mujer si su vida no la llena el amor. Cuando tú eras adolescente tenías un amigo que se portó contigo tan mal que os convertisteis en enemigos. Después de estar mucho tiempo separados, volvisteis a encontraros en el circo de Antioquía.
— ¡Messala!
— El mismo. Tú, noble príncipe, sálvalo. Por causa de las apuestas que le obligaste a hacer quedó en la miseria. A consecuencia de las heridas que le infligiste arrastrará, durante el resto de sus días, un cuerpo inválido. Sólo tú puedes salvarle.
Seis talentos no representan nada para tu cuantiosa fortuna, y para él…
— ¿Te ha encargado Messala que me digas esto, bella egipcia?
— No puedo contestar a tu pregunta. Opina como gustes. Has de saber que Messala es un espíritu noble y que…
— ¿Acaso haría él por mí lo que me pides que yo haga por él? ¡Responde, por tus dioses! Calma mi ira, o no respetaré tu condición de mujer — clamó Ben-Hur asiendo a la mujer por brazo.
— ¡Suéltame, vil judío! ¿Creíste que mi amor por ti era verdadero? Has de saber que todo fue por él. Ahora han de ser veinte talentos más. Con ellos pagarás la repugnancia que he soportado al mantenerme a tu lado. Ordena a ese mercader que administra tu fortuna que entregue a la orden de Messala los veintiséis talentos.
— ¡Escucha, egipcia! Puedes decir a Messala que he recobrado la fortuna que él me arrebató; que he regresado de las galeras adonde él me condenó; que mi hermana y mi madre, encarceladas por su denuncia y encerradas en la Torre Antonia, están libres y llenas de salud, y que Roma no conseguirá despojarme de la herencia de Arrio, ya que ha sido vendida y su importe administrado por Simónides y garantizado con una salvaguardia imperial. Añade que junto con mi desprecio no le envío mi maldición, pero sí a alguien que es la síntesis de todas las maldiciones.
Condujo luego a la mujer hasta la puerta y la despidió.
Dejando a Iras, Ben-Hur salió del salón, pensando con horror que durante muchos años él y sus amigos habían estado a merced de la bella egipcia. Sintió herida su vanidad por no haber descubierto la conexión entre ella y Messala.
— ¡Gracias a Dios, esta mujer no ha ejercido más influencia sobre mí! — dijo en voz alta, y añadió— : Me parece que nunca la he amado de veras.
Pensando si Baltasar sería cómplice de su hija, llegó a la azotea.
Detrás del sillón del buen Simónides, desde donde se contemplaba gran parte de la ciudad, encontró Ben-Hur dormida a la joven Esther. La contempló sin querer despertarla, y comparó su belleza, bondad y dulzura con la perversidad de Iras.
Ben-Hur cruzó por entre la multitud que asaba la carne para sus ofrendas y viose invitado por muchos para que se quedara entre ellos; mas él les dio gracias y continuó hacia el «khan», donde había dejado el caballo, para volver a las tiendas. A poco distinguió antorchas, a cuya luz brillaban las picas de los soldados de Roma.
¿Adónde irían a aquellas horas, rodeando a varios personajes de la clase sacerdotal, del partido de Caifás y de Anás?
El hebreo puso su atención en tres personajes, quienes parecían los más importantes por las atenciones que les dispensaban los esclavos. Reconoció en el de la izquierda a uno de los jefes de servicio en el Templo, así como en el de la derecha a uno de los sacerdotes. El del centro no le era conocido; quizás por llevar la cabeza baja parecía más bien un preso a quien condujeran a algún suplicio. Aquel hombre levantó la cabeza por un momento, y con gran asombro reconoció en él a Iscariote, uno de los discípulos del Nazareno. Ben-Hur vio cómo el cortejo se dirigía hacia la garganta del Cedrón y se preguntó con qué objeto irían hacia el fondo del torrente aquellos hombres escoltados por tal número de soldados romanos.
Les siguió de lejos; y llegaron al huerto de los Olivos. A través de un portillo distinguió la figura inconfundible del Nazareno, y cerca de él a sus discípulos.
Entonces comprendió todo. Judas Iscariote había vendido al Maestro. Ben-Hur esperó con ansiedad para ver la reacción del Nazareno, para ver cómo Él se defendía, pero sólo escuchó estas palabras:
— ¿A quién buscáis?
— A Jesús de Nazaret — contestó uno de los sacerdotes.
