Madame D´Aulnoy
Había una vez un rey y una reina que se amaban tanto que sólo eran felices cuando estaban juntos. Todos los días iban de cacería y pesca, y por las noches iban a los bailes y a la ópera; cantaban, bailaban y comían ciruelas; eran los más felices del mundo y todos sus súbditos seguían su ejemplo a tal punto que su reino era conocido como la Tierra de la Alegría. Sin embargo, en el reino más próximo, todo era completamente distinto. El rey era salvaje y malhumorado y nunca disfrutaba nada. Se veía siempre tan feo y enojado que sus súbditos le temían; odiaba ver a alguien feliz. Si veía a una persona sonreír, le mandaba cortar la cabeza en el acto. Este reino era conocido como La Tierra de las Lágrimas.
Cuando este rey escuchó hablar del rey alegre, se puso tan celoso que reunió un gran ejército para ir a combatirlo. Y las noticias del avance militar llegaron rápidamente a los oídos del rey y la reina. Cuando la reina supo de esta situación se asustó muchísimo y comenzó a llorar amargamente. Le dijo a su esposo: “Señor mío, tomemos nuestras cosas y huyamos lo más lejos posible, hasta el otro lado del mundo”.
Pero el rey le respondió:
—¡No, esposa mía! Yo soy valiente y no haré eso; es mejor morir que vivir como un cobarde.
Entonces reunió a todo su ejército y tras despedirse tiernamente de la reina, montó en su espléndido caballo y partió. Una vez que se perdió de vista, la reina no pudo más que llorar, retorcerse las manos y llorar más.
—Si matan al rey, ¿qué será de mí y de mi pequeña? —decía, tan triste que no podía comer ni dormir.
El rey le mandaba una carta cada día, pero al final, una mañana, mientras ella miraba a través del ventanal de palacio, vio que se aproximaba un mensajero a toda velocidad.
—¿Qué noticias me tienes, mensajero?
—La batalla se ha perdido y el rey está muerto; en cualquier momento el enemigo estará aquí.
La pobre reina se desmayó, sus damas de compañía la cargaron y la recostaron sobre su cama; se quedaron a su lado llorando y lamentándose. Luego vino la confusión y un ruido tremendo, y supieron que el enemigo había llegado. Poco después escucharon al rey que había entrado en el palacio buscando a la reina. Las damas de compañía tomaron a la pequeña princesa, la pusieron en brazos de la reina, las cubrieron por completo con las cobijas y echaron a correr para salvarse. La reina temblaba de miedo esperando que no la encontraran. Pero el rey no tardó en entrar en la habitación; estaba furioso porque la reina no le había respondido cuando la había llamado. Le arrancó la ropa de seda y le desabrochó el cordón del sombrero; entonces, al soltarse, su cabello cayó a la altura de los hombros. El rey le dio tres vueltas enrollándose la mano con el cabello y la cargo sobre sus hombros como si fuera un saco de harina.
La pobre reina llevaba a su hija en brazos y gritaba pidiendo clemencia, pero el malvado rey sólo se burlaba de ella y le decía que siguiera gritando porque le divertía mucho y así montó en su enorme caballo negro y cabalgó de vuelta a su país. Al llegar afirmó que iba a colgar a la reina y a la pequeña princesa del árbol más cercano; pero los de su corte le dijeron que sería una pena, pues cuando la princesa creciera podría ser una buena esposa para su único hijo.
Al rey le pareció una buena idea y encerró a la reina en el cuarto más alto de una alta torre; un cuarto muy reducido, casi sin muebles, apenas con una mesa y una cama muy dura en el piso. Luego mandó traer a un hada que vivía cerca de ahí y después de recibirla con más cortesía de la que usualmente guardaba para ella, y de ofrecerle un gran festín, la llevó a que viera a la reina. La hada se conmovió tanto al ver su pena que al besarle la mano le dijo: “¡Tenga valor!, veo una manera de ayudarle”.
