Las aventuras de Pinocho
Carlo Collodi
Carlo Collodi
Capítulos 29, 30, 31 y 32
Ilustración de Roberto Innocenti
Cuando el pescador se disponía a echar a Pinocho en la sartén, entró en la gruta un enorme perro, atraído por el olor del pescado frito.
— ¡Largo de aquí!— gritó el pescador amenazándole, y teniendo siempre en la mano el muñeco.
Pero el pobre animal tenía un hambre terrible, y gruñía y meneaba la cola, como queriendo decir:
— ¡Dame un poco de pescado frito y te dejaré en paz!
— ¡Largo de aquí, te digo!— repitió el pescador, alargando la pierna como para darle un puntapié.
Entonces el perro, que cuando le apretaba el hambre de verdad no tenía miedo a nada, se volvió furioso contra el pescador, enseñándole los terribles colmillos. Al mismo tiempo se oyó en la gruta una vocecita muy débil, que dijo:
— ¡Sálvame, Chato, que me van a freír!
El perro conoció en el acto la voz de Pinocho, y observó con gran asombro que la voz salía de aquel bulto enharinado que el pescador tenía en la mano. ¿Y qué hizo? Pues, dando un salto, tomó delicadamente entre los dientes al muñeco enharinado, y salió de la gruta corriendo como el viento. Furioso el pescador de que le arrebataran aquel pez que pensaba comer con tanto gusto, trató de alcanzar al perro; pero apenas había dado algunos pasos, le acometió un golpe de tos que le hizo volver atrás. Mientras tanto, Chato había llegado a la senda que conducía a la población, y depositó en tierra a su amigo Pinocho.
— ¡Cuánto tengo que agradecerte!— dijo el muñeco.
— ¡Nada absolutamente! — respondió el perro—. Tú me salvaste a mí, y todo tiene su pago en este mundo: hay que ayudarse unos a otros.
— Pero, ¿Cómo es que me has encontrado en aquella gruta?
— Es que seguía tendido en la playa, mas muerto que vivo, cuando el aire me trajo un olorcillo a pescado frito que me abrió el apetito de par en par; así es que: me levanté para ir al sitio de donde venía aquel olor. ¡La verdad es que si llego un minuto más tarde...!
— ¡No me lo digas! — exclamó Pinocho, que aún temblaba de miedo— . ¡No me lo recuerdes! ¡Si llegas un minuto más tarde, a estas horas estaría yo frito con patatas! ¡Uf! ¡Sólo de pensarlo me estremezco!
Chato no pudo menos de reírse, y tendió su mano derecha al muñeco que la estrechó amistosamente, y después se separaron. El perro tomó el camino de su casa, y Pinocho se dirigió hacía una cabaña que estaba cerca de allí, y preguntó a un viejecito que se hallaba en la puerta calentándose al sol:
— Dígame, buen hombre: ¿sabe usted algo de un muchacho que fue herido en la cabeza, y que se llama Paquito?
— A ese muchacho le trajeron unos pescadores a esta cabaña; pero ya...
— ¿Pero ya habrá muerto?— interrumpió Pinocho con gran dolor.
— No; ahora ya está bueno, y se ha marchado a su casa.
— ¿De veras? ¿Es verdad eso? — gritó el muñeco saltando de alegría— . ¿De modo que la herida no era grave?
— Pero podía haber resultado gravísima, y aun mortal — respondió el viejecito— , porque le tiraron a la cabeza un grueso libro encuadernado en cartón.
— ¿Y quién se lo tiró?
— Un compañero de escuela, llamado Pinocho.
— ¿Y quién es ese Pinocho? — preguntó el muñeco, haciéndose el ignorante.
— Dicen que es un niño muy malo, un holgazán, un pícaro de tomo y lomo.
— ¡Calumnias! ¡Todo eso son calumnias!
— ¿Conoces a Pinocho?
— De vista— contestó el muñeco.
— ¿Y qué concepto tienes formado de él?
— Pues a mí me parece que es un excelente muchacho, que tiene gran amor al estudio, obediente, muy amante de su papá y de toda la familia.
Mientras el muñeco decía todas estas mentiras con la mayor frescura, se echó mano a la nariz, y observó que había crecido más de un palmo. Entonces empezó a chillar lleno de miedo:
— ¡No haga usted caso de todo lo que le he dicho, buen hombre, porque conozco perfectamente a Pinocho, y puedo asegurarle también yo que es un muchacho malo, desobediente y holgazán, y que en vez de ir a la escuela se va con los compañeros a vagar por ahí! Apenas hubo terminado de decir estas palabras, se acortó su nariz, y quedó del tamaño que tenía antes.
— ¿Y por qué estás así pintado de blanco?— preguntó poco después el viejecito.