— Yo soy el que buscáis.
Ante la sencillez con que fueron dichas aquellas palabras muchos de los presentes se dejaron caer al suelo temblando. Tal vez nada hubiesen hecho; pero entonces se adelantó Judas y dijo con una voz dulce y falsa:
— ¡Salve, Maestro! — y después le besó.
— ¿Con este beso entregas al Hijo del Hombre, Judas? — replicó el Nazareno sin obtener contestación. Y dirigiéndose de nuevo a los soldados, volvió a preguntar— : ¿A quién buscáis?
— A Jesús de Nazaret.
— Yo soy.
Entonces se adelantaron los soldados para prender al Mesías. Los discípulos intentaron defenderle, y uno de ellos arrancó de un tajo la oreja de uno de los que pretendían atar al Maestro.
El Maestro, en uno de sus actos milagrosos, restauró la oreja cortada del sicario diciendo al herido:
— No sufras más.
Soldados y discípulos quedaron sumidos en la mayor perplejidad. Luego el Maestro se dirigió al discípulo que había empuñado la espada y le dijo:
— Guarda tu espada en la vaina. El cáliz que mi Padre me envía, he de apurarlo hasta las heces.
Los soldados se dispusieron a llevárselo. Ben-Hur pensó desesperado: «He de hacer algo para impedirlo».
La turba había vuelto a envalentonarse y rodeó al Maestro. Los soldados se pusieron a sus lados y la comitiva emprendió el regreso a la ciudad. Ben-Hur se desprendió de su túnica y de su turbante y se abrió paso hasta el hombre que llevaba la cuerda que ataba al Nazareno. La tomó entre sus manos y se colocó al lado de Jesús.
— ¡Maestro, Maestro! — murmuró apresuradamente— . ¡Dime que sigues a estos hombres por Tu voluntad! Soy tu amigo: ¿quieres que haga algo?
La multitud que seguía al cortejo crecía por momentos. Algunos empezaron a darse cuenta de la presencia de Ben-Hur y de que algo raro ocurría. Rodearon a Ben-Hur y empezaron a gritar con los puños levantados:
¡Cogedle, matadle; es uno de ellos!
Ben-Hur, cuyas fuerzas centuplicó la ira, se abrió paso a puñetazos y empellones. Volvió sudoroso y ensangrentado al lugar donde había dejado su manto. Se lo puso, volvió al «khan» en busca de su caballo y regresó a sus tiendas en Cedrón.
Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño. Su fe en la restauración del reino de Israel empezaba a vacilar… pero soportaría con paciencia aquel desengaño y se casaría con Esther.
Ya había amanecido, cuando llegaron dos jinetes a la puerta de la tienda de Ben-Hur. Al ser invitados por el joven a tomar asiento, ambos hombres se negaron con estas palabras.
— No es posible, hijo de Judá. El Nazareno ha sido juzgado y condenado ante Pilatos, quien por dos veces quiso declararlo inocente, pero ante la insistencia de los sacerdotes terminó por decir: «Sobre vosotros caiga ese crimen». A lo que éstos y el pueblo entero respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Pronunciada la sentencia, el árbol de la Cruz va a ser levantado en el Gólgota.
Ben-Hur llamó al criado árabe y le ordenó que preparase los caballos. Después de tomar algunos alimentos vistióse y, enfundando su espada, se preparó para partir.
— ¿Adónde vas? — preguntó uno de los recién llegados.
— A reunir a las legiones galileas — replicó.
— Todos están de parte de los sacerdotes. Sólo nosotros permanecemos fieles.
Empuñando las riendas, el joven hebreo exclamó:
— Pero ¿qué se proponen?
— Matarle.
— Entonces ¡corramos al Gólgota!
Durante el camino tropezaron con muchos grupos excitados compuestos por hebreos de Libia, Egipto, Antioquía, en suma de todas las tribus y castas de Jerusalén, de Judea, de Israel, que acudían atropelladamente a ver morir en la cruz a Jesús.
Ben-Hur distinguió a Simónides, llevado por sus criados en un sillón, y a Esther, que le acompañaba. Se acercó y les dijo:
— Que la paz sea con vosotros. Si os dirigís al Gólgota, esperad hasta que termine el desfile, y luego os acompañaré.
— La voluntad de Baltasar será la mía, hijo de Hur. Díselo a él; viene en esa otra litera.