La reina, un poco reconfortada por estas palabras, la recibió con un poco de alegría y le pidió que se apiadara de la pequeña princesa, a la que estaba conociendo en un momento en el que la fortuna le era adversa. Pero el rey se enojó mucho cuando vio que hablaban en murmullos y les gritó:
—¡Termina de una vez con ese parloteo! Te traje para que me digas si la niña crecerá hermosa y con buena fortuna.
Entonces el hada le respondió que la princesa sería tan hermosa, lista y bien educada como era posible en el mundo, y el rey le dijo a la reina que tenía suerte de que así fuera, ya que de lo contrario las habría ahorcado. Luego salió bruscamente llevándose al hada con él y dejando a la reina que rompía en llanto.
—¿Cómo puedo desear que mi hija sea hermosa si va a casarse con el enano ese horrible, el hijo del rey? Por otro lado, si fuera horrible, nos matarían a las dos. Si al menos pudiera esconderla en algún lado para que el malvado rey no pudiera encontrarla.
Los días pasaban y la reina y la pequeña princesa adelgazaban cada vez más y más, pues el carcelero sólo les daba al día tres chícharos hervidos y un pequeño mendrugo de pan para que siempre tuvieran mucha hambre. Por fin una noche, mientras la reina se preparaba para usar su rueca (pues el rey era tan avaricioso que la hacía trabajar día y noche) vio un pequeño y hermoso ratoncito que salía de un hoyo en la pared y le dijo:
—¡Hola, pequeñito! ¿Qué buscas aquí? Sólo tengo tres chícharos de comida al día, así que a menos que desees ayunar, tendrás que irte de aquí.
Pero el ratón corrió de un lado a otro, bailó y dio maromas de un modo tan bonito, que la reina acabó por regalarle el último chícharo que había guardado para la cena y le dijo: “Toma, ratoncito, cómetelo, no tengo nada más para ofrecerte, pero te lo doy como una recompensa por el entretenimiento que me has dado”.
Apenas había acabado de hablar cuando vio sobre la mesa un delicioso platillo de perdiz asada y dos platos de frutas secas. “Es cierto que una buena acción nunca se queda sin recompensa”, dijo la reina. Y ella y la princesa comieron su cena con mucho gusto y luego la reina le dio lo que sobró al ratón, que bailó mejor que antes. A la mañana siguiente vino el carcelero con la ración de tres chícharos para la princesa, mismos que sirvió en un plato enorme para que se vieran aún más pequeños. Pero en cuanto puso el plato en el piso, el ratón apareció y se los comió, de manera que cuando la reina quiso cenar, ya no había nada. Se molestó bastante por esto y dijo:
—¡Qué malo es este ratón! Si sigue haciendo esto me matará de hambre —pero en cuanto volvió a mirar el plato se dio cuenta de que estaba repleto de cosas muy ricas para comer y la reina tuvo una gran cena y se puso más contenta que de costumbre. Sin embargo después, mientras tejía con su rueca, pensó en qué pasaría si la princesa no crecía lo suficientemente bella para gustarle al rey y se dijo: “Si encontrara una manera de escapar…”
Mientras pensaba en estas cosas vio al pequeño ratoncito que jugaba en un rincón con unas hebras de paja. La reina las tomó y comenzó a trenzarlas diciendo: “Si al menos tuviera suficientes restos de paja podría hacer una canasta en la que metería a mi bebé para bajarla por la ventana para que alguien bueno que pase por aquí se la lleve y la cuide”.
Para cuando terminó de trenzar las hebras de paja, el ratón había traído más y más hasta que la reina tuvo suficientes para hacer la canasta y se puso a trabajar en eso día y noche, mientras el ratoncito bailaba para darle ánimos; y a la hora de la comida y la cena, la reina le daba los tres chícharos y el trozo de pan negro, pero siempre encontraba algo muy bueno en su plato después. Ella no podía imaginar de dónde venían esas cosas. Finalmente un día, cuando la canasta quedó lista, la reina miraba por la ventana para calcular qué tan larga debía ser la cuerda que tendría que tejer para bajar la canasta hasta el piso y en eso vio a una anciana que caminaba con bastón y que se volvió a mirarla diciéndole:
—Sé cuál es su problema, señora, si usted gusta, yo le ayudaré.
