Heidi
Johanna Spyri
Johanna Spyri
Libro II - Capítulo 15
Una soleada mañana de septiembre, el bondadoso doctor que había hecho posible el retorno de Heidi al hogar caminaba por la calle en dirección a la casa de los Sesemann. Era uno de esos días en que todo el mundo debería sentirse feliz, pero el hombre andaba con los ojos bajos, sin levantarlos ni una sola vez para contemplar el cielo azul. Sus cabellos se habían tornado más blancos desde la primavera y un halo de honda tristeza le envolvía. Su única hija había muerto recientemente y aún no se había recuperado de tan sensible pérdida; ella había sido la gran alegría de su vida desde que falleciera su esposa mucho tiempo atrás.
Sebastián le abrió la puerta y le acompañó con algo más que respeto, pues además de ser un gran amigo de la familia, el doctor trataba siempre a la servidumbre con amabilidad y cortesía y ellos le consideraban como a un amigo.
— ¿Todo bien, Sebastián? — preguntó, mientras subían las escaleras.
Cuando entró en el despacho del señor Sesemann, éste le saludó, al tiempo que se levantaba.
— Me alegro de verle, doctor. Quiero hablar nuevamente con usted respecto al viaje a Suiza. ¿No ha cambiado usted de opinión ahora que Clara parece haber mejorado mucho?
— Nunca conocí a un hombre como usted, mi querido Sesemann —dijo el doctor, tomando asiento—. Ésta es la tercera vez que me llama para decirme lo mismo. Pero no hay forma de convencerle. Me gustaría que su madre estuviera aquí; ella compartiría mi punto de vista.
— Lo sé. Debe estar usted a punto de perder la paciencia conmigo, pero estoy seguro que comprenderá cuánto me disgusta negarle a la niña algo que le he prometido y que ella espera con ansiedad desde hace meses. Clara ha sido muy paciente durante su última crisis, creyendo que pronto iría a Suiza y que podría visitar a su amiguita en las montañas. Y ahora quiere usted decirme que no puede ir. La pobre ha sufrido ya tanto que no puedo decepcionarla hasta ese extremo.
— Pues me temo que tendrá que hacerlo —declaró el doctor en tono firme. Pero viendo que su amigo guardaba silencio, hondamente deprimido, continuó—: Considere, por favor. Éste ha sido el peor verano que ha pasado Clara desde hace años. El cansancio de un viaje como el que usted propone sería fatal para ella. Estamos ya en septiembre y aunque todavía puede hacer buen tiempo en las montañas, también es posible que el frío haya comenzado ya. Los días se acortan y Clara en modo alguno puede pasar las noches allí con Heidi, y para subir una hora o dos no vale la pena. Aquello queda muy lejos de Ragaz, como usted sabe, y, por otra parte, los senderos montañosos no son practicables para una silla de ruedas. Iré con usted y hablaré con Clara; ella es una niña razonable y estoy seguro que accederá a lo que le vaya proponer. Déjela ir a Ragaz en mayo próximo y que se someta allí a un buen tratamiento hasta que el tiempo sea realmente caluroso. Entonces puede ser llevada a la montaña ocasionalmente, y seguro que podrá disfrutar mucho más de sus visitas sintiéndose más fuerte que ahora en el estado en que se encuentra. Comprenda, Sesemann, que hay que cuidarla mucho si queremos que se recupere.
El señor Sesemann, que había escuchado al principio con expresión resignada, se puso en pie y declaró con vehemencia:
— Hábleme claro, doctor. ¿De verdad tiene usted alguna esperanza en una recuperación total?
El médico se encogió de hombros con aire pensativo.
— No mucha — admitió—, pero piense, amigo mío, que usted al menos tiene a su hija. Ella le quiere y anhela su regreso cuando está usted ausente. Usted no vuelve a una casa vacía ni se sienta solo a la mesa. Su hija es feliz en casa y aun cuando es mucho lo que le falta, vive mejor que otros niños. Dese por satisfecho y recuerde lo felices que son ambos teniéndose el uno al otro.
El señor Sesemann medía el despacho a grandes zancadas, como solía hacer cuando pensaba intensamente.
De pronto se detuvo delante de su amigo y le puso una mano en el hombro.
— Doctor, se me ocurre una idea. No puedo soportar el verle tan apenado. Tiene que cambiar. ¿Qué le parece si va usted a Suiza y visita a Heidi por cuenta nuestra?
Esta sugerencia tomó al doctor por sorpresa, pero no tuvo tiempo de hablar porque el señor Sesemann estaba tan complacido con su idea que le agarró inmediatamente por el brazo y se dirigió con él al cuarto de su hija. Clara se sintió tan contenta como siempre de ver al cariñoso doctor, quien cada vez que venía tenía algo divertido que contarle, pese a su propia amargura. Ella comprendía esta pena y hacía cuanto podía por ayudarle a recobrar su antigua jovialidad.
Se sentaron a su lado y su padre le tomó una mano, hablándole acerca del viaje a Suiza y de lo mucho que él había esperado el momento de realizarlo. Le dijo que el viaje tendría que aplazarse y, temiendo que ella se sintiera compungida, pasó rápidamente a su plan de que fuera el doctor quien hiciese este viaje, insistiendo en que ello le haría mucho bien.
Clara no pudo impedir que las lágrimas asomaran a sus ojos, aunque sabía que a su padre no le gustaba verla llorar; era muy duro renunciar a su visita a Heidi, pues se trataba de algo que había estado anhelando en las largas y solitarias horas de su enfermedad. Pero su padre nunca la decepcionaría a menos que lo considerase importante para su bienestar, de ello estaba segura, así que contuvo las lágrimas y se volvió al doctor.