— Le diré a usted: sin darme cuenta, me he restregado contra un muro que estaba recién blanqueado — respondió el muñeco, dándole vergüenza confesar que había sido enharinado como un pescado, para freírle después en olla sartén.
— ¿Y qué has hecho de la chaqueta, de los calzones y del gorro?
— Me he encontrado con unos ladrones que me lo han quitado todo. Dígame, buen hombre: ¿No podría usted darme, por casualidad, algo con que pudiera vestirme para volver a mi casa?
— Hijo mío, no tengo ningún traje que poder darte: solo tengo un saco pequeño para guardar chufas. Si lo quieres, mirarlo: aquí está.
No se lo hizo decir Pinocho dos veces: tomó en el acto el saco, que estaba vacío, haciéndole, con unas tijeras que pidió una abertura en el fondo y otras dos a los lados, se lo endosó a modo de camisa. Vestido de este modo tan ligero, se dirigió a la población; pero al llegar al camino empezó a titubear, tan pronto avanzando como retrocediendo, y diciéndose para sus adentros:
— ¿Cómo me presentaré a mi buena Hada? ¿Qué dirá cuando me vea? ¿Querrá perdonarme esta segunda diablura? ¡Me temo que no me la va a perdonar! ¡Oh, de seguro que no! ¡Y me estará bien merecido, porque soy un muñeco que siempre está prometiendo corregirse, y nunca lo hace!
Entró en la población siendo ya noche cerrada; y como estaba lloviendo a cántaros, decidió ir derechito a la casa del Hada y llamar a la puerta hasta que le abrieran. Al llegar frente a la casa sintió que le faltaba el valor, y en vez de llamar se alejó corriendo como unos veinte pasos. Volvió segunda vez, pero también se apartó sin hacer nada. Volvió tercera vez, y lo mismo. Sólo a la cuarta vez se atrevió a levantar, temblando, el llamador de hierro y a dar un golpecito muy suave. Esperó pacientemente, y al cabo de media hora se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro), y vio Pinocho asomarse un caracol muy grande, con una vela encendida en la cabeza, que preguntó:
— ¿Quién llama a estas horas?
— ¿Está el Hada en casa?
— El Hada está durmiendo, y no quiere que se la despierte.
— ¿Quién eres tú?
— Soy yo.
— ¿Quién?
— Pinocho.
— ¿Qué Pinocho?
— El muñeco que vive en esta casa con el Hada.
— ¡Ah, ya sé! — dijo el caracol— . Espérame, que ahora bajo y te abriré en seguida.
— ¡Anda de prisa, por caridad porque estoy muriéndome de frío!
— Hijo mío, yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa.
Pasó una hora, y pasó otra sin que se abriera la puerta, por lo cual Pinocho, que estaba completamente calado de agua y que temblaba de frío y de miedo, cobró ánimo y llamó segunda vez, pero algo más fuerte que la primera. A esta segunda llamada se abrió una ventana del piso de más abajo, o sea del piso tercero, y se asomó el mismo caracol.
— ¡Buen caracol! — gritó Pinocho desde la calle— . Hace dos horas que estoy esperando, y dos horas con esta noche tan mala parecen dos años. ¡Date prisa, por caridad!
— ¡Hijo mío! — le respondió desde la ventana aquel animal tan tranquilo y flemático— yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa. Y volvió a cerrarse la ventana.
Sonó poco después la media noche, sonó la una, sonaron las dos, y la puerta siempre cerrada. Entonces perdió Pinocho la paciencia, y agarró con rabia el llamador para dar un golpe que hiciera retemblar toda la casa; pero aquel llamador, que era de hierro, se convirtió en una anguila viva, que escurriéndose entre las manos desapareció en el arroyo de agua que corría por el centro de la calle.
— Sí, ¿eh? — gritó Pinocho, cada vez más lleno de cólera— ¡Pues si el llamador ha desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas!
Y echándose un poco hacia atrás, pegó una furiosa patada en la puerta de la casa. Tan fuerte fue el golpe, que penetró el pie en la madera cerca de la mitad, y cuando el muñeco quiso sacarlo, fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque se había introducido como si fuera un clavo. ¡Ya se imaginaran en qué postura quedó el pobre Pinocho! Tuvo que pasarse toda la noche con un pie en tierra y el otro en el aire. Por último, al ser de día se abrió la puerta. Aquel excelente caracol no había tardado en bajar desde el cuarto piso a la calle nada más que nueve horas, y aun así llegó sudando.
— ¿Qué haces con ese pie metido en la puerta? — preguntó riendo al muñeco.
— Ha sido una desgracia que me ha ocurrido. ¿Quieres probar a ver si puedes librarme de este suplicio?
— ¡Hijo mío, eso es cosa del carpintero, y yo no soy carpintero!
