Ben Hur
Lewis Wallace
Lewis Wallace
Séptima parte
Después de celebrada la reunión en el «khan» de Betania, Ben-Hur partió para Galilea. Su hazaña en la vieja plaza del Mercado le había proporcionado fama y gran influencia.
Al finalizar el invierno disponía de tres legiones, copia exacta de las romanas. Aun pudiendo preparar más, no lo hizo con el fin de no despertar los recelos de los romanos y de Herodes Antipas.
Se esforzó en adiestrar a las tres legiones a fin de que estuvieran dispuestas para la acción. Enseñó a los oficiales el manejo de las armas. Una vez entrenados, les mandó a sus respectivas aldeas para que ellos a su vez instruyeran a otros hombres, y así formó el núcleo de nuevos ejércitos.
Tal obra se consiguió gracias a la habilidad, celo, fe, abnegación y paciencia de Ben-Hur. Para ello contó también con el apoyo de Simónides, sin el cual quizás no lo hubiese logrado.
Las tribus de Aser, Zabulón, Isacar y Neftalí constituían Galilea. El judío nacido cerca del templo despreciaba a sus hermanos del Norte, pero el Talmud ha dicho: «El galileo ama el honor y el judío el dinero».
Aborrecían a Roma con la misma intensidad con que amaban a su país. En su última guerra contra los romanos perdieron la vida más de ciento cincuenta mil galileos.
Vivían en paz con todo el Mundo, ya que consideraban a todos como compatriotas suyos.
En un pueblo de tal carácter, la noticia de la llegada del nuevo Rey había de producir honda impresión.
Ben-Hur les hablaba de los profetas y de Baltasar, quien le esperaba en Antioquía.
Una tarde, cuando descansaba sentado a la puerta de la caverna que les servía de cuartel general, Ben-Hur recibió, por mediación de un árabe, una carta.
Abrió los sellos y leyó:
Jerusalén, Nisán IV.
Se encuentra entre nosotros un profeta, que según muchos dicen es Elías, que ha permanecido muchos años en el desierto. Yo mismo le he visto y oído, y me he convencido de que espera al mismo Rey que esperamos nosotros.
Jerusalén entera ha salido para ver a este profeta, y en el monte Olívete, donde predica, parece como si fuera el último día de Pascua.
Si puedes venir, hazlo, y así podrás juzgar por ti mismo.
MALLUCH
— Según esta carta, amigos míos, nuestros deseos se verán pronto cumplidos. Ha aparecido en Jerusalén el heraldo del Rey que todos esperamos y anuncia su llegada — dijo Ben-Hur a sus amigos con el rostro resplandeciente.
Después de dirigir una carta a Ilderim y otra a Simónides para darles cuenta de las noticias recibidas, Ben-Hur esperó a que llegara la noche.
Luego, acompañado de un guía, em prendió el camino hacia el Jordán, siguiendo las huellas de las caravanas que van de Rabat-Amón a Damasco.
Aun cuando la intención de Ben-Hur era buscar un lugar al amanecer para descansar hasta la noche siguiente, amaneció mientras aún estaba en el desierto, por lo que continuaron el viaje hacia un valle conocido por el guía y al que no tardarían en llegar.
Le apartó de sus pensamientos la voz del guía, que llamó su atención sobre un grupo de jinetes que les seguía.
— Es un camello, y además un hombre a caballo.
Ben-Hur pensó en Baltasar y en Iras y se sorprendió al comprobar que se trataba de ellos.
¿Se daría a conocer? Le extrañaba encontrarlos solos en el desierto. El camello se había acercado al caballo de Ben-Hur, y cuando éste miró hacia arriba Iras levantó las cortinas y le contempló con sus grandes ojos.
— ¡La bendición del cielo sea con vosotros! — dijo Baltasar con emocionada voz.
— ¡Y con vosotros la paz del Señor! — contestó Ben-Hur.