Ben-Hur levantó las cortinas y distinguió el pálido rostro de Baltasar, que al reconocerle preguntó:
— ¿Podremos ver al Nazareno?
— Le veremos, buen anciano. Ha de pasar cerca de aquí.
Furiosos, crueles, escarnecedores, los gritos de la multitud anunciaron la llegada del Mesías, que avanzaba penosamente tras una escolta de legionarios de brillantes armaduras. Estaba exhausto; avanzaba con pasos vacilantes, cargado con la cruz que habría de llevar hasta el lugar del suplicio; en sus sienes descansaba una corona de espinas, y pendía de su cuello una tablilla con una inscripción. Sus pies dejaban huellas de sangre en el suelo. Su piel estaba lívida, sus sienes desgarradas por la corona de espinas. Un campesino trataba de ayudarle a soportar el peso de la cruz. Cuatro legionarios romanos trataban de defenderle, con poco éxito, de los golpes, salivazos, insultos y pedradas de la muchedumbre. Cuando llegó a la altura de Ben-Hur y sus amigos el Maestro levantó los ojos hacia ellos. Esther se abrazó a su padre. Simónides empezó a temblar. Baltasar enmudeció y Ben-Hur exclamó:
— ¡Dios mío, Dios mío!
Como si hubiera adivinado sus sentimientos, el Nazareno volvió la cabeza y su mirada pareció bendecir a aquel grupo.
Simónides gimió desesperado:
— ¿Y tus legiones, hijo de Hur?
— Sólo estos dos hombres han permanecido fieles.
El comerciante inclinó la cabeza, experimentando la angustia de ver sus esperanzas muertas para siempre.
Seguían al Nazareno dos hombres cargados con sendas cruces. Eran dos ladrones, que habían de morir uno a cada lado del Maestro.
Detrás de todos ellos, con paso arrogante, iba un mitrado, al que seguían los guardianes del Templo, el Sanedrín y una larga fila de sacerdotes.
— He visto a Caifás — dijo Simónides después de haber contemplado al altivo pontífice— . Todo prueba que el Nazareno es el verdadero Rey de los judíos, como la tablilla que le han colgado del cuello dice.
— Mirad allí. Hay unas mujeres que lloran. ¿Quiénes serán? — dijo Esther señalando a un grupo de cuatro mujeres y un hombre.
— Es Juan, el discípulo más querido del Maestro; la que se apoya en su brazo es María, la madre del Redentor — repuso Ben-Hur.
Entre los gritos de la multitud sobresalían las palabras de:
— ¡Crucificadle, crucificadle! Es el Rey de los judíos, el destructor del Templo.
— Partamos de aquí — dijo Simónides.
Absorto en sus pensamientos, Ben-Hur no oyó el llamamiento. Vio a un grupo de galileos y dirigiéndose a ellos les dijo:
— Es el momento de luchar por la causa por la que os armé. Reunid a todos los demás y esperad al pie de la cruz, dispuestos a libertar al Nazareno. Yo os daré la señal.
— Él no es el Rey. Le vimos entrar en el Templo, después de abandonarnos en la puerta Hermosa, y rehusó el trono de David. El pueblo de Galilea no está con Él. Ya que así lo ha querido, que muera. Si deseas luchar por la libertad, cuenta con nosotros.
Ben-Hur, indeciso, se cubrió la cara con las manos, estremeciéndose a impulsos de la lucha entre su voluntad y una voz interior que le hacía desistir.
La voz de Simónides tornó a oírse:
— Estamos esperándote, Ben-Hur. Vamos.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Ben-Hur marchó tras la litera de Baltasar. Esther iba a su lado. Una mano y un designio ocultos conducían los pasos de Ben-Hur.
Sin saber cómo, Ben-Hur se encontró junto a sus amigos cerca del lugar del suplicio.
Sobre la cumbre del Gólgota se encontraba el sumo sacerdote, que se distinguía por sus vestiduras de los otros sacerdotes que le rodeaban.
Ben-Hur vio que algo nuevo aparecía en la pálida faz del Maestro. A su mente llegaron las palabras del Nazareno:
— Yo soy la resurrección y la vida.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por los secos golpes de un martillo. Ben-Hur distinguió cómo soldados y obreros preparaban las cruces para el martirio.
— Que tus hombres se apresuren — dijo el sumo sacerdote al centurión que mandaba la tropa.
— Las cruces están listas.
— Primero el Nazareno, a ver si es verdad que puede salvarse Él solo.