— Díselo al Hada, de mi parte.
— El Hada está durmiendo y no quiere que se le despierte.
— Pero, ¿qué quieres que haga clavado todo el día en esta puerta?
— Entretente en contar las hormigas que pasan por el camino.
— ¡Tráeme, al menos, algo de comer, porque estoy desfallecido!
— ¡En seguida! — dijo el caracol.
Al cabo de tres horas y media volvió, trayendo en la cabeza una bandeja de plata, en la cual había un pan, un pollo asado y cuatro albaricoques maduros.
— ¡Ahí tienes el desayuno que te envía el Hada! — dijo el caracol.
Al ver tan excelente comida se tranquilizó algo Pinocho; pero, ¡cuál no sería su desengaño cuando, al tratar de comer, se encontró con que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques de cera, aunque todo tan bien hecho, que parecía de verdad! Se echó a llorar, y lleno de desesperación quiso tirar a lo lejos la bandeja de plata y todo lo que contenía; pero no llegó a hacerlo porque, fuese efecto del dolor o de la debilidad de estómago, se desmayó. Cuando recobró el conocimiento se encontró tendido en un sofá y con el Hada a su lado.
— También te perdono por esta vez — le dijo el Hada— ; pero, ¡pobre de ti si vuelves a hacer otra de las tuyas!
Pinocho prometió firmemente estudiar y ser bueno, y cumplió su promesa todo el resto del año. Cuando llegaron los exámenes que se celebraban antes de las vacaciones, tuvo el honor de ganar el primer premio: y tan satisfactorio fue en general su comportamiento, que el Hada le dijo muy contenta:
— Para celebrar tu triunfo, vamos a convidar a merendar a tus amigos.
Pinocho se puso muy contento. Quien no haya presenciado la alegría de Pinocho al oír esta inesperada noticia, no podrá imaginársela. Todos sus amigos y compañeros de escuela debían ser invitados para una merienda que había de celebrarse al día siguiente en la casa del Hada, para solemnizar el gran acontecimiento, mandó preparar doscientas tazas de café con leche y cuatrocientos panecillos untados de manteca por dentro y por fuera. Aquella fiesta prometía ser muy alegre y divertida; pero... Por desgracia, siempre había en la vida de aquel muñeco un pero que todo lo echaba a perder.
Ilustración de Greg Hildebrandt
Pinocho pidió al Hada que le permitiese dar una vuelta por la población, a fin de invitar a sus compañeros, y el Hada le dijo:
— Vete, pues, a invitar a todos tus amigos y compañeros para la merienda de mañana; pero ten cuidado de volver a casa antes de que sea de noche. ¿Has comprendido?
— Te prometo que dentro de una hora estaré de vuelta — replicó el muñeco.
— ¡Ten cuidado, Pinocho! Todos los muchachos prometen en seguida, pero raras veces saben cumplir lo ofrecido.
— Pero yo no soy como los demás: cuando yo digo una cosa, la sostengo.
— ¡Ya lo veremos! Si no obedeces, tanto peor para ti.
— ¿Por qué?
— Porque a los niños desobedientes les pasan muchas desgracias.
— ¡Ya lo sé, ya! ¡Bien caro me ha costado ser tan travieso! Pero ya he cambiado y siempre seré bueno— dijo Pinocho.
Sin decir una palabra más saludó el muñeco a la buena Hada que le servía de mamá, y cantando y bailando salió de la casa. En poco más de una hora quedaron hechas todas las invitaciones. Algunos muchachos aceptaron en seguida y con mucho gusto; otros se hicieron algo rogar; pero cuando supieron que los panecillos con que se iba a tomar el café con leche no sólo estarían untados de manteca por dentro, sino también por fuera, acabaron por decir:
— ¡Bueno!; pues iremos también, ¡por complacerte!
Ahora conviene saber que entre los amigos y compañeros de escuela Pinocho había uno a quien quería y distinguía sobre los demás. Ricardo; pero todos le llamaban por el sobrenombre de Espárrago, a causa de su figura seca, enjuta y delgada como un espárrago triguero. Espárrago era el muchacho más travieso y revoltoso de toda la escuela; pero Pinocho le quería entrañablemente; así es que no dejo de ir a su casa para invitarle a la merienda. Como no le encontró, volvió por segunda vez, y tampoco; volvió una tercera, y también perdió el viaje. ¿Dónde encontrarle? Busca por aquí, busca por allí, por fin le halló escondido en el portal de una casa de labradores.
— ¿Qué haces aquí? — le preguntó Pinocho, acercándose.
— Espero a que sea media noche para marcharme.
— ¿Adónde?
— Lejos, lejos; muy lejos.
— ¡Y yo que he ido a buscarte tres veces a tu casa!