— Aunque mi vista se encuentra cansada por los muchos años, no creo equivocarme al decir que tú eres el hijo de Hur, a quien conocí en la tienda de Ilderim el Generoso.
— Y tú eres Baltasar, culpable en parte de que yo me encuentre ahora aquí.
¿Adónde vas solo?
— El que está con Dios nunca está solo. No obstante, puedo decirte que partí con una caravana que se dirige a Alejandría pasando por Jerusalén. Esta mañana, impaciente por ir tan despacio, nos hemos adelantado.
— Te ruego, Ben-Hur, que nos indiques alguna fuente a fin de poder desayunar — intervino Iras.
— Pronto llegaremos a esa fuente, bella egipcia, y comprobarás que sus aguas son tan dulces como las de Castallia. Pongámonos, pues, en marcha.
Al poco rato llegaron al cauce de un hondo torrente. Tenían que avanzar con precaución, pues a causa de las últimas lluvias estaba reblandecido el terreno. Al final de aquel estrecho paso apareció ante su vista un maravilloso valle en el que crecían vides, palmeras y olivos silvestres. A la entrada de un bosquecillo corrían las aguas transparentes de un arroyo, las cuales brotaban al pie de una roca en donde se leía el nombre de Dios, sin duda escrito por algún viajero sediento en señal de gratitud.
Echando pie a tierra, y mientras Baltasar oraba con devoción, Ben-Hur comprobó que no existían huellas humanas, lo que por el momento les convertía en dueños de aquel edén. Iras pidió al etíope, su servidor, que le diera una copa con el fin de saciar su sed en las cristalinas aguas del arroyo.
Iras y Ben-Hur se dirigieron al arroyo, donde Iras llenó la copa y se la ofreció a Ben-Hur, quien dijo:
— Por favor, te lo ruego, bebe tú primero.
— En mi país hay un proverbio que dice: «Mejor es ser copero de un afortunado, que ministro del rey».
— ¿Afortunado?
— Sí. Al concedernos éxitos los dioses, lo hacen para demostrar que están de nuestro lado. ¿No triunfaste en el circo? ¿No diste muerte a un centurión?
El combate sostenido con aquel centurión romano debía de ser conocido por todo el Oriente. Ben-Hur sintió que se ruborizaba, no sólo por la fama que adquiría, sino por sentirse admirado por aquella bella joven. Nadie sabía, no obstante, el nombre del triunfador, conocido solamente por Malluch, Simónides e Ilderim. Viéndole un tanto confuso, Iras levantó su copa diciendo:
— Gracias, dioses de Egipto, por haberme permitido descubrir un héroe. Por vuestro honor, bebo yo ahora. ¡Y tú, hijo de Hur! ¿Es que es común que un valiente se vea derrotado por una mujer? Bebe ahora, y ve si encuentras palabras dulces para mí.
Tomando la copa, y procurando disimular su turbación, el joven Hur contestó:
— Los hijos de Israel no tienen dioses a quienes brindar.
¿Sabría la egipcia todo lo relativo a él? ¿Conocería el trato concluido con Ilderim y sus relaciones con Simónides? ¿Sería ella enemiga suya? Aquellos pensamientos cruzaron su mente mientras levantaba la copa y decía:
— Hermosa y dulce doncella: de ser yo egipcio, griego o romano, diría: ¡Doy gracias a los dioses por permitir que yo permanezca en el Mundo y pueda contemplar los encantos y bellezas representados en la dulce Iras, la más encantadora de las hijas del Nilo!
— Has pecado contra los dioses — dijo la egipcia poniendo la mano suavemente sobre el hombro de Ben-Hur— . Los dioses por los que has libado son falsos. Debiera denunciarte a los rabinos.
— Tal denuncia carecería de importancia, si se tiene en cuenta tantas cosas como sabes de mí.
— Iré más lejos. Acusaré a la judía que cuida de las rosas en la casa del gran comerciante de Antioquía. Te acusará a ti de impiedad, y a ella…
— ¿De qué la acusarás?