Cuando los romanos tomaron a Jesús, un estremecimiento sacudió a la multitud.
— Si el Señor no nos ayuda, Israel está perdido.
— Oremos, buen Simónides — dijo Ben-Hur— . La voluntad del Señor ha de verse cumplida.
Miró hacia la cruz, en la cumbre del Gólgota, y volvió a sentir en su espíritu las palabras:
— Yo soy la resurrección y la vida.
Mientras el Nazareno era clavado en la cruz, los soldados se repartían sus vestiduras.
— Ponedle Je cara al Templo — sonó la voz del pontífice.
Lo alzaron, colocaron la cruz dentro del hoyo, y el cuerpo del Hijo del Hombre pendió de sus ensangrentadas manos y de sus escarnecidos pies. Ni aun así lanzó una exclamación de dolor; sus labios se movieron para decir:
— Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.
La aparición de la cruz sobre el fondo azul del cielo hizo que de las gargantas de la multitud surgiera un grito de salvaje alegría. Desde la cruz la mirada del Cordero de Dios se dirigió a su pueblo, que con tanta ignominia había renegado de Él.
Un súbito velo se extendió sobre la superficie de la Tierra y la envolvió en un prematuro crepúsculo. Los gritos cesaron, las bocas enmudecieron, las montañas fueron cubiertas por las sombras como para ocultarse de aquel sangriento espectáculo.
Simónides intentó tranquilizar a Esther, que, pálida, contemplaba todo.
— No te asustes, mi buena Esther. Pronto pasará esta nube.
— Son los espíritus del aire, que tratan de ocultar este horrendo sacrilegio a los ojos del Universo.
— ¿Por qué no habré muerto yo cuando mis compañeros? ¡Oh, Melchor! ¡Feliz Gaspar! — clamaba Baltasar desesperado.
La oscuridad se hizo más intensa. Los dos ladrones fueron levantados en sus cruces. La muchedumbre, cada vez más asustada, permanecía muda.
La voz de un soldado gritó:
— Si es verdad que eres el Hijo de Dios, ¿por qué no te salvas a Ti mismo?
Cuando la oscuridad fue total los ánimos del sumo sacerdote y de su séquito vacilaron. Los entendidos en astronomía discutían sobre el fenómeno que presenciaban.
— Puede ser un eclipse — dijo uno.
Otros, en su interior, pensaban que el fenómeno tenía relación con el suplicio del Nazareno. Los soldados romanos, espiando cada gesto del crucificado, comentaban:
— Puede que sea en realidad el Mesías, y entonces…
Entretanto Ben-Hur y sus amigos, que se habían acercado al pie de la cruz, rezaban para que el Señor acelerase el fin.
Uno de los ladrones se dirigió a Jesús:
— Si en verdad eres el Hijo de Dios, ¡sálvate a Ti mismo y sálvanos a nosotros!
Al oír aquel ruego respondió el otro ladrón:
— Nosotros hemos recibido el castigo por nuestros crímenes. Pero Él, ¿qué mal ha hecho? — Dirigiéndose luego al Nazareno continuó— : ¡Oh, Señor, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino!
— En verdad te digo — respondió Jesús con voz firme y clara— que hoy entrarás conmigo en el Paraíso.
— ¡Esto es lo que yo he oído en mis sueños! — exclamó Ben-Hur dirigiéndose a Baltasar— . Su Reino no es de este mundo. Igual que tú, mi buen anciano, veo yo ahora con los ojos de la fe.
La noticia de que el Nazareno había ofrecido el Paraíso al ladrón corrió de boca en boca. Todos se preguntaban si en verdad aquel a quien habían crucificado sería el Mesías. Cuando llevaba ya tres horas clavado se oyó clamar al moribundo:
— ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?
Entonces recordó Ben-Hur que Él le había dado de beber; tomó una esponja de las empleadas para refrescar los labios de los condenados y corrió hacia Jesús ante los gritos de la gente:
— ¡Déjalo, déjalo!
En el momento de llegar al pie de la cruz Judá vio cómo el rostro de Aquél, que él había visto magullado y manchado por la sangre, resplandecía con un brillo sobrenatural y al mismo tiempo decía:
— Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu.
Después, con un estremecimiento y un grito de agonía, el Hijo de Dios expiró.
— Ha muerto — dijo Ben-Hur a sus amigos cuando volvió junto a ellos— . ¡Todo ha concluido!