— ¡Oh, sí, por favor — imploró dulcemente—, vaya a ver a Heidi por mí! Luego, cuando vuelva, podrá hablarme de todo: de cómo está ella, y de su abuelo, y de Pedro y de las cabras. Me parece como si ya los conociera a todos. Les llevará usted unos regalos a Heidi y a la abuela de Pedro. Irá usted, ¿verdad? ¡Si lo hace, le prometo tomarme todo el aceite de hígado de bacalao que usted quiera.
Pudo ser o no ser el aceite de hígado de bacalao lo que le hizo decidirse, pero la oferta iluminó su rostro con una sonrisa y dijo:
— Entonces es claro que debo ir, porque así te pondrás gorda y sonrosada, que es como papá y yo queremos verte. ¿Has decidido ya cuándo debo partir?
— Mañana por la mañana, a ser posible — repuso Clara.
— Ella tiene razón — dijo su padre—. Es una lástima perder un sólo día de este hermoso tiempo cuando uno puede estar en las montañas.
El doctor esbozó una leve sonrisa.
— ¡La próxima vez me dirán que ya debería estar allí! Bueno, veo que deberé empezar a prepararme en seguida.
Pero Clara tenía todavía mucho que decirle sobre lo que debía ver en Suiza para luego contárselo y sobre los muchos mensajes que tendría que llevarle a Heidi. Los regalos le serían enviados a su casa en cuanto la señorita Rottenmeier le ayudara a prepararlos. El doctor le prometió entonces partir, si no al día siguiente, sí dentro de los próximos días y contarle con todo detalle todo cuanto viera y oyera.
Los criados poseen la notoria facultad de enterarse de cuanto ocurre en una casa mucho antes de que se les diga, y Sebastián y Tinette eran verdaderos especialistas a este respecto. Mientras Sebastián acompañaba al doctor a la puerta, Tinette respondía a la llamada de Clara.
— Sal y compra, de esos pequeños pasteles que a mí me gustan, los suficientes para llenar esto.
Al decirlo, Clara le tendió una caja de grandes dimensiones. Tinette la tomó por un ángulo y la balanceó desdeñosamente.
— ¡Cuánto jaleo! — murmuró, al tiempo que salía.
Y Sebastián, al llegar a la puerta con el doctor, dijo:
— ¿Querrá hacer el favor de darle recuerdos míos a la señorita Heidi?
— ¡Caramba, Sebastián! — exclamó el doctor en tono afectuoso — ¿Ya sabes que me voy de viaje?
Sebastián carraspeó.
— Esto... bueno, sí, yo... creo que lo sé. ¡Sí, ya recuerdo!
Yo estaba en el comedor y oí mencionar ese nombre, y ya sabe usted que como un pensamiento conduce a otro...
— En efecto — sonrió el doctor—. Y cuanto más se piensa, más se sabe. Le daré recuerdos tuyos a Heidi, no te preocupes. Adiós.
Se volvió para salir, pero se lo impidió la llegada de la señorita Rottenmeier, con el chal revoloteando como una vela hinchada por el viento. El doctor dio un paso atrás para dejarla entrar y ella hizo otro tanto para dejarle salir, acostumbrada como estaba a tratarle con respeto y consideración. Así permanecieron unos segundos, cediéndose mutuamente el paso, hasta que una fuerte bocanada de viento la empujó hacia el interior con todas las velas desplegadas. El doctor se quitó de en medio con el tiempo justo de que ella no se le viniera encima. El talante del ama estaba un tanto excitado por la turbulencia del viento, pero al retroceder para saludar al doctor con el debido decoro, éste la apaciguó como muy bien sabía hacer. Luego le habló de su viaje y le pidió, de la manera más halagadora posible, que preparase el paquete para Heidi con la maestría que ella sola sabía emplear. Finalmente se despidió.
Clara esperaba tener un altercado con la señorita Rottenmeier sobre el envío a Heidi de las cosas que había preparado para ella, pero todo fue bien. Aquella mujer tan difícil parecía de un humor excepcionalmente bueno. Limpió la mesa para exponerlo todo a la inspección de Clara. Empaquetar todo aquello no era tarea fácil debido a la gran diversidad de objetos. Primero estaba el grueso abrigo con una capucha para que Heidi pudiera ir a visitar a la abuela de Pedro durante el invierno cada vez que quisiera, sin tener que espera a que su abuelo estuviera libre para acompañarla envuelta en el viejo saco. Luego venía un grueso mantón para que la abuela se arrebujara en él cuando el viento frío ululara en torno a la cabaña; a esto se sumaba la caja de pasteles para que los tomara de vez en cuando con el café alternando con los panecillos. Y una enorme salchicha que Clara intentaba en principio enviar a Pedro, porque éste no había comido nunca otra cosa que pan y queso; pero luego, pensándolo bien, decidió enviársela a Brígida para que la repartiese entre los tres a fin de que el chico no se la comiera toda de una vez. Había también una bolsa de tabaco para el abuelo, a quien le gustaba fumar en pipa por las tardes sentado en el banco y, finalmente, gran cantidad de pequeños paquetes-sorpresa que Clara había disfrutado en preparar especialmente para Heidi. La señorita Rottenmeier revisó la amplia colección de artículos con aire pensativo, considerando la mejor manera de embalarlos, y Clara imaginaba ya a Heidi saltando y gritando de alegría cuando llegara el gran paquete. El embalaje quedó pronto preparado, y Sebastián se dispuso a llevar el paquete inmediatamente a casa del doctor.
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