— La diré lo que me has dicho con la copa levantada, y pondré a los dioses por testigos.
Antes de que pudiera contestar a la bella Iras, Baltasar se acercó a la fuente y dijo:
— No es bastante con que te dé las gracias por habernos proporcionado la visión de este magnífico valle. Ven, aposéntate a nuestro lado y participa de nuestro pan.
Después de lavarse las manos, y mientras el criado preparaba toallas, se sentaron a la usanza oriental y comieron los excelentes manjares que el etíope les servía.
Cuando dieron fin a la comida, Baltasar preguntó a Ben-Hur:
— Cuando te alcanzamos me pareció que tus pasos se dirigían a Jerusalén. ¿Puedo preguntarte si vas allí?
— Sí; voy a la Ciudad Santa.
— Siento prisa por llegar. ¿Podrías decirnos si existe otro camino más corto que el de Rabat-Amón?
— Sí, hay uno que yo me propongo seguir; pero es más difícil y peligroso.
— No importa. Estoy impaciente y ansioso por llegar. Muchas noches oigo en sueños una voz que me dice: «¡Levántate, Baltasar! ¡Aquel que por tanto tiempo has esperado va a llegar!».
— ¿Te refieres al Rey de los judíos? — preguntó Ben-Hur conteniendo la respiración.
— Sí, de Él hablo — respondió el anciano.
— ¿Es que sabes noticias suyas?
— Sólo las palabras que oigo en mis sueños.
— Pues yo tengo noticias más concretas, que estoy seguro te alegrarán — dijo Ben-Hur mostrando la carta que había recibido de Malluch y dándosela a leer al anciano.
Cuando Baltasar concluyó la lectura exclamó elevando la vista hacia el cielo:
— ¡Gracias, Dios mío! Ahora sólo te suplico que me concedas la gracia de volver a ver al Salvador. Luego moriré tranquilo.
Ben-Hur preguntó al anciano.
— ¿Todavía crees que será un Salvador y no un Rey?
— No sé qué contestarte, aunque nada he sabido desde la última vez que hablamos en el aduar del jeque Ilderim que haya modificado mi convicción.
— Tú dijiste — observó Ben-Hur respetuoso— que el Enviado sería Rey, aunque no a la manera del césar, puesto que su reino sería espiritual y no material.
— Sigo opinando lo mismo. La diferencia entre tu fe y la mía es que yo espero un Rey para las almas y tú lo esperas para los hombres.
Hizo una pausa, como si buscara las palabras apropiadas para expresar sus sentimientos, y luego prosiguió:
«Escucha, hijo de Hur, y quizás consiga convencerte de la superioridad del Reino que yo espero sobre el que tú deseas. Nadie puede decir desde cuándo creen los hombres en la existencia del alma. Seguramente esta fe viene desde nuestros primeros padres. A lo largo de los siglos ha mantenido su vigor con mayor o menor fortuna. Algunos pueblos han creído en ella con firmeza; otros han dudado; otros, en fin, la han rechazado. Pero a lo largo del tiempo Dios ha ido enviando relámpagos de lucidez que han depurado y aclarado a los hombres la certeza de esta fe en la inmortalidad de nuestras almas.
»Si ahora nos preguntamos qué tiene más valor: esta vida corta y llena de sinsabores o la otra destinada a las almas, la contestación no es dudosa, hijo de Hur: la vida terrena es como un minuto cuando la comparamos con la eternidad junto a Dios. Ahora bien, si consideras la perfecta existencia que nos espera tras la muerte y cómo las pasiones y la ignorancia han ofuscado en nosotros la comprensión de esa otra vida, entenderás cuán necesario es que venga un Salvador, mucho más necesario y apremiante que el advenimiento de un nuevo Rey y un nuevo Imperio.
Baltasar enmudeció y un profundo silencio se adueñó del improvisado campamento. Luego el anciano volvió a tomar la palabra:
— Prosigamos nuestro camino. Lo que te he dicho aumenta en mí los deseos de ver al Enviado.
