Ben Hur
Lewis Wallace
Lewis Wallace
Cuarta parte
Julio del año 29 de Jesucristo. Nos hallamos en Antioquía, reina de Oriente y la ciudad más poderosa, poblada y rica después de Roma.
Una galera mercante, procedente de alta mar, penetraba por la desembocadura del río Orontes. Era cerca del mediodía y reinaba un calor intenso, que obligó a los viajeros de la galera a subir a cubierta. Entre ellos estaba Ben-Hur. Los cinco años transcurridos habían producido notables transformaciones en el joven israelita. Había alcanzado la madurez varonil; era un hombre cortés, reservado, que vestía una túnica elegante y cuyos modales y aspecto despertaban la curiosidad de sus compañeros de viaje.
Al llegar la galera a uno de los puertos de Chipre había subido a bordo un venerable israelita que muy pronto entabló amistosa conversación con Ben-Hur. Al reemprender la marcha la galera se cruzó con otras dos, que desplegaron en sus mástiles gallardetes amarillos. Los pasajeros que viajaban en la misma galera que Ben-Hur se preguntaban a qué nacionalidad corresponderían aquellos gallardetes. Uno de ellos interrogó al anciano israelita y éste respondió:
— Sí, sé el significado de esas banderas. No son de una nación, sino la enseña de un armador particular, propietario de las naves.
— ¿Tiene muchos buques ese hombre?
— Muchos.
— ¿Le conoces?
— Navegué con él.
Los pasajeros miraban con atención al que así hablaba. Ben-Hur le escuchaba.
— Ese hombre vive en Antioquía. Sus riquezas le han hecho célebre, pero los comentarios relacionados con su nombre no son muy gratos. Años atrás vivía en Jerusalén una familia muy antigua que llevaba el nombre de Hur.
Ben-Hur se contuvo con grandes esfuerzos y procuró mantenerse sereno.
»El príncipe era un mercader genial — continuó diciendo el anciano— . Fundó varias empresas que llegaban al Oriente y al Occidente. El propietario se ahogó en el mar, pero el negocio siguió viento en popa. Después cayó sobre la familia una tremenda desgracia: el único hijo varón del príncipe intentó asesinar al procurador Graco en una de las calles de Jerusalén. Falló en su intento y la ira del romano se cebó en toda su familia, de forma que hoy no queda en vida ninguno de sus elementos.
Los pasajeros rieron.
— O sea que se quedó con todo — dijo uno.
— Eso se dice. Simónides, que había sido el agente del príncipe en Antioquía, se estableció por su cuenta al cabo de poco tiempo, y las cosas le fueron tan bien que hoy posee la flota más poderosa que pueda conocerse. Esto lo ha logrado en diez años.
— ¿Empezaría con mucho capital?
— Sí, pues el procurador sólo se quedó, de las riquezas del príncipe, con lo que pudo echarle mano: camellos, caballos, casas, ganado, mercancías y navíos. Pero no encontró dinero, que había en abundancia pero repartido en diversos lugares. Lo que se hizo del dinero es un misterio.
— No para mí — exclamó un pasajero con socarronería.
— Ya sé a lo que te refieres — contestó el hebreo— . Otros lo han pensado también. Todos creen que aquel dinero fue para Simónides el capital inicial; y así lo cree también el procurador, pues dos veces en cinco años le ha sometido a tortura para arrancarle el secreto de dónde guarda el capital. Al pobre no le queda ni un hueso sano: se sienta sobre almohadas y está convertido en un ser deforme.
Judá se agarró con fuerza a la cuerda en que se apoyaba.
— Nada pudieron los sufrimientos. Claro, como trabajaba legalmente no pueden nada contra él… Hace muy poco ha conseguido una licencia firmada por el propio Tiberio.
Así que el transporte llegó al canal del río, Judá dijo al hebreo:
— ¿Cómo se llamaba el dueño del mercader?
— Ithamar de Hur. Su hijo, Ben-Hur, era un muchacho que los romanos enviaron a galeras y que sin duda habrá muerto. En galeras sólo se resiste un año como máximo. De su madre y hermana nada se sabe, y lo más seguro es que hayan muerto en una de las fortalezas.
Judá fue al departamento del piloto, y tan sumido estaba en sus preocupaciones que no advirtió las orillas del río ni las bellezas del paisaje y del tiempo.
Cuando ya estuvieron cerca de la ciudad, los pasajeros se agolparon en cubierta ansiosos de ver la orilla.
El anciano hebreo a quien antes hemos conocido no dejaba de comentar cuanto se les ofrecía a la vista, subrayando sus encantos o las incidencias históricas de los lugares.
— ¡El bosquecillo de Dafne! — dijo— . Es algo admirable… Fue empezado por Apolo y él mismo lo concluyó: lo prefiere al Olimpo. Y ahí tenemos las murallas de la ciudad. ¡Ésta es la obra maestra de Jerjes! Esta parte fue construida por el primer seléucida y ahora, al cabo de trescientos años, forma parte de la misma roca sobre la cual descansa.
En aquel instante los marinos comenzaron a recoger las velas y el hebreo exclamó gozoso:
— Los que odian al mar y han hecho votos para llegar sanos y salvos pueden cesar en sus maldiciones y plegarias. Ese puente que veis indica el final de la navegación.
La galera se acercó entonces al muelle y todos pudieron ver de cerca la animación de la orilla. Ben-Hur se aproximó de nuevo al hebreo y le dijo:
— Me interesa lo que has contado del mercader. ¿Has dicho que se llama Simónides? ¿Dónde se le puede hallar?
— Voy a ahorrarte un disgusto: no presta dinero.
— Ni lo tomo yo a préstamo jamás — replicó Ben-Hur sonriendo.
— Le hallarás con facilidad. Vive al final de ese puente, en un edificio que parece una de las torres de la muralla. Ante su puerta hay un descargadero enorme. Toda la flota allí anclada es suya.
— Muchas gracias por la información.
— Que la paz de nuestros padres sea contigo.
— Y también contigo.
Dos mozos de carga se hicieron cargo del equipaje de Judá y le llevaron a la ciudadela. Dos anchas calles, cortadas una por la otra perpendicularmente, dividían la ciudad en cuatro barrios. Ben-Hur comprobó la magnificencia de la avenida, pues aun comparado con los de Roma aquel paseo resultaba bellísimo, con árboles frondosos y multitud de fuentes de agua que manaban sin cesar. Pero el estado de ánimo de Judá no le permitía gozar de aquel espectáculo. El relato sobre Simónides le había trastornado.
— No iré esta noche a la ciudadela — dijo a los mozos— . Vamos al «khan» más cercano al puente del camino de Seleucia.
Ben-Hur pasó la noche en la azotea del «khan», y una voz interior le decía a cada momento:
«Ahora mismo voy a saber algo de los míos: de mi madre y de Tirzah. Si aún viven, las encontraré».
Al día siguiente se encaminó sin pérdida de tiempo al encuentro de Simónides. No estaba en su afán pedirle todo su dinero y propiedades, ya que todo ello le pertenecía; su único deseo era saber de su madre y hermana. Siguió las indicaciones del hebreo y se encaminó a la casa. Entró tembloroso en su interior. Un hombre le condujo a través de largos corredores hasta el propio Simónides en persona, que se hallaba apoyado en blandos cojines. A su lado, apoyada en el respaldo del sillón, se encontraba una muchacha. Al verles Ben-Hur sintió que la sangre afluía a sus mejillas.
— Si eres Simónides, el mercader judío, la paz de Dios sea contigo y los tuyos.
— Soy Simónides y soy judío, y te devuelvo tu saludo invitándote a que me digas quién eres. Esther nos traerá vino.
— Yo soy Judá, hijo de Ithamar, último jefe de la casa de Hur y príncipe de Jerusalén.
— Soy Esther, la hija de Simónides — dijo la joven.
— Entonces, hermosa Esther, tu padre no tomará a mal que rehúse el vino, cuando haya oído lo que voy a decir.
Y dirigiéndose al padre le dijo:
— Simónides, mi padre tenía al morir un fiel servidor y me han dicho que ése eres tú.
El anciano se estremeció y llamó a su lado a Esther. Ésta dejó las copas de vino sobre la mesa y se acercó a su padre.
— Envejecí comerciando con los hombres y te digo que, a pesar de los dolores que sufre este cuerpo maltrecho, me quedan dos motivos de gozo: uno esta niña hija mía, sin la cual no podría vivir… El otro no es más que un recuerdo… el de una familia bienamada…
El rostro de Ben-Hur se encendió.
— ¡Hablas de mi madre y de mi hermana!
— Escúchame antes: ¿qué pruebas tienes para demostrarme que eres la persona que pretendes?
Ben-Hur se sintió desconcertado: comprendió que en aquellos años su aspecto había cambiado por completo y que nadie quedaba en el presente que le conociese. Le invadió una angustia desoladora.
— Simónides — dijo— : sólo puedo contarte mi historia.
— Habla — respondió Simónides— . Habla y te escucharé de buen grado.
