Nació en Toledo en 1526 y murió en Madrid en 1611. A los trece años marchó a Roma como paje del cardenal Farnesio, al que abandonó para ingresar en la Compañía de Jesús, viviendo en París, Roma y otras capitales. Enseñó Retórica en Palermo y pronunció discursos en Lovaina y Bruselas. Ocupó cargos de gobierno dentro de su Orden religiosa. Regresó a España por causa de su salud, ocasión que aprovechó para dedicarse a la composición de sus obras. Su obra pedagógica se titula “Tratado de la Religión y virtudes que debe tener el príncipe”
Su obra intenta abordar la educación del príncipe, porque educado el príncipe marcharán mucho mejor las cosas de su reino.
Quiere salir al encuentro de Machiavelo, al que rebate punto por punto.
El príncipe, como ministro de Dios, debe gobernar de acuerdo con la voluntad divina.
Debe ser también modelo de virtudes para todos sus súbditos.
Desarrolla especialmente las cuatro virtudes cardinales: la justicia con la misericordia, la prudencia, la fortaleza y la templanza.
No hay cosa que haga al hombre más semejante a Dios (como dijo Cicerón) que el perdonar y dar la vida a los hombres, ni que los mimos hombres queden más cautivos con cadenas de amor, que cuando el príncipe, pudiéndolos castigar, los perdona y les da la vida, mereciendo ellos la muerte.
El príncipe debe ser de suyo más inclinado a la clemencia que a rigor, y más fácil en perdonar los delitos que se cometen contra su persona que los que se cometen contra Dios o contra el bien de su reino. Y cualquier castigo que hiciere, hacerlo ha de manera que se entienda que es celo de justicia y no saña y venganza.
La verdad es que la prudencia es la guía y maestra de todas las virtudes y es como el ojo y luz de los que rigen.
Dos cosas son las más necesarias para un príncipe: que sea santo en su casa y valeroso fuera; pero en la uno y en lo otro, prudente.
Esta prudencia debe ser verdadera prudencia y no aparente; cristiana y no política; virtud sólida y no astucia engañosa.
Así como el gusto estragado juzga mal los sabores, así la voluntad estragada con alguna pasión se ciega y juzga mal de las cosas. Y por eso dice Aristóteles que es imposible que sea prudente el que no es virtuoso.
El que no tiene prudencia para regirse a sí mismo, menos la tendrá para regir su casa, las ciudades, provincias y reinos.
La lección de la historia es gran maestra de la prudencia, pues por lo pasado podemos sacar lo provenir.
Todas las reglas de prudencia aprovecharían poco, si el príncipe no tuviese en sí la prudencia o la que nuestro Señor comunica a los que con humildad se la piden.
Si hay algún camino para aprender prudencia acá en la tierra, creo que es el hombre no fiarse de sí, ni de su prudencia, y tratar y consultar sus cosas con varones fieles y prudentes e ir haciendo memoria de las cosas que cada día pasan. Porque no hay cosa que nos enseñe más que la experiencia de lo que nosotros mismo probamos o tocamos, y el leer los libros de los que fueron prudentes, en los cuales se hallan muchos y muy provechosos avisos. Y estos libros deberían leer los príncipes con mucha atención, porque como son de autores ya muertos, dicen las verdades con llaneza y sin lisonja, lo cual muy pocas veces hacen los vivos, por más amigos que sean.
La fortaleza es virtud moral que arma al varón fuerte para que resista al vano temor, y modere la demasiada osadía, y acometa cosas dificultosas en que haya peligro de muerte, y sufra los asaltos y penas con valor y constancia.
Aquel es más apto para alcanzar la fortaleza que tiene el cuerpo más acostumbrado para padecer trabajos y fatigas, y que desde niño se ha criado al frío y al calor, al sol y al aire, en pobreza y necesidad, sin deleite. A esto debe atender con gran cuidado el príncipe, si quiere conservar su estado, y procurar que se críen los hijos de sus vasallos, sin los excesos de demasías y regalos con que al presente los crían.
La virtud de la templanza principalmente enseña a moderar los apetitos desenfrenados del gusto y del tacto, y la demasía y regalo de comidas y bebidas y a poner freno a la concupiscencia y deshonestidad.
El que leyere con atención la historia y considere la caída de las repúblicas y grandes imperios, hallará que casi todos tuvieron su principio y raíz en la destemplanza y demasiado regalo.
Un corazón vencido por el deleite no tiene fuerza para regirse a sí mismo, ni a otros, ni para resistir a sus pasiones, ni a los asaltos de los enemigos, y que hará muchos agravios y violencias si tuviere ocasión para ello y destruirá con su mal ejemplo las buenas costumbres.
Los textos e imágenes que se muestran en esta web se acogen al derecho de cita con fines didácticos, que pretenden fomentar el conocimiento de las obras y tienen como único objetivo el análisis, comentario o juicio crítico de las mismas.