Dio una palmada y el etíope les sirvió vino. Apuradas las copas, el esclavo recogió los utensilios y se pusieron en marcha, con el propósito de alcanzar la caravana de Baltasar, que les había adelantado durante aquel descanso.
Dada la lentitud de la marcha de la caravana, y ante la impaciencia de Baltasar, prosiguieron el viaje solos.
Ben-Hur sentía que el corazón le latía con más rapidez cuando la bella Iras posaba sus ojos en él. Cualquier objeto, por simple que fuese, que atrajera la atención de la egipcia cobraba gran interés para él. Cuando la cortina del «khan» se corrió le pareció menos esplendorosa la luz del día.
La mujer, con femenina coquetería, procuraba atraer sobre ella la atención del joven engalanándose con sus más preciosos adornos.
Al llegar la noche plantaron la tienda a orillas de un estanque formado por aguas de lluvia y se dispusieron a pernoctar.
Durante la segunda guardia, que había correspondido al joven Hur, se encontraba éste ante la tienda, con el pensamiento perdido en la bella Iras, cuando notó que una mano, a cuyo contacto se estremeció, se posaba suavemente sobre su hombro. Al volverse vio que era la bella egipcia, quien le sonreía.
— Creía que dormías — dijo Ben-Hur.
— He salido a contemplar las estrellas, mis viejas amigas. El sueño es para los viejos y los niños.
Tomando la mano de la joven, Ben-Hur dijo:
— ¿He sido, acaso, sorprendido por un enemigo?
— Los enemigos odian. Has de saber que cuando era niña Isis me besó en el corazón, y no permitirá que la enfermedad del odio me acometa.
— Veo por tu lenguaje que no participas en los pensamientos de tu padre.
— De haber presenciado lo que él, quizás sí participaría, y tal vez lo haga cuando sea vieja. La religión no debiera existir para los jóvenes. Sólo poesía, alegría, amor.
El Dios de mi padre es demasiado serio para mí. Tengo un deseo, ¡oh hijo de Hur!
— ¿Existe quizás alguien que se atreva a negártelo?
— Mi deseo es muy sencillo. Deseo protegerte.
— No seas enigmática como la esfinge de tu patria. Dame siquiera el extremo del hilo, como Ariadna, con el fin de que pueda penetrar en el laberinto de tu alma. ¿Por qué preciso protección? ¿Por qué has de ser precisamente tú quien me proteja?
Dirigiéndose a su camello, la bella Iras le habló:
— ¿Cómo adivinas?, ¡oh tú, veloz ejemplar de los rebaños de Jacob! ¿Verdad que alguna vez tropiezas y entonces no desprecias que te ayuden, aunque la ayuda proceda de una mujer? Por ello mereces un beso — y la egipcia rozó con sus labios la frente del bruto— , porque en tu alma noble no existen recelos ni sospechas.
— ¿No comprendes, ¡oh Egipto!, que con mi silencio garantizo la vida de otros?
— Puede ser — dijo con viveza la egipcia— . O mucho mejor, así es.
Ben-Hur retrocedió un paso y preguntó con voz alterada:
— ¿Cómo sabes tú que así es? ¿Qué es lo que sabes?
— ¿Cuándo comprenderán los hombres que nuestros sentidos son más penetrantes? Durante todo el día he estado observándote y he comprendido que sobre ti pesa una gran responsabilidad. He escuchado tu conversación con mi padre. Aquel a quien vais a buscar es un Rey, el Rey de los judíos, más poderoso que Herodes, ¿no es así? Desde la mañana he estado soñando. Si te refiero mi sueño, ¿harás tú lo mismo con el tuyo?
Al ver que Ben-Hur permanecía callado, la egipcia intentó rechazar su mano y apartarse de él.
— ¡Quédate, te lo suplico! Quédate y habla.