Ben-Hur relató toda su vida de forma rápida, con gran sentimiento. Al fin concluyó diciendo:
— Quinto Arrio fue para mí como un padre y quiso darme las mejores enseñanzas de los célebres filósofos y oradores romanos. Pero yo soy judío y no puedo olvidar mi religión. Acepté la generosidad del romano porque esperaba que sus influyentes amistades me sirvieran algún día para averiguar la situación real de mi madre y hermana. Además había otra razón: yo quería dedicarme a las armas y así pude ejercitarme en todas las facetas del ente de la guerra. En cuanto a demostrarte que soy quien realmente soy, no tengo otros medios y veo que mi narración no te ha convencido. Por otro lado debo decirte que al venir aquí no había en mi ánimo el deseo de recuperar tus riquezas, sino exclusivamente el saber dónde están mi madre y
mi hermana; lo demás no me importa en absoluto.
Mientras Esther lloraba en silencio, conmovida por el relato de Ben-Hur, el anciano deforme y poseedor de una voluntad de hierro escuchaba impasible.
— Te repito que nada sé de esta familia, a pesar de mis pesquisas.
Ben-Hur, desfallecido, soltó un sordo gemido.
— Entonces… ¡entonces no hay más remedio que perder esta esperanza! — exclamó luchando con sus emociones— . Y sólo me queda vivir para la venganza. Perdóname y adiós.
Cuando llegó a la cortina que tapaba la puerta de la sala se volvió hacia el anciano y la muchacha y dijo:
— Os doy las gracias a los dos.
— La paz sea contigo — replicó el mercader.
Esther no pudo decir nada, pues seguía sollozando.
Y así se despidió de ellos Ben-Hur.
En cuanto Ben-Hur desapareció, Simónides sufrió una extraña transformación. Como si saliera de un sueño, su rostro cobró animación, los ojos empezaron a brillarle de placer y exclamó con emoción que apenas podía contener:
— ¡Esther, llama inmediatamente a Malluch!
A los pocos instantes apareció el criado, que hizo un reverencia ante su señor.
— Malluch, tengo que encomendarte una importante misión. Has de cumplirla cueste lo que cueste. Escúchame atento: un joven alto, apuesto y de aspecto hebreo baja ahora a los almacenes camino de la calle. Síguele como si fueras su sombra día y noche. Averigua qué hace y cómo vive, qué amistades tiene y todo lo que se relacione con su vida. Procura entablar amistad con él. Acompáñale en la ciudad y ven cada noche a informarme. Sobre todo, que no llegue a sospechar que trabajas para mí. Si te pregunta, dile lo que quieras, pero en ninguna circunstancia ha de saber que estás a mi servicio.
Malluch hizo otra reverencia y desapareció.
Luego Simónides se volvió hacia su hija, que observaba con asombro la transformación operada en su padre.
— ¡Qué día más señalado, hija mía! ¡Bendito sea el Señor!
Luego, ya más calmado, dijo a Esther:
— Voy a contarte, hija mía, algo que ya estás en edad de conocer… Yo nací en una tumba del valle de Hinnón, en la llanura al sur de Sion. Fui vendido en calidad de esclavo a la familia de Ben-Hur, a la sazón el hombre más rico de Jerusalén y amigo del rey Herodes. Le serví seis años y al séptimo fui declarado libre. Después fui una vez huésped de mi señor, quien tenía una criada tan hermosa que me enamoré perdidamente de ella. Se la pedí al señor y éste me la cedió. Pero he aquí que ella no quería casarse conmigo más que a condición de hacerme yo esclavo otra vez y vivir así a su lado en aquella casa. Yo dudé mucho, como puedes comprender… Al fin — ¡tanto la quería!— accedí. El señor me nombró entonces administrador general de todos sus bienes. Los negocios prosperaron rápidamente. Luego naciste tú y más tarde ocurrieron las desgracias que has oído contar al desconocido. Así es que ignoro si han muerto o si viven la esposa y la hija de mi difunto señor.
Los ojos de Esther se humedecieron por las lágrimas.
»Tu corazón es bueno, hija mía, tanto como el de tu madre. Pero sigue escuchándome. Corrí a Jerusalén con la intención de socorrer a mi bienhechor, pero fui encarcelado por Graco, quien me exigió que firmara una letra a su favor, y me negué a las demandas del tirano. Me sometió a tortura una y otra vez, pero siempre salí triunfante aunque mi cuerpo acusara tanta tortura y tanta infamia; lo cierto es que yo nunca me doblegué y así he podido conservar y multiplicar los millones que en principio poseía la familia de la casa Hur. Con el cuerpo hecho pedazos regresé a casa y me encontré a mi Raquel muerta de terror y de sufrimiento por mí. Así lo quiso Dios. Después conseguí del emperador el permiso para comerciar con todo el Mundo y la fortuna ha alcanzado extremos inverosímiles. Pero ahora que estoy cerca del final de mi vida, ¿qué voy a hacer con estos tesoros?
— Padre mío — contestó la joven bajando la voz— : ¿es que no acaba de venir su propietario a reclamarlos?
— Y tú, hija mía…, ¿te convertirás en una pordiosera? El Señor ha derrochado en mí sus bondades, pero tú has sido el don más soberano.
Y abrazó a su hija contra su pecho, besándola varias veces.
— Ahora, Esther, quiero que sepas lo siguiente: cuando ha venido ese joven me ha parecido ver la viva estampa de su padre cuando era joven, y todo en mí se confabulaba para entregarle su inmensa fortuna. Pero al fin me ha retenido el afán de saber si es realmente Ben-Hur y si, caso de serlo, qué tal hombre ha resultado ser ahora, pues las riquezas pueden empeorar a un hombre o extraviarlo. Esther, por otro lado, ¡han sufrido tanto la madre y hermana de Ben-Hur, lo mismo que yo y mi pobre Raquel, ya difunta! Muchas veces he pensado en la venganza, y eso mismo ha señalado, veladamente, el joven que ha venido a vernos.
— ¿Volverá? — preguntó la hija acariciando las manos de su padre.
— Malluch, el criado, va con él, y nos lo traerá cuando yo lo disponga. Entonces le enfrentaré con un testigo y sabremos si es realmente Ben-Hur. Pero ahora estoy fatigado. Llama a Abimelech.
Su hija le obedeció y los dos entraron en la casa.
Ben-Hur salió de la casa de Simónides. En su ánimo flotaba la sensación de haber fracasado otra vez en sus propósitos, lo que hacía más doloroso el amor y recuerdo de su madre y de su hermana.
Por la orilla del muelle regresó al «khan».
Una vez allí preguntó al portero por el camino de Dafne y éste le respondió sorprendido:
— ¿Preguntas por el camino que va a Dafne? Si no has estado nunca allí, sabe que hoy será el día más gozoso de tu vida.
Luego le explicó cómo podía llegar hasta allí. Era la hora cuarta cuando entró en los jardines y tropezó con una procesión larguísima que se dirigía hacia el famoso bosquecillo. El ambiente festivo, la belleza del camino y la música y cantos de la muchedumbre hacían del lugar algo maravilloso.
En aquel momento Ben-Hur contemplaba a una extraña pareja.
— ¡Qué hermoso es todo esto! Pero ¿adónde vamos? — preguntaba ella a su acompañante.
— Sigue adelante, linda bárbara. Tu pregunta encierra un miedo terrenal. ¿Acaso no acordamos en dejar todo eso detrás de nosotros, al salir de Antioquía?
— ¿Y si nos perdiéramos? — volvió a preguntar la hermosa mujer.
— No temas… Nadie se ha perdido en Dafne…
En aquel instante un grupo de bellas muchachas se precipitó alrededor de la pareja y comenzó a cantar al son de las panderetas agitadas por ellas mismas. La mujer se estrechó contra el hombre, asustada; él la rodeó con un brazo por el talle y con el otro brazo hizo gestos siguiendo el compás de la música, sonriente y divertido. Los cabellos de las danzarinas flotaban sueltos, y se adivinaban sus miembros exuberantes bajo las transparentes túnicas que apenas lograban ocultarlos. Se desprendía de la danza una voluptuosidad contagiosa. Al poco rato las muchachas se apartaron.
— Y ahora ¿qué dices? — preguntó él.
— ¿Quiénes eran? — dijo ella.
— Son devadasas, sacerdotisas consagradas al templo de Apolo. Hay un verdadero enjambre de ellas, y forman el conjunto de los coros. Viven aquí, pero algunas veces van a otras poblaciones y traen a este lugar todo lo que recogen para enriquecer la casa del divino Apolo. ¿Vamos?
Ben-Hur se internó también en el bosquecillo de Dafne. Por el camino, realmente encantador, se tropezó con diversas esculturas griegas dedicadas a deidades helénicas.
Un centauro llevaba en la mano un rollo escrito en griego que decía:
¡OH VIAJERO! ¿ERES EXTRANJERO?
1. Oye el canto de las fuentes y no tengas miedo del rocío que causan; de esta manera las náyades aprenderán a amarte.
2. Las brisas que sirven a Dafne son Céfiro y Austro, suaves ministros de vida, que te traerán dulzuras. Cuando el Euro sopla, está Diana cazando. Cuando el Bóreas ruge, escóndete: Apolo está irritado. Las sombras del bosquecillo son tuyas durante el día. Por la noche pertenecen a Pan y a sus dríadas. Por tanto, no las molestes.
3. No comas los lotos que crecen cerca de los arroyuelos, a no ser que quieras verte despojado de la memoria, en cuyo momento te verías convertido en un hijo de Dafne.