— ¿Para qué me querías?
— Que mañana te espero a merendar en mi casa.
— Pero, ¿no te digo que me marcho esta noche?
— ¿A qué hora?
— Dentro de poco.
— ¿Y dónde vas?
— Voy a vivir en un país que es el mejor país del mundo. ¡Una verdadera Jauja!
— ¿Y cómo se llama?
— Se llama El País de los Juguetes. ¿Por qué no vienes tú también?
— ¿Yo? ¡No por cierto!
— Haces mal, Pinocho. Créeme a mí. Si no vienes, te arrepentirás algún día. ¿Dónde vas a encontrar un país más sano para nosotros los muchachos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros. En aquel bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay escuela, y todas las semanas tienen seis jueves y un domingo. ¡Figúrate que las vacaciones de verano empiezan el primer día de enero y terminan el último de diciembre! ¡Ese es un país como a mí me gusta! ¡Así debieran ser todos los países civilizados!
— Pero, entonces, ¿cómo se pasan los días en El País de los Juguetes?
— Pues jugando y divirtiéndose desde la mañana hasta la noche. Después se va uno a dormir, y a la mañana siguiente vuelta a empezar.
— ¿Qué te parece?
— ¡Hum! — hizo Pinocho moviendo la cabeza, como si quisiera decir: ¡Esa vida también la haría yo con mucho gusto!
— ¡Vamos, decídete! ¿Quieres venir conmigo, si, o no?
— ¡No, no y no! He prometido a mi mamá ser bueno, y quiero cumplir mi palabra. Ya se está poniendo el Sol y tengo que irme. ¡Adiós, y buen viaje!
— ¿Adónde vas con tanta prisa?
— A casa. Mi mamá me ha dicho que vuelva antes de anochecer.
— ¡Espera dos minutos más!
— ¡Se va a hacer tarde!
— ¡Tan sólo dos minutos!
— ¿Y si el Hada me regaña?
— ¡Déjala que regañe! Ya se cansará, y acabará por callarse — dijo aquel bribonzuelo de Espárrago.
— Y qué, ¿te vas solo o acompañado?
— ¿Solo? ¡Pues si vamos a ser más de cien muchachos!
— ¿Harán el viaje a pie?
— No. Dentro de poco pasará por aquí el coche que ha de llevarnos a ese delicioso país.
— ¡Daría cualquier cosa por que pasara ahora ese coche!
— ¿Para qué?
— Para verlos marchar a todos juntos.
— Pues quédate un poco más, y podrás verlo.
— ¡No, no! ¡Me voy a mi casa!
— ¡Espera otros dos minutos!
— He perdido mucho tiempo. El Hada estará ya preocupada.
— ¡Dichosa Hada! ¿Es que tiene miedo de que te coman los murciélagos?
— Pero, dime la verdad— preguntó Pinocho, que parecía estar pensativo— : ¿estás bien seguro de que en aquel país no hay escuelas?
— ¡Ni sombra de ellas!
— ¿Ni maestros tampoco?
— ¡Mucho menos!
— ¿Y no hay obligación de estudiar?
— ¡Ni por asomo!
— ¡Qué país tan hermoso! — dijo Pinocho, haciéndosele la boca agua— . ¡Qué país tan hermoso! Yo no he estado nunca, pero me lo figuro.
— ¿Por qué no vienes?
— Es inútil que quieras convencerme. He prometido a mi mamá ser un muchacho juicioso, y no quiero faltar a mi palabra.
— Pues entonces, adiós, y muchos recuerdos a todos los amigos y compañeros de escuela.
— Adiós, Espárrago; que tengas buen viaje; diviértete mucho, y que te acuerdes alguna vez de los amigos.
Dicho esto se separó el muñeco y anduvo dos pasos, como para marcharse; pero se paró de pronto, y volviéndose hacia su amigo le preguntó.
— Pero, ¿estás seguro de que en aquel país todas las semanas tienen seis jueves y un domingo?
— ¡Segurísimo!
— ¿Y sabes también de cierto que las vacaciones de verano empiezan el primer día de enero y terminan el último de diciembre?
— ¡Claro que lo sé!
— ¡Qué hermoso país! — repitió Pinocho como para consolarse.
Por último, hizo un esfuerzo y dijo apresuradamente:
— ¡Vaya, adiós, y buen viaje!
— ¡Adiós!
— ¿Cuándo te vas?
— Dentro de poco.
— ¡Qué lástima! ¡Si sólo faltara una hora, me esperaba para ver cómo se van!
— ¿Y el Hada?
— De todos modos, ya se ha hecho tarde. Lo mismo da que llegue una hora antes que una hora después.
— ¡Pobre Pinocho! ¡Y si el Hada te regaña!