— He tenido una visión — dijo Iras— en la que una gran guerra estallaba. Algo como si César y Pompeyo hubieran vuelto. Una gran nube de polvo cubrió el Mundo entero, y cuando volvió la claridad el poder de Roma había desaparecido. Salió a la luz una nueva raza de héroes, y yo me dije: el que sirva al nuevo Rey, conseguirá de él todo lo que desee.
Estremecióse el joven, pues aquel sueño había sido el suyo, y la pregunta la misma que él se había hecho.
— ¡Ya lo veo, ya lo veo! — dijo Ben-Hur— . Muéstrame el camino a seguir y lo emprenderé, aunque nada más sea por tu amor.
— Tiéndete al lado del camello, encima de tu capa, y te contaré una historia que llegó a Alejandría por el curso del Nilo.
Se tendió tal como la egipcia le había dicho, mientras ella se aposentaba en un asiento que se había procurado cerca del camello.
— Estoy dispuesto. Habla — dijo BenHur, alrededor de cuyo cuello había pasado Iras uno de sus brazos.
En la montaña más elevada se encuentra el palacio de la más bella de las diosas: Isis. Su esposo, el poderoso y sabio Osiris, sentía a veces celos, pues sólo en esto los dioses se parecen a los mortales.
Retozando en cierta ocasión (no existen días para los dioses) en la azotea de su palacio de plata, miró a lo lejos y vio a Indra, que pasaba por el confín del Universo con un ejército de monos sobre sus águilas.
Regresaba de su victorioso combate contra Raksakas, llevando a Rama, el héroe humano, y a la más bella de las diosas después de Isis, Sita, su esposa.
Desde la azotea Isis saludó a Sita. Fíjate bien, sólo a Sita. Entre los que marchaban y la pareja de la azotea se interpuso un velo de tinieblas: Osiris había fruncido el ceño, y enfadado ordenó a su esposa que se fuera a casa.
— Para hacer un ser perfectamente feliz, no necesito tu ayuda — le dijo— . ¡Márchate!
— Me voy, mi dulce señor. Pero sé que no tardarás en llamarme, ya que sin mí no solamente serás incapaz de hacer un ser perfectamente feliz, sino que tú mismo no serías feliz sin mí.
Tomó Isis su silla y sus agujas, y marchó a hacer calceta y a vigilar a su esposo.
Y mientras la fuerza creadora de Osiris se dejaba sentir, su mujer seguía haciendo calceta sin perder un solo punto.
Cerca del sol, como una mancha en el espacio, apareció un jirón de niebla. Al verla Isis pensó que su esposo deseaba crear un mundo, mientras seguía convencida de que pronto sería llamada por Osiris.
De esta forma fue creada la Tierra. Fue al principio una masa fría y abandonada en el vacío infinito. Después, poco a poco, apareció primero un valle, luego una montaña, luego un mar, pero sin que brotara ningún signo de vida. Por fin, a la orilla de un río, apareció algo. Este algo se levantó; y cesando de hacer calceta Isis contempló el nacimiento del primer hombre, cosa buena de ver. A continuación vio cómo brotaban los demás seres, plantas, animales, insectos, reptiles.
Durante algún tiempo el hombre fue feliz, lo que hizo exclamar a Osiris:
— He conseguido una criatura feliz. ¿Para qué te necesito a ti? — dijo dirigiéndose a su esposa. Ésta permanecía en silencio, esperando, demostrando tanta paciencia como poder Osiris. Ella sabía que la vida no es suficiente para dar felicidad al hombre.
Pronto pudo observar que el hombre pasaba mucho tiempo ensimismado, con rostro en el que se veía el enfado.
Nuevos síntomas de la voluntad creadora se dejaron sentir, y los valles y montañas se cubrieron de verdor. Aparecieron flores cual estrellas y el mar tomó el color azul del cielo, lo que dio al hombre nuevas señales de felicidad.