4. Cruza junto a la araña que teje y no la toques. Es Ariadna, que labora para Minerva.
5. Si deseas contemplar las lágrimas de Dafne, arranca una rama de laurel… y muere.
¡TEN CUIDADO! ¡ENTRA Y SÉ DICHOSO!
Ben-Hur contemplaba con sorpresa y tolerancia respetuosa aquellas fiestas paganas. En el fondo se sentía irritado porque sus esperanzas habían muerto y su alma desolada estaba embargada por la tristeza.
Cuando Ben-Hur oyó en el bosquecillo un coro de cantores — una música lánguida y soñadora— recordó la frase del anciano hebreo que había embarcado en Chipre: «Preferible es ser gusano y nutrirse con las moreras de Dafne, que ser huésped de un monarca». Pero si era tan dulce la vida en el bosquecillo, ¿dónde residía su encanto: en su filosofía, o era algo real y al alcance de los sentidos? Cada año millares de seres humanos abandonaban el mundo y se internaban en el bosque a fin de servir en él. ¿Encontraban lo que buscaban y eran tan felices que desaparecían los motivos de regresar a su vida anterior? Y si aquella felicidad o bien estar estaba a merced de todos aquellos desconocidos, ¿no estaría también a su alcance?
Se dejó caer sobre la blanda y fresca hierba del bosque y dejó que sus sentidos se recrearan en los infinitos motivos de goce. Todo en su derredor era alegría, amor, encanto…
Algo, sin embargo, le distinguía de los que vivían dichosos allí. Ellos carecían de deberes que cumplir, mientras que él…
— ¡Dios de Israel! — exclamó en voz alta, levantándose enrojecido— . ¡Madre! ¡Tirzah! ¡Maldigo este momento y este lugar por haberme olvidado de vuestra desdicha!
Se apartó con presteza de la espesura y llegó a una corriente que se deslizaba entre dos riberas de piedra. Al final de aquel camino había un puente. Cruzó por éste y fue al valle más cercano.
Aproximóse a un rebaño de ovejas. La pastora, una muchacha, le hizo un ademán diciéndole:
— Ven conmigo.
Pero Ben-Hur siguió adelante.
Más allá el camino quedaba cortado en dos, y al final de uno de ellos, junto a un altar, una mujer agitó una rama de arce y le dijo:
— Quédate conmigo.
La tentación, en su dulce sonrisa, era la de la juventud apasionada. Más allá se tropezó con una de las procesiones encabezada por un grupo de niñas cubiertas tan sólo por guirnaldas de flores, que cantaban con voces agudas. Tras ellas venía un grueso de muchachos, bronceados por el sol, bailando al son de los cantos de las muchachas. Seguidamente venía un grupo de mujeres con cestas de especies y de dulces para los altares, vestidas con túnicas. Al verle se acercaron, tendiéndole sus manos y diciendo:
— Detente, y ven con nosotras.
Una de las mujeres, griega, cantó una poesía de Anacreonte:
Para hoy acepto regalos y los doy, para hoy bebo vino y vivo, para hoy pido o acepto en préstamo. ¿Quién puede saber algo del silencioso mañana?
Mas Ben-Hur prosiguió indiferente su camino, hasta llegar a un bosque exuberante, situado en el corazón del valle, y en el sitio donde éste parecía más grato a los ojos del contemplador. Después vio una estatua de Dafne, y cerca de ella un joven y una muchacha tendidos en el suelo, dormidos.
Aquel espectáculo le estremeció, haciéndole comprender que el hechizo de aquella vida en el Bosque residía en la paz libre de temores, y casi se sintió tentado de permanecer allí para siempre, a los pies de Dafne. La ley de aquellos parajes era el amor, mas el amor fuera de la ley.
Y aquél y aquélla era la dulce paz de Dafne.
¡Ése era el único objetivo y el fin de sus ministros! ¡Para sostener aquel estado hacían sus dones los monarcas y los príncipes!
En tanto Ben-Hur seguía su paso y observaba, sus reflexiones ahondaban en la raíz de aquellos hechos. El misterio se le desvelaba. En aquellos tiempos sólo había dos pueblos capaces de experimentar los sentimientos referidos: el pueblo que se sujetaba a la ley de Moisés y el que vivía bajo las leyes de Brahma. Sólo ellos hubieran podido decir:
«Es mejor una ley sin amor que un amor sin ley».
Ante Ben-Hur se levantaba un bosque que de altos cipreses. Adentrándose en la sombra que proyectaban, vio sobre la hierba a un hombre que parecía hebreo. El hombre se levantó y acercándosele dijo:
— La paz sea contigo.
— Gracias.
— Voy al estadio, si es allí donde tú vas. La trompeta que has oído es un llamamiento dirigido a los competidores.
— Buen amigo — dijo Ben-Hur— , reconozco mi ignorancia de las costumbres del bosquecillo; y si quieres aceptarme como compañero te lo agradeceré.
— Me encantará. ¡Escucha! Ya se oyen las ruedas de los carros; están ensayando la pista.
Ben-Hur escuchó un instante y luego dijo:
— Yo soy hijo de Arrio, el duunviro. ¿Y tú?
— Yo soy Malluch, mercader de Antioquía.
— Bien, buen Malluch. Creo que nos gustará el espectáculo. Tengo alguna habilidad en esos ejercicios. En Roma no soy un desconocido… Vamos, pues, a las carreras.
Malluch le preguntó entonces:
— El duunviro era romano, y no obstante veo que su descendiente viste según la costumbre judía.
— El noble Arrio fue solamente mi padre adoptivo — replicó Ben-Hur.
— Ah, ya comprendo. Perdóname.
Avanzaron a través del bosque hasta llegar a una gran pista cuyas dimensiones eran las habituales en los estadios. La tierra, apisonada, estaba limitada por ambos lados mediante cuerdas tendidas entre una serie de jabalinas clavadas en el suelo. Para situar a los espectadores había varios cobertizos. Los dos recién llegados se acomodaron en una de aquellas graderías.
Ben-Hur contó los carros que pasaban delante de ellos: nueve en total.
— Me parece muy bien — dijo complacido— . Yo suponía que en Oriente se contentaban con carros de dos caballos, pero veo que son modernos y utilizan verdaderas cuadrigas. Veremos cómo se portan.
Cuando pasó la novena cuadriga ante ellos, Ben-Hur exclamó:
— Yo he visto los establos del emperador, Malluch, pero ¡por la memoria bendita de nuestro padre Abraham, jamás he visto una cuadriga comparable a ésa!
Entre los espectadores había un anciano que contemplaba con extrema pasión el paso de las cuadrigas. Su expresión suscitaba comentarios jocosos entre el gentío.
— ¿Quién es? — preguntó Ben-Hur.
— Un poderoso jeque del desierto, procedente de más allá de Moab y propietario de numerosos rebaños de caballos. Según dicen, sus corceles descienden de los que tuvo el primer faraón, Es el jeque Ilderim.
Mientras tanto el conductor de la novena cuadriga intentaba sin éxito detener a los caballos pegándoles con el látigo, lo que excitaba al patriarca porque comprobaba su inutilidad.
— ¡Maldito romano! — exclamó el jeque, amenazando con el puño al conductor— . Me juró que sabría conducirlos… ¡Estos animales no tienen precio! ¡Qué loco he sido al confiar en un romano!
Ben-Hur se identificó con los sentimientos del jeque y experimentó gran simpatía por él. Los cuatro caballos eran bayos, sin manchas, absolutamente semejantes entre sí, y tan proporcionados que era difícil notar diferencias entre ellos. La agilidad y belleza de sus cuerpos era asombrosa.
Antes de que el patriarca se excitara aún más, una docena de manos sujetaron y agarraron los bocados de sus caballos, interrumpiendo así su absurda carrera. Y en aquel momento apareció sobre la pista otro carro y a diferencia de los demás lo hizo como si se hallara en el circo. Tenía forma extranjera; y cuando llegó a la vista de la gran muchedumbre estalló el entusiasmo general. El carro era una maravilla de construcción, y los caballos muy hermosos en verdad, lo que desató una nube de aplausos. ¿Quién sería su auriga?, pensó Ben-Hur. Algo en él le resultaba familiar, pero no llegaba a identificarle. Por el entusiasmo que despertaba debía de tratarse de un oficial muy conocido, o acaso un príncipe famoso. Ben-Hur se levantó y abriéndose paso por entre el numeroso público llegó hasta la grada inferior, junto a la pista. Por fin toda la figura del auriga quedó al alcance de su vista, lo mismo que el compañero de aquél, un mirtilo, como eran llamados los ayudantes de auriga.
Pero Ben-Hur sólo veía al auriga. Su figura era elegante; iba apenas cubierto por una túnica de fina tela de color rojo. En la mano derecha llevaba un látigo y en la otra las cuatro riendas. Su actitud estaba llena de gracia y de movimiento. Recibía las aclamaciones y los estruendosos aplausos con estatuaria frialdad. Ben-Hur se quedó boquiabierto; su instinto y su memoria le sirvieron a conciencia. ¡El auriga era Messala!
Por la selección de sus caballos y el carro y por su actitud, desdeñosa, altiva y fría, Ben-Hur comprendió que Messala seguía siendo el mismo de otros tiempos.