—Buena amiga, si de verdad quieres ayudarme tendrás que venir un día a una hora que yo te voy a indicar y bajaré a mi pobre bebita en una canasta. Si la llevas contigo y la cuidas en mi lugar, cuando sea rica te lo pagaré magníficamente.
—No me interesa el dinero, aunque hay algo que sí me gustaría. Debe saber, señora, que tengo un gusto muy especial para comer. Si hay algo que me encanta es comerme un tierno y rechoncho ratoncito. Si hay alguno en su buhardilla, échemelo y a cambio yo le prometo que a su hija no le faltará nada.
La reina comenzó a llorar, pero no le respondió nada y la anciana, después de esperar unos minutos, le preguntó cuál era el problema.
—Sólo hay un ratón en este ático y es una criatura tan linda y adorable que no puedo soportar la idea de matarlo.
—¡Qué! —exclamó la anciana—. ¿Le importa más un miserable ratón que su propia hija? ¡Adiós, señora! La dejo para que disfrute de la compañía de ese animal. Por mi parte, le doy gracias a las estrellas por poder conseguir muchos ratones sin tener que molestarla a usted para que me los dé.
Y se fue cojeando murmurando cosas entre dientes. En cuanto a la reina, estaba tan decepcionada que a pesar de haber tenido una cena mejor de lo acostumbrado y de haber visto al ratón bailar de lo más contento, no pudo evitar soltar el llanto.
Esa noche, mientras su bebé dormía, la metió en la canasta y escribió en un trozo de papel: “El nombre de esta pobre niña es Delicia”. Le fijó el papel en la batita y cuando estaba a punto de cerrar la canasta, llena de tristeza, apareció de un salto el ratoncito que fue y se sentó en la almohada de la niña.
—Hola, pequeñito, me costó mucho salvarte la vida.
¿Ahora cómo sabré si cuidarán bien a mi Delicia? Cualquier otra persona habría dejado que esa anciana codiciosa te llevara y te comiera, pero yo no pude resistirlo —a lo que el ratón respondió:
—Créeme, señora, nunca te arrepentirás de tu amabilidad.
La reina se quedó muy sorprendida de oír hablar al ratón y más aún cuando vio que su pequeño hocico se convertía en una cara hermosa y que sus patas se transformaban en manos y pies; de pronto creció bastante y la reina reconoció al hada que había venido con el rey malvado a visitarla.
El hada sonrió ante la mirada atónita de la reina y le dijo:
—Quería ver si eras capaz de ser leal y de mantener una amistad verdadera conmigo, pues como sabrás, las hadas somos muy ricas en muchas cosas menos en amigos. Los amigos son muy difíciles de encontrar.
—No es posible que a ti te falten amigos, criatura encantadora —le dijo la reina dándole un beso.
—Es así, pues aquellos que se hacen mis amigos sólo para obtener algo de mí no cuentan. Pero cuando mostraste que la vida del pequeño ratón te importaba, no podías saber que ganarías algo a cambio, por lo que decidí cobrar la forma de la mujer con la que hablaste el otro día para probarte y así supe que en verdad me querías. Luego se volvió hacia donde estaba la pequeña princesa y le dio tres besos en los labios rosas y le dijo:
—Querida niña, te prometo que serás más rica que tu padre, que vivirás cien años, siempre feliz y hermosa, sin temor a la vejez ni a las arrugas.
La reina estaba feliz, le dio las gracias y le pidió que por favor se hiciera cargo de Delicia y que la criara como si fuera su propia hija. Cosa que el hada aceptó. Cerraron la canasta y la bajaron con cuidado hasta el pie de la torre. Entonces el hada volvió a transformarse en un ratón, lo que la hizo demorarse unos segundos. Bajó corriendo por la cuerda, pero al llegar hasta abajo se dio cuenta de que la niña había desaparecido.