— ¡Psch...! Después de todo acabará por cansarse y se callará.
Mientras tanto se había hecho completamente de noche. A poco rato vieron moverse a lo lejos una lucecita, y oyeron ruido de cascabeles y el sonido de una bocina; pero tan débil, que parecía un zumbido.
— ¡Aquí está!— gritó Espárrago, poniéndose de pie.
— ¿Qué es?— preguntó Pinocho en voz baja.
— El coche que viene por mí. ¡Te vienes por fin, o no!
— Pero, ¿es de verdad, de verdad — preguntó el muñeco— , que en aquel país no tienen que estudiar los niños?
— ¡Nunca, nunca, nunca!
— ¡Qué hermoso país!— repitió Pinocho— , ¡Que hermoso país!
Ilustración de Roberto Innocenti
Poco después llegó la diligencia sin hacer el menor ruido, porque las ruedas llevaban gruesas llantas de goma. Tiraban de ella doce pares de burros, todos de igual alzada, aunque de diferente pelo. Los había rucios, pardos, blancos; otros con pintas blancas y negras, y otros con rayas amarillentas o de color canela. Pero lo más singular es que aquellos doce pares, o sea los veinticuatro burritos, en vez de llevar herraduras como todos los demás animales de tiro o de carga, llevaban botas de cuero como las que usan los hombres. ¿Y el conductor de la diligencia? Imagínense un hombrecillo más ancho que alto, gordo y reluciente como una bola de sebo, con semblante bonachón, una boquita siempre riendo, y una vocecita fina y acariciadora, como el maullido de un gato cuando quiere que su ama le haga fiestas. Todos los muchachos que le veían quedaban enamorados de él y deseaban que les permitiera subir al coche para ser conducidos a aquel verdadero edén, conocida en el mapa con el nombre seductor de "El País de los Juguetes". La diligencia venía ya llena de muchachos de ocho a doce años de edad, que iban amontonados unos sobre otros como sardinas en cesto. Estaban apretados e incómodos; pero a ninguno se le ocurría lamentarse ni decir ¡ay! La esperanza de llegar a un país donde no había escuelas, maestros ni libros, los tenía tan contentos, que no sentían ni los vaivenes y golpes de la marcha, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño. Apenas se detuvo el coche, aquel hombrecillo se volvió hacia Espárrago, y con extremado alago le dijo sonriendo:
— Dime, guapo chico, ¿quieres venirte a este afortunado país?
— ¡Ya lo creo que quiero ir!
— Pero te advierto, querido, que ya no hay sitio en el coche. Como ves, está completamente lleno.
— ¡Paciencia! — dijo Espárrago— Si no puedo ir dentro, iré en el estribo.
Y dando un salto, se puso a caballo sobre el estribo.
— ¿Y tú, hijo mío? — dijo el hombrecillo volviéndose muy cariñoso hacia Pinocho— ¿Qué piensas hacer? ¿Quieres venir también?
— No; yo me quedo — respondió Pinocho— . Quiero volver a mi casa; quiero estudiar y ser el primero en la escuela, como deben ser los niños buenos.
— ¡Pues que te vaya bien!
— ¡Pinocho! — gritó entonces Espárrago— . ¡Sigue mi consejo: vente con nosotros, y seremos felices!
— ¡No, no y no!
— ¡Vente con nosotros, Y seremos felices! — gritaron otras cuantas voces dentro de la diligencia.
— ¿Y si me voy con vosotros, qué va a decir mi mamá? — exclamó Pinocho, que ya empezaba a dejarse convencer.
¡No te quiebres la cabeza pensando en eso! ¡Mira que vamos a un país donde podremos hacer todo lo que queramos desde la mañana hasta la noche! Pinocho no respondió y lanzó un gran suspiro; después dio otro suspiro; luego dio otro mayor aún, y por fin dijo:
— ¡Ea, me voy con vosotros! ¡Háganme espacio!
— Está todo ocupado — dijo entonces el hombrecillo—; pero, para demostrarte cuánto me alegro de que vengas, te cederé mi puesto en el pescante.
— ¿Y usted?
— Yo haré el camino a pie. ¡No, no lo permito! Prefiero ir montado en uno de
estos burritos— contestó Pinocho.