Sonrió Isis y reanudó su calceta, pensando que tales cosas producirían al hombre una felicidad poco duradera. Nuevamente abandonó Isis su calceta para, asombrada, ver cómo todo lo creado, inmóvil hasta el momento, recibía el don del movimiento. Los pájaros empezaron a volar, los cuadrúpedos a correr, los árboles movieron sus hojas y ramas y los ríos corrieron hacia el mar, que a su vez batía las olas sobre las costas.
Ante tal maravilla el hombre fue feliz como un niño, lo que satisfizo a Osiris, que no había precisado ayuda de su esposa, a quien se lo dijo.
— Todo está muy bien, dulce señor, y servirá para algún tiempo más.
Y así sucedió. Al acostumbrarse el hombre a tanta maravilla dejó de alegrarse y tornó a su tristeza.
Tronó de nuevo la voluntad creadora de Osiris, y todas las cosas, mudas hasta aquel momento, empezaron a emitir sonidos, producidos para complacer al hombre.
Admirada de tanta belleza, también Isis quedó suspensa. Luego pensó:
«Bien, ya está todo: color, movimiento, sonido. La obra de mi señor está completa».
Durante mucho tiempo, más del que había transcurrido, el hombre fue de nuevo feliz; pero Isis estaba segura de que el ser para quien su esposo había creado tanta maravilla tornaría a su tristeza, y al fin tal cosa llegó.
Acostumbrado el hombre, languidecía en su tristeza, lo que hizo exclamar a Isis:
— Señor, tu criatura se muere de tristeza. ¿Quieres que yo te ayude a conseguir su entera felicidad?
En su orgullo, Osiris ni contestó. Fue entonces cuando Isis, terminando el último punto de su calceta, hizo un ovillo y lo lanzó al espacio. Cayó al lado del hombre, quien al oír el ruido levantó la cabeza y vio cómo la primera mujer aparecía ante él y le tendía su mano. La abrazó él, y ambos vivieron de esta forma feliz durante toda la eternidad.
— Así cuentan a orillas del Nilo, ¡oh Ben-Hur!, cómo fue el principio de lo bello.
— ¿Qué fue de Osiris? — preguntó el joven.
— Dejó a un lado su orgullo y llamó a palacio a su esposa, y juntos vivieron felices, ayudándose siempre el uno al otro.
— ¿No debo hacer yo lo mismo que el primer hombre?
— ¡Ay amor! — suspiró la egipcia apoyándose sobre el pecho de Ben-Hur— . Encontrarás al Rey y le servirás, conquistando sus más ricos dones, y su mejor soldado será mi héroe.
— ¡Si el Rey me concede una corona, la pondré a tus pies! ¡Serás mi reina, la más bella de las reinas, y mi felicidad será eterna!
— ¿Permitirás que te ayude, y me contarás todas las cosas?
— ¿No tienes bastante con mi amor? — preguntó Ben-Hur que sintió enfriar su entusiasmo ante aquella pregunta.
— Sólo la completa confianza es indicadora del amor perfecto.
— Eres cruel, adorada Iras.
Dirigiéndose de nuevo al camello, y depositando un beso en su frente, la hija de Baltasar respondió:
— Toma ese beso, noble animal, ya que en tu amor no existió la desconfianza.
Y tras estas palabras, desapareció.
Tres días después llegaron a las orillas del Jabbek, en donde se hallaban más de un centenar de hombres. Uno de ellos se acercó y les ofreció de beber. Contempló con curiosidad el camello y dijo:
— Hermoso animal. Vengo del Jordán, donde se ha congregado gran número de gentes, llegadas algunas sobre magníficos camellos. No he visto, no obstante, ningún ejemplar como éste. ¿De qué raza es?
— ¿Dónde se ha reunido la gente que dices?, ¡oh ilustre amigo!
— En Betabara.
— Escapa a mi sentido cómo en un lugar como Betabara, que siempre ha aparecido desierto, se congrega tanta gente.
— Se ve que sois forastero y que desconocéis, por tanto, las buenas nuevas.
— ¿A qué buenas nuevas te refieres?
— Ha aparecido un hombre que dice llamarse Juan el Nazarita, hijo de Zacarías.