La noticia de su muerte corrió con rapidez increíble. Al fin el pueblo había conseguido sus propósitos. Las asustadas gentes se preguntaban si su sangre caería sobre ellos.
Un fuerte temblor sacudió la tierra. Las gentes, despavoridas, pretendían huir, sin saber adónde acudir ni dónde ocultarse. La tierra se resquebrajaba a sus pies y todos se atropellaban en confuso montón. En su loca huida derribaron al sumo sacerdote sin respetarle, desgarraron sus vestiduras y le cubrieron de barro y de polvo.
Cuando brilló de nuevo la luz del sol únicamente se encontraban al pie de la cruz la madre del Nazareno, las fieles mujeres de Galilea, el discípulo preferido del Señor, Ben-Hur y su familia. El buen Baltasar había muerto a consecuencia del terremoto. Sus restos fueron llevados a la ciudad y depositados en el salón de los huéspedes de la casa de los Hur. Quiso Ben-Hur avisar a Iras y la buscó en la casa, mas no pudo hallarla. Preguntó a los criados; ninguno supo darle razón del paradero de la egipcia.
Habían transcurrido nueve días desde la curación de Tirzah y de su madre cuando ambas fueron llevadas a casa, en la que a partir de entonces las palabras más solemnes que se pronunciaban eran siempre:
DIOS PADRE Y CRISTO HIJO
Cinco años habían transcurrido desde el día de la crucifixión del Mesías. Un caluroso día de primavera, Esther, esposa de Ben-Hur, se hallaba en la bellísima villa de Miseno. Todo a su alrededor respiraba el más puro estilo romano, excepto el traje de corte judío de Esther.
Tirzah y dos hermosos niños jugaban sobre una piel de león. Eran los hijos de Esther y Ben-Hur. De pronto un siervo apareció en el salón:
— Señora — dijo dirigiéndose a Esther— : en el atrio está una mujer que desea ser recibida por ti.
— Condúcela aquí.
A los pocos minutos entró en el salón una mujer de aspecto extraño. Esther se levantó y palideció intensamente.
— Pero…, eres tú…, eres…
— Sí; soy Iras, la hija de Baltasar.
Esther trató de dominar su sorpresa y ordenó al criado que dispusiera un asiento para su visitante.
— No — dijo Iras con sequedad— : me voy en seguida.
Las dos mujeres se miraron en silencio. Apenas si quedaban rastros de la antigua belleza de la egipcia. Tenía aspecto descuidado y sucio en facciones y vestidos, que revelaban a las claras que su vida no había discurrido por los cauces de la felicidad y el bienestar.
Iras rompió el silencio y preguntó con amargura:
— ¿Son tuyos esos niños?
Esther respondió con una sonrisa:
— Sí. ¿Quieres besarlos?
— Les asustaría — respondió Iras.
Luego se acercó a Esther, que retrocedió un paso sin querer.
— No temas — dijo la egipcia— . Traigo un mensaje para tu esposo. Su enemigo ha muerto. Yo misma lo he matado para vengarme de las infamias que me ha hecho sufrir durante todos estos años.
— ¿Su enemigo?
— Sí; Messala, el romano. Dile además que el mal que le he deseado ha caído sobre mi cabeza.
Esther no pudo contener las lágrimas al oír el tono desgarrador de Iras. Quiso acercarse a la egipcia, pero ésta la contuvo con un gesto y dijo:
— No, no lo hagas. Dile a Ben-Hur que al fin he descubierto que romano y malvado son palabras sinónimas.
Quiso entonces marcharse, pero Esther la contuvo.
— Espera, Iras. Habla con mi esposo. No te guarda rencor. Nosotros somos cristianos.
— No; no he conseguido lo que quería. Pero dentro de poco todo habrá concluido para mí.
Esther, vacilante e indecisa, preguntó:
— ¿No podemos hacer algo por ti…? ¿No desearías que…?
— Sí; una sola cosa deseo — respondió Iras cortando las vacilantes palabras de Esther.
La hebrea dirigió su vista en la dirección de la mirada de Iras y comprendió lo que ésta deseaba.
— Sí, puedes hacerlo.
Iras se acercó a los niños. Se arrodilló a su lado y acarició y besó sus cabecitas.
Luego, con lentitud, se puso en pie y sin añadir una sola palabra salió precipitadamente de la casa.