Presa del terror subió corriendo nuevamente hacia la reina y le dijo:
—¡Todo se ha perdido! Mi enemiga Cancalina se ha robado a la princesa; es un hada muy cruel que me odia y como es mayor que yo y es más poderosa, nada puedo hacer contra ella. No sé cómo podría rescatar a Delicia de este apuro.
Cuando la reina escuchó esta terrible noticia se le rompió el corazón y le pidió al hada que hiciera todo lo que pudiera para recuperar a la princesa. En ese momento entró el carcelero y en cuanto vio que no estaba la princesa fue a decirle al rey, el cual llegó furioso a preguntarle a la reina qué había hecho con la princesa. Le respondió que un hada, cuyo nombre desconocía, había entrado y se la había llevado a la fuerza.
Entonces el rey comenzó a patear cosas por el enojo y le dijo con una voz terrible:
—¡Morirás colgada de un árbol! Te advertí que lo haría —le dijo y sin más arrastró a la desdichada reina hacia el bosque más cercano y eligió un árbol al cual trepó para buscar una rama desde la cual colgaría a la reina. Pero cuando estaba en la parte más alta, el hada, que se había hecho invisible y los había seguido, le dio un fuerte empujón que lo hizo perder el equilibrio y caer al piso con tal fuerza que se rompió cuatro dientes. Mientras intentaba arreglárselos, el hada tomó a la reina, la subió a su carroza voladora y la llevó a un hermoso castillo, donde si no hubiera sido por la pérdida de Delicia, la reina habría sido absolutamente feliz. Pero aunque el pequeño ratoncito hizo su mayor esfuerzo, no pudieron encontrar el lugar en el que Cancalina había escondido a la princesa.
Así pasaron quince años y la reina se había recuperado hasta cierto punto de la tristeza, cuando se enteró de que el hijo del malvado rey había declarado que quería casarse con la doncella que cuidaba los pavorreales y que ella se había negado. Sin embargo, ya habían hecho los vestidos para la ceremonia, y la fiesta sería tan magnífica que toda la gente de varios kilómetros alrededor estaba deseosa de estar presente.
La reina tuvo curiosidad de que una joven cuidadora de aves no quisiera convertirse en una reina, por lo que el pequeño ratoncito se dispuso a visitar el corral donde tenían a los pavorreales para echarle un vistazo a la muchacha.
Encontró a la joven sentada en una piedra; estaba descalza y terriblemente vestida con un viejo camisón de lino áspero y una gorra. A sus pies estaban tirados los vestidos con incrustaciones de oro y plata; listones y adornos de diamantes y perlas, sobre los cuales los pavorreales caminaban dando picotazos, mientras el feo y detestable hijo del rey estaba frente a la muchacha diciéndole muy enojado que si no aceptaba casarse con él, la mataría.
La joven respondió orgullosa:
—Nunca me casaré contigo; eres muy feo y eres igual a tu cruel padre. Déjame en paz con mis pavorreales; los prefiero a ellos mil veces que a tus regalos.
El ratoncito la miró con gran admiración, pues era más bella que la primavera y en cuanto el malvado príncipe se fue tomó la forma de una vieja campesina y le dijo:
—Buen día, hermosa, tienes unos bonitos pavorreales.
La joven volvió la mirada hacia la anciana y le dijo: “Sin embargo, quieren obligarme a abandonarlos y convertirme en una reina miserable. ¿Qué me aconsejas?”
—Muchacha, una corona es algo muy hermoso, pero tú no conoces ni el precio ni el peso de una.
—Los conozco tan bien que por eso me he negado a llevar una, aunque no sepa quiénes fueron mis padres y aunque no tenga un solo amigo en el mundo.
—Tienes bondad y belleza, que valen más que diez reinos —dijo el hada con sabiduría—. Pero dime, muchacha, ¿cómo llegaste aquí?, ¿cómo es que no tienes padre ni madre ni amigo alguno?
—Un hada llamada Cancalina es la causa de que yo esté aquí.
Cuando vivía con ella sólo recibía golpes y groserías, hasta que al fin no pude soportarlo más y huí sin saber adónde me dirigía.
Mientras estaba en el bosque me topé con el malvado príncipe y me ofreció contratarme para que me hiciera cargo de las aves.
