29 enero 2023: Domingo IV Tiempo ordinario
por Javier Agra Rodríguez
Dios ha escogido lo que es débil y ha hecho que Jesucristo sea para nosotros nuestra sabiduría y nuestra virtud, nuestra santidad y nuestra libertad.
Que el mismo Señor Jesús esté siempre con vosotros.
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Reflexión sobre el Evangelio
La puesta en escena de la lectura del evangelio que leemos hoy es solemne: El mote, la multitud, Jesús que se sienta, se acerca la multitud y comienza a hablar. Las ocho bienaventuranzas son un manifiesto concentrado, son aspiraciones evangélicas, actitudes de vida.
La pobreza es una renuncia expresa y constante a la codicia. La pobreza nos iguala a todas las personas, pues así aspiramos a compartir la riqueza de la tierra sin que ninguna persona quede rezagada. De esta manera llegará el reinado de Dios como insinúa el profeta Isaías 61, 1- 3.
A los afligidos de todos los tiempos, presentes en los salmos, en Éxodo 3, 17. “He decidió sacaros de la opresión… a una tierra que mana leche y miel” porque estamos probados en el crisol de la desgracia Isaías 48, 10; a todos los afligidos les llega el consuelo anunciado por los profetas como dice Isaías 40, 1. “Consolad, consolad a mi pueblo”
Dichosos los no violentos… recoge el salmo 37, 11. “los sufridos poseerán la tierra y disfrutarán de paz abundante”. Es una bienaventuranza trasversal que aspira al reparto ideal de la tierra injustamente acaparada por unos cuantos.
El hambre y la sed son reales y son también metáfora de aspiración y deseo, de necesidad que bulle en el corazón y encamina hacia la justicia y la felicidad común. La paz es parte del anuncio mesiánico, como leemos en Isaías 2, 2 – 5: “…Hacia él confluirán las naciones…De las espadas forjarán arados…ven, caminemos a la luz del Señor” Proverbios 12, 20: “…el que aconseja la paz vive contento”.
Ser hijos de Dios es un título honorífico que en Jesús se cumple en plenitud y que para todos es una promesa ya compartida en Jesús, el Cristo. Ya lo había anunciado el libro del Deuteronomio 14, 1: “Hijos sois del Señor, vuestro Dios” también leemos en el profeta Oseas 2,1:”… y los llamarán hijos de Dios vivo”
El cuadro
Para este domingo IV del tiempo ordinario propongo la pintura “SERMÓN DE LA MONTAÑA” del pintor KÁROLYN FERENCZY (Viena 1862 – Budapest 1917) realizada el año 1896 que se expone en la GALERÍA NACIONAL DE HUNGRÍA en Budapest. Este pintor húngaro de la corriente impresionista es considerado el padre de la pintura húngara moderna.
En este cuadro, como corresponde al movimiento impresionista, Ferenczy presenta el corazón, el alma de los personajes por él pintados de modo que es más profundo que el mero retrato o la plasmación del momento. El instante está envuelto en la luz, en la trascendencia del conjunto armonizado en una atmósfera de interiorización serena.
A través de la luz y los colores de los diferentes rostros, la escena cobra intensidad de movimiento como si el sol dibujara diversas facciones con el cambio de los minutos que se suceden en este sermón de las bienaventuranzas.
El atardecer que nos presenta Károlyn Ferenczy se consigue a través de colores y juegos de luces diferentes; es muy diferente del claro-oscuro que estábamos viendo en anteriores ápocas. Jesús ocupa el centro luminoso de la escena, pese al escorzo en que lo vemos, su rostro y sus manos también conversan con nosotros espectadores, su voz y su mensaje nos la mandan las personas que lo escuchan y son al mismo tiempo sus mensajeros. Ved la blanca luz de los personajes de la derecha, la cercanía del grupo de la izquierda. Están situados de modo que inevitablemente han elegido ser altavoces de la voz del Maestro.
La vida que expresa todo el conjunto, la exuberancia de vegetación y verdor, la frondosidad de la naturaleza que llega hasta las montañas del fondo y se intuye, a través del azul del horizonte, como un mundo sin fronteras más allá de nuestra visión y aún más allá de lo que podemos abarcar con el pensamiento es el tiempo y el espacio de la historia y de todos los tiempos y lugares a los que se dirigen estas bienaventuranzas de Jesús, el Cristo. Igual que a nosotros nos lanza su mensaje a través de quienes lo escucharon, nosotros hemos de ser mensajeros y luz para quienes vivan después de nosotros.
Javier Agra Rodríguez
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