Cuando Ben-Hur descendía los escalones del graderío se levantó un árabe que dijo en voz alta:
— ¡Hombres de Oriente y de Occidente! El buen jeque Ilderim os saluda. Ha venido con cuatro hermosos caballos, favoritos descendientes de los que tenía Salomón. Tiene necesidad de un hombre fuerte para conducirlos. Propagad esta oferta: cuando aparezca ese hombre afortunado mi señor le hará rico si conduce su cuadriga.
El anuncio provocó un agitado murmullo entre el gentío.
— Buen Malluch, ¿adónde iremos ahora?
— Puedes hacer como todos los que vienen al bosquecillo: que te revelen el porvenir; o acudir a la famosa fuente que predice el futuro en versos grabados sobre una hoja verde; o puedes ir a los templos griegos.
— Los griegos han sido los maestros de la belleza artística. Pero en arquitectura sacrificaron a veces la variedad a la belleza. ¿Cómo se llama esa fuente a la que antes te referías?
— Castallia.
— Es famosa en todo el Mundo; vayamos, pues, allá.
Malluch observó que poco a poco había desaparecido el buen humor de su amigo. Y es que la vista de Messala había sumergido a Ben-Hur en el rencor y el afán de vengarse. Recordaba las desgracias de su familia por culpa del romano y su ira crecía por momentos.
Al llegar a la famosa fuente Castallia vieron acercarse hacia donde ellos estaban un camello blanco, de altas proporciones, que llamaba la atención a todos los circunstantes por su bella estampa.
— ¡Qué camello! — decían las gentes— . ¡Será de un príncipe extranjero o acaso de un rey!
Mas ¿quiénes serían el hombre y la mujer sentados a la sombra de la tienda? En él había la dignidad de un rey y un filósofo a la vez, y mostraba, bajo un turbante, una faz arrugada. La mujer sentada a su lado, entre velos y encajes, sugería una silueta bellísima y joven. Ella ordenó al conductor del camello que lo llevara a la fuente. En aquel momento venía hacia ellos, a toda velocidad, la cuadriga de Messala, a cuya vista la gente huía despavorida, entre gritos y protestas.
— Ese romano va a atropellamos — dijo Malluch, echando a correr a un lado.
Ben-Hur se volvió y reconoció a Messala. Era demasiado tarde para que la mujer y el camello se apartaran. Ben-Hur se acercó al camello y gritó a Messala:
— ¡Alto! ¡Mira por dónde vas! ¡Atrás, atrás!
El joven patricio reía a carcajadas, sin hacer caso de los ruegos. Entonces, dando un rápido salto, Ben-Hur agarró los bocados de los dos caballos de la izquierda y, tirando con energía de ellos, los obligó a detenerse. Al mismo tiempo, gritó al conductor:
— ¡Perro romano! ¿Tan poco te importa la vida de los demás?
Debido a la sacudida, el romano estuvo a punto de caerse; su mirtilo no supo conservar el equilibrio y rodó por los suelos. Viendo que el peligro había pasado ya, la gente comenzó a reír a mandíbula batiente por la caída del mirtilo. Allí se mostró, sin embargo, la audacia de Messala. Saltando del carro se acercó a la mujer y le dijo:
— Os pido perdón a los dos. Yo soy Messala. Y en cuanto a esta gente que contempla el incidente, ya les he proporcionado ocasión de reir. ¡Que les aproveche!
Y Messala siguió hablando, deseoso de obtener alguna palabra o una sola mirada. Al fin dijo:
— ¡Por Palas, que eres muy hermosa! Dime al menos si me has perdonado.
Pero la joven dijo a Ben-Hur, mirándole:
— ¿Quieres acercarte? Toma la copa y llénamela, te lo ruego. Mi padre está sediento.
Al volverse hacia ella para complacerle, la mirada de Ben-Hur se encontró con la de Messala, quien no le reconoció. El romano dijo:
— ¡Oh extranjera, tan hermosa como cruel! Si no se queda contigo Apolo, volveré a verte. — Y viendo que el mirtilo había preparado de nuevo el carro, se alejó hacia él.
Ben-Hur ofreció el agua al anciano. Cuando éste concluyó de beber, la joven mujer le dio la copa a Ben-Hur, diciéndole:
— Guárdala, te lo rogamos. Está repleta de bendiciones para ti.
— Nos has prestado un excelente servicio — dijo el anciano venerable— . Yo soy Baltasar el egipcio. Tras la aldea de Dafne habita en sus tiendas el jeque Ilderim el Generoso. Ven a vemos. Soy su huésped y tú serás recibido con nuestro agradecimiento.
Ben-Hur quedó perplejo ante la dignidad y distinción del anciano. Mientras contemplaba cómo se alejaba vio también a Messala, que reía satisfecho e indiferente.
Malluch observaba entretanto a Ben-Hur, y no acertaba a comprender la relación que pudiese existir entre él y Arrio. Fue el mismo Judá quien le sacó de estas dudas. Llevándole a un lado le habló de su reciente pasado.
— Mi primera lección en la sinagoga fue la Shema y la segunda fue la frase del hijo de Sirach: «Honra a tu padre con todas tus fuerzas y no olvides los dolores de tu madre». — Y tras estas palabras se lo contó todo.
— Me admira — dijo Malluch al final, después de escuchar la dolorosa historia de su amigo— que no le hayas atacado.
— Entonces me habría privado de la posibilidad de que me sea útil. La muerte guarda mejor los secretos que el romano más reservado. No deseo quitarle la vida, sino tan sólo castigarle, y con tu ayuda lo lograré.
Malluch comenzaba a sentir honda admiración y afecto por Ben-Hur.
— Él es romano — replicó sin vacilar— . Yo soy de la tribu de Judá. Te ayudaré. Si lo prefieres exígeme un juramento, el más solemne…
— Dame la mano y esto bastará. Escúchame ahora: ¿sabes dónde está el huerto de las Palmeras? O mejor: ¿a qué distancia se encuentra de Dafne?
Malluch se preguntó si el que llevaba un dolor tan hondo en su alma por el recuerdo de su madre y su hermana podría olvidarlas en brazos del amor.
— El huerto de las Palmeras se halla a unas dos horas a caballo.
— Gracias. Los juegos ¿son muy populares en el país?
Malluch no veía que tan sugestivas preguntas pudieran relacionarse con el motivo de sus preocupaciones. No obstante, contestó:
— ¡Ya lo creo! El prefecto es rico y se interesa por ellos; pero aún más, pues quiere llamar la atención del cónsul Magencio, que ha acudido para ultimar los preparativos de la campaña contra los Partos. Los ciudadanos de Antioquía saben que gracias a tales preparativos pueden ganar mucho dinero. Hace ya un mes que los heraldos recorrieron los cuatro barrios de la población proclamando la apertura del circo para la celebración de un festival: Los premios que se ofrecen son regios.
— He oído decir que el circo es el segundo después del Máximo de Roma. Sólo otra pregunta: ¿es seguro que Messala participará en los juegos?
Al oír esta última pregunta se hizo la luz en la mente de Malluch y comprendió por qué deseaba participar Ben-Hur. Pero, como buen descendiente de Jacob, se aventuró a preguntar:
— ¿Tienes habilidad en las carreras?
— No temas. Los vencedores del circo Máximo han logrado sus coronas de triunfo cuando yo he consentido que ganaran. Y hasta el propio emperador me ofreció su patronazgo si aceptaba correr en el campeonato del Mundo.
— ¿Y no accediste? — preguntó Malluch con interés.
— Soy judío y no me atrevería a hacer algo que empañaría el nombre de mi padre. En las palestras puedo hacer lo que en el circo resultaría inadmisible. Y si voy a participar en las carreras de Antioquía es seguro que no lo hago por el premio, aun cuando la recompensa sea de diez mil sestercios, fortuna para toda una vida. No. Yo correré para humillar a mi enemigo. La ley permite la venganza.
Malluch sonrió al decirle:
— De acuerdo. Soy judío y te comprendo a la perfección.
»Messala participará en los juegos — dijo luego— . Se ha comprometido a ello de todas las maneras imaginables; de modo que no puede retirarse. Además su nombre aparece en todas las tablillas de las apuestas. Y cada día acude, como has visto, a practicarse.
— ¡Gracias, gracias, Malluch; me has sido muy útil! Estoy satisfecho. Ahora acompáñame al huerto de las Palmeras para presentarme al jeque Ilderim, porque si fuésemos mañana podría haberse comprometido ya para que condujera otro su cuadriga.
Malluch reflexionó un instante.
— Lo mejor que podemos hacer es dirigirnos a la aldea y allí encontraremos rápidos camellos.
— Vamos allá, pues.
No les costó mucho trabajo encontrar dos camellos, y a lomo de los mismos se encaminaron hacia el famoso huerto de las Palmeras.
Más allá de la aldea la tierra aparecía ondulada y bien cultivada. Por la extraordinaria belleza y riqueza de la huerta se diría que estaban en el reino de la Abundancia. Los labradores pasaban por entre melonares, melocotoneros, higueras, naranjos, y por doquier asomaba la sonrisa de la paz, que por medio de mil señales alegraba al viajero.