Y uniendo la acción a la palabra, se acercó al burro que ocupaba la izquierda de la primera pareja y quiso saltar sobre él; pero el animal, volviendo la grupa, le pegó una patada en el estómago que le hizo volar por el aire. Se imaginarán las impertinentes carcajadas que lanzarían todos los muchachos que presenciaban la escena. El único que no se rio, aparte de Pinocho, fue el hombrecillo, que, bajándose del pescante, se acercó al burro rebelde, y haciendo ademán de darle un beso, le arrancó de un solo bocado la mitad de la oreja derecha. Mientras tanto Pinocho se levantó del suelo, encolerizado, Y saltó sobre el lomo del pobre animal. El salto fue tan limpio y rápido, que los muchachos, entusiasmados, dejaron de reír y empezaron a gritar: ¡Viva Pinocho!, a la vez que aplaudían frenéticamente. Pero de pronto levantó el burro las dos patas traseras, y dando una sacudida, lanzó al muñeco sobre un montón de grava a un lado del camino. Entonces comenzaron de nuevo las risas; pero tampoco se rio el hombrecillo, sino que le entró tanto cariño hacia aquel inquieto borriquillo, que, dándole un nuevo beso, le arrancó la mitad de la oreja izquierda.
— Monta otra vez a caballo, y no tengas ya miedo.
Sin duda este burro tenía alguna mosca que le molestaba; pero ya le he dicho dos palabritas en las orejas, y creo que se habrá vuelto manso y razonable. Montó Pinocho, y la diligencia comenzó a moverse; pero mientras galopaban los burritos y la diligencia rodaba por la carretera, le pareció al muñeco que oía una voz humilde y apenas inteligible, que le decía:
— ¡Eres un insensato! ¡Has querido hacer tu voluntad, y algún día te pesará!
Lleno de miedo, Pinocho miró por todos lados para saber de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie. Los burros galopaban, la diligencia rodaba, los muchachos dormían dentro de ella; Espárrago mismo roncaba como un dormilón, y el hombrecillo, sentado en el pescante, cantaba entre dientes: “¡Todos duermen por la noche, pero no me duermo yo!” Pasado otro medio kilómetro, volvió Pinocho a sentir la misma voz, que decía:
— Eres un idiota y un majadero. ¡Los niños que abandonan el estudio, la escuela y el maestro, para no pensar en otra cosa que en jugar y divertirse, acaban siempre mal! Yo puedo decirlo, porque lo sé por experiencia. ¡Llegará un día en que tendrás que llorar, como yo lloro hoy; pero entonces será tarde!
Al oír estas palabras, dichas en voz apenas perceptible, saltó el muñeco al suelo lleno de temor, y acercándose al burrito en que iba montado, le agarró por las riendas, observando con asombro que aquel animal lloraba como un chiquillo.
— ¡Eh, señor cochero! — gritó Pinocho al conductor de la diligencia— ¿Sabe usted que este pollino está llorando?
— ¡Déjalo que llore; otra vez le dará por reír!
— Pero, ¿es que sabe también hablar?
— No; sólo aprendió a decir alguna que otra palabra por haber estado durante tres años en una compañía de perros sabios.
— ¡Pobre animal!
— ¡Vaya, en marcha! — dijo el hombrecillo— . ¡No perdamos el tiempo en ver llorar a un burro!
Monta a caballo y vámonos, que la noche es fresca y el camino es largo. Pinocho montó de nuevo sin contestar. La diligencia se puso en marcha, y a la mañana siguiente llegaron felizmente a El País de los Juguetes. Este país no se parecía a ningún otro del mundo. Toda su población estaba compuesta de muchachos: los más viejos no pasaban de catorce años; los más jóvenes tendrían ocho. En las calles había una alegría, un bullicio, un ruido, capaces de producir dolor de cabeza. Por todas partes se veían bandadas de chiquillos que jugaban al marro, al chato, a la gallina ciega, a los bolos, al peón; otros andaban en velocípedos o sobre caballitos de cartón; algunos, vestidos de payasos, hacían como si comieran estopa encendida; otros corrían y daban saltos mortales, o andaban sobre las manos con las piernas por alto; otros recitaban en voz alta, cantaban, reían, daban golpes, jugaban al aro o a los soldados, produciendo tal algarabía, tal estrépito, que era preciso ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo. Por toda la plaza se veían teatros de madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las paredes de las casas abundaban, escritos con carbón, letreros tan salados como los siguientes: ¡Biban los gugetes! (en vez de ¡Vivan los juguetes!), ¡no Queresmoseskuela! (en vez de ¡No queremos escuela!) ¡Habajo Larin Metica! (en vez de ¡Abajo la Aritmética!), y otros por el estilo. Apenas Pinocho, Espárrago y todos los demás muchachos que habían hecho el viaje con el hombrecillo, pusieron el pie dentro de la ciudad, se lanzaron entre aquel alboroto, y, como es de suponer, pocos minutos después se habían hecho amigos de todos los que allí había. ¿Quién podría considerarse más feliz que ellos? Entre aquella constante fiesta, llena de tan variadas diversiones, pasaban como relámpagos las horas, los días y las semanas.
— ¡Oh, qué vida tan buena! –decía Pinocho cada vez que se encontraba con Espárrago.