Predica cosas extrañas, y dice ser el enviado por el Mesías. Ha vivido, según cuentan, toda su vida en una caverna, más allá de En-Gedi.
— ¿Qué cosas predica?
— Algo de lo que nunca en Israel se dijo. Él mismo lo llama «arrepentimiento y bautismo». Nadie sabe qué hacer con él. Unos le preguntan si es el Cristo, otros que si es Elías. Pero a tales preguntas él sólo dice: «Yo soy la voz del que clama en el desierto. Enderezad el camino del Señor».
El hombre, llamado por sus compañeros, intentó marcharse, pero Baltasar le retuvo con otra pregunta.
— ¿Encontraremos a ese predicador en el lugar donde vosotros le visteis?
— Sí, en Betabara.
— No cabe duda de que se trata del heraldo de nuestro Rey — dijo Ben-Hur dirigiéndose a Iras.
— Partamos — habló Baltasar— . Me encuentro con fuerzas para continuar el viaje.
Acamparon en las cercanías de Ramet-Gilead, donde se dispusieron a descansar.
— Partiremos al amanecer — dijo Ben-Hur.
— El Rey no debe de andar muy lejos de su heraldo — dijo Iras, que se retiró seguidamente.
A la mañana siguiente, cuando ya llevaban algún tiempo de marcha, Ben-Hur dijo a Baltasar:
— Falta poco para llegar.
Avivaron el paso de sus cabalgaduras y pronto divisaron gran cantidad de tiendas y animales con las patas trabadas. La multitud empezaba a dispersarse.
Nadie prestaba atención a los recién llegados; tal era la impresión de las palabras que habían oído, acerca de las cuales discutían con ardor.
Creían que habían llegado demasiado tarde; y entonces vieron que se acercaba a ellos un personaje singular.
Parecía ser un salvaje. La piel de su rostro era reseca como un pergamino, y una descuidada cabellera, sucia y enmarañada, le caía por la espalda. Se cubría con una especie de camisa de piel de camello e iba descalzo.
Se movía, no obstante, de forma viva y a cada momento apartaba con la mano sus indomables cabellos.
La visión de aquel personaje hizo exclamar a Iras:
— ¿Es ése el heraldo del Rey?
— Es el nazarita — contestó Ben-Hur sin mirarla.
También él sentía extrañeza ante aquel asceta, a pesar de estar acostumbrado a ver a otros en el desierto, cubiertos de harapos y sufriendo toda clase de martirios. Su entusiasmo por la llegada del Rey sufrió un brusco desencanto. Le recordaba a los criados de los baños romanos, repugnantes en su pobreza, en las Termas públicas. Por eso solamente acertó a decir:
— Es un nazarita.
No produjo sorpresa, en cambio, a los ojos de Baltasar, quien sabía que los caminos de Dios eran muy diferentes a como la mayoría de los hombres los imaginaban. Él no pensaba igual, por lo que esperó pacientemente.
En cada uno de los presentes fueron distintos los sentimientos suscitados por aquel hombre.
En aquel momento otro personaje, que había estado sentado sobre una piedra a la orilla del río, se levantó y marchó en dirección al camino que seguía el nazarita, hasta que ambos llegaron a juntarse. El predicador, como herido por una visión, contempló al hombre y levantó las manos en ademán de detener a la multitud. Todos permanecieron quietos, escuchando, mirando al que Juan señalaba. La estatura de éste era mediana, y sus ademanes tranquilos y reposados. Se cubría con una túnica y no llevaba alforjas, cinturón ni báculo.
Tales pormenores no pasaron inadvertidos a la multitud, pero quedaron paliados por la atracción que ejercían la faz y la cabeza del hombre.
Bajo las bien arqueadas cejas pudieron ver un rostro con unos ojos rasgados, de color azul oscuro; nariz propia de rostro hebreo; un cutis fino y un cabello y barba ondulados y brillantes a los que el sol arrancaba reflejos de oro. Ningún bravo guerrero habríale considerado enemigo peligroso, ni las mujeres habrían tenido desconfianza de él.