Acepté con mucho gusto, sin saber que lo vería a diario. Y ahora quiere casarse conmigo, pero eso es algo que no voy a aceptar.
Tras escuchar esto, el hada se convenció de que la cuidadora de aves no era otra que la princesa Delicia.
—¿Cuál es tu nombre, niña?
—Me llamo Delicia, para servirle.
Entonces el hada abrazó a la princesa a la que casi ahoga de tantos besos que le dio y le dijo:
—¡Ay, Delicia! Soy una vieja amiga tuya y estoy muy contenta de haberte encontrado por fin. Te verías mucho mejor con otro vestido en lugar de este viejo camisón, que está hecho sólo para una ayudante de cocina. Toma este hermoso vestido y veamos la diferencia.
Entonces Delicia se quitó el gorro, se soltó el cabello hermoso y brillante, y se lavó la cara y los brazos con agua del arroyo más cercano hasta que sus mejillas parecían rosas. Cuando quedó vestida con los diamantes y el magnífico vestido que el hada le había dado, era sin duda la princesa más hermosa del mundo y el hada exclamó con mucha alegría:
—Ahora sí te ves como mereces, Delicia. ¿Qué opinas?
—Me siento como si fuera la hija de un gran rey.
—¿Y te gustaría que así fuera?
—Desde luego.
—En ese caso, mañana te tendré una noticia que te llenará de alegría.
Entonces volvió al castillo, donde la reina estaba ocupada con su bordado y le dijo:
—¡Señora!, ¿quieres apostar tu dedal y tu aguja de oro a que te traigo las mejores noticias que podrías escuchar?
—Desde la muerte del Rey Feliz y la pérdida de Delicia, todas las noticias del mundo no valen nada para mí.
—Ánimo. No seas melancólica. Puedo asegurarte que la princesa está muy bien y que nunca he visto a alguien que pueda competir con ella en hermosura. Mañana podría convertirse en una reina si así lo desea.
Y el hada le contó todo lo que había ocurrido. Al principio, la reina se emocionó mucho al escuchar lo bella que era Delicia y luego lloró ante la idea de que fuera una cuidadora de aves.
—No permitiré que se case con el hijo del malvado rey.
Vayamos por ella de inmediato.
Mientras tanto, el malvado príncipe, que estaba muy enojado con Delicia, se había sentado bajo un árbol y se había puesto a gritar, aullar y maldecir hasta que el rey lo escuchó y le gritó desde la ventana:
—¿Qué demonios pasa contigo?, ¿por qué estás haciendo este alboroto?
—Es porque la cuidadora de aves no me ama.
—¿No te ama? Ya lo veremos —dijo el rey y mandó llamar a sus guardias a quienes les dijo que fueran por Delicia—. A ver si no cambia de parecer muy pronto —agregó sonriendo con malicia.
Los guardias llegaron al corral de aves y en cuanto vieron a Delicia, quien con su magnífico vestido y su corona de diamantes parecía una princesa tan hermosa que apenas se atrevían a dirigirle la palabra. Entonces ella les dijo con mucha cortesía:
—¿Señores, qué buscan aquí?
—Señora, nos han enviado por una persona insignificante llamada Delicia.
—Ese es mi nombre. ¿En qué puedo ayudarlos?
Entonces los guardias la ataron de pies y manos por miedo a que fuera a correr y la llevaron ante el rey, que esperaba con su hijo.
Cuando la vio se quedó maravillado de su hermosura, cualquiera con un corazón menos duro se habría compadecido por ella. Pero el malvado rey sólo se rió y se burló de Delicia.
—Muy bien, pequeño espanto, pequeño sapo, ¿por qué no amas a mi hijo, que es demasiado bueno y guapo para ti?
Apúrate a amarlo en este instante o te bañaremos en brea y te pegaremos plumas.
Entonces la pequeña princesa, temblando de terror, se puso de rodillas y dijo:
—¡Por favor no me hagan eso! Sería muy molesto. Le pido que me dé dos o tres días más para tomar una decisión y después de eso puede hacer de mí lo que quiera.