— ¿Ves como yo tenía razón? — respondía siempre este último— ¡Y decir que no querías venir y que se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo estudiando! Si ahora estás libre de ese fastidio de libros y de escuela, me lo debes a mí, a mis consejos, ¿no es así? ¡Sólo los verdaderos amigos somos capaces de hacer estos grandes favores!
— ¡Es verdad! Si ahora estoy tan contento y feliz, a ti te lo debo, sólo a ti. ¿Y sabes, en cambio, lo que me decía el maestro cuando hablaba de ti? Pues me decía siempre: “¡No andes mucho con ese bribón de Espárrago, porque es un mal compañero que no puede aconsejarte nada bueno! “
— ¡Pobre maestro! — replicó el otro moviendo la cabeza—. ¡Demasiado sé que me tenía rabia y que no perdía ocasión de calumniarme; pero yo soy generoso, y le perdono!
— ¡Qué alma tan grande! — dijo Pinocho, abrazando afectuosamente a su amigo y besándole con el mayor cariño. Cinco meses hacia que habían llegado al país; cinco meses de jugar y divertirse durante todo el día, sin abrir un solo libro, sin ir a la escuela, cuando una mañana tuvo Pinocho, al despertar, una sorpresa tan desagradable que le puso de muy mal humor.
Ilustración de Greg Hildebrandt
¿Cuál fue la sorpresa? Voy a decírselos, queridísimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en gana rascarse la cabeza, y al llegarse a ella las manos, se encontró... ¿A que no acertáis lo que se encontró? Pues se encontró, con gran sorpresa de su parte, con que le habían crecido las orejas más de una cuarta. Ya sabéis que desde que nació, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le veían. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían dos abanicos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encontrando ninguno, llenó de agua su lavabo, y entonces pudo ver lo que nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico par de orejas de burro. ¡Cómo expresar el dolor, la vergüenza y la desesperación del pobre Pinocho! Empezó a llorar, a gritar y a darse de cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecían, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la punta. A los gritos de Pinocho entró en la habitación una linda marmota que vivía en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con interés:
— ¿Qué es eso, querido vecino?
— ¡Que estoy malo, amiga marmota, muy malo, y con una enfermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso?
— Un poco.
— ¡Mira si tengo fiebre por casualidad!
La marmota levantó una de las patas delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:
— ¡Amigo mío, siento mucho tenerte que dar una mala noticia!
— ¿Cuál es?
— ¡Qué tienes una fiebre muy mala!
— ¿Y qué clase de fiebre es?
— ¡Es la fiebre del burro!
— No comprendo qué fiebre es esa— respondió el muñeco, que, sin embargo, se iba imaginando lo que era.
— Yo te lo explicaré — dijo la marmota — . Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muñeco ni un niño.
— Pues, ¿qué seré?
— Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero burro; tan verdadero como los que llevan las hortalizas al mercado.
— ¡Oh! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí!— gritó Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas rabiosamente, como si fueran ajenas.
— Querido mío — dijo entonces la marmota para consolarle— ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la sabiduría está escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en burritos.
— Pero, ¿es cierto eso? — preguntó el muñeco sollozando.
— Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil que llores. Ya no tiene remedio.
— ¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo marmotita; la culpa es toda de Espárrago!
— ¿Y quién es ese Espárrago?
— Un compañero mío de escuela. Yo quería volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo: ¿Por qué quieres fastidiarte pensando en estudiar y en ir a la escuela? ¡Vente mejor conmigo a El País de los Juguetes; allí no estudiaremos más, nos divertiremos desde la mañana hasta la noche, y estaremos siempre contentos!
— ¿Y por qué seguiste el consejo de aquel falso amigo, de aquel mal compañero?
— ¿Por qué? Porque mira, marmotita mía: yo soy un muñeco sin pizca de juicio y sin corazón. ¡Oh! ¡Si yo hubiera tenido tanto así de corazón (y señaló con el pulgar sobre el índice), no hubiera abandonado a aquella preciosa Hada, que me quería como una mamá, y que tanto había hecho por mí! ¡Oh! ¡Pero si encuentro a Espárrago pobre de él! ¡Yo le diré lo que no querrá oír! Y quiso salir de la habitación; pero al llegar a la puerta se acordó de sus orejas de burro, y dándole vergüenza mostrarse en público con aquel adorno, ¿sabes lo que pasó? Pues se hizo un gran gorro de papel y se lo puso en la cabeza, cubriéndose las orejas por completo. Después salió, y se dedicó a buscar a su amigo por todas partes. Le buscó en la calle, en la plaza, en los teatros, por todas partes, sin poder hallarle. Pidió noticias de a cuantos encontró; pero nadie le había visto. Entonces fue a buscarle a su casa y llamó a la puerta.