Todo su ser reflejaba inteligencia, amor, piedad y melancolía, aunque quizás fuera una mezcla de todo ello. Adivinábase un alma noble, condenada a vivir entre miserables pecadores. Nadie podría decir que en tan bello rostro asomase signo de debilidad alguna, sino más bien enérgica voluntad.
Despacio, majestuosamente, se acercó a los tres y clavó sus ojos en los de Ben-Hur, que a caballo, con su lanza, era digno de atraer la atención de un rey. Luego los posó en Baltasar, pero no sobre Iras, a pesar de que su belleza atraía siempre la atención.
— ¡Contemplad al Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo! — gritó de repente el nazarita rompiendo el silencio de la multitud. Luego volvió a clamar con voz estentórea:
»¡Contemplad, contemplad os digo, al Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo!
Baltasar no precisaba mayor explicación, por lo que cayó de rodillas.
Juan el Bautista volvió a clamar:
— ¡Éste es Aquel de quien yo he dicho: «Después de mí viene un varón que es mayor que yo, porque está por encima de mí». Yo he visto cómo el Espíritu descendía del cielo en forma de paloma y se posaba en Él. No le conocía, mas El que me envió me dijo: «¡Sobre el que se posase el Espíritu, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo!». — Hizo una pausa y concluyó— : ¡Éste es el Hijo de Dios!
Con los ojos arrasados en lágrimas, Baltasar exclamó:
— ¡Él es, Él es!
Entretanto Ben-Hur había contemplado el rostro del desconocido, ganado por la pureza de sus facciones, su ternura, su humildad y su santidad. Su alma, empero, dudaba, y no dejaba de preguntarse: «¿Quién será este varón? ¿Será el Mesías? ¿Será el Rey? ¿Tendrá razón Baltasar y no Simónides, y no vendrá este hombre a reconstruir el reino de Salomón, ya que carece del genio y carácter de Herodes? Podrá ser Rey, pero no de la clase de los de Roma».
Se veía incapaz de llegar a ninguna conclusión. Su memoria parecía traerle el recuerdo de haber visto a aquel hombre, pero no le era tan fiel como para saber dónde y cuándo le había visto.
Al final, débil al principio, pero con claridad diáfana después, recordó la escena junto al pozo de Nazaret. Eran las manos de aquel hombre las que le habían acariciado cuando perecía de sed. Le pareció volver a oír las maravillosas palabras:
— ¡Éste es el Hijo de Dios!
En el momento en que descendía del caballo para rendir homenaje a su bienhechor, Iras gritó:
— ¡Mi padre se muere, Ben-Hur! ¡Socórrelo!
Se dirigió con presteza hacia el caído Baltasar, que había perdido el sentido.
Corrió en busca de agua y a su regreso vio que el extranjero había desaparecido.
Baltasar recobró sus sentidos y sus primeras palabras fueron:
— ¿Dónde está Él?
— ¿Por quién preguntas, padre amado? — dijo Iras.
— ¡Por el Redentor, el Hijo de Dios, quien en su divina providencia ha permitido que volviera a verle!
— ¿Piensas igual tú?, ¡oh hijo de Hur!
— Debemos esperar, ya que los tiempos están llenos de prodigios — contestó el joven.
Al día siguiente, cuando los tres escuchaban de nuevo la voz de Juan el Nazarita, éste exclamó:
— ¡Mirad el Cordero de Dios!
Miraron hacia donde el predicador señalaba y vieron la delicada figura del desconocido. En la mente de Ben-Hur brilló una nueva idea.
— ¿Es que acaso no puede ser Redentor y Rey al mismo tiempo? ¿Tendrán razón los dos, Baltasar y Simónides?
Preguntó luego a uno de los que se encontraban cerca de ellos quién era aquel hombre, y obtuvo la siguiente respuesta:
— No es otro que el hijo de un carpintero de Nazaret.
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