El malvado príncipe se moría de ganas de verla embadurnada de brea y emplumada, pero el rey ordenó que la encerraran en un calabozo completamente a oscuras. Fue en ese momento en que la reina y el hada llegaron en la carroza voladora.
La reina estaba terriblemente preocupada por cómo estaban las cosas y se dijo con gran tristeza que estaba destinada a la desdicha. Pero el hada le pidió que fuera valiente.
—Me las va a pagar todas juntas —dijo asintiendo con gran determinación.
Esa misma noche, tan pronto el malvado rey se había ido a la cama, el hada se transformó de nuevo en ratoncito, se subió por un lado, caminó por la almohada y le mordió la oreja con tal fuerza que el rey pegó un grito y giró sobre sí mismo dándole la espalda al ratón, pero de nada le valió pues éste le mordió la otra oreja hasta que el dolor fue más fuerte todavía.
Entonces el rey gritó: “¡Asesinos! ¡Ladrones!” y todos sus guaridas acudieron para ver qué ocurría, pero no pudieron encontrar a nadie, pues el pequeño ratón se había echado a correr a la habitación del príncipe y le estaba aplicando el mismo tratamiento. Toda la noche corrió de uno a otro mordiéndolos hasta que el rey, frenético por el terror y la falta de sueño, salió del palacio gritando:
—¡Ayuda, ayuda! Me persiguen las ratas.
Cuando escuchó estas palabras, el príncipe también se levantó y salió corriendo hacia el rey; al poco tiempo ambos cayeron en el río y nunca se volvió a saber de ellos.
Entonces el hada corrió a contarle a la reina y ambas fueron al oscuro calabozo donde estaba encerrada Delicia. El hada tocaba las puertas con la mano y se abrían al instante, pero tuvieron que pasar por cuarenta puertas antes de llegar hasta la princesa, que estaba sentada en el piso y se veía muy desalentada.
Pero cuando la reina entró y la besó veinte veces en un minuto y rió y lloró con ella y le contó su historia, la princesa se volvió loca de felicidad. Después el hada le mostró los magníficos vestidos y las joyas que había traído para ella y le dijo:
—No perdamos más tiempo. Vamos a convocar a toda la gente.
Así la primera en salir fue el hada, quien se veía muy seria y solemne; llevaba un vestido cuya cola medía al menos diez anas de largo. Detrás de ella venía la reina con un vestido de terciopelo azul con oro bordado y una corona de diamantes que brillaba más que el sol mismo. Al final venía Delicia, quien se veía tan hermosa que no era una exageración afirmar que era una maravilla.
Caminaron por las calles saludando a la gente, grande o pequeña. Las personas las seguían mientras se preguntaban quiénes podían ser estas nobles damas.
Cuando se llenó la sala de audiencias, el hada les contó a los súbditos del Rey Malvado que si aceptaban a Delicia, la hija del Rey Feliz, como su reina, ella misma se encargaría de conseguirle un esposo adecuado para que fuera el rey y les prometió que durante su reinado no habría más que gozo y felicidad y todas las cosas negativas desaparecerían de ahí. Ante esto la gente gritó al unísono: “¡La aceptamos!, ¡la aceptamos! Ya hemos sufrido mucho y hemos sido muy desdichados por largo tiempo”. Y todos se tomaron de las manos y bailaron alrededor de la reina, Delicia y el hada mientras cantaban: “¡La aceptamos, la aceptamos!”
Luego hubo un festín y fuegos artificiales en cada calle del pueblo. Al día siguiente el hada, que había estado por todo el mundo durante la noche, trajo consigo en su carroza voladora al príncipe más apuesto y de mejor carácter que pudo encontrar en cualquier parte. Era tan encantador que Delicia se enamoró de él desde el momento en que sus miradas se encontraron; en cuanto a él, no podía dejar de pensar que era el príncipe con más suerte del mundo. La reina pensó que finalmente había llegado al final de sus desgracias y todos vivieron felices para siempre.
FIN
FICHA DE TRABAJO
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