Cruzaron un río y poco después Malluch palmoteo alegremente:
— ¡Mira! ¡Mira! ¡El huerto de las Palmeras!
Una escena semejante sólo podía ser contemplada en los más bellos oasis de Arabia o en las granjas situadas a lo largo del Nilo. No se puede contemplar una palmera cuando se halla en pleno desarrollo sin que se sienta poeta quien la mira.
— Cuando vi al jeque Ilderim me pareció más bien un hombre vulgar. ¿Cómo llegaría a ser propietario del huerto?
— Si la nobleza procede de los años, hijo de Arrio, entonces Ilderim es todo un hombre, aunque sea un edomita incircunciso. Además, le sobran motivos para no sentir ninguna simpatía hacia los romanos.
Así que se aproximaron al huerto unas niñas salieron a su encuentro ofreciéndoles cestas de dátiles. Al apearse para recogerlos, Ben-Hur oyó el grito de un hombre encaramado en un árbol:
— La paz sea contigo y bienvenido seas.
Dieron las gracias a las niñas y siguieron adelante.
— Sé muchas cosas del jeque porque las oigo contar en casa de Simónides, quien me honra con su confianza.
Por un instante la imaginación de Ben-Hur voló hacia Esther, la muchacha dulce y hermosa que había mostrado por él viva simpatía.
— Hace pocas semanas — dijo Malluch— el jeque fue a visitar a Simónides y oí la historia más extraña de mi vida.
Y Malluch relató la historia del griego, el hindú y el egipcio que se reunieron desde distintos lugares del Mundo, guiados por una estrella, la cual les condujo a su vez hasta Belén, historia ya conocida del lector.
— Es una historia maravillosa — repuso Ben-Hur— . Es un milagro.
Pero alguien les seguía. Los dos amigos se volvieron y ante ellos pudieron contemplar la figura del propio jeque Ilderim, montado a caballo, seguido por una comitiva en la que participaban los cuatro caballos árabes que tiraban del carro. El mentón del jeque descansaba sobre una blanca y mullida barba.
— ¡La paz sea con vosotros! ¡Ah, Malluch, amigo mío! ¡Bienvenido! Vas de paso y no me traes ningún recado de Simónides, ¿verdad? Seguidme; tengo selectas comidas que ofreceros.
Le siguieron y al llegar a una tienda el jeque les ofreció en tres copas licor servido de un recipiente de cuero.
— Bebed — les dijo cordialmente— . Éste es el espantapenas de los hombres de las tiendas.
Así que bebieron el jeque les invitó a entrar. Entonces Malluch llevó aparte al árabe y le habló en voz baja.
Luego volvió a reunirse con Ben-Hur y manifestó:
— He hablado de ti al jeque y he hecho por ti cuanto he podido. Ahora debo irme de nuevo a Antioquía. Mañana volveremos a vemos y te acompañaré hasta el día de los juegos. El jeque te dejará probar mañana sus caballos. De hecho, es ya tu amigo.
Tras dar y recibir la bendición, Malluch partió.
Cuando el cuerno inferior de la luna nueva parecía tocar las almenadas torres del monte Sulpio — hallándose entonces en la azotea casi toda la población de Antioquía— , Simónides se hallaba acomodado en la silla que parecía formar parte de sí mismo. Esther sostenía en una bandeja la frugal cena del anciano: panecillos, miel y leche.
— Malluch llega tarde esta noche — dijo el anciano.
— ¿Vendrá?
— Sí, a no ser que el joven partiera al mar o al desierto. Tú deseas que vuelva… ¿verdad, Esther?
— Sí…
— Porque supones que el joven que nos visitó era… nuestro amo. ¿Es ésta la palabra?
— Sí.
— Y tú ¿sigues creyendo que yo debiera dárselo todo: las infinitas riquezas, el crédito todopoderoso que he sabido conquistar con mi nombre, y hasta nuestras propias personas? Todo. ¡Cuán afortunado es nuestro dueño, hija! Obtiene inmensas cantidades de dinero cuando aún es muy joven y sin haber hecho nada para obtenerlas. Pero aún le admiro más porque ha obtenido algo de mucho más valor: te obtiene a ti, hija querida, a ti, que eres cual un capullo mecido por la brisa en la tumba de mi perdida Raquel.
El anciano atrajo a su hija y la besó dos veces.
— No hables así — dijo la muchacha cuando sus manos se separaron del cuello de su padre— . Pensemos mejor en él, que sabe por propia experiencia el sabor de la esclavitud, y nos concederá de inmediato la libertad.
— En ti confío, Esther; en tu instinto para adivinar el bien y el mal en los corazones. Mi cuerpo estará deforme, pero aun así le ofrezco en mi persona un espíritu capaz de ver el oro a una distancia mucho mayor de la que recorrían los barcos de Salomón, y que tiene suficiente poder para traerlo a sus manos. Pero mira, Esther: ¿no te lo dije? Ahí está Malluch…
— La paz sea contigo, bondadoso señor — dijo con una inclinación— . Y contigo, Esther, la mejor de las hijas.
— Buen Malluch, ¿qué puedes decirme del joven?
Malluch hizo un relato completo de lo acaecido aquel día, sin omitir el menor detalle. Mientras hablaba parecía una estatua: nada en él se agitaba, salvo que alguna vez soltaba un suspiro.
— Así es que — concluyó Malluch— toda su aspiración consiste en hallar a su madre y a su hermana. Luego tiene en su pecho un agravio contra Roma en la persona de Messala, ese joven del que te he hablado antes. Desechó el encuentro en la fuente por considerarlo poco espectacular. El verdadero choque entre ambos tendrá lugar en el circo. Creo que nuestro joven, el hijo de Arrio, vencerá a Messala. Lo sé por lo que él dice y por la fuerza de voluntad que deja traslucir.
— Ya es suficiente, Malluch — dijo Simónides— . Come ahora y vuelve al huerto de las Palmeras mañana por la mañana, pero antes de ir ven a verme; le daré por tu conducto una carta a Ilderim. Y luego… tal vez vaya al circo yo mismo.
Cuando Malluch, después de dar y recibir la bendición, hubo salido, Simónides bebió un sorbo de leche que restauró sus fuerzas y aclaró su cerebro.
— Aparta la comida, Esther, y luego acércate.
La hija obedeció, sentándose en el brazo del sillón que ocupaba su padre.
— Dios es muy bueno para mí. Dios me envía ahora a ese joven con una promesa y me siento ya vivificado. Me parece entrever la salvación en un hecho tan grande que podrá servir para que el Mundo entero renazca. Y veo la justificación para entregar todas mis grandes riquezas. Hija mía, en verdad te digo que me siento revivir de nuevo.
Esther se apretó contra su padre.
»El Rey nació y debe de encontrarse ya muy próximo a la mitad de la vida de un hombre normal. Baltasar dice que cuando le vio no era más que un niño en el regazo de su Madre. Su aparición ya no puede tardar… Ya me parece que veo abrirse la tierra para engullir a Roma en su seno mientras los hombres cantan y ríen mirando al cielo porque la ciudad altiva ha dejado de existir. Esther, siento en mí todo el fuego de un cantor… En mis pensamientos resuena el estruendo de los címbalos y de las arpas y el griterío de una muchedumbre que rodea el nuevo trono. Cuando venga el Rey necesitará hombres y dinero… Y ¿no ves ya en ello un camino trazado para mí y otro para nuestro amo?
Esther permanecía callada, y su padre se preguntaba si su hija tendría en el corazón iguales sentimientos y deseos que él.
— ¿En qué piensas, hija?
Esther respondió con sencillez infantil:
— Padre, envía a buscarle esta misma noche y no le dejes ir al circo.
— ¡Vaya! — exclamó el padre sorprendido. El zarpazo de los celos había hecho presa en el viejo Simónides. Sólo tenía dieciséis años la muchacha, pero no era imposible que se hubiera enamorado del joven. El demonio, que se complace en torturamos con temores siniestros e ingratos pensamientos, le había arrastrado, en su vejez, a una dolorosa sorpresa. El espléndido panorama que acababa de trazarse se diluyó y hasta olvidó al Rey, centro y eje de sus pensamientos. Disimuló, no obstante, y preguntó a su hija.
— ¿Por qué no debo dejarle ir, Esther?
— No es un lugar apropiado para un hijo de Judea.
— Tu respuesta estaría mejor en labios de un rabí, hija. Pero… ¿lo dices sólo por eso?
Una confusión nueva, extraña y agradable a la vez, invadió a la joven.
»El desconocido tendrá una fortuna: barcos, dinero, todo. Pero yo no me sentía pobre, perdiéndolo todo, porque sabía que me quedaba tu amor. Pero ¿también éste irá a parar a manos del joven?
Tardó en responder la hija.
— Tranquilízate, padre — le dijo, al fin— . Nunca te abandonaré; a pesar de que tenga mi amor, siempre seré yo tu apoyo.
Y tras una pausa le besó.
— Te diré más — prosiguió ella— . Le encuentro bello y me es grato el sonido de su voz, y sufro al pensar que está en peligro. Pero he aquí que el amor no correspondido no es perfecto. Por tanto aguardaré un cierto tiempo sin olvidar que soy tu hija.
— ¡Esther, eres una auténtica bendición del Señor!
