Ben Hur
Lewis Wallace
Lewis Wallace
Segunda parte
Veintiún años después el principio de la administración de Valerio Graco, el cuarto gobernador imperial de Judea, período recordado como el más agitado políticamente de Jerusalén, señala el instante en que se inician las últimas batallas entre judíos, y romanos.
Herodes el Grande había muerto el mismo año del Nacimiento del Niño. Dejó dividido su territorio entre sus tres hijos: Antipas, Filipo y Arquelao. Pero el emperador Augusto, en vista de la incompetencia de Arquelao, le depuso y sometió al pueblo de Israel a un régimen de puro despotismo que suscitó la rebeldía y el odio en los corazones judíos. Así la ciudad, en lugar de ser gobernada por un rey, cayó en manos de un funcionario de segundo grado, denominado procurador. Para hacer más fuerte la humillación el procurador no se estableció en Jerusalén, sino en Cesárea. Además les fue anexionada la tierra de Samaría, odiada por los judíos.
Entre tanto desastre sólo quedaba un consuelo: el sumo sacerdote ocupaba la mansión de Herodes y conservaba en ella la apariencia de una Corte. La justicia era administrada en nombre y de acuerdo con los decretos de Roma.
Con todo, el pueblo de Israel no perdía la confianza en Él. Esperaba… Hacía más de ochenta años que Judea era una provincia romana, lo que había proporcionado a Roma experiencia suficiente para saber que los judíos, no obstante ser tan orgullosos y poco manejables, podían ser gobernados a condición de tolerar y respetar su religión. Los predecesores de Graco actuaron de acuerdo con ese conocimiento, pero éste inició su mandato expulsando a Annás del sumo sacerdocio y encumbrando, en cambio, a Ismael, hijo de Fabio.
Desde aquel momento el malestar fue en aumento. Más de una vez los sagrados claustros del Moria resonaron con los gritos de combatientes enemigos de Graco, quien pronto se quedó sin partido político. Las llamas que durante quince años habían permanecido ocultas por el humo se levantaron muy altas y con gran violencia.
Un mes después del día en que Ismael asumiera el cargo del nuevo título, el romano hizo una visita a Jerusalén. Silbando e insultándole desde las murallas, los judíos observaron cómo su guardia entraba por la puerta septentrional de la ciudad y se dirigía a la Torre Antonia. Habían comprendido la verdadera finalidad de la visita: reforzar militarmente la guarnición de la ciudad, y así… ¡ay del primer rebelde que se atreviera a ofenderle!
Uno de los jardines del palacio del monte Sion estaba limitado a ambos lados por varios edificios, y algunos de ellos eran de dos pisos. Estamos en julio, hacia el mediodía, y reina un calor sofocante.
Dos muchachos jóvenes sostienen una seria conversación. El mayor hablaba al otro con cierta altivez, lo que no debe extrañar, pues procedía de una familia muy noble, incluso en Roma, y un abuelo suyo había sido amigo de Bruto. La silueta del joven romano resultaba severa, mientras que la de su amigo, judío, resultaba voluptuosa.
— ¿Has dicho que el nuevo procurador llegará mañana? — preguntó el judío.
— Sí, mañana — replicó Messala, el romano— . Oí cómo el nuevo gobernador se lo decía a mi padre. Y ahora todo el mundo en la guarnición está preparándose para recibirle.
La actitud de Messala era ligeramente irónica, lo que entonces era considerado signo de suprema elegancia. Messala había sido educado en Roma y se conducía como los hijos de esta selecta y privilegiada ciudad.
— Nos despedimos en este mismo lugar. Tú me dijiste: «La paz del Señor sea contigo», mientras yo te respondía: «Los dioses te guarden». ¿Cuántos años han transcurrido?
— Cinco — respondió el judío mirando las aguas del estanque.
— Con razón estarás agradecido a los dioses…, pues te has convertido en un apuesto joven: los griegos te considerarían bello. Pero dime: ¿por qué te interesa tanto si llega el procurador?
La mirada de Judá era grave y meditabunda.
— Cinco años — dijo— , y aún recuerdo el día de tu marcha. Te ibas a Roma y yo lloré de dolor porque te quería mucho. Ahora eres distinto…
Las finas aletas de la nariz del irónico romano se estremecieron.
— Tú eres un oráculo, Judá. Con unas cuantas lecciones de retórica, Delfos te recibiría como el propio Apolo. Ahora en serio: ¿en qué he cambiado? El más grande lógico del Mundo dice: «Procura comprender a tu antagonista antes de contestarle». Intentaré, pues, comprenderte.
El judío se sonrojó ante la mirada cínica del romano y repuso:
— Has adquirido muchos conocimientos y hablas con la desenvoltura de un maestro…, pero en tus expresiones hay como un aguijón. El Messala de antaño no era venenoso y nunca habría herido los sentimientos de un amigo.
— Judá, no estamos ante un oráculo para utilizar ese tono… Abandona ese estilo y dime en qué te he ofendido.