Aunque Ben-Hur hizo después cuanto pudo por averiguar su paradero, no pudo hallarla. Sospechó un trágico fin de la existencia de aquella mujer, arrastrada por la ambición.
El anciano mercader Simónides vivió hasta una edad muy avanzada. En el año décimo del reinado de Nerón se decidió por fin a abandonar la dirección de los negocios. Vendió las galeras de su flota. Una noche, reclinado en su habitual sillón de inválido en la azotea de su casa de Antioquía, en compañía de Esther, Ben-Hur y sus tres nietos, contemplaba cómo la última de sus galeras, llegada de Roma la víspera, se balanceaba en las aguas del río.
Desde el día de la crucifixión hasta aquél, sólo una sombra había turbado la felicidad de la familia: la muerte de la madre de Ben-Hur. Su fe cristiana había mitigado el dolor de la separación.
La nave les había traído noticias del comienzo de las persecuciones contra los cristianos iniciadas por Nerón. Cuando discutían aquellas noticias apareció Malluch con un mensaje para Ben-Hur.
— Un árabe lo ha entregado y ha vuelto a partir sin esperar respuesta.
Ben-Hur leyó con rapidez el mensaje y luego dijo a Simónides:
— Escucha lo que este pergamino dice:
Yo, Ilderim, primogénito de Ilderim el Generoso y jeque de la tribu de Ilderim, a Judá, hijo de Hur.
Tú sabes lo mucho que mi padre te amaba. Lee el escrito que te incluyo y conocerás su voluntad y la mía.
La paz sea contigo y los tuyos.
ILDERIM, JEQUE
Ben-Hur desenrolló a continuación un papiro amarillento por los años y leyó su contenido:
Ilderim, llamado el Generoso, jeque de la tribu de Ilderim, a mi primogénito y sucesor:
Todo cuanto poseo, hijo mío, será tuyo el día de mi muerte, excepto la propiedad junto a Antioquía conocida por el nombre de huerto de las Palmeras, que deseo legar al hijo de Hur, que tanta gloria nos proporcionó en la arena del circo. A él y a los suyos para siempre.
ILDERIM EL GENEROSO, JEQUE
— ¿Qué opinas de esto? — preguntó Ben-Hur a Simónides tras la lectura de los dos documentos.
Simónides permaneció silencioso, con la mirada perdida en el río, y luego respondió con acento solemne:
— Hijo de Hur, el Señor nuestro Dios ha sido muy generoso para contigo. ¿No crees que ha llegado el momento de decidir lo que quieres hacer con tu inmensa fortuna?
— Lo he decidido hace mucho tiempo. Está a disposición de nuestra causa. Pero ¿cómo emplearla mejor en ella? Aconséjame, te lo ruego.
Simónides guardó un largo silencio y luego respondió:
— Sé que has entregado grandes cantidades a la iglesia de Antioquía. Sin embargo, la luz de la fe está amenazada en la capital del Imperio. ¡En Roma no puede afirmarse la luz de la fe!
— Dime, ¿qué puedo hacer yo?
— ¡Creo que puedo dar respuesta a esta pregunta! Los romanos y el mismo Nerón sólo respetan dos cosas, para ellos sagradas por encima de todas las demás: las cenizas de los muertos y los sepulcros. Has oído el peligro que corren nuestros hermanos en Roma. No podemos construir templos en la superficie de la capital; pero tú puedes hacerlo bajo tierra, y para evitar su profanación, entierra en ellos los cadáveres de quienes mueran por la fe.
Ben-Hur se puso en pie, excitado y conmovido por aquel proyecto.
— ¡Es una idea grandiosa! — exclamó— . No tardaré de ponerla en práctica. La misma nave que nos trajo la noticia de las persecuciones me llevará a Roma.
Zarparemos mañana.
Luego, dirigiéndose a Malluch, añadió:
— Disponlo todo para mañana. Tú me acompañarás.
Durante toda la conversación Esther había guardado silencio. Al ver que su esposo la miraba, como si esperase de ella alguna palabra, la hija de Simónides exclamó:
— ¡Oh esposo mío! No quiero ser un obstáculo en tus esfuerzos por servir a la causa de Cristo. Sólo te ruego que me lleves contigo para que pueda ayudarte.
Si alguno de los lectores de este libro visita en Roma las catacumbas de San Calixto podrá comprobar en qué fue empleada la fortuna de Ben-Hur. De aquella vasta tumba surgió el Cristianismo que terminó por vencer a los Césares romanos.
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