El palacio que se hallaba sobre el río, enfrente de la casa de Simónides, fue acabado de edificar, según se decía, por el famoso Epifanes. Fue un arquitecto que se aproximaba más a lo grandioso que a lo clásico.
En una sala interior cuelgan del techo cinco candelabros. En las paredes se ven ilustraciones helénicas. Junto a las meses, en pleno ajetreo o descansando, hay casi un centenar de personas. Son muy jóvenes, hablan latín puro y visten como en la gran ciudad del Tíber. Sobre el diván se ven togas y lacernas abandonadas con descuido.
— Buen Flavio — exclamó uno de los presentes— : ¿ves aquella lacerna? Acaba de salir de la tienda y tiene sobre el hombro una hebilla de oro ancha como la palma de la mano.
— Sí — replicó Flavio, sólo preocupado por el juego— . ¿Qué ocurre?
— Nada, pero la daría por encontrar a alguien que lo supiera todo.
— ¡Ja, ja, ja! Por menos que esa valiosa lacerna soy capaz de hallarte aquí mismo a muchos que aceptarían tu oferta. Pero juega…
— ¡Por todos los dioses, me has distraído y he perdido…! ¿Otra partida?
— De acuerdo.
— Pero ¿y la apuesta?
— Un sestercio.
Siguieron jugando. Eran militares que esperaban la llegada de Magencio y entretanto se divertían tanto como podían.
— ¿Un hombre que lo supiese todo, dices? Entonces los oráculos se morirían de hambre. Pero ¿qué harías tú con un monstruo semejante?
— Hacerle una pregunta y luego le cortaría la cabeza…
— ¿Qué le preguntarías?
— Que me dijera la hora y el minuto en que Magencio llegará mañana.
— Buena jugada, lo admito. Te he cogido. ¿Y por qué el minuto?
— ¿Tú no has estado nunca con la cabeza descubierta bajo el sol de Oriente? Pues los fuegos de Vesta no queman tanto y, ¡por Venus!, que desearía expirar, si es que debo morir, en Roma. Esto es el averno. Allí, en la plaza del Foro, se puede estar, y levantando un poco la mano se puede tocar el suelo de los dioses. ¡Por Venus! Flavio, me estás engañando… He perdido…
— ¿Quieres que iniciemos otra partida?
— Deseo recuperar mi sestercio.
— Comencemos.
Así jugaban una y otra vez, y la luz del amanecer les encontró aún a los dos. Como la mayoría de los presentes, eran oficiales militares del estado mayor del cónsul, que aguardaban su llegada y trataban de amenizar la espera.
Durante la conversación entró un grupo que llegó hasta la mesa central. Por su aspecto era fácil comprobar que venían de una orgía. Apenas si se mantenían en pie. El jefe del grupo parecía bastante sereno; llevaba una toga blanca, demasiado imperial para un hombre tan joven y que no fuese césar. Se abrió paso con escasas ceremonias. Cuando se detuvo ante los jugadores todos volvieron la vista hacia él con unánimes exclamaciones semejantes a una aclamación:
— ¡Messala! ¡Messala!
Los que se hallaban apartados también repitieron este grito al oírlo. Messala aceptó la demostración de afecto y de popularidad con absoluta indiferencia.
— Druso, amigo mío, ¡salud! — dijo Messala al jugador que tenía a su derecha— . Déjame ver tus tablas un instante.
Messala observó las tablillas enceradas y luego las arrojó despectivamente.
— Sólo denarios, moneda de carreteros y carniceros — exclamó con una risotada— . ¡Por Semele! ¿Adónde llegó Roma, cuando un césar invierte toda la noche aguardando que la fortuna le conceda la gracia de obtener un mezquino denario?
El descendiente de los Drusos se sonrojó, pero los circunstantes ahogaron su respuesta con los gritos de:
— ¡Messala! ¡Messala!
— Hombres del Tíber: ¿quién es el predilecto de los dioses inmortales? El romano. ¿Quién administra justicia en todas las naciones? El romano. ¿Quién es el amo del Mundo, por el derecho de la fuerza?
— ¡El romano! ¡El romano! — dijeron todos a coro.
— Sin embargo, existe alguien mejor que el romano.
— Hércules — dijo uno.
— ¡Júpiter, Júpiter!
— Es aquel que a la perfección romana ha añadido la perfección oriental y sabe disfrutar del poder, rasgo típicamente oriental.
— ¡Por Pólux! Pero lo mejor que haya en éste es… romano.
— En Oriente — siguió diciendo— no tenemos dioses; sólo disponemos del vino, de mujeres y de la fortuna, y el más grande de ellos es la fortuna.
Jugaron a los dados entre bromas y apuestas cada vez más atrevidas. De repente Druso preguntó a Messala:
— ¿Has visto alguna vez a un tal Quinto Arrio?
— ¿El duunviro?
— El hijo de éste.
— Ignoraba que tuviese un hijo.
— No importa — agregó Druso— . Sólo deseo decirte que Pólux no era más parecido a Cástor que Arrio a ti.
Veinte voces lo repitieron.
— ¡Exacto! ¡Sus ojos, su cara! — vociferaron.
— El hijo de Arrio es valiente, diestro, atractivo. El emperador le ofreció sus favores, pero él los rehusó. En la palestra no tiene rival. Al morir el duunviro le dejó una fortuna inmensa. Siente pasión por las armas.
Messala escuchaba cada vez con mayor interés, hasta que dejó el cubilete.
— ¿Recuerdas al hombre que te ha hecho caer hoy?
— ¿Cómo voy a olvidarlo, si tengo el hombro aún magullado?
— Pues ése es el hijo de Arrio. Una mezcla de romano y judío.
— ¿Oyes esto, Cayo? — dijo Messala— . El muchacho es joven, tiene las facciones de un romano, prefiere las vestiduras de un judío y habla varios idiomas…
— Y su historia es como un cuento de niños — replicó Druso— . Cuando Arrio el padre embarcó en persecución de los piratas, carecía de familia. Al regresar volvió con un joven, al que adoptó.
— ¿Lo adoptó, dices? — gritó Messala— . ¡Por todos los dioses del Olimpo, has conseguido interesarme! ¿Dónde le encontró y… quién era?
— En la batalla el duunviro perdió su buque, y entonces en plena mar y medio ahogado le salvó un judío que se sostenía sobre un madero.
— Judío y esclavo remero — dijo otro— . Remero de una galera romana.
Messala se separó de la mesa, perplejo.
— Una galera… — repitió mirando a su alrededor.
En aquel momento unos esclavos en hilera entraron en la estancia provistos de pasteles, frutas y vinos.
— ¡Hombres del Tíber! Vamos a convertir la espera del jefe en un festín báquico.
¿Quién va a ser el director del festín?
— ¿Quién sino el que ha tenido la genial idea? — repuso Druso.
Todos le aclamaron con unanimidad y el festín se desató con furia. Luego coronaron con laurel al más embriagado.
El jeque Ilderim era tan importante como un monarca imperial. Sin embargo, su vida en el huerto constituía, por su sencillez, una continuación de la de los antiguos patriarcas, es decir, la verdadera vida pastoril del antiguo Israel.
— Entra, en el nombre de Dios, y descansa — dijo Ilderim a Ben-Hur— . Yo me sentaré aquí, en este diván, y allí el extranjero.
Los criados trajeron agua del lago y les lavaron los pies.
— Según un refrán del desierto, un fuerte apetito es la mejor promesa para una larga vida. ¿Tienes ganas de comer?
— Si el refrán es cierto yo viviré cien años, pues mi apetito es comparable al de un lobo hambriento.
— Y yo no te apartaré como un lobo, sino que te daré lo mejor de mis rebaños. Ya has probado mi vino y a no tardar mi sal. Pero dime: ¿quién eres?
— ¿No se te ha ocurrido nunca que responder a esa pregunta significaba traicionarse uno mismo?
— ¡Ya lo creo, por el esplendor de Salomón! No me respondas, entonces.
— Gracias, buen jeque — repuso Ben-Hur— . Jamás una respuesta tuya te honró más. Has de saber que tengo una garantía que darte, la cual tiene vivo interés para ti: no soy romano, sino judío, de la tribu de Judá, y tengo una deuda contra Roma mayor que la tuya cuando los romanos, a través de Herodes, te usurparon inmensas riquezas.
Los ojos del anciano brillaron iracundos ante el recuerdo de aquella afrenta.
— Es más: te juro, jeque Ilderim, por los pactos que el Señor selló con mis antepasados, que si me ofreces los medios para vengarme, tuyos van a ser el dinero y la gloria que pueda obtener al ganar la carrera.
— Ya basta — dijo Ilderim— . Si en la base de tu lengua se ocultara la mentira, ni el propio Salomón se habría escapado de tus artificios. Te creo. Pero ahora dime: ¿cuál es tu experiencia en la conducción de carros? ¿Sabes sujetar, dominar los caballos? Conocí a un rey que gobernaba a millones de seres humanos, pero era incapaz de dominar a su caballo. Y no me refiero a los caballos medio brutos, sino a los míos de pura raza, todo sensibilidad y nervio. ¡Eh, venid!
Entró un criado.
— ¡Traed mis caballos!
El criado apartó la cortina de la tienda y dejó a la vista un grupo de hermosos caballos.