— También yo he aprendido algo en estos cinco años, aunque Hillel no resista una comparación con el lógico que mencionabas. Pero los que se sientan a los pies de nuestro sabio se levantan simplemente enriquecidos con el conocimiento de Dios, de la Ley y de Israel: la consecuencia de esa enseñanza son el amor y la reverencia para todo cuanto les atañe. Sé, con todo, que Judea no es lo que fue. Su…
Messala le interrumpió con una risa amarga.
— Te comprendo. Todos los hombres y las cosas del Mundo cambian, pero nunca un judío. Aquí te dibujo en la arena un círculo. Dime ahora si la vida de un judío es algo más que esto vueltas y más vueltas. ¡Por el señor de todos los truenos! ¿Es que no hay nada más que valga la pena? ¿Y las artes? Herodes fue un gran constructor y por eso maldecís de él. Todo lo subordináis a la religión. ¿Qué son Hillel, Simeón, Shamai, Abtalión, comparados con los sabios que enseñan que cuanto es digno de ser conocido debe ser enseñado?
El judío hizo un movimiento para levantarse, pero Messala le retuvo.
— Escúchame un poco más. Aprecio mucho tu bondad, que te ha impulsado a salir de la casa de tus padres para darme la bienvenida y proseguir la amistad de nuestra infancia. Mi maestro me dijo «Ve, y para hacer grande tu vida, recuerda que Marte impera y que Eros ha encontrado sus ojos». Lo que significa que el amor no es nada y la guerra lo es todo. La virtud se compra y se vende. Al morir, Cleopatra legó sus artimañas y con ellas se ha vengado: tiene un sucesor en cada hogar romano. El futuro es éste: «Abajo Eros, arriba Marte». Yo seré soldado, pero tú… ¿Qué serás tú? Te compadezco.
Judá contemplaba cómo el orgullo dominaba a su amigo.
— Yo, en cambio… ¡El Mundo no ha sido aún conquistado del todo! En el mar hay muchas islas, y luego… Oriente. ¡Continuar la marcha iniciada por Alejandro! Luego Roma: sus infinitos placeres…
Judá no sabía cómo interpretar a su amigo: unas veces le irritaba, mientras que otras le atormentaba con una mezcla de asombro. A él se le había vedado en su educación usar de la burla o la agresividad.
El romano le contempló con detenimiento y añadió:
— ¿Por qué no puede encontrarse la verdad en una chanza, igual que en una parábola? ¡Por Júpiter! Veo que no te he ofrecido aún bastante. Bien, cuando sea prefecto y Judea me haga rico, te nombraré sumo sacerdote.
Judá, irritado, hizo un gesto para marcharse.
— No te vayas — exclamó Messala.
El otro se detuvo irresoluto.
— ¡Cómo calienta el sol! — añadió el joven romano observando el asombro del judío— . Busquemos un sitio con sombra.
— Haríamos mejor en separarnos — replicó Judá con frialdad— . Hubiera preferido no haber venido. Creía encontrar a un amigo, y me veo ante un…
— ¡Un romano! — replicó Mesala.
Las manos del judío se crisparon, pero se dominó. Messala le puso su mano sobre los hombros y siguió caminando tras el judío.
— Así solíamos caminar cuando éramos niños. Sigamos así hasta la puerta.
— Tú eres un niño — dijo Judá— ; yo soy un hombre. Me permitirás que te hable como tal.
— ¿Crees en las Parcas? — preguntó el romano— . Perdona, no me acordaba de que eres saduceo. ¿Por qué te molesta tanto que piense enriquecerme a costa de vuestra Judea? Pero si los otros lo hacen, ¿por qué no podré yo hacer lo mismo?
El judío suavizó el paso.
— Antes de vosotros, otros extranjeros han dominado a Judea — dijo— . Y ¿dónde están ahora, Messala? Judea se libró de ellos. Y lo que se logró una vez, volverá a conseguirse.
— Eres demasiado apasionado, Judá. ¡Cómo se habría enorgullecido de ti mi maestro de poder haberte contado entre sus discípulos! Pero escúchame ahora en serio: te aprecio muy de veras y quisiera ayudarte. Yo voy a ser sol dado. ¿Por qué no te haces tú también? ¿Por qué no saltas ese círculo estrecho de vuestras leyes y costumbres? Dime: ¿quiénes son hoy los hombres más juiciosos? No los que derrochan el tiempo hablando de cosas pasadas y muertas: Baals, Júpiters y Jehovás, filosofías y religiones. ¿Qué me dices de Herodes, de los Macabeos? Lo que debes hacer es tratar de imitar al primero y segundo César. Y ahora mismo, Roma está dispuesta a prestarte su apoyo.
Judá aceleró los pasos hasta el jardín para deshacerse del romano.
— Sé juicioso; abandona estas locuras de Moisés y mira las cosas cara a cara. Pregúntales a las Parcas qué es Judea y te dirán que es sólo lo que Roma quiere. Roma es el Mundo.
Habían llegado a la puerta. Judá se quitó de encima con suavidad la mano del amigo y le dijo con los ojos llenos de lágrimas:
— Yo te comprendo, ya que eres un romano; pero tú no me comprendes porque soy un israelita. Me he convencido de que nunca más volveremos a ser amigos.
¡Nunca! Ahora mismo nos separaremos. ¡Que la paz del Dios de mis padres sea contigo siempre!
Messala le ofreció la mano, que no aceptó Judá, cruzando la puerta. Y el romano, silencioso un momento, se marchó después sacudiendo la cabeza y exclamó:
— Así sea. ¡Eros ha muerto y Marte impera!
De la entrada de la Ciudad Santa parte una calle hacia el Oeste, paralela a la fachada de la Torre Antonia. Sigue hasta la legendaria Puerta del Juicio. Por allí pasó Judá al despedirse de Messala y llegó hasta la plaza del Mercado. Luego enfiló sus pasos hacia la casa de sus padres.
La casa era un edificio cuadrangular, de dos pisos, de aspecto tosco e inacabado en el exterior, pero que producía sensación de poder y estabilidad. Las puertas eran simples aberturas practicadas en la planta baja, cerradas por hojas de recia madera, reforzadas con barrotes de hierro de modo que pudieran resistir cualquier ataque.
Judá se detuvo ante la puerta occidental del edificio y llamó. Abrióse el postigo y el joven entró sin apenas responder al respetuoso saludo del portero.
La puerta daba a un pasillo de paredes de madera, que parecía un túnel estrecho. A ambos lados del mismo podían verse bancos de piedra pulimentada por el uso prolongado de varias generaciones. El pasillo terminaba en un patio interior porticado, y sus paredes estaban rematadas por una gran terraza protegida por fuerte balaustrada. La presencia en el patio de criados afanosos, ropas puestas a secar, gallinas, cabras, vacas y otros animales domésticos indicaba que estaba destinado a corral. Una puerta abierta en el interior daba entrada a otro patio, espacioso y cuadrado, en el que crecían arbustos y parras y donde se alzaba una elegante fuente de mármol. También este patio disponía de pórticos, más altos que los del anterior y sombreados por toldos de listas blancas y rojas. Una escalinata conducía a las terrazas, protegidas del sol por grandes toldos. Otra escalinata terminaba en la azotea, cuya balaustrada estaba rematada por un petrel de ladrillos rojos. La casa espiraba orden y limpieza en todos sus rincones.
El joven Judá ascendió hasta el segundo piso, y tras dar algunos pasos entró en una habitación y se tendió en un diván.
Al anochecer una mujer se aproximó a la puerta de su habitación y le dijo:
— Ya ha llegado el momento de la cena. ¿No tienes apetito, hijo?
— No — fue la respuesta.
— ¿Estás enfermo?
— Tengo sueño.
— Tu madre ha preguntado por ti.
— ¿Dónde está?
— En las habitaciones de verano, en la azotea.
El joven se incorporó.
— Bien. Tráeme algo de comer. No estoy enfermo, pero sí melancólico. Tú que me conoces tan bien, Amrah, tráeme algo a propósito.
Las preguntas de Amrah, con su voz dulce y afectuosa, revelaban la tierna relación que les unía.
— Veremos — dijo Amrah.
Regresó a poco con una bandeja de madera, en la que había un tazón de leche, varias rebanadas de pan blanco, un pastel de harina de trigo, un ave asada, miel y un poco de sal. En un extremo de la bandeja había un vaso de plata lleno de vino y en el otro extremo una pequeña lámpara de bronce encendida.
A la luz de la lámpara apareció la habitación, iluminada en todos sus detalles: las paredes estucadas, en el techo robustas vigas de encina, el suelo embaldosado con pequeñas losetas blancas y azules, unas pocas sillas con patas que imitaban las de los leones, un diván muy bajo cubierto con tela azul. En suma, un dormitorio típicamente hebreo. La luz también permitió ver con claridad las facciones de la mujer, de tez oscura y ojos negros, de mirada maternal y dulce. Era una esclava de origen egipcio, a quien ni siquiera la llegada del año sagrado, el quincuagésimo, le había devuelto la libertad. Y es que Judá era toda su vida. Le había cuidado siempre como a un verdadero hijo.
— Amrah, ¿te acuerdas del Messala de años atrás? Fue a Roma y hoy he vuelto a verle.
Una expresión de disgusto se dibujó en el rostro de la esclava.
— Nunca me gustó ese Messala.
— Ha cambiado mucho, y en lo sucesivo nada tendré que ver con él.
Cuando la mujer se retiró Judá se encaminó desde la terraza a la azotea, lugar en que los judíos suelen reunirse para pasar la noche en verano, o para tocar música, reunirse con los amigos, rezar, bailar, contemplar las estrellas o soñar. Pero antes de subir a la azotea su madre le vio.
— Judá, hijo mío.
— Yo soy, madre — contestó él, apresurando el paso.
Se arrodilló ante ella, que le puso los brazos en tomo al cuello y besándolo lo estrechó contra su pecho.
— Amrah me ha contado algo de lo que te ha ocurrido. Cuando eras niño podía permitirte que algunas cosas te turbaran. Pero ahora eres un hombre. Y no debes olvidar — dijo su madre dulcificando su voz— que algún día serás mi adalid.
La mujer hablaba en una lengua casi perdida; la lengua en que Rebeca y Raquel cantaban a Benjamín.
— Hoy, oh madre, me han obligado a pensar en cosas que nunca imaginé. Pero dime: ¿qué voy a ser yo?
— Pero ¡si ya te lo he dicho! Tú vas a ser mi adalid. — Y la madre, viendo el preocupado silencio de Judá, añadió— : ¿Qué ha podido decirte Messala para turbarte de ese modo? ¿Ha regresado hecho un auténtico romano?
— Ha cambiado mucho en cinco años.
— Los aires de la Vía Sacra se adaptan bastante a las calles de Egipto y de Babilonia. Mas en Jerusalén — nuestra Jerusalén— habita Jehová.
— Madre, las palabras de Messala fueron duras; pero la forma y el tono en que las ha pronunciado fueron insoportables.
— Creo comprenderte. En Roma todos andan locos tras el ejercicio de la sátira.
— Todos los grandes pueblos son orgullosos. Pero el orgullo de los romanos — replicó Judá— no tiene comparación. De niño Messala se burlaba de los personajes que Herodes respetaba, pero ahora se ha burlado de nuestras costumbres judías y de nuestro Dios. ¿Es que existe algún motivo para justificar esa burla? ¿Es inferior nuestro pueblo al suyo? ¿Por qué no puedo afanarme en alcanzar los honores que ellos logran? ¿Por qué me está vedada la profesión militar o el ejercicio de las artes…?
La mujer dejó caer blandamente una mano sobre la sien de Judá.
— Yo soy una mujer y no puedo responderte a todas tus preguntas, oh hijo mío.
Pensaré en ello y mañana consultaré al sabio Simeón.
— Yo deseo algo más que ser informado. Tú, madre, puedes darme algo más importante al otorgarme valor, que es el alma del alma del hombre.
— Ten ánimo, hijo mío. La familia de Messala ha sido ilustre y figuran en ella varios hombres célebres. Pero los romanos, tan orgullosos de su presente y pasado, no podrían determinar el principio de Roma. Nosotros sí podemos hacerlo.
Una expresión de triunfo se dibujó en su rostro.
»Supongamos que un romano nos pone a prueba. Entonces yo le contestaría sin ninguna duda y a la vez sin vanagloria. Existe un Libro de las Generaciones en el que figuran apuntados todos los nombres de padres a hijos a través de tres períodos: desde las Promesas a la apertura del Templo; de aquí a la Cautividad; y de ésta a los tiempos presentes. El ángel le dijo a Abraham: “En tu semilla serán bendecidas todas las naciones de la Tierra”. Únicamente una vez se interrumpieron los registros, lo que ocurrió al final del segundo período; mas al regresar del exilio Zorobabel restauró los Libros, lo que permitió una vez más reconstruir las estirpes hasta una antigüedad de dos mil años. Y ahora dime: ¿qué queda del ridículo orgullo de los romanos en cuanto a sangre enriquecida por los años? Los hijos de Israel que guardan rebaños en Rephaim son más nobles que los más encumbrados Marcios.
— Y yo, madre, ¿quién soy, según los Libros?
— A eso voy. Tú procedes en línea recta de Hur, el compañero de Josué. ¿No crees, ahora, que puedes enorgullecerte por tu honor? Si así es, toma el Torah y busca el Libro de los Números, y entre las setenta y dos generaciones que siguen a Adán hallarás al progenitor de tu estirpe.
Tras un emocionado silencio, Judá cogió las manos de su madre y dijo:
— Gracias. Te doy las gracias de todo corazón. Pero para que una familia sea noble ¿basta su antigüedad?
— Olvidas lo principal. Nuestro honor no reposa solamente en el tiempo: la preferencia de Dios es nuestra gloria particular.
— Sin embargo, veo que mientras tú te refieres a nuestra raza yo me intereso por nuestra familia. ¿Qué ha hecho la nuestra? ¿Cuáles son sus hazañas?
La mujer vaciló y pensó con angustia que acaso todos sus esfuerzos habían resultado estériles. Diose cuenta que Judá se había hecho un hombre y que convenía responder con cuidado a todas sus preguntas, pues de allí arrancaría nueva dirección en su vida.
— Observo — dijo la mujer dando a su hijo un suave golpecito en la mejilla— que cuanto he dicho ha entrado en lucha con un enemigo imaginario que guardas dentro de ti. Si este adversario es Messala, no me obligues a asestarle golpes a ciegas. Cuéntame todo lo que te ha explicado.
El joven israelita explicó a su madre la conversación sostenida con Messala, deteniéndose muy particularmente en las palabras y el tono de desprecio del romano para con los judíos y el estrecho círculo en el que, según él, se movían.
La madre escuchó en silencio largo rato sin interrumpirle, procurando comprenderle a fondo, consciente de la trascendencia de las dudas y angustias de su hijo, las cuales, mal resueltas, podrían arrojarle en brazos de afanes ajenos a la fe que le había enseñado. El ímpetu de su raza le dio tal fervor y tal pasión que su tono adquirió la elocuencia de un tribuno.
— Nunca pueblo alguno ha dejado de juzgarse igual o superior a los demás. El menosprecio de los romanos hacia nosotros es la misma locura en que han incurrido otras razas con otros pueblos. Pero no hay regla que permita determinar la superioridad de diversas naciones. Los pueblos son hoy poderosos y mañana dejan de serlo. Lo importante no es la expansión imperial de los pueblos, sino lo cerca de Dios que puedan estar. En este punto, hijo, hay que convenir que si Israel ha olvidado a veces al Señor, Roma no le ha conocido nunca. Tu amigo subrayó el hecho de que nosotros carecemos de poetas, artistas y guerreros, lo que pretende demostrar que no hemos tenido grandes hombres. Pero un gran hombre es aquel cuya vida ha sido reconocida por Dios o suscitada por Él. Por otro lado existe la equivocada creencia de que la ocupación no sólo más importante y noble la otorga el servicio de las armas, sino que es la de mayor grandeza. Pero el respeto y el temor por la fuerza revela un alma mezquina y bárbara. En Atenas el orador y el filósofo fueron tenidos en mayor distinción que el guerrero. El lugar de nacimiento de un poeta ha sido disputado por siete ciudades. Contra la brutalidad nuestros padres erigieron a Dios. Judíos y griegos habrían llevado a la Humanidad hacia el progreso y la elevación moral. Mas he aquí que el gobierno del Mundo exige la guerra: justamente por esa razón los romanos han colocado por encima de la inteligencia y de Dios a su César. Los romanos han copiado en todo, menos en la guerra, a los griegos; de suerte que en nada poseen el don de la originalidad. ¡Tan sólo Israel podría discutir la superioridad del griego y llevarle la palma del genio creador!
»Ellos ocupan los más altos lugares en nuestra patria, y podrán aplastar fácilmente a Israel, y nadie sabe cuándo concluirá tal oprobio. ¡Ladrones implacables! ¡Ay, hijo mío, qué doloroso me es decirte todo esto! Sin embargo, la gloria de los hombres de Judea estará siempre en lo alto del firmamento, y sus manos impuras no podrán arrebatárnosla, porque su historia es la historia de Dios. Es cierto que no hemos tenido artistas si el arte se limita a la pintura y a la escultura. Pero la habilidad de nuestras manos fue constreñida a lo mínimo a causa de la prohibición:
“No harás dentro de ti ninguna imagen grabada ni copia alguna de nada”, prohibición que el Sopherim, con gran perversión, extendió excesivamente y más allá de lo debido. Pero ¿quién hizo las dos esculturas del Arca de Noé, las primeras de mano humana?
— ¡Oh, qué bien comprendo ahora por qué nos adelantó Grecia! ¡Malditos sean los babilonios que destruyeron el Arca!
— Oh, no, Judá. Has de tener fe. No ha sido destruida para siempre, sino guardada en alguna cueva de las montañas.
— ¡Qué buena eres, madre! — exclamó el joven agradecido— . Ni Sammai ni Hillel hubiesen hablado mejor que tú. Soy de nuevo un fiel hijo de Israel.
— ¡Qué adulador eres, hijo! Pero ¡si son las mismas palabras que un día le oí a Hillel en presencia de un sofista de Roma!
— Lo admito, pero las cálidas palabras que has empleado son tuyas.
— ¿Dónde estaba? La habilidad en arte no lo es todo. Siempre me figuro a los grandes hombres avanzando en pequeñas individualidades pero con armonía plena de conjunto: aquí el hindú, allá el egipcio, más allá el asirio. Por encima, el eco de la música y el esplendor de las banderas; y a ambos lados, en respetuoso silencio, todas las generaciones desde los comienzos del Mundo. Mientras, siguen adelante me imagino a Grecia diciendo: «La Hélade abre la marcha». Luego viene el romano: «¡Silencio! Ahora nosotros ocupamos su puesto». Y durante todo el tiempo fluye una luz, ¡la Luz de la Revelación! ¿Quiénes la llevan en sus manos? ¡La antigua estirpe judía! La vanguardia te pertenece, y no la perderás jamás aunque en cada romano habitase un César.
Estaba Judá profundamente agitado.
— No te detengas, te lo ruego — exclamó.
— Veo venir a un anciano y sus ojos fulguran. ¡Él vio al Señor cara a cara! Guerrero, poeta, legislador, orador, profeta, su grandeza es como el sol de la mañana; le siguen los jueces y los reyes; el hijo de Jesé, un héroe en la guerra y un cantor de canciones eternas…
La voz de la mujer se detuvo.
— Estás fatigado — dijo.
— No, madre; escuchaba el nuevo canto de Israel.
— Pasemos revista a lo mejor de Roma. Contra Moisés pon a César, y a Tarquino contra David; a Sila contra los macabeos; al mejor de sus cónsules contra los jueces; a Augusto contra Salomón. Y basta, porque aquí concluye la comparación. Mas piensa ahora en los profetas, los más grandes entre los mayores. Finalmente, ¿cómo podríamos juzgar a Jehová y a Júpiter a no ser por lo que sus respectivos siervos han realizado? Y ahora sobre lo que tú serás…
Pronunció con cierto temblor estas últimas palabras.
»En cuanto a lo que harás, hijo, sirve al Señor Dios de Israel y no a Roma. Para un hijo de Abraham no hay otra gloria que los caminos del Señor.
— Entonces ¿puedo ser soldado? ¿Por qué no? ¿Acaso Moisés no le pidió al Señor un hombre de guerra?
— Te concedo mi permiso — dijo la mujer tras un largo silencio— con la condición de que sirvas al Señor en vez de al César.
Judá aceptó gozoso la condición y poco a poco se durmió. Su madre se levantó, puso una almohada bajo su cabeza y tras besarle con ternura salió del dormitorio.
El hombre bueno — lo mismo que el malo— debe morir. Pero de acuerdo con nuestra fe decimos: «No importa, pues abrirá los ojos en el cielo». Lo más semejante a ello que existe en nuestra vida es el despertar de un sueño reposado a la rápida consciencia de una vida rebosante de luz y de gratos sonidos.
Cuando Judá despertó el sol lucía ya sobre los montes. Al borde del diván, muy próximo a él, estaba sentada una muchacha de unos quince años que acompañándose con un nebel cantaba con dulzura una bella canción.
Los rasgos de la niña eran regulares como los del muchacho y respondían al tipo judío. Hallábase en su expresión el encanto de la inocencia infantil. Todo en ella era gracia, finura y belleza.
— Muy bonita, Tirzah, muy bonita — dijo el joven.
— ¿La canción? — preguntó la hermana de Judá.
— Sí. Y también la que canta. Tiene cierto sabor griego. Dime dónde la aprendiste.
— ¿Recuerdas al griego que cantó en el teatro hace un mes? Solía cantar para Herodes y Salomé.
— Pero él cantaba en griego.
— Bien. Y yo en hebreo.
— Estoy orgulloso de mi hermanita. ¿Sabes alguna canción tan bonita como ésta?
— Muchas. Pero escúchame ahora: Amrah me envía a decirte que te traerá el desayuno, pues supone que estás enfermo a causa de algún accidente que ayer debiste de sufrir. ¿Qué fue, Judá? Amrah conoce las curas de los egipcios, que a mi juicio son tontos. Pero yo sé recetas de los árabes… Además, aquí tengo el mejor y más seguro amuleto: este anillo de nuestra familia.
— Pero los árabes son todavía más tontos que los egipcios — replicó Judá moviendo la cabeza— . No creo en los amuletos.
— ¿Qué diría Amrah?
— Sus padres cuidaban un huerto en las orillas del Nilo.
— ¿Y qué hago con el anillo?
— Puedes llevarlo, hermanita: te favorece, realzando tu belleza, aunque en realidad no lo necesitas.
En aquel momento entraba Amrah con una bandeja en la que llevaba una jofaina para lavarse las manos, agua y toallas.
Después de lavado le dijo a su hermana:
— Tirzah, voy a marcharme.
— ¿Vas a marcharte? Pero ¿cuándo, adonde y para qué?
Judá se echó a reír.
— ¡Cuántas preguntas! Ya sabes que la Ley exige que uno se ocupe en algo.
Nuestro padre me pidió buen ejemplo. Voy a ir a Roma.
— ¡Oh, yo quiero ir contigo!
— Oh, no. Tú debes permanecer en casa. Si dejásemos sola a nuestra madre se moriría de pena.
El entusiasmo se diluyó en su rostro.
— Bien, bien. Pero ¿es que debes ir por fuerza? ¿Es que en Jerusalén no puedes aprender todo lo necesario para convertirte en buen comerciante?
— La Ley no exige que no sea lo mismo que su padre.
— ¿Y qué otra cosa podrás ser?
— ¡Soldado!
Las lágrimas se asomaron a los ojos de Tirzah.
— Pero te matarán.
— Sí, si Dios lo quiere. Mas no todos los soldados mueren.
La muchacha, asustada, le arrojó los brazos al cuello.
— ¡Somos tan felices! Quédate en casa, hermano…
— El hogar no puede ser siempre lo que ahora es. También tú te irás, y no transcurrirá mucho tiempo.
— ¿Yo? ¡Jamás!
Judá sonrió.
— Un príncipe de Judea o de alguna otra parte vendrá a pedirnos a nuestra Tirzah, y se la llevará en su caballo al objeto de que te conviertas en la luz de otro hogar. Y entonces, cuando tú te vayas, ¿qué será de mí?
Tras un breve silencio prosiguió él:
»La guerra es un negocio; y como para aprenderlo es menester ir a la escuela, iré a un campamento romano.
— Pero no lucharás a favor de Roma, ¿verdad?
— ¡La odias tú también! Todos la odian… Roma me enseñará cómo deberé luchar un día contra ella.
— ¿Cuándo te marcharás? — preguntó Tirzah, sollozando.
En aquel instante se oyeron pasos y entró Amrah en la estancia.
— ¡Chist! — dijo el joven— . Ella no debe saber nada.
La esclava entró con el desayuno y colocó la bandeja sobre una silla. Los dos jóvenes se lavaron los dedos. Entonces se oyó una marcha militar.
— ¡Son los soldados del Pretorio! Voy a verlos — exclamó Judá echando a correr.
Se asomó por encima del parapeto de ladrillos; y tan ensimismado estaba en la contemplación que no advirtió la presencia de Tirzah, a su lado, apoyándose en él. Desde allí se ofrecía una panorámica: toda ciudad se dominaba, destacando la Torre Antonia. Pronto el destacamento llegó a la altura de los dos jóvenes de la casa de Hur.
La marcha marcial de los soldados, la cadencia de sus movimientos, el centellear de las mallas, corazas y yelmos bruñidos, las plumas balanceándose sobre los altos crestones, la unanimidad del movimiento, todo ejercía en Judá una particular fascinación. El oficial que cabalgaba al frente era objeto de toda clase de vituperios de la muchedumbre.
— ¡Tirano! ¡Ladrón! — le gritaban, y no faltó quien le arrojara las sandalias.
El oficial era Valerio Graco y llevaba un laurel en la cabeza. Judá sintió cierta simpatía por Graco al verle objeto de tantos denuestos no provocados. Hizo un gesto para asomarse más al exterior, pero con tan mala fortuna que una teja que parecía sujeta se desprendió. Judá gritó con todas sus fuerzas. Los soldados de la escolta levantaron la vista al tejado. El oficial fue derribado del caballo y cayó al suelo como muerto. El pueblo, creyendo que la teja había sido arrojada a propósito, vitoreó al joven, mientras la cohorte se detuvo y rodeaba al oficial, protegiéndole con sus escudos. Las gentes apoyadas en otros tejados lanzaron una lluvia de objetos sobre los romanos, con gritos e insultos. Pero al fin imperó la disciplina militar.
— ¡Oh, Tirzah, Tirzah! ¿Qué será ahora de nosotros?
Aunque la joven no había podido presenciar la escena ocurrida en la calle, oía los gritos y ruidos. Presentía algo horrible.
— He matado al gobernador romano con la teja que se desprendió.
La muchacha palideció al instante. Se abrazó al hermano atemorizada.
— No lo hice a propósito, Tirzah. Ha sido un accidente.
— ¿Qué harán ahora?
Se asomó de nuevo sobre el parapeto y vio que el oficial se incorporaba.
— ¡Vive! ¡Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres! — exclamó— . No temas, Tirzah. Les contaré lo ocurrido.
Acompañó a Tirzah a su dormitorio. Entonces oyó ruido de pasos sobre el tejado.
— Judá, ¿qué es ese ruido?
Estaban asesinando a los criados. Pero ¿y su madre? Quiso acudir él solo; pero como oyeron un grito de aquélla, los jóvenes decidieron salir en seguida los dos a su encuentro. La galería situada al pie de la escalera estaba llena de soldados, con un tumulto gigantesco. Judá oyó gritos de mujeres y entre ellos distinguió los de su madre. Muy veloz se lanzó hacia ella, pero unas manos fuertes de retuvieron.
— ¡Madre, madre!
Alguien gritó que la teja había sido arrojada por Judá. Éste volvió la cabeza y vio que lo había dicho Messala.
— ¿Ése el asesino? ¡Pero si es un niño! — dijo un legionario.
— ¡Por los dioses! ¿Qué diría Séneca — exclamó Messala con su acento irónico— a la proposición de que un hombre debe llegar a viejo antes de poder odiar lo suficiente para matar? Ahí les tenéis: aquélla es su madre y ésta es su hermana.
— ¡Messala! Ayúdanos, acuérdate de nuestra infancia; yo te lo imploro.
— ¡Ya no puedo hacer más por ti! ¡Abajo Eros, arriba Marte! — dijo Messala alejándose.
— En la hora de la venganza, oh Señor, ¡sea la mía la mano que sobre él caiga!
Con un gran esfuerzo logró aproximarse al oficial y le dijo:
— Oh, señor, la mujer a quien estáis oyendo es mi madre. Dejad a ella y a mi hermana, pues Dios que es justo os devolverá este favor.
Algo conmovido el hombre replicó:
— Llevad a las mujeres a la Torre. ¡Pero sin hacerles daño! Y a éste atadlo y sacadlo afuera, que el castigo ya le vendrá después.
Las dos mujeres, madre e hija, fueron llevadas al exterior y Judá, después de mirarlas un instante, se cubrió la cara con las manos. En aquellos momentos ocurrió lo que podríamos llamar un milagro. Hasta entonces se había comportado como un niño, cual corresponde a quien, en su edad, ama y es amado. No se advirtió señal alguna, nada que revelara que había sufrido, salvo que cuando irguió la cabeza y extendió los brazos para disponerse a ser atado el arco suave de Cupido que formaran sus labios había ya desaparecido. En aquel instante se había despojado de la niñez y se convertía en un hombre.
Su madre y su hermana fueron conducidas, en unión de toda la servidumbre, por la puerta del Norte. Por el suelo quedaban multitud de objetos de valor, medio destruidos por la soldadesca, que no pudiendo llevárselos los arrojaba. Judá comprendió la intención de venganza del procurador: todo lo que alcanzaba a la familia Hur sería objeto de su ira implacable con severos castigos para dar ejemplo al pueblo de Israel. Si aplastaba de tal forma a una de las más aristocráticas familias de Judea, ¿ qué no harían con los demás aristócratas que osaran atacar al jerarca romano?
Entonces una mujer que yacía en el suelo, al parecer muerta, se levantó y, a pesar de la obstrucción de los soldados, se aproximó y le abrazó en las rodillas.
— ¡Oh, Amrah, mi buena Amrah! ¡Vive, por mi madre y por Tirzah! Volverán, y…
Un soldado alejó brutalmente a la esclava, quien consiguió desasirse y atravesando el umbral corrió al interior del patio abandonado.
— Dejadla — gritó el oficial— . Sellaremos la casa, y si quiere puede morirse de hambre…
Los soldados cerraron el palacio de los Hur y la cohorte emprendió el camino de regreso hacia la Torre. El procurador se dispuso a curarse las heridas y a pensar en la suerte de los prisioneros.
Al día siguiente un destacamento de legionarios selló la casa con cera y clavó un letrero en latín que decía: «Es propiedad del Emperador».
Hacia el mediodía un decurión con diez soldados se dirigía a Nazaret. A su paso las gentes de la población les observaban boquiabiertos. Pronto comprendieron el motivo de su visita y una oleada de odio invadió los corazones de los judíos. Arrastraban un prisionero vigilado por los jinetes. Tenía los pies llagados y se advertía a la legua no sólo su debilidad física, sino que era apenas un muchacho.
Al llegar al pozo el decurión dio el alto. El prisionero se dejó caer, exhausto, sobre el polvo del suelo. Los vecinos, acercándose, se dieron cuenta de que era muy joven y de buen grado le hubieran socorrido.
— ¡Mirad! Ahí viene el carpintero.
La gente se agrupó en tomo al tosco carpintero, quien se detuvo.
— ¡Oh, rabí, buen rabí, José! Ven, pregunta a los soldados quién es ese prisionero y qué quieren hacer con él.
— ¡La paz del Señor sea contigo! ¿Puedo preguntar qué ha hecho vuestro prisionero? Es muy joven — preguntó José al decurión.
— Es un asesino. Su padre vivió en tiempos de Herodes y se llamaba Hur. Éste es su hijo. Intentó matar al noble Graco.
Una exclamación de horror se escapó de la gente.
— No logró su propósito y ahora ha sido condenado a galeras para toda la vida.
— ¡El Señor le ayude! — dijo José.
En aquel momento un joven, que había llegado juntamente con José y que se había quedado detrás de éste sin llamar la atención, dejó caer un hacha que llevaba y dirigiéndose al pozo cogió un cántaro y lo llenó de agua. Sus movimientos eran tan suaves que antes de que nadie le detuviera se había acercado a Ben-Hur y le daba a beber el contenido, apoyando una mano sobre su hombro. La cara del joven reflejaba su misma edad, y fue maravilloso e increíble que nadie se atreviera a decirle nada. Luego le tocó la cabeza y pronunció una bendición. Las miradas de todos estaban fijas, absortas, en el joven. El espíritu de Judá, endurecido por los días y noches de sufrimiento y envenenado por sus afanes de venganza, se suavizó bajo la mirada del joven. Después éste se apartó para depositar el cántaro en la fuente y reunirse con José.
Cuando los soldados hubieron calmado la sed volvieron a sus caballos y reanudaron la marcha. Pero ya la compostura del decurión no era la de antes, y él mismo ayudó al prisionero a incorporarse. Los nazarenos volvieron a sus casas.
Así se produjo el primer encuentro entre Judá y el Hijo de María.
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