— ¿Quién es?— preguntó Espárrago desde dentro.
— ¡Soy yo!— respondió el muñeco.
— Espera un poco, y te abriré.
Media hora después se abrió la puerta, y se imaginan cuál sería el asombro de Pinocho cuando, al entrar en la habitación, vio a su amigo con un gran gorro de papel en la cabeza, que le cubría casi hasta los ojos y por detrás bajaba hasta el cuello. A la vista de aquel gorro sintió Pinocho una especie de consuelo, y pensó inmediatamente:
— ¿Tendrá la misma enfermedad que yo? ¿Estará también con la fiebre del burro?
Y fingiendo no haber notado nada, preguntó sonriendo:
— ¿Cómo estás, querido?
— ¡Perfectamente bien; como un ratón dentro de un queso de bola!
— ¿Lo dices en serio?
— ¿Y por qué había de mentir?
— Discúlpame, amigo. ¿Y por qué tienes puesto ese gorro de papel que te tapa hasta las orejas?
— Me lo ha mandado el médico, por haberme hecho daño en una rodilla. Y tú, querido Pinocho, ¿por qué llevas ese gorro de papel que te cubre hasta las orejas?
— Me lo ha mandado el médico, porque me ha picado un mosquito en un pie.
— ¡Oh, pobre Pinocho!
— ¡Oh, pobre Espárrago!
Siguió a estas frases un largo silencio, durante el cual los dos amigos no hacían más que mirarse burlonamente. Finalmente, el muñeco dijo con voz dulzona a su compañero:
— Por curiosidad tan sólo; querido Espárrago, ¿quieres decirme si has tenido alguna enfermedad en las orejas?
— ¡Nunca! ¿Y tú?
— ¡Nunca! Pero esta mañana me ha molestado un poco una de ellas.
— También a mí me ha sucedido lo mismo.
— ¿A ti también? ¿Y qué oreja es la que te duele?
— Las dos. ¿Y a ti?
— Las dos. ¿Será acaso la misma enfermedad?
— ¡Me temo que sí!
— ¿Quieres hacerme un favor?
— Con mucho gusto.
— ¿Quieres enseñarme tus orejas?
— ¿Por qué?, no. Antes quiero ver las tuyas, querido Pinocho.
— ¡No; tú debes ser el primero!
— ¡No, querido; primero tú y después yo!
— Pues bien— dijo entonces el muñeco -; vamos a hacer un trato.
— ¡Hagamos el trato!
— Quitémonos ambos el gorro al mismo tiempo. ¿Aceptado?
— ¡Aceptado!
— ¡Pues atención!
Y Pinocho comenzó a contar en voz alta:
— ¡Una, dos, tres!
Al decir esta última palabra, los dos muchachos se quitaron los gorros de la cabeza y los arrojaron al aire. Entonces ocurrió una escena que parecía increíble, si no supiéramos que sucedió realmente. Ocurrió que cuando Pinocho y Espárrago vieron que los dos padecían de la misma enfermedad, en vez de sentirse mortificados y llenos de dolor, empezaron a mirarse uno a otro burlonamente las desmesuradas orejas, y acabaron por reírse a carcajadas. Tanto rieron, que ya les dolían las mandíbulas; pero en lo mejor de la risa sucedió que de pronto Espárrago cesó de reír, cambió de color, y bamboleándose dijo a su amigo:
— ¡Ayúdame, Pinocho, ayúdame!
— ¿Qué te pasa?
— ¡Que no puedo sostenerme sobre las piernas!
— ¡Tampoco puedo yo! — gritó Pinocho temblando y tratando de mantenerse derecho.
Cuando esto decían, arquearon uno y otro la espalda, apoyaron las manos en el suelo, y de esta manera, andando a cuatro pies, comenzaron a correr y a dar vueltas por la habitación. Mientras corrían, los brazos se convirtieron en patas, las caras se alargaron convirtiéndose en cabezas de asno, y el cuerpo se les cubrió de un pelaje gris claro con pintas y rayas negras. Pero ¿Saben cuál fue el peor rato que sufrieron aquellos desgraciados? Pues lo peor y más humillante fue cuando notaron que empezaba a salirles la cola por detrás. Llenos de vergüenza y de dolor trataron de llorar y de lamentarse de su suerte. ¡Nunca lo hubieran hecho! En vez de sollozos y de lamentos lanzaban solamente rebuznos, y rebuznando sonoramente, decían a dúo: ¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Hihooó! En el mismo instante llamaron a la puerta, y una voz dijo desde fuera:
— ¡Abran! ¡Soy el hombrecillo; soy el conductor del coche que los trajo a este país! ¡Ábranme pronto, o si no, pobres de ustedes!
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