— ¡Entrad! — dijo Ilderim a los caballos— . ¿Por qué permanecéis parados? ¿Qué hay en mi casa que no sea vuestro? ¡Venid!
Los caballos entraron con manifiesta timidez. Ilderim los acarició con gran ternura.
— Dios otorgó al primer árabe una gran extensión de arena y le dijo: «Ésta es tu tierra». El desgraciado se lamentó de este trozo de tierra, tan grande como improductivo, y entonces el Señor le dijo: «Tranquilízate. Te daré algo dos veces mejor que la bendición concedida a los demás hombres». El hombre, lleno de fe y agradecido, echó a andar por el desierto y nada encontró. Volvió a avanzar en otra dirección y al fin halló, en un oasis, un rebaño de camellos y otro de caballos. Eran dones de Dios. Se apoderó de ellos. Y de aquella isla de vegetación proceden estos caballos maravillosos.
Luego, para demostrar la veracidad de sus afirmaciones, mandó traer los registros de los caballos. Los criados llevaron un cofrecito.
— En la Ciudad Santa, hijo mío, los escribas del Templo apuntan los nombres de todas las personas que nacen. Mis antepasados hicieron lo mismo, extendiéndolo también a los caballos. ¡Todos ellos son pura sangre! En este cofre se conserva toda la historia de mis caballos, a los que amo como si fueran mis hijos. Nunca sobre la arena han perdido una presa en la persecución de alguien; y si han sido perseguidos nunca mis jinetes se han dejado atrapar, gracias a estos caballos. ¡Oh hijo de Israel! Tú serás el hombre.
— Comprendo ahora — dijo Ben-Hur— la causa del gran amor que experimentan los árabes por sus caballos. Pero no aspiro a que me juzgues por mis palabras, sino por mis hechos. Permíteme hacer una demostración.
El rostro de Ilderim se iluminó.
— ¡Un momento, buen jeque! Aprendí mucho de mis maestros en Roma. Así puedo asegurarte que tus preciosos caballos fracasarán en el circo, aunque tuvieran la fuerza del león y la rapidez del águila, si no se someten a un entreno.
»En toda cuadriga hay siempre un caballo más lento que otro, y se trata de acomodar el trote de unos al de los otros. Yo entrenaré tus caballos y los dispondré de forma que puedan ganar en la carrera. Y te juro que si corren unidos y bajo mi voluntad, correrán como si se tratara de un solo caballo. Para ti quedará la fortuna y los honores, y yo me habré vengado entretanto. ¿Qué me respondes?
Ilderim le escuchaba sin dejar de acariciarse la barba, hasta que al fin dijo riendo:
— Acabo de formarme mejor concepto de ti, hijo de Israel. Los habitantes del desierto decimos: «A quien quiera guisar la comida con palabras le prometeremos un océano de manteca». Mañana estarán los caballos a tu disposición.
Entonces se oyó ruido en la puerta de la tienda.
— Aquí está la cena, y también mi amigo Baltasar, al que voy a presentarte. Él tiene una historia que contar que ningún israelita se cansaría nunca de escuchar.
Y a los criados que entraron les dijo:
— Llevaos ahora el registro y devolved mis joyas a su estuche.
Así lo hicieron.
Así como la comida de los tres magos — como se ha visto al principio del libro— fue muy sencilla, la que ofreció el jeque Ilderim tenía la misma característica, sólo que en mayor cantidad y el servicio era más rico.
Cuando Baltasar apareció con su amplia túnica negra, Ilderim y Ben-Hur le recibieron de pie. Andaba despacio y todos sus movimientos eran lentos y pesados. Se apoyaba en un bastón y en el hombro de un criado.
— Que la paz sea contigo, amigo mío. Bienvenido seas — dijo Ilderim con respeto.
— Sea contigo también la paz y la bendición del único Dios, el Dios verdadero y amoroso.
El tono digno y noble del anciano impresionó a Ben-Hur, que se estremeció como bajo el impulso de una luz nueva y misteriosa; tanto que varias veces, durante la cena, observó ensimismado el rostro del anciano, deseoso de desentrañar el enigma que encerraba.
— Éste es, oh Baltasar — exclamó el jeque apoyando una mano en el brazo de Ben-Hur— , quien compartirá con nosotros el pan de esta noche. Le he prometido que probaría mañana mis caballos, y si la prueba es satisfactoria los llevará al circo.
Seguía mirándole Baltasar. Al fin dio una explicación.
— Hoy mismo mi vida ha estado en peligro, y la hubiera perdido a no ser que un joven valeroso muy parecido a éste, si no ha sido éste, se interpuso para salvarme cuando todos huían. — Y mirando a Ben-Hur dijo— : ¿Fuiste tú?
— No es posible contestar de esta forma a tu pregunta — contestó con modestia Ben-Hur— . Lo que hice fue sólo detener a los caballos del insolente romano cuando se precipitaban sobre tu camello blanco en la fuente Castallia. Tu hija me regaló una copa.
— El Señor te envió a la fuente para salvarme y ahora vuelvo a verte. Te doy las gracias de todo corazón. Guárdate esta copa. Es tuya.
— ¡Cómo! — exclamó el jeque— . ¿Has salvado a Baltasar y no me has dicho nada, cuando ésta era tu mejor recomendación? ¿No sabes que cuanto hagas de bueno o de malo a uno de mis huéspedes me lo haces a mí? ¿De quién habías de esperar y recibir la recompensa sino de mí?
Su voz tenía algo de penetrante y casi de reconvención.
— Perdóname, buen jeque — dijo Ben-Hur— . No he venido a buscar recompensa alguna, y el servicio prestado a tan excelente anciano igual lo habría otorgado al más humilde de tus siervos.
Estas palabras, que nacían de un desinteresado amor a todos, sonaron de grato modo en los oídos de Baltasar, que aproximándose a Ben-Hur le preguntó:
— ¿Cuál es tu nombre judío y quién es tu familia?
Ben-Hur pudo eludir la pregunta porque el jeque Ilderim dijo oportunamente:
— Venid; la cena está preparada.
Baltasar se acercó apoyado en el brazo de Ben-Hur, que se lo había ofrecido. Se lavaron las manos en unas jofainas con agua, y poco después se aprestaron a comer.
— ¡Oh, Dios padre de todos! Cuanto tenemos te pertenece. Acepta nuestra acción de gracias y bendícenos para que nos sea posible seguir cumpliendo Tu voluntad.
La mesa aparecía cubierta de delicados platos orientales: pastelillos, verduras, carnes, mezclas de carnes y verduras, leche, miel y mantequilla, Todo ello sin la ayuda de tenedores ni cuchillos, copas ni plato. Siendo éstos los comensales — un árabe, un judío y un egipcio— , ¿de qué hablarían, y quién hablaría sino Baltasar, a quien la deidad se había manifestado directamente, aquel que viera al Señor en una estrella, había oído su voz y sido conducido desde lejanas tierras por su Espíritu?
Baltasar refirió otra vez su relato sobre el encuentro de los tres Magos en el desierto, veintinueve años antes, relato que produjo en Ben-Hur una gran emoción. Desde la infancia había oído hablar del Mesías y estaba por tanto familiarizado con todo lo relativo a este Ser. Se predecía Su llegada, y ésta era tema de frecuentes disputas entre los rabís, en las sinagogas, en los templos y en todas partes. Pero sólo llegaban hasta un punto: ¿cuándo vendría el Mesías?
Ben-Hur había sufrido la influencia de Roma durante los cinco años vividos en la imperial ciudad, que a la sazón era la capital del Mundo en todos los aspectos, y en la que se rendía culto exasperado al placer. Los dioses consagrados en Roma eran incontables, procedían de todas las razas y se adaptaban a todos los gustos. Más de una vez pensó Ben-Hur, mientras contemplaba en el circo Máximo los grandes espectáculos del césar, que algunos de aquellos incircuncisos eran honorables personas, con lo que llegaba a una conclusión: el estado deplorable, moralmente, de aquellas masas no tenía su origen en sus religiones, sino en los sucesivos malos gobiernos, tiránicos y corrompidos. La causa primera de gran parte de sus desgracias, así como el extravío de sus actos, era de tipo esencialmente político. Asimismo los cinco años en Roma le sirvieron para considerar y comprender la situación del Mundo, subyugado al dictamen romano y sumido a la condición de seres sin voluntad propia. Por todo esto deseaba Ben-Hur ser soldado: para luchar un día por la liberación mundial del yugo corrupto y tiránico de Roma y poder establecer un orden más justo, más sano y más acorde con los principios de su fe en Aquel que es todo amor.
Conociendo esto es más fácil comprender el estado de ánimo de Ben-Hur al oír las palabras de Baltasar. Se maravilló de que Israel permaneciese tan indiferente a la Revelación y se hizo estas dos preguntas: ¿Dónde estaría el Niño? Y ¿en qué consistía su misión?
Disculpándose cada vez que le interrumpía, trató de saber el criterio de Baltasar sobre los dos puntos señalados, y éste no se hizo de rogar.
— ¡Ojalá pudiese contestar a tus preguntas! ¡Cómo correría a Él si supiese dónde está! — dijo Baltasar— . Intenté volver a Belén, claro, pero Herodes seguía tan sanguinario como siempre y contuve mis deseos. Luego el guardián del «khan» había desaparecido por orden real. Cuando Herodes tuvo noticia de nuestra marcha mandó asesinar a todos los niños de Belén.
— ¡Muerto el Niño! — exclamó Ben-Hur.
— No lo creo. Escúchame: la Voz que era Suya y me habló junto al lago dijo: «¡Bendito seas, hijo de Mizraim! La Redención llega. Juntamente con otros dos tú verás al Salvador». ¿Lo comprendes ahora? Hemos visto al Salvador, pero no hemos presenciado la Redención. Por lo tanto, no puede haber muerto el Niño, porque la Redención es la obra para la cual el Niño nació hace veintinueve años.
El anciano hizo una pausa.
— ¿No quieres probar el vino? Está al alcance de tu mano — dijo Ilderim.
— Pensemos ahora — prosiguió Baltasar— en los peligros anejos a la vida de un hombre, en el largo intervalo de la niñez a la madurez. El poder reinante, Herodes y Roma, son sus enemigos. En cuanto a Israel cabe la posibilidad de que su propio país no reconociera al Señor. Por tanto, ¿qué medio más eficaz para preservar Su vida de todo mal que permanecer en la oscuridad? Por esa razón es menester tener fe en que cumplirá todo lo anunciado.
— ¿Y dónde crees tú que podrá estar ahora? — preguntó con voz vacilante Ben-Hur.
— Hace algunas semanas pensaba que el momento de acción de un hombre llega a partir de los treinta años: es el momento en que sus fuerzas han madurado. ¿Y dónde debe aparecer nuestro Señor y Salvador sino en la misma Judea? ¿En qué ciudad sino en Jerusalén?
— Veo bien claro — dijo Ben-Hur— que Dios te ha favorecido con largueza. Eres en verdad un hombre sabio y no podría expresarte, aunque lo intentara, lo muy agradecido que te estoy por haberme contado todo esto. Sé ahora que se acercan grandes acontecimientos. Cuéntame más cosas, te lo ruego. Dijiste que será el Salvador; pero ¿será también el Rey de los judíos?
— Su misión sólo Dios la conoce. En mis reflexiones lo que mayormente me ha entristecido es la condición miserable, en lo material y espiritual, de las gentes. La Redención no puede, pues, tener un objetivo político: arrancar del mando a unos y poner a otros. Yo te digo que Su misión es más amplia y más profunda: el que Se acerca viene con la intención de salvar las almas.
— Cuando relatas hechos, ¡oh padre mío! — dijo Ben-Hur— , no hay más solución que aceptar cuanto dices; pero en materia de opiniones no acabo de comprender la clase de rey que según tú debiera ser el Niño, puesto que al llegar a Belén preguntasteis por «el que ha nacido Rey de los judíos».
— Hijo mío — replicó Baltasar— , los humanos sufrimos gran miopía y sólo alcanzamos a distinguir lo que nos queda cerca, mas lo que está distante lo desechamos. Ahora tú sólo pones atención al título «Rey de los judíos». Mira más lejos y ese obstáculo desaparece. Israel conoció días mejores y en aquella época se prometió a los hijos de Israel un Salvador; forzosamente debía hacerse bajo la forma de Rey de los judíos. Por eso ahora, para conservar la palabra dada, se ha presentado con esa expresión.
Baltasar elevó los ojos con devoción.
— Buen jeque — dijo luego con serenidad— : mañana o pasado pienso ir a la ciudad, pues mi hija quiere ver los preparativos para los juegos. Ya volveré a hablarte, y a ti, hijo mío, también volveré a verte. La paz sea con vosotros.
Los tres se levantaron viendo con veneración cómo se alejaba Baltasar. Y Ben-Hur pidió permiso al jeque para pasear un poco por la orilla del lago: había oído cosas extraordinarias y extrañas y deseaba meditar a solas y en silencio.
La noche era apacible. Ni una ola rompía en las orillas, y las estrellas brillaban con todo su esplendor. La voluntad de Ben-Hur estaba trastornada y en su pecho los sentimientos sostenían una lucha incomprensible.
Al fin se calmó la fiebre de su interior y pudo reflexionar. ¿En qué se emplearía cuando alcanzase la graduación de capitán? Pensaba organizar una revolución. Pero para arrastrar a los hombres a la revuelta era menester una causa, un lema y un objetivo práctico por el cual combatir. La causa de la lucha — liberarse de los romanos que sojuzgaban al pueblo de Israel— era justa; pero el objetivo, el fin, ¿cuál habría de ser?
Muchísimas horas se había dedicado a reflexionar este punto y siempre llegaba a lo mismo: una incierta idea de libertad nacional. ¿Era esto suficiente? ¿Podía estar seguro de que unido a él todo el pueblo de Israel triunfase en su lucha contra Roma? Conocía el poder indescriptible de su adversario, y en cuanto a él mismo… ¿podría ser el nuevo Alejandro, conquistador para Judea? Bajo los rabinos era posible que surgiera el valor y le intrepidez, pero ¿y la disciplina? Ben-Hur no olvidaría jamás la frase despectiva de Messala: «Todo lo que conquistáis en seis días, lo perdéis al séptimo».
Tantas veces como pensó en este punto tuvo que darse por vencido y resolvió dejar todo en manos de la suerte. Sólo Dios conocía el futuro. Pero ahora Ben-Hur vislumbraba una esperanza. ¡Se adivinaba el héroe, que debía ser Rey de los judíos para mayor gloria! Detrás del campeón soñado ¡el Mundo entero se levantaría en armas!
El Rey suponía un reino: sería un glorioso guerrero como David, legislador y sabio como Salomón, y contra su fuerza se estrellaría Roma, deshaciéndose en mil pedazos.
El corazón de Ben-Hur palpitó agitado como si ya viera a Jerusalén convertida en la capital del Mundo. Comenzó a pensar que si el acontecimiento de la liberación y la lucha estaba cercano debería ya abandonar la campaña de Magencio y dedicarse a organizar y armar a las tribus, a fin de que el pueblo judío estuviese preparado cuando llegase la aurora del gran día.
Pero… ¿estaba satisfecho Ben-Hur, ahora que conocía la historia maravillosa de labios del propio Baltasar?
No lo estaba. Pesaba sobre él una negra sombra, más relativa al Reino que al Rey. ¿Qué podía ser este Reino? He aquí las palabras de Baltasar:
«En la Tierra, pero no de la Tierra… Y no para los humanos, sino para sus almas: un poder inextinguible, de gloria inimaginable».
Pero esta respuesta no era una aclaración, sino el principio de un enigma aún mayor. Lo que no comprendía de ningún modo era ese poder que los mortales no habían descubierto todavía: el poder del amor. ¿Cómo concebir que para el gobierno de una nación, para su orden y paz, tuviera más importancia y poder el amor que la misma fuerza?
Mientras se hallaba sumido en sus reflexiones, Ilderim le puso la mano en el hombro y le dijo:
— Sólo un par de palabras y te dejaré tranquilo… Puedes creer todo lo que te ha contado el anciano Baltasar. Todo menos una cosa: la clase de reino que habrá de instaurar el Niño cuando venga. En este punto harás bien en reservar tu criterio hasta que hayas oído a Simónides, el comerciante, un buen amigo de Antioquía a quien te presentaré. Él podrá citarte los escritos de los profetas. Y nada más. La paz sea contigo.
¡Otra vez oía el nombre de Simónides! Todo el mundo lo tenía en la boca. Pero ¿cómo creer a un hombre que no quería devolverle lo que era suyo? Entonces oyó una canción, cantada por… ¿una mujer o un ángel?
Suspiro y canto por mi patria legendaria al otro lado del mar de Siria.
Las perfumadas brisas que soplan del desierto eran para mí alientos de vida
Cuando concluyó la canción su cantante femenina se había deslizado ya más allá del grupo de palmeras. La última palabra la sentía Ben-Hur en su corazón repleta de dulzura. El paso de la barca en la que iba la mujer resultaba una sombra más oscura que la misma noche.
— La he reconocido: es la hija de Baltasar. ¡Qué hermoso es su canto y cuán hermosa es ella! — pensó Ben-Hur, suspirando a la par que evocaba sus grandes ojos, sus mejillas redondeadas y ligeramente sonrosadas. Todo en ella era gracia y dulzura, y su silueta era esbelta y elegante.
Pero casi al mismo tiempo otro rostro acudió a su imaginación: un rostro más aniñado e igualmente bello y armonioso, aunque menos apasionado.
— ¡Esther! — dijo Ben-Hur sonriendo— . Tal como yo ansiaba, me ha sido enviada una estrella.
Emprendió el regreso a la tienda. Hasta entonces su existencia se había visto aprisionada solamente por un afán de venganza y por el dolor, mas ahora se insinuaba el amor… ¿Significaba aquello que esperaba el preludio de un feliz cambio de vida?
Si tan grato recuerdo le había perseguido hasta el mismo interior de la tienda… ¿cuál de las dos imágenes triunfará en mi corazón?
Esther le había ofrecido una copa. Y lo mismo hizo la egipcia. El recuerdo de las dos se adentró en su corazón al mismo tiempo bajo la sombra de las palmeras.
¿Cuál de